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lunes, 13 de abril de 2026

Una letra pequeñita que se mudó de idioma

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Monsieur le prof Bernard Cerquiglini

 

 

         No sé cómo ni cuándo comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores, es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun sin decir por qué, queda recomendado.

         Ayer o anteayer me llegó el aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés. ¡Pero...! ¡Resulta que es española!

         Se ve de lejos que, en francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín (que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.

         Por supuesto, en esta regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en francés: zède!).

         En francés pasa lo mismo, o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’) habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu (‘concebido’) sería /concú/.

         En español la cedilla habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia. También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual sentirse a gusto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 13 de abril del 2026

  

lunes, 26 de mayo de 2025

Y hablando de la alegría de Egipto... [DXV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Les Roulottes, campamento gitano cerca de Arles (1888),
de Vincent van Gogh

 

 

 

         Hablando de la alegría de Egipto, hay una que es de la India. No es egipcia, sino gitana. No es que yo sepa nada de los gitanos, de los egipcios ni de los indios, sólo vengo a comentar que la palabra gitano, en español, proviene de egiptano, que significa ‘egipcio’. Tanto que el diccionario no define egiptano, que está en desuso, sino que remite a egipcio. Y, por supuesto, agrega la acepción de ‘gitano’.

         Ah, ¿que por qué? Pues... eso ya no es tan sencillo, pero, dado el interés que muestran, les puedo resumir lo que sé (que acabo de decir que es nada, pero leí un poco ayer y hoy): en el siglo XIV, cuando llegaron a Europa, la gente, debido probablemente al color más o menos “moreno de verde luna”*, como dice García Lorca, se convencieron de que venían de Egipto. Ellos mismos, los gitanos, puede ser que pensaran que ese era su origen. En España tenían buenas razones para cometer este error porque los gitanos llegaron a ese país desde África por el Estrecho de Gibraltar. Y no parecían marroquíes, así que tenían que ser “egiptanos”, después, “giptanos”, después “gitanos”. En otros idiomas el nombre aún conserva la pe.

         Entonces los gitanos provienen de la India. Los hubieran podido llamar indianos, ¿no? Sí, ya lo iba a decir. En primer lugar, nadie sabía, antes del siglo XVI, que su verdadero origen era la India, esto se descubrió cuando se hicieron estudios serios sobre su lengua; pero, en segundo lugar, sí habría sido acertado y, además, afortunado llamarlos así porque, para aquella época, no se daba aún el nombre indiano a los españoles que, en los siglos XIX y XX, venían a “hacer la América” en la Indias Occidentales, principalmente a México, Cuba, Argentina, Chile, Uruguay, incluso Brasil, y no podía faltar... ¡Venezuela!

         Sólo me falta agregar (a riesgo de alargar más este largo resumen), que los sinónimos de gitano también son muy interesantes: el diccionario pone romaní, calé, cañí, cíngaro, pero me voy a detener en este último porque proviene del griego. Otro origen que les imaginaron algunos europeos a los gitanos (sobre todo en el este de Europa) era la antigua Frigia, donde, como tribu, clan, como secta, eran conocidos con el nombre de “Intocables”, y en el griego de aquella época esto se decía, aproximadamente, athinganos o tsinganos. Ya lo vieron, ¿verdad?

 

Valencia, 4 de mayo del 2025

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

______________

* Gracias, profe Malaver, por el poema del bello Federico en que aparece ese color

que a Pantone le falta. ¡Ja! “Antonio Torres Heredia, / Camborio de dura crin, /

moreno de verde luna, / voz de clavel varonil: / ¿Quién te ha quitado la vida /

cerca del Gualquivir?”.

 

 

 

Año XIII / N° DXV / 26 de mayo del 2025

 

 

 

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lunes, 5 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (I) [DXII]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

Momento en que Giuseppe Farina se convierte en el primer
campeón de la historia de la Fórmula 1 (1950)

 

 

         En primer lugar, debo disculparme con el público de Ritos de Ilación. Hace un año cometí la descortesía de abandonar una tarea a más de cuatro quintos de terminarla y, aunque he vuelto a aparecer por aquí, no he dado explicaciones. Quizá nadie se acuerde, pero en mis vacaciones del 2024 comencé a ofrecer una serie de artículos sobre el alfabeto español mientras viajaba por Venezuela, y en el momento en que repentina y anticipadamente tuve que volver al trabajo, se me acabó el combustible. Me quedé en la de.

         Estaba a punto de coger camino de Mérida a Chiguará cuando tuve que devolverme. Este año, después de tres días en Caracas, estoy otra vez en Valencia, con la familia de mi amiga Alejandra. Su hijo ya lee bien, incluso en lugar de pedirme anoche que le leyera un cuento, me pidió que lo escuchara leérmelo: “El soldadito de plomo”, su “historia de amor favorita de todos los tiempos”, dice.

         Entonces, sigue la e. Aunque en nuestro recuento es la sexta, la Academia la pone en el quinto puesto. Con ella comienzan 7.174 palabras (8,15 por ciento de las reunidas en la más reciente edición del diccionario). Pero, en conjunto, 11,75 por ciento de las palabras de la lengua española tienen al menos una e en alguna de sus sílabas.

         En la noche misteriosa del tiempo, esta letra puede haberse originado en cierto signo de los jeroglíficos egipcios que se parecía, más que a una letra, a un muchacho levantando los brazos como si brincara de alegría. Y alegría era lo que significaba ese signo para egipcios y hebreos, al menos al principio, es lo más probable. Ya faltando mil años para el nacimiento de Cristo, parecía más bien una bandera de las que les anuncian a los pilotos de Fórmula 1 el final de las carreras, pero no con cuadritos sino con rayas horizontales, inclinadas hacia abajo y a la izquierda. Los griegos la voltearon a la derecha, la llamaron épsilon, y ¿los romanos qué hicieron? Se la copi... ¡perdón!, la adoptaron, y así llegaron a la E mayúscula que uno reconoce hoy en día. No les menciono la Edad Media ni la Revolución Francesa porque ya ustedes saben que sin la e no habría habido Europa.

         Si pensamos que los egipcios comenzaron a hacer trazos inteligibles sobre la piedra hace más de 5.400 años, nos podemos imaginar la de historias que puede contarnos la e... ¡Y la de fans! La e, que hasta la mitad del siglo XIII era la única conjunción copulativa que conocían los hablantes del castellano —no se había destetado del todo de la conjunción et del latín—, recibió por esa época una visita helénica que, para el siglo XVII terminó quedándose en territorio hispánico: la y; y la gente, que no tenemos vida suficiente para saltar de una moda a la siguiente moda, ahora preferimos decir Pedro y María antes que Pedro e María, tan bonito que suena —los que estudiáis italiano me entendéis—. Pero un momento, la e tendrá otras debilidades, pero miedosa no es, de modo que no se le escapa ocasión de meterse entre dos palabras donde se pueda encontrar con su pariente latina: la i; y así, gracias a nuestras madres que nos corrigen, preferimos decir más bien soñar e imaginar, e incluso uvas e higos. Nos dicen en la escuela que es porque la repetición del sonido /i/ sería cacofónica —que es cierto—, pero sabemos en nuestro interior que es porque el sabor de las palabras de nuestros antepasados es más dulce.


(Volvemos la semana que viene con la segunda parte.)

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXII / 5 de mayo del 2025

 

 

 

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(La che, peregrinación de una paria)

La de, puerta y arco 


lunes, 5 de agosto de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (IV) [CDLXXII)

Edgardo Malaver Lárez



Las lenguas nuevas nacen con olor a verduras




También desaparece el artículo algunas veces cuando se refieren a personas: Ayer hablé con Padre Juan. La persona mencionada parece cambiar de estatus al adquirir una profesión, de modo que su título comienza a formar parte de su nombre: En la tarde atiende Doctor González. Es muy poco frecuente oír el artículo en este caso y su uso no luce señal de nivel educativo ni condición social.

Los venezolanos, por otro lado, en los últimos 30 años o más, probablemente por influencia de las telenovelas colombianas, han comenzados a “imitar” un uso que hasta entonces parecía ser exclusivo del español de Colombia. Antes del auge de estas telenovelas, no se oía decir en Venezuela ¿Será que me esperas un minuto? La estructura interrogativa ‘será que + oración’ se utilizaba solamente para expresar duda sobre un acontecimiento del cual uno no podía tener certeza de si había sucedido o no, como en ¿Será que María llegó temprano y se cansó de esperarme? En Colombia, sin embargo, esta fórmula es más bien una invitación, una proposición, un pedido. Un hablante venezolano, sin esta influencia, diría ¿Me esperas un minuto? Es una diferencia que parece significativa, pero hasta donde puede verse desde aquí, sucede en estos dos países, no más allá. Es decir, si el español de Colombia o el de Venezuela está destinado a convertirse en otro idioma, este será un rasgo característico de esa lengua... más probable en el caso colombiano. Pero ¿cómo saberlo ahora?

Hay mil ejemplos de pequeñísimas variaciones precisas, que, al estar repartidas entre tantos pueblos —porque la subdivisión regional, a veces incluso municipal, también influye—, siempre van a estar contenidas por el “centro gravitatorio” de la norma culta de cada país, que se aproxima mucho más al español general. Existen otras fuerzas que halan la lengua —a todas, no sólo a la española— hacia el centro y hacia la periferia, pero dada la configuración del mundo actual, en que las comunicaciones son tan instantáneas, es seguro que el español y todas las demás lenguas se tarden mucho más que el latín en fragmentarse y alejarse de tal manera de lo que son y han sido hasta este momento. Eso no detendrá de ningún modo la evolución, pero las condiciones han cambiado, el ecosistema lingüístico cuenta ahora con otros elementos y los depredadores y las presas de la actualidad tienen otra conciencia y otros parámetros para medir su entorno y sus posibilidades de acción.

Algo que hay que tener presente es que en realidad no hay, en este terreno, nada de qué preocuparse. No existe de verdad eso que tantos llaman integridad de la lengua. Las lenguas se defienden solas de los “embates” a que supuestamente son sometidas, o ceden ante ellos en la medida en que sus hablantes son o no seducidos por esta o aquella variación, por esta o aquella novedad, por esta o aquella forma (porque la lengua es una forma, no un fondo). Ni siquiera es que se defienden o que cedan: evolucionan, pero esa evolución responde a fuerzas que la definen en procesos que se toman siglos y siglos.

Si un día, llegado el siglo indicado, se produjera un quiebre en la unidad del español, lo más probable sería que alguna de las variantes, o más de una de ellas, y no el español americano todo, llegara a ser considerada una lengua nueva. El español de América Latina es un organismo demasiado extenso para avanzar con la unanimidad y la uniformidad requerida hacia el punto, lejanísimo, de transformarse en otra lengua cuyas reglas, cuya sintaxis, principalmente, sean otras. Si sucediera, falta tanto tiempo, que, de todas maneras, lo que se estaría llamando español antes de eso sería ya algo que no es lo que hablamos nosotros en este instante, tal como no parece serlo ahora la lengua en que escribió el autor del Mío Cid.

¿Que si el español de América Latina “corre peligro” y puede convertirse en “otro idioma”? Peligro no corre de ninguna manera porque la evolución es señal de salud, y otro idioma es todo idioma cada día que pasa, como los ríos bajo cada puente. De modo que si el español, y más precisamente el inmenso número de variantes del español que se habla América Latina, ha de convertirse en otro idioma, como una vez sucedió con el latín, será lo que tenía que suceder, será ésa la “lengua de los padres” para los futuros hablantes y, por más que se lo intente, nadie podrá hacer nada para evitarlo.


emalavergmail.com




Año XII / N° CDLXXIV / 5 de agosto del 2024

lunes, 29 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (III) [CDLXXI]

Edgardo Malaver Lárez



No siendo H.G. Wells, es difícil averiguarlo




Por ejemplo, es conocida esa característica del español de Argentina y de otros países cercanos de expresar en pretérito las acciones que han sucedido hace poco pero que podrían repetirse, que en otros lugares se expresan con el tiempo compuesto: todavía no comí en lugar de todavía no he comido. Dado que el tiempo compuesto expresa normalmente que una acción ha sucedido en el pasado, pero es posible (o seguro) que vuelva a suceder en el futuro, mientras que el pretérito señala que una acción sucedió una vez (o muchas) en el pasado pero ha quedado cerrada la posibilidad de que se repita, en algunos lugares del español se oye el ruido de bisagra oxidada cada vez que, a las ocho de la mañana, los amigos del sur afirman, por ejemplo, Aún no desayuné. ¿No será posible ya que desayune a las nueve y veinte o a un cuarto para las diez? El tiempo compuesto no he comido respondería esa pregunta sin que la formuláramos siquiera.

En México existe un curioso uso de la conjunción hasta, que ha comenzado, hace poco, a influir en el resto de la lengua del continente y que lleva a los hablantes no mexicanos decir unos cuantos absurdos al día. Es común ahora construir oraciones que normalmente parecen indicar, según la semántica de algunos verbos, lo contrario a lo que se desea decir, como, por ejemplo, El médico llega hasta pasado mañana. Llegar es un verbo que indica una acción puntual, es decir, una vez que uno llega a un lugar, ya llegó, no sigue llegando minutos después o durante un día y medio o una semana. De modo que lo naturalmente español en este caso sería El médico llega pasado mañana. En la otra opción, el médico se demora lo que falta para pasado mañana haciendo algo que normalmente es instantáneo: llegar.

En castellano regular, si se deseara enfatizar el tiempo que falta para que suceda el acto, la oración habría sido más bien El médico no llega hasta pasado mañana. En ese sentido, el hablante mexicano dice en realidad lo contrario de lo que desea decir. Sin embargo, cuando uno oye a un mexicano decir algo así, comprende inmediatamente. El problema aparece cuando el hablante es de otra nacionalidad: uno se pregunta qué querrá decir. Seguramente no será así en el futuro, pero es absolutamente imposible, no siendo H.G. Wells, averiguar ahora cuándo va a suceder, y, más que eso, si este rasgo sobrevivirá en caso de que el español de México se convierte en otro idioma. También es posible que aparezca otra estructura que reemplace a ésta y subsista.

En Perú, por cierto, existen diversas peculiaridades, pero una que salta a la vista (o al oído) es la omisión de la preposición a en algunas construcciones referentes al tiempo. Por ejemplo, un peruano puede pasar su vida entera diciendo, sin percatarse de esta omisión, Yo siempre llego de mi trabajo siete y media, pero los sábados llego cuatro o cinco. ¿Qué ha pasado con la preposición? En la lengua hablada luce como un intento de enfatizar la precisión con la que se habla del tiempo o el poco o mucho tiempo que se tarda un evento en ocurrir.

Los peruanos también hacen, unánimemente, elisión del artículo definido en ciertos nombres de lugar, sobre todo de calles y avenidas. En Lima, al menos, nadie dirá nunca Este autobús me deja en la Arequipa. Sin temor al riesgo de que se interprete que hace un largo viaje a otra ciudad, siempre eludirá el uso del artículo, y todos sabrán que ese hablante va apenas a la avenida Arequipa.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXI / 29 de julio del 2024


lunes, 22 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (II) [CDLXX]

Edgardo Malaver Lárez



Codex Aemilianensis, datado en el 994



Y cualquiera diría que esos cambios suceden en la informalidad de la lengua hablada cotidiana, en la calle, en el mercado, entre los niños, entre las personas que han tenido menos educación. Ciertamente. Si uno va a conversar con el ministro de Cultura de Costa Rica, es muy poco probable que le atrape un verbo mal conjugado; si uno se tropieza por ahí con un profesor de filosofía de la Universidad de Chile, sería extraño que hable con dequeísmo; pero así es como ha funcionado este negocio desde que Eva se acercó a Adán con aquella oferta que todos recordamos. Es precisamente en el mercado, en el barrio bullanguero, en la fiesta desordenada del pueblo reunido con el pueblo donde se cuecen las lenguas, donde hierven los cambios que serán la norma más aceptada y apreciada en el futuro. Es en la boca de los niños, que de camino de la escuela a la casa se atreven a decir lo que sus padres y maestros no les permiten, donde nacen las interjecciones, las formulas de tratamiento, las nuevas palabras del diccionario de dos y tres décadas más tarde. Pasados dos o tres siglos, a todos les parece que esas son las palabras que no se pueden violentar y que la juventud malhablada de ese momento está deformando la lengua que han recibido de sus padres (los malhablados del pasado, lo sabemos). La generación de Aristóteles se quejaba de lo mismo.

El latín no se convirtió en español, por ejemplo, porque en Hispania comenzaran a decir oculus en lugar de ophthalmos, caballus en lugar de equus, jocare en lugar de ludere. Sin duda, esa era una señal de lo que estaba pasando más adentro, pero la evolución esencial de una lengua hacia la otra ocurrió cuando los hispanos comenzaron a cambiar el orden de los elementos de la oración latina, a conjugar los verbos de manera diferente, a vincular mediante otras fórmulas las palabras de su discurso, a “torcer” la estructura que ofrecía el latín, la relación entre las palabras, y esa conducta les ofreció una mayor precisión, una mayor claridad, una mejor comunicación entre los miembros de la comunidad. Generación tras generación, los nuevos modos de expresión —que, sí, son siempre adoptados primero por los más jóvenes— fue fortaleciéndose, fue quedándose en la mente colectiva como las formas más adecuadas, más sencillas, más “correctas”, y fueron heredadas por la generación siguiente. Separados por una mayor distancia de las que existen hoy por causa de la mayor lentitud de las comunicaciones, fue apareciendo en Hispania un código que pocos en Roma reconocían. Pero no es razonable pensar que ese “español” que apareció entonces, hace mil años, es el que hablamos ahora. El español que hablamos ahora también es el resultado de una evolución, y lo más interesante de eso es que sigue y seguirá evolucionando hasta que, de tanto evolucionar, quién sabe, se convierta en otra cosa.

¿Existe, entonces, alguna señal en el español de América Latina que nos haga pensar que, aunque sea incipientemente, se esté convirtiendo en otra lengua? Quizá sea demasiado pronto para afirmarlo, pero, más allá de la mera sinonimia que siempre se menciona —en Colombia llaman suéter a lo que en España llaman chándal—, tendrían que aparecer cambios sintácticos, que tendrían que llevar, después de mucho tiempo, a la incomprensión total entre comunidades nacionales, para que pudiera llegarse a esa conclusión. ¿Se oyó eso? Comunidades nacionales enteras que difícilmente pudieran adivinar lo que les dicen sus vecinos de más allá del río. Esto, como reside en el corazón mismo de la lengua, es mucho más complejo que el simple cambio de un conjunto de sonidos por otro para llamar a un animal, una parte de una casa, un aparato.


(Seguimos la próxima semana.)


emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXX / 22 de julio del 2024

lunes, 15 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (I) [CDLXIX]

Edgardo Malaver Lárez



Hace ocho años una amiga que era editora en una página web me sugirió escribir un artículo breve, una reseña, una entrada de blog para aquella página. Me sugirió también el tema, que es el que ustedes ven en el título, y yo pasé varios días dándole vueltas en la cabeza a la idea, pero algo debe haberme ocupado lo suficiente para que el artículo se pusiera a escribirse solo en mi mente durante... ¡tres años! Pasado ese tiempo, como no soportaba la vergüenza, lo escribí y se lo envié, junto con mis súplicas para que me perdonara semejante demora. Resultó que era demasiado largo y finalmente no se publicó. Varias veces he pensado que podría aparecer en Ritos de Ilación, pero... ¡también es demasiado largo para Ritos! Sin embargo, en vista de la cercanía de las vacaciones, me decidí a adelantárselas al rigor académico y he convencido a todos de dividir el texto en cuatro partes y publicarlo a partir de hoy hasta el 5 de agosto. De modo que aquí voy con mi intento de respuesta a esta pregunta, que probablemente se hacían en Roma cuando oían hablar a los ciudadanos que venían de Galia, de Hispania e incluso de Dalmacia.


El abanico también vino de España, ¡y cómo ha evolucionado!




Lo más habitual en un artículo que trate sobre el español que se habla en América Latina —y con semejante título— es que el autor presente un inventario, ridículamente breve siempre, de palabras, conceptos y objetos que se nombran de diferentes formas en diferentes países. Estos autores parecen pensar que todos, sin movernos de casa, gracias a ellos, vamos a conocer a fondo las variedades de una lengua que ya se hablaba hace mas de mil años y que sirve hoy de código de comunicación al menos a 40 países, lo cual representa más de 560 millones de personas. Existen también los que se concentran en la vana empresa de identificar el país de América Latina donde se habla “el mejor español”, como si tal cosa existiera o fuera posible definir un criterio razonable para medirlo. Y, además, están los autores que se sienten atormentados por el fantasma de la perniciosa invasión lingüística extranjera que amenaza la intangible soberanía de la lengua que trajeron los conquistadores (es decir, la lengua que heredamos de unos tatarabuelos invasores).

Yo nací y crecí en un pueblo pequeño de un estado minúsculo de Venezuela —ocupa el antepenúltimo lugar entre sus 25 entidades federales ordenadas según el tamaño de sus territorios—, y ese estado, Nueva Esparta, es, además, un conjunto de tres islas, una de ellas inhabitada. Sin embargo, ya de pequeño, me llamaba la atención que rodando unos diez minutos hacia el sudeste era perceptible una buena diferencia con respecto a la manera de hablar de la gente. Por supuesto, lo más llamativo para mí no era que en el otro pueblo llamaran las cosas por otro nombre, que sucedía, sino que ahí la voz de la gente tenía otra música. Muy parecida a la de mi familia, pero perceptiblemente diferente, para ser un lugar tan cercano.

Las diferencias terminológicas me saltaban a la cara cuando nos visitaban mis primas del estado Zulia, que está en el otro extremo del país. Nos divertíamos de lo lindo señalando las cosas y preguntándonos unos a otros los nombres que les dábamos a todo en nuestros respectivos estados. El universo material recibía nuevos nombres, con lo cual renacía y tomaba nuevas formas, a partir de la iluminación milagrosa del contacto lingüístico. El mundo se enriquecía porque esas diferencias no lo hacían menos comprensible sino más amplio, más bello y más atractivo. El ventilador era para mis primas el abanico, el coleto era el lampazo, un polo era un helado; pero siempre las diferencias en las formas de hablar eran más notorias, verdaderamente más notorias, que las de vocabulario. La melodía que nos percibíamos mutuamente era ineludible debido a la distancia geográfica.

Y si uno viaja más lejos, pasa lo mismo: en Perú llamarán vereda a la acera, en Argentina llamarán colectivo al autobús y en México llamarán mensos a los tontos. Y no tengo que explicarle a nadie que la musicalidad de sus voces varía de una manera que nos tiene fascinados a todos desde que el mundo es mundo. Es decir, las diferencias léxicas y fonológicas no tendrían que llamar tanto nuestra atención porque son lo más cotidiano que hay en cualquier lugar donde los seres humanos se comuniquen mediante la lengua. Todos los días un perro muerde a un hombre, y eso no es noticia. Lo que sí llama a atención, al menos la mía, es que en algunos de estos lugares observo microscópicos cambios sintácticos. Estos sí son el hombre que muerde al perro.


(Seguimos la próxima semana.)


emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXIX / 15 de julio del 2024

lunes, 20 de mayo de 2024

La de, puerta y arco [CDLXI]

Ariadna Voulgaris



Delta del río Orinoco, en su camino hacia el Atlántico



         No fui a Chiguará. Recordarán que la noche en que llegué a Mérida, hace una semana, mientras cenaba, oí una conversación de otra mesa en que hablaban de este pueblo andino, y quise ir. Al amanecer de la mañana siguiente, recibí una llamada de mi trabajo y tuve que quedarme en el hotel... trabajando. El segundo día tuve que volver a Valencia, donde tenía material que necesitaba para hacer el trabajo. Sin embargo, el recepcionista de la primera noche me habló extensamente de un escritor importante en la literatura venezolana que nació en Chiguará, Antonio Márquez Salas, que ahora deseo mucho leer, ya les contaré.

         Hoy les traigo datos de la letra de (o d, o D, como quieran), que ahora es la cuarta del alfabeto español, pero ocupa el quinto lugar entre las que encabezan más palabras. Con de comienzan 5.793 palabras de la lengua española, 6,58 por ciento.

         Esta letra, por lo que me dice una enciclopedia que tiene Alejandra en su casa, Monitor, fue creada por los ilustres sabios egipcios. Leo en Internet que el ideograma de los egipcios era triangular, ya que representaba la puerta de las tiendas de campaña, pero en la enciclopedia hay un dibujo que la hace parecer la puerta regular de una casa contemporánea. Además, parece también una de minúscula de la actualidad, que se supone que crearon los romanos siglos después.

         El signo de los egipcios, pues, se “triangulizó”, deduzco yo humildemente, cuando lo adoptaron los fenicios, que lo llamaron dalet, “puerta”, y los hebreos, después, hicieron lo mismo. Para cuando el dichoso dibujito llegó a territorio heleno, se convirtió un triángulo de lo más sencillo y equilátero que podían trazar y que ellos llamaron delta. Dalet primero, después delta. Por ese camino llegó a Roma, donde le inventaron, como ya dije, la forma minúscula (que no entiendo por qué algunos especialistas dicen que apareció a causa de la escritura a mano de la mayúscula). De la mano de los romanos llegó a España y en aquel barquito de Colón se vino para América. Esa es la herencia que hemos recibido nosotros, los que hablamos español donde lo hablemos.

         Monitor explica que la pronunciación de la de en la terminación de los participios y otras palabras fue haciéndose cada vez más relajada con el tiempo, y que en muchas regiones no se pronuncia. (Yo hubiera dicho, y el profesor Malaver me apoya, que era en todas partes, siempre que esté uno amparado por el contexto familiar, amical, informal.) Ese debilitamiento fonético dio como resultado la evolución de palabras latinas como pater a padre, de catena a cadena, de peccata a pecado. En otros casos desapareció, como en paradiso, que nosotros decimos paraíso, o radix, que convertimos en raíz.

         Además de la historia, existen unas cuantas curiosidades relativas a la letra de. Por ejemplo, D. (mayúscula con punto) es la abreviatura de la fórmula de tratamiento don. En la numeración romana, la de mayúscula representa el 500. En música, los compositores de habla inglesa utilizan la D en lugar de nuestra muy reconocible nota re. En la historia del siglo XX, de Día D fue el día en que comenzó el desalojo de los nazis de Europa. En química, la delta es el símbolo de calor. Con esta cálida letra comienzan sustantivos que nombran conceptos importantes y entrañables para nuestra cultura: Dios, democracia, dulzura, y también conceptos desastrados y sin defensores, como deuda, desastre, dolor.

         Como todas las demás, la de tiene diversas funciones, diversas significaciones y diversas historias detrás de ella. Su sencilla forma de arco de flecha sin tensar, recta y curva al mismo tiempo, que desde nuestro ángulo poco tiene que ver con la idea de una puerta, pero que puede abrir un camino, o marcar un punto hacia el cual caminar, una dirección, nos trae a la mente una claridad como la de la didáctica, como el dominio de las emociones, como la diestra mano que invita al conocimiento. Conocerla mejor con toda certeza nos comunicará mayores placeres en el uso de nuestra dichosa lengua.

         Otro día —ya no tengo certeza de la fecha—, seguiré con el sexto capítulo de esta hermosa historia. Mañana regreso a Atenas.

 

Valencia, 27 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXI / 20 de mayo del 2024

 


lunes, 6 de mayo de 2024

(La che, peregrinación de una paria) [CDLIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Flora Tristán, autora de Peregrinaciones de una paria (1838)

 

 

         Después de pasar cuatro días en casa de los abuelos de Alejandra, ahora acabo de llegar a Mérida. Es de noche. Espero que me sirvan la cena en un restaurant cerca del hotel. En una mesa detrás de mí los comensales, padre, madre e hijo de unos 15 años, conversan sobre el lugar al que viajarán mañana. El lugar se llama Chiguará, que, según Google Maps, está a 51,145 kilómetros de mi mesa. Por lo que dicen, comienzo a enamorarme.

         Este nombre me seduce de tal manera con su sonoridad tan hermosamente indígena y terráquea que me decido a desviar mis planes por segunda vez en estas vacaciones. Será un paréntesis, el primero, en esta historia que estoy contando porque en realidad hoy pensaba escribir sobre la letra de, pero, por la emoción con que hablan de Chiguará junto a mí, voy a hablar de la che.

         Es bastante más sencillo de explicar por qué esta letra (con la cual comienzan 4,24 por ciento de nuestras palabras) ya no tiene su propia sección en el diccionario que enseñarle a un niño cómo usar la ce delante de cada vocal. Casi basta con decir que desde 1803 (¡antes de la invasión de Napoleón!) hasta 1994 (¡madre mía, hace treinta años!), fue considerada una sola letra del alfabeto, a pesar de que estaba compuesta de dos, y fue así porque durante 190 años se tenía como suficiente la evidencia de que los dos caracteres, como sucedía con la elle, representaban un solo sonido (el de chino, por ejemplo, el de choza o el de hacha) y, por ende, la che era descrita como la cuarta letra del alfabeto español. A mí me parece más que suficiente ese argumento, pero a los actuales miembros de la Academia no les gusta... o por lo menos se han vuelto mayoría.

         Ciertamente, casi basta con eso, pero podemos ser más detallistas. La Ortografía de la Academia (2010) explica que a partir de la edición de 1992, una vez desalojadas de su habitación propia, las palabras comenzadas por che se ordenaron al final de la sección de la ce, después de las comenzadas por cu-: cháchara, por tanto, aparecía después que cuñado. Más tarde, el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de 1994, decidió que, aunque debíamos seguir considerándola un dígrafo, a la hora de ordenar palabras ortográficamente sí debíamos separar la ce de la hache. De modo que para la vigésima segunda edición (2001), las palabras comenzadas por che aparecieron flanqueadas por las comenzadas por ce- y las comenzadas por ci-, o sea, primero cena, después chasquido, cheque, chinche, chocolate y chusma, y más tarde cisne; el pobre cuñado, que nueve años antes las precedía, quedó unas cuantas páginas más adelante. Las que contienen la che en su interior (como ocho o colcha) también tuvieron que moverse de lugar. Así están ahora.

         No es, empero, la primera vez en la historia que la che ha debido tragar grueso y aceptar los cambios que la historia de la lengua le ha impuesto. Ya en el pasado nuestros bisabuelos tuvieron también que aprender a escribir, prescindiendo de la che, palabras que, de niños, habían aprendido con ella. Por ejemplo, cristianismo, cronológico o crisol, que en la época del primer diccionario de la Academia, 1726-39, se escribían christianismo, chronologico y chrysol. Pero siéntense, que se van a caer para atrás: ¡canciller, querubín y coro se escribían chanciller, cherubín y choro! Aunque en lingüística no cabe clasificarlo más que como una señal de la evolución de la ortografía, este hecho equivale, en geografía, al despojo de una parte del territorio de un país. Los grupos de defensa de los derechos históricos y lexicográficos de la che (no es chiste: existen) no pierden oportunidad de señalarlo.

         A la che, después de tanto recorrido, sólo le faltaría que, a lo Flora Tristán, su marido le dispare en la calle para quitarle lo poquísimo que le queda, lo que hasta su propia familia le niega. En los últimos tiempos, mucha gente la llama en realidad “ce hache”, desatentos a su prolongada peregrinación por el alfabeto. Ya parece saña.


         Llego a mi hotel después de la cena y un breve paseo. Un paseo más minucioso lo daré pasado mañana, cuando vuelva a Mérida. En la recepción, como también estoy peregrinando en estas vacaciones, acabo de contratar un taxi para ir mañana temprano a Chiguará.

 

Mérida, 19 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLIX / 6 de mayo del 2024