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lunes, 4 de septiembre de 2017

Viaje a la RAE (III) [CLXVIII]

Luis Roberts


 
Carl Fredricksen, el de Up (2009), vendía globos
de colores para los niños, no otro tipo de globos



         Damos inicio a la que yo pensé que sería la última etapa de este viaje, pero que resulta que sólo será la penúltima. Como la descripción de este viaje no se hace en Facebook, no hace falta que le den muchos me gusta, aunque de hacerlo, siempre así, en singular y minúscula y si lo quieren adornar con comillas tampoco pasa nada. También pueden aderezarla con algún emoticono o emoticonos, siempre preferible al emoticón o emoticones, que también son válidas. Igualmente válidos serían los memes, en este caso en su acepción más usada de imagen humorística, no la originaria de Richard Dawkins.
         Lo importante es huir de la anfibología, de la ambigüedad gramatical, y de las otras. No es lo mismo: tenemos globos para los niños de colores, que tenemos globos de colores para los niños. Este es un problema por resolver por la lingüística computacional y un enemigo siempre al acecho en el mundo del derecho. Tanto como confundir la iniquidad (acto perverso) con la inequidad (desigualdad). Las dos pueden acabar en un degüello, no en un degollo, pues degollar es tan irregular como contar, por eso lo cuento. Y yo soy de los que piensan así, con el verbo final siempre en tercera persona, no tú eres de los que opinas...
         ¿Recuerdan las redundancias? Pues aquí va otra perla cotidiana: recuperarse favorablemente. ¿Alguien “se recupera” a peor? Y hablando de recuperar, no vale la pena recuperar una vocal cuando es doble en muchos casos, se la puede uno ahorrar, como en contrataque, portaviones, sobresfuerzo, antislamista, prestreno... Para que esta reducción sea posible, deben darse las siguientes condiciones: que no existan dos términos de significado diferente, como reemitir y remitir; que la simplificación no invierta el sentido, como ocurre con las vocales i y e, como en archiilegal y en ultraamoral; que no sea con el prefijo bio para que no se confunda con bi, esto es extensible a otros prefijos como heli/helio, ex/exo, di/dia y per/peri; biooxidación y bioxidación no significan lo mismo. Y que no medie una hache, como en semihilo. La simplificación es más frecuente en palabras largas (mininvestigación) y menos en palabras cortas (miniimán). La letra e se simplifica más fácilmente, como en sobresdrújula, remplazar o rencontrar y en cambio con la o o el prefijo co, rara vez hay reducción, como en microondas.
         ¿Saben que la letra u escrita en minúscula es una abreviatura máxima de universidad usada en muchos países de América y está aceptada por la RAE, así como su plural con tilde y minúscula úes?
         Talibán es un adjetivo, que tiene género y número: talibana, talibanes y talibanas. Por lo tanto, la cúpula y la milicia talibana y no talibán.
         El “quesuismo”, ¡ojo, no confundirse!, es tan usual e incorrecto como el “lacualismo”. Hay que usar, en el primer caso, el adjetivo relativo cuyo y no la combinación que su: “Es una persona que su único tema de conversación es ella misma”. Lo correcto sería: “Es una persona cuyo único tema de conversación es ella misma.” Pero la combinación que + su es válida en casos como cuando que funciona como conjunción: “Me dijo que su proyecto no saldría adelante”.
         Un incendio puede estar provocado por un incendiario, que es un malhechor, o por un pirómano, que es un enfermo, pero no es lo mismo. El incendiario produce un incendio intencionado, pero no un incendio provocado, pues todo incendio es provocado por algo o por alguien. Y, desgraciadamente, el incendio se puede propagar, pero no propalar, que para eso están los medios. Los incendios los apagan los efectivos del cuerpo de bomberos, que es el conjunto de los miembros de ese cuerpo que participan en la operación y que puede estar compuesto por 30 bomberos, pero no por 30 efectivos. Y el incendio puede ser violento, pero no virulento, no propaga enfermedades malignas.
         ¿Desde cuándo se usa el desde en lugar del en para indicar ubicación y no origen? “Los cancilleres americanos analizan desde Bogotá...”; “Desde el Gobierno se insiste...”. Lo correcto es: “Los cancilleres americanos analizan en Bogotá...”; “El Gobierno insiste en...”.
         Para alegría de muchos, la palabra poliamor, aunque deriva del anglicismo polyamory está perfectamente formada y es válida, tanto como su derivada poliamoroso, por lo que, aunque aún no esté recogida, ni cursiva ni comillas. Y si uno está de luto, por exceso de poliamor, los brazaletes negros no se lucen, se llevan, pues lucir significa “brillar”, “resplandecer”. Y si ablación significa “extirpación de cualquier parte del cuerpo”, si nos manifestamos, como debe ser, en contra de la “ablación femenina”, o especificamos a qué parte del cuerpo nos referimos, o puede ser que nos estemos oponiendo a que le saquen una muela a las mujeres. Si salimos a la calle a promocionar nuestra empresa repartiremos folletos, pero si queremos difamar al Gobierno (ejemplo hipotético), repartiremos panfletos, no confundir. Estos panfletos pueden ser anónimos o estar firmados con seudónimo, como tantos artículos y obras literarias, pero el seudónimo no es lo mismo que el alias o el apodo que, estos sí, son sinónimos. Y ahora una simpática paradoja: “Aprueban un decálogo que contiene siete principios que ayudarán a...” ¿Un decálogo con siete normas? Pues sí. Un decálogo es ‘un conjunto de normas  o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad’. ¿Qué tal?

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luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXVIII / 4 de septiembre del 2017



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 28 de agosto de 2017

Viaje a la RAE (II) [CLXVII]

Luis Roberts



Lo que queda de la ciclópea sede del Partido
Comunista Búlgaro en la era postsoviética



         Iniciamos esta segunda etapa del viaje a la RAE, tocando un tema que debe estar de capa caída en estos atormentados momentos: la libido. Libido es deseo sexual y es llana, y lívido es amoratado, muy pálido y esdrújula; aunque uno puede acabar lívido de tanta libido.
         En un listado de cuarenta fobias o aversiones, parca cifra, elijo unas pocas realmente curiosas: la afenfosfobia, aversión a ser tocado; la aliguinefobia, aversión a las mujeres guapas; la belenofobia, aversión a las agujas, especialmente las de inyectar; la cacofobia, aversión a la fealdad; la cainofobia, aversión a la novedad; la chamainofobia, aversión al Halloween; la courofobia, aversión a los payasos; y, por último, dos lamentablemente muy usuales entre nosotros: la fronemofobia, aversión a pensar, y la ergasiofobia, aversión al trabajo.
         Una expresión aceptada por la RAE y de gran actualidad es a la búlgara para aludir decisiones tomadas por disciplinada unanimidad, a veces con más votos que votantes, como solía suceder en las reuniones del Partido Comunista Búlgaro.
         Es conveniente de vez en cuando repasar la lista de palabras con alternancias acentuales, las que admiten dos acentuaciones prosódicas, como afrodisiaco, alveolo, amoniaco o cardiaco, sobre todo los que nos dedicamos a la corrección, que, por cierto, es una de las palabras que presenta dos de las posibles duplicaciones de letras en español.
         Los medios se arman un lío tremendo con ciertos gentilicios. El árabe es una raza y una lengua; el islamista, musulmán y mahometano, profesa una religión. Un bosnio no es árabe, no habla árabe y generalmente es musulmán. El judío, hebreo o israelita es un pueblo en el sentido histórico y religioso. Hoy el hebreo es un idioma, el judío una religión y el israelí una ciudadanía y unas instituciones del estado de Israel. Así mismo, el finés es un idioma y el finlandés el gentilicio de Finlandia.
         Un bloguero bloguea, chatea, guglea, tuitea y retuitea en Twitter, evita a los piratas informáticos, crea boletines digitales, usa su tableta, marca tendencias o temas del momento, y todo esto en la red, usando su internet: esa es la maravilla de Internet. Y todos estos términos están aceptados con esta grafía para evitar los anglicismos.
         ¿Saben la regla del nueve para evitar el queísmo?  Convertir el enunciado en interrogativo: ¿de qué me alegro? (me alegro DE que...); ¿en qué confío? (confío EN que...); ¿de qué está seguro? (está seguro DE que...). Si la interrogativa lleva preposición, la enunciativa también. Y lo mismo para evitar el dequeísmo.
         ¿Lo implícito y lo tácito es lo mismo? Para muchos sí, para la RAE, no: lo implícito es lo no explicado y lo tácito lo no dicho.
         Si queremos jugar al calambur, o simplemente poner en aprietos a más de uno, no hay más que enredarles, aunque generalmente se enredan solos —pronunciando o escribiendo— con los famosos parónimos, las palabras que se diferencian en una letra, que quieren decir cosas distintas, a veces opuestas, y que muchos confunden para hilaridad de unos y sorpresa de otros. Veamos solo algunos: esotérico y exotérico; espiar y expiar; espirar y expirar; estirpe y extirpe; laso y laxo; seso y sexo; aprehender y aprender; adición y adicción; accesible y asequible; adoptar y adaptar; alimenticio y alimentario; amoral e inmoral; apertura y abertura; apóstrofo y apóstrofe; aptitud y actitud. Y hablando de lo alimentario: comible  y comestible no son lo mismo, como no es lo mismo querer que poder. Y eso puede pasar tanto con una seta como con una persona.
         Y ya para terminar esta segunda etapa, señalar que la palabra electroencefalografista: “persona especializada en electroencefalografía”, es, con 23 letras, la palabra más larga que aparece en el DRAE.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXVII / 28 de agosto del 2017



Otros artículos de Luis Roberts

lunes, 21 de agosto de 2017

Viaje a la RAE (I) [CLXVI]

Luis Roberts



Actinidia deliciosa, nombre científico de una...
¿marca comercial?



         Esta semana emprendí un viaje a la RAE; sí, a la Real Academia Española —único viaje que me permite la acongojante situación— para combatir la canícula, la lluvia y el semiocio, de la mano de dos utilísimos libritos —por su tamaño— de FUNDEU y con el rimbombante título de Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua castellana, el Primero y el Segundo, que compré hace meses, tal vez atraído por el título que me recordaba una divertida película de Woody Allen, y que, leídos, los sumo a mis libros de consulta. Como este viaje no es largo no es de la Alcarria, ni el Camino de Santiago, pero sí lleno de anécdotas, lo haremos en varias etapas y esta es la primera. Se trata de normas del castellano, conocidas las más, pero sorprendentes otras que nos ayudan a agachar la cabeza humildemente entonando algún que otro mea culpa; curiosidades, cambios, desusos y obsolescencias, etc. Empecemos pues el viaje.
         Hablando de desusos, recordemos la lista de las preposiciones e inmediatamente borremos dos: so, convertida en adverbio, y cabe, desaparecida en inacción. Pero tendremos que añadir tres pseudopreposiciones: mediante, durante y vía. Entre un listado de 55 solecismos por el mal uso de la preposición, señalaré los que más me suenan, en la calle, en la casa, o en los medios: a excepción de, a grosso modo, a la mayor brevedad, a reacción, a resultas, bajo el supuesto, con motivo a, da la casualidad que, de acuerdo a, de motu propio, en base a, en el corto plazo, tan es así. Los latinismos adaptados al español llevan su tilde: réquiem; pero no así las locuciones latinas: sui generis. Lapso y lapsus son cosas distintas, y siendo el lapso un intervalo de tiempo, se comete, no un lapsus sino una grave redundancia diciendo “lapso de tiempo”. Calcando del inglés (perdón por el gerundio), dicen hallar culpable, en vez del correcto declarar culpable; y presunto en lugar de supuesto; presunto se utiliza para designar a quien se considera posible autor de un delito cuando se han abierto diligencias procesales pero aún no hay fallo de la sentencia, antes de eso es solo supuesto. Por culpa del cine y la TV —perdón, por las malas traducciones—confundimos evidencia con prueba y crimen con delito y decimos querella criminal, redundancia al canto, pues toda querella es penal. Que módem es un acrónimo inglés y menstrual es la palabra más larga con dos sílabas son dos curiosidades refrescantes, pero que kiwi, como aspirina o clínex, sea una marca convertida en nombre, casi se me atraganta.
         Y ya que salieron a relucir las redundancias, algunos ejemplos paradigmáticos: accidente fortuito (¿existen accidentes no casuales?); en vigor actualmente (si no, ya no está en vigor); apología a favor (la apología es una alabanza, no puede ser en contra); divisas extranjeras, nexo de unión, cita previa, prever con antelación y tantas otras. Sin olvidar la ya famosa “extranjeros de otros países”.
         ¿Actualmente, he dicho? Pues con los falsos amigos hemos topado, esos que son falsos porque nos mienten, porque dicen ser españoles y son ingleses o franceses, los actual, adoptar, asumir, billones, bizarro, eventualmente, obsceno, sensitivo, etc. Los que en nuestro idioma quieren decir otra cosa y los usamos mal por culpa de esos falsos amigos.
         La enantiosemia, también llamada antonimia o antífrasis: palabras que tienen un sentido opuesto al otro, nos deja perlas como: perla, sancionar, en absoluto, gracioso, o el “quijotesco” huésped. Y hablando del castellano del Quijote, “parlar” en español es hablar mucho y sin sustancia, por lo que uno prefiere ser “hispanohablante” al afrancesado “hispanoparlante”. Por cierto, la palabra en español que tiene todas las tildes es “pedigüeñería” y es más valleinclanesca que “mendicidad”. Sendos no es equivalente a ambos y su uso como “enorme” no es propio de la lengua culta, por lo que sendos senos, se referiría únicamente a los senos de todas las personas mencionadas.
         En una granada y hasta divertida lista de arcaísmos, me quedo con dos con los que dirigirme a ciertos personajes sin el riego inmediato de la tortura: albuznaque (bruto, bestia) que ornea (rebuzna).
         Todos los días oímos, vemos y padecemos lo que se califica como catástrofe humanitaria, pero si supiéramos que humanitaria es sinónimo de “bondadoso y caritativo”, hablaríamos más bien de catástrofe humana. Y hablando de oír, oía es la única palabra no monosilábica que tiene tantas letras como sílabas.
         Este viaje, obviamente, no es por avión; si lo fuera, el comandante nos daría la altitud a la que volamos cuando lo hacemos sobre el mar y la altura cuando lo hacemos sobre la tierra. Pero, en cualquier caso, culminamos esta primera etapa para dar descanso, más a los lectores que a nuestro aún no fatigado cuerpo.

luisroberts@gmail.com




Año V / N° CLXVI / 21 de agosto del 2017


Otros artículos de Luis Roberts:


lunes, 3 de abril de 2017

¿Sombrilla o paraguas? [CXLVI]



 
La magia de este objeto es tan habitual, que ya nos parece 
natural. Escenas de Mary Poppins (1964)


         Recuerdo que ya hace varios meses le había mencionado al administrador de estos queridos Ritos que pensaba escribir sobre una de las manifestaciones mágicas del lenguaje en uso que me parecen más admirables.
         Para ilustrar dicha manifestación casi fantástica recurriré a un mismo objeto que son dos a la vez: la sombrilla o el paraguas. No es que se trate de uno especial que haga volar a su portador como el de Mary Poppins, pero es tan mágica su naturaleza, que de lo habitual ya nos parece natural, que cambia su estado (sin cambiar) así como cambia el clima.
         Es preciso que haga mención de algunos conceptos que nos ayudarán a comprender el fenómeno. Dentro de la semántica, que es la disciplina lingüística que estudia el sentido, y al lado de la sinonimia, la antonimia, entre otros, están la polisemia y la homonimia. El primero explica que un mismo significante pueda tener distintos significados (por supuesto relacionados con su origen etimológico); éstas se pueden identificar en el diccionario, por ejemplo, porque tienen una entrada (significante) y varias acepciones (significados), por ejemplo: cresta. El segundo explica que existen palabras que se escriben igual (por supuesto con orígenes etimológicos separados) que tienen significados distintos (por lo tanto, son palabras diferentes); su presencia en el diccionario se evidencia porque cada homónimo tiene una entrada independiente; podemos ver el ejemplo de banco (de parque) y banco (de sangre, que también puede ser de arena, de valores…).
         Ahora bien, estos fenómenos nos ayudan a entender un aspecto, pero no explican la fascinante magia que hay en la dupla paraguas-sombrilla. Porque no hay, hasta donde yo sé, concepto alguno en lingüística que explique que un mismo objeto pueda ser otro y que sus significantes respectivos no tengan que ver entre sí (etimológicamente); lo mismo con sus significados.
         Para ser más ilustrativo, les cuento que hace unas semanas, antes de salir de mi casa, me preguntaba si sería conveniente llevarme el paraguas que ya tenía en mis manos. Al ver el sol radiante me dije: “Mejor me llevo la sombrilla”, y no tuve que cambiar el objeto; ya lo tenía.
         Si existe algo que lo explique, por favor, no me informen; quiero seguir pensando que el lenguaje cambia el mundo mágicamente.

daniel.avilan@gmail.com





Año V / N° CXLVI / 3 de abril del 2017

lunes, 26 de diciembre de 2016

Perú (II) [CXXXVI]

Edgardo Malaver


Pizarro Going to Peru (1878), de Constantino Brumidi,
en el Capitolio de Washington



         A los niños siempre nos llama la atención que la lengua, que a nuestro juicio debería ser uniforme y regular, sea tan caprichosa y zigzagueante. A uno le enseñan en la escuela (o comienza a oír en casa) nombres como Francia, Colombia, Nigeria, y de repente comienza también a escuchar que algunas personas, de la nada, dicen “la India”, “los Países Bajos”, “el Perú”. ¿Por qué le sacuden a uno el mundo de esa manera?
         Más tarde descubre uno que no todos esos nombres que parecen requerir el artículo lo necesitan de verdad. Perú, por ejemplo, puede funcionar con artículo y sin él. Y después se descubre que algunos de estos nombres sólo en los lugares así nombrados tienen el artículo siempre. Perú, por ejemplo. En Venezuela no es frecuente, ni remotamente, que los hablantes digan “el Perú”, pero en Perú, no hay nadie, excepto los extranjeros, que diga nunca solamente, así, con desamparo, “Perú”.
         Este uso, por lo menos en el país de los incas, de ninguna manera es nuevo. En 1526, en su segundo viaje, Francisco Pizarro convenció a 13 de sus hombres de quedarse con él en la Isla del Gallo, en lugar de obedecer la orden de regresar que le enviaba el gobernador de Panamá, trazando con la espada una raya en el suelo, señalando al sur y diciéndoles: “Por aquí se va al Perú a ser ricos, por aquí se va a Panamá a ser pobres. Escoja el que sea buen castellano lo que más bien le estuviere” (Lorente, 2005, 107). Se decía así en tiempos fundacionales y así se dice ahora.
         Parece que pasa lo mismo en Argentina y en Ecuador. Hasta donde ha llegado mi oído, los ciudadanos de estos países sólo dicen, respectivamente “la Argentina” y “el Ecuador”. Yendo por ese camino, me percato de que América del Sur es como un manantial de lugares que tienen nombres a los que a veces les toca aparecer con artículo y otras sin él. Incluso existe una “regla” al respecto, en la que el uso del artículo “es natural” cuando el país lo lleva en su nombre oficial: República del Ecuador, República del Paraguay, República del Perú, República Federativa del Brasil, República Oriental del Uruguay. Curiosamente, el nombre oficial de Argentina es República Argentina. El Salvador, que no es sudamericano, no entra en el grupo porque el artículo forma parte del nombre en todos los casos.
         Estas “sacudidas” pueden contrariarnos un poco cuando comenzamos a aprender español, como nativos o como extranjero, pero no representan problema alguno para la lengua misma. Pizarro desobedeció aquella orden y a cambio consiguió la autorización del rey para conquistar Perú, es decir, para encontrar inmensa cantidad de riquezas. De igual modo, la lengua gana en matices, es decir, en riqueza, cuando en unos lugares se observa fielmente la “norma” y en otros lugares, a veces se hace lo mismo, y otras, otra cosa.

emalaver@gmail.com



Bibliografía
Lorente, S. (2005). Escritos fundamentales para la historia peruana. Lima: COFIDE-Universidad de San Marcos.





Año IV / N° CXXXVI / 26 de diciembre del 2016

lunes, 3 de octubre de 2016

Doble acentuación, ¿doble dolor de cabeza? [CXXVI]

Andrea Villada


 
Agentes alérgenos, o alergenos, que enferman a las personas.
El violinista enfermo (1886), de Cristóbal Rojas


 
         Las normas de acentuación son bastante claras en nuestro idioma español y todos las conocemos bien, o al menos, a estas alturas de nuestras vidas, deberíamos conocerlas. Así, sabemos que existen cuatro tipos de palabras según la ubicación de la sílaba tónica: agudas (acentuación en la última sílaba), graves (acentuación en la penúltima sílaba), esdrújulas (acentuación en la antepenúltima sílaba) y sobresdrújulas (acentuación en cualquier sílaba que esté antes de la antepenúltima) y que cada una viene con su propio reglamento en cuanto a la inclusión de la tilde.
         Hasta allí todo está bien, ¿no es cierto? Pero, dado que la primera área de estudios en la que me especialicé es una ciencia de la salud, me di cuenta de que nadie se termina de poner de acuerdo en cuanto a la pronunciación de ciertas palabras. De esta forma, tan solo en medicina, pude conseguir al menos tres que parecieran graves o esdrújulas dependiendo de la preferencia de quien las pronuncia. Estas son omoplato/omóplato, alveolo/alvéolo, cardiaco/cardíaco y diabetes/diábetes.
         Así que me di a la tarea de buscar en la sagrada biblia de cualquiera que estudie Idiomas Modernos, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, para ver, de una vez por todas, cómo es que se pronuncian dichas palabras. Es así como llegué a notar que, aunque al parecer sea el que lleve la batuta, el ámbito de la salud no es, ni de cerca, el único afectado por estas ambivalencias idiomáticas en las que el acento de la palabra puede recaer en diferentes sílabas. Encontramos entonces palabras como vídeo/video, austríaco/austriaco, olimpíada/olimpiada, período/periodo, policíaco/policiaco, zodíaco/zodiaco, kárate/karate o amoníaco/amoniaco, y todas son aceptadas como válidas para nuestra famosa academia idiomática.
         De este modo me di cuenta de que hay estructuras como los alveolos o alvéolos pulmonares y también el omoplato u omóplato, que puede decirse de cualquiera de las dos formas aunque la gente prefiera llamarlo simplemente “paleta”. Así mismo, existen agentes alérgenos o alergenos que enferman a las personas. También me enteré de que a muchos de nosotros nos llegó a dar rubeola o rubéola cuando estábamos chicos y de que los hombres son más propensos a sufrir de enfermedades del corazón tales como la isquemia cardíaca o cardiaca, así como de que hay pacientes con hemiplejia o hemiplejía, o con reuma o reúma, sin contar con que, si alguien piensa que sufre de todas estas cosas, entonces probablemente se trate de un hipocondríaco o hipocondriaco.
         Aparentemente, la RAE respeta la preferencia de quienes utilicen tales palabras (a excepción del propio diccionario de la computadora que me ha llenado de líneas rojas todo este artículo) permitiéndoles poner el acento en dos sílabas distintas, pero no duda en darle una acotación a la diábetes indicando que se trata de un venezolanismo pues, para el resto del mundo y como hace poco le escuché decir a un profesor, la diabetes es una enfermedad grave… jamás esdrújula.

andrealvilladac@gmail.com



Año IV / N° CXXVI / 3 de octubre del 2016

miércoles, 10 de abril de 2013

Electroencefalografistas y más récords [III]

Edgardo Malaver Lárez






         Hay gente para todo: gente que come moscas, gente que colecciona botellas de refresco, gente que se congela para esperar la resurrección. Y gente que recoge curiosidades lingüísticas.
         En español, las curiosidades son muchas. Por ejemplo, la palabra oía tiene tres sílabas en tres letras. La palabra menstrual es la más larga con sólo dos sílabas. El vocablo cinco tiene a su vez cinco letras, coincidencia que no se registra en ningún otro número. La palabra electroencefalografista, con 23 letras, se ha convertido en la más extensa de todas las admitidas por la Real Academia Española en su diccionario. En plural, serían 24. La palabra pedigüeñería tiene los cuatro firuletes que un término puede tener en nuestro idioma: la virgulilla de la eñe, la diéresis sobre la u, la tilde del acento y el punto sobre la i. El vocablo reconocer se lee lo mismo de izquierda a derecha que viceversa. Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante.
         Todo esto está en el nivel lexical, pero llevando este empeño al terreno de la morfosintaxis, encontramos una palabra cuya pronunciación requeriría, si la encontráramos escrita, que nos detuviéramos por lo menos un instante a pensar. ¿Cómo pronunciaría usted la forma verbal salle, el singular del imperativo sálganle o salidle? Tendría que ser ‘sal-le’, en contra de lo que parece indicar la ortografía.
         La semántica, finalmente, también nos ofrece sus aportes. París, por ejemplo, tiene fama de ciudad romántica, pero el nombre de ciudad que aparece al leer al revés la palabra amor es Roma.
         ¿Cuál otra se le ocurre a usted?

emalaver@gmail.com



Año I / Nº III / 10 de abril del 2013



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Ilación