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lunes, 5 de abril de 2021

APRILIS [CCCLI]

Ariadna Voulgaris

 

 

En este mar, cerca de Pafos, Chipre, dicen
los hermanos chipriotas, nació Afrodita

 

 

 

         APRILIS provenía de Aphorita. O eso dicen ahora, que no tenemos manera de ir a preguntar. El cuarto mes del año, el que coincidía con el florecimiento esplendoroso de la primavera en Europa, se llamaba APRILIS en Roma y este nombre, lejanamente, estaba vinculado al de Afrodita. ¿Cómo? ¿Qué tenía que ver Afrodita, que, por cierto, los romanos llamaban Venus?

         Pues resulta, mis queridísimos, que hay que recordar primero el origen de Afrodita. Cronos había arrancado los genitales a Urano, su padre, y los había lanzado al mar cerca de Chipre. Al entrar en contacto con el agua, la sangre y el semen del dios produjeron una cuantiosa reverberación de espuma de la cual nació Afrodita ya adulta, bella y encantadora. La nueva criatura era dueña de hermosas formas físicas que dioses y mortales deseaban con frenesí; no era para menos, si provenía de las entrañas procreadoras de un demiurgo. Por sus encantos y presencia seductora, fue conducida al Olimpo, donde se convirtió en la diosa la belleza y el amor. Pero calma, pueblo, que este amor es más bien como el de la película española aquella cuyo título nos lo aclara todo: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?. Es decir, Afrodita guiaba, sustentaba, alentaba, protegía y favorecía a aquellos mortales que, enamorados, apasionados, enloquecidos, sentían el arrebato de poseer sexualmente a otro (u otra) mortal. Lo que es más, era ella quien les insuflaba tales emociones y deseos. Se decía incluso que Afrodita los poseía a ellos y por esto experimentaban semejantes manifestaciones. Con razón eran y son estas las historias más apetecidas, en Grecia, en Roma y en todos los mercados del mundo.

         Como Afrodita disfruta una juventud y una belleza intactas, sin decadencia, sin imperfecciones, y levantaba la fuerza de la naturaleza viril y desplegaba su atractivo arrollador en las doncellas, llegó, acaso poéticamente, a equiparársele con el florecimiento exuberante de la naturaleza en los meses de primavera. Y abril ha sido siempre el mes de esas germinaciones, de esos inigualables ímpetus de reproducción natural. El nombre de la época del año en que esto sucede había entonces de asemejarse al de la deidad que la presidía entre los hombres. De este modo, se supone que la voz griega Aphrodita, “la nacida de la espuma”, cuyo nombre se forma a partir de aphrós (es decir, ‘espuma’) puede ser raíz de APRILIS en latín. Si hubiera sido AFRILIS, sería más convincente, ¿no es cierto?, pero la presencia de la P en ambos nombres puede ser suficiente (para mí). Los caminos de la lengua, como se ve, son insondables.

         Todo esto es conjetura, he de repetir, y no mía, que me siento más cómoda en otros terrenos, sino de la gente que sabe de etimología. Por la información que he recogido últimamente, no se tiene certeza del origen del nombre abril, pero bien vale la pena hablar al menos de esa incertidumbre.

         También existe la hipótesis de que APRILIS pudiera provenir de APERIRE, ‘abrir’. Tiene cierto sentido, siento yo, porque se lo relaciona con el “abrirse” de las flores en toda Europa durante el mes de abril. Es igualmente poético, pero los lingüistas le dan más votos a la idea de que esta sea lo que ellos llaman una “etimología popular”, es decir, colegida sin fundamento por el pueblo, porque no hay documentos que sirvan de base para tener la certeza. ¡Haber inventado la imprenta antes, Gutenberg! Y en Italia.

         Vuestras mercedes se percataron ya de que a mí me gusta más la primera opción. Se me ocurrió en estos días que un escritor como Borges podría haber escrito un artículo apócrifo de la Enciclopedia Británica en que mencionara con casi todos los detalles la fuente que nos falta para creer del todo en ella. O que quizá en el futuro nacerá otro poeta, más osado que Borges, que nos convenza de la verdad hasta ahora ficticia... pero que sea más poética, por piedad, demiurgo, para que sea, por fin, la verdadera.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLI / 5 de abril del 2021




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lunes, 24 de agosto de 2020

La manzana de la discordia [CCCXIII]

Ariadna Voulgaris



Irene Papas como Helena en Las troyanas (1971),
de Michael Cacoyannis




         Chicas, si están leyendo la Ilíada por primera vez y no comprenden cómo fue que estalló una guerra tan sangrienta, que duró diez largos años y en la que se supone que se disputaban a una mujer —¡por Zeus!, qué halagador, ¿se imaginan, chicas, miles de hombres despedazándose por ustedes?—, si no ven en el poema la causa de tanta calamidad, tienen que ir a buscar esa causa en otro libro, como muchas cosas en la mitología griega. Y al comprender el porqué de la guerra de Troya, comprenderán también el origen de la expresión la manzana de la discordia.

         ¿Cómo fue que a Paris se le ocurrió robarle la mujer a Menelao? Ante París, considerado por las tres el más hermoso de los mortales, se presentaron una noche Hera, Atenea y Afrodita para pedirle que juzgara quién de ellas era la más bella del Olimpo. Y pusieron en las manos del joven príncipe troyano una manzana de oro que él debía entregar a la elegida. Hera entonces habló la primera y le prometió que si la elegía a ella le daría un poder incalculable y el trono de cien naciones de la tierra. Atenea después le dijo que ella, a cambio del premio, lo haría el hombre más sabio del mundo y su protegido. Y finalmente, Afrodita, desdeñosa, le ofreció entregarle el amor y la máxima felicidad al lado de la mujer más bella del mundo. Y entonces Paris, sin dudarlo un instante, le extendió la manzana a Afrodita.

         Fue así como Hera y Atenea se enfurecieron en contra de Paris y acudieron a Zeus para vengarse de él, de su padre, el rey Príamo, y de todos los troyanos. Afrodita, por su lado, condujo a Paris a Esparta, de donde, a pesar de la amistosa recepción que le dieron los espartanos, raptó a Helena, la bella mujer de su rey, Menelao.

         Y así comenzó la discordia, por causa de una manzana.

         Y la verdad es que Helena se ve muy tranquila y contenta en Troya, no se diría que sufre y llora porque aquel seductor de Paris se la robó. Por culpa de Afrodita, se olvidó incluso de su hija, Hermiona (sí, como la amiga de Harry Potter). La locura en realidad fue iniciada por Menelao, que emprende una gira geopolítica por Grecia en busca de apoyos (entiéndase: financiamiento, soldados y aperos de guerra).

         La manzana de la discordia, aunque representa ‘un origen simple de un gran conflicto, no tiene que ser tan literalmente la manzana de oro que entregó Paris a Afrodita. Pueden asociarla a la propia Helena, que, sin proponérselo (porque sabemos que fue víctima del encantamiento de Afrodita), simboliza un trofeo (esto ya no es halagador, pero pone a la mujer en el centro de la acción de los varones), la guerra dizque gira en torno a ella.

         Otra cosa que no se cuenta en la Ilíada es cómo los aqueos, habiendo entrado en la ciudad, fueron a buscar a Helena para conducirla, llena de mimos, ante su legítimo marido (nunca hay que olvidar los objetivos de empresas tan ambiciosas, ¿verdad?). Uno supone que la bella muchacha terminó volviendo a su lecho de Esparta, pero a mí me hubiera gustado sugerirle a Homero, para condenar la vaciedad de la guerra, un final alternativo: que presuroso entrara Menelao en la cámara de Paris buscando a su mancillada reina y, por ejemplo, la encontrara difunta.


ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIII / 24 de agosto del 2020