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lunes, 12 de agosto de 2024

Una de semántica [CDLXXIII]

Edgardo Malaver Lárez



Raskolnikov y su casera... otra palabra que va y viene




         ¿Qué edad tenía usted cuando se dio cuenta de que alquilar y alquilar significan acciones diferentes e incluso contrarias? Sí, sí, alquilar y alquilar, es decir, ‘ceder temporalmente y bajo ciertas condiciones una propiedad a alguien a cambio de dinero’ y ‘usar esa propiedad por el pago de una cantidad de dinero cada cierto tiempo’. Yo te alquilo la casa y tú me alquilas la casa. El propietario y el inquilino ejercen acciones diferente, incluso contrarias, pero las dos se llaman por el mismo nombre. ¿Se habrá quedado así esta situación —cuando sea que haya aparecido, así, bajo la forma de coincidencia, que no de sinónimo— debido a que, cuando la dichosa palabra saltó del árabe al español, contenía, implicaba, dejaba claro que se trataba de un mismo acto, de un mismo monto de dinero, de una misma transacción? En latín, por el contrario, un contrato para tal intercambio se llamaba de locatio-conductio, que firmaban, correspondientemente, el locador y el locatario. ¿Demasiada diferencia? Quién sabe. Lo que sí coincidía era el nombre alquilé, es decir, la cantidad que tenía que cambiar de manos, que en ambos lados de la transacción se llamaba igual, aunque en este caso no se confundía ni se confunde nadie. El sistema árabe parece haber satisfecho más a los hablantes del romance castellano de aquel momento.

         Pasa lo mismo, ya usted sabe, con el sustantivo huésped, ‘el que se alberga, se hospeda, en un lugar’ y ‘el que lo recibe, lo hospeda’. Aunque no siempre hay transacción financiera en este caso, ¿será, como en el anterior, meramente cuestión de dinero?

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXIII / 12 de agosto del 2024

 

 

 

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Al alimón, al alimón, el puente se ha caído

 

lunes, 24 de enero de 2022

Amameyado [CCCLXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El obispo anaranjado (o Euplectes franciscanus), un pajarito
africano con plumas negras y... amameyadas

 

         Qué difícil es, al menos cuando uno es medio insensible, dar con el nombre del verdadero color de las cosas, pero hay gente que tiene toda la habilidad que nos falta a otros. Existen personas que no pueden oírlo a uno decir “Eso es rojo” sin brincar a corregir: “No, eso es fucsia, eso es lila, eso es rosa viejo”. Mis hijas nacieron con ese resorte y les ha salido muy bueno, a pesar de lo mucho que lo usan. Las mujeres parecen tener ojos mejor preparados para esas precisiones (a menos que la verdad sea que los de los hombres no encuentran razón para detenerse en ellas).

         ¿Serán de veras tan diferenciados, en el uso de la lengua, los nombres que damos a los colores? Una persona mayor que conozco en Margarita se refiere siempre al color anaranjado como amameyado. A mí me fascina este uso porque no sólo viene a mi mente el color del mamey sino también el mismo mecanismo de formación de la palabra que en anaranjado: sufijo a + sustantivo naranja + sufijo -ado. Naturalmente, hay que haber visto (y hasta saboreado) un mamey para poder tener registrado su color en la mente. En Caracas, hasta donde sé, anaranjado convive con naranja (como adjetivo), pero el mamey no es frecuente ni en el mercado de Guaicaipuro.

         La verdad es que existen muchas formas de dar los nombres de los colores. Yo de pequeño descubrí el rojo, por ejemplo, y siempre lo llamo rojo; pero más tarde me di cuenta de que existía también lo que yo llamo rojo oscuro. Y cuando lo menciono así, siempre viene alguien que me corrige: “Eso es vino tinto”. Me pasa lo mismo con el azul. En Perú, por si fuera poco, lo que los venezolanos llamamos azul claro es únicamente celeste; para ellos el azul es totalmente otro color —normalmente ni siquiera se orientan cuando, en lugar de diferenciar tonalidades de azul, se trata de distinguirlo del rojo o del verde—. El amarillo quizá sea el que nos causa menos desacuerdos, aunque algunas personas prefieren llamarlo dorado todo el tiempo, con lo cual yo me quedo sin el oro y sin el moro.

         (Creerán que exagero, pero hace media hora le digo a una de mis niñas: “Ponte la gorra amarilla”, y ella me contesta: “Es color mostaza”. Y sí, parece más un frasco de mostaza que una pluma de canario. ¿Ven?, el simple siempre soy yo.)

         En Margarita, algunas cosas pueden ser color agua, que es esencialmente el aguamarina, pero más claro, y bastante más claro que el turquesa, por lo que he entendido recientemente. Mientras tanto, el rojo oscuro en Perú puede llamarse guinda (otra fruta que hay que probar para reconocer su color). Y un término que ya no se usa en el habla cotidiana y que algunos van a creer que es italiano, es azur, que es, si ojos más agudos que los míos no me contradicen, el azul más oscuro, que en Venezuela solemos llamar azul marino.

         Dediqué en estos días un tiempo a buscar sinónimos de los nombres de los colores primarios y secundarios y encontré esto: para el amarillo, ambarino, rubio, dorado, pajizo, gualdo —esta palabra hoy en día no se usa sino para hablar de banderas y escudos de los países y familias—. Para el azul, encontré añil, índigo, celeste, zarco, garzo, cerúleo —según el himno de Nueva Esparta, “Margarita es una de las siete estrellas que llena de rayos el cerúleo tul”, es decir, la franja azul de la bandera de Venezuela)—. Y para el rojo, colorado, encarnado, bermejo, grana, escarlata, carmesí, carmín, rubí —¿será por ser el más apasionado que es el que tiene más sinónimos?, ¿será por su encendida pasión que la protagonista de Lo que el viento se llevó se llama Escarlata?

         Los secundarios no salieron favorecidos en el número de sinónimos (que no es lo mismo que de metáforas). El verde tiene esmeralda, glauco, aceitunado; el violeta, morado, malva, lila, pero el anaranjado tiene tan pocos que el más común es... ¡naranja! Y, en español de Margarita, amameyado.

         Más creativos, más pretenciosos, más inocentes, todos estos modos de llamar a los colores revelan la naturaleza de la gente que los usa, y quizá también las necesidades que han tenido, la distancia que han recorrido desde el punto en que recibieron su idioma hasta el punto en que fueron relevados por la generación siguiente. Y así, generación tras generación, la lengua se alimenta a sí misma. En la lengua, como decía mi abuela, todo obra para bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXVII / 24 de enero del 2022

 

 

 

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El año próximo pasado

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El tañir de las campanas

La mil veces bendita

Ochocientas velitas


lunes, 1 de febrero de 2021

Qué performance [CCCXLII]

Edgardo Malaver

 

 

Este bombillo en la estación de bomberos de Livermore, Estados
Unidos, ha estado encendido desde 1901. Qué performance

 

 

 

         La película ¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura, basada en la obra de teatro homónima de José Sanchis Sinisterra, cuenta la historia de Carmela y Paulino, comediantes que entretienen a las tropas del bando republicano en la Guerra Civil Española que, por accidente, quedan atrapados en la zona franquista. Cuando vi ¡Ay, Carmela!, seguramente ese mismo año, además del placer de verla, no tuve ningún otro pensamiento… hasta que oí a uno de mis profesores decirle a otro: “Qué performance el de Carmen Maura”. Y desde entonces me atormenta esta palabra cada vez que debo expresar este significado con una palabra española.

         Estoy pensando que la dificultad de traducir esta palabra proviene de su polisemia en la lengua original, el inglés. Nada del otro mundo, porque todas las palabras son así, pero existen también palabras como ésta, que se empecinan en mimetizarse con otras de diversos campos. Performance, en su significado profundo en inglés, transmite la idea de una acción que se lleva a cabo hasta su último extremo, que queda perfectamente concluida cuando se le termina de hacer. No es para menos, si está compuesto por el prefijo latino per-, ‘alrededor’ (como en pervertir, ‘darle vuelta a algo o alguien’) y la medieval raíz francesa furnish, ‘proporcionar’, ‘completar’.

         Sabido esto, uno comprende que los hablantes del inglés tengan un performance tallado a la medida para cada disciplina de la actividad humana. En educación (y en muchas otras), el performance de un estudiante puede ser equivalente a rendimiento o desempeño o evolución. En una empresa, un empleado puede tener un buen o mal performance, así como pudiera tener una alta o baja eficiencia, cumplimiento, resultados. En economía, una inversión que muestra un buen performance es la que da buen rendimiento, rentabilidad e incluso comportamiento. El performance de los contratos es en realidad su ejecución o comportamiento, pero pueden también ser objeto de non-performance, que sería su incumplimiento. Un aparato, por otro lado, tiene un adecuado performance cuando su funcionamiento es bueno o da una adecuada prestación o tiene una larga vida útil.

         En otras actividades encontramos también la palabra performance en inglés, donde en español sería ejercicio, realización, potencia, eficiencia, intervención y unas cuantas opciones más. Entra aquí la frase favorita de lingüistas y traductores: “Depende del contexto”. A veces depende de otras cosas, como la presunción o la pereza del lingüista o del traductor, y quizá por esta razón florece performance y oscurecen las demás.

         Hay un campo en el que la palabra performance se ha instalado a sus anchas y es bien difícil perturbar su comodidad: las artes escénicas. Sin embargo, también en el teatro es posible hablar de performance por medio de otras palabras. Un performance es, según la Academia, una “actividad artística que tiene como principio básico la improvisación y el contacto directo con el espectador”. O sea, usted recita un monólogo en una plaza, baila una danza contemporánea una estación de metro, ofrece una función de mímica en un parque, y ese, como pieza individual, es un performance.

         En realidad, cualquier manifestación teatral y todo lo que involucra, el estilo, la fuerza del trabajo que hace el actor, su talento para poner en actos y palabras el texto, sus movimientos en la escena, la impresión que causa en el público, todo esto puede llamarse performance. Sin embargo, en español hay más de una palabra para decirlo: actuación, interpretación, función, presentación, representación, acto, exhibición, recital, personificación, e incluso espectáculo, simulación y número.

         Todo esto es lo que debieron hacer Carmela y sus compañeros, Paulino y Gustavete, para sobrevivir cuando se vieron obligados a actuar para entretener al enemigo. En la obra de Sanchis Sinisterra, la actriz hasta debe regresar de la muerte para reanimar a su antiguo amante, que ya no encuentra sentido a la vida, al teatro, a nada sin ella. Y la verdad es que, como decía aquel profesor, ¡qué performance!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXLII / 1° de febrero del 2021

 

jueves, 22 de octubre de 2020

Cuarentena y traducción en manos de una lingüista [CCCXXV]

Luisa Teresa Arenas Salas

 

 

Don Quijote es llevado de vuelta 

a casa dentro de una jaula


 

  

En agosto pasado, nos reunimos como equipo de la Unidad de Extensión de la Escuela de Idiomas Modernos para compartir una lluvia de ideas en aras de organizar el tradicional evento conmemorativo del Día Internacional del Traductor y del Intérprete. Al ver emocionados nuestras caras en la pantalla, después del saludo, se produjo un aguacero de expresiones sobre nuestra situación producto de la pandemia. Fluyeron voces asociadas a lo que cada uno de nosotros sentía producto del encierro, confinamiento, ostracismo, cautiverio, presidio, aislamiento, en fin, cuarentena radical, obligatoria, inflexible.

¿Y todo esto qué tiene que ver con la traducción? Una anécdota de Edgardo Malaver fue muy pertinente, pues comentó que él, en su proceso de selección de carrera leyendo el libro del CNU, entendió que esa era la profesión más adecuada para vivirla con amor, por su disfrute estando aislado, consigo mismo, solo.

—Pero no es lo mismo.

Después, surgió la figura de san Jerónimo, aislado en una cueva, cautivo a voluntad durante muchos días, meses y años, dicen algunos, para la traducción de la Biblia, la Vulgata. Es decir, que para traducir, el aislamiento es necesario, ponerse en cuarentena, confinarse en una habitación aislada, distanciarse socialmente...

—Pero no es lo mismo.

No es lo mismo porque entre todas estas voces sinónimas: cuarentena, aislamiento, presidio, confinamiento, ostracismo, encerrona, reclusión, prisión, encierro, que se han repetido en estos 220 días de permanencia obligada en casa, la voz ANTÓNIMA que danza en nuestras mentes y en nuestros corazones es ¡LIBERTAD!

—¡Claro!

Si para traducir decido aislarme, confinarme, recluirme, distanciarme socialmente por un tiempo corto o largo, dependiendo de la extensión del texto a traducir, lo hago a voluntad, libremente, por una decisión consciente para obtener el mejor producto: el texto traducido.

—¡Claro!

Y ese producto: una traducción coherente, bien lograda, adecuada al encargo me va a producir como traductor grandes beneficios personales por el deber cumplido y, obviamente, beneficios económicos por el trabajo realizado con satisfacción y amor.

Ahora bien, toda esta reflexión es de una profesora, que no es traductora, pero se dedica a áreas básicas en el ejercicio de la traducción, la lingüística, y, en este caso, interpreta con base en los niveles léxico-semántico-pragmático.

¿Qué rasgos semánticos asocian esas voces? ¿Por qué mi hermano, ante mi saludo al teléfono: ¿Cómo has estado?”, responde con ira: “Preso”, y yo entiendo claramente el profundo sentido de esa respuesta contenida en una sola palabra?

En lo pragmático, el contexto situacional en el que alguien utiliza esas palabras difiere. Aislarse en libertad para traducir no es lo mismo que aislarse obligatoriamente por orden gubernamental debido a una pandemia; el contexto es distinto: si traduzco aislado a voluntad, me capitalizo; aislado por un confinamiento estricto, me descapitalizo.

En lo léxico-semántico, la sinonimia de ese campo léxico que enumeramos arriba, se produce por los semas, rasgos semánticos semejantes entre ellos, como puede observarse en las definiciones de cada una y las consideraciones como sinónimos, por diccionarios de sinónimos y antónimos como el Word Reference en línea.

Veamos las definiciones. De ellas, tomo las acepciones que me interesan y destaco los semas comunes.


  • Cuarentena: (acepción II) aislamiento preventivo a que se somete (¿obligación?) durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales

  • Confinamiento: acción y efecto de confinar. Confinar: recluir dentro de unos límites. Confinaban a los judíos en campos de concentración. (¿Metafórico?)

  • Ostracismo: 2. apartamiento de cualquier responsabilidad o función política o social. (¿Trabajo? ¿Educación?)

  • Presidio: 3. Hist. Guarnición de soldados que se ponían en las plazas, castillos y fortalezas para su custodia y defensa. (Cualquier parecido con la realidad...)

  • Aislamiento: acción y efecto de aislar. Aislar: 2. apartar a alguien de la comunicación y trato con los demás. (¿Distanciamiento social?) 3. Impedir el paso (¿entre municipios?) o la transmisión de la electricidad, el calor, el sonido la humedad, etc. 4. Abstraer, apartar los sentidos o la mente de la realidad inmediata (casi, casi, ¿no?). (DLE, 2006)


Obviamente, esta es mi visión, comentada desde mi perspectiva en este contexto de restricciones.

Esas definiciones determinan el surgimiento de voces sinónimas, a partir de semas específicos (denotativos) y semas virtuales (connotativos) que se lexicalizan como palabras. Veamos a partir de la voz cuarentena en estudio qué nos da el Word Reference en su diccionario de sinónimos y antónimos;


  • cuarentena: incomunicación, separación, confinamiento, clausura, cierre, aislamiento;

  • confinamiento: cuarentena, clausura, presidio, relegación, internamiento, aislamiento, incomunicación, ostracismo, posposición;

  • ostracismo: destierro, exilio, extrañamiento, proscripción, alejamiento, relegación, confinamiento, aislamiento, vacío, boicot, alejamiento, exclusión;

  • presidio: encierro, encarcelamiento, cautiverio, reclusión, confinamiento, condena;

  • aislamiento: retiro, incomunicación, separación, apartamiento, cuarentena, ostracismo, soledad, confinamiento, reclusión.


Y leyendo mis argumentos, muchos “ritenses” se preguntarán: ¿por qué la profesora no ha subrayado el sema ‘incomunicación’ si se repite en todas las palabras?

Ilando fino el sentido propuesto en el marco de un rito de ilación, la respuesta es obvia. Se ha logrado un distanciamiento físico mas no “social”, que es el adjetivo que emplea el ordenamiento “Quédate en casa”. La comunicación lingüística es intercambio de sentires, ideas, emociones... y los medios, las redes, la tecnología nos han mantenido unidos y más comunicados cada día. Ellos difunden el grito de ¡LIBERTAD!, antónimo reiterativo en este cautiverio obligado.

Es mi interpretación, la manera como yo traduzco lo que vivo. Y pienso: ¿qué diría la persona contagiada de covid-19 en un hospital centinela, el migrante que regresa y queda “retenido” en un campamento, la persona que se encuentra varada en un país lejos de su hogar, el ciudadano que obligaron a hacer lagartijas en una plaza por haber salido de su casa a abastecerse de alimento, la persona de la tercera edad (¡a partir de 50 años!, ¡madre mía!) que no podía salir de su casa ni siquiera a tomar el sol?

En fin, ilando con el título, cuarentena y traducción, cabe citar cómo san Jerónimo concebía la traducción, según Georges Bastin (1994: 89): “Había aprendido que si bien la Palabra no engaña, los caminos que ésta sigue para alcanzarnos a cada uno tenían la calidad de los hombres que los abrían. (...) Traducir no era traicionar sino atraer a otras praderas el gran rebaño de palabras. No era transvasar viejas aguas en vasijas nuevas, sino literalmente transformarlas en vino”.

¡Salud! ¡Sentido! ¡Libertad!


ltarenas13@gmail.com




Referencias bibliográficas

Bastin, Georges (1994). “Jerónimo, la novela del santo traductor”, en Núcleo 8, 89-94.




Año VIII / N° CCCXXV / 22 de octubre del 2020


 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Otro verbo con otros sinónimos [CCLXXIII]

Edgardo Malaver


Borges, autor de “Funes el memorioso”



         Hace tres semanas, intentando irme por el camino ancho al examinar los verbos comenzar y empezar, decidí concentrarme en los sinónimos y lo que decía el diccionario de la Academia; lo primero que sucedió fue que me costó decir lo mínimo en el espacio máximo que pauta Ritos, y lo siguiente, que encontré datos sobre ciertos sinónimos que me dejaron como corredor en pisicorre.
         Me armé una breve lista de sinónimos un tanto arbitraria y después consulté sus significados, lo cual sólo pocas veces me condujo al previsible camino en círculo al que conducen estos juegos. La lista era: comenzar, empezar, iniciar, principiar, emprender, entablar, abordar, intentar, encabezar, abrir, introducir, arrancar, guiar, conducir. Ya he hablado de los dos primeros. El tercero, iniciar, me dio una sorpresa.
         La primera acepción de iniciar es tan sencilla que el diccionario incluso lo define con un sinónimo: comenzar; pero luego dice en la segunda: ‘introducir o instruir a alguien en la práctica de un culto o en las reglas de una sociedad, especialmente si se considera secreta o misteriosa’. No luce en nada extraño porque describe una actividad en que se da los primeros pasos, pero sí se siente que no es ya un sencillo sinónimo de comenzar.
         La tercera acepción dice: ‘proporcionar a alguien los primeros conocimientos o experiencias sobre algo’. Igualmente parece un comienzo, aunque es claro que va más allá. Estas dos ideas nos llevan a las célebres ceremonias iniciáticas de sectas y grupos fanáticos que exigen a los aspirantes a miembros pasar por ciertos ritos, en ocasiones sangrientos, que incluso pueden comenzar en desastre. ¿O tendré demasiado Hollywood en la cabeza?
         Los sinónimos que encontré para iniciar, teniendo en cuenta estos significados, son: enterar, preparar, formar, instruir, aleccionar, enseñar, educar e incluso catequizar. ¿Vieron hasta dónde llega el asunto?
         Uno descubre estas mínimas redes de significados, urga un poco en sus etimologías, hasta en sus formas, y llega a preguntarse si no estarán, por algún sinuoso recorrido de la sinonimia y los  matices, conectados, asociados de alguna manera, emparentados como parientes lejanos que crecen en la misma casa. Sí, ¿serán sinónimas todas las palabras?
         Es por lo menos fascinante tropezarse con estos curiosos sinónimos que a veces se “alejan” o se diseminan en numerosos campos. Quién sabe si no son, en realidad, esas fuerzas las que nos permiten mantener el equilibrio. De otra forma, o no sabríamos reconocer un significado de otro o seríamos todos como Funes el memorioso, a quien atormentaba el poder de recordar no sólo “cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXIII / 9 de septiembre del 2019




Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 2 de abril de 2018

¿Qué aclaras, que oscureces? [CCII]

Daniel Álvarez


Homero y su guía
William Buguereau, 1873



         A menudo, en el uso cotidiano que cada hablante hace del lenguaje, se utilizan términos conocidos como deícticos, los cuales no son más que palabras que adquieren su significado en el contexto.
         Frases como ¡ahí!; ¡ahí, chico, ahí!; ¡allá, vale!; ¡mira, acá!... son empleadas frecuentemente, como si ellas indicaran un lugar exacto, como si su significado determinara con precisión que un objeto se encuentra arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha. No basta con esto, en algunas oportunidades los emisores agregan pequeños gestos con la boca, hasta que un dedo acude al rescate y socorre a la víctima, señalando el punto exacto a donde debe dirigirse.
         Lo cierto es que, con frecuencia, nos ayudamos de adverbios, adjetivos y pronombres demostrativos para indicar direcciones, lugares, cosas, etc. Sin embargo, en todas estas ocasiones no siempre se logra el propósito esperado, por lo que el destinatario debe inferir o apoyarse de la visión para dar con lo que se está buscando. En el caso específico de una persona con discapacidad visual, el empleo de este tipo de palabras solo entorpece el acto comunicativo, pues, en la mayoría de los casos, no se obtiene la reacción esperada en el destinatario. En dichos escenarios, el uso de adjetivos debe tratarse de la manera más explícita y específica posible, y los deícticos espaciales se convierten en los peores enemigos de aquellos que no poseen este sentido tan valioso de orientación, puesto que, como ya se mencionó, no ofrecen un sentido de orientación claro; al contrario, su empleo no determina nada en específico y solo oscurece la comunicación en cierto modo.
         Los adjetivos y pronombres demostrativos deben saberse utilizar adecuadamente, es decir, su uso debe ser regulado y debe tomarse en cuenta para quién se están empleando, bajo qué situación y con qué intención. Afortunadamente, la lengua nos ofrece un catálogo bastante amplio de términos cuasisinónimos, que pueden reemplazar ciertas palabras en determinados contextos. Siempre podemos utilizar palabras más específicas que contribuyan mejor con los principios regulativos, establecidos por Escandell Vidal, de eficacia, efectividad y adecuación y que ayuden a una persona con discapacidad visual.

danielalejandro.alba@gmail.com





Año VI / N° CCII / 2 de abril del 2018