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domingo, 31 de diciembre de 2023

Y un río de Nocheviejas [CDXL]

Ariadna Voulgaris

 

 

Nochevieja en París, 1923

 

 

 

         En rigor, el título de esta notita, para conectar con la semana pasada, debería ser “Y 441 Nochebuenas”, pero con la imagen del río es más poético.

         Quizá algunos se acuerden de mí, aunque la última vez que me leyeron fue en noviembre del año pasado. Entonces les dije que aquel artículo llegaba un año tarde, y ahora está pasando algo parecido, aunque esta vez no he faltado a ninguna promesa.

         Lo que vengo a decirles hoy es sencillo: así como llevamos ya 800 años exactos celebrando la Navidad con los hermosos nacimientos que construimos casi todos en casa para esperar a Jesús en la noche del 24 de diciembre, también estamos celebrando hoy los 441 años, quizá más bien 440, quizá algunitos menos, de celebrar la víspera de Año Nuevo. Por lo que he leído en estos días, se entiende que nos estamos poniendo parranderos los 31 de diciembre desde el año 1582. Como diría mi santa madre, ¿qué se puso ese año en el maquillaje, pa que nos acordemos de él? Que cambiamos del calendario juliano al calendario gregoriano. El papa Gregorio XIII aprobó la corrección del retraso que había en el calendario, y en aquel octubre el mundo entero, por lo menos el europeo y cristiano, se fue a dormir el jueves 4 y, la mañana siguiente, se despertaron el viernes 15. Pero aquello no fue maquillaje. Todo el mundo terminó adaptándose a esta decisión. Los rusos resistieron hasta llegado el siglo XX, pero de la Revolución para acá, a pesar de que hubiera sido un punto irrenunciable para los santos bolcheviques, no han vuelto a hacer ruido con eso.

         También sucedió, aunque esto fue de más lento “acostumbramiento”, que al final del año la gente comenzó a hacer fiesta al llegar al final de aquel nuevo calendario. Quizá, elucubro yo aquí, ilusamente, fue en ese año o en esa época, que la mayoría comenzó a tener conciencia de la existencia de los calendarios para llevar la cuenta de los días. No me hagan caso.

         Por eso digo —¿me estás escuchando, Alejandra, mi santa?—, que son 800 Nochebuenas y 441 Nocheviejas. Y llego así al bello detalle lingüístico, sin el cual el director de esta publicación, ahora que usa lentes, lo mira a uno por encima de las monturas, como diciendo: “¿Tú me estás hablando en serio, criatura?”. Que la palabra nochevieja, por la cual se ha conocido tradicionalmente a la última del año, es una ingeniosa composición que “imita” la composición nochebuena. El que es viejo en verdad es el año, como en la gaita maracucha, pero metonímicamente se comprende que se llame así a la última noche. Es igual con la Nochebuena, que, en realidad, el que es bueno es Dios, pero metonímicamente...

         Mi amiga Alejandra dice que para ella la Nochevieja es la “octavita” de la Navidad. Es una razón para seguir con la parranda toda una semana. A mí me suena siempre una palabra muy española, o sea, española de España, propia de la forma en que los españoles hablan nuestro idioma. Seguramente se debe a que, en mi infancia, aprendí esa palabra en su casa, donde disfruté un río de Nocheviejas, cuando en la mía no recuerdo que los mayores la usaran. Y en su casa era natural, porque los cuatro abuelos de mi amiga eran españoles de España, y sólo la Navidad celebraban con más alegría que la Nochevieja.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXL / 31 de diciembre del 2023

EDICIÓN DE NOCHEVIEJA

 

 

  

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martes, 4 de octubre de 2022

El octubre más breve de la historia [CCCXCV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

La ventaja de guardar papeles viejos. Calendario oficial
del año del Señor de 1582

 

 

 

A la memoria de mi amigo Gustavo Lanz

 

         Yo tenía en Margarita un amigo guayanés llamado Gustavo, que, excepto por su confianza extrema en la Virgen del Valle, no tenía casi nada de religioso. Cada 4 de octubre, sin embargo, manifestaba su felicidad por haber nacido el mismo día que san Francisco de Asís, “el santo de los animales”. Le encantaba ese título, porque, como san Francisco, Gustavo amaba a los animales. Cómo me hubiera gustado verlo asombrarse al leer que hubo un año en que la historia se abrevió precisamente... el 4 de octubre.

         Mucho después de la época en que vivió san Francisco, bastante después de terminada la Edad Media, llegó un día en que, después mucho cálculo, la humanidad se despidió de un mes tan normal como septiembre, y se introdujo, por primera vez, en un octubre que tendría apenas 21 días. ¡Veintiuno! En el año 1582, por bula del papa Gregorio XIII, para recuperar los 10 días que se habían ido quedando en el camino debido a los cálculos imprecisos que se habían hecho en Roma para instaurar el calendario juliano, a la medianoche del día de san Francisco de Asís, los calendarios debían saltar al día 15.

         En realidad no fue toda la humanidad: fueron solamente Italia, España, Portugal y Francia, los países que inmediatamente adoptaron el cambio, porque, después de todo, se trataba de un asunto que, como en la antigua Roma, atañía a la administración del Estado y luego, también, a la vida cotidiana.

         Como recordarán —porque aquí en Ritos de Ilación lo hemos dicho antes—, el calendario juliano, llamado así para honrar al gobernante romano que lo propuso, el célebre Julio César (100-44 antes de Cristo), entró en vigencia en el año 46 después de Cristo. Los matemáticos de César habían llegado a la conclusión de que el año duraba 365,25 días. ¿Veinticinco centésimas de día? Sí, seis horas, y pensaron que con agregar un día a febrero cada cuatro años sería suficiente para normalizarlo todo; pero resulta que ese cuarto de día no era exactamente de seis horas sino, como calcularon los matemáticos de Gregorio XIII, 11,25 minutos menos. Para el año 1582, cuando ya los españoles habían penetrado tanto en América como para fundar Buenos Aires dos veces, se habían acumulado 10 días de atraso.

         El error era conocido ya en el siglo IV, e incluso en el siglo XIII los expertos de Alfonso X el Sabio (1221-84) calcularon que hasta entonces el calendario juliano se desfasaba a un ritmo de 10 horas y 44 segundos cada año. Durante casi 1.540 años no pareció una diferencia demasiado significativa, hasta que en el calendario litúrgico, que era el importante para el mundo cristiano centrado en Europa, el error acumulado terminó alterando la fecha en que se celebraba la Pascua, que estaba fijado en el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. El papa entonces creó una comisión que debía hacer los cálculos para ajustar el calendario y, a partir de sus recomendaciones, emitió en febrero una bula que anunciaba el cambio para octubre de 1582.

         ¿Y qué pasó? Pues no pasó gran cosa, o pasaron cosas curiosas. Si las fiestas de cumpleaños hubieran sido tan populares como ahora (que no lo eran), los niños nacidos, por ejemplo, el 6 de octubre del año anterior, no habrían podido celebrar su primer cumpleaños sino en 1583. National Geographic cuenta que santa Teresa de Ávila (1515-82), que murió a las nueve de la noche del último día del calendario juliano, por causa de este cambio tuvo que “esperar” diez días para ser enterrada. Algunos países se resistieron tanto a adoptar el nuevo calendario que aún hoy, en la biografía de un escritor tan reciente como Fédor Dostoievski (1821-81) se tropieza uno con la nota en que se indican sus dos fechas de nacimiento y las dos de su muerte. Son 240 horas que sencillamente no existieron en nuestra historia.

         Cómo me hubiera gustado contarle esta historia a mi amigo Gustavo, que siempre me preguntaba si yo no tenía “entre mis curiosidades” algún dato suculento sobre el cual conversar o leer. Los ojos se le hubieran salido de las órbitas, incluso de las monturas de los lentes, cuando le dijera que con el calendario gregoriano la próxima vez que el actual e ínfimo desajuste exija un nuevo cambio de calendario será, según National Geographic, dentro de más de 3.000 años.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCV / 4 de octubre del 2022

 



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