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lunes, 16 de diciembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (V): Presentación Campos [CDXCI]

Edgardo Malaver

 

 

 

“Y un oscuro soldado republicano [...] le atravesó el pecho
de un lanzazo”, dice Baralt. Muerte de Boves

 

 

         Yo leí Las lanzas coloradas (1931), de Arturo Úslar Pietri (1906-2001), cuando tenía 13 o 14 años. Y hasta hace un mes, lo que recordaba de ella era el calvicordio que tocaba una niña a quien no le interesaba nada en la vida y la escena final en que Presentación Campos, en su calabozo, se esfuerza por alcanzar la ventana altísima para ver, por fin alguna vez, a Simón Bolívar, que la algarabía del exterior indica que hace su entrada triunfal en el pueblo donde él, Presentación, ha sido capturado.

         Cuando, creyéndome discípulo de Freud, me propuse hablar de este personaje como la representación más literaria del admirador venezolano fascinado con la vida, obra y legado de Bolívar, que es como mi imaginación lo había conservado, Ariadna Voulgaris en algún momento me dijo: “Profe, usted como que no leyó la misma novela que yo”. Y tuve que comenzar a leer la novela otra vez. Después de unas 30 páginas tuve claro que Ariadna tenía razón, pero también descubrí que aún así podíamos ponerle su nombre a un síndrome literario venezolano.

         Si Presentación Campos es el “arquetipo” de algo en Venezuela, lo es del tipo corriente, tosco, sin ninguna preparación, egoísta, enormemente arrogante, con escasa sensibilidad, sin conocimiento de nada que no sea el pequeño mundo en el que ha nacido y crecido, donde vive y trabaja, donde va a pasar el resto de su vida y en el que un día, por mero azar, le ha sido dado un mísero gramo de poder. Ese día se desencadena en semejante sujeto una trasformación que lo lleva a convertirse en un déspota que no tiene compasión con nadie; todo gira alrededor de su poder, de incrementarlo y de hacer que los demás lo adulen y dependan de él, que no tomen ni una sola decisión sin que él lo sepa y lo apruebe. Se vuelve irreconocible para todos los que lo conocieron antes. El que antes ha sido su amigo, si no se le somete, es humillado y anulado por él; el que ha sido su pariente, puede obtener beneficios al principio, pero apenas comente un “error”, es eliminado; el que ha pertenecido al mismo grupo que él (en el trabajo, por ejemplo) se convierte en su esclavo, en su estropajo, incluso en su enemigo, es decir, debe ser destruido.

         En Las lanzas coloradas, Presentación Campos es un esclavo mulato que ha sido nombrado capataz de la hacienda El Altar y esto se le sube tanto a la cabeza que llega a sentirse superior a sus hermanos esclavos. Los trata peor que el amo y los menosprecia. El narrador, en las primeras páginas, comenta que al pasar por la casa de los amos, el personaje siente “como una fascinación” por la gente que en ella vivía. Su mente desea ser uno de ellos, el más importante de ellos.

         Más adelante dice:

 

Don Fernando, que era pusilánime, perezoso e irresoluto, y doña Inés, que vivía como en otro mundo. Los amos. (Él era Presentación Campos, y donde estaba no podía mandar nadie más). Don Fernando y doña Inés podían ser los dueños de la hacienda, pero quien mandaba era él. No sabía obedecer. Tenía carne de amo.

 

         Cuando comienza la Guerra de Independencia, y sobre todo cuando José Tomás Boves inicia su torbellino destructivo contra todo y contra todos, Presentación se une a la guerra, destroza la hacienda y dirige toda su lucha a convertirse en amo para saborear de la miel del poder absoluto. Aquella guerra, sin embargo, lo destruyó casi todo en Venezuela, y ciertamente destruyó también a Presentación Campos.

         De modo que observe usted bien, si tiene un amigo, un vecino, un pariente que da estas señales, puede ser que padezca el literario y venezolano síndrome de Presentación Campos. Y si es usted mismo quien lo tiene, acuérdese de cómo termina Presentación: solo, herido, derrotado, preso, sin fuerzas siquiera para elevarse a la altura necesaria y ver de lejos al verdadero héroe de su propia historia.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCI / 16 de diciembre del 2024

 

lunes, 5 de septiembre de 2022

Amigos invisibles [CCCLXXXIX]

Edgardo Malaver

 

 

Aun las mujeres poderosas son objeto
de irrespeto.
Mujer oriental (1889),
de Arturo Michelena

 

 

 

         Los lectores de mi generación muy probablemente no necesiten leer Ritos esta semana, pero puede ser que sus hijos hayan sentido curiosidad por el significado de este nombre que, en Venezuela, tan sólo trae a sus memorias los sonidos de un grupo musical que en sus primeros tiempos fue la mar de original y que aún ahora cuenta con 867.000 seguidores.

         El nombre del grupo, que se formó en 1991 y ha producido 13 discos, insinúa que al grupo no le interesa solamente la música sino toda la cultura, pero tampoco solamente el fragmento de la cultura que se encierra en los límites de su país. “Amigos invisibles” era la forma en que el escritor Arturo Úslar Pietri se dirigía a los espectadores de su programa de televisión Valores humanos, que durante décadas ofrecía eruditas charlas sobre infinidad de temas culturales universales, pero también la historia, las costumbres, la lengua de Venezuela.

         Los Amigos invisibles, si se detiene uno a mirar (o más bien a escuchar), nos ofrece también un cúmulo de curiosidades lingüísticas venezolanas, que ellos utilizan para mostrar la naturaleza de los venezolanos. Pienso, por [único] ejemplo, en la canción “Mujer policía”. Un yo masculino se dirige a una mujer que representa a la autoridad en términos típicamente venezolanos: el doble sentido. Le va confesando que quiere cometer un delito únicamente para estar cerca de ella, y lo hace atribuyendo a las palabras envergadura, arreglar, jaula, chaleco antibalas, alimaña connotaciones lujuriosas y sensuales, atrevidas, irrespetuosas. Como las canciones tienen que haber sido escritas con toda la intención de producir un efecto, algo tiene que significar este “atrevimiento”. Por detrás de las palabras dichas (o cantadas), es bastante sencillo identificar el desafío a la autoridad que vemos todo el tiempo en las calles, e incluso la visión de la mujer como poco más que objeto de deseo (ni siquiera de amor), además del habitual recurso de los venezolanos al humor para referirse a todos los temas habidos y por haber. Las intenciones humorísticas, harto ingeniosas y evidentes, en realidad nos interrogan: ¿los venezolanos respetan menos a la autoridad cuando está encarnada en una mujer o respetamos menos (o nada) a las mujeres cuando son agentes de la ley?

         “Tengo a mi lado a mis panas, que son infalibles, tú nos los ves porque son invisibles”, cantan siempre los Amigos. Se me antoja a mí pensar que esos “panas infalibles” pueden ser referencias infaltables en el estudio de lo venezolano como Úslar Pietri y otros intelectuales venezolanos que los integrantes de Los Amigos posiblemente respetan por sus innegables aportes. En suma, el nombre “Amigos Invisibles” funciona como encuentro afortunado entre los altísimos niveles de conocimiento de personajes como Úslar Pietri y los ciudadanos comunes que por cantidad de motivos y razones actúan, piensan y se expresan como las circunstancias cotidianas venezolanas les han enseñado.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXIX / 5 de septiembre del 2022

 

lunes, 4 de marzo de 2019

Todo lo que diga será usado en su contra [CCL]

Edgardo Malaver


Barrabás, interpretado por Anthony Quinn en 1961,
celebra su liberación



         Quien ha visto una película estadounidense en que se arresta a alguien ha oído al menos una vez la fórmula “Tiene derecho a permanecer callado. Todo lo que diga puede ser, y será, usado en su contra en un tribunal. Tiene derecho a un abogado...”. A primera vista (u oída, más bien), uno puede pensar que es inconveniente callar cuando puede defenderse, explicar por qué no deberían llevárselo, señalar al verdadero culpable, ¿no?, declararse inocente. Sin embargo, como sucede en la música, en la lengua el silencio puede ser más elocuente, más sabio, más poderoso que la palabra.
         Yo tenía un amigo catalán que decía cada tres días: “Somos amos de lo que callamos y esclavos de lo que decimos”. Con todas las películas que he visto, nunca antes me había puesto a reflexionar sobre esta peculiaridad del poder de las palabras. En esta misteriosa simbiosis entre el lo dicho y lo no dicho, en esta callado equilibrio entre verbo y acción verbal, uno puede preguntarse: ¿quién tiene el poder cuando hablo? ¿Obtenemos o cedemos poder cuando decimos, cuando levantamos la voz, cuando imprecamos? Cuando me ufano, por ejemplo, de tener tres casas, cinco carros, siete empresas, dos yate, cuatro aviones y cuentas bancarias en Caimán y en Andorra, ¿estoy humillando con mi dinero a quien tengo al frente o le estoy regalando información útil para extorsionarme?
         Pasa todos los días que nos arrepentimos de haber dicho esta o aquella palabra, de haber dado esta o aquella respuesta que nos pareció tan ingeniosa para derrotar a nuestro adversario en una discusión; sin embargo, advertimos que, tiempo después, las palabras encontraron el camino de vuelta para vengarse de nosotros. Rómulo Gallegos lo dibuja prístinamente en “La hora menguada”, cuando Amelia y Enriqueta, después de su más agria, más despiadada discusión cotidiana, se retuercen en el dolor de no poder recoger las palabras hirientes que una hermana ha lanzado al rostro de la otra. Pierden por ello al único ser que las ha amado, al niño que las dos habían criado juntas porque era hijo de una con el difunto marido de la otra. “¡La vida rota!”, dice el narrador hacia el final. “Destrozada en un momento de violencia por un motivo baladí: años de sacrificio, dos existencias de heroica abnegación frustradas de pronto porque a una se le cayó una copa de las manos y la otra profirió una palabra dura”.
         La sabiduría popular (y su hermana gemela, la literatura oral) es todo un pueblo de consejos al respecto. El dicho favorito de mi madre es “En boca cerrada no entran moscas”. Y la vida demuestra que más valdría que nos entraran moscas en la boca que hablar más de la cuenta. Quien dice “Por la boca muere el pez” no está precisamente narrando cómo se atrapa un ser marino con una carnada. “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, también frecuente en mi familia.
         Los pecados de la palabra, por cierto, no son menos graves que los de la carne, aunque menos publicitados. Jesús, tan preciso en el uso de la lengua, alguna vez les dijo a sus discípulos, como para enseñarles los límites: “De la abundancia del corazón habla la boca”, y en otra ocasión: “Por toda palabra ociosa será juzgado el hombre”. Arturo Úslar Pietri también escribió un cuento, “Barrabás”, en que el protagonista, liberado en lugar de Cristo, se atormenta por haber callado, al contrario de Amelia y Enriqueta, por no haber dicho que él, delincuente, era quien merecía morir. Tan difusa como el límite entre la vida y la muerte, la diferencia entre hablar y no hablar, o entre hablar y hablar demasiado, puede tener consecuencias dolorosas.
         Quizá no sea tan sencillo como lo ponen en Hollywood, pero no hay duda: la lengua es tan peligrosa, que una palabra de más puede ser más desoladora que el silencio de la muerte.


emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCL / 4 de marzo del 2019

martes, 12 de febrero de 2019

Los más pendejos [CCXLVII]

Edgardo Malaver



 
Terminó siendo Úslar Pietri quien desalojó a Pérez Jiménez 
de Miraflores (foto: Fundación Casa Úslar Pietri)


         De joven, cuando a mi madre se le atribuía responsabilidad en algún problema, en alguna controversia, fuera en casa o en el trabajo, ella siempre se defendía diciendo irónicamente: “La más pendeja”. Nada como la ironía para decir lo que uno quiere decir diciendo lo contrario. Claro que hace falta que el interlocutor quiera entender que estamos siendo irónicos.
         Al menos en Venezuela, cuando se presenta una situación en que alguien pretende convencer a los demás de una idea o de un hecho demasiado inverosímil, uno siempre termina pensando o, si se siente ya muy ofendido, diciendo de frente: “¿Tú crees que yo soy pendejo?”. Imagínese usted que viene, por ejemplo, un gobernante y dice: “Vamos a sanear la administración pública, ya hemos comenzado a trabajar en un proyecto y, caiga quien caiga, los corruptos van a ir a la cárcel”; es —usted lo sabe bien— un discurso más que usual en todos los políticos del mundo, de todas las tendencias, pero cuando tienen una semana en el poder; cuando ya han pasado diez, trece, diecinueve años en el palacio de gobierno, está claro que ese gobernante piensa que la gente es pendeja. (En Venezuela, por cierto, pasa a menudo y la gente hace bien su papel, pero aquí no venimos los lunes a hablar de sociología, sino de la lengua.)
         Los lectores se van a sorprender cuando les diga que el diccionario de la Academia no da señales de que en Venezuela la palabra pendejo tenga un significado singular y sólo en la mitad de las acepciones anota que es coloquial. Singular es que en Perú no signifique ‘tonto’ o ‘cobarde’, como en todas partes, sino lo contrario: ‘astuto’. Y singular es que en Andalucía sea equivalente a ‘calabaza’. Pero en ninguna parte como en Venezuela ha sido, en algún momento, signo de pertenencia al selecto grupo de la gente honesta.
         En 1989, el escritor Arturo Úslar Pietri causó revuelo afirmando que en Venezuela casi no existe riesgo de ir a la cárcel por ser ladrón, pero al hombre trabajador y honrado lo más probable es que, en vez de aplaudirlo, se le insulte llamándolo pendejo. La opinión pública se escandalizó por la insolencia de un intelectual de la altura de Úslar, pero unos días después todos se autocalificaban de pendejos. Hasta se organizó una “Marcha de los Pendejos”, que llegó a Miraflores, al Congreso y a la Fiscalía, exigiendo que se luchara contra la corrupción. Un Solo Pueblo incluso escribió una canción al respecto.
         En todos estos años, la dichosa palabra ha ido ganando y perdiendo prestigio según quien la utilice, quien desee bautizar a los demás con ella o quien la crea propia y descriptora de su condición. En el irónico tiempo presente venezolano, en que la vida de tanta gente pende de un pelo, ya no parece fácil que nos creamos las pendejadas que nos cuentan los poderosos. Hay situaciones que no se sostienen ni con palabras, y quizá sean las propias palabras las que deban ponerse al frente para acabar con todo. Haría falta una sola cosa para no darse cuenta: ser bien pendejo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLVII / 11 de febrero del 2019


lunes, 24 de abril de 2017

Expectativa y realidad ante las palabras (parte II) [CXLIX]



 
Morrocoy no sube palo o “los poetas antes de la poesía”,
como lo diría Úslar Pietri


Una lengua carece de existencia propia (…) existe el idioma singularísimo de cada artista del verbo.

José Antonio Ramos Sucre, Granizada

         En la primera parte de este Rito comenzaba diciendo que a veces somos ignorantes del rumbo que nos imponen las palabras, y terminaba señalando que el lenguaje poético puede mitigar dicha arbitrariedad. Se supone que en esta oportunidad ofrezco algunas razones al respecto.
         El lenguaje poético ayuda en semejante labor gracias a la enunciación figurativa o a los recursos retóricos, a la embestida de imágenes sensoriales, y, casi paradójicamente, barajando nuevos significantes, nuevas representaciones.
         Si, como lo asegura María Fernanda Palacios, se ha perdido imaginación etimológica; si cuesta relacionar palabras con la fantasía[1], es porque, en gran medida, la sensibilidad poética es precaria. Creo que la “erótica de las palabras” sobre la cual nos habla la autora, hace de la conducta poética frente a las palabras (lo que implica aproximarse a poetas) una nueva etimología. Ante el aparentemente injusto resultado del cotejo entre expectativa y realidad de las palabras, las imágenes poéticas contribuyen, no sin cierta fantasía, con el estímulo de la imaginación, a la asimilación de significados. Veamos un ejemplo:

(…) recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada
y parece que el cielo contribuye
dándote fina forma de granizo
a celebrar tu calidad picada
sobre los hemisferios de un tomate.

(P. Neruda, “Oda a la cebolla”)

         Indudablemente, la experiencia que incluye una hermandad con la poesía robustece nuestra actuación como decodificadores de significados, ya sea como lectores o como hablantes.
         Por otra parte, además de las imágenes que ofrece el lenguaje poético, está lo que Arturo Úslar Pietri llamaba los poetas antes de la poesía, esto no es más que el habla ornamentado de refranes (adagios o proverbios): “Morrocoy no sube palo ni cachicamo se afeita”, “Vuela con todo y jaula…”, “Como caimán en boca de caño”, “Loro viejo no aprende a hablar”[2].
         Esta manera poética de denotar constituye un imaginario del habla popular muy característico de nuestro lenguaje. ¿No es por ello que para Guillermo Sucre (entre otras cosas) la literatura no es sino un intento por trascender la “fatalidad verbal” en la que las palabras “congelan” una realidad?[3]. En esa fatalidad se da (o puede darse) la transición hacia una realidad que anteriormente fue una expectativa inquietante, a veces lanzada al espasmo o al terror que generan las palabras.
         En todo caso las palabras, más que revelar, encubren la realidad. Diremos además que si la recurrente imaginación de los hablantes-lectores fraternaliza con el lenguaje poético, las fantasías que entren en contacto con la realidad pasarán a revelarla, para el bien y la riqueza de la lengua. Pero no solo a revelarla, pasarán además a convertirse en el modo de concebir el lenguaje, de asirse a las palabras, porque a eso habrá conducido la experiencia.

gavidesjimenez@gmail.com




Año V / N° CXLIX / 24 de abril del 2017





[1] Palacios, M.F. “Etimológica”, Sabor y saber de la lengua. Caracas: Otero Ediciones, 2004, p. 12.
[2] Arismendi, S.E. Refranes que se oyen y dicen en Venezuela. 2da. Ed. Caracas: Cadena Capriles, 2006.
[3] Sucre, G. “La palabra (las palabras)”, La máscara, la transparencia. México: Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 223.

lunes, 9 de enero de 2017

We will come back [CXXXVIII]

Edgardo Malaver



Gallegos en sus años mozos, recién casado
con doña Teotiste Arocha


 

         Los presidentes de Venezuela son ideales para legar a las futuras generaciones frases llamativas, expresiones memorables, refranes, retruécanos, gritos de guerra, hasta conjuros para atraer fanáticos. Eleazar López Contreras (1883-1973), el primer militar venezolano que lo fue hasta el día en que se convirtió en presidente, imprimió en nuestra memoria lo que parecía ser su lema en medio del confuso susto que produjo la muerte de Juan Vicente Gómez (1857-1935): “Calma y cordura”. José Antonio Páez (1790-1873) no dijo su frase más notable como presidente, sino como soldado, pero su “¡Vuelvan caras!” trocó en victoria una matanza desoladora. En la madrugada del 23 de enero de 1958, acorralado por los militares sublevados, Marcos Pérez Jiménez (1914-2001) les dijo a sus más cercanos colaboradores: “Mejor vámonos, el pescuezo no retoña”.
         La llegada de la radio hace 90 años y luego la de la televisión en los años 50 proporcionaron una forma casi inalterable, pero sobre todo rápida y sencilla, de dejar registrados estos acontecimientos lingüísticos que en muchas ocasiones han contribuido a la unidad de los venezolanos... y en unas pocas, a destruirla.
         En 1978, cuando después de dos períodos presidenciales en el poder, Acción Democrática perdió las elecciones, los periodistas abordaron a Rómulo Betancourt (1908-81) en busca de las impresiones del patriarca del partido. Él les respondió: “Les voy a decir lo que dirían los amigos americanos: we will come back”. A partir de ese momento, todos, todos, todos los venezolanos, en todas las situaciones posibles e imaginables, respondían a todo y a todos: “We will come back”. Una generación más tarde, ya nadie utilizaba la expresión, pero su presencia en el habla cotidiana venezolana fue mil veces más que omnipresente.
         Hoy en la mañana, el presidente de Venezuela, conocedor de la decisión que estaba a punto de tomar la oposición en el parlamento, bromeaba diciendo: “No sé si todavía soy presidente”. Tiene toda la sonoridad de una de esas frases que se incorporan, por lo menos largo tiempo, al habla popular (y sobre todo al humor popular) hasta que llega alguna otra que la desplaza con renovada gracia... o falta de ella. En el futuro, si esta frase trasciende, seguramente nuestros nietos se preguntarán cómo era posible que el presidente no supiera si seguía siéndolo... o que bromeara al respecto. Sin duda, no es una situación regular. Y es quizá eso lo que distingue a estas afirmaciones asociadas al poder: que nacen de una situación bastante irregular. En la democracia, por lo menos aquellas en que están más o menos derechas las cosas, se sabe con toda claridad hasta cuándo será presidente el presidente.
         En situaciones irregulares, indeseables, desventajosas estaban también López Contreras, Páez y Pérez Jiménez. Y también Betancourt. Simón Bolívar (1783-1830), el día del terremoto de 1812, también estuvo en medio de una circunstancia harto adversa que él terminó revirtiendo a su favor. ¿Y qué frase histórica hemos citado los venezolanos más que “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”?
         Por ahora (¿quién recuerda este embrujo de frase?), no existe calma ni cordura en Venezuela, y su lengua lo manifiesta como acostumbra hacerlo según el estado de la historia: crispándose, violentando al interlocutor, cercándose para no compartir nada con nadie. La lengua bien puede, digamos para imitar a Luis Herrera Campíns (1925-2007), hipotecarnos los demás sectores del espíritu. Por eso la lengua, como el petróleo, bien podría sembrarse, como diría Arturo Úslar Pietri (1906-2001), que nunca fue presidente pero fue candidato. El habla de los presidentes bien podría influir en el desarrollo de todos los demás ciudadanos. No sé qué habría que hacer para lograrlo, pero, como diría Rómulo Gallegos (1884-1967), “un día será”.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXXVIII / 9 de enero del 2017

lunes, 19 de septiembre de 2016

Septiembre en Venezuela [CXXIV]

Edgardo Malaver Lárez




En la antiescuela se aprende viviendo, dice Úslar Pietri.
Los hijos de los barrios (1967), de César Rengifo



Y hoy, al volver la excursión
de niños a la mañana,
yo he vuelto a oír tu campana
cantando en mi corazón.

Glosa para volver a la escuela”, Aquiles Nazoa


         El artículo de Ritos de esta semana fue escrito en el 2008. En junio de ese año, me dejé convencer de participar en una serie de talleres sobre herramientas metacognitivas para el análisis textual que ofrecía la Universidad Simón Bolívar para profesores de secundaria. Entre los textos incluidos en el programa estaba aquel magnífico artículo de Arturo Úslar Pietri titulado “Escuela y antiescuela”, publicado en 1974 en “Pizarrón”, la célebre columna del autor en El Nacional. La discusión que nació durante la sesión dedicada a este artículo fue hermosa y enriquecedora, porque todos los presentes en algún momento habíamos sentido la frustración de que la escuela, para decirlo con brevedad, suele conseguir resultados menos inmediatos que la calle, es decir, la antiescuela, y casi siempre menos deslumbrantes para los muchachos.
         Esa noche, al llegar a casa, les escribí a las participantes —sí, todas eran mujeres—:

Hola, muchachas.
Esta mañana, una de las miles de cosas que me faltó mencionar en el taller fue la etimología de la palabra escuela. En La fascinante historia de las palabras (2004), de Ricardo Soca, encuentro esto:

En la Grecia antigua, el vocablo skolastikós no guardaba ninguna relación con la enseñanza ni con el estudio, sino que se refería al individuo alegre y feliz, que vivía como le gustaba. Probablemente debido al amor de los griegos por el estudio y el conocimiento, la palabra skolé, que inicialmente significaba ‘recreación’, ‘distracción’, ‘ocio’ o, simplemente, ‘tiempo libre’, pasó a ser usada más tarde para denominar el lugar donde los niños aprendían, significado que fue tomado por los latinos en la palabra schola con el mismo sentido que nuestra escuela.

Otra vez los griegos tenían razón: si tenía que existir la escuela, que fuera un lugar para la recreación, para el tiempo libre. Y si había que aprender algo en ella, que fuera con placer. No hay mejor manera de aprender lo que sea... el método que usa ahora la “antiescuela”. ¡Con razón tiene tanto éxito! [...]
Bueno, las dejo en paz para que lo disfruten.
Hasta luego.

         Hoy regresamos a clases en la Escuela de Idiomas Modernos. Es inevitable para mí pensar en aquel dulce poema de Aquiles Nazoa en que se acuerda de su niñez y dice: “Comienza el año escolar / y septiembre en Venezuela / vuelve a ser como una escuela / que se abre de par en par”. La experiencia de la escuela tiene que ser feliz porque ella tiene algo que todos queremos. Sea con alegría que lo busquemos.
         Nos vemos en clase.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXIV / 19 de septiembre del 2016

lunes, 19 de enero de 2015

La susodicha [XL]

Edgardo Malaver Lárez

Para Abigaíl

            Algún documento legal debo haber estado leyendo yo en el momento en que me alcanzó por primera vez la palabra susodicho. Decía: “...la declaración que hace el susodicho ciudadano...”. ¿Sería un parte policial, una denuncia, una relatoría de tribunal? ¿De dónde lo habré sacado? Sin duda la fascinación del recién comprendido sistema que permitía convertir en sonidos comprensibles aquellos trazos negros sobre papel blanco me llevaba a desear convertirlo, traducirlo, leerlo todo, todo, todo. Y en una de esas me toparía con una partida de nacimiento, con una sentencia, un informe de comisario. ¿Desde qué antigua edad me habría estado esperando? ¿Qué intrincado azar habrá ideado la ruta por la cual lanzaría sobre mí su tentador anzuelo?
            Lo cierto es que la palabra susodicho me ha acompañado desde aquel día en que la vida la atrajo a mi vista. Cuando no había estudiado francés, me eran algo ajenas esas primeras sílabas que antecedían al archiconocido participio del verbo decir. Suso- apenas me hacía pensar en el nombre de la única reina de belleza que yo pensaba que existía, Susana Duijm, que era ya una mujer elegantísima cuando abrió los ojos al mundo; en bachillerato, cuando el profesor Alberto Marín, que nunca me dio clases pero era amigo de mi madre, dijo en un discurso del día de Juan de Castellanos: “Haré una sucinta reseña de la historia de este liceo...”, mi mente me disparó, una vez más, como lo hacía cada cierto tiempo, la palabra susodicho y se preguntó si las dos tendrían algún parentesco, si sería consanguíneo o por afinidad, si habrían coincidido antes en la vida de otra gente, si tendrían el mismo origen o era un “evento de la casualidad” que se parecieran tanto. Necesité ver en el periódico poco después que alguien usaba otra vez la palabra sucinta para entender que no podían ser de la misma familia porque, en realidad, ahora que la veía escrita, no comenzaban igual. Y un día Arturo Úslar Pietri dijo en Valores humanos que la I Guerra Mundial había suscitado en el mundo una inmensa desconfianza. ¡Otra palabra...!
            Susodicha, Susana, sucinta, suscita. Ya podía —¿cuándo no había podido, cuándo no lo había hecho?— jugar con aquellos sonidos y aquellas imágenes, que, en lugar de confusión, creaban alegría en la mente. La susodicha Susana suscita sucintos suspiros, sutiles susurros y suspensos sucesos de surtidas sustancias en susceptibles sustitutos. Al llegar por fin a mis manos, comenzando cuarto grado, el diccionario se convirtió en mi juguete favorito.
            Cuando comencé a aprender francés y me enteré de la existencia de las palabras sur y sus, deduje que aquel susodicho... ¿prefijo? de mis trabalenguas tenía que tener algo en común con ellas. Si éstas eran equivalentes a ‘sobre’, ‘arriba’, ‘encima’, susodicho tenía que ser ‘lo dicho arriba’, ‘lo mencionado antes’. Y creó Dios la luz y vio que era buena.
            Después la palabra habrá decidido irse al desierto a meditar, porque hacía tiempo que no se me atravesaba en el camino. Hace 11 días, sin embargo, Abigaíl, mi hija mayor, me reveló en medio de una conversación electrónica que “le encanta esa palabra”, y esto ha resucitado en mí aquella ruleta de los sonidos y las imágenes. Los usos dichos; las uso dichas; las uso, oh, dicha; las u, so dicha; él, su uso dicho...
            Todo lo antes dicho revela cómo urden las palabras para sobrevivir a los hombres. La susodicha niña conservará esta palabra cuando yo me vuelva silencio en la tierra, y sus hijos y sus nietos jugarán con ella, como yo, ojalá, generación tras generación, hasta que carne y palabra sean, otra vez, uno solo y el mismo ser.


emalaver@gmail.com



Año II / Nº XL / 19 de enero del 2015

lunes, 17 de noviembre de 2014

Úslar Pietri, el erudito, ahora es un polímata [XXXI]

Edgardo Malaver Lárez

A los estudiantes de Lengua Española I del 2014
en la Escuela de Idiomas de la UCV,
que siempre me enseñan palabras.

          En un artículo que leíamos en Castellano III en la Escuela de Idiomas cuando yo era estudiante, “El tamaño del mundo” (El Nacional, 21 de septiembre de 1986, pág. A-4), que luego he utilizado en clase como profesor, Arturo Úslar Pietri deja clara la idea de que el mundo de cada quien es del tamaño de su vocabulario. Y pocos autores hay como Úslar Pietri para ensanchar, agrandar y ampliar el vocabulario de cualquier lector, por más breve que sea el texto suyo que uno está leyendo.
          Hace una semana les llevé a los estudiantes de Lengua Española I este texto para que hicieran su última evaluación del año y mientras hablábamos un poco de él, una de las muchachas me preguntó: “¿Cómo se llaman las personas que tienen muchas profesiones?”. Primero dije: “¿Sabelotodo?”, pero luego, más en serio, les expliqué lo que era un policamburista, que hace unos 20 años que no oigo ya en labios venezolanos; en menos de un minuto alguien había encontrado el término en Internet: polímata. Palabra nueva para mí. A la mitad del grupo le pareció increíble que no lo conociera.
          Busco, antes de escribir esto, la palabra polímata en el diccionario de la Real Academia y no la encuentro. Me ofrece polímita, que se refiere a los muchos colores que puede tener una tela. Sigo buscando ahora en Internet y, evitando a toda costa a Wikipedia, me tropiezo con un comentario de alguien que dice que es un neologismo que proviene del griego —todo un oxímoron, ¿no? — que significa ‘que conoce mucho’ o ‘que es capaz de aprender de muchos asuntos’, por lo cual comparte raíz con ‘matemática’. Lo busco en otros idiomas y descubro que en inglés Wordreference da polymath. Moliner no lo pone. Seco tampoco. Como no soy especialista en etimología y mucho menos en griego, me voy a contentar momentáneamente con este pequeño ensanchamiento de mi mundo de palabras.
          El quid del asunto lo veo, quizá, en la información, tampoco muy confiable, de que se trata de un neologismo. Y probablemente la señal más clara de que lo es sea que la Real Academia no lo ha incluido en su diccionario. Otro detalle que combina con el fenómeno es que a menudo nacen de alguna parte, como en todo ecosistema, por aquí y por allá, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, palabras nuevas que ha inventado gente que en algún momento ha sentido la necesidad de poner nombre a alguna idea que se le ha ocurrido. Por ejemplo, usted quiere hablar de una persona que al mismo tiempo ha sido escritor, político, periodista, diplomático, legislador, lingüista, historiador, poeta, orador, músico, abogado, profesor universitario, teólogo y traductor, todo al mismo tiempo (Cecilio Acosta, Fermín Toro, Udón Pérez, Rafael María Baralt, Andrés Bello, etc., todo el siglo XIX en pocas palabras) y no se le ocurre un hiperónimo que agrupe todos esos oficios, y se dice: “Caramba, nos falta una palabra, hay que crearla”. Y le sale... ¡polímata! ¿Y erudito? ¿Y polígrafo? ¿Y sabio? ¿Y humanista? ¿Y renacentista? ¿Y docto? ¿Y letrado?
          Por otro lado, ¿la raíz de polímata será la misma que la de autómata, la de galimatías, la de materia y la de matar? Presumo que no, pero me gustaría oír (o leer) lo que digan o consigan mis alumnos de Lengua Española I, ojalá que antes de que nos volvamos a ver en Lengua Española II.
          Si me tocara a mí hacerlo, le daría una cálida bienvenida a la palabra polímata. ¡La de palabras que al principio nos parecen extravagantes y luego se meten en nuestro mundo! Quién sabe si para mis nietos será una palabra tan común como son para mí ahora teléfono, canoa y camisa. Lo que no podemos admitirnos a nosotros mismos es actuar como la madre del patito feo: vivir feliz en su pequeñísimo mundo conocido y creer que más allá de la baranda de su jardín no había nada.


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Año II / N° XXXI / 17 de noviembre del 2014