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lunes, 19 de enero de 2026

Chacachacare y Chacachacare

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Concepción Mariño, la terrateniente
margariteña en Trinidad que albergó
a los rebeldes en 1812

 

 

         Originalmente comencé a escribir este artículo sin darme cuenta en Guasap hace seis días. El martes de la semana pasada, el 13 de enero, mencioné la Expedición de Chacachacare, de 1813, en una conversación por Guasap con mis primos de Margarita, porque ese día se cumplían 213 años de aquel acontecimiento de la historia de la Guerra de Independencia de Venezuela. Dije además que era en realidad el mismo hecho que la Toma de Güiria, que siempre se cita como si fuera otro casualmente sucedido el mismo día. No, nadie me preguntó cómo se explicaba esto, pero, como soy impertinente y lo quería contar, me fui a verificar la fecha y los nombres de los protagonistas. De repente, cuando ya estaba a medio segundo de volver a la conversación, veo el nombre de Trinidad y Tobago. ¡¿Trinidad?!, me dije, ¿qué tiene que ver Trinidad?

         Todo. Desde pequeño he sabido de la existencia de Chacachacare, que es un pueblo, con su respectiva playa, de la isla de Margarita, muy cerca de la Península de Macanao. Y siempre me sentía feliz de saber que en un lugar tan pequeñito de mi islita pequeñita había pasado algo tan importante como la firma del Acta de Chacachacare. Sin embargo, siempre me preguntaba también por qué, aunque es muy cerca, aquellos 113 expedicionarios, dirigidos por Santiago Mariño, Manuel Piar y José Francisco Bermúdez, se habría puesto un objetivo tan lejano como Güiria. Es decir, partiendo de Chacachacare, que está al sur de Margarita, tendrían que navegar hacia el este, llegar primero a la punta de la Península de Paria, doblar a la derecha en la Boca del Dragón, dejar atrás Macuro, y después otra vez a la derecha para adentrarse en el Golfo de Paria; navegando otra vez hacia el oeste por la costa sur, llegarían a Güiria para arrebatársela a los españoles. Mariño y sus hombres lograron este objetivo en muy pocas horas, pero yo me preguntaba por qué no habrían pensado en objetivos más cercanos como Cariaco, Río Caribe o Chacopata. No es que fuera lejos, pero en un barco de comienzos del siglo XIX tiene que haber sido más bien complicado, ¿no? Es más, ¿por qué no liberar Punta de Piedras, Pampatar o Porlamar, en la costa sur de la propia Margarita?

         Pues resulta que el Chacachacare donde se firmó el acta y de donde zarpó la expedición es —¡siéntense!— una isla, ahora desierta, que pertenecía y pertenece aún... ¡a Trinidad y Tobago! Es más bien un islote que está muy cerca del extremo oriental de Paria. Al principio del siglo XIX estaba habitada y había ahí un leprosario. Pero también estaba una hacienda propiedad de Concepción Mariño, hermana de Santiago. Cuando Monteverde logró acorralar a Miranda en julio de 1812, el héroe margariteño se refugió en la hacienda de su hermana, y desde ahí preparó con Piar y Bermúdez el plan para la invasión, que fue tan exitosa que pronto recuperaron la ciudad y la provincia de Cumaná, la ciudad y la provincia de Barcelona y después la isla y la provincia de Margarita. Bolívar, entusiasmado por esta incursión, emprendió su regreso desde Colombia y llegó triunfante a Caracas. [Qué barbaridad, todo un año de guerra en 148 palabras.]

         Este descubrimiento me trae a la memoria aquella película de Hitchcock —me suena que era El hombre que sabía demasiado— en la cual el personaje de James Stewart, que investiga un crimen, sigue una pista hasta un lugar llamado Ambrose Chapel, que él interpreta como el nombre de una iglesia, y resulta ser el nombre de una persona. En mi caso, la clave del misterio estaba en la insospechada existencia de un lugar en un país que se llamaba igual a otro que estaba en otro país... ¡y a escasos kilómetros uno de otro! De un Chacachacare a otro no hay más de 250 kilómetros, y entre el extremo oriental de Paria y la isla trinito-tobaguense de Chacachacare, apenas 11.

         En la conversación del martes en Guasap, todos admitimos que no sabíamos de la existencia de la Chacachacare de Trinidad. “¡¿Se imaginan aquella confusión?!”, dijo uno de ellos. “Si la hazaña iba a depender de nosotros, qué desastre. Viene mi general Mariño y nos manda un guasap: ‘Miren, muchachos, que me puse de acuerdo con Piar y Bermúdez pa ir mañana a tomar Güiria. Nos vemos en Chacachacare tempranito’. Yo, escondido en Irapa, hubiera dicho dentro de mí: ‘Visquendervallemiarma, ahora hay que ir pa Margarita, tan cerca que estoy yo aquí de Güiria. ¡El Mariño este inventa unas vainas...!’”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIII / 19 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 5 de enero de 2026

Bolivitas y dolitas

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

“¡Vaya, Betty, quinientos machacantes nuevecitos!”

 

 

         Creo que tardé en percibirlo, pero una vez percibido... Tardé en darme cuenta de que en Venezuela estaban dándole un tratamiento, digamos, especial a la moneda de Estados Unidos, ya que era la que se estaba usando con más frecuencia. Así como antes se decía “Necesito cien bolivitas”, ahora oigo decir “Préstame diez dolitas”. ¿Y por qué digo que es un “tratamiento especial” a la moneda extranjera? En el tratamiento que se le ha dado siempre a la moneda propia está la respuesta.

         En Venezuela podemos llamar a la moneda, que está con nosotros desde 1879, bolivita —quizá el más cariñoso, se me antoja a mí—, bolo —quizá el más “malandro”—, bolivacho —quizá el más coloquial—, bolivarito, bolivarillo, alguna vez he oído bolantes y tiene que haber otros que ahora se me escapan. Por más resistencia que haya habido, que no creo que haya habido mucha, cantidad de venezolanos ahora han comenzado a llamar dolita al dólar estadounidense. ¿Será “cariñoso”, como dije sobre bolivita? ¿Será un esfuerzo por “hablar mal”? ¿Será economía del lenguaje? No, porque el término formal tiene menos sílabas. Quién sabe si es así porque así es como, sin saberlo, el hombre va cambiando la lengua, lanzando en la mesa muchas variantes y las que se caen al piso se pierden y las que quedan encima sobreviven siglos y siglos.

         Los propios hablantes del idioma del país de donde nos viene el dólar tienen varios otros términos para llamar su moneda. Yo conozco, al menos dos: buck y greenback (aunque esta me atrapa siempre desprevenido cuando la oigo en una película, por ejemplo). Por supuesto, me gusta más cuando, en aquel capítulo sobre las bromas pesadas de su amigo Pedro, el entrañable Pablo Mármol exclama: “¡Vaya, quinientos machacantes nuevecitos!”.

         Es curioso que este neologismo tenga terminación femenina, aunque se le anteponga el artículo masculino: el dolita, en lugar de la dolita. Es fácil entender que la a se debe a que la sílaba final de dólar contiene esa vocal, aunque lo lógico en español sería que su diminutivo fuera dolarito. (Nuestra edición 436, “Tres diminutivos más bien singulares”, podría ampliar esta idea.)

         En cuanto a los nombres, dentro del hiperónimo bolívar, hay toda una manada de denominaciones, que todos conocemos, que por tanto no voy a definir aquí, pero sí las voy a enumerar, aunque sea sólo por el placer de saborearlas y apoyar la pervivencia del bolívar sobre la otra moneda. Existen (o existieron, como prefiera): puya, centavito, locha, centavo, diez céntimos (este es literal), medio, medio real, cuartillo, real, real y medio, medio real y cuartillo, bolívar, [peseta, término no muy frecuente], cinco reales, fuerte; y si pensamos en los billetes, hay más nombres: marrón, tabla, palo, luca, orquídea, tinoco, tinoquito, y genéricos como plata, real, cobre, billete (y su variante billuyo).

         El dólar se utiliza en Estados Unidos desde antes de 1785, cuando se adoptó oficialmente —antes se utilizaba el dólar español, historia muy interesante que habría que contar aquí pronto—. El bolívar se comenzó a utilizar en Venezuela casi cien años después —antes circulaba el venezolano, historia que también hay que contar—. Hoy parece que se han encontrado en el territorio de las manos de los venezolanos, y ahí juegan, compite, se ayudan, cambian posiciones... y nombres, porque por el nombre se comienza. Ha comenzado, parece, a recibir en la imaginación venezolana las denominaciones que lo van acercando a lo emocional. ¿Ya van los venezolanos teniéndole cariño a la moneda de Estados Unidos? Ya lo sabremos con el tiempo.

         No es que los venezolanos acaben de conocer los dólares, ni que lo estén cogiendo cariño gracias a la crisis que los ha obligado a pagar cotidianamente con dólares. ¿Quién puede creer cualquiera de las dos cosas? Lo que observo, lo que señalo, lo que me intriga es el hecho de que, a pesar de haber tenido moneda propia durante más de 140 años, con períodos de profundo orgullo por ella y por su nombre, ahora le hayan puesto un sobrenombre, un hipocorístico. ¡Y el sobrenombre es un diminutivo! Ahí hay una relación emocional, y no puede deberse a la mera posesión reciente de la moneda porque eso no es nuevo. Y no puede ser por las ventajas que da utilizar el dólar, porque parece que son más las desventajas. ¿Será la convivencia? Todo eso influye en la lengua, y por el nombre comienza también el amor.

         En suma, me intriga mucho este nuevo “romance”, tan claramente manifiesto en la lengua. Ojalá que como resultado del huracán en el que amaneció el año 2026, la recién dolarizada economía venezolana se regularice, al menos un poco, lo suficiente como para que se vuelva a bolivarizar.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 5 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 14 de abril de 2025

Un soponcio de Semana Santa [DVIII]

Ariadna Voulgaris



Un actor personifica al padre José Cortés de Madariaga
en Caracas, en el 2012



Casi me dio un patatús cuando lo supe. Casi me desmayo, por poco no sufro un vahído. Un síncope, pues.
Es que acabo de enterarme de que la palabra soponcio pertenece a ese gordo saco de palabras que nos han ido cayéndonos encima desde que existe la Semana Santa, es decir, la Semana Mayor, que en la antigüedad más antigua se llamaba también Gran Semana.
El soponcio más propio de la Semana Santa que yo conozco es el que tiene que haberle dado a Vicente Emparan el 19 de abril de 1810, que era Jueves Santo, día de la Última Cena. El señor Emparan, pobre, iba apuradito para la Catedral de Caracas, cuidadoso de no llegar tarde a la misa, cuando se le atraviesa el guapo de Francisco Salias, hermano de otro Vicente, el músico, y lo ataja a cuatro pasos de entrar en el templo. Quién sabe si al dar el español un paso dentro de la iglesia hubiera podido Salias formar el zaperoco que formó.
Bueno, en honor a la purísima verdad, a Emparan no debe haberle dado un soponcio por eso. Lo que sí debe haberle dado es por lo menos un sudor frío en la espalda al ver que el jefe de la guardia que lo custodiaba les ordenaba a los soldados que bajaran las armas que, lógica y militarmente, apuntaron sobre Salias y sus mantuanos compañeros. En ese momento sí debe haber sentido, como Jesucristo si no hubiera sabido de antemano lo que iba a pasar, que, enviado al despacho del procurador romano, perdía toda esperanza de salir airoso de aquel trance, que era más bien un aprieto, una dificultad, un brete.
Pues fíjense ustedes, aquella escena evangélica es el antepasado más remoto de la palabra soponcio. Siglos después, cuando comenzaron a proliferar las desviaciones de la fe y la Iglesia se reunió en Nicea para poner en papel el resumen más claro posible de los elementos que diferenciaba la verdadera fe cristiana de aquellas otras, erradas, los encargados del resumen, es decir, los autores del Credo, dividieron el texto en tres partes, como Dios manda: los rasgos del Padre, los del Hijo y los del Espíritu Santo. Y al describir al Hijo, dijeron que se trataba de aquel que había padecido sub Pontio Pilato, que ya saben ustedes que se pronunciaba como se pronuncia ahora en español. De modo que en la época en que no se rezaba sino en latín, cada vez que alguien cambiaba de una mala situación a una peor —como cuando un juez envía a un reo a otro juez que es capaz de considerarlo inocente y aun así azotarlo y, lavándose las manos, entregarlo a otros jueces que esperan la mínima oportunidad para crucificarlo—, la gente cogió la maña de repetir aquel verso de la oración que dice sub Pontio, “su Poncio”, “so Poncio”, soponcio. Es que en Semana Santa, con la calor que hace, a cualquiera le da un síncope. Un telele, un jamacuco. Un desmayo, pues.
El segundo soponcio de Vicente Emparan —¿qué duda puede caber?— tiene que habérselo causado descubrir, después de preguntarle al pueblo de Caracas si querían que él siguiera siendo representante del rey, que detrás de él había estado todo el tiempo el padre Madariaga. Uno puede conjeturar que, intentando zafarse de los niños ricos que lo habían acorralado en el Cabildo, pensó en aquel plebiscito instantáneo y, molesto con la gente que no lo apoyaba, habrá pensado que, informando a España, lo repondrían en el cargo. Pero al tropezarse, no con cualquier curita, ¡con José Cortés de Madariaga!, lo habrá adivinado todo: “La cosa está clara”, se habrá dicho, “este le hizo la seña negativa a la gente”. Y del soponcio, salió de la escena y nunca más volvió a aparecer en ningún otro episodio de la historia de Venezuela.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año XIII / N° DVIII / 14 de abril del 2025
EDICIÓN DE DOMINGO DE RAMOS



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lunes, 10 de marzo de 2025

El presidente traductor [DIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Un traductor nos da la bienvenida a la UCV

 

 

         En 1808, fecha en la cual ocurre el que quizá sea el primer acontecimiento que podamos llamar antecedente —o, mejor, causa— de la declaración de independencia de Venezuela, un venezolano tradujo uno de los textos que, junto con otros cuantos, dio sustento político e ideológico a todo el movimiento de independencia en toda América Latina: El contrato social (1762), de Juan Jacobo Rousseau (1712-78).

         Lo que puede parecernos curioso es quién tradujo semejante libro, considerando las demás disciplinas a las que se dedicaba o por las que se ganó su página en la historia. Este traductor era principalmente científico, y también fue profesor universitario. Entre 1827 y 1829 dirigió la Universidad Central de Venezuela como el primer rector de su historia republicana. También fue político y legislador, senda por la cual llegó a convertirse en 1835 en el primer presidente civil de Venezuela. Este traductor se llamaba José María Vargas (1786-1954).

         Gabriel González Núñez, investigador de la Universidad de Texas, asegura que el doctor Vargas tradujo esta la obra de más conocida de Rousseau con el propósito de leérsela a sus amigos en las reuniones secretas que sostenían para analizar la situación los ciudadanos americanos con respecto a la situación política de la monarquía española, que en mayo de 1808 había sido depuesta por Napoleón Bonaparte. Vargas y otros intelectuales venezolanos comentaban el texto y de alguna manera preparaban (o se preparaban para iniciar) un futuro movimiento rebelde. González Núñez cree que para 1811 la traducción ya estaba terminada. (En 1802 el argentino Mariano Moreno la había traducido, pero no la publicaría antes de 1810.) No existen evidencias de que la de Vargas haya sido editada alguna vez. Sin embargo, el autor, basándose en un comentario de Pedro Grases, piensa que una traducción de El contrato social que se vendía en Caracas en el año en que se firmó el Acta de Independencia puede ser la que salió de las manos de Vargas.

         Cada cierto tiempo me sorprende la cantidad de personajes prominentes de la historia de Venezuela que se han dedicado en algún momento a la traducción. En los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, casi no había otra opción: estos eran los personajes que habían tenido la oportunidad de estudiar, viajar, aprender idiomas extranjeros. Sin embargo, en casos como el de nuestro doctor-docente-parlamentario-rector-presidente-traductor, uno se sorprende por la cantidad de áreas en las que destacaba y los aportes que hizo, que ahora vamos descubriendo poco a poco. De hecho, llega a tal punto la amplitud de los conocimientos y habilidades de este ciudadano de La Guaira, nacido un 10 de marzo, que con razón en su honor se celebra hoy el Día del Médico en Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DIII / 10 de marzo del 2025




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miércoles, 28 de diciembre de 2022

Antiguo manuscrito revela origen extraterrestre de la palabra ‘arepa’ [CDIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Locos y locainas de La Vela de Coro, Falcón
Foto: El Carabobeño


 

 

         Tarde o temprano tenía que suceder, tarde o temprano íbamos a encontrar la prueba irrefragable de que la arepa no es venezolana ni colombiana, sino que la trajeron los extraterrestres. Los diarios El Cucuteño, de Colombia, y La Señal de San Antonio, de Venezuela, acaban de publicar simultáneamente, en su edición de ayer, 27 de diciembre, un informe sobre los hallazgos de los investigadores de la Universidad de Londres y la Sociedad Nacional de Arqueología de Estados Unidos en la biblioteca de la antiquísima Misión de los Franciscanos en Santa Clara de la Piedra, que permite llegar a tal conclusión.

         El informe, firmado por los dos responsables de la investigación, Peter O’Connor y Martha C. Lee, comienza afirmando que han reunido información suficiente que podría poner fin a la disputa entre los venezolanos y colombianos acerca de diversos elementos culturales de gran interés en la historia de ambas naciones; sin embargo, la pieza fundamental de los hallazgos es, sin duda alguna, una carta encontrada la semana pasada en la sección de libros raros, dirigida por el abad de la congregación, fray Emiliano González de Zárate, al papa Julio II entre los años 1510 y 1514.

         Según O’Connor y Lee, en la carta fray Emiliano informa al papa que ha llegado al convencimiento de que los indígenas del lugar habían recibido la visita de seres extraterrestres (“res alieni”, “viris ex aliis planetis”) entrenamiento especializado para el cultivo de diversas especies vegetales, además de lo que hoy llamaríamos la “receta” de diversas comidas que se preparan aún en la región. Uno de ellos, expresa el informe, “sería el alimento básico de Colombia y Venezuela, que los ‘viris ex aliis planetis’ llamaban por el nombre de ‘arepe’ o ‘arepa’”. También dan indicaciones precisas de cómo hacer el fuego y la superficie en que debe cocerse la arepa.

         “Infortunadamente, falta al menos una página del valioso documento, que calculamos que originalmente tenía seis o siete”, dicen O’Connor y Lee. “La página faltante, junto con el resto del original, que no está en buenas condiciones, debe estar en la Biblioteca Vaticana, dado que iba dirigida al papa”.

         Con estos hallazgos, opinaron otros expertos consultados por El Cucuteño, quedaría pulverizadas las hipótesis lingüísticas según las cuales el vocablo arepa provendría del idioma hablado por los cumanagotos a la llegada de Cristóbal Colón. Lo que es más, por datos que asoman los arqueólogos británicos y americanos sobre la fecha de la visita de los seres alienígenas y los otros lugares del mundo donde habían aterrizado, puede llegarse a pensar ahora en la posibilidad de que hasta los bisabuelos de Jesucristo hayan comido arepas en la Palestina prerromana.

         Ni en Venezuela ni en Colombia se habían hecho investigaciones de esta naturaleza en la misión de Santa Clara de la Piedra, cuyas ruinas subsisten sobre la margen izquierda del río Táchira. La “vetusta construcción, que data del año 1500”, según el informe, fue abandonada antes del comienzo del siglo XVII (como había deducido un trabajo anterior de O’Connor), y lo único que permanece, casi intacto, es el sótano de la biblioteca, donde apareció el manuscrito.

         Al final de la nota, ambos periódicos indican a sus lectores que si habían leído hasta ese punto, entonces merecían saber que todo el texto ha sido escrito como una broma del Día de los Inocentes.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDIII / 28 de diciembre del 2022

 

 

 

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lunes, 16 de mayo de 2022

Más bien que Gómez [CCCLXXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Francisco Herrera Luque, autor de En la casa
del pez que escupe el agua (1978)

 

 

 

         Si me pusiera en esta tarde de lunes, para homenajear a mi abuela, que hoy cumpliría 101 años de edad, a enumerar las expresiones graciosas, hermosas o sabias que decía cada día, se me acabaría la semana sin que hubiera hecho otra cosa que narrar y narrar sus historias. Ya me detengo bastante tiempo en ellas cuando hablo con mis hijas, con mis alumnos o con parientes que, inocentes, a veces pisan la trampa de recordarla conmigo.

         Una que recuerdo mucho, que, de hecho, utilizo todos los días cuando me saluda alguien conocido, es estar más bien que Gómez. Usted me llama por teléfono y me pregunta: “¿Cómo estás, Edgardo?”, y yo respondo, como impulsado por un resorte: “¿Yo? Yo estoy más bien que Gómez”. Comencé a escuchar y a repetir de mi abuela esta expresión hace mil años y fue hace bastante poco que me di cuenta de que no dice “mejor”, sino “más bien”, que algo tiene que significar.

         La mayoría de las personas a quienes les confío esta respuesta piensa que lo digo porque Gómez (Juan Vicente, 1857-1935) “está muerto y yo estoy vivo”, pero casi no tiene nada que ver con eso. Digo casi porque ciertamente, en la mentalidad popular, en la mente de todos, vivir es estar “más bien” que estar muerto, pero, si la pensamos un poco, esta expresión nos revela unas implicaciones políticas e históricas que no aparecen a primera vista.

         Nunca se me ocurrió preguntarle a mi abuela lo que significaba estar más bien que Gómez, pero sabemos que, al llegar al gobierno, incluso ya desde los tiempos en que no era más que la sombra de Cipriano Castro (1858-1924), a Gómez comenzó a irle muy bien. Pasó de ser un hacendado sin muchas pretensiones de una apartada provincia andina a ser el hombre más poderoso y acaudalado de Venezuela; Gómez tenía tanto poder que ni siquiera se sentía obligado (aunque sus muchas constituciones lo decían expresamente) a residir en la capital de la república para gobernar. La fortuna de Gómez, que según el historiador Ramón J. Velásquez (1916-2014) ascendía al final de su vida a 115.000.000 de bolívares, estaba diseminada por todo el territorio de Venezuela. Además, lo que se le antojaba a Gómez, como si hubiera nacido de un rey de la Edad Media, era ley irrefutable. O sea, no es difícil concluir que cuando el dictador estaba en la cúspide de su poder, que entre abril de 1910 y el día de su muerte en diciembre de 1935, fue todo el tiempo, nadie estaba mejor que él.

         En 1935, Juanita Lárez, mi abuela, era ya una muchacha grande. Sus mayores y el entorno de la familia, la gente en general, toda Venezuela, debía utilizar aquella expresión para significar ‘estar muy bien’, como hipérbole del bienestar que disfrutaba la persona cuya situación era insuperablemente mejor que la de todos los demás en todo el país. Ella probablemente la oyó decir desde su nacimiento, y la utilizó en su juventud, en los años en que yo era niño, durante mi adolescencia y más tarde, hasta que los sonidos abandonaron sus labios.

 

* * *

 

         Llega alguien a casa por la tarde y le pregunta a mi abuela:

         —¿Cómo te has sentido hoy, Juanita Lárez?

         Y ella, margariteñamente, contesta:

         —¿Yo? Yo estoy más bien que Gómez —y agrega después de un segundo, con picardía—: Jodío está aquel a quien yo le debo... porque este año no le puedo pagar.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXIV / 16 de mayo del 2022

 

 

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

La mil veces bendita [CCCLXXII]

Edgardo Malaver

 

 

 

La universidad es el mediodía de Venezuela

 

 

         Hace unos 10 años, quién sabe si 15, tomé un taxi desde el Teatro Teresa Carreño hasta La California Norte; por alguna razón que no logré descubrir, el taxista quiso tratarme como turista y desde el principio estuvo describiéndome lo que íbamos encontrando. Me fastidiaba un poco oír nombres y datos que yo conocía tan bien como él, así que no le ponía mucha atención: teatro, mezquita, Parque Los Caobos, Jardín Botánico, pero cuando, casi inmediatamente, mencionó el mural de Zapata, levanté las antenas para oír lo que pudiera decir sobre la universidad. Y dijo: “Ahí detrás de ese mural está la Universidad Central de Venezuela, una universidad muy famosa que fue fundada por Marcos Pérez Jiménez como en los años 50, más o menos”.

         ¡¿Pérez Jiménez?! ¡¿Los años 50?! Era lo primero en lo que se equivocaba, y fue entonces cuando comenzó nuestra conversación. “No, señor”, le dije yo, “la Universidad Central fue fundada por un rey de España en 1721. O sea, la universidad es anterior a la independencia”. Disfruté mucho la sorpresa de aquel hombre y su deseo de saber más y el millar de preguntas que me hizo. Y la broma que hizo cuando nos despedimos: “Usted no se imagina lo que voy a presumir yo ahora que sé tantas cosas de la UCV, cuando me reúna con los compañeros de la línea”.

         La UCV es un concepto tan impresionante para los ciudadanos de Venezuela que hasta los que, tristemente, nunca han tenido la oportunidad de estudiar siquiera en otra institución desean conocerla, verla de algún modo cerca de ellos, buscar algo que los vincule con ella. Es natural que sea así, puesto que la vida de la universidad ha sido testigo, protagonista y promotora de la vida de Venezuela.

         Cuando se inundó el estado Vargas, cuando Irene Sáenz ganó el Miss Universo, cuando Pérez Jiménez llegó al poder, cuando los trabajadores petroleros hicieron aquella huelga contra López Contreras, cuando nació la Generación del 28, cuando los andinos entraron en Caracas con Cipriano Castro a la cabeza, cuando la familia de Teresa de la Parra volvió a Venezuela, cuando José Gregorio Monagas decretó la abolición de la esclavitud, cuando murió Bolívar, cuando se firmó el Acta de Independencia, cuando Humboldt subió el Ávila, cuando José Leonardo Chirinos tomó las armas, cuando nació Bolívar, cuando se conformó la Capitanía General, cuando Teresa Carreño debutó en París, cuando nació Francisco de Miranda, cuando Andresote y De León se opusieron a la Compañía Guipuzcoana, cuando se estableció la Compañía Guipuzcoana... cuando sucedieron todas estas cosas, ya existía la Universidad Central de Venezuela, y en muchas de ellas tuvo participación. Es natural que todos tengamos, o queramos tener, algo que ver con ella.

         La universidad, además, es para muchos de nosotros un hogar, un jardín, un nido. No se limita a ser una institución de educación superior, que crea y difunde conocimiento científico, humanístico, reflexión sobre la sociedad, la historia y el mundo, un ancla que nos mantiene conscientes de la realidad. Su significación es mucho mayor para quienes vivimos a su amparo y su sensibilidad nos atiende casi como una familia. Habrá quienes tengan otra visión, y habrá problemas que en épocas sombrías hayan aminorado esa sensibilidad y la hayan hecho parecer otra cosa, pero al menos a mí la universidad me ha protegido, me ha alimentado y ha dado luz durante dos tercios de mi camino. Sin esa sensibilidad hacia los más jóvenes, los más débiles y también los más talentosos, la vida de muchísimos de nosotros, que vivimos aún, y la de quienes la han vivido en períodos más felices o más dolorosos, habría sido otra vida, y no habríamos sido capaces de llegar a este día.

         Uno no se imagina que va a ver tantas fechas importantes, pero los venezolanos que hemos sido adultos en este siglo hemos podido celebrar ya los 500 años de Cumaná, los 200 años de la independencia y hoy los 300 de la UCV.

         Esta universidad, la cuarta que se fundó en lo que hoy se conoce como América Latina —antes de ella apenas había universidades en México y en Lima desde 1551 y en Santo Domingo desde 1558—, reúne en cada aula a estudiantes y profesores que provienen de los más disímiles lugares de toda Venezuela, y también de fuera de ella. Con 300 años de historia, se puede abarcar la biografía de ciudadanos comunes y de grandes figuras, muchas de las cuales han nacido en sus pasillos y bibliotecas... y en su hospital. Razón tenía aquella campaña publicitaria de los años 90 que decía: “La Universidad Central es Venezuela”.

         Aun si no fuera así, da un gusto y una dulce confianza saber que uno se ha sentado en los mismos pupitres que José Gregorio Hernández, Ida Gramcko, Juan Germán Roscio, Jacinto Convit, Luz Marina Rivas y Lya Ímber. La universidad colonial de los primeros tiempos, la universidad republicana que Simón Bolívar puso en las manos de José María Vargas en 1827 y la universidad que está “detrás del mural de Zapata” ha dado al mundo tantos frutos, tantas mentes, tantos espíritus, que no alcanzaría el día de hoy para que todos fuéramos a besar su mano.

         En la Escuela de Idiomas Modernos, un día invitamos a Rodrigo Blanco Calderón a nuestro Club de Lectura para que les hablara a los estudiantes de sus cuentos, y uno de los muchachos le preguntó: “¿Cuál es su parentesco con la Universidad Central de Venezuela? El escritor, sin vacilar un instante, respondió: “Yo soy hijo de la UCV”. Ese es también mi parentesco con ella.

         Yo cumplo años en mayo, pero en años como este del 2021, me dan ganas de cambiarlo para el 22 de diciembre para celebrar el mismo día que la mil veces bendita Universidad Central de Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 



Año IX / N° CCCLXXII / 22 de diciembre del 2021




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