Mostrando las entradas con la etiqueta Libro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Libro. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de abril de 2025

Jorge y san Jorge [DX]

Edgardo Malaver


San Jorge y el dragón (1605), de Rubens




Ya tenemos 30 años celebrando formalmente la fiesta del Día del Libro y del Idioma, por lo menos en el mundo de habla española. En Barcelona, aunque la tradición tiene muchos más años, en este momento hay una fiesta inmensa que parte y desemboca en el libro, en la escritura, en la lengua. Y en Bogotá, en Santiago, en Guadalajara y en esta mesa en que estoy sentado yo, miles y miles de personas estamos emocionados porque el mundo entero tiene puestos ojos jubilosos en un objeto antiguo que nos ilusiona tener entre manos y que ha vertido, desde que existe, horas y horas de placer, belleza y conocimiento en nuestro espíritu, es decir, y es lo más importante, nos ha hecho más humanos.
También hay en este momento, sin embargo, en el mundo cristiano —y un poco más allá—, un velatorio. Ha muerto hace dos días el papa Francisco, venido de ese mundo de habla española donde hoy estamos de fiesta. Oímos las noticias de las lecturas públicas de Don Quijote —en Inglaterra leerán Romeo y Julieta, imagino—, pero al mismo tiempo oímos las noticias de los peregrinos que en este instante, en Roma, están saludando con tristeza y por última vez a un hombre que hace doce años salió de su casa en Buenos Aires para asistir a una reunión de trabajo porque acababa de renunciar su jefe, y no volvió nunca más, porque lo eligieron a él como sucesor. Lo pusieron de repente al frente de la organización transnacional más grande y más antigua del mundo.
Y este hombre se llamaba Jorge.
También se llamaba Jorge el santo por el que, al menos en España, arman tanto alboroto todos los años en esta fecha. Este otro Jorge era un soldado romano nacido, como Jesucristo, en Palestina en el año 275, aproximadamente, que encarna, según la literatura hagiográfica, las virtudes que sostienen al cristiano “en su lucha cotidiana contra el maligno”. La tradición enseña que Jorge, convertido ya a la fe cristiana y dueño ya de una buena reputación en el ejército del Imperio Romano, llegó un día a una pequeña ciudad donde los habitantes vivían atemorizados por “un gigantesco lagarto” (¿un cocodrilo particularmente grande, quizá?) que había devorado a varias personas. Jorge decidió enfrentarlo y, siguiendo el ejemplo de Jesús, inició su cacería del animal arrodillándose para orar. El enfrentamiento dio la victoria al soldado, con lo cual atrajo a muchos habitantes del lugar a la conversión, y esta, la persecución hacia sí.
Otras versiones más entretenidas de la leyenda cuentan que fue por el amor de “una hermosa doncella” que Jorge se enfrentó a “un dragón” (¿un cocodrilo más grande?, ¿más de uno?). En el sitio en que cayó la sangre del dragón nació un rosal, detalle que dio lugar a que este símbolo acompañe las celebraciones en Cataluña y a que el santo-guerrero sea bien visto por los enamorados catalanes.
No puedo ser yo el primero que repara en que las semejanzas que pueden descubrirse entre estos dos Jorges no se limitan al nombre que los dos llevan. San Jorge, que es el que pertenece a la esfera del mito, es el que puede tomarse de modelo. En primer lugar, el santo se hizo célebre en tierras lejanas a la suya, tal como ha sucedido con el papa. Además, como defensor de la fe, Francisco comparte con Jorge la lucha contra las fuerzas que, en el siglo IV y en el XXI, niegan a los creyentes el derecho de escoger en quién poner su confianza. En tercer lugar, los dos parecen confiar en la oración como arma, incluso más poderosa que la espada, para los combates de la vida. El sacerdote no llevaba armadura como llevaba el soldado, pero igualmente está claro que los dos soportaban los golpes como los héroes. San Jorge fue conminado a violar la ley de Dios al final de su vida —fue ejecutado por no acceder a hacerlo—, mientras que Bergoglio estuvo contra la pared en ese sentido durante la dictadora argentina en su juventud.
En suma, ni siquiera ahora es el recién fallecido pontífice extraño al ánimo que mueve hoy a tanta gente que ama los libros y la lectura. Siguiendo sin proponérselo el ejemplo de Juan Pablo, que fue actor y dramaturgo en sus años mozos, y de Benedicto, que siempre fue filósofo, Francisco tenía conducta de poeta y, de hecho, siempre estaba citando poetas y narradores, y no solamente a san Agustín y san Ignacio de Loyola, que sería natural en un sacerdote, sino también a Borges, a García Lorca, a Dostoievski, a Dante, a Virgilio. Acabo de enterarme de que en los años 60 el padre Bergoglio fue profesor de literatura, e incluso llegó a invitar y recibir en su salón de clases al autor de Ficciones. El año pasado, el Instituto Cervantes anunció desde la oficina vaticana de Francisco que en el 2025 publicaría el intercambio epistolar entre los dos célebres argentinos.
Luctuoso y alegre a la vez, este vigésimo quinto Día del Libro y del Idioma del siglo XXI, como si hubiera sido coreografiado por una mente creadora superior, ha quedado marcado por la memoria clásica y mitológica y por el legado espiritual y humanista de un Jorge santo y un papa Jorge.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DX / 23 de abril del 2025
EDICIÓN DEL DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA



lunes, 28 de octubre de 2024

Cada quien con su síndrome (II) [CDLXXXIV]

Edgardo Malaver



Otelo y Desdémona, demasiado tarde ya
para descubrir la verdad




[Sigamos la lectura de la semana pasada con el síndrome
de Otelo. Les hago silencio.]

Por otro lado, gracias a William Shakespeare (1564-1616), es fácil comprender la naturaleza de un síndrome que lleva el nombre de uno de sus personajes más destacados: Otelo, que presta oídos a las perversas palabras de su envidioso consejero, Yago, quien constantemente le siembra sospechas sobre la infidelidad de Desdémona, mujer de Otelo. Estas personas normalmente atormentan a sus parejas imponiéndoles límites para impedir el contacto con personas del otro sexo y exigiéndoles conductas “honradas” que mantengan en reposo sus celos, reproches injustificados y sed de venganza. El síndrome de Otelo casi siempre conduce a la violencia y, en ocasiones, también, como en la tragedia de Shakespeare, al homicidio.
En el mundo del arte, igualmente existe un síndrome muy peculiar cuyo nombre no proviene de una obra ni de un personaje sino del nombre de un autor: el síndrome de Stendhal (1783-1842), que es un trastorno psicosomático que se manifiesta en aumento del ritmo cardíaco, temblores, mareos, confusión mental e incluso desmayos en presencia de ambientes, obras de arte y objetos extremadamente bellos o estéticamente dignos de admiración. El escritor francés experimentó estas sensaciones en un viaje a Florencia y fue quizá el primero que las describió en sus obras. El síndrome se presenta normalmente en artistas y personas muy sensibles. Es presumible que existiera antes de Stendhal, pero fue él quien puso de moda al menos el término en el siglo XIX.
Y, francesa también, como Stendhal, es Madame Bovary, personaje de la novela homónima de Gustave Flaubert (1821-80). En este caso, la protagonista vive crónicamente insatisfecha por causa del aburrimiento que le causa su vida matrimonial en un ambiente rural. Las personas (no exclusivamente mujeres) que padecen este estado se crean expectativas románticas y, en general, emocionales desproporcionadas con respecto a su realidad social, económica y psicológica. Semejante actitud les acarrea enormes problemas que no dejan escapar a la familia y a los amigos. Tales fantasías y deseos, tales sueños de sentirse libres de ataduras, les producen una constante insatisfacción que puede ser insoportable y conducir, muchas veces, a la decepción y la depresión.
Estos y muchos otros “síndromes” —que no me he ocupado aquí de usar el término en su estricto sentido científico— pueden observarse, deducirse, estudiarse a partir de las montañas de los libros que leemos. El ser humano que se toma a pecho su humanidad desea sacudirse esa perversa idea de que es aburrido, de que es complicado, de que es pretencioso andar con un libro entre manos, y sale a la calle llevando ya en la mente alguna idea de los rostros de la locura que va a encontrar aun en su propia calle; y también regresa a casa dispuesto a clasificar las imágenes humanas que ha recolectado
En suma, uno anda por ahí sin saber los complejos que tiene. Pero la literatura es tan buena y está inmiscuida de tal manera en nuestra vida que no hace más que lanzarnos esas insinuaciones, esas advertencias, esos avisos de amor que, de escucharlos, nos ahorrarían bastantes tropiezos. Y aquí sé que suena a que lo que leemos nos puede llegar a “proteger” de gente “peligrosa”. Sí, así es, también, pero esto va mucho más allá —o más acá, según se vea.
He dicho antes que todo libro es un espejo. Y dije antes aquí que lo que me impresiona más profundamente es que siempre es posible encontrar todos esos personajes, todos esos rasgos humanos, incluso todas esas condiciones psicológicas en lo que leemos en los libros, pero en realidad lo más impresionante, lo más aterrador es que al encontrarlos a ellos nos estamos encontrando a nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXXXIV / 28 de octubre del 2024