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lunes, 24 de enero de 2022

Amameyado [CCCLXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El obispo anaranjado (o Euplectes franciscanus), un pajarito
africano con plumas negras y... amameyadas

 

         Qué difícil es, al menos cuando uno es medio insensible, dar con el nombre del verdadero color de las cosas, pero hay gente que tiene toda la habilidad que nos falta a otros. Existen personas que no pueden oírlo a uno decir “Eso es rojo” sin brincar a corregir: “No, eso es fucsia, eso es lila, eso es rosa viejo”. Mis hijas nacieron con ese resorte y les ha salido muy bueno, a pesar de lo mucho que lo usan. Las mujeres parecen tener ojos mejor preparados para esas precisiones (a menos que la verdad sea que los de los hombres no encuentran razón para detenerse en ellas).

         ¿Serán de veras tan diferenciados, en el uso de la lengua, los nombres que damos a los colores? Una persona mayor que conozco en Margarita se refiere siempre al color anaranjado como amameyado. A mí me fascina este uso porque no sólo viene a mi mente el color del mamey sino también el mismo mecanismo de formación de la palabra que en anaranjado: sufijo a + sustantivo naranja + sufijo -ado. Naturalmente, hay que haber visto (y hasta saboreado) un mamey para poder tener registrado su color en la mente. En Caracas, hasta donde sé, anaranjado convive con naranja (como adjetivo), pero el mamey no es frecuente ni en el mercado de Guaicaipuro.

         La verdad es que existen muchas formas de dar los nombres de los colores. Yo de pequeño descubrí el rojo, por ejemplo, y siempre lo llamo rojo; pero más tarde me di cuenta de que existía también lo que yo llamo rojo oscuro. Y cuando lo menciono así, siempre viene alguien que me corrige: “Eso es vino tinto”. Me pasa lo mismo con el azul. En Perú, por si fuera poco, lo que los venezolanos llamamos azul claro es únicamente celeste; para ellos el azul es totalmente otro color —normalmente ni siquiera se orientan cuando, en lugar de diferenciar tonalidades de azul, se trata de distinguirlo del rojo o del verde—. El amarillo quizá sea el que nos causa menos desacuerdos, aunque algunas personas prefieren llamarlo dorado todo el tiempo, con lo cual yo me quedo sin el oro y sin el moro.

         (Creerán que exagero, pero hace media hora le digo a una de mis niñas: “Ponte la gorra amarilla”, y ella me contesta: “Es color mostaza”. Y sí, parece más un frasco de mostaza que una pluma de canario. ¿Ven?, el simple siempre soy yo.)

         En Margarita, algunas cosas pueden ser color agua, que es esencialmente el aguamarina, pero más claro, y bastante más claro que el turquesa, por lo que he entendido recientemente. Mientras tanto, el rojo oscuro en Perú puede llamarse guinda (otra fruta que hay que probar para reconocer su color). Y un término que ya no se usa en el habla cotidiana y que algunos van a creer que es italiano, es azur, que es, si ojos más agudos que los míos no me contradicen, el azul más oscuro, que en Venezuela solemos llamar azul marino.

         Dediqué en estos días un tiempo a buscar sinónimos de los nombres de los colores primarios y secundarios y encontré esto: para el amarillo, ambarino, rubio, dorado, pajizo, gualdo —esta palabra hoy en día no se usa sino para hablar de banderas y escudos de los países y familias—. Para el azul, encontré añil, índigo, celeste, zarco, garzo, cerúleo —según el himno de Nueva Esparta, “Margarita es una de las siete estrellas que llena de rayos el cerúleo tul”, es decir, la franja azul de la bandera de Venezuela)—. Y para el rojo, colorado, encarnado, bermejo, grana, escarlata, carmesí, carmín, rubí —¿será por ser el más apasionado que es el que tiene más sinónimos?, ¿será por su encendida pasión que la protagonista de Lo que el viento se llevó se llama Escarlata?

         Los secundarios no salieron favorecidos en el número de sinónimos (que no es lo mismo que de metáforas). El verde tiene esmeralda, glauco, aceitunado; el violeta, morado, malva, lila, pero el anaranjado tiene tan pocos que el más común es... ¡naranja! Y, en español de Margarita, amameyado.

         Más creativos, más pretenciosos, más inocentes, todos estos modos de llamar a los colores revelan la naturaleza de la gente que los usa, y quizá también las necesidades que han tenido, la distancia que han recorrido desde el punto en que recibieron su idioma hasta el punto en que fueron relevados por la generación siguiente. Y así, generación tras generación, la lengua se alimenta a sí misma. En la lengua, como decía mi abuela, todo obra para bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXVII / 24 de enero del 2022

 

 

 

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lunes, 10 de diciembre de 2018

Las vocales y sus colores [CCXXXVIII]

Edgardo Malaver


 
¿Para ti de qué color son las vocales?



         No supe nunca cómo llegué a juntar las unas con los otros, pero, de pequeño, en la imaginación, yo les asignaba colores a las vocales. Llegué incluso a usar mis lápices de colores para dibujarlas, distribuidas, en apariencia caprichosa y aleatoriamente, entre las monótonas consonantes, a veces más cerca, a veces a dos, tres, cuatro espacios de la siguiente, todo por el puro placer de poner la hoja a cierta distancia y disfrutar del colorido irregularmente ordenado. Imaginar que hacer las letras más grandes, sustituir alguna breve palabra, agregar un prefijo, las cambiaría de lugar y les mudaría el aspecto, me insinuaba que el mismo texto podía lucir de diferentes formas y que, aun con los mismos colores, tendría infinitas posibilidades de combinación; todo esto me llenaba de fascinación. Si no fuera por la lectura, por los libros, por las historias, este sería el recuerdo más caro de mi escuela primaria.
         Haciendo estos juegos de letras y colores, de sonidos que eran imágenes, llegué a bachillerato; y recordándolos, llegué a la universidad, pero no los abandoné nunca. Mentalmente, he jugado miles de veces con las vocales y sus colores. Sin embargo, había aprendido a jugar solo, porque las muecas que he visto las tres o cuatro veces que lo he mencionado a algunos amigos me disuaden compartir mi juguete con otros niños. Así que no me esperaba llegar a tener un alma gemela que me disparara las palpitaciones al preguntarme, no bien ha aprendido siquiera el orden de las letras en el alfabeto: “Papi, ¿para ti de qué colores son las vocales?”.
         Para ella, la a es roja, la e es azul y la i es amarilla, exactamente como lo son para mí; en su imaginación, la o es verde y en la mía es marrón (“Podemos dibujar un árbol”, me dice); ella ve la u marrón, yo la veo morada. Resulta que su mamá, a quien nunca me había pasado por la cabeza comentarle esta “manía” mía, también ve la a roja, pero ve la e verde; ve la i igualmente amarilla, pero para ella la o es azul y la u, anaranjada. Mendel seguramente nos daría una explicación plausible de cómo estos caracteres dominantes de la a y de la i darán siempre rojo y amarillo, respectivamente, para la descendientes de individuos que ven de esos colores esas vocales. Las disparidades han de ser fruto de los caracteres recesivos.
         Las vocales, que, en su condición de minoría fonética, lucen más bien débiles y desprotegidas, han conquistado lugares honrosos en las lenguas, por lo menos en la española. En primer lugar, no es posible en español crear una sílaba sin una vocal, por lo menos. Todas las vocales, además, pueden funcionar como sílabas, e incluso como palabras individuales, sin la asistencia de ninguna consonante. Está entre ellas el sonido más “puro” que puede pronunciarse en la lengua, el de la a, es decir, el que experimenta la menor intrusión de los órganos de fonación. Son un grupo pequeño, pero son imprescindibles.
         En cierta forma, equivalen en la lengua a los colores primarios, que existen como personalidades originales, pero de ellos, de su combinación endogámica, aparecen los colores secundarios. Al revés, no es posible. No es extraño, entonces, que las vocales tengan en la mente de algunas personas sus propios colores. O que los colores, para decirlo de manera más bien poética, se sientan atraídos por las vocales, que parecen hacer sido las primeras en aparecer entre los sonidos.
         Mi niña, como está una generación más adelante que yo, tiene también colores para algunas consonantes, pero quizá espere hasta que aprenda a leer para contarles sobre esa otra bendición de la vida... y de la lengua.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXXVIII / 10 de diciembre del 2018

lunes, 2 de julio de 2018

Los colores del fútbol [CCXV]

Edgardo Malaver



 
El rey Pelé rodeado de sus padres (foto: Jaime Prado)




         En una torpe entrada en el área de peligro, voy a chutar contra una arquería que no conozco, defendida por un cancerbero que parece una muralla troyana, rodeado como estoy de jugadores que saben lo que hacen y delante de un público feroz que no me dejará escapar si fallo; pero nuestra estimada Laura Jaramillo, que sería algo así como nuestro director técnico si Ritos de Ilación fuera un equipo de fútbol, no me ha dado señales de hacia dónde dirigir el balón.
         Juego, además, para una selección que no está participando en el Rusia 2018. No es como la Blanquirroja peruana, que volvió esta vez después de nueve mundiales de ausencia; ni como la Marea Roja panameña, que debutó este año. Mucho menos como la Celeste uruguaya, que ha visto la película en primera fila 13 veces. No, la mía, la Vinotinto, tiene que seguir mejorando, pero sí tiene con ellas en común que su nombre proviene del color del uniforme.
         Pasa también con las selecciones de España, llamada la Roja; la de Argentina, la Albiceleste; las de Colombia y la de México, apodadas Tricolor. Y fuera de la lengua española, pero limitándonos a los equipos de este Mundial, la de Francia se hace llamar los Azules; la de Bélgica, los Diablos Rojos; la de Brasil, la Verdiamarilla (o Auriverde, que es más bonito); la de Japón, los Samuráis Azules. Los serbios se dicen las Águilas Blancas, y los nigerianos se sienten águilas también, pero verdes. Los grandes ausentes, Italia y Holanda, se apodan, como todo el mundo sabe, Escuadra Azurra y Naranja Mecánica, respectivamente.
         A no ser por los colores, por la curiosidad de estos nombres, por las evidentes ínfulas de fuerza física y nacionalismo intenso que me revelan (en algunos casos sólo sugieren), es muy poco lo que puedo decir de este o cualquier otro deporte (quizá del beisbol pueda decir más). Sin embargo, el Mundial de Fútbol, cada cuatro años, me renueva la sensación color de lluvia que da el mes de junio, que nunca logro sintonizar cuando no hay Mundial. Las nubes grises y una breve temporada de frío blanco me instalan, otra vez, frente al televisor con mi hermano para ver Argentina 78, el Mundial blanco y negro, y España 82, el Mundial amarillo, y México 86, el Mundial verde.
         ¿De qué color es el fútbol? ¿De qué color es el Mundial del 2018? Parece rojo, como Rusia, aunque, en general, el fútbol es azul. ¿Qué nos da esa sensación? ¿La televisión, los uniformes, las banderas? ¿Las palabras? Cuando Pelé, en 1982, contaba por RCTV sus recuerdos de mundiales anteriores, aprendí unas cuantas palabras en inglés, que luego descubrí que servían para nombrar cosas fuera del fútbol: corner, offside, shoot. El superlativo de adjetivo fuerte en español, fortísimo, lo aprendí de Pelé ese año.
         Otras y más significativas manifestaciones lingüísticas (y cromáticas) destacan en el vocabulario del fútbol y, en este momento, del Mundial, los nombres de los jugadores, por ejemplo; ojalá que, si no ha sido eliminado su favorito, Jaramillo, o algún otro de nuestros amigos, autores o lectores (¿Juan Sifontes, quizá?), se lance al verde césped para anotarse un tanto en la arquería polícroma de Ritos.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXV / 2 de julio del 2018




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