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lunes, 5 de agosto de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (IV) [CDLXXII)

Edgardo Malaver Lárez



Las lenguas nuevas nacen con olor a verduras




También desaparece el artículo algunas veces cuando se refieren a personas: Ayer hablé con Padre Juan. La persona mencionada parece cambiar de estatus al adquirir una profesión, de modo que su título comienza a formar parte de su nombre: En la tarde atiende Doctor González. Es muy poco frecuente oír el artículo en este caso y su uso no luce señal de nivel educativo ni condición social.

Los venezolanos, por otro lado, en los últimos 30 años o más, probablemente por influencia de las telenovelas colombianas, han comenzados a “imitar” un uso que hasta entonces parecía ser exclusivo del español de Colombia. Antes del auge de estas telenovelas, no se oía decir en Venezuela ¿Será que me esperas un minuto? La estructura interrogativa ‘será que + oración’ se utilizaba solamente para expresar duda sobre un acontecimiento del cual uno no podía tener certeza de si había sucedido o no, como en ¿Será que María llegó temprano y se cansó de esperarme? En Colombia, sin embargo, esta fórmula es más bien una invitación, una proposición, un pedido. Un hablante venezolano, sin esta influencia, diría ¿Me esperas un minuto? Es una diferencia que parece significativa, pero hasta donde puede verse desde aquí, sucede en estos dos países, no más allá. Es decir, si el español de Colombia o el de Venezuela está destinado a convertirse en otro idioma, este será un rasgo característico de esa lengua... más probable en el caso colombiano. Pero ¿cómo saberlo ahora?

Hay mil ejemplos de pequeñísimas variaciones precisas, que, al estar repartidas entre tantos pueblos —porque la subdivisión regional, a veces incluso municipal, también influye—, siempre van a estar contenidas por el “centro gravitatorio” de la norma culta de cada país, que se aproxima mucho más al español general. Existen otras fuerzas que halan la lengua —a todas, no sólo a la española— hacia el centro y hacia la periferia, pero dada la configuración del mundo actual, en que las comunicaciones son tan instantáneas, es seguro que el español y todas las demás lenguas se tarden mucho más que el latín en fragmentarse y alejarse de tal manera de lo que son y han sido hasta este momento. Eso no detendrá de ningún modo la evolución, pero las condiciones han cambiado, el ecosistema lingüístico cuenta ahora con otros elementos y los depredadores y las presas de la actualidad tienen otra conciencia y otros parámetros para medir su entorno y sus posibilidades de acción.

Algo que hay que tener presente es que en realidad no hay, en este terreno, nada de qué preocuparse. No existe de verdad eso que tantos llaman integridad de la lengua. Las lenguas se defienden solas de los “embates” a que supuestamente son sometidas, o ceden ante ellos en la medida en que sus hablantes son o no seducidos por esta o aquella variación, por esta o aquella novedad, por esta o aquella forma (porque la lengua es una forma, no un fondo). Ni siquiera es que se defienden o que cedan: evolucionan, pero esa evolución responde a fuerzas que la definen en procesos que se toman siglos y siglos.

Si un día, llegado el siglo indicado, se produjera un quiebre en la unidad del español, lo más probable sería que alguna de las variantes, o más de una de ellas, y no el español americano todo, llegara a ser considerada una lengua nueva. El español de América Latina es un organismo demasiado extenso para avanzar con la unanimidad y la uniformidad requerida hacia el punto, lejanísimo, de transformarse en otra lengua cuyas reglas, cuya sintaxis, principalmente, sean otras. Si sucediera, falta tanto tiempo, que, de todas maneras, lo que se estaría llamando español antes de eso sería ya algo que no es lo que hablamos nosotros en este instante, tal como no parece serlo ahora la lengua en que escribió el autor del Mío Cid.

¿Que si el español de América Latina “corre peligro” y puede convertirse en “otro idioma”? Peligro no corre de ninguna manera porque la evolución es señal de salud, y otro idioma es todo idioma cada día que pasa, como los ríos bajo cada puente. De modo que si el español, y más precisamente el inmenso número de variantes del español que se habla América Latina, ha de convertirse en otro idioma, como una vez sucedió con el latín, será lo que tenía que suceder, será ésa la “lengua de los padres” para los futuros hablantes y, por más que se lo intente, nadie podrá hacer nada para evitarlo.


emalavergmail.com




Año XII / N° CDLXXIV / 5 de agosto del 2024

lunes, 29 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (III) [CDLXXI]

Edgardo Malaver Lárez



No siendo H.G. Wells, es difícil averiguarlo




Por ejemplo, es conocida esa característica del español de Argentina y de otros países cercanos de expresar en pretérito las acciones que han sucedido hace poco pero que podrían repetirse, que en otros lugares se expresan con el tiempo compuesto: todavía no comí en lugar de todavía no he comido. Dado que el tiempo compuesto expresa normalmente que una acción ha sucedido en el pasado, pero es posible (o seguro) que vuelva a suceder en el futuro, mientras que el pretérito señala que una acción sucedió una vez (o muchas) en el pasado pero ha quedado cerrada la posibilidad de que se repita, en algunos lugares del español se oye el ruido de bisagra oxidada cada vez que, a las ocho de la mañana, los amigos del sur afirman, por ejemplo, Aún no desayuné. ¿No será posible ya que desayune a las nueve y veinte o a un cuarto para las diez? El tiempo compuesto no he comido respondería esa pregunta sin que la formuláramos siquiera.

En México existe un curioso uso de la conjunción hasta, que ha comenzado, hace poco, a influir en el resto de la lengua del continente y que lleva a los hablantes no mexicanos decir unos cuantos absurdos al día. Es común ahora construir oraciones que normalmente parecen indicar, según la semántica de algunos verbos, lo contrario a lo que se desea decir, como, por ejemplo, El médico llega hasta pasado mañana. Llegar es un verbo que indica una acción puntual, es decir, una vez que uno llega a un lugar, ya llegó, no sigue llegando minutos después o durante un día y medio o una semana. De modo que lo naturalmente español en este caso sería El médico llega pasado mañana. En la otra opción, el médico se demora lo que falta para pasado mañana haciendo algo que normalmente es instantáneo: llegar.

En castellano regular, si se deseara enfatizar el tiempo que falta para que suceda el acto, la oración habría sido más bien El médico no llega hasta pasado mañana. En ese sentido, el hablante mexicano dice en realidad lo contrario de lo que desea decir. Sin embargo, cuando uno oye a un mexicano decir algo así, comprende inmediatamente. El problema aparece cuando el hablante es de otra nacionalidad: uno se pregunta qué querrá decir. Seguramente no será así en el futuro, pero es absolutamente imposible, no siendo H.G. Wells, averiguar ahora cuándo va a suceder, y, más que eso, si este rasgo sobrevivirá en caso de que el español de México se convierte en otro idioma. También es posible que aparezca otra estructura que reemplace a ésta y subsista.

En Perú, por cierto, existen diversas peculiaridades, pero una que salta a la vista (o al oído) es la omisión de la preposición a en algunas construcciones referentes al tiempo. Por ejemplo, un peruano puede pasar su vida entera diciendo, sin percatarse de esta omisión, Yo siempre llego de mi trabajo siete y media, pero los sábados llego cuatro o cinco. ¿Qué ha pasado con la preposición? En la lengua hablada luce como un intento de enfatizar la precisión con la que se habla del tiempo o el poco o mucho tiempo que se tarda un evento en ocurrir.

Los peruanos también hacen, unánimemente, elisión del artículo definido en ciertos nombres de lugar, sobre todo de calles y avenidas. En Lima, al menos, nadie dirá nunca Este autobús me deja en la Arequipa. Sin temor al riesgo de que se interprete que hace un largo viaje a otra ciudad, siempre eludirá el uso del artículo, y todos sabrán que ese hablante va apenas a la avenida Arequipa.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXI / 29 de julio del 2024


lunes, 22 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (II) [CDLXX]

Edgardo Malaver Lárez



Codex Aemilianensis, datado en el 994



Y cualquiera diría que esos cambios suceden en la informalidad de la lengua hablada cotidiana, en la calle, en el mercado, entre los niños, entre las personas que han tenido menos educación. Ciertamente. Si uno va a conversar con el ministro de Cultura de Costa Rica, es muy poco probable que le atrape un verbo mal conjugado; si uno se tropieza por ahí con un profesor de filosofía de la Universidad de Chile, sería extraño que hable con dequeísmo; pero así es como ha funcionado este negocio desde que Eva se acercó a Adán con aquella oferta que todos recordamos. Es precisamente en el mercado, en el barrio bullanguero, en la fiesta desordenada del pueblo reunido con el pueblo donde se cuecen las lenguas, donde hierven los cambios que serán la norma más aceptada y apreciada en el futuro. Es en la boca de los niños, que de camino de la escuela a la casa se atreven a decir lo que sus padres y maestros no les permiten, donde nacen las interjecciones, las formulas de tratamiento, las nuevas palabras del diccionario de dos y tres décadas más tarde. Pasados dos o tres siglos, a todos les parece que esas son las palabras que no se pueden violentar y que la juventud malhablada de ese momento está deformando la lengua que han recibido de sus padres (los malhablados del pasado, lo sabemos). La generación de Aristóteles se quejaba de lo mismo.

El latín no se convirtió en español, por ejemplo, porque en Hispania comenzaran a decir oculus en lugar de ophthalmos, caballus en lugar de equus, jocare en lugar de ludere. Sin duda, esa era una señal de lo que estaba pasando más adentro, pero la evolución esencial de una lengua hacia la otra ocurrió cuando los hispanos comenzaron a cambiar el orden de los elementos de la oración latina, a conjugar los verbos de manera diferente, a vincular mediante otras fórmulas las palabras de su discurso, a “torcer” la estructura que ofrecía el latín, la relación entre las palabras, y esa conducta les ofreció una mayor precisión, una mayor claridad, una mejor comunicación entre los miembros de la comunidad. Generación tras generación, los nuevos modos de expresión —que, sí, son siempre adoptados primero por los más jóvenes— fue fortaleciéndose, fue quedándose en la mente colectiva como las formas más adecuadas, más sencillas, más “correctas”, y fueron heredadas por la generación siguiente. Separados por una mayor distancia de las que existen hoy por causa de la mayor lentitud de las comunicaciones, fue apareciendo en Hispania un código que pocos en Roma reconocían. Pero no es razonable pensar que ese “español” que apareció entonces, hace mil años, es el que hablamos ahora. El español que hablamos ahora también es el resultado de una evolución, y lo más interesante de eso es que sigue y seguirá evolucionando hasta que, de tanto evolucionar, quién sabe, se convierta en otra cosa.

¿Existe, entonces, alguna señal en el español de América Latina que nos haga pensar que, aunque sea incipientemente, se esté convirtiendo en otra lengua? Quizá sea demasiado pronto para afirmarlo, pero, más allá de la mera sinonimia que siempre se menciona —en Colombia llaman suéter a lo que en España llaman chándal—, tendrían que aparecer cambios sintácticos, que tendrían que llevar, después de mucho tiempo, a la incomprensión total entre comunidades nacionales, para que pudiera llegarse a esa conclusión. ¿Se oyó eso? Comunidades nacionales enteras que difícilmente pudieran adivinar lo que les dicen sus vecinos de más allá del río. Esto, como reside en el corazón mismo de la lengua, es mucho más complejo que el simple cambio de un conjunto de sonidos por otro para llamar a un animal, una parte de una casa, un aparato.


(Seguimos la próxima semana.)


emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXX / 22 de julio del 2024

lunes, 15 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (I) [CDLXIX]

Edgardo Malaver Lárez



Hace ocho años una amiga que era editora en una página web me sugirió escribir un artículo breve, una reseña, una entrada de blog para aquella página. Me sugirió también el tema, que es el que ustedes ven en el título, y yo pasé varios días dándole vueltas en la cabeza a la idea, pero algo debe haberme ocupado lo suficiente para que el artículo se pusiera a escribirse solo en mi mente durante... ¡tres años! Pasado ese tiempo, como no soportaba la vergüenza, lo escribí y se lo envié, junto con mis súplicas para que me perdonara semejante demora. Resultó que era demasiado largo y finalmente no se publicó. Varias veces he pensado que podría aparecer en Ritos de Ilación, pero... ¡también es demasiado largo para Ritos! Sin embargo, en vista de la cercanía de las vacaciones, me decidí a adelantárselas al rigor académico y he convencido a todos de dividir el texto en cuatro partes y publicarlo a partir de hoy hasta el 5 de agosto. De modo que aquí voy con mi intento de respuesta a esta pregunta, que probablemente se hacían en Roma cuando oían hablar a los ciudadanos que venían de Galia, de Hispania e incluso de Dalmacia.


El abanico también vino de España, ¡y cómo ha evolucionado!




Lo más habitual en un artículo que trate sobre el español que se habla en América Latina —y con semejante título— es que el autor presente un inventario, ridículamente breve siempre, de palabras, conceptos y objetos que se nombran de diferentes formas en diferentes países. Estos autores parecen pensar que todos, sin movernos de casa, gracias a ellos, vamos a conocer a fondo las variedades de una lengua que ya se hablaba hace mas de mil años y que sirve hoy de código de comunicación al menos a 40 países, lo cual representa más de 560 millones de personas. Existen también los que se concentran en la vana empresa de identificar el país de América Latina donde se habla “el mejor español”, como si tal cosa existiera o fuera posible definir un criterio razonable para medirlo. Y, además, están los autores que se sienten atormentados por el fantasma de la perniciosa invasión lingüística extranjera que amenaza la intangible soberanía de la lengua que trajeron los conquistadores (es decir, la lengua que heredamos de unos tatarabuelos invasores).

Yo nací y crecí en un pueblo pequeño de un estado minúsculo de Venezuela —ocupa el antepenúltimo lugar entre sus 25 entidades federales ordenadas según el tamaño de sus territorios—, y ese estado, Nueva Esparta, es, además, un conjunto de tres islas, una de ellas inhabitada. Sin embargo, ya de pequeño, me llamaba la atención que rodando unos diez minutos hacia el sudeste era perceptible una buena diferencia con respecto a la manera de hablar de la gente. Por supuesto, lo más llamativo para mí no era que en el otro pueblo llamaran las cosas por otro nombre, que sucedía, sino que ahí la voz de la gente tenía otra música. Muy parecida a la de mi familia, pero perceptiblemente diferente, para ser un lugar tan cercano.

Las diferencias terminológicas me saltaban a la cara cuando nos visitaban mis primas del estado Zulia, que está en el otro extremo del país. Nos divertíamos de lo lindo señalando las cosas y preguntándonos unos a otros los nombres que les dábamos a todo en nuestros respectivos estados. El universo material recibía nuevos nombres, con lo cual renacía y tomaba nuevas formas, a partir de la iluminación milagrosa del contacto lingüístico. El mundo se enriquecía porque esas diferencias no lo hacían menos comprensible sino más amplio, más bello y más atractivo. El ventilador era para mis primas el abanico, el coleto era el lampazo, un polo era un helado; pero siempre las diferencias en las formas de hablar eran más notorias, verdaderamente más notorias, que las de vocabulario. La melodía que nos percibíamos mutuamente era ineludible debido a la distancia geográfica.

Y si uno viaja más lejos, pasa lo mismo: en Perú llamarán vereda a la acera, en Argentina llamarán colectivo al autobús y en México llamarán mensos a los tontos. Y no tengo que explicarle a nadie que la musicalidad de sus voces varía de una manera que nos tiene fascinados a todos desde que el mundo es mundo. Es decir, las diferencias léxicas y fonológicas no tendrían que llamar tanto nuestra atención porque son lo más cotidiano que hay en cualquier lugar donde los seres humanos se comuniquen mediante la lengua. Todos los días un perro muerde a un hombre, y eso no es noticia. Lo que sí llama a atención, al menos la mía, es que en algunos de estos lugares observo microscópicos cambios sintácticos. Estos sí son el hombre que muerde al perro.


(Seguimos la próxima semana.)


emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXIX / 15 de julio del 2024

lunes, 27 de mayo de 2024

¡Ay, foj...! [CDLXII]

Edgardo Malaver



¡Foj...! ¿Fuiste tú, Dinamarca? Richard Burton como Hamlet 
en 1954. Foto: Getty Images



¿A ustedes no les huele mal? ¿Qué dicen cuando sienten un mal olor? ¿Qué exclaman si es muy fuerte o si aparece repentinamente? Existe toda clase de metáforas para ese momento, la creatividad lingüística de la gente no cesa, y aumenta cuando se trata, por ejemplo, de las imágenes escatológicas, pero existe una expresión, sorprendentemente sencilla, para el desagrado que revela y retrata ese desagrado con fidelidad y que se mantiene en algunas zonas del mundo de habla española. Es una sola sílaba, pero qué expresiva y delatora es cada vez que sale de nuestros labios fruncidos y narices arrugadas por un mal olor. Aunque ahora sé que tiene variantes, yo creí oyendo exclamar, en casa y fuera de ella, ¡Fos!, ¿a ustedes no les huele mal?

En realidad, la pronunciación más precisa sería foj, como dice el título, pero tocaba ser un tanto formal en el primer párrafo. Y quizá sería esta la pronunciación, digamos, intermedia entre otras dos que aparentemente representan, como veremos más adelante, dos extremos de “fineza”. Hasta ahora he encontrado, en la lengua hablada y en la bibliografía, las formas fo y fos. Esta última es la que con frecuencia adopta una forma más “popular”, que es foj.

Buscando bibliografía para el artículo de esta semana, me sorprendió que la primera fuente a la que acudí para estudiar la palabra fos, el diccionario de la Academia, no la tuviera. Fue la primera campana que me insinuó que podía ser un venezolanismo. La Academia tiene solamente fo, y ciertamente pone que es un venezolanismo, aunque sea hasta cierto punto: 


fo, 1. interj. U. para expresar asco. 2. interj. coloq. Ven. U. para indicar desaprobación o rechazo. hacer fo, o el fo, a alguien, 1. locs. verbs. coloqs. Col., Cuba, R. Dom. y Ven. Tratarlo con indiferencia o con desaire, no prestarle la debida atención.


Mis amigos caraqueños se están diciendo en este momento, mientras leen, que así es como se debe decir. Yo soy de allende el mar y me pregunto cómo Cuba y República Dominicana están mezcladas aquí con países continentales. Así que sigo buscando y, a pesar de la falta de pistas de cualquier tipo del diccionario, me tropiezo con el “Tesoro de los diccionarios de la lengua española” que ofrece la propia página de la Real Academia. Dentro de ese acertadamente llamado “Tesoro”, se me presenta el Diccionario histórico del español de Canarias. Y siento que entre insulares nos vamos a entender mejor. Dice el DHEC, entre todo lo que dice:


fo(s), foj. interj. Indica asco cuando se percibe mal olor.


Entre los muchos autores que menciona y que registraron la interjección está Benito Pérez Galdós, que lo escribe fos, y Fernán Caballero, que lo dice sin ese. Pero nada como el testimonio de los hermanos Luis y Agustín Millares en su obra Léxico de Gran Canaria, de 1924:


Fó! Magnífica interjección, importada de Cuba por nuestros indianos. Bonafoux asegura que es de uso frecuente entre los negros de Puerto Rico. No hay canario que, al percibir un olor desagradable, sobre todo de humana procedencia, deje de protestar con la típica interjección isleña ¡Fo! Las personas finas le añaden una ese; algunas dos eses: ─¡Fos! ¡Foss!


¡Caramba, la gente fina! Entonces, el foj que he pronunciado toda la vida es coloquial. Claro que sí lo es. No es una palabra muy delicada ni musical: pero yo hablo del español de América, y este diccionario, del de España. Y han pasado 100 años del comentario de los Millares. Las “personas finas” de este lado del océano en la actualidad no deben tener, digo yo, los mismos escrúpulos lingüísticos de las de aquel entonces en Canarias.

El diccionario también dice que fo, o cualquiera de sus variantes, se usa en Andalucía. Y agrega que podría ser un derivado de las interjecciones plenamente castellanas ¡pu!, ¡puf! o ¡uf!, dejando implícito que estas tienen la misma connotación de asco.

Yo tengo una tía, cuya frase más frecuente es A fulana todo le hiede y nada le huele. (Ya saben ustedes que hay quienes, siendo bien populares, dirían jiede.) Buena condensación para describir a aquellos que parecen tener un radar de lo que se está descomponiendo... o ya está descompuesto. La lengua es habilísima para dejar esos rasgos al descubierto, sólo hay que estar atento, y a veces ni siquiera eso. Quizá una primera señal, quizá la más clara, es que a diestra y siniestra dicen: “¡Foj...! ¿A ustedes no les huele mal?”. Y eso puede significar que todo les molesta, nada los complace. Y puede ser gente que huele muy bien.

La verdad es que la interjección fo y sus variantes, en apariencia tan poco visibles, en apariencia tan insignificantes, en apariencia tan repelente, resulta ser muy atractiva y está rebosante de información pragmática, rasgo que normalmente no se les atribuye a las interjecciones. Sí, la lengua revela más con las palabras más breves.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXII / 27 de mayo del 2024


lunes, 4 de marzo de 2024

El mexicano nuestro de cada día [CDL]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Dolores del Río y Pedro Armendáriz como María Candelaria
y Lorenzo Rafael, en 1943

 

 

 

         ¿Qué oye uno decir a todos los niños que este año están en primaria, cuando se sorprenden por cualquier cosa? “¡No manches, güey!”, exclaman todo como si les pisaran una tecla. ¿Qué les brota de los labios si se tropiezan con algo que no entienden o que no han visto antes? “¡¿Qué fue, mano?!”. ¿Qué se les escapa cuando quieren escuchar la verdad y nada más que la verdad? “¡La neta!”. A uno no le hace falta haber visto ni una sola película de Cantinflas, ni un solo capítulo de El Chavo del 8 ni una hora del Carrusel de la señorita Jimena, para adivinar que estas y otras expresiones provienen de México lindo y querido.

         No es nuevo. Cuando yo estaba en primaria algunos niños de mi escuela (y supongo que yo mismo) decían de vez en cuando, para bromear (porque así comienza esto, bromeando): “A poco no tienes miedo de que la maestra te descubra la chuleta en el examen?”. Y teníamos una vecina, que había llegado a mi familia una generación antes que yo, que, por influencia de Pedro Infante y de Sara García, ya decía a cada rato: “¡Híjole, mi cuate, qué padre!” cuando mi abuela le servía algún postre muy rico. No es nuevo, pero el mundo ha cambiado varias veces de forma y contenido desde que Dolores del Río y Pedro Armendáriz protagonizaron María Candelaria. Ahora no son algunas personas aquí y tres o cuatro allá que se acuerdan de estas expresiones a tiempo para utilizarlas en su discurso cotidiano. Ahora son casi todos los niños —¡los niños!— los que hablan tan mexicanamente como  si estuvieran creciendo en Tijuana o en Jalisco. Es decir, para ellos esas palabras y expresiones pertenecen a su lengua materna. Las utilizarán toda su vida y se las enseñarán a sus hijos.

         Está claro que el inmenso poder de difusión que tuvo la época dorada del cine mexicano, que influyó en el castellano de la América en que la generación de mi abuela comenzó a ir al cine, a tener sus legendarios “ídolos” de la juventud, a querer parecerse a ellos, y, después, la inmensa influencia de la televisión de El Chavo, La carabina de Ambrosio y Marimar, ha sido superada por el poder, aún no completamente revelado ni comprendido por todos, de monstruos como YouTube y TikTok —o más bien de los youtubers y los tiktokers.

         Y por obra y gracia de algún artilugio incomprensible, de alguna magia cibernética, la inmensa población que “hace” televisión por el torrente de canales que ahora ofrece Internet ha desembocado en la idea de que tiene que hablar como los mexicanos. Quién sabe si se deba que durante décadas y décadas todos los productos audiovisuales que nos llegaban de otros idiomas venían cernidos por el doblaje con acento mexicano. Sí, el que todos se empeñan en llamar “español neutro”, pero que nunca suena argentino ni colombiano, sino mexicano.

         Entonces, si usted vive en un país de habla española, pero no tiene hijos, pídale a un hermano, a una prima, a un amigo que lo invite un día a la escuela de un hijo de ellos a recogerlo al final de las clases. Y con tan sólo estar un rato en la puerta de la escuela —porque si el portero es responsable en la aplicación de las normas, a usted no lo dejará entrar—, será suficiente para comenzar a recolectar las nuevas expresiones que se usarán dentro de 30 o 40 años en su país y que todo el mundo defenderá como las más normales de la variante que habla usted ahora. Y ya verá que serán casi todas mexicanas. Mejor será que las aprenda.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXLX / 4 de marzo del 2024

 

 

 

lunes, 10 de octubre de 2022

¡Stop! [CCCXCVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Quién tuviera lápiz y papel para jugar stop, ¿verdad?
Los hijos de los barrios (1967), de César Rengifo

 

 

         Hoy, viernes, llega mi niña de la escuela, entusiasmada con un juego nuevo que ha conocido en el recreo. Dice que se llama tutti frutti, pero, apenas comienza a explicarme cómo se juega, adivino que se trata de nuestro recordado stop de los viejos tiempos. Y, después de almorzar, jugamos varias partidas. Es entonces cuando comienza la verdadera diversión, gracias a las trampas que hacemos los dos: ella preguntándonos a su mamá y a mí en voz baja algunas respuestas y yo saboteándoles el juego a las dos... porque no hay mejor modo de jugar stop que saboteándolo.

         ¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreven a decir que no hay que sabotear el juego?! ¿Cuántas partidas son capaces de jugar ustedes respondiendo solamente, guiados por el impoluto rigor alfabético y ortográfico, nombre con A, Andrés; apellido con F, Fernández; ciudad con M, Maturín, etc.? Eso puede funcionar e inyectarle a uno algo de adrenalina durante tres o cuatro partidas, pero a partir de entonces se acaba el combustible.

         El stop no es divertido si uno no hace trampa, y hay que entender trampa como picardía, como buen humor, como imaginación para tratar de demostrar que una respuesta es correcta, a pesar de que tengan todos claro que no lo es. También requiere que los demás se den cuenta de que lo que uno quiere es bromear, jugar por encima del juego. Por ejemplo, después de cantar ¡Stop!, el que está de turno pregunta: “¿Fruta con E?” (acaso lo más difícil de encontrar en la historia mundial del stop), y primos, tías y amigos responderán: “Ay, no se me ocurrió ninguna”, y usted, que se ha guardado para responder de último, lanza: “¡El tamarindo! ¡Gané!”. La persona más seria del mundo se va a reír, y ganamos todos. Preguntan: “¿Lugar con E?”, y su hermana mayor dice: “Ecuador”, y su tío: “Escocia”, y su amigo José: “¡El Tigre, estado Anzoátegui!”, y usted: “En un lugar de la Mancha...”, y eso ya termina de romper la bicicleta. Es decir, los que se quieran molestar se van a ir y los que quieran sumarse a la risa, van a comenzar a modificar sus respuestas para causar carcajadas. Y si alguno decide permanecer en el juego, sus protestas van a divertir a todos... y a él mismo.

         En la partida de hoy cuando tocó poner un país con H, yo puse Olanda, y mi niña no me la quería aceptar argumentando que ese nombre comenzaba con H. Yo, honestamente, no había oído nombrar esa letra antes en toda mi vida. Tampoco quería aceptar “Gordo” como animal con P. Yo le conté que una vez había conocido a alguien que tenía una mascota que se llamaba Gordo, y la mascota era un perro, y perro comienza con P. ¿No vale?, ¡¿por qué?!

         Haciéndome el loco con respecto a vuestra respuesta, voy a comentarles que fuera de Colombia, Venezuela, Puerto Rico, República Dominicana, Nicaragua y Costa Rica (o sea, la mitad del Caribe), no se utiliza el término stop para este juego que, por lo que leo, nació en Alemania en el siglo XIX. Un poco más allá, en México y Guatemala, por la información que me susurran, se popularizó como ya basta. Más acá, en Chile —a menos que alguno de mis conciudadanos venezolanos me corrija—, lo llaman pare el carrito, autopéncil, cancelado y... ¡bachillerato!, ¡como en francés! Los ecuatorianos pueden llamarlo chantón o párame la mano. En Perú, como ya oyeron, lo llaman tutti frutti, pero también lo hacen en Uruguay, Paraguay y Argentina. Es el único caso en que no logro comprender el porqué del nombre. Ah, en España le dicen alto el lápiz...

         ...Que es lo que voy a hacer ahora mismo, detener el lápiz, porque así es el stop, de un instante a otro, alguien grita: “¡Stop…!”, y se acabó.


(30 de septiembre del 2022)

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCVI / 10 de octubre del 2022


 

 

 Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 11 de octubre de 2021

OCTOBRIS, October, 12 de octubre [CCCLXIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

Como buena enredadera, el español
sigue creciendo en América

 

 

 

         Lo primero que he de decir sobre la etimología del nombre del presente mes es que, según la fuente que uno consulte, o es muy aburrida (como la de otros meses de los que hemos hablado este año) o demasiado complicada. En unas dice, escuetamente, que es derivación de OCTOBER, ‘octavo mes’ en latín; pero otras enrevesan la cosa de tal manera que uno pierde el hilo (y, como saben, la tradición no me permite ese lujo). Además, desde el mes de FEBRVARIVS estoy esperando para hablar de OCTOBRIS, porque es una palabra que me atrae y resulta que es la menos frecuente en la bibliografía. Así que este mes, no vamos a entretenernos con la etimología.

         ¿Qué se celebra en octubre que tenga que ver con la lengua española? Pues, lo único que encontré en mi calendario de mesita de noche fue el Día de la Raza... oh, perdón, el Descubrimiento de América... ¿Tampoco? Llamémoslo entonces Día de la Lengua Española en América. El 12 de octubre de 1492 sucedió un hecho que habría de salvar a España de aquella mala idea de Isabel la Católica de expulsar a los árabes y los judíos de su territorio (a menos que quisieran convertirse al cristianismo). Error porque esa medida cortó con sus propias tijeras un flujo de dinero que mantenía al reino a flote. Y ya saben ustedes de la adicción de los reyes al dinero. (Perdón, no logro derrotar mi tendencia a la generalización.)

         Ese mismo año, unos meses después, un italiano que había logrado el apoyo de la reina llegó a las costas de América y declaró aquellas tierras (que él no sabía que eran tan grandes como son) propiedad del Estado español. Y con esto, sembró en ese suelo una enredadera que se expandiría por todo el continente (y como buena enredadera, sigue creciendo hoy). El idioma de Castilla, de la reina y del pueblo, se apropió de los territorios de América del Norte (eso fue después que ahí se habló inglés, pero, otra vez, ahora cada día se habla más español), de América Central (hasta en Belice se habla español), de América del Sur (toda la costa caribe, la pacífica y la mitad de la atlántica) y de la América antillana (tres de las cuatro islas más grandes hablan español).

         Mañana en la tarde, cuando los que viven cerca de la playa oigan a un loco gritando “¡Tierra, tierra!”, sepan que es la primera palabra castellana que oímos de aquel lado del mundo y hagan espacio en sus muelles para tres barquitos con nombres de mujer. Ah, y simulen, al recibir al capitán, que hablan latín, para que esta vez no crea el pobre que ha llegado a Japón.

         Mañana, para contradecir a un mar océano de gente inconforme, sí habrá algo que celebrar. Mañana vamos a celebrar la llegada del idioma español a la tierra donde mejor se alimentaría y donde fructificaría más allá de lo imaginable.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXIX / 11 de octubre del 2021

 

 

 

 

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SEPTEMBRIS

AVGVSTVS

IVNIVS

Este mayo de oro

APRILIS

lunes, 12 de abril de 2021

Una palabra de ida y vuelta [CCCLII]

Luis Roberts

 

 

 

Helio Pedregal interpreta en la serie Carlos, rey emperador (RTVE)
al elegantísimo Señor de Chièvres

 

 

         Hoy quiero compartir con ustedes la historia de una palabra, una historia que estoy seguro de que les sorprenderá, como me ha sorprendido a mí. Es la historia de una palabra de ida y vuelta. Ya verán por qué.

         A la muerte de Fernando de Aragón, el futuro emperador Carlos se embarca en Gante y llega a España el 17 de septiembre de 1517 para hacerse cargo de sus dominios. Al frente de su séquito, compuesto únicamente por flamencos y borgoñones, se encontraba Guillermo de Croy, señor de Chièvres (Bélgica), a quien el emperador Maximiliano, abuelo de Carlos, le había nombrado su tutor a la edad de nueve años. Carlos llega a España con 17 años. El señor de Chièvres, como toda su corte flamenca, fue recibido con muchas reticencias e incluso hostilidades, por la corte castellana. Razones no les faltaban pues una de las primeras cosas que hizo fue nombrar a su sobrino de 20 años, también Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo.

         Sin embargo, el señor de Chièvres también tuvo sus admiradores y aduladores, pues en una corte sobria hasta el aburrimiento como la castellana, en la que el color protocolario era el negro, Monsieur de Chièvres, traía con él una buena y colorida colección de los paños y telas de Flandes. Pronto se pasó de los comentarios críticos a algunos de los más vanguardistas que se propusieron vestirse como él, dando rienda suelta a los colores y esa moda pronto tuvo un adjetivo y un sustantivo: ir a la Chièvres, estar como Chièvres o, sencillamente, estar Chièvres. Tanto sustantivos como adjetivos equivalían a bello, colorido, moderno, bueno, etc. Ahora, a los que hablan francés les pido que se olviden de la correcta pronunciación, y lo digan como un castellano del siglo XVI, o del siglo XXI, da lo mismo. Con la s muda nos quedamos con chievre un paso, muy corto, más, y nos topamos con chévere. Y llegamos adonde queríamos llegar: el origen de la palabra chévere. El señor de Chièvres murió y su rastro desapareció de España así como la palabra chévere, que, sin embargo, arraigó con fuerza en el Caribe, cada vez con más acepciones y todas positivas.

         Pero ¿por qué digo al principio que es una palabra de ida y vuelta? Pues porque gracias a los culebrones venezolanos, hoy la palabra chévere se ha incorporado al léxico de muchos españoles peninsulares. Cosas veredes, Sancho.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 


Año IX / N° CCCLII / 12 de abril del 2021

 

 

 

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