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lunes, 13 de abril de 2026

Una letra pequeñita que se mudó de idioma

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Monsieur le prof Bernard Cerquiglini

 

 

         No sé cómo ni cuándo comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores, es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun sin decir por qué, queda recomendado.

         Ayer o anteayer me llegó el aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés. ¡Pero...! ¡Resulta que es española!

         Se ve de lejos que, en francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín (que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.

         Por supuesto, en esta regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en francés: zède!).

         En francés pasa lo mismo, o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’) habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu (‘concebido’) sería /concú/.

         En español la cedilla habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia. También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual sentirse a gusto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 13 de abril del 2026

  

lunes, 7 de octubre de 2024

¡Vuela, pajarito grande! [CDLXXXI]

Ariadna Voulgaris



La frase por la cual Ryoichi Sasakawa
se ganó el respeto de Costa Rica




Ahora resulta que no, que en contra de la evidencia lingüística frontal que muestra la palabra, un avión no es un ave grande. ¿Habrase visto?, como dice la Sole.

Hace unos días me llegó al correo una especie de infografía —¿de dónde sacan tantas horas de ocio?— en que se pretende demostrar que la palabra avión, en español proviene del francés y no del latín. Es decir, dizque no proviene del sustantivo avis que hemos conocido desde siempre, y que usamos cuando queremos decir que algo o alguien es como peculiar: “Costa Rica es una rara avis en América Latina”.

El autor de la susodicha, que no declara el origen de su información, dice que avión es en realidad un acrónimo (¿no serán más bien siglas?) de appareil volant imitant l’oiseau naturel, que traduce como “aparato volador que imita al ave natural”.

¿El “ave natural”? Entonces, ¿el fulano “aparato volador” es un “ave artificial”? Claro que lo es. Y bien grande. Pues, mira, ya está dicho todo: es un avión, un ‘pájaro grande’, ¡y más grande que un pterodáctilo! Y el dibujo que ponen se parece más a un pajarraco de aquellos que a un avión.

Es lo que nuestra recordada señorita Jimena llamaba un aumentativo. Existiendo ese camino tan corto para llegar a la metáfora, al significado, al significante y a la imagen en la mente de todos los hablantes, ¿por qué íbamos los hablantes del español a irnos por aquella ruta tan larga que se supone que tomaron los franceses para llamar aquel nuevo vehículo? Que en francés el animal al que se parece el dichoso vehículo se llame oiseau podría ser evidencia de que el camino por el que los hablantes del francés llegaron a su avion fue más largo... Pero no... ¡Ellos también tenían el latín a mano!

O sea, no es razonable pensar que nuestro avión provenga del francés.

Ah, otra cosa (ojalá que el director no me censure porque digo esto sin investigar lo suficiente): me pregunto (no es que niegue, ¡me pregunto!) cómo es que un francés se puso a crear esta palabra unos seis años antes de que los hermanos Wright crearan por fin un artefacto que verdaderamente pudo volar llevando a una persona adentro. No me hace clic.


ariadnavoulgaris@gmail.com






Año XI / N° CDLXXXI / 7 de octubre del 2024


domingo, 31 de julio de 2022

Otherwise [CCCLXXXVI]

Edgardo Malaver

 

 

Feodor Chaliapin Jr. como Jorge de Burgos
en
El nombre de la rosa (1986)



 


         Acabo de hacer, esta mañana mismo, un descubrimiento que todavía no deja de asombrarme cada vez que me acuerdo mientras hago las cosas típicas del domingo. El entusiasmo que me crea este descubrimiento, sin embargo, no me lleva a pensar que haya sido yo el primero que se da cuenta de semejante hecho, y mucho menos que haya sido por mis propios medios, aunque ¿por qué otros medios podía ser? Lo que acabo de descubrir es que la palabra inglesa otherwise equivale en español, literalmente, a la expresión de otra guisa. Y la coincidencia no sólo es de sentido sino que también fonética e incluso etimológica. Lo único en que no coinciden es, aparentemente, en la frecuencia de uso.

         Una vez que uno conoce la palabra guisa en español, que no la enseñan en casa, y en la escuela, cuando la enseñan, es por accidente y se tardan, la expresión de otra guisa queda clara, si es que llega uno a oírla alguna vez. Y en inglés, por otro lado, es enormemente frecuente, pero a algunos extranjeros nos cuesta captar al primer intento el mecanismo por el cual llega a referirse, cuando actúa como adjetivo, a aquello que es diferente o inhabitual o, como adverbio, a lo que se hace o sucede de otra manera o de “la otra” manera, la contraria a la que estemos tratando. Y este último rasgo es el que salta a la vista cuando lo ponemos frente al espejo con la construcción española.

         Lo que hay que saber entonces es lo que significan los sustantivos wise y guisa, que a propósito he dejado hasta ahora. En sus mentes ustedes ya se respondieron que significan ‘modo’, ‘manera’, ¿no es cierto? El diccionario de la Academia agrega, en la primera acepción, ‘o semejanza de algo’. Pasa lo mismo en inglés. El Collins pone: ‘way, manner, fashion or respect’. Parece que se tradujeran uno a otro.

         Los oigo decir ahora: “Ay, pero eso está en desuso”. Sí, yo también me doy cuenta. Y los lexicógrafos. Los dos diccionarios los dicen, y quizá sea ahí donde está lo más sustancioso de este asunto: la Academia dice de guisa que en el pasado significaba ‘voluntad, gusto, antojo’ y, en tercera acepción, ‘clase o calidad’. Mientras tanto, el Collins marca el wise sustantivo (‘way of proceeding or considering’) como “archaic” y da ejemplos de construcciones, que yo sepa, muy poco frecuentes en la actualidad, como in any wise e in no wise. Corominas ubica la aparición de guisa en español en los años 1140 y Collins la de wise en inglés antes del 900.

         Sin embargo, esto de ninguna guisa es todo. Miremos hacia la lengua francesa y veremos que existe la palabra guise casi de la misma manera que en la española y digo casi únicamente porque en francés no está en desuso—. Tiene el mismísimo significado y se usa para expresar que uno va a hacer las cosas o a actuar de tal o cual manera: à ma guise, por ejemplo, habría sido la frase favorita de Frank Sinatra si hubiera crecido en Francia. Igualmente, anota el Larousse, puede emplearse para indicar un uso alternativo de cualquier cosa, como en la frase En guise de repas, on nous servit des sandwichs.

         En italiano, del que no diré casi nada para no pisar territorio mayormente desconocido —aún—, por lo que observo, pasa igual, y me llaman la atención dos detalles: que in guisa de (y sus variantes, que las tiene) es de uso más bien elevado y que también existe un otherwise italiano: in altra guisa. En portugués, territorio que he explorado mucho menos que el italiano, funciona de modo muy parecido al de los otros, y casi idéntico que en francés. (¡Ah! En francés puedo agregar que, aunque no existe el verbo guiser, sí existe déguiser, ‘disfrazarse’, o sea, vestirse en guisa diferente a la cotidiana.)

         Y más allá en el pasado, según los etimólogos que he podido consultar, particularmente Corominas, el origen de nuestra guisa hispana, ítala y lusa (la gala es guise) está, quién sabe cómo, en una antigua palabra germánica: wisa. El alemán de hoy en día tiene también su Weise, que, por lo que entiendo, equivale a manera, y además, existe, de guisa semejante a lo que hace el inglés, como sufijo para crear adverbios a partir de adjetivos: normalerweise, ‘normalmente’, o adjetivos a partir de sustantivos: kinderweise, ‘infantil’.

         Quién sabe cómo, quién sabe cuándo, quién sabe por cuál sinuoso camino, de labios de qué descalzo campesino, de qué violento soldado, de qué ilustrado poeta, vinieron desde mundos tan lejanos semejantes sonidos a los oídos de nuestros antepasados, que con tan perdurable anzuelo se colgaron de sus conciencias y con tan clara voz nos han alcanzado en el presente.

         Y detrás de todo esto, como el bibliotecario ciego de El nombre de la rosa, frotándose las manos de la imaginación al disfrutar de la telaraña verbal sobre la que nos ha hecho vivir y construir nuestro mundo durante tantos siglos, se nos revela el viejo latín, que no cesa de lanzar su polen a nuestro viento, que no cesa de esclarecernos, una vez y otra vez, generación tras generación, las formas visibles e invisibles que tiene la realidad.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXVI / 31 de julio del 2022

  

lunes, 27 de febrero de 2017

Picnic [CXLI]

Edgardo Malaver


 
El picnic (1846), obra de Thomas Cole,
albergada en el Museo de Brooklin



         Uno escucha un día que la palabra picnic, por lo menos en Estados Unidos, es delicada para algunas comunidades y uno pregunta por qué, y le responden: “Porque significa ‘capturar negros’, pick niggers, es mejor no usarla”. Y, aunque siempre pareció extraño que no se escribiera pick nick, parece razonable, se ve creíble. Y sigue sonando la idea, y entonces uno estudia inglés y ya no hace falta que le traduzcan la dichosa palabra, ni hacia el español ni hacia el inglés. Pero un día se le ocurre a uno, como Ritos nació en un picnic en el 2013, que sería magnífico celebrar el cuarto aniversario escudriñando en la biografía de esta palabra. Y descubre así que el razonamiento aquel era pura falacia, nacida quizá del fanatismo de algún grupo o del remordimiento de otro.
         El primer descubrimiento es que picnic, incluso en inglés, proviene del francés —no del inglés mismo—, pero no de cualquier época: del siglo XIII, según el Diccionario histórico de la lengua francesa de Robert. (Es importante la fecha porque en ese siglo no existía lo que en este momento se llama Estados Unidos.) En francés, el nombre está compuesto por el verbo piquer (‘picar’, ‘pinchar’) en tercera persona singular del indicativo (pique) y el sustantivo nique, que equivale a ‘cosa de muy poco valor’. Es bien sabido que en un picnic cada quien trae alguna comida sencilla que suele consumirse en su totalidad durante la reunión.
         Por alguna razón, que habrá que investigar más adelante, la palabra adoptó en inglés una ortografía que parece más típica del español, y parece que siempre se ha escrito así en inglés. Dice también en el Robert histórico que existen documentos escritos en Inglaterra en el siglo XVIII que ya traen la palabra picnic, aunque el Merrian-Webster dice que apareció en 1826.
         No deja de ser cierto que miles de esclavos americanos murieron linchados, colgados e incluso quemados vivos mientras grupos de hacendados blancos (hombres y mujeres, niños y ancianos, civiles y militares, autoridades y aristócratas de a pie) disfrutaban de sandwiches, tocino, galletas, frutas, quesos y vino. No deja de ser cierto, triste y vergonzoso, pero no es ese el origen del nombre.
         En español, por su lado, existe una palabra que pareciera ser la traducción perfecta de picnic: jira. (Sí, con jota; sí, como jirón, ¿el pedazo de tela en que uno se sienta?) El diccionario de la Academia define jira como ‘banquete o merienda, especialmente campestres, entre amigos, con regocijo y bulla’. La Academia y Fundéu recomiendan escribir pícnic. En Venezuela no le ponemos ni le pronunciamos la tilde.
         En febrero del 2013, un grupo de amigos de la Escuela de Idiomas fuimos a un picnic en el Parque del Este de Caracas y llevábamos todo lo pertinente para cantar cumpleaños. Perseguimos lo que siempre perseguimos: palabras, pero ese día sólo cazamos a Ritos. Y aquí lo tienen.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CXLI / 27 de febrero del 2017
EDICIÓN DEL CUARTO ANIVERSARIO