Mostrando las entradas con la etiqueta Mío Cid. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mío Cid. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de diciembre de 2020

Nombre y apellido del Niño Jesús en castellano [CCCXXXVI]

 Edgardo Malaver



Buen Pastor, imagen del siglo III



Me imagino que no soy el único que se ha preguntado por qué el Niño Jesús, de adulto, recibe el nombre de Jesucristo. ¿Acaso es un resumen del nombre?, pregunté una Navidad en casa cuando era niño y nadie supo decirme. Ahora tengo edad de responder, más que de preguntar, y ya encontré la respuesta.

En castellano —uso castellano a propósito—, cuando las culturas occidentales no se habían zambullido de lleno en la fiebre de ponerse, de poner, de heredar y de perpetuar apellidos, los hombres simplemente tenían su nombre, y así nacían, crecían, se reproducían y, al final, morían. Es probable que cuando los pueblos comenzaron a crecer y hubo más de un Pedro, más de una María, comenzarían en algunos lugares a ponerse segundos nombres: Pedro José, María Antonia, César Augusto. Cuando ya la temperatura les llegó, digamos, a 38, fueron los oficios, los lugares de origen, los caracteres físicos, las reputaciones, las hazañas los que se ponían después del nombre de pila: Pedro el Herrero, María la de Navarra, José el Feo, Juan el Cortés.

Cuando se aproximaba la Edad Media, ya la fiebre era delirante, y los apellidos eran indicio de alcurnia, de posición social, de poder. Mucha gente del pueblo, que no se pertenecía a sí mismo, mucho menos iba a tener apellido (por más originales que sean y hayan sido las formas de llamarse de los más humildes). Cuando llegó la hora de escribir el Cantar del Mío Cid, ya existía, cuando menos, aquella práctica de apellidarse a partir del nombre del padre (lo que se llama patronímico, pater + nome: ‘nombre del padre’). Pedro tiene un hijo llamado Gonzalo y éste se apellida Pérez, que es el patronímico que corresponde a Pedro (por Pere, la forma medieval de este nombre); luego Gonzalo Pérez tiene un hijo, lo bautiza Ramiro y éste, de adulto, se hace llamar Ramiro González. Y sus hijos se llamarán Ramírez.

Don Rodrígo, el Cid Campeador, se apellidaba Díaz porque su padre se llamaba Diego, pero sus hijas, doña Elvira y doña Sol, se apellidaban Rodríguez, hijas de Rodrigo. En este punto, algunos se están preguntando, como hacía yo también, por qué a veces se llama a este personaje Ruy Díaz de Vivar. Andrés Bello lo explica en dos líneas:


Los nombres propios se apocopan antes del patronímico: Alvar Fáñez, Garci Ordóñez, Rodric Díaz, que después se dijo Rui Díaz, etc. (Bello, 1881, 312).


Y así, de paso, nos enteramos de que García era nombre (masculino) y no apellido en la Edad Media, pero cuando iba seguido por el patronímico, se convertía en Garci. Así aparecieron los apellidos Garcilaso, Garcidueñas, Garciálvarez. Por la combinación de dos nombres (como los casos descritos), un nombre y un apellido o dos apellidos, nacieron también Fuentidueño, Sanchiáñez, Ruipérez.

“Profe”, me van a decir mis alumnos, “¿y el Niño Jesús?, ¿cómo entra el Niño Jesús en este asunto?”. ¿No lo han visto? Jesús de Nazaret, también llamado ‘el Cristo’, aunque éste no sea un patronímico, en algún momento hace poco más de mil años, en el incipiente castellano de Castilla, llegó a ser llamado Jesu Christos, y de esto a Jesucristo, había tan sólo un paso. Jesús el Cristo es muy similar a Felipe el Hermoso, Pipino el Breve, Alfonso el Sabio, o cualquier otro personaje, célebre o no, que haya tenido un apodo, un apelativo, un epíteto.

El personaje que cumple años hoy tiene, según Fray Luis de León, “casi innumerables nombres”. De ellos el primero que aparece en el Antiguo Testamento es Pimpollo, y no es difícil imaginarse a la Virgen María, como cualquier otra madre, mirando a su hijo recién nacido como quien mira el pimpollo de una flor. Otros nombres de Jesús, dice Fray Luis, son


León y Cordero, y Puerta y Camino, y Pastor y Sacerdote, y Sacrificio y Esposo, y Vid y Pimpollo, y Rey de Dios y Cara Suya, y Piedra y Lucero, y Oriente y Padre, y Príncipe de Paz y Salud, y Vida y Verdad (De León, 2020, 28).


Los nombres tienen tanta influencia en nuestra vida, en nuestra constitución psíquica y emocional, que no es extraño que el Niño Jesús tenga tantos y tan poéticos, y que en algunos casos, hasta parezca que tiene también apellido.


emalaver@gmail.com




Bello, A. (1881). Obras completas. Volumen II: Poema del Cid. Santiago de Chile: Pedro G. Ramírez.

De León, F.L. (2020). De los nombres de Cristo. Madrid: Verbum.




Año VIII / N° CCCXXXVI / 25 de diciembre del 2020





lunes, 12 de agosto de 2019

Una niña de nueve años [CCLXX]

Edgardo Malaver


Oliwia Dabrowska, la niña del abrigo rojo de La lista
de Schindler (1993), de Steven Spielberg



         Mi profesora de Castellano y Literatura de cuarto año de bachillerato se sabía de memoria todo el libro de texto —sí, el de Raúl Peña Hurtado y Luis Rafael Yépez—. Lo descubrí una mañana que llegué tarde a clase, como cada martes y cada jueves, y me senté al lado de Shiraz Dahouk, la única muchacha árabe que había en mi grupo, para que me indicara por dónde andaban; Shiraz me mostró la primera página del capítulo, y yo lo busqué en el índice; después ella levantó tres dedos y yo interpreté que estábamos leyendo el tercer párrafo. A mitad de párrafo, se me cayó la quijada en el libro al percatarme de que la pobre mujer, caminando por entre los pupitres, recitaba, palabra por palabra, lo que decía Menéndez Pidal sobre el Cantar de mío Cid.
         Una forma sin duda poco estimulante para que los jóvenes estudiantes se interesen en un texto importante pero cuyo primer acercamiento será siempre difícil por causa de la distancia en el tiempo, aunque en teoría la lengua sea la misma. Algunos episodios de la historia de Rodrigo, sin embargo, no se dejaron opacar por aquel lastimoso ejemplo. Uno de ellos es el de la “niña de nueve años” que le advierte al Cid que debe irse de Burgos porque su presencia pone en riesgo a los habitantes, que han sido amenazados por el rey de perder los ojos si lo ayudan. Mil veces ha venido a mi memoria aquella primera impresión que me causó el demoledor abandono que significaba para el Cid el hecho de que fuera apenas una niña indefensa la que se atreviera a hablarle, mientras los demás, aun considerándolo un buen hombre, se escondían.
         Andrés Bello, sin embargo, nos sorprende con la idea de que esta niña que le habla al Cid no es precisamente un niña, sino más bien una naña, es decir, una anciana. Y nos da una buena explicación:

En la edición de [Tomás Antonio] Sánchez se lee una niña de nuef años; pero el razonamiento que sigue se atribuye a una vieja en la Crónica [del famoso cavallero Cid Rui Díez Campeador], capítulo 91; lo cual es infinitamente mas natural i propio, no habiendo nada en él que no desdiga de una niña, a menos que se la supusiese sobrenaturalmente inspirada, circunstancia de que no hai el menor indicio en la narración. Atendiendo a que la Crónica va aquí paso a paso con el Poema, tengo por seguro que está viciado el texto del códice de Vivar, o de la edición de Madrid, i que debemos leer “una naña de sesenta años”. Naña significaba ‘mujer casada’, ‘matrona’ [Berceo, Duelo, copla 174; Alejandro, copla 1017]; i suponiendo que los números se hubiesen escrito a la romana, como a menudo se hacía, era un lijerísimo rasgo lo que diferenciaba a nueve de sesenta. Facilísimo era que la pluma májica de un copiante trasformase a la naña de LX años en una niña de IX.
El Diccionario de la Academia Española trae nana en lugar de naña; pero que en el siglo XIII se pronunciaba naña lo prueban irrefragablemente los pasajes citados de Berceo i del Alejandro, en que consuena con sana, extraña, compaña, montaña, faciaña (fazaña, hazaña).

         El cine y la literatura han querido imitar... o han imitado sin querer esta imagen de la niña que se levanta inerme ante un gigante como Ruy Díaz de Vivar: la Cosette de Víctor Hugo, la vendedora de los fósforos de Andersen, la niña vestida de rojo de Spielberg. Y resulta que, en rigor, de veras que tiene mucho más sentido que sea una anciana.
         Aun así, la obra pervive. La serena palpitación de aquella lengua castellana inicial y de aquella historia real contada en términos de ficción nos ha conducido a otros caminos, también luminosos —celebro aquí la novela Mío Cid Campeador (1928), del poeta Vicente Huidobro—. No importa, entonces, el desdén de algunos o el descuido de otros, la sombra del olvido no caerá sobre el Mío Cid porque, como literatura, nos cuenta lo que no vemos dentro de nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXX / 12 de agosto del 2019


martes, 16 de julio de 2019

¿Por qué Andrés Bello escribe tan mal? [CCLXVIII]

Edgardo Malaver


 
Rebelde portada de 1923 del autor
de
Platero y yo



...i los pensamientos se tiñen del color de los idiomas.

Bello


         El artículo de la semana pasada trataba de Rodrigo Díaz de Vivar (h. 1048-1099), el Cid Campeador, para homenajearlo porque se cumplían 920 años de su muerte, pero sobre todo para hablar del Cantar de mío Cid, la obra literaria que narra sus hazañas. Y como había descubierto que nuestro Andrés Bello estuvo investigando y escribiendo sobre el Cantar la mitad de su vida, me di el placer de leer y utilizar sus escritos para sustentar lo que deseaba decir. Bello, por cierto, hizo con la copia de Per Abat lo mismo que después haría Ramón Menéndez Pidal, pero nadie recuerda ni menciona el hermoso y agudísimo trabajo de Bello.
         La citas que utilicé provinieron de la edición de 1881 de las obras completas de Bello editadas por el Consejo de Instrucción Pública de Chile, de modo que el texto exhibía algunos de los rasgos más destacados de las ideas del autor acerca de cómo debía ser la ortografía de la lengua española. Tales rasgos hoy en día, en que muchas de las razonable propuestas de Bello se quedaron sin el apoyo que un día reunieron, lucen mucho como una trasgresión, cuando no una fuente de confusión: usa la i en lugar de la conjunción y, por ejemplo, y escribe general y energía con jota. ¿Por qué don Andrés escribía tan mal?, puede preguntarse cualquiera que no lo conozca.
         Pues resulta que estaba siendo equilibrado y ecuánime, porque en realidad Bello propuso en 1823 (la misma época en que comenzó a estudiar el Mío Cid) una reforma bastante sencilla pero también bastante audaz de la ortografía del castellano, que en algún momento llegó a tener algo de aceptación en Sudamérica, sobre todo en Chile. No sería justo decir que era original, puesto que en el siglo XV Antonio de Nebrija ya había formulado el corazón de la propuesta de Bello: “Tenemos de escrivir como pronunciamos, et pronunciar como escrivimos”, porque de otra manera, ¿para qué tenemos letras?
         Siguiendo esa lógica, Bello publicó, junto con el colombiano Juan García del Río, en su Biblioteca Americana de Londres un artículo titulado “Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América”, en el cual exponen que el castellano, que consta de sonidos elementales bien diferenciados, “es quizá el único idioma de Europa que no tiene más sonidos elementales que letras”. Además desestiman radicalmente la utilidad de dos de los tres criterios de la Real Academia para configurar la ortografía: el uso constante y la etimología. La pronunciación es para ellos el único criterio razonable para tal fin.
         En consecuencia, “sugieren” —es la palabra que usan— una reforma ortográfica de dos etapas que pretende conformar un alfabeto de 26 letras, variando también los nombres de casi todas: A (a), B (be), CH (che), D (de), E (e), F (fe), G (gue), I (i), J (je), L (le), LL (lle), M (me), N (ne), Ñ (ñe), O (o), P (pe), Q (que), R (ere), RR (re), S (se), T (te), U (u), V (ve), X (exe), Y (ye), Z (ze).
         Con esto no sólo queda explicada la curiosa utilización de la i y la jota en Bello sino también en autores contemporáneos y posteriores a él, como Simón Rodríguez, Fermín Toro y Domingo Faustino Sarmiento. En 1844 la reforma había sido acogida oficialmente por Chile, donde don Andrés era inmensamente respetado; luego lo hicieron otros países, incluyendo Venezuela, pero la iniciativa naufragó finalmente en 1944, cuando su gran promotor, Chile, la abandonó. Juan Ramón Jiménez, sin embargo, siguió utilizándola por convicción hasta el fin de sus días en 1958.
         La ortografía, que como dice Bello, no tiene por objeto “corregir la pronunciación común, sino representarla fielmente”, puede ser tan sencilla como lo sean los sonidos de la lengua. Y considerándola con criterios claros y coherentes, puede contener ideas y emociones, conocimiento e imaginación. El quid es, entonces, si las letras de veras pintan los sonidos de nuestras palabras, porque las palabras han de dibujar siempre nuestro paisaje interior.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXVIII / 16 de julio del 2019




Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 8 de julio de 2019

En paz descanses, mío Cid Campeador [CCLXVII]

Edgardo Malaver


Estampilla española de 1962




         En un mundo que parece pensar que todo aquello que tiene dos días más de edad que uno carece del más ínfimo valor y es, por tanto, vergonzoso mencionarlo, aquí vengo yo a hablar de una persona cuya muerte sucedió hace 920 años. Me gustaría más hablar de su nacimiento, pero esa fecha no se conoce. Ni siquiera se sabe si de veras nació en el lugar donde se dice que nació 50 o 55 años antes. Pero más que de la persona real, Rodrigo Díaz de Vivar, quiero hablar del personaje literario, el Cid Campeador, y más que del personaje, de la más conocida de las obras que hablan de él, el Cantar de mío Cid... y más que de la obra, de la lengua en que fue escrita, el castellano.
         Rodrigo Díaz creció cerca de la corte de Fernando I de Castilla y León, cuyo heredero, Alfonso VI, lo desterraría a causa de las intrigas que urdieron sus “enemigos malos”. Y de este hecho precisamente nace la narración que leemos en el Cantar. Rodrigo debe emprender una larga campaña militar, de al menos tres años, en que derrota a los enemigos del rey e incluso arranca de manos musulmanas la ciudad de Valencia, con el fin de obtener el perdón del rey.
         El Cantar fue escrito unos 40 años después de la muerte del Cid, pero sólo conocemos una copia confusamente fechada en 1207, y muchos dicen que el copista, Per Abat, es en realidad el autor. Andrés Bello, uno de los primeros que estudió el manuscrito, lo descarta del todo, y se concentra en la belleza del texto y su importancia para la literatura española.
         Un detalle ha hecho enigmático este texto durante toda su historia: le falta la primera página, que algunos calculan contendría unos 50 versos. Sin embargo, basándose en las crónicas sobre reyes de la época, algunos investigadores como el propio Bello y, después, Ramón Menéndez Pidal han reconstruido ese breve fragmento perdido. Bello va más allá y llega a la conclusión de que las crónicas y el Cantar son en realidad el mismo texto, puesto que, bastantes capítulos después del segmento faltante, los versos son idénticos, así que su refundición coincide en 10 de cada 12 versos con la muy difundida versión de Menéndez Pidal.
         Bello, elogiado por Menéndez Pidal por “la sagacidad crítica y el seguro tino con que enjuicia el valor literario de la obra”, escribió en 1823, cuando comenzaba a estudiar al Cid:

No es comparable el Mío Cid con los más celebrados romances o jestas de los troveres. Pero no le faltan otras prendas apreciables i verdaderamente poéticas. La propiedad del diálogo, la pintura animada de las costumbres i caracteres, el amable candor de las expresiones, la enerjía, la sublimidad homérica de algunos pasajes, i, lo que no deja de ser notable en aquella edad, aquel tono de gravedad i decoro que reina en casi todo él, le dan, a nuestro juicio, uno de los primeros lugares entre las producciones de las nacientes lenguas modernas.

         Y acerca de la lengua castellana, dice:

Echando una rápida ojeada sobre la lengua castellana del siglo XIII, veremos que no estaba tan en mantillas, tan descoyuntada, por decirlo así, tan bárbara como jeneralmente se cree. En lo que era diferente de la que hoi se habla, no se encuentra muchas veces razón alguna para la preferencia de las formas i construcciones que han prevalecido sino la costumbre.

         O sea, es la misma lengua, que hemos heredado convertida en poesía.
         Y pasado mañana, 10 de julio, que en paz descanses, Rodrigo, hijo de Diego, Cid Campeador.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXVII / 8 de julio del 2019




Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 10 de junio de 2019

Traspasantier, el otro día [CCLXIV]

Edgardo Malaver



¡Oh, Dios, y qué buen vasallo, si tuviese buen señor!
Estatua del Cid en Burgos



Para Beatriz Loreto

        Extrañamente, fue después de concluir el artículo de hace dos semanas, “Antier, antes de Cristo” (Ritos CCLXII) cuando me acordé de otro adverbio, que creo haber visto una sola vez, en La Asunción, Nueva Esparta, hace muchos años y sólo escrito en la portada de un libro: trasantier, que, ¿para qué lo explico?, se refiere al día inmediatamente anterior a antier. Existe, naturalmente, la versión formal, que es trasanteayer, y que es la que aparece definida en el diccionario, pero ni el diccionario ni mis oídos deben haber oído jamás la máxima locura de los adverbios de tiempo, en uso o en desuso: traspasantier.
        Si apareciera en el diccionario, sería más bien traspasantier y quién sabe si transpastanteayer, una palabra en la que todo llama hacia el pasado, la raíz y sus tres prefijos: trans-, past- y ante-. No es, entonces, el día anterior al día en que se habla, ni el día anterior, ni el que antecede a éste, sino el que sigue hacia atrás en el tiempo: hace cuatro días. ¿Habrá en otro idioma un adverbio tal? ¿Será sencillo en esas lenguas, como en español, señalar con este grado de precisión que uno está hablando de lo sucedido hace 96 horas... o pocas menos, pero ni una más? Y digo que es sencillo porque, si no existiera o no hubiera existido la palabra, sería la mar de sencillo crearla, con tan sólo conocer los prefijos, que es algo que todos conocemos, aunque no todos estemos conscientes de ese conocimiento.
        Como es natural, ayer, anteayer (o antier), trasanteayer (o trasantier) y traspasanteayer (o traspasantier, que es la que parece haberse fundido mejor con los sonidos cotidianos de la lengua) también se utilizan en sentido figurado. Todos son sinónimos de pasado, relativamente cercano o inciertamente remoto, conocido o incognoscible, pero ahora impreciso, muy impreciso, como la historia toda antes de la invención del alfabeto. Es, sin embargo, la imprecisión significativa de la enciclopedia que dice, por ejemplo, que un juglar anónimo escribió el Cantar de mío Cid en algún momento entre la mitad del siglo XII y los primeros años del XIII —¡y que la primera página se perdió!—. Fue en el pasado, pero no el año pasado, ni hace un siglo. Ni siquiera fue trasantier, porque casi mil años tiene que ser más allá: traspasantier.
        Visto así, todo el tiempo cabe en la lengua... y en la poesía. Uno siente aun que el tiempo se encoge al leer, por ejemplo: “Estando atento, hogaño y mañana, al trasantier de tu voz, buscarla, ir a su zaga, hallarla en la lira y en los silbidos y en el bravo rugido de la mar”. Eso es: estas manifestaciones de la lengua popular son nada menos que poesía.
        Distante y cercano, ese sonido del pasado llega a nosotros clara y opacamente al mismo tiempo. Y es lo que revela nuestra memoria cuando, incapaz de establecer con décimas de segundo cuándo sucedió algo, y dándose cuenta de que no hace falta, apela al recurso de la metáfora. Uno termina diciendo: “El otro día me tropecé con el fantasma de mi abuelo. Yo tenía unos siete años, regresaba de la escuela. ¿Cuándo fue?”.
        No importa, la lengua lo reconstruye con sílabas y sonidos y esa es la verdadera memoria.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXIV / 10 de junio del 2019