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lunes, 12 de septiembre de 2016

Allende [CXXIII]

Edgardo Malaver


Allá, más allá, allende. Monumento a Colón
en Barcelona, España (foto: R. Villalobos)



         Nada como el luminoso momento en que uno logra ver —ver, sí, porque es una percepción visual— el parentesco entre algunas palabras que antes pensábamos lejanísimas. Darse cuenta de que la simple apariencia de una palabra nos da señales de su significado porque, aunque lo creamos descabellado, se parecen muchísimo a otras que conocemos bien... ese momento es un tesoro.
         Pienso, por ejemplo, en el momento en que uno se percata —habitualmente es por accidente— de que allá, aunque parezca que no, tiene desde antiguo su relación consanguínea con allende. Lo mejor de todo es poder entender una a partir de la otra. Y después, poder entender otras a partir de estas dos... porque una vez que se entiende esto, uno se pregunta: ¿y cuál corresponde a acá? Pues aquende. Aquí, donde está uno; allá, un lugar lejano donde uno no está. Aquende, más acá. Allende, más allá.
         Y por ese camino, llego al punto de que acá y aquí, que parecen tan diferenciados, en realidad se forman casi con los mismos sonidos. La diferencia es la caprichosa escritura que les da el castellano. ¿Y allá y allí? Dos formas literalmente gemelas, que crecieron y se volvieron mínimamente distintas. ¿Y la leve, levísima, diferencia que uno siente —siente, sí, porque es dificilísimo verla— entre allí y ahí? También hay esa ínfima diferencia, quizá más ínfima, entre aquí y acá. “Yo vivo aquí” no puede ser exactamente equivalente a “Yo vivo acá”, y, aunque muchísimo menos visible, puede sentirse una diferencia entre “Ven acá” y “Ven aquí”. Si a uno le preguntan “¿Dónde está la silla azul?”, para muchos —digo muchos para no sentirme tan solo— resulta casi imposible responder “Acá”. Digan lo que digan los autores de crucigramas, no son uno solo y el mismo.
         Acá, allá y acullá, que en conjunto parecen, a primera vista, una gradación de distancia, mirándolas mejor revelan una creatividad harto sencilla que, por tanto, es harto efectiva. La curiosa palabra acullá está formada, como se ve ahora que la reexaminamos, por acá y allá. Digamos que la suma de la una y la otra da una distancia mayor a lo cercano y a lo remoto, un más allá.
         Quién sabe, seguramente se me escapan ideas. Ver aquende nuestras narices puede ser tan fatigoso como ver allende los mares, ya lo confirmará el Almirante. Sin embargo, es cierto que después de descubrir una isla por aquí y una bahía más allá, comienza uno a colegir que allende esas playas puede haber territorios más generosos, más fértiles, más lujuriosos para la vista... y allende la vista.

emalaver@gmail.com




Año IV / N° CXXIII / 12 de septiembre del 2016

lunes, 29 de agosto de 2016

Me voy pa las Italias [CXXI]

Edgardo Malaver



Plaza Miranda de la atractiva ciudad de Barquisimeto
en 1954. Arriba a la derecha, el obelisco


         Había planeado dejar que los lectores descansaran esta semana del tema del plural, pero acabo de toparme con una vieja lista de posibles temas para cuando no se me ocurriera qué escribir, y como era esa la circunstancia en que me encontraba, tuve que cerrar los ojos y ceder ante la tentación. Las notas que encuentro dicen simplemente: “Plural de topónimo distante: las Europas, las Américas”.
         ¿Por qué algunos hablantes (si es que verdaderamente son algunos) tienden a pluralizar algunos nombres de lugar? Mi hipótesis inicial, hace años, era que debía tratarse de una forma de aumentar en el discurso la importancia que revestía hacer un largo viaje o, aunque no fuera largo, a un lugar muy lejano. Podía ser impresionante para el hablante que alguien cercano lograra ir, por ejemplo de vacaciones, a las Méridas, a los Maracaibos, a los Barquisimetos. Y lo era mucho más, incluso para el que hacía el viaje, ir a los Méxicos, a los Mayamis, a las Europas.
         Aunque esta idea no queda descartada (más bien queda confirmada), las breves lecturas que he hecho antes de comenzar a escribir, me indican que esta forma de aumentativo, más que de plural, más popular que culto, podría provenir de los mismísimos orígenes de la expansión del castellano en la España de la Edad Media. En los siglos anteriores a los Reyes Católicos, España era un reguero de pequeños reinos que apenas se comunicaban para entrar en guerra y para celebrar matrimonios entre los hijos de los reyes. Isabel y Fernando, que se habían casado precisamente para unir las posesiones que sus antepasados habían ido acumulando, figuran como los que comenzaron a unir “todas las Españas”, como le escribió el humanista Diego de Valera (1412-88) al joven príncipe antes del casamiento. “Todas las Españas” bien pueden entenderse como la suma de Castilla y Aragón, la suma de todos los territorios que poseían los dos herederos, todos los que estaban bajo su influencia y todos los que, con su nuevo y agrandado poderío, no tardarían en sometérseles.
         En 1492, Isabel la Católica tomó posesión de los territorios antes dominados por los árabes, con lo cual terminaban reuniéndose también dos Españas, la cristiana y la musulmana. Inmediatamente llegó Colón a un nuevo territorio, que comenzaron a llamar, primero, las Indias, porque era donde creía el Almirante haber llegado, y, más tarde, las Antillas; partir a estas tierras a buscar fortuna comenzó a llamarse “ir a hacer las Américas”. En esa misma sintonía, regresar a la capital del reino —¡hombre, qué viaje más largo!— era recalar por los Madriles. En épocas tan cercanas como 1837, la Constitución española se refería a Isabel II como “reina de las Españas”, y eso que no poseía ya la americana.
         Sea a causa de la noción de distancia, de tamaño (más bien de grandeza) o de herencia, lo cierto es que el pueblo se apodera de esas formas expresivas, sobre todo porque son expresivas, y las mantiene, las perpetúa. Nunca he estado en las Australias, pero veo en el mapa que es lejísimos. Nunca he pisado las Arabias, pero me dicen los que han ido que la gente tiene otras costumbres. Nunca la he visto los Niuyores, pero leo en “La ciudad de nadie” que pasan cosas asombrosas. Deben ser lugares magníficos y misteriosos. Cada quien tiene su idea de ellos, son muy diversos. Será por eso que algunos, muchos, andan diciendo ahora: “Me voy pa las Inglaterras, pa los Portugales, pa las Italias”.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXI / 29 de agosto del 2016

lunes, 2 de febrero de 2015

¿Español o castellano? [XLII]

Luisa Teresa Arenas Salas

            ¿Será esta “la pregunta de las 64.000 lochas”, tal como leímos en el primer rito de este año escrito apasionadamente por el padre de los ritos, Edgardo Malaver? Realmente, no. Esta no es una pregunta “muy difícil de responder”, ni su respuesta es “imposible o casi imposible adivinar”. ‘Español o castellano’ es una polémica muy antigua, que llega hasta nuestros días.
            ¿Has sido tú en algún momento protagonista de esta polémica? ¿Cuál de los dos términos empleas? ¿Qué razones has utilizado para justificar ese uso?
            En principio podemos decir que los términos español y castellano se consideran sinónimos para referirnos al nombre de nuestra lengua. Pero es interesante conocer un poco de historia para dilucidar la controversia.
            A finales del siglo XV, el enlace de los Reyes Católicos produce la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, quienes convierten a España en una gran potencia, hecho que, como corolario, conduce a la unidad lingüística española. “El castellano, que comienza a llamarse español, se propagó entonces por Flandes, Italia y Francia, sus gentes aprendían el español con agrado y tenían a gala saber hablar castellano” (Gutiérrez y otros, 2007: 24). Ya en el siglo XVI se consolida la unificación literaria y adquiere plena justificación el uso del nombre de lengua española. Se originó el sentimiento colectivo que llevó a ver en el romance castellano una significación más amplia que sobrepasaba lo regional, y un contenido histórico cultural más rico que el estrictamente castellano (2007: 25).
            Enrique Obediente Sosa (1997: 408), con base en esos criterios históricos, afirma:

el término castellano hace referencia a la región de origen, a Castilla; español, por su parte (en boga desde el Renacimiento, es decir, desde la época del despertar de las nacionalidades), hace referencia a la nación, a algo histórico-cultural de significación suprarregional.

            Pero aun así, la polémica se mantiene vigente no solo en España, sino también en Venezuela sustentada en que la constitución de ambos países consagra el término castellano para denominar su lengua oficial, la cual coexiste con las otras lenguas acuñadas como oficiales a nivel regional. Para cotejar esta afirmación puedes revisar el artículo 3 de la Constitución española y el 9 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela del año 1999. Esta disposición constitucional ha llevado a estudiosos de la lengua a argumentar la validez de los dos vocablos basados en la sinonimia existente entre ellos. No obstante, en la actualidad se prefiere el nombre español, porque tiene un carácter más internacional.
            Por ello, yo acepto con normalidad que se diga castellano al mencionar nuestra lengua, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, prefiero hablar de español, como dice el académico Luis Barrera Linares: “por ser este el nombre más universal de nuestra lengua” (2013: 46). Y, para ser más específica, utilizo “español de Venezuela”. Dejo aquí en el espíritu de los lectores una nueva inquietud, quizás materia para otro rito de ilación, que bien podría satisfacer, por ejemplo, la gran defensora de esta denominación, la lingüista venezolana Minelia de Ledezma.

Bibliografía
Barrera Linares, Luis (2013). La duda melódica. Crónicas malhumoradas. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua.
Gutiérrez, María Luz y otros (2007). Introducción a la lengua española. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.
Obediente Sosa, Enrique (1997). Biografía de una lengua. Nacimiento, desarrollo y expansión del español. Mérida: Universidad de los Andes.

ue_eim_ucv@yahoo.com / ue.eim.ucv@gmail.com




Año II / Nº XLII / 2 de febrero del 2015