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lunes, 10 de mayo de 2021

¿Tener quebranto? ¿Qué es eso? [CCCLVI]

Andrea Villada

 

 

 

Miguel Otero Silva escribió sobre un quebranto
venezolano en 1939

 

 

         Me sentí engañada. Déjenme explicarles por qué.

         Hace un par de semanas estaba diseñando una publicación en redes sociales sobre cómo explicar diferentes síntomas de enfermedad en español; dicha publicación era para estudiantes de español como segunda lengua. Afortunadamente, no trabajo sola. Mi socia nació en Colombia, igual que yo, pero, a diferencia de mí, ha vivido en nuestro país natal toda la vida. Yo, en cambio, tuve la dicha de vivir en Venezuela por veinte años.

         Como les decía, mientras diseñaba la publicación, Merly —así se llama mi amiga— y yo decidíamos qué frases incluir y una de mis sugerencias más obvias fue: “tener quebranto”. La profe me miró con extrañeza y me dijo:

         —¿Qué es eso?

         —¿Cómo que qué es eso? Tener quebranto es tener un poquito de fiebre... ¿Sabes? Cuando tienes un poquito de fiebre, pero no es demasiada... Como entre 37 y 38, más o menos...

         Me quedé callada porque me di cuenta de que lo que estaba diciendo no tenía mucho sentido y que no tenía una definición exacta. Mi amiga no quitaba la cara de no entender lo que yo estaba diciendo. Entonces, frustrada, le pregunté:

         —¿Qué dices tú si una persona tiene un poquito de fiebre pero no muy alta?

         —¡Pues tener fiebre, Andrea! —fue su respuesta.

         Inmediatamente hice lo que cualquier profe de español haría, busqué en el diccionario de la RAE la palabra quebranto: ‘descaecimiento, desaliento, falta de fuerza’.

         Está bien, la fiebre no está incluida en la definición de quebranto de la RAE, pero yo no me iba a dar por vencida. Estaba convencida de que esto era algo científico, todos los médicos debían saber exactamente a qué me estaba refiriendo.

         Busqué en Google. Los primeros resultados se relacionaban con fiebre, ¡bingo! Abrí varias pestañas, todas describían la sensación de quebranto que ocasiona la fiebre, pero ninguna definía un grado de alta temperatura corporal como “tener quebranto”. Empecé a perder la confianza en mi escueta definición. Busqué y busqué y al final puse en el rectangulito del famoso buscador “tener quebranto Venezuela”. Ahí lo encontré:

 

1. QUEBRANTO: Misteriosa elevación de la temperatura corporal, no lo suficientemente alta para ser considerada fiebre, pero sí lo bastante seria como para faltar al trabajo o al colegio.

 

         Obviamente, todo en broma, porque la realidad es que se trata de una expresión venezolana, así como también lo son darle a uno un yeyo, darse una matada, coger un aire o agarrar sereno.

         Regreso a la primera frase de esta entrada: me sentí engañada. Hasta le escribí a mi mamá y le pregunté por qué había usado esa frase con mi hermana y conmigo si ella es colombiana. “No sé, mi amor. Yo la escuché por primera vez en Venezuela y me gustó”, fue su respuesta.

         Al final tuve que reírme de mi ingenuidad de pensar que algo que no tenía ni siquiera una explicación clara fuera una realidad científica. Lo compartí con mis amigos venezolanos y la mayoría tuvo la misma reacción que yo tuve (¡¿No existe?! ¿Pero la gente en otros países no lo entienden? ¡No puede ser!), excepto mis amigos médicos que aparentemente ya estaban enterados de la realidad detrás de la frase.

         A pesar de mi decepción que me duró como dos días y de haber tenido que sacar la frase de mi publicación, estoy segura de que cuando tenga un poquito de temperatura voy a seguir diciendo que tengo quebranto. Creo que hay cierta sabiduría y sentido común en la expresión, después de todo, la fiebre sí que provoca esa sensación de desaliento y malestar. Pero si son venezolanos y están en otros países, ya saben, fiebre es fiebre y punto.

 

andrealvilladac@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLVI / 10 de mayo del 2021

 

 

 

Otros artículos de Andrea Villada

lunes, 15 de abril de 2019

Colombia, el país de las siglas [CCLVI]

Adrianka Arvelo



Santuario de Las Lajas, Ipiales, Colombia (foto: D. Delso)



         ARL, EPS, CDT, CC, CE, TdI y pare usted de contar cuántas más pueda haber. Todas importantes, todas cumplen con una función específica y trascendental. Obligatoriamente, debes tener ARL y EPS que, además, por ser extranjera, debes ser afiliada con tu CE o tu PEP, ¿tú qué prefieres?
         “Te explico: para la Caja de Compensación (que no es la CC), la ARL y la EPS, debes tener un documento con validez colombiana; es decir, tu cédula de extranjería (CE), tu permiso especial de permanencia (PEP) o una cédula de ciudadanía (CC), ¿sí me hago entender...?”. Y tú: ¿me entendiste?
         La burocracia colombiana es tan estratosférica que, algunas veces, se necesitan siglas para explicar las siglas. Es buscar alguna manera de reducir o resumir el entramado tan gigantesco que es inscribirse o afiliarse (palabra para desagradable) a todo en lo que el sistema colombiano requiere que estés.
         “¿Cuántos años tienes?” es una pregunta que, fácilmente, puede ser suplantada por un “¿tienes cédula o tarjeta?”, pues en Colombia quien es menor de edad usa tarjeta y al cumplir los 18 años tramita la cédula... ¿Vida crediticia? Necesitas vida crediticia para tener vida crediticia. Este es el mejor ejemplo de cómo son y cómo funcionan los sistemas en Colombia que, a su vez, es un buen ejemplo de cómo se pueden explicar, usar y entender las siglas en el país.
         Por ejemplo: “estoy trabajando para el ICFES, pero no tengo nada que ver directamente con el ICETEX, me pagan por ahí pero no trabajo para ellos”. ¿Ah?
         “¿Para entrar al SENA tienes que haber presentado el ICFES?”. “Te va a llegar un correo de la DIAN confirmando tu información para que te saques el RUT, pero primero recuerda haber sacado el RIT que, si no tienes cédula de extranjería (CE), lo puedes sacar con el pasaporte, mas no con el PEP aunque en tu PEP salgas registrada con tu cédula de identidad original, o sea, con la de tu país...”. Es en serio, me pasó. ¡Duré yendo al CADE tres días seguidos y, ¡ojo!, que es el CADE y no el CAI, porque en el CAI te atiende la policía y eso no tiene mucho que ver, aunque en el CADE saques papeles importantes y legales.
         Son casi cuatro años viviendo en Colombia y sigo tratando de entender cómo funcionan las leyes, las siglas, las siglas dentro de las leyes, las leyes con sus artículos (por ejemplo, el 1290, que jamás olvidaré), porque a toda ley la rige un artículo que parece ser más importante que la ley en sí misma.
         Pareciera ser que, como todo en el ser humano, más que una cuestión de entendimiento es, tan sólo, cuestión de aceptación y sumergirse dentro de la cultura de la mejor manera para no terminar ahogados por una letra de las tantas siglas posibles.

aarvelo22@gmail.com



Año VII / N° CCLVI / 15 de abril del 2019





Otros artículos de Adrianka Arvelo:

lunes, 20 de agosto de 2018

Veneca serás tú [CCXXII]

Edgardo Malaver



Una selfie de Vasco Szinetar
con Gabriel García Márquez en 1982



         Hace días, iniciada ya la reciente ola de xenofobia en contra de los venezolanos en el resto de Sudamérica, una estudiante me escribió para preguntarme sobre una palabra que en su familia todos parecen entender como despectiva pero que ella siente como un inofensivo sinónimo de venezolano. “Quiero saber con certeza si esta palabra es un insulto o un gentilicio”, me decía.
         La situación que me relató es más o menos así: está su familia viendo las noticias en la televisión y en una de ellas una mujer se ofende porque alguien la llama veneca. Mi alumna comenta: “Qué loca, todos somos venecos”. Y su padre salta y le dice a ella: “Veneca serás tú”.
         El sustantivo veneco”, le respondí, “ciertamente, es peyorativo, discriminatorio y xenofóbico. Me imagino que habrá situaciones particulares, familiares, muy reducidas, en que algún colombiano (o algún venezolano) utilice esta palabra con cariño, pero no es una palabra cariñosa, ni siquiera regular e inofensiva; en Colombia, se llama así a los venezolanos (desde que yo recuerdo) cuando se habla de ellos (de nosotros) con menosprecio y cuando la presencia de los venezolanos en Colombia ha representado un problema. Parece que nunca en la vida esa presencia había sido tan problemática como en este momento, así que la palabra goza de buena salud y será así durante larguísimo tiempo”.
         Es fácil observar en el mecanismo de construcción de la palabra una coincidencia con otra que también es peyorativa: paraco, que se usa también en Colombia para nombrar a los paramilitares, que en realidad, aunque se hagan pasar por justicieros, son delincuentes. En Venezuela también hay —sí, también hay paracos, pero pensaba en otras palabras como éstas—. La primera que me viene a la mente, aunque en realidad no se formó de la misma manera, es adeco, es decir, miembro del partido Acción Democrática. Adeco se formó en los años 1940 cuando, siendo aún ilegal el partido, la gente percibía a sus miembros como comunistas. La unión de las siglas del partido y la primera sílaba del adjetivo comunista (AD + co-) formaron la nueva palabra, que dejó de ser insultante cuando los adecos contribuyeron a restaurar la democracia y el partido llegó al poder.
         También tenemos en español palabras que parecen construirse siguiendo el mismo mecanismo que veneco. Terruco, por ejemplo, se usa popularmente en Perú para referirse a los terroristas desde los tiempos de auge de Sendero Luminoso y más recientemente también como insulto contra otros grupos, incluyendo a los indígenas. En España, una ventanuca es una ventanita tan pequeña que ni siquiera requiere reja; y no recuerdo en este instante el título de aquella película argentina sobre Eva Perón en que la protagonista se refiere los militares como “esos milicos cagones”.
         Aparezcan o no en el diccionario, también se usan casuca, papeluco, feúco, beatuco, frailuco, mujeruca, carruco, hermanuco, equivalentes a casucha, papelucho, feúcho, etc. Hasta llamamos cariñosamente Camucha a algunas mujeres de nombre Carmen.
         A lo que no hemos llegado es que se trata del sufijo –uco, que en todas partes es diminutivo y despectivo. El mejor ejemplo en Venezuela es maluco. Y el peor, horrible, insoportable, es vejuca. Pequeño, insignificante, feo, sin valor para nadie, parecen ser semas importantes que comunica el sufijo –uco (y sus variantes). Curiosamente, en Santander, España, según el Centro Virtual Cervantes, terruca es un diminutivo afectuoso de la tierra donde uno ha nacido.
         Veneco, como insulto, queridos alumnos, es en realidad un dimunitivo peyorativo más que nace del uso de la lengua en circunstancia en que un grupo mayoritario se cree en ventaja sobre otro que atraviesa dificultades. Aunque algunos no lo crean y aunque sea con otros sufijos, la lengua de los venezolanos también ha delatado en distintas épocas sentimientos xenofóbicos que habría que recordar ahora: portu, españoleto, maquediche, cotorro, perucho, turco, chino, caliche, indocumentado. La xenofobia, como diría Elías Pino Iturrieta, es enanismo intelectual. Y lo es en todas partes.
         Gracias a Dios y a la literatura, Gabriel García Márquez escribió al final de los 1950 un libro titulado Cuando era feliz e indocumentado, en que habla de ese período en que, aun extranjero, Venezuela lo amaba a él y él la amaba a ella.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXII / 20 de agosto del 2018



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domingo, 25 de febrero de 2018

Las extranjias [CXCV]

Edgardo Malaver Lárez



¡Estamos de cumpleaños! Ritos de Ilación llega hoy a su quinto aniversario. La alegría de la fecha es de todos los que palpitan cada semana con nuestro trabajo, que es más bien un placer: los que escriben, los que nos escriben, los que nos leen, los que nos difunden, los que nos comentan, los que nos corrigen, los que nos recuerdan, los que no nos olvidan, los que nos esperan... los que queremos tanto.


Julio Cortázar vivió la mitad de su vida
en las extranjias



         Otra vez el español de Colombia.  Esta misma semana estaba prendido el televisor en mi casa y pasaban un programa colombiano llamado “Tu voz estéreo”. Es una serie protagonizada por dos periodistas que tienen un programa de radio en el cual entrevistan a gente que viene a contar sus historias, que a veces llegan a convertirse en tramas que involucran a los entrevistadores; a veces también, son ellos, los entrevistadores, quienes terminan resolviendo los dramas familiares, las disputas entre amigos, los crímenes que la policía desdeña.
         Esta semana pasaron un capítulo en que una mujer de unos 50 años, aparentemente con pocos estudios, quizá procedente de un ambiente rural, contaba que su hija de 18 años, en un abrir y cerrar de ojos de ella, había desaparecido de su casa. Un vecino apareció de repente contando que la había visto de la mano con un muchacho en otro pueblo. La madre no quería creer aquella versión, porque sabía que su hija le habría contado primero a ella y, además, porque el único muchacho con quien la niña había salido alguna vez, era uno cuyos padres “se habían llevados para las extranjias”.
         “¡Las extranjias!”, exclamé yo, mudándome para más cerca del televisor, a pesar de las mil ocupaciones que tenía. “¡Qué palabra! Cuando yo era pequeño, necesitaba esa palabra. ¡De ahí tiene que venir los extranjeros!”. ¿No les parece, como dirían los franceses, la perla de las palabras?
         Naturalmente, cuando apareció la muchacha, que había sido secuestrada por el vecino —¡y yo lo adiviné, ¿eh?!—, corrí al diccionario. Lo primero que descubrí en la Academia es que lo registra como extranjía y lo segundo, que no la define, sino que remite a extrajería: ‘condición del que vive en un país extraño’; ‘sistema de normas que regulan la permanencia de los extranjeros en un país’, y ‘conjunto de los extranjeros’). Extranjias, en plural, sin tilde y como nombre de un lugar, no aparece. Aparece la expresión de extranjía, como locución adjetiva coloquial que significa ‘extranjero’, pero también ‘extraño’ e incluso ‘inesperado’.
         No me parece que haga falta mencionar los argumentos de los que creen que se escribe con ge, pero la existencia de esta discusión confirma el dato de que es una expresión coloquial. Ya antes ha publicado Ritos alguna reflexión acerca de la pluralización que hace el pueblo de los nombres de lugar, y esto también concuerda con la coloquialidad.
         Laura Jaramillo y Adrianka Arvelo tendrían que estar fascinadas con esta palabra, que bien puede resultar una señal de mi ignorancia. Ya veo a Luis Roberts escribiéndome mañana para informarme sobre su origen, uso y variantes desde que el mundo es mundo. Yo, mientras tanto, cual Cortázar del siglo XXI, me siento feliz descubriendo el mundo por primera vez después de viejo. Y pensando y pensando en esta nueva palabra vieja, siento que es una lástima que me incomode tanto viajar, porque, con semejante nombre, me encantaría ir a menudo a las extranjias.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CXCV / 25 de febrero del 2018




lunes, 12 de febrero de 2018

Unidades de mil, unidades de millón [CXCIII]

Edgardo Malaver


 
Catedral de San José, aledaña a la Plaza
Santander de Cúcuta, Colombia (foto del autor)


         Esta historia tiene dos extremos, dos episodios que están al principio y al final, pero mañana mismo puede aparecer un episodio que vaya más allá, y habrá que escribirlo todo otra vez. En enero del 2017, de regreso de Perú por Cúcuta, al preguntarle a un taxista el precio del viaje desde la Plaza Santander hasta el puente internacional, éste me respondió: “Doce pesitos, paisano”. Naturalmente me sorprendí de cifra tan insignificante, pues unos amigos me habían aconsejado no pagar más de 10.000. Cuando le manifesté mi confusión, me respondió: “Doce mil, doce mil, por supuesto”.
         Hace tres o cuatro días oí contar en mi casa que un obrero se había presentado recientemente en un banco, en Caracas, a cambiar un cheque con que le habían pagado un trabajo. Con la esperanza de no llevar por la calle un paquete demasiado grande que llamara la atención de los ladrones, preguntó si le podían dar, al menos, 60 billetes de 20.000 bolívares, es decir, un millón doscientos mil. La señorita que lo atendía experimentó una sorpresa parecida a la mía en Cúcuta, porque el cheque decía, en letras y en números, que debía entregar a aquel cliente 1.200 bolívares, ni un céntimo más.
         ¿Por qué está pasando esto en Venezuela y en Colombia? En un artículo anterior de Ritos comentaba la aparición de un “nuevo plural” en el español venezolano. Algún nexo debe haber con este otro fenómeno, aunque el de ahora no me parece tan fácilmente comprensible. ¿Qué puede haber causado que, de repente, los hablantes cuenten, con toda normalidad, hasta 999.999 e inmediatamente después digan: “Mil”, en lugar de “Un millón”?  Es posible que el hábito de acortar las cifras “redondas” elidiendo la palabra mil, cuando el contexto indica que todos se refieren a cifras muy altas (lo que en lingüística se llamaría el menor esfuerzo) “engañe” al cerebro, que, al no haber registrado aún, literalmente, el número 1.000 en estos conteos, se decide a terminar en él la cuenta en que se han estado mencionando sólo unidades, decenas y centenas simples.
         También en este caso tiene que tener su participación el contexto, que está metido en todo, pero ¿hace falta que le pase a uno una escena como la de aquel obrero en el banco para percatarse de los inconvenientes de contar de tan disparatada manera? ¿Tiene que pasar por el ridículo o por la estafa para darse cuenta de que 850.000 más 850.000 no da 1.700, ni siquiera tratándose de bolívares... o de pesos? ¿Esto es señal de una extrema habilidad o de torpeza? Si lo es de habilidad, ¿dónde ha dejado la gente que suma así sus quejas sobre las complicaciones matemáticas? Y más allá, ¿esta contrariedad, esta confusión, este fenómeno es meramente matemático o es también lingüístico? Ya ustedes saben mi opinión.
         El año pasado, cuando ya estábamos en el avión de San Cristóbal a Maiquetía, le comenté a mi familia mi conversación con el taxista en Cúcuta. Todos se sorprendieron, es decir, no lo habían oído antes. Al día siguiente, cuando salí a la calle en Caracas, como por obra de magia, todo el mundo estaba hablando como aquel taxista.
         El extremo final de esta historia da la conclusión de que la mayoría de los hablantes, por lo menos en Venezuela, están cambiando los números mediante la herramienta de la lengua... aunque no es lo único que están cambiando. No sé si algún Saussure sabrá explicarse semejante actitud.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CXCIII / 12 de febrero del 2018






lunes, 25 de diciembre de 2017

Jao [CLXXXVI]

Laura Jaramillo


Leonard Nimoy y su imperturbable personaje también
se han convertido en claves para la comunicación



         Por lo general, somos muy informales con las personas que conocemos. Nos valemos de la amistad o de la familiaridad para quizás irrespetar o alterar los códigos de comunicación. Esto se puede observar, incluso, entre desconocidos. Quizás sea por aquello de que somos un país tropical y tratamos a cualquiera con confianza. Sin embargo, como dicen los hermanos colombianos, jalarle al respetico no está mal de vez en cuando; ya luego podemos relajarnos. Esto lo digo a propósito de los artículos sobre los saludos.
         Malaver dice que “es como una falta ver a nuestra madre por primera vez en el día y decirle cualquier cosa que no sea ‘La bendición, mamá’”. Será él, porque yo a mi cucha le hago un saludo a lo indio, es decir, le levanto la mano y le digo: “Jao”, porque yo me levanto con sueño y no tengo fuerzas para decirle: “Hola, mamá, buenos días”. Cuando visitaba a mi abuela, y como ya casi no oía, al verla en las mañanas solo tenía que cruzar los brazos en señal de bendición, y ella me hacia todas las cruces que pudiera. Una maravilla.
         Lamentablemente, cuando hay visitas en la casa, me veo obligada a emitir esas palabras tan tediosas: “Buenos días, fulano”, y lo peor es seguir el saludo preguntando: “¿Cómo amaneces?”, o “¿Cómo dormiste?” Y por ahí se va la primera conversación del día. Una vez más, como dicen mis hermanitos colombianos, ¡qué jartera!
         En el mismo artículo, se dice: “a mis hermanas las puedo pellizcar, gruñirles, alabar su incurable escasez de belleza, pero jamás y nunca voy a insultarlas diciéndoles: ‘Buenos días, vírgenes impolutas del silencio’”. Me parece muy bien, porque yo tampoco insulto a mi hermano. Nosotros nos saludamos como los antisociales, con los puños. No es que me agrade emular esas actitudes, pero prefiero eso a tener que hablar al levantarme. A veces, muy rara vez, se me escapa un “¿Qué hubo?”, con su respectivo movimiento de cabeza, pero eso pasa cuando me levanto “happy” por haber soñado con George Clooney.
         Es curioso cómo la gente aprende a conocerlo a uno. Recuerdo que la puerta de la oficina donde trabajaba tenía un vidrio, y todas las mañanas dos compañeras solo se posaban en la puerta y me hacían el saludo de Mr. Spock. Otra maravilla. Pero cuando llegaba la jefa, lo arruinaba todo.
         Como verán, las manos son muy útiles; y más en estos tiempos en los cuales hay que ahorrar hasta la saliva.
         Ahora sí, hablando ¿en serio?, me parece que la buena educación está subestimada. Nos cuesta mucho saludar respetuosa o diplomáticamente a las personas. Yo sé que hay ciertos especímenes que nos caen como una patada en una pucheca, y preferimos voltear la cara, ver pal piso o simular que revisamos el celular, pero con alzar la mano como los indios y dibujar una sonrisa de Mona Lisa es más que suficiente. Como dicen por ahí, lo cortés no quita lo valiente.

laurajaramilloreal@yahoo.com

  


Año V / N° CLXXXVI / 25 de diciembre del 2017




Otros artículos de Laura Jaramillo:


lunes, 22 de mayo de 2017

Colombia y Venezuela: falsos amigos [CLIII]

Laura Jaramillo


 
En italiano existe la palabra burro, que en español
equivale a
mantequilla


         Uy, hermano, no vaya a creer que aquí va a encontrar una barbaridad. No. Aunque sí hay que decir que en todo el globo terráqueo hay falsos amigos, no solo en Colombia y Venezuela. Pero en fin... Aquí usted lo que va a encontrar es un pequeño grupo de palabras que, quizás por el parecido morfológico y fonético, uno cree que significan un cosa pero al final son otra; los lingüistas decidieron llamar a esas palabras falsos amigos, solo por el hecho de que son traicioneros… o sea, los significados.
         El término es común en el área de la traducción. Por ejemplo, en italiano existe la palabra burro, que en español equivale a mantequilla. Pero resulta que en español también se da este fenómeno, si se puede llamar así, pues podemos encontrar variedad de significados para una sola palabra a lo largo y ancho de América (ah, sí, y de España también).
         Quizás lo que describo se pudiera considerar un caso de homografía, pero no, me gusta más la falsedad de las palabras cuando oigo una canción o cuando veo una novela de Colombia. Es que resulta que, a pesar de que tenemos tantas cosas en común, hay cosas también que nos diferencian. Qué aburrido sería que todos nos pareciéramos.
         Solo les voy a presentar un bocadito de las tantas que nos pueden jugar una mala broma. Esto es válido pa los colombianos también, porque ellos también tienen que saber que nosotros hablamos tan sabroso como ellos. Así, tenemos que:

Guayabo no es el despecho de nosotros, es un ratón, o sea, la resaca.
Parche no es un pedazo de tela, es una cita, una rumbita por ahí, una salidita, pues.
Patico no es el hijito de la pata, es un “elogio” a la mujer, pues es la combinación de pantera, tigre y cocodrilo.
Matoneo suena como a que matan mucho, pero no, es el chalequeo de nosotros.
Ahogao no es alguien que lamentablemente no sabía nadar, es nuestro sofrito.
Miscelánea es el nombre que le dan a esos lugares donde uno consigue desde un bombillo hasta una curita, una quincalla, pues.
Abanico no es el sofisticado instrumento que usa mi Cucha para los calorones de la edad; en la costa colombiana, el abanico es el ventilador. No se sorprenda cuando oiga: “Mijo, prenda el abanico, que hace calor”.
Arepera no es el lugar donde nosotros vamos a comer arepas; es el equivalente a cachapera.
Perico no es el que tristemente se me fue hace un mes, en Medellín es un café con leche. 

         Yo no diría falsos amigos, diría más bien amigos maravillosos, expresivos y sabrosos, tal cual como nosotros. Más que amigos, hermanos. ¡Eh, avemaría, hombre!

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIII / 22 de mayo del 2017

lunes, 28 de marzo de 2016

Colombianadas [CI]

Adrianka Arvelo


Una vez resuelto el dilema de si fue primero el huevo
o la gallina, falta saber qué fue primero: paisa o paisano



         “No puedes estar dando boleta con ese teléfono en la calle”. Eso fue lo que le dije a mi hermana esta mañana antes de salir de la casa. Resulta que uso con bastante frecuencia formas verbales, estructuras, frases y refranes procedentes de Colombia. Esto para mí no es ni nunca ha sido un problema, pero parece que a mis amigos les causa cierto “picor” oírme decir cosas como dar boleta, tenaz, parce y tantas más.
         “No soy buena para esto, pero tocó hacerlo” es otra de las frases que uso con regularidad aunque, en realidad, más que la frase, lo que uso es esa estructura; es decir, ese uso del verbo tocar que en el español de Venezuela implica la primera acepción que se da en el diccionario de la RAE: “Ejercitar el sentido del tacto”, pero que en el español de Colombia se utiliza en la lejana acepción número 22: “Ser de la obligación o cargo de alguien”.
         La verdad es que, también, al decir cualquiera de estas expresiones colombianas, estas “colombianadas”, la reacción de quienes me escuchan pareciera ser, en algunos casos, como burlista y hasta de desprecio. Por ejemplo: “Uuuuiissshhh, se le salió el colombiano, ¡vea!”. Acto seguido viene la risa. Es decir, pareciera haber un pleno conocimiento sobre la procedencia de estas expresiones que da pie a la burla y el torrente de ejemplos en forma de chiste sobre el lugar y su gentilicio. Habría que preguntarse también cuánto de lo que decimos es meramente venezolano (véase Ritos X, de Aurelena Ruiz) y hasta qué punto hemos puesto en nuestro contexto frases o estructuras que provienen de países vecinos.
         Podría pensar en la palabra paisa. En Colombia un paisa es una persona proveniente de la ciudad de Medellín, es decir, de Antioquia. En Venezuela, por su parte, existe, si se quiere, una variante de ésta y es paisano. Para nosotros, un paisano es alguien relativo a nosotros, de nuestro mismo lugar; dice la RAE: “Dicho de una persona: que es del mismo país, provincia o lugar que otra”. Qué fue primero entre paisano y paisa quizá sea como si fue primero el huevo o la gallina. Tal vez sea una exageración, pero es que debido o gracias a la cercanía actual entre estos países y, más aún, al hecho de haber sido en algún momento ¡hace menos de 200 años!una misma república, podría haber sucedido que para la época de la Gran Colombia se utilizaran ambas palabras, o quizá ninguna sino otra parecida y de la cual se derivaron éstas.
         Lo raro en todo esto es que a pesar del desagrado, el “picor” (insisto en esta imagen) o, incluso, la sorpresa por parte de quienes me escuchan decirlo, no hay desconocimiento en los oyentes y logran, ciertamente, entender lo que les estoy diciendo. No sé si sea exactamente porque dejan pasar por alto esa estructura o esa información, que es complementaria, y  entienden el mensaje o si, dada la influencia (por decir lo menos) de las telenovelas colombianas en Venezuela, ya ha calado en nuestro vocabulario un gran número de estructuras sintácticas, gramaticales y hasta fonéticas del vecino país.
         Venga a ver cómo me le explico... Vea, mijo, ¿esto sí tendrá que ver con una cuestión de etimología?, ¿con la historia de las naciones?, ¿o es que acá, simplemente, así como hemos adoptado personas de todas partes también aceptamos tan tenazmente las formas verbales que traen consigo? ¿Cierto que sí me entendieron todo lo que les dije? ¿Sí ve que no es tan difícil, ni tan ajeno, y pues mucho menos sorpresivo ese lenguaje colombiano al que (aunque no lo creamos, parce) ya estamos acostumbrados?
         Tal vez al alejarnos de la mera forma y quitarles el acento propio a estas oraciones seamos capaces de ver que se puede, sin mayor problema, entender todo lo que se nos dice, sin necesidad de poner una barrera imaginaria a cualquier venezolano que usa expresiones propias de Colombia o de cualquier otro país. Queda abierta, entonces, la posibilidad y ¿necesidad? de ponerse a escudriñar los orígenes de ciertas expresiones.


aarvelo22@gmail.com




Año IV / Nº CI / 28 de marzo del 2016

lunes, 26 de enero de 2015

Puchecas [XLI]

Laura Jaramillo




         Una tarde calurosa de abril, recibo la llamada de la vecina fufurufa, aquella de Barquisimeto, a quien de cariño le digo Fufu, preguntando a modo de recocha: “Buenas tardes, ¿Peluquería Puchecas Apretadas?”. Por supuesto que mi reacción fue una estruendosa carcajada.
         Pues bien, la Fufu y yo, como siempre nos la pasamos echando varilla, más bien recochando, desde esa hermosa tarde ‘abrilera’ vivimos haciendo chistes sobre las puchecas: que si puchecas caídas, puchecas asustadas, puchecas que dan vueltas, puchecas arriba, puchecas abajo, puchecas alegres, puchecas tristes, puchecas acaloradas, puchecas con frío y cualquier otra que se nos ocurra. Tanto la vecina como yo somos asiduas a la programación colombiana, así que compartimos el mismo código de comunicación.
         Como cosa rara, esos colombianos hacen uso espectacular de su lengua, y tienen esta palabra que para mí es magnífica, porque es un neologismo, es decir, que el DRAE aún no la registra, al igual que fufurufa y recocha, aunque estas dos últimas sí las registra el diccionario, pero son casos de neologismo semántico.
         Así como los colombianos, también me gusta inventar, y al igual que en el caso de fufurufa, les quiero indicar el significado de puchecas, a través del título de un libro ampliamente conocido, escrito por el colombiano Gustavo Bolívar: Sin puchecas no hay paraíso.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XLI / 26 de enero del 2015

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocharecocherorecochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedorjodedorcitojodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014


lunes, 1 de septiembre de 2014

Fufurufa [XX]

Laura Jaramillo




         Me confieso amante del léxico popular, porque es un fiel reflejo de lo que pensamos, de lo que vivimos y de cómo vemos la vida. Lo coloquial es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’, como dijo alguna vez el periodista Jesús Cova cuando escribía en el diario Últimas Noticias, en la columna El Defensor del Lector, haciendo referencia al lenguaje bélico en el deporte.
         En el caso de los venezolanos y colombianos, existe una afinidad tan particular al momento de expresarnos que no es en vano cuando se dice que somos países hermanos. Afinidad que no veo con ningún otro país (perdonen si me equivoco). El léxico de ambos países es tan rico en ingenio, originalidad y expresividad, que es allí donde se conoce realmente la cultura del hablante.
         La característica más resaltante de ambos hermanos es la jocosidad del léxico. Ejemplo de ello es la palabra fufurufa. Cuando la escuché por primera vez, me sonó como a nombre de perro con full pedigrí. Luego, la volví a escuchar y pensé que era una forma diferente de llamar a la trufa, o, quizás, alguna fruta exótica de las tantas que existen en el hermoso caribe colombiano, porque fue de un colombiano que la escuché.
         Un buen día, o, mejor dicho, una buena noche, viendo un programa de humor colombiano (cultivo de la ingeniería léxica) llamado Sábados Felices, un comediante, representando al costeño, en su presentación explicó tan claro lo que significa popularmente fufurufa, que llegó a mí esa luz que te hace decir: “¡Aaahhh!”, y solo recuerdo que reí hasta más no poder. Ahora, como es mi costumbre, forma parte de mi léxico folclórico y costeño.
         Sin embargo, me llama la atención que mi vecina, muy barquisimetana ella, me dijo, muchísimo tiempo después de mi descubrimiento semántico, que en esa ciudad del estado Lara también es muy frecuente el uso de esta palabra y con el mismo significado. Curioso punto de encuentro semántico entre los hermanos países.
         Bueno, para resolverles la intriga, fufurufa, según el DRAE, es una persona “que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o [que] se cree mejor que los demás”, pero solo es de uso en El Salvador y en Honduras. Pero en Colombia y en Venezuela significa...
         No voy a poner la palabra, sólo haré una pequeña modificación al título de una famosa novela del gran escritor Gabriel García Márquez, pa que les caiga la locha y también puedan decir “¡Aaahhh...!”: Memorias de mis fufurufas tristes.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XX / 1° de septiembre del 2014