lunes, 5 de noviembre de 2018

Amor con hambre no dura [CCXXXIII]

Aurelena Ruiz



¿Qué culpa tiene el tomate, como decía aquella canción,
de las intromisiones de la lengua en
todos los campos?



         Amor con hambre no dura. ¿Quién no escuchó esto alguna vez? Y es muy cierto, porque la comida no solo es indispensable para la vida, también es un factor muy importante de interacción social y del lenguaje… Sí, del lenguaje.
         En nuestro idioma (y me atrevería a decir que en todos los idiomas) los alimentos están muy presentes como herramienta de comunicación. ¿Lo han pensado alguna vez? Seguro han estado haciendo una tarea que resulta muy lenta y han dicho: “Voy a terminar el año de la pera”, o quizás han pasado tanta vergüenza en algún momento que se pusieron rojos como un tomate, o a más de uno habrá mandado a alguien a freír espárragos cuando ya le colmó la paciencia.
         Ni hablar de la enorme cantidad de eufemismos o coloquialismos que existen relacionados con los alimentos. Las mujeres con senos grandes tienen cocos o melones; pero si los tiene pequeños, entonces tiene limones. Los hombres blancos tienen salchichas y los morenos morcillas; y las palabras yuca, berenjena o huevos no siempre se usan para hablar de lo que vamos a cenar… Bueno, depende del tipo de cena.
         Pero ahora que vivo en otro país, todo esto de los alimentos y el idioma se ha vuelto aún más interesante porque, obviamente, las expresiones cambian entre un lugar y otro y, como todo en la lengua, estas diferencias tienen mucho que ver con la cultura de cada lugar, o al menos esa fue a la conclusión a la que llegué.
         Por ejemplo, en Venezuela, un país donde hay el mejor cacao del mundo, un hombre con unos buenos abdominales tiene unos chocolaticos, pero si el hombre es argentino entonces tiene ravioles. Esto tiene más sentido acá, siendo Argentina un país que tiene tantos descendientes de italianos y donde es muy fácil encontrar buenas pastas.
         Otro buen ejemplo es cuando estamos mentido en problemas; en Venezuela estamos fritos o en salsa (y no precisamente de tomate, agregaría cualquier mamá), mientras que en Argentina estamos en el horno. Las tres frases expresan lo mismo, pero mientras en Venezuela freímos mucho, en Argentina es un poco más común hacer comidas al horno, así que concluyo que por esta razón la frase varía de ese modo en estos dos países.
         Los malos hábitos tampoco se quedan fuera; en Venezuela, a más de uno le han dado un bozal de arepa, es decir, que les dieron algo de plata o algún beneficio solo para mantenerlo contento por un rato. En Argentina, sobre todo en el sector público, hay muchos que son unos ñoquis, porque solo van al trabajo a fin de mes a cobrar. Esto viene de la tradición de comer ñoquis todos los 29, pero bueno, esto ya es harina de otro costal; en otra oportunidad se lo contaré.

Buenos Aires, 3 de noviembre de 2018

aurelena.ruiz@gmail.com



Año VI / N° CCXXXIII / 5 de noviembre del 2018

lunes, 29 de octubre de 2018

Al alimón, al alimón, el puente se ha caído [CCXXXII]

Edgardo Malaver



Ilustración del dibujante Daniel Perea para un reportaje
de la revista
La Lidia, de 1886



         En medio del jardín de la escuela, jugando con otros niños, dominados como estamos por el ímpetu de gritar más alto, de correr más rápido, de jugar, jugar, jugar hasta que se extinga el mundo y todo lo que en él existe, no nos percatamos —ni pretendemos percatarnos, ni en ese momento ni nunca más—, de lo que dicen las canciones que cantamos y que cantamos siempre con la prisa de terminar de pronunciarlas antes que los demás, fantaseando con la dulce ilusión de que nos las sabemos mejor que todos nuestros amigos. A menos que seamos Funes el memorioso —o el propio Jorge Luis Borges— en aquella edad ideal, todo es imagen y sonido... aunque observar y escuchar no es precisamente lo principal.
         A esa edad, diría C.S. Lewis (el de Narnia, sí), nos pasa como a los falsos amantes de música: no nos interesa más que poder tararear la melodía, y como a los malos lectores de narrativa: no nos interesa más que la anécdota. En el preescolar —cuando yo era niño se llamaba, con una sonoridad mucho más alegre, kínder—, repetíamos, por ejemplo: “Alelimón, alelimón, el puente se ha caído...”. No sabíamos lo que decíamos y no lo sabemos ahora, pero está impreso en nuestra memoria más entrañable. Sólo al tropezar, en otro tipo de discurso, la locución al alimón, que es bastante formal, llega uno a comprender cómo estaba íntimamente conectado lo que hacíamos con lo que cantábamos al jugar.
         Todos los diccionarios que incluyen esta construcción dicen que equivale a ‘conjuntamente’, ‘en cooperación’, ‘uniendo fuerzas’. El de la Academia, que en el caso del juego infantil lo escribe como una sola palabra, alalimón (claro, es sustantivo), lo define, curiosamente en pasado, así:  “Juego de muchachos que, divididos en dos bandos y asidos de las manos los de cada uno, se colocaban frente a frente y avanzaban y retrocedían a la vez cantando alternadamente unos versos que empezaban con el estribillo Alalimón, alalimón”. Pues sí, eso es, aunque lo escriban con a y no con e, pero...
         ¿Y de dónde viene, entonces, al alimón? Es un lance taurino. Se hace ‘asiendo dos lidiadores un solo capote, cada uno por un extremo, para citar al toro y burlarlo, pasándole aquel por encima de la cabeza’. ¡Lo que hacen los niños que juegan alelimón! Pasar por debajo de algo. En el caso de los niños es un puente que al instante termina cayéndose. El “puente” que construyen los toreros para atraer al toro también se desvanece cuando él embiste. Y a inocencia del animal en la lidia se parece a la nuestra en el juego cuando cantamos sin reparar en el artilugio de nuestras propias palabras.
         El encanto más notable de la literatura oral es que hoy puede tener una forma y mañana ser otra cosa; aquí puede ser sangre y más allá, canción. Entre más formas y versiones nacen de ella, más rica es, y estando hecha de lengua humana, el cambio garantiza su permanencia. Las diferentes versiones de esta cancioncilla (y nuestro supuesto error en la pronunciación del primer verso) en España, en Cuba, en México, en Venezuela sólo indican que su belleza y su sentido entre más crecen más nos identifican,  dondequiera que la aprendamos... porque nadie acepta convertir lo que cantó, lo que aprendió, lo que vivió en el jardín de infancia en cáscaras de huevo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXXII / 29 de octubre del 2018


lunes, 22 de octubre de 2018

Diáspora e intertextualidad cotidiana [CCXXXI]

Isabel Matos



Angelina Jolie, embajadora de ACNUR, se reunió en Lima 
con embajadores lingüísticos de Venezuela (foto: EFE)




         Cuando algún miembro de mi familia más cercana empieza a decir: “Chico, sabes que estaba pensando…”, casi inevitablemente otro de nosotros lo interrumpirá y añadirá: “Sano ejercicio,doctor”. Luego de algunas risas compartidas, el relato continúa sin problema. Se ha convertido en un chiste familiar algo, que nos enseñó Les Luthiers en uno de los tantísimos números de comedia (si no los conoce vaya ahora mismo a Youtube y busque cualquiera de sus videos, le encantarán). Al día siguiente la tía divertida llamará a cualquier sobrino a la cocina al grito de “¡Rosendo, ¿te monto la arepa?!”, mientras que en la casa del vecino parece que se va la luz y alguien le reclama a los “espíritus chocarreros”. Y es que la intertextualidad cotidiana compite con la arepa por su puesto en la mesa diaria.
         Pareciera que encontramos en otros textos esas palabras exactas para nuestro sentir y sin vacilar las usamos, seguros además de que el otro entenderá nuestro mensaje. Cuando el interlocutor no encuentra el referente original, ocurre la catástrofe. “¿Cómo no sabes cuáles son los espíritus chocarreros? Tú como que nunca viste televisión”. Comprender esa relación intertextual tiene mucho que ver con la cultura que manejan los hablantes. Tiene que existir un punto de encuentro cultural, ya sea contemporáneo o histórico, para que la relación fluya correctamente. Los ejemplos que escogí para este artículo muestran ciertos puntos de conexión que van más allá de las fronteras venezolanas. México, Argentina y Venezuela se encuentran unidos intertextualmente en pequeños chistes en mi familia.
         Sobre el tema del encuentro cultural. ¿Cómo se estarán manejando los tantísimos venezolanos en el extranjero con sus referencias en la maleta? ¿Cuántas de estas referencias serán comprendidas por el país de llegada? El poco tiempo que he pasado fuera del país he sentido cómo mi vocabulario se parecía un poco al de Dora la exploradora. Tratando de minimizar los malentendidos y mantener el canal abierto. Pero, ¿y las referencias?
         Será ya trabajo de los institutos de lingüística, filología o cultura de cada país estudiar la influencia intertextual de la diáspora venezolana en la literatura, en la cotidianidad y el habla local. ¡Gracias a Dios la intertextualidad no es algo exclusivo de la literatura! Tendríamos que buscarle un nombre nuevo a este hermoso e interesante aspecto en la oralidad. Es curioso que estudiemos, casi como a bichos raros, algo sin lo que no sabemos hablar.

isabelmercedes@gmail.com



Año VI / N° CCXXXI / 22 de octubre del 2018




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lunes, 15 de octubre de 2018

El ADN venezolano [CCXXX]

Laura Jaramillo



Los zulianísimos huevos chimbos también son parte
del ADN venezolano



         Creo en las malas energías. Los seres humanos somos un imán, porque todas las energías se nos pegan. ¿No les ha pasado que a veces pueden sentir un corrientazo cuando tocan el pomo de la puerta o cuando tocan a otra persona? Es porque están cargados. De hecho, el técnico de la computadora me dijo que uno podía descargar la propia energía y quemar una pieza.
         Yo, pa limpiarme lo malo y que se me pegue lo bueno, me baño con jabón de coco. Hace días fui a comprar un jaboncito de esos, y al chamo que atiende le hago varias preguntas:
         —Buenos días, ¿tienes jabón de coco?
         —Sí.
         —¿A cómo?
         Cuando me da el precio, pelo los ojos como Homero Simpson. Y le pregunto dos cositas. La primera es que si el precio es en soberanos o en yuanes. La segunda es que si, al menos, es grande, y él me hace seña con la mano como pa dibujarme el tamaño del jabón. Luego, con mi más suprema inocencia, le pregunto:
         —Pero ¿es grueso?
         Ahora es el muchacho el que pela los ojos.
         Alguna vez recuerdo también que en una ferretería el vendedor echando vaina dijo: “No lo llame pega, llámelo pego”, haciendo referencia al pego con el que se pega la cerámica.
         En otro caso similar, una señora llama a mi casa y me pregunta que cómo estoy, yo le respondo que bien y le pregunto que quién es. Ella se queda callada, y a los segundos me dice: “Ay, como que metí el dedo donde no era”.
         Hace tres días, una profesora, muy querida ella, me pregunta: “¿Tú vas vía metro?”, y le contesto que sí, y ella me dice: “Ah, bueno, voy a aprovechar pa agarrarte la cola”. Gracias a Dios no fue literal.
         La respuesta del chamo al yo preguntarle por lo grueso del jabón fue:
         —Ay, señora (aunque prefiero doña), eso sonó feo. En Venezuela, hay cosas que no se pueden decir porque después el chaleco es grande.
         Yo solté una carcajada y le respondí:
         —No, chico, no hay palabra mal dicha, sino mal interpretada.
         Lo que sucede es que los venezolanos hablamos siempre con el doble sentido por delante, y eso es así porque lo llevamos en el ADN. Es supremamente imposible deslastrarnos de ese instinto, pues perderíamos algo tan importante como es la cultura, la idiosincrasia venezolana.
         Nuestras creencias nos definen, pero nuestro lenguaje también. Nuestras palabras, nuestras expresiones, nuestra verborrea, nuestro regionalismo, todo nuestro hablar es único. Como dicen por ahí: solo en Venezuela.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VI / N° CCXXX / 15 de octubre del 2018




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lunes, 8 de octubre de 2018

No volveré a ser joven [CCXXIX]

Luis Roberts


Mientras todos se escondían de las balas, Adolfo Suárez
conserva su firmeza ante los golpistas españoles de 1981



         Mi madre, católica, en vez de colgar sobre mi cama de niño un crucifijo, como era habitual, colgó un cuadro que enmarcaba un pergamino con el poema de Rudyard Kipling “Serás un hombre, hijo mío”. Lo sabía de memoria, a fuerza de leerlo esperando que me apagasen la luz, pero el primer cuarteto se convirtió para siempre en mi leitmotiv, mi mantra, mi aliento, en los momentos más duros de mi juventud, y los hubo en cantidad:

Si puedes mantener intacta tu firmeza
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza...

       Y el último remate, el último cuarteto, el colofón:

...Y si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo,
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

       Hoy diríamos, la natural inclusión: “Serás una persona valiosa, hijo mío”. Nada de “hombre”, arrobas ni “X”.
       Mucho más adelante, descubrí y conocí a uno de los más grandes poetas de la generación del 50 en España: Jaime Gil de Biedma. Su retrato ya es surrealista, aunque él huyó del surrealismo en poesía: castellano reciclado en Cataluña, millonario y máximo ejecutivo de su empresa familiar, comunista y homosexual. Murió en 1990 de sida junto a su pareja y ambos fueron incinerados juntos. ¿De película? Sí, y hay una. Pero uno de sus poemas está esculpido en una pared de la entrada de la Facultad de Filosofía de Madrid. Se titula “Nunca volveré a ser joven” y lo escribió en 1968.

No volveré a ser joven
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
—como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
—envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

       No he olvidado a Kipling, pero, lógicamente, el paso del tiempo, ya mucho, me obliga a mirar en silencio a los ojos de Jaime Gil de Biedma y sonreírle.
       Por cierto, esto no es un onanismo estético, aunque también, es, o intenta ser, un mensaje a nuestros jóvenes, a los que sufren, a los que se desesperan por no ver futuro, a los que huyen espantados, a los que no pueden huir y se rinden, este es mi humilde consejo: no pierdas la perspectiva final de Gil de Biedma: “...envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, pero hasta ese momento repite como un mantra el verso de Kipling: “Si puedes mantener intacta tu firmeza cuando todos vacilan a tu alrededor...”.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXXIX / 8 de octubre del 2018



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domingo, 30 de septiembre de 2018

De cómo la traducción engendró la literatura latina [CCXXVIII]

Edgardo Malaver



Esclavo, griego y traductor, Livio 
Andrónico inventó la literatura romana 

 

         En el principio fue el verbo. Y entonces dijo Dios: “Hágase la cultura griega”. Y nació Homero. Y se enseñoreó Homero de la palabra y escribió los cantos que decía por los caminos. Y los romanos, al regresar triunfantes del Hélade, quisieron oír la voz de Homero, y así nació la traducción, y la traducción engendró la literatura latina.
         En realidad, como dice Jacques Gaillard en Introducción a la literatura latina (1997), los romanos durante mucho tiempo “no mostraron inclinación ni talento alguno para la creación literaria” (p. 12), probablemente por su espíritu rústico y para diferenciarse de las “futilidades” artísticas de los griegos, que por ellas descuidaron la construcción de un imperio más duradero. También explica Gaillard que el latín necesitó que se estabilizaran las instituciones políticas para descollar, lo cual sucedió apenas en el siglo I antes de Cristo. Incluso más tarde, bien entrada la era cristiana, para ser un hombre culto todavía hacía falta hablar griego, incluso a las puertas de la ciudad de Roma.
         Y sucedió entonces que el pueblo romano, rústico y belicoso, se tropezó en el sur de la península itálica con los mismísimos griegos, a los que sometió militarmente. Y descubrió que estos hombres cultivaban el espíritu como ellos la tierra, desde hacía siglos. Y tal como hicieron con los dioses, los mitos e incluso con miles de palabras de la vida cotidiana, los romanos importaron, asimilaron, adoptaron (y adaptaron), en una sola palabra, latinizaron también la literatura helénica. “Cuando la mitología griega llega a Roma”, comenta Gaillard, “ya no es otra cosa que pura literatura, una maravillosa reserva de hermosas historias con personajes engalanados con el prestigio de la divinidad” (p. 14). Ya habían completado el ciclo de transición del “tiempo de los dioses” al “tiempo de los hombres” y estaban en el centro de la cultura y, también, de la educación.
         Dice Bartolomé Segura en “La literatura latina como traducción e imitación” (2003) que no es posible que la literatura latina arcaica haya “surgido de repente, de la nada, en virtud de un sencillo hágase la luz” (p. 26). Sería, dice, un esclavo griego, Livio Andrónico (280-205 antes de Cristo), quien actuaría de nexo “entre una literatura, la griega, ya superdesarrollada, y otra, la latina, tan incipiente y pobre que, para hablar con propiedad, no existía” (p. 26).
         ¿Qué hizo este Andrónico para aparecer en tan honrosa posición en la historia de Roma? Nada menos que traducir al latín las palabras de aquel viejo poeta que cantó las hazañas del superhábil Odiseo. Andrónico introdujo en Roma el arte de la escritura artística. Segura (junto con otros autores) considera su traducción de la Odisea una creación ex nihilo por la inexistencia de obras literarias anteriores. Y recuerda que ha sido un griego quien ha puesto ese hito.
         Inmediatamente después vendrían Nevio (270-201 antes de Cristo) con La Guerra Púnica, Ennio (239-169) con sus Anales, Lucilio (180-103) con sus Sátiras, Plauto (251-184) con su Anfitrión, Terencio (190-159) con su Andriana. Fuera en la épica, la epopeya, la sátira, la tragedia o la comedia (y después de siglos, la poesía y la narrativa), las obras de estos autores (o al menos sus títulos, en el caso de las que se han perdido) revelan que traducían (o al menos adaptaban) riquísima piezas literarias de la antigua Grecia. En su mayoría, aunque esto no era mal visto en Roma, y mucho menos en sus inicios, los escritores romanos no traducían servil y ciegamente las obras griegas: modificaban nombres, localizaciones, motivos de la acción, de vez en cuando sentimientos y genealogías, es decir, el rostro en general de los protagonistas y sus circunstancias, pero ciertamente procedían mediante un procedimiento de traducción que era al mismo tiempo imitación y creación, a la vez emulación y apropiación. Cuando la literatura latina estuvo suficientemente madura gracias a esta práctica, comenzó a parir frutos verdaderamente autóctonos y preñados de genuina romanidad. Para lograr esto, empero, se necesitaron años y siglos, porque el concepto de originalidad en Roma consistía en dar un tratamiento novedoso a cualquier historia, sin importar si ésta era nueva o antigua, propia o extranjera.
         Aun así, la traducción y la imitación siguieron siendo herramientas frecuentes de producción literaria en Roma (y en culturas posteriores). No podía ser de otra manera, puesto que la traducción, como actividad y como mecanismo de comunicación y de construcción cultural, se manifiesta más necesaria y más útil, más presente y más viva precisamente donde el hombre (y decir hombre es decir cultura) necesita nacer, crecer, sobrevivir, transformarse y fructificar. Si la traducción fue capaz de traer al mundo el vasto patrimonio que hemos heredado de los romanos, no puede pensarse, ni en el presente ni en el futuro, que la tarea de traducir sea menos valiosa que ninguna otra.
         (A todos los traductores del mundo, de todas las edades y de todas las lenguas, feliz día de san Jerónimo.)

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXVIII / 30 de septiembre del 2018




Referencias bibliográficas
Gaillard, J. (1997). Introducción a la literatura latina. Trad. J.L. Checa Cremades. Madrid: Acento.
Segura, B. (2003). “La literatura latina como traducción e imitación”. Epos XIX, 23-31.





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lunes, 24 de septiembre de 2018

No sea imbécil [CCXXVII]

Edgardo Malaver



¿Cuál sería el coeficiente intelectual de Quico, 
el de El Chavo del 8?



         Desde que leí la noticia estoy buscando un artículo que recuerdo haber leído sobre la clasificación antigua de los llamados retardos mentales, pero como parece que lo escondí muy bien, voy a tener que conformarme con lo que encuentre en Internet, que, aunque bueno, siempre me parece lo menos sustancioso. Aquel artículo designaba las “taras” en términos de idiota, estúpido, imbécil, mongólico, custodiable, entrenable, tonto, bobo, lerdo, etc. No recuerdo más términos, y no estoy seguro de que todos los que pongo aquí aparecieran en la lista. Me interesaba, naturalmente, por el uso científico que se hacía, hace más de 100 años, de unas palabras que ahora son insultos, algunos más bien contundentes y sin retroceso.
         Y a mayor seriedad de la situación, a mayor exposición de los involucrados, el insultante y el insultado, a mayor conocimiento de los circunstantes sobre ellos, más agresiva la palabra elegida y más difícil remendar el capote.
         El 21 de septiembre, en una entrevista con el canal NTN24 en Washington sobre la actual crisis migratoria venezolana, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, dijo, refiriéndose al expresidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero: “Mi consejo —es un consejo nada más— [es] que no sea imbécil. Es un consejo [...] que le puede hacer muy bien”. Días antes, Rodríguez Zapatero, conocido mediador en otras crisis, había afirmado que gran parte de la emigración venezolana hacia Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina se debía a las sanciones impuestas por Estados Unidos a funcionarios del gobierno de Venezuela. Almagro, por su lado, ha postulado que Venezuela vive una dictadura, con la que Rodríguez Zapatero colabora, y que no hay que descartar opción alguna para ponerle fin.
         He encontrado, entonces, en Internet una clasificación antigua (sin rigor científico, obsoleta, irrespetuosa para nuestros ojos contemporáneos, pero lingüísticamente significativa) de aquellas “taras” según el coeficiente intelectual de cada individuo. Eran seis grupos.
         Primero estaban los de inteligencia superior, cuyo coeficiente iba de 129 a 120 puntos; luego los normales superiores, que estaban entre 119 y 110 —la mayoría de los que hoy logran un título universitario están en este grupo—; los normales medios, de 109 a 90 —aquí está casi la mitad de la población del mundo—; los normales mediocres, entre 89 y 80 —hoy, con suma dificultad podrían terminar la universidad—; los casos límite, entre 79 y 70, y el grupo que nos interesa, llamado deficientes u oligofrénicos, que no llegaban a los 70 puntos. Éste se dividía en tres subgrupos: débiles mentales, con coeficientes entre 69 y 50 —difícilmente terminarían la escuela primaria de la actualidad—; los imbéciles, de 49 a 25 —que podían hacer tareas sencillas, como vestirse solos y llegaban a formular oraciones, pero adquirían muy poco conocimiento) y, finalmente, los idiotas, cuyo coeficiente era inferior a 24 —considerados incapaces de abotonarse la camisa, por ejemplo.
         Estas palabras, que ya eran hirientes en su origen, al recibir estos nuevos significados en su paso por la ciencia y volver a los labios de hablantes comunes, especialmente de los menos sensibles ante las enfermedades mentales, se convirtieron en insultos mucho más virulentos que antes.
         Lógicamente, todos esos términos fueron sustituidos en las ciencias que estudian la mente humana, y sus avances también modificaron las definiciones, pero esas palabras siguen significando lo que desde tiempos antiguos han significado. Y los hablantes persisten en utilizarlos con esos significados, que, arbitrariamente, el signo lingüístico conserva y perpetúa.
         Hay también situaciones que no parecen admitir otra explicación que la pérdida de facultades, la falta de comprensión, la locura ¿Qué duda nos queda ya de que hay consejos que parecen más bien insultos, pero al mismo tiempo, hay insultos que parecen más bien informes médicos?

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXVII / 24 de septiembre del 2018

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿Cuándo se va a armar aquí la de San Quintín? [CCXXVI]

Ariadna Voulgaris


Según la tradición, un ángel soltó las cadenas
de Quintín cuando fue apresado



         ¿Recuerdan que les he mencionado a mi amiga Alejandra? Como hace meses que no sé nada de ella y las cosas no andan bien en Venezuela, la llamé hace días y conversamos hasta que mi teléfono anunció que estaba a cinco segundos de fundirse.
         Me contó cincuenta mil historias (y yo a ella), pero la que se quedó vibrando en mi procesador fue la de una señora mayor que hacía una de las odiadas colas que hay que hacer ahora en Venezuela para todo. Había comenzado a refunfuñar entre dientes por tener que pasar por aquel trance para comprar un kilo de papas. La intensidad de sus comentarios en contra de las autoridades comenzó a aumentar hasta que casi gritaba y lograba el apoyo de los demás.
         “Pero lo que me interesaba comentarte, chama, es que la señora terminó pregonando: ‘¡¿Cuándo se va a armar aquí la de San Quintín?!’. ¿No era pasar las de san Quintín?”, me preguntó Alejandra. Le dije inmediatamente que sí. Armarse la de San Quintín no me sonaba ni de lejos.
         Y yo, que estoy pasando por un período de intensidad con Ritos de Ilación, me dije: “Ah, no, yo no me quedo con esto, hay que ponerlo en la revista”.
         Google, ¿pa qué te tengo? Enciclopedia Católica, ¿pa qué te quiero? Pues sí, manita, sí existe la expresión armarse la de San Quintín (y ya todos se habían dado cuenta de que lo pongo con mayúscula), pero encontrar algo sobre pasar las de san Quintín (con minúscula, ¿vieron?) me fue más difícil que encontrar antibióticos en Venezuela hoy en día.
         San Quintín es una ciudad de la antigua región de la Picardía, en el norte de Francia, sobre el río Somme, donde hubo una sangrienta batalla de varios días que terminó el 10 de agosto de 1557, día de san Lorenzo. Los ejércitos francés y español se enfrentaron allí tan crudamente, se descuartizaron con tanta saña el uno al otro, que con razón en adelante se comenzó a usar la expresión armarse la de San Quintín para retratar cualquier situación conflictiva y violenta.
         El mártir san Quintín, nacido no se sabe cuándo en la Roma del siglo III, por esos azares de la vida, fue enviado a predicar en la Galia (¡Francia otra vez!). Allí fue perseguido, encarcelado y decapitado por desafiar a las autoridades, que le ordenaban dejar de evangelizar a los pobladores de Amiéns (también en la Picardía) y sus alrededores. Y adivinen dónde arrojaron su cuerpo. ¡Al río Somme!
         Existen cincuenta mil historias de las espantosas y repetidas torturas a que fue sometido san Quintín, todas muy posteriores a su doloroso martirio, y algunas fuentes hasta dicen que son ficticias. Estamos demasiado lejos en la historia como para saberlo. Lo que sí es cierto es que San Quintín la ciudad lleva ese nombre en honor de Quintín el santo. Antes se llamaba Augusta Viromanduorum.
         Y otra obviedad: a estos padecimientos se refiere la expresión pasar las de san Quintín.
         Quizá habrá que recurrir a san Quintín para aliviar los padecimientos de los venezolanos, que son libres de ser cristianos o no (muchos hasta predican el Evangelio), pero hoy son perseguidos por el hambre, torturados por la enfermedad, crucificados por la inflación. Están pasando todos las de san Quintín y los hay que creen que para acabar con ello hace falta armar una como la de San Quintín. Requetecurioso a nivel martirio.
         También iba a decir que todo esto puede significar que la lengua está intacta, pero es requeteobvio que no sigo el recuento porque se me ha acabado el espacio.

ariadnavoulgaris@gmail.com




Año VI / N° CCXXVI / 17 de septiembre del 2018




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