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martes, 30 de septiembre de 2025

Aún sin terminar de traducir el libro más traducido del mundo [DXX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Niñas japrerias del sur de Venezuela

 

 

         “Miles de años después de los primeros manuscritos y cientos de años [después de] Gutenberg”, dice la página web de Aletheia, “57 por ciento de los idiomas activos en el mundo aún no dispone de una traducción completa de la Biblia”.

         Impresionante, ¿no?, difícil de asimilar a la primera. Esta noticia, que revela en primer lugar que el cristianismo no ha llegado aún a todos los pueblos del mundo, da una señal clarísima sobre las dificultades que enfrenta una tarea tan delicada como la traducción. Y también deja clara la inmensa carencia de traductores que hay, a pesar de que cada día son más las personas que, incluso sin una mínima formación académica, se llaman a sí mismas traductores, y justamente ahora que recorre, palpable y virtualmente, la idea de que con la aparición de la llamada inteligencia artificial ese problema ya no existe.

         La Biblia tiene la reputación de ser el libro más traducido del mundo y de la historia. Sin embargo, resulta que semejante trabajo, que uno a simple vista no logra imaginarse cuán grande es, está aún por terminar. Y no es que falta una docena de idiomas o dos en que aún no existe una versión de la Biblia. Es que, según la Sociedad Bíblica Americana, de las 6.901 lenguas que se utilizan hoy en día para comunicarse, menos de la mitad dispone de la Palabra de Dios para los hablantes que sólo se expresan en su lengua materna.

         Si la primera traducción de los diversos textos e idiomas de la Biblia al latín le tomó a san Jerónimo unos 20 años, ¿cuánto tiempo más tendrán que esperar los creyentes de esos idiomas?

         Las regiones del mundo donde san Jerónimo tendría que inspirar con mayor intensidad a los traductores son África Central, Eurasia, en Asia y la región Indo-Pacífico. En Sudán del Sur, por ejemplo, 65 pueblos originarios hablan unas 100 lenguas, en ninguna las cuales los hablantes disponen de las Sagradas Escrituras completamente traducidas. Lo que es más, en 31 por ciento de esas lenguas ni siquiera se ha comenzado nunca a traducirlas.

         En Venezuela misma, unas 3.280 personas, según datos del 2015, nunca han leído ni una palabra de la historia de Abraham, de David ni de Jesús en su lengua nativa, ni siquiera aquellos que cuentan como creyentes. Los hablantes de mandahuaca (posiblemente extinta ya, en la frontera con Brasil), japreria (de la Sierra de Perijá) y mutus (o mapoyo, a lo largo del Orinoco) son las comunidades venezolanas que podrían llamarse “abíblicas”. En Perú, la cifra crece hasta 57.100 ciudadanos. ¡En México son 79.800!

         Pero las cifras sorprendentes no se producen solamente en el Tercer Mundo. En Alemania y en Canadá, en Rusia y en Suiza, en Australia y en Dinamarca, en Estados Unidos y en España también sucede.

         En el Día del Traductor de este año, entonces, démonos cuenta de cuánto trabajo falta por hacer. Démonos cuenta de que la llamada inteligencia artificial tiene poco con qué competir con nosotros en este terreno. Démonos cuenta de que la traducción es también una misión, como lo fue hace 1.600 años para el santo patrono, que no se acobardó por el tamaño del compromiso.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXX / 30 de septiembre del 2025

DÍA DEL TRADUCTOR Y DEL INTÉRPRETE

(SAN JERÓNIMO)




Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 14 de octubre de 2024

¡Vade retro! [CDLXXXII]

Edgardo Malaver



Quo Vadis? (1913), de Enrico Guazzoni




Es muy posible que haya oído la expresión vade retro, y varias veces, antes de aquel domingo en que escuché por primera vez el episodio del Evangelio en que Jesús le espeta a Pedro: “Aléjate de mí, Satanás”. Sin embargo, en mi mente infantil, inocente aún de la omnipresente herencia del latín, había entendido que la frase era va de retro. La imaginé así también entonces. Y cada vez que la oía, me preguntaba qué tendrían que ver en tales contextos los carros que rodaban hacia atrás.

El sacerdote debe haber explicado en la homilía que, dada la importancia de la escena, aquella frase había sido conservada por la historia con el significado de “no importa cuán importante seas para mí, vete bien lejos porque entorpeces mi avance, me alejas de mi objetivo”, que era lo que, sin proponérselo, estaba haciendo Pedro cuando Jesús reveló que se acercaba el momento en que iba a terminar siendo ejecutado y él, Pedro, le aseguraba que jamás lo permitiría. No entendía aún —pero ya estaba mucho más cerca— por qué la frase estaba en latín, si el Evangelio fue escrito en griego. Lo entendí cuando la universidad me introdujo a san Jerónimo en esta historia, con su traducción de la Biblia y el hecho de que esta traducción fue la única que todo Occidente citó durante los siguientes mil años e incluso subsistió hasta el siglo XX —fue renovada apenas en el pontificado de Juan Pablo II.

Es curioso que haya cierta discrepancia entre la expresión que usa Jerónimo para traducir a los evangelistas Mateo y Marcos en sus casi idénticos textos. Al primero lo traduce como “Vade post me, Satana!” (¡Pasa detrás de mí, Satanás!). O sea, delante de mí eres un obstáculo. En el segundo caso pone “Vade retro me, Satana” (Aléjate de mí, Satanás). Retrocede, apártate de mí. En ambos casos es notoria la exigencia de un movimiento hacia atrás: hacia atrás de ti o hacia atrás de mí. Es decir, la discrepancia en realidad es mínima, digamos que sinonímica. Confiando en san Jerónimo traductor, habría que pensar que en el griego original sucede lo mismo... o algo similar.

La palabra retro, que en latín es un adverbio, ha dado lugar, en español y otras lenguas, a sustantivos y adjetivos que revelan fácilmente su significado: retroceso, retrovisor, retrospección, retroalimentación, retroactivo, retrospectivo, retrógrado, algunos de los cuales producen también verbos. También sucede que, como prefijo, puede significar ‘situado atrás’, no ya ‘que se mueve hacia atrás’, como en el adjetivo retroperitoneal.

Uno siempre se imagina que la frase ¡Vade retro, Satanás! era de las primeras que se le gritaba al demonio en los exorcismos. Pongo la oración en pretérito, no porque crea que ya no se practica este rito, sino más bien porque el ‘manual del exorcismo’ para “sacerdotes autorizados” publicado por la Asociación Internacional de Exorcismo en 1999 pone otra: “Recede ergo, Satan, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti” (Ahora vete, Satanás, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo). No que se aparte, que retroceda, que se ponga a un lado o detrás de quien lo increpa, sino que abandone a aquel a quien atormenta.

El pobre san Pedro, joven aún y ciego aún a los fines que perseguía su maestro, pretende alejarlo de la persecución, el dolor y la muerte que Jesús anuncia que le esperan al llegar a Jerusalén en los días siguientes. No imaginaba, él que tan oscilante fue al principio, que ya viejo, con otras palabras, salidas ahora de sus propios labios, habría de devolverse, caminar hacia atrás, para compartir con su maestro la dolorosa forma de morir que una vez había querido evitarle.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXII / 14 de octubre del 2024


lunes, 30 de septiembre de 2024

La madre de las literaturas [CDLXXX]

Edgardo Malaver

 

 

“Esos genios de la lámpara maravillosa...”.
Barbara Eden en 1966

 

 

 

         Uno tarda en darse cuenta, pero el mundo rebosa de evidencias de que la literatura nace de la traducción. No habrá sido siempre ni en todas las civilizaciones, pero donde una estirpe humana, en su desarrollo, en su expansión, ha tenido dificultades en el parto, siempre ha venido en su auxilio la traducción para traer al mundo un nuevo vástago que la haga grande y la eternice; pero a veces le ha tocado a la traducción sentir los dolores y parir la literatura y después velar el embellecimiento progresivo de la criatura poética que el pueblo venera y multiplica sin darse mucha cuenta de su valor.

         Miren cómo los romanos llegaron a Grecia —nada menos—, la vencieron, la dominaron, y Grecia, que era la que ya poseía una literatura madura y florecida, contagió la literatura al pueblo latino. Qué caso tan curioso de pueblo conquistador que adopta la cultura del pueblo conquistado en lugar de imponerle al otro sus dioses, su forma de alimentarse, sus letras. Los romanos se llevaron a la ciudad de Roma toda la poesía y todo el teatro de los griegos y se lo entregaron a los esclavos traductores y, en un primer tiempo, lo que hicieron fue leer traducciones y escribir imitando lo que habían escrito los griegos. Fue bastante rato después cuando los poetas latinos se emanciparon de los modelos de Homero y Aristófanes, y sólo así comenzaron a germinar los Virgilios y los Horacios.

         La pieza literaria árabe más conocidas de todas, Las mil y una noches, es también un parto de la traducción. Esta obra no nos llegó ya formada del Medio Oriente. Fueron los traductores europeos, especialmente los ingleses y franceses, los que la fueron moldeando, podando, ajustando a la moral y al carácter de su época, hasta fijarla en la forma que exhibe hoy y que nos habla, como debe una obra de arte de buena ley, del espíritu humano, de lo mejor y lo peor que habita en el hombre. Es decir, la fórmula mágica de Alí Babá, el arrojo de Simbad, la picardía de la propia Sherezade, al final, han llenado nuestras noches y han visto aparecer el sol en Occidente gracias al talento de mil y un traductores, esos genios de la lámpara maravillosa que son también como vivas imágenes del misterioso poder que contienen las palabras.

         La propia Biblia, el texto literario escrito en Oriente que por más que se le evada ha terminado permeando las fibras de todo lo que se ha escrito en Occidente durante los últimos dos mil años, es resultado de una traducción constante durante todo su lento itinerario de escritura. Mil años estuvo creciendo en ese útero nutricio que es la cultura hebrea, escribiéndose a sí misma en la pluma de autores que citaban a lejanos antepasados que habían escrito en otros idiomas, hasta llegar a la era cristiana, protagonizada por gentes que se comprendían aunque se hablaban en lenguas extranjeras. Y en el presente, ninguno de nosotros tiene en casa una Biblia que no sea una multitraducción literaria —¿o una traducción multiliteraria?— de todas sus narraciones y poemas a la lengua de cada quien.

         Y Don Quijote... Usted que ya tuvo, como diría Unamuno, la dicha de leer Don Quijote por primera vez, se habrá quedado con la boca abierta al oír al narrador, a pocos capítulos de principio, que aquel libro que tenía entre manos era, ni más ni menos, una traducción. Se habrá reído con las risas del muchacho que el narrador contrata para que traduzca la “verdadera historia del ingenioso hidalgo”, que con tanta inocencia se mete en cada pleito que existe, que se embarca en cada locura que se le atraviesa, que dice cada palabra sabia que se le adhiere a los labios. Y es la obra más grande que se haya escrito jamás y al mismo tiempo es una traducción, al menos dentro de la ficción, donde el protagonista diserta con tanto acierto sobre la traducción como actividad intelectual y como producto literario.

         El camino por el cual hemos llegado a la concepción de la cultura en todos los países discurre de vez en cuando por trechos y parajes circundados de traducción, cubiertos de poesía traída de otras tierras y enamorada de la lengua del nuevo lugar que habita, olorosos sus campos y ciudades del saber de otros pueblos, tapizados sus muros de palabras traducidas, que es casi lo mismo que decir, como Zorrilla, que “están respirando amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXX / 30 de septiembre del 2024

  

lunes, 3 de julio de 2023

Santa Tecla [CDXXVIII]

Luis Roberts

 

 

 

Las palabras y el fuego respaldan
la candidatura de santa Tecla.
Ilust.: catholic.net


 

 

          Nada más lejos de mi intención que proponer a la Iglesia Católica la elevación a los altares de una nueva santa, ¡Dios me libre! Vana intención. Bastante tiene la Iglesia con los más de 9.000 santos y beatos que tiene en su santoral, cada uno con su correspondiente día de celebración; casi treinta al día.

         Según el derecho canónico, el católico debe bautizar a sus vástagos con los nombres de los santos del día, lo que, si se cumpliese, haría de las partidas de bautismo un documento libresco. Los Borbones encontraron hace tiempo la solución: les ponen humildemente sólo cinco o seis nombres rematándolos con un “y de Todos los Santos” y asunto concluido. Al contrario: a pesar de que en los últimos papados se han proclamado algunos nuevos centenares de santos, se ha tendido a aligerar la nómina eliminando algunos santos de larga tradición y devoción, incluso la mía, como san Cucufato y san Cristóbal.

         Lo que propongo, a sabiendas de que no se me hará ningún caso, es cambiar el patronazgo de los traductores. Nuestro santo patrón es san Jerónimo, santo por el solo mérito de haber traducido, y mal, la Biblia, la llamada Vulgata latina. Bien es cierto que lo aceptamos porque tenía varias coincidencias con nuestro hacer diario: conocía superficialmente el arameo, el hebreo, el griego y el latín, inventaba cuando ser hallaba en un callejón sin salida y echaba mano de los falsos amigos y de acepciones erradas en infinidad de ocasiones. Metidas de pata de consecuencias teológicas hoy difíciles de enmendar. Camel en arameo es, efectivamente, ‘camello’, pero también el cabo o la soga que amarra un bote, por lo que al caer, como nos ha pasado tantas veces, en un falso amigo, se le ocurrió eso de pasar un camello por el ojo de una aguja, en vez de un cabo; ¿un camello? Y ahí quedó para siempre. Pero más grave fue lo de confundir almash, que es una joven adolescente, con una virgen que es betulá en arameo, y esa discusión teológica fue el objeto, no solo de arduas discusiones en varios concilios, sino de asesinatos, herejes quemados vivos, etc.

         Mi propuesta, abocada al fracaso, repito, es abandonar el patronazgo de san Jerónimo y, como ya lo intentaron en su día sin éxito los informáticos, declarar como nuestra santa patrona a santa Tecla, lo que supondría solo un adelanto de seis días en la celebración del Día del Traductor. Las razones son obvias, como los informáticos, los traductores pasamos más horas al día con la tecla que con nuestra pareja. Además, su martirio tiene una gran afinidad con nuestro quehacer. Santa Tecla de Iconio (ninguna broma al respecto, por favor), acompañaba a san Pablo en sus viajes “evangelizadores” (las comillas son porque no había aún evangelio alguno) y toda su meta en la vida era permanecer casta y pura, lo que con san Pablo no debió costarle mucho esfuerzo, pues según las crónicas de la época era bajito, calvo, patizambo y contrahecho.

   Según llegaban a diversas ciudades siempre había algún jerarca que pretendía violarla, lo que al parecer era usual en esa época, y ella se negaba por mor de su deseo de castidad. Por ello fue repetidamente condenada al martirio. Primero fue quemada viva, pero una lluvia con granizo apagó el fuego, según unas versiones, y según otras el fuego se convirtió en un halo protector. ¿Cuántas veces los clientes no nos ponen a correr on fire para entregar un trabajo en unas pocas horas y lo hacemos y sobrevivimos?

         Más tarde fue echada a los leones para que la devorasen y estos la lamieron los pies. ¿Cuántos clientes han amenazado con devorarnos y al final no han tenido más remedio, no que lamernos los pies, pues ya no es de uso, pero sí de darnos las gracias? Y por último cuando iba a ser degollada se abrió la roca de un monte y ella desapareció en su interior para siempre. Todo traductor sabe que en algún momento, cuando un cliente quiere degollarlo, lo mejor es desaparecer para siempre.

         Aquí queda mi propuesta sin futuro: santa Tecla patrona de los traductores.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVIII / 3 de julio del 2023


miércoles, 30 de septiembre de 2020

El traductor polémico [CCCXIX]

Edgardo Malaver



Iglesia de la Natividad, Belén. Aquí enterraron a san Jerónimo hace, hoy, 1.600 años



En realidad hoy es una fecha luctuosa. Hoy se recuerda el día en que murió san Jerónimo: el 30 de septiembre del año 420. O sea, cumple hoy 1.600 años bajo la tierra.

Como hombre de fe, es sumamente importante: es uno de los Padres de la Iglesia, ese grupo de autores de la antigüedad, en Oriente y Occidente, que la Iglesia considera testigos calificados de la fe y que además sembraron y edificaron la ortodoxia de la doctrina dentro de una vida de santidad. Como escritor, le debemos miles y miles de páginas de una aguda prosa bajo la forma de cartas, polémicas, biografías y análisis literarios y teológicos —obra literaria que hoy podemos llamar ensayística, es decir, no exenta de poesía y recursos artísticos—. Y como traductor, se llevó la palma de ser el primero que trasladó las Sagradas Escrituras de sus lenguas originales al latín; en otras palabras, es el autor de la Vulgata, la versión de la Biblia que la Iglesia utilizó como texto sagrado oficial hasta la llegada de Juan Pablo II.

Todo eso es más o menos conocido —se repite tanto cada año que ya uno lo escribe de memoria—. Lo que parece que no se conoce mucho es una atractiva faceta de san Jerónimo que le trajo problemas tan graves como la pérdida de amigos y el exilio —que aunque sea voluntario se le llama exilio—. Su espíritu polémico es uno solo con su erudición, y se alimentan uno del otro. Algunos títulos de sus obras son ya evidencia de que no acostumbraba aprobar todo aquello ni a todo aquel que le pasaba por delante.

Las confrontaciones en el terreno de la fe comenzaron de manera moderada con Disputa de un luciferiano y de un ortodoxo (escrita aproximadamente en el 378), obra en la cual el autor se limita a “reportar” el desacuerdo entre un personaje llamado Eladio y un cristiano anónimo. Eladio defiende al obispo Lucifer (sí, Lucifer, obispo de Cagliari hasta el 370, que no admitía el regreso a la Iglesia de obispos que se hubieran confesado arrianos durante la persecución del 362), mientras que el ortodoxo refuta que los eclesiásticos deban recibir sanciones mayores que los laicos. Un año más tarde escribiría un diálogo titulado Contra los luciferianos, en el cual ya no sería tan moderado.

En el 383 sí se revela la viva fiereza de Jerónimo en su argumentación, al escribir Contra Helvidio, que había cuestionado la virginidad de María después del nacimiento de Jesús. Helvidio igualaba en sus escritos la condición del que practica la continencia con la del individuo casado que mantiene legítimas relaciones carnales con su cónyuge. La posición furiosamente contraria de Jerónimo le trae el resentimiento incluso de algunos buenos amigos como Pamaquio —calma, calma, después se reconcilian—, pero el documento tiene el mérito de ser el primer tratado de lo que ahora se llama mariología.

Luego vino Contra Joviniano (393). Joviniano defendía la igualdad de todos los cristianos una vez bautizados y, dada esa igualdad, consideraba intrascendente la vida monástica. En este libro, escrito con una alta carga de hostilidad, san Jerónimo rechaza la oposición existente en aquella época a las prácticas ascéticas dentro del cristianismo. 

Especialmente interesante para los traductores es la Carta a Pamaquio (también titulada Del arte del bien traducir, 396). A Jerónimo se le pide que traduzca una carta privada del papa Epifanio al obispo de Jerusalén, Juan, y él lo hace intentando que el texto sea comprensible para su lector final. Después de unos meses, la carta es robada del escritorio de su dueño e inmediatamente se levantan voces en la ciudad santa que acusan al traductor de falsear las Escrituras debido a su “libertad” al traducir. Entonces, dirigiéndose a su amigo Pamaquio —¿vieron?, aquí se tratan muy bien—, Jerónimo dispara toda su dialéctica e inteligencia para demostrar que no comete pecado alguno al traducir atendiendo al sentido de las palabras más que a las palabras mismas. En el punto 4 del texto, Jerónimo lanza esta punzante pregunta al autor intelectual del robo, que él conoce muy bien pero cuya identidad no revela: “¿Acaso dejas tú de ser hereje porque yo sea mal traductor?”. (En alguna traducción de esta carta al español dice ladrón en lugar de hereje, pero el original en latín dice haereticus.)

Esta polémica, una de las primeras de la llamada “controversia origenista” (la causada por los seguidores de las herejías del pensador griego Orígenes, autor que Jerónimo tradujo también), produjo la enemistad entre Jerónimo y el obispo Juan. El santo traductor escribió luego Contra Juan, obispo de Jerusalén (398), alegato lleno de violencia y ataques personales contra su adversario. Rufino, su amigo de la juventud, se pone en su contra, y Jerónimo responde con su Apología (desarrollada en dos tomos) y con Contra Rufino (401), una obra maestra.

Ya en la vejez de san Jerónimo, retirado en Belén, aflora la polémica con Vigilancio, sacerdote galo que él había acogido en Tierra Santa y que luego le dio la espalda. Éste menospreciaba el culto a los santos, a lo cual san Jerónimo reacciona escribiendo Contra Vigilancio (404). En esta obra, el autor es particularmente irónico: por ejemplo, deformando el nombre de su oponente, lo apoda Dormancio. El argumento más importante en este caso sería: si los apóstoles oraban en vida por aquellos a quienes Jesús asistía, ¿cuánto más podemos pedirles ahora que lo hagan por nosotros si ahora están al lado de él en los cielos?

La última de las obras polémicas destacadas de san Jerónimo fue Diálogo contra los pelagianos (415). La escribió por encargo de san Agustín, otro Padre de la Iglesia, para combatir el pelagianismo, la tesis de Pelagio de que el pecado original no existe y que la gracia de Dios no es necesaria ni gratuita. Quizá por la influencia cercana de Agustín, en esta obra ya no muestra las garras de antaño sino que mantiene una actitud moderada, aunque siempre firme. Curiosamente, estos dos autores fueron grandes amigos sin haberse visto nunca en persona.

Jerónimo, entonces, no fue solamente traductor, ni fue solamente un religioso que se dedicaba a rezar. Fue también un intelectual que, como se requiere para ejercer la traducción con seriedad, sabía cómo utilizar el pensamiento. Y no es el patrono de traductores e intérpretes simplemente por que él mismo ejerciera ese oficio, ya sabemos que no era para él el principal. Su ímpetu y vehemencia, quizá más acentuados de lo esperable, 1.600 años después pueden ser para nosotros en la actualidad índice de cuánto necesitamos defender lo que pensamos y creemos justo. Fiel a su pensamiento, amarrado siempre al mismo ideal, su uso de la palabra es ejemplo de rectitud, por lo menos en la esfera intelectual y profesional, pero también más allá.

Para todos, ¡feliz día de san Jerónimo!


emalaver@gmail.com





Año VIII / N° CCCXIX / 30 de septiembre del 2020






miércoles, 25 de diciembre de 2019

Toda la Navidad en una sola palabra [CCLXXXIV]

Ariadna Voulgaris




Maia Morgenstein y Jim Caviezel como María y Jesús
en
La pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson




         Como recordarán, Jesucristo nació en una familia pobre en un pueblo pequeñito, nunca tuvo, según sus propias palabras, “donde reclinar la cabeza” y murió tan pobre que sus amigos salieron corriendo. Solo su madre lo acompañó de principio a fin y lo hace con tanto silencio que a veces parece más una presencia espiritual... pero ha quedado claro que en esa familia todos eran así.
         Este diciembre, se me metió a mí en el cuerpo el espíritu de la osadía y me sentí ya con la confianza suficiente, después de cinco años viviendo en Grecia, para leer el relato del nacimiento de Jesús en su lengua original. Mi abuelo me contaba esa historia en griego, pero yo nunca la había leído sino en español.
         Sé desde siempre que hay que comenzar con el Evangelio según san Lucas. Paso la prueba del primer capítulo, y en el segundo vuelvo a ver la escena en que María recuesta a Jesús en el pesebre; es allí donde mi imaginación sufre un ataque del espacio exterior. Toda la vida hemos sabido que José y María no encontraban dónde hospedarse en Belén y por eso ella tuvo que parir casi al aire libre, en mitad de la noche, rodeada de animales y contando apenas con la ayuda de un carpintero (su marido, está bien, pero no tenía experiencia en partos nocturnos). Pero esta mi primera lectura me disloca con una palabra en el versículo 7. Allí el hermano Lucas dice:

κα τεκεν τν υἱὸν ατς τν πρωττοκον, κα σπαργνωσεν ατν κα νκλινεν ατν ν φτν, διτι οκ ν ατος τπος ν τ καταλματι.

         ¡Katalýmati! ¿Habitación? ¿Cuarto de huéspedes? ¿Cuál habitación? ¿Cuál cuarto de huéspedes, si los pobres no encontraban dónde pasar la noche cuando llegaron a Belén? Nadie los recibía. Todo estaba lleno porque mucha gente estaba llegando a la ciudad para censarse. La traducción más inofensiva al español dice más o menos así: “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la posada”. ¡Posada! Me imagino que es a partir de esta palabra que hemos entendido a lo largo de la historia que los tres visitantes de Nazaret andaban por ahí dando tumbos y que nadie se condolía de ellos. Pero si el original decía καταλματι, como acabo de descubrir, queda implícito que estaban hospedados en una casa, solo que no podían estar en el espacio donde habitaba la gente y, por tanto, tuvieron que irse al lugar donde estaba el pesebre: ¿el establo? ¿Tenían establo?
         Un artículo de Fernando Renau que me encuentro menciona varios detalles de la cultura hebrea que permiten sacarle información a este versículo. Uno de esos detalles es que José era de Belén (razón por la cual tenía que censarse allí), y por eso debía tener parientes en la ciudad. Es lógico pensar que hubiera podido llegar a casa de un primo, de una tía abuela, de un hermano menor. Otro dato importantísimo es que se consideraba que la mujer parturienta quedaba “impura” durante semanas, razón por la cual habría sido harto extraño e irregular que María pudiera convivir con los familiares de su marido después del parto e incluso durante el parto.
         Leí también un agudo artículo de un testigo de Jehová (que no pone su nombre) que da una importancia enorme a la hospitalidad judía de la época y aun de la actualidad. Argumenta que es poco probable que siendo de Belén, un descendiente de David fuera a ser rechazado si volvía a casa de sus parientes y vecinos, y muchísimo más si venía con una esposa a punto de parir.
         Estos dos artículos y otros terminan descartando que Lucas haya querido decir posada y que se refiera a lo que hoy llamaríamos una instalación turístico-hotelera. Debe haber pensado en una habitación, una sala común, una estancia, un cuarto de invitados. De hecho, explican que el propio san Lucas y además san Marcos, cuando narran el episodio en que Jesús manda preparar la Última Cena y pide que vayan a preguntar en la ciudad “dónde está la estancia donde ha de celebrar la Pascua con sus discípulos”, utilizan también la palabra καταλματι, y en ninguno de los dos casos se ha traducido como posada.
         Aunque no estoy dando todas las evidencias (porque no soy especialista en este asunto), parece que Jesús nació en la casa de algún pariente de José (Dios le eligió un buen padre humano a su hijo), aunque no haya sido en la habitación más cómoda, ni siquiera propiamente dentro de la casa. Y con respecto a la palabra casa, me deslumbra y me contenta la solución que descubro en la llamada Biblia Latinoamericana, de 1995: “...pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa”.
         Aparece casa también, en español, en la historia del amigo san Mateo cuando cuenta la primera visita oficial que recibió Jesús como profeta, sacerdote y rey: la de los Reyes Magos. Dice: “...y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre...” (Mateo 2, 11). En griego veo la palabra οκίαν, la responsable de nuestra economía.
         ¿Desde cuándo existe esa confusión, si es que lo es? Quiero dejar a los profesionales de la lengua dilucidar si es un error de traducción, de transcripción, de interpretación o simplemente que el pueblo se lo imaginó todo torcido (porque no sabía leer, porque no conocía la cultura hebrea, porque todo el fenómeno Jesús le parecía un cuento fantástico, no soy yo quien lo sabe con certeza). También puede haber sido la traducción al latín:

et peperit filium suum primogenitum; et pannis eum involvit et reclinavit eum in praesepio, quia non erat eis locus in deversorio.

De latín sí que no sé casi nada, pero el mejor diccionario que encuentro en Internet me dice que deversorio equivale a hotel.
         Si nos ponemos dicotómicos entre católicos y protestantes, la traducción de Vatican.va dice albergue y la Reina-Valera dice mesón. Y si nos fijamos solo en los idiomas, la Nouvelle Edition de Genève en francés pone l’hôtellerie; el traductor de la Bibbia della Gioia italiana elige locanda del villaggio; la King James Version inglesa propone inn.
         Quién sabe si hay que tomar la actitud de la Santísima Virgen: “guardar todas estas cosas para meditarlas en nuestro corazón” (el segundo capítulo de Lucas es particularmente rico, ¿no?). Es que a Dios en realidad le importa más otra cosa. Y a nosotros puede ser que nos importen más las palabras que la presencia espiritual que exudan; que nos importen más las historias como literatura que como vida; la Navidad más como fiesta que como fe. Y la Navidad no puede depender de una sola palabra. ¿Habrase visto pobreza más pobre que esa?

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXIV / 25 de diciembre del 2019




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