Mostrando las entradas con la etiqueta Noticias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Noticias. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de junio de 2026

“No te vamos a dejar caer”: doce frases memorables para Venezuela [DXXXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Caricatura del 26 de junio del artista dominicano
Cristian Hernández, dedicada a Venezuela

 

 

         Como deben ser apenas dos o tres los venezolanos en su sano juicio los que no estén pasando ahora unas 23 horas al día atentos a todo lo que sucede y no sucede, lo que se dice y no se dice con respecto al doble terremoto del 24 de junio, día de san Juan Bautista—qué día para un terremoto, ¡para dos!—, doy por sentado que no es necesario dar muchos detalles de los acontecimientos. Además, después de ese día, entretenerse mucho en un artículo de periódico, un video, un estado de WhatsApp implica que se nos escapará multitud de datos valiosos que valdría la pena difundir, si quiere uno ayudar en algo, aunque sea poco, a precio de sentir que no estamos siendo solidarios.

         En Ritos de Ilación, que es una publicación venezolana, con la sensibilidad venezolana hinchada en estos días de dolor para nuestro pueblo, rogamos con insistencia a Dios todopoderoso que todos los sobrevivientes, nuestros conciudadanos, nuestros vecinos, nuestros hermanos, puedan pronto enderezar su vida y que Venezuela y los venezolanos descifremos con claridad los mensajes de la naturaleza y de la vida que nos acaban de llegar con esta tragedia.

         Ahora, si escuchamos el sabio consejo de la profesora Luisa Teresa Arenas, en momentos como estos cada quien tiene que hacer lo que sabe hacer y aguantar el chaparrón... y todos juntos duele menos. Eso he intentado hacer todo el tiempo desde el miércoles 24.

         A mí me han conmovido, me han sorprendido, me han asombrado y también, a veces, me han golpeado tantísimas frases que he oído y he leído en este pedacito de semana que nos ha dado poco más que angustias. Y quiero dejar aquí, como homenaje a los que han perdido la vida y a los héroes, de aquí y de otras tierras, que han socorrido a nuestro pueblo, algunas que pienso digerir con más calma cuando todo pase y pueda distanciarme un poco de las noticias:

 

1.            “Estoy guardando cada gotita de fe para rogar que estés viva”.

          Una de mis alumnas en un esperanzado estado de WhatsApp dirigido a otra estudiante que bien podría estar aún bajo los escombros de La Guaira.

2.            “Hola, tía, ¿cómo estás?, ¿qué estás haciendo?, estoy en el hospital, ¿puedes venir a buscarme?”.

          Un niño de unos cuatro años, con un ojo hinchado, aún con polvo en el pelo, sin camisa, sentado en una cama de hospital de campaña.

3.            “¡¿Cómo es posible que los gringos hayan llegado antes que ustedes?!”.

          Un venezolano indignado reprochándole al gobierno de Venezuela la lentitud de respuesta ante la magnitud de la tragedia y la insensibilidad ante el sufrimiento de los afectados.

4.            “Cierra los ojos, hijo. Te vas a mover mucho, pero no te vamos a dejar caer”.

          Un rescatista colombiano tratando de calmar a un niño de 11 años que él y su equipo acababan de sacar de entre los escombros, antes de llevarlo en camilla hasta la ambulancia.

5.            “Donde falta gobierno, sobra pueblo. Pa que lo sepan”.

          Mensaje de un estado de WhatsApp de uno de mis alumnos, escrito sobre la foto de un gran camión cargado de cajas de alimentos, agua, medicinas y ropa recolectados por comunidades de modestos ingresos.

6.            “Me dije: ‘Me recontravale madre que esté jugando México [en el Mundial de fútbol]. Tenemos que ir pa Venezuela’”.

          Héctor Méndez, el legendario “topo” mexicano que encabeza el grupo de rescatistas que no dudó en viajar a Venezuela para ayudar a salvar vidas.

7.            “¡Esos no son muebles! ¡Son nuestras familias que están ahí!”.

          Habitante de un edificio de la llamada Misión Vivienda, en Caracas, totalmente destruido ante la negativa de la policía de que la comunidad siguiera retirando escombros para rescatar a los vecinos tapiados por el concreto.

8.            “‘Mira, mija, tú no eres jefa de nadie, yo no soy político, soy rescatista, soy voluntario, soy sociedad civil, y tú no me vas a decir qué diga’. Estaba encabronado, ¡la mandé al diablo!”.

          Héctor Méndez contando su respuesta a una reportera de un canal de televisión del Estado que le pedía que felicitara al gobierno venezolano por el operativo de rescate.

9.            “Usted no se sienta mal por tener muy poco que donar. Si uno de nosotros da un litro de agua, y otro da un litro más, y otro y otro, ¡será un millón! Mire que Dios no ve la cantidad, Dios mira tu corazón”.

          Un joven que grabó su video mientras manejaba un camión de suministros desde un centro de acopio a alguna comunidad afectada por los terremotos.

10.        “Llegaste tarde. Es más, nunca llegaste”.

La periodista venezolana Carla Angola, analizando el desastre y lanzando un mensaje directo al gobierno interino de Venezuela.

11.        “Hola, me llamo Carlota y tengo siete años. Soy de Maturín y quiero regalarte este bonito peluche para que te acompañe mientras duermes, [prométeme] que te vas a sentir bien”.

          Notita escrita en un pequeño cuadro de papel por una niña venezolana que donó juguetes para niños de las áreas afectadas.

12.        “Ganó la vida”.

          Un bombero colombiano, con lágrimas en los ojos, después de sacar de debajo de los escombros a un hombre y a su hijo adolescente después de horas recibiendo informes de que no quedaba nadie con vida en el lugar.

 

         Todas suenan como mensajes para el futuro, para el futuro de la generación que ahora tiene 11 años de edad. “No te vamos a dejar caer”. La Venezuela de este momento está demostrando con hechos y con determinación que es capaz de sostener en el aire, bajo los escombros que hoy nos cubren, mirando las calles partidas en mil pedazos, las casas destruidas, la naturaleza que nos repite que nunca lograremos que nos obedezca, soportando golpes de quienes tienen que protegernos, que le importa lo que pasa con su gente, que le cuesta no interesarse por su vecino, aunque nunca lo haya saludado. Para eso tenemos nuestras mil “gotitas de fe”, nuestro millón de amigos que nos aman y respetan, nuestra fuerza en contra de la adversidad, que, como la esperanza, tarda hasta el final para abandonarnos, y no es que nos quiera abandonar. Saquemos la cuenta. Aunque haya sido mucho lo que perdimos, aunque nos toque llorar por un tiempo más, —¡cuánto hemos llorado hasta ahora!—, ya verá usted, al final “ganará la vida”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXVIII / 29 de junio del 2026

DÍA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Si se opone la naturaleza...

Simón Bolívar en la lengua hablada de Venezuela

Tiros que salen por la culata 

Todo lo que diga será usado en su contra

Antier, antes de Cristo

 

viernes, 30 de septiembre de 2022

Quiero ser Anónimo [CCCXCIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

  

 

Los traductores ven en la penumbra. La gruta azul (1873),
de Ramón Bolet Peraza


 

         Seguramente habrá oído usted ese chiste simple que hacen algunos cuando hablan de manera superficial de literatura: “Qué autor más prolífico era este señor Anónimo, ¿no?”. La verdad es que Anónimo pareciera ser más bien el nombre de un grupo que, puesto a decidir el destino de sus obras, optó por un borgiano trueque de fama por renuncia.

         Lo que quizá no haya oído antes es que existen en ese pariente de la literatura que es la traducción ciertos ideales que la persiguen adondequiera que aquella la conduce. Uno de ellos es la necesidad inevitable o, más bien, la obligación generosamente aceptada (aunque en el fondo es un deseo antinaturalmente autoinducido) de ser invisible. La invisibilidad en traducción significa que el traductor debe crear en el texto que entrega a sus lectores una atmósfera que les produzca las mismas sensaciones e ideas, los mismos placeres y angustias que el original ha de haber provocado en el mundo interior del lector de su primera lengua. Se supone, entonces, que el traductor debe brillar por su aparente ausencia.

         El problema es que, así como no desaparece un autor cuyo nombre se ignora, invisibilidad (y aun “aparente ausencia”) no significa en absoluto negación, mucho menos inexistencia. Y es un problema porque quien escribe una novela o un artículo para The Economist no trabaja más que quien los traduce, y sin embargo, el mundo actual, que se ufana de haber perfeccionado a tal punto sus formas de comunicación que estas han salido ya de la atmósfera, parece unánimemente decidido a ignorar por completo la ineludible necesidad de la traducción para lograr una comunicación de tal calibre.

         Si usted ha comprado alguna vez un horno de microondas surcoreano, un teléfono celular noruego, una plancha francesa, lo más probable es que durante su fabricación algún traductor brasileño haya traducido algún contrato al italiano o un manual de instrucciones al inglés para un fabricante que opera, por ejemplo, en Tokio.

         Aunque siempre hay quien cuida los pequeños y grandes detalles, en miles de casos es perceptible (porque es incomprensible) esa gruesa cortina que se despliegan sobre el trabajo de los traductores. Muchos miembros de las industrias editorial, televisiva, cinematográfica, farmacéutica, etc., en contra de la ley, suelen omitir sin razón la sencilla mención de que lo que están publicando ha sido escrito en otro idioma, como si fuera una debilidad haber acudido a un traductor o como si la palabra traducción fuera para un informe científico o una película una mácula imborrable y vergonzosa. No pasa en todas partes, pero en Venezuela pasa todos los días.

         Se dirá que el mundo entero tiende hoy a hablar inglés, lo cual reduce mucho la necesidad de la traducción. Sin embargo, en todas las épocas ha habido lenguas dominantes que todos han tendido a aprender para trabajar, hacer negocios e incluso ir a la guerra, y está claro que eso no ha eliminado la necesidad de traducir.

         Yo soy traductor y traduje Las mil y una noches al alemán, traduje Lazarillo de Tormes al chino, traduje Beowulf al ruso. Si no hubiera sido por mí, habría tenido que ser por otro traductor que Ionesco, Fellini y Botero se nutrieran como artistas de ese maná literario que son los cuentos de Sherezade o las penas del pobre Lázaro. Si no fuera por mí, en este instante, el Nóbel de Literatura del 2047 no estaría leyendo Elogio de la locura, que posiblemente será esencial para el trabajo que le granjeará tan codiciada distinción.

         También soy el traductor de muchas de las noticias que usted lee u oye todos los días mientras va al trabajo. Y me dedico a cuidar que sus hijos no pierdan el hilo de las aventuras de Barney, Harry Potter y Los Increíbles.

         Por estas y otras razones, por lo menos hoy que es San Jerónimo, yo también quiero tener nombre. Quiero que me llamen, al menos, Anónimo.

 

Originalmente publicado en El Universal, Caracas, 3 de octubre del 2005, pág. 4-8

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCIV / 30 de septiembre del 2022




Otros artículos de Edgardo Malaver:

Jerónimo, o por qué celebramos el Día del Traductor el Día de la Secretaria

De cómo la traducción engendró la literatura latina

Paradójica e imposible naturaleza de la traducción

El traductor polémico