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lunes, 12 de mayo de 2025

El padre Roberto [DXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Padre Roberto, no se pierda el pollo a la chiclayana

 

 

         El padre Roberto, como lo llamaba mucha gente que se lo tropezaba en la calle antes y después de que el papa Francisco lo nombrara obispo de Chiclayo, Perú, donde ha desarrollado la mayor parte de su actividad sacerdotal, ahora es el sucesor del recién fallecido pontífice argentino, el jefe máximo de la Iglesia Católica. El padre Roberto, cuyo nombre de pila es Robert Francis Prevost, nacido en 1955, se convirtió la semana pasada en el segundo obispo de Roma nacido América y el primero nacido en Estados Unidos, país mayormente protestante.

         También es digno de mención que el nuevo papa, que ha elegido como nombre León XIV, habla español como si hubiera ido a preescolar en una escuela de América Latina, o como si su madre hubiera sido española —que de hecho era nieta de españoles y se apellidaba Martínez—; pero lo que me ha despertado el deseo de escribir sobre él esta semana no son estos curiosos hechos sino el cariño con que la gente sencilla de Chiclayo se refiere a él al llamarlo “el padre Roberto”. Y más que el cariño, es en realidad una pregunta que me he hecho siempre: ¿por qué llamamos padres a los sacerdotes?

         De pequeño, cuando aprendí que por encima de nuestro padre humano está Dios Padre todopoderoso y que era un error llamar así a cualquier otro ser humano, comenzó a parecerme intrigante que les diéramos ese nombre precisamente a quienes nos enseñaban que no debíamos hacerlo. También observaba que los sacerdotes, para serlo, renunciaban a formar familia: no tenían hijos. ¿Por qué entonces insistían todos en seguirlos llamando padres?, ¿y por qué los propios sacerdotes incluso firmaban anteponiéndose ese “título”? Y ha tenido que llegar este americano a la Santa Sede para que yo me ponga a investigar. La respuesta, sin embargo, estuvo a punto de alcanzarme hace menos de dos meses, cuando escribía el artículo del 17 de marzo, donde hablaba de padrastros, madrastras y otros astros de la familia.

         Resulta que la respuesta está en el latín, en el uso que hacían los hablantes del latín de Roma de la palabra pater, que es padre para nosotros ahora, pero para ellos era más que eso. Los romanos, además, no concebían la idea de un solo dios que atendiera todos los asuntos que los mortales pudieran llevar a su consideración. Los romanos tenían un dios para cada cosa, a veces mínimas e insignificantes, hasta eran capaces de inventar un dios para cualquier cosa en la que una persona particular pudiera tener una emergencia. Además, no se sentían hijos de ninguno de esos dioses, como lo sentían los judíos y, después, los cristianos. De modo que hay aquí, de entrada, un asunto conceptual, además de lingüístico, que ya era suficiente.

         En latín el sustantivo pater equivalía a “padre” en el sentido de ‘varón que engendra a un hijo’, pero también existía el pater familias, que muchísimas veces ni siquiera tenía nada que ver con ningún nexo de sangre. El pater familias (que no equivale exactamente a lo que hoy traduciríamos literalmente como padre de familia) era, sí, el padre de la familia, el jefe de la casa, la cabeza de todo el grupo de personas que vivía en su hogar. Y ahí está el meollo del asunto: en el grupo. Ese grupo podía incluir, en primer lugar, a la mujer y a los hijos, que eran hijos de él, legítimos y bastardos anteriores y posteriores, que no siempre eran hijos de ella, pero podía incluir a los hijos de ella tenidos en un matrimonio anterior, es decir, hijastros; podía incluir a los padres y madres viudos del pater familias y de su esposa, incluyendo a otros descendientes de estos; sobrinos, sobrinos nietos, nietos, nietastros, nueras, yernos, hermanos, medios hermanos, hermanastros, tíos, tíos políticos, tiastros, ahijados (protegidos de otras familias), hijos adoptivos, y más allá, casi siempre, a los sirvientes, a los hijos, hijastros e hijos adoptivos de los sirvientes, que podían ser libres o esclavos, e incluso en algunos casos, parientes lejanos de provincias lejanas ¡y hasta vecinos venidos a menos, con hijos, mujeres, parientes y demás!

         Puede parecer que exagero un poco (o más bien tratando de abarcar todas las posibilidades, que no se cumplían todo el tiempo en todas las familias), pero lo cierto es que el pater familias era en su casa más que el fundador de la familia, el responsable ante la ley, el proveedor del sustento, como en cualquier otra cultura, sino que era una autoridad en todos los campos, una persona respetada y hasta venerada, una referencia social y moral, origen de linaje y garantía de honorabilidad. El pater familias se ocupaba, personalmente o por medio de encargados, de todos los asuntos de la vida de su grupo familiar. También tenía funciones de administrador, juez, sacerdote; su poder era absoluto. Por supuesto, había familias más grandes que otras, con mayor o menor tradición, más o menos adineradas, con mejor o peor prestigio, y patres familias que se ocupaban más que otros de tales asuntos, pero la concepción de la familia pertenecía a la cultura, nadie la eludía ni podía eludirla, y el imperio la llevaban a dondequiera que iba a conquistar nuevos territorios.

         Cuando el cristianismo llegó a Roma, y después, cuando Roma se convirtió al cristianismo, la persona que dirigía un grupo de conversos, cierto número de creyentes, una grey, una parroquia, se convertía en algo más que el predicador que les había traído la fe, se convertía en una especie de protector, un pastor que los atendía, y no sólo en la esfera religiosa, y eso era exactamente lo que hacía un pater familias. Naturalmente, la gente comenzó a llamar así a ese apóstol, a ese misionero, a ese evangelizador que ahora los amparaba. Y llegó el momento en que se les llamó simplemente “padre”, aunque ninguno fuera hijo suyo de verdad.

         Cuando apareció la lengua española —perdonen que suene como si hubiera sido un evento preciso de un día, mes y año marcado en el calendario—, no debe haber nacido en la mente de nadie el pensamiento de que, ahora que hablaban castellano, la coincidencia podría crear confusión. Tampoco lo habían pensado en latín, en realidad. Así que la primera vez que yo hice esas reflexiones, que fue en el siglo XX, lo que quedaba era pensar en la polisemia de la palabra y que el contexto siempre ayuda a adivinar.

         Revelado el misterio, comprendido el origen de esta incógnita, despejada la duda, me animo a desearle al padre Roberto que la luz esté con él y que pase a la historia como un líder justo, como un pastor sabio, como un ejemplo cristiano.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIII / 12 de mayo del 2025


 



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domingo, 24 de diciembre de 2023

Ochocientas Nochebuenas [CDXXXIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Misterio, Sagrada Familia... Jesús, María y José, el trío sin el cual
no habría Navidad. Foto del autor

 

 

         Sin pretensiones de pasar a la historia por ello sino para poner en la imaginación de la gente la escena que protagonizaron Jesucristo y sus padres la noche de la primera Navidad, san Francisco de Asís, hace exactamente 800 Nochebuenas, creó y legó al cristianismo una tradición que ha perdurado hasta el día de hoy en el mundo entero. Y armó el pequeño “teatro” en una cueva de Greccio, Italia, con personajes vivos probablemente para que el movimiento y las palabras aumentaran la fe de los que presenciaran aquella mímesis del singular acontecimiento, a la vez místico e histórico.

         Aquella escena, descrita escuetamente, incluso con divergencia de detalles, por los evangelistas, recibe en la actualidad varios nombres: nacimiento, pesebre, belén, portal, misterio. En cualquier conversación cotidiana sobre la Navidad, estas palabras pueden parecer simples sinónimos, pero cada una de ellas tiene su significado y, además, incluye elementos diferentes.

         Nacimiento, el término más genérico, hace referencia casi en exclusiva a, digamos, pocas horas alrededor del parto de María. En la escena la vemos en actitud de adoración hacia su recién nacido hijo, igual que José. Apenas los acompañan la mula y el buey. Suele estar por encima de ellos el ángel que anuncia la noticia a los pastores y los invita a adorar a Jesús, y los propios pastores que se acercan junto con sus ovejas. A lo sumo, pero no siempre, aparecerán aquí los reyes magos con sus camellos.

         La música popular menciona mil veces a estos personajes que se congregan para doblar las rodillas ante Jesús. Incluso los animales están presentes para simbolizar la sumisión de la naturaleza ante el creador de todo. En Venezuela hemos disfrutado durante muchos años aquel villancico de Iván Pérez Rossi, “Corre, caballito”, cantado por Serenata Guayanesa, que dice:

 

San José y la Virgen, la mula y el buey

fueron los que vieron al Niño nacer.

 

Así de escueto es el nacimiento. Y los animales son infaltables, ausentes como el Niño de todo mal y todo desvío del corazón.

         Y Simón Díaz, en “El becerrito” (mejor conocida como “La vaca Mariposa”), incluso se vale de animales para que protagonicen la historia del nacimiento de Jesús:

 

La vaca Mariposa tuvo un terné,

un becerrito lindo como un bebé [...].

Y los pericos van y el gavilán también,

con frutas criollas hasta el caney.

 

Más adelante dice:

 

La sabana le ofrece reverdecer.

Los arroyitos todos le llevan flores por el amanecer

 

El nacimiento se centra en Jesús, que es adorado por sus propios padres y todas las criaturas que existen.

         Por otro lado, existe el término pesebre, que narra más episodios e incluye, por ende, más elementos. Comienza más o menos en el momento en que el ángel Gabriel anuncia a María que “ha alcanzado gracia ante Dios” y tendrá un hijo que engendrará en ella el Espíritu Santo. Sigue con la visita de María a su prima Isabel, también embarazada, el viaje desde Nazaret a Belén, la búsqueda de alojamiento, el propio nacimiento del Niño, y luego también la llegada de los sabios de Oriente, la huida a Egipto, poco más. El pesebre es, por tanto, más histórico-educativo, más narrativo y más místico que el contemplativo nacimiento. Me gusta pensar que es esta cadena de escenas la que san Francisco presentó ante el pueblo en Greccio.

         La palabra belén, como es sencillo pensar, es una metonimia del lugar donde ocurrieron los hechos. En la retórica clásica sería una sinécdoque. Se nombra el suceso por el nombre del lugar donde sucede. Jesús nació en Belén, entonces, llamemos belén a la escenificación de su nacimiento. Se circunscribe, ergo, a lo que sucedió una vez que la Virgen embarazada y José llegaron a la ciudad natal de él, y ha de extenderse sólo hasta el momento en que la familia sale huyendo hacia Egipto para salvar a Jesús de la sentencia de Herodes.

         En América, por lo que parece, se difundió la costumbre de instalar belenes en casa o en lugares públicos durante el reinado de Carlos III, que fue rey de España desde 1759 —pero que lo había sido de Nápoles y Sicilia antes, desde 1734— hasta su muerte en 1788.


Nacimiento con toques populares
e infantiles. Foto del autor


         El cuarto término es portal. Según mis observaciones, a no ser por las canciones de Navidad, no se usa en Venezuela (pero uno nunca sabe). ¿Se habrá comenzado a llamar portal a la escena del nacimiento a partir de la simplificación de la escena, es decir, una especie de silueta de una casa bajo cuyo techo aparecían siluetas de las figuras de la Virgen, de José y del pesebre donde dormía Jesús? También es muy simbólico que el Hijo de Dios hubiera nacido en la puerta de la calle de una casa ajena, en la entrada de una ciudad extranjera, en el portón de un establo. Como símbolo, el portal ha cumplido su misión de abrigar la llegada al mundo de un hombre que venía para ser puerta al cielo para los demás hombres.

         La literatura oral ha recogido ese sentido de una hermosa manera en el villancico anónimo “Alegría, alegría”:

 

Alegría, alegría, alegría,

Alegría, alegría y placer,

que esta noche nace el Niño

en el portal de Belén.

 

Oigamos también en este punto el conocido villancico aquel de Raphael: “El tamborilero”:

 

[...] Ha nacido en el portal de Belén

el Niño Dios

 

Yo quisiera poner a tus pies

algún presente que te agrade, Señor.

Mas tú ya sabes que soy pobre también

y no poseo más que un viejo tambor...

ro po pom pom, ro po pom pom...

En tu honor frente al portal tocaré

con mi tambor.

 

La imagen del portal siempre viene acompañada con la alegría y admiración de los más humildes, que caminan para saludar y ofrecer lo mejor que tienen al hijo de María, la virgen.

         Y este personaje, María, y su virginidad nos traen al último término: misterio, precisamente porque es un misterio, es decir, un hecho cuya razón de ser es incognoscible, que, siendo virgen, María sea madre. El misterio se circunscribe a la familia mínima: incluye solamente las figuras de Jesús bebé, a veces sin pesebre siquiera, María madre y José protector. Los protagonistas, los imprescindibles, los que forman la familia que hará de Jesús un hombre de fe en medio de su mundo y de su cultura. (Algunos artistas los han representado en una sola estatuilla, unidos en un abrazo.)

         Estoy segurísimo de que san Francisco no necesitó imágenes ni actores ni teatro para sostener su fe. Las palabras deben haber hecho la mayor parte del trabajo. El pueblo, sin embargo, siempre quiere imágenes, y posee una imaginación tan extensa que, a lo largo de estos ocho siglos, a ambos lados del Atlántico, y también más allá, dejando atrás Shanghái, ha mezclado los elementos del escenario que armó el Pobre de Asís aquella lejana noche del siglo XIII con otros momentos de la historia, ha añadido los que le han proporcionado los miles de contextos de cada lugar, e incluso ha creado nuevos nombres para todo aquel escenario. Sobre todo ha logrado con ello multiplicar su belleza y su rica y enriquecedora simbología.

         Total, que la Navidad también nos trae palabras. E imágenes que nos hablan. Y música que nos arrulla, como a Jesús. Ojalá que hoy nos traiga, además, armonía. Feliz Navidad.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIX / 24 de diciembre del 2023

EDICIÓN DE NOCHEBUENA

 



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lunes, 16 de enero de 2023

Qué fatalidad [CDVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

El profeta Jonás saliendo de la ballena (1600),
de Jan Brueghel el Joven

 

 

 

         Oigo en mi mente a mi madre diciendo: “¡Qué fatalidad!”, cada vez que se enteraba de algún hecho lamentable, vergonzoso e incluso ridículo. Y mil veces la he citado ahora que tengo edad para comprenderla. Sin embargo, la palabra fatal, el concepto de lo fatal, no fue creado para lamentar, para compadecerse ni para reírse de lo que pasa alrededor.

         El fatum, como lo llamaban los romanos —lo que los griegos llamaban heimarmene— se refería, por lo que leo, simplemente al destino, a lo que iba a pasar porque tenía que pasar, lo ineludible, el destino. Heimarmene, de hecho, significaba ‘lo que nos tocaba en suerte’. En ninguno de los dos casos era automática la interpretación mortífera que, de entrada, tiene la palabra en español y en la actualidad.

         ¿Qué nos hace pensar —o sentir— que lo fatal es intrínsecamente negativo, trágico, doloroso? Puede ser porque lo más fatal que existe, si es que existe, es la muerte, y la idea de la muerte es la más lejana a lo deseable que albergamos en nuestra mente. El fin, la ruptura que significa la muerte, es lo más funesto que podemos imaginar colectivamente. El fin, en general, el fin de cualquier cosa, especialmente si es algo que nos da placer, belleza o alegría, es fatal puesto que es inevitable que pase. Todas las cosas tienen fin.

         También hay que decir que fatum, del que deriva hado (que tampoco es esencialmente funesto, como demuestra la existencia de los adjetivos bienhadado, ‘afortunado’, y malhadado, ‘infeliz’) era en la antigüedad ‘lo dicho por un dios’. Los que han leído a Sófocles saben que lo que responde el oráculo a las consultas de los mortales se cumplirá, por más medidas que se tomen; no habrá argucia que pueda intentar el hombre para impedir que suceda. Y nadie lo sabe mejor que Layo, el padre del desgraciado Edipo... y el propio Edipo.

         En el cristianismo, gracias a Dios, no es así. El hombre puede torcer el rumbo de su “destino” al cambiar su conducta, para bien o para mal, pero no está acorralado por un dictamen inapelablemente desfavorable y... fatal. Pero la fatalidad se presenta en múltiples formas en la vida cotidiana y, me figuro yo, depende de las circunstancias y de la respuesta de cada quien. Usted comete un crimen, un día lo atraparán; usted come solamente comida rápida, un día se enfermará; usted engaña todo el tiempo a sus amigos, un día perderá su confianza.

         Cuando una persona, al llegar a casa después de un día complicado, exclama: “¡Hoy me fue fatal!”, no quiere decir que esa noche va a morir (ni, mucho menos, que ya murió a las 3:25 de la tarde), pero sí está creando una hipérbole en la que asocia las cosas que le han pasado con la temida idea de la muerte, de la muerte trágica, y, además, deja implícito que todo lo que le sucedió fue de veras, como la muerte, ineludible.

         Lo fatal, que, voy a repetir, puede parecernos lamentable, vergonzoso o ridículo, se ha inmiscuido en la lengua, como lo hace en la vida, para enseñarnos que todo tiene su principio y su fin. Lo que está fuera de eso, aun si se torna negativo o triste, tiene solución.

 

emalaver@gmail.com

 



Año X / N° CDVII / 16 de enero del 2023


sábado, 25 de diciembre de 2021

DECEMBRIS [CCCLXXIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Todo nacimiento es un nuevo comenzar.
Madona Tempi (1508), Rafael Sanzio

 

 

         Lo primero es disculparme con mis lectores de Ritos de Ilación porque en el mes de noviembre no publiqué la acostumbrada nota sobre del nombre del mes. Ya he explicado en meses anteriores que los nombres de los últimos cuatro meses del año son más bien aburridos. Casi no hay ninguna curiosidad de la cual pueda colgarse uno para comentarla como parte de la lengua. Siendo así, he seguido desde septiembre la sugerencia del director de hablar de cosas que normalmente suceden en cada uno de esos meses.

         En el mes de diciembre, a parte de la fundación de “la mil veces bendita Universidad Central de Venezuela” (Malaver dixit), tenemos el acontecimiento histórico más importante que puede recordarse: el nacimiento de Jesucristo. Sí, ya sabemos que en realidad Jesús no nació en diciembre, pero con toda la precisión que quisiéramos no lo sabemos, y la verdad es que no importa; pero la tradición que ha celebrado el acontecimiento el 25 de diciembre es tan larga que lo mejor que se puede hacer es dejar las cosas tal como están.

         En Roma se celebraba el 25 de diciembre la fiesta del Sol Invencible, probablemente la más importante del calendario de Julio César. Los cristianos, intentando disminuir la idolatría que suponía la adoración al dios Sol y a otros dioses romanos, decidieron celebrar la fiesta por el nacimiento del Hijo de Dios, el único dios verdadero, en la fecha del dios pagano. Esto sucedía en el siglo IV, y vistos el tiempo que ha pasado desde entonces y la costura con que está pegada a nuestra mente la celebración (para la cual, además, hubiera sido buena cualquier fecha), no vale la pena, a mi juicio, detenerse a discutir sobre el punto. (Que no es lo mismo que satisfacer el deseo de conocer aquella fecha. Hay voces autorizadas que hablan de los meses de verano del año 4 antes de Cristo... que parece una broma, pero es lo más aproximado y creíble que tenemos.)

         Por lo tanto, el mes de diciembre, que, para conservar la uniformidad con los textos anteriores de la serie, decíase DECEMBRIS en latín, es el sinónimo más presto a salir de nuestros labios cuando pensamos en fiesta. También es sinónimo de vacaciones, aunque en Venezuela sean las vacaciones cortas del año. Para otros, supongo yo que será una minoría, es sinónimo de recogimientos, de generosidad, de búsqueda de paz. Incluso en la larga tradición romana, la fiesta del 25 de diciembre era vista como la victoria del dios Sol sobre las tinieblas que parecían vencerlo cada día al llegar la noche. En la tradición cristiana, es Cristo, “la luz del mundo”, quien vence sobre la oscuridad de la muerte y da, así, comienzo a una nueva vida para los creyentes. Por eso tiene sentido la asignación de la fecha de hoy al nacimiento de nuestro humilde Jesús.

         ¿Ustedes no han visto? Todos hemos utilizado la expresión ¿cuándo no hay Pascua en diciembre? cuando queremos recriminarle a alguien que siempre, cíclicamente, hace lo mismo, y mal, por supuesto. Y un año es un ciclo ineludible. Pero la Pascua también es una ocasión para volver a empezar, para iniciar como niños, desde cero, una vida más responsable o menos estéril. Hay quienes lo van a dejar para la semana entrante, que también es diciembre. Es la ventaja que tiene ser el último mes del año (que lo era también en Roma, incluso cuando era el décimo y no el duodécimo), que puede marcar un cambio en algunas personas, ser recordado como un golpe de viento en las velas.

         Como cada diciembre, quiero desear a los lectores de Ritos de Ilación una Navidad con olor de flores y un 2022 feliz, lleno de momentos memorables.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXIII / 25 de diciembre del 2021

EDICIÓN DE NAVIDAD

 

 

 

 

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lunes, 31 de agosto de 2020

La manzana y la mujer [CCCXIV]

Luis Roberts

  

 

“La creación del hombre”, detalle de El jardín
de las delicias (1450), de Jerome Bosch
 
 



         He leído con delectación, como siempre, el último y divertido artículo de Ariadna Voulgaris, “La manzana de la discordia”. Como ando inmerso en lectura pandémica, ahora con el último de los libros del genio Yuval Harari, el artículo de Ariadna me impulsa a hacer ciertas reflexiones.

         En primer lugar, el rol de la pobre manzana que, para bien o para mal, aparece en todas las culturas antiguas. En este caso, como objeto de disputa de tres mujeres por su belleza, que pasaría a ser un símbolo de amor en la antigua Grecia. En el Renacimiento, la Iglesia Católica desaconsejó, o tachó de pecaminosa, a la pobre berenjena, al parecer por su forma, llamándola mela insana, o “manzana loca, o insana”, de donde viene su actual denominación italiana: melenzzana. También proscribió al pobre tomate por su color rojo, diabólico, y los marinos italianos se abastecían en el puerto de Tánger, al igual que los españoles, del tomate amarillo que llegaba de México, que llamaban pomma d’oro, o “manzana dorada”, de donde su actual nombre pomodoro; eso sin olvidar uno de los peores errores de traducción, uno más, de la Biblia, que nos persigue hasta hoy, el de la famosa manzana de Eva, pues en el original no se refiere a una manzana para nada.

         Pero volvamos al tema principal. Cuando el homo empieza a ser sapiens, en la revolución cognitiva, con el habla y la simbología como novedades, este se considera como formando parte del universo que le rodea: las plantas, las piedras, las aguas, los animales, etc., a quienes, por lo tanto, respeta como iguales, incluso en sus ritos de caza, pidiendo perdón al animal por matarlo, pues tenía que comer, como atestiguan variedad de pinturas del neolítico. Era una especie de “religión”, que aún perdura en algunas partes de África, y a la que se ha llamado “animismo”. Por los vientos que corren y el auge del ecologismo, como única manera de que el sapiens sobreviva, no sería extraño que este “animismo” se impusiera a las aburridas religiones monoteístas.

         Cuando el sapiens cazador-recolector desaparece con la revolución agrícola, hace 11.000 años, aparecen las religiones, todas politeístas, pues la simbología obliga a antropoformizar a los fenómenos naturales y a darles nombres, y todos, todas, absolutamente todas las deidades son femeninas, los primeros dioses fueron diosas, la agricultura crea la diosa tierra, la diosa madre. Maat en Egipto, Gaia o Gea en Grecia, Ishtar en Caldea, Babilonia, la Pachamama en los Andes y, sobre todo, Astarté, la Astoret de la Biblia. La sociedad es matriarcal, hasta que se descubre el papel del hombre en la procreación y empieza el dominio del hombre en la Tierra y en el Olimpo.

         Homero escribe la Ilíada, hacia el 800 antes de Cristo, cuando ya Zeus se había hecho el amo del Olimpo, y a las pobres diosas les habían dejado, las labores domésticas: “Tú ocúpate de la casa, de estar bella y de criar niños sanos”. El dios jefazo de los pueblos semíticos era ÉL, y en los textos más antiguos de la Biblia en hebreo se refieren a él como Elohim, en plural, los dioses. De ahí se deriva, Elah y Allah. Bien era verdad que el pueblo hebreo, nómada, peleón y fanático, según como le iba en las guerras o en las cosechas, se pasaba de Yaveh, o Adonai, a Baal, el becerro o toro, con una frecuencia pasmosa para la gran indignación y maldición de Yaveh y de sus cronistas bíblicos, a pesar de que ya tenían, desde el 1400 antes de Cristo, aproximadamente, el Deuteronomio, que decía que sólo adorasen a Adonai y se dejasen de monsergas, pero solo fue hasta el reinado de Josías, hacia el 622 antes de Cristo, que se impuso el monoteísmo como obligación sin marcha atrás y con ejemplares castigos divinos y humanos a quien lo incumpliese. Había nacido oficialmente el monoteísmo y con una carga machista absolutamente innegable, como destila toda la Torá, la Biblia, y que heredarían más tarde sus secuelas abrahamánícas: el cristianismo y el islam.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIV / 31 de agosto del 2020