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lunes, 16 de septiembre de 2024

Palabras (I) [CDLXXVIII]

Luis Roberts

 

 

 

Un paramecio como este habita en el agua de lluvia que queda
frente a tu casa. Foto: Biología 3.0 (UNAM)

 

 

         El decano de la Facultad de Medicina de Valladolid, España, en su discurso de inauguración del curso, dirigiéndose a los alumnos, dijo, más o menos: “Siento dolor al decirles esto, pero no puedo engañarles: dentro de diez años les será muy difícil conseguir trabajo”. La IA de nuevo. Yo he tenido en este curso la tentación de decirles a mis alumnos más o menos lo mismo, pero solo lo he insinuado de manera sutil; no me daba el ánimo para más, además de que el plazo era más corto, casi inmediato.

         Yo mismo he sido víctima de la IA y de la indiferencia de todo el mundo hacia la calidad. La contrapartida es que queda tiempo libre para retomar con avidez la lectura: literatura, historia, filosofía, ciencia. Desde las relecturas de Kant y Goethe, hasta las novedades sobre si la conciencia es un fenómeno cuántico, si los neandertales enseñaron la pasión al homo sapiens, la historia general de Al Ándalus, o La actitud intencional, de Daniel C. Dennett, el filósofo más importante del momento, que polemiza con otros colegas sobre sus ideas acerca de la intencionalidad, la creencia y el deseo del humano comparados con la rana, que no los tiene. No es una broma: la bibliografía sobre la psicología de la rana es ingente. Pero traductor y corrector, al fin y al cabo, me dedico a subrayar y buscar en lo que leo palabras desconocidas o raras. Si quieren darle un susto a su abuela o a su anfitrión que les ha preparado una magnífica comida, díganles que sienten “eupepsia” y, alarmados, querrán llevarles a la clínica. Aclárenles, por favor, que eupepsia significa ‘buena digestión’.

         Mi favorita, hasta ahora, encontrada en Dennett, es paramecio. Al principio leí mal y vi “paranecio”, como “paragafo”, como “paramilitar”, pero no, es paramecio, que según la RAE es: ‘protozoo ciliado (pelúo) con forma de suela de zapato’. Descargué el ChatGPT gratuito y se me ocurrió hacerle una maldad, para ratificarme en que la IA no va tan adelantada como la gente cree. Le pregunté a cuáles políticos mundiales y españoles con determinadas características —no las señalaré pues son de mi apreciación subjetiva; aunque sí, es importante, señalé que debían ser huevones (“güebones”, en venezolano)— se les podría calificar ofensivamente de paramecios. Me dio una explicación larga y detallada y al final me dio los nombres: Donald Trump, Vladimir Putin y Alberto Núñez Feijóo.

         La respuesta es oral, pero con su copia escrita. Mi estupefacción fue tal que tardé minutos en reaccionar. Como lo descargué en mi celular, creo (a vueltas de nuevo con Dennett) que lo voy a utilizar como reto y para asombrarme y divertirme. Nos vemos luego.


luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXVIII / 16 de septiembre del 2024

 

lunes, 10 de diciembre de 2018

Las vocales y sus colores [CCXXXVIII]

Edgardo Malaver


 
¿Para ti de qué color son las vocales?



         No supe nunca cómo llegué a juntar las unas con los otros, pero, de pequeño, en la imaginación, yo les asignaba colores a las vocales. Llegué incluso a usar mis lápices de colores para dibujarlas, distribuidas, en apariencia caprichosa y aleatoriamente, entre las monótonas consonantes, a veces más cerca, a veces a dos, tres, cuatro espacios de la siguiente, todo por el puro placer de poner la hoja a cierta distancia y disfrutar del colorido irregularmente ordenado. Imaginar que hacer las letras más grandes, sustituir alguna breve palabra, agregar un prefijo, las cambiaría de lugar y les mudaría el aspecto, me insinuaba que el mismo texto podía lucir de diferentes formas y que, aun con los mismos colores, tendría infinitas posibilidades de combinación; todo esto me llenaba de fascinación. Si no fuera por la lectura, por los libros, por las historias, este sería el recuerdo más caro de mi escuela primaria.
         Haciendo estos juegos de letras y colores, de sonidos que eran imágenes, llegué a bachillerato; y recordándolos, llegué a la universidad, pero no los abandoné nunca. Mentalmente, he jugado miles de veces con las vocales y sus colores. Sin embargo, había aprendido a jugar solo, porque las muecas que he visto las tres o cuatro veces que lo he mencionado a algunos amigos me disuaden compartir mi juguete con otros niños. Así que no me esperaba llegar a tener un alma gemela que me disparara las palpitaciones al preguntarme, no bien ha aprendido siquiera el orden de las letras en el alfabeto: “Papi, ¿para ti de qué colores son las vocales?”.
         Para ella, la a es roja, la e es azul y la i es amarilla, exactamente como lo son para mí; en su imaginación, la o es verde y en la mía es marrón (“Podemos dibujar un árbol”, me dice); ella ve la u marrón, yo la veo morada. Resulta que su mamá, a quien nunca me había pasado por la cabeza comentarle esta “manía” mía, también ve la a roja, pero ve la e verde; ve la i igualmente amarilla, pero para ella la o es azul y la u, anaranjada. Mendel seguramente nos daría una explicación plausible de cómo estos caracteres dominantes de la a y de la i darán siempre rojo y amarillo, respectivamente, para la descendientes de individuos que ven de esos colores esas vocales. Las disparidades han de ser fruto de los caracteres recesivos.
         Las vocales, que, en su condición de minoría fonética, lucen más bien débiles y desprotegidas, han conquistado lugares honrosos en las lenguas, por lo menos en la española. En primer lugar, no es posible en español crear una sílaba sin una vocal, por lo menos. Todas las vocales, además, pueden funcionar como sílabas, e incluso como palabras individuales, sin la asistencia de ninguna consonante. Está entre ellas el sonido más “puro” que puede pronunciarse en la lengua, el de la a, es decir, el que experimenta la menor intrusión de los órganos de fonación. Son un grupo pequeño, pero son imprescindibles.
         En cierta forma, equivalen en la lengua a los colores primarios, que existen como personalidades originales, pero de ellos, de su combinación endogámica, aparecen los colores secundarios. Al revés, no es posible. No es extraño, entonces, que las vocales tengan en la mente de algunas personas sus propios colores. O que los colores, para decirlo de manera más bien poética, se sientan atraídos por las vocales, que parecen hacer sido las primeras en aparecer entre los sonidos.
         Mi niña, como está una generación más adelante que yo, tiene también colores para algunas consonantes, pero quizá espere hasta que aprenda a leer para contarles sobre esa otra bendición de la vida... y de la lengua.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXXVIII / 10 de diciembre del 2018