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lunes, 25 de marzo de 2024

Palabras que viven dentro de otras palabras [CDLIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Parece una base robada del Caracas en el 2019.
Foto: Últimas Noticias

 

 

 

         Una vez tuve que irme en ferry para Margarita y no descubrí sino en el momento de sentarme que no había llevado para leer ni un pedazo de papel con un número de teléfono. Mirar el mar puede ser placentero, pero la mente humana no está preparada para tanta filosofía después de veinte minutos. La tercera vez que entré para sentarme en mi asiento, antes de quedarme dormido, mis ojos se detuvieron en el letrero de la puerta de baño de mujeres. “La palabra Damas allá adelante”, escribí imaginariamente —porque tampoco llevaba conmigo ni una punta de lápiz con que anotar ni mi propio nombre—. “¿Cuántas palabras salen de una palabra tan simple? Da, ama, amas, mas, as. Y quién sabe si salen más, y yo, a pesar de enfrentarme apenas a cinco caracteres (o cuatro, si no cuento dos veces la a), no soy capaz de verlas”.

         Ciertamente. Hay una más: dama, pero esta la vi después de varios minutos. La “norma” para descubrir numerosas palabras dentro de una palabra dada, en ese momento inicial de lo que para mí ha sido un juego frecuente después de ese día, era escoger únicamente las letras sucesivas que formaran otra palabra, aunque su significado no tuviera nada que ver con la original, sin saltarse ninguna letra. Si era necesario eliminar una letra para construir una palabra más larga, esa no valía. O mejor lo digo en presente, porque he estado jugando este juego, la mayoría de las veces en silencio y a solas en el auditorio de mi mente, desde aquella época, y miren que no viajo en ferry desde hace más de 25 años.

         Sin embargo, es un juego fantástico para jugar con los niños, por lo menos con los que ya han comenzado a aprender a leer y escribir, con los que no han entendido que esto de leer y escribir no es un asunto que limita a la escuela, sino que lo necesita hasta para caminar por la calle, aun tomado de la mano de su madre. Vamos a jugar un poquito. Díganme una palabra. ¿Qué?, ¿serotonina? Caramba, qué rebuscados son ustedes. Pero muy bien, serotonina. Podemos leer, en primer lugar, se, pero también, con un poco de picardía, ser, roto, Otón, Toni, Nina y hasta una expresión andaluza: ni na. Siempre se nos escapa alguna y en una segunda mirada, uno encuentra otras: ero, los prefijos sero- y eroto-, ton y quién sabe si hay más. (Intenten defender la palabra rot, digan que es letra cirílica, quién sabe si se la aceptan.) (No, no sé qué significa, en ese momento escondan el diccionario.) Pues miren, al principio pensé que serían muy pocas. Uno puede elegir, si va a jugar en serio y compitiendo de verdad, si le asigna puntos a esta o aquella consonante, a la longitud de las palabras identificadas (número de sonidos o de sílabas), a la cantidad palabras, a la categoría gramatical lograda (o si cuentan las diversas categorías que puede tener una misma palabra), etc.

         Un detalle que hay que acordar antes de comenzar el juego es si vamos a aceptar conjuntos de dos o más palabras (o si van a tener menos o más puntuación que palabras individuales). Imagínense que la palabra fuera bienmesabe, nomeolvides o andaveidile. A alguna gente le tocan estas tres y arrasan en tres rondas. También hay que acordar cómo vamos a elegir la palabra. Una forma democrática y justa sería el azar (¡ja, ja, ja...!), es decir, algo así como tener un diccionario cerca y que cada vez alguien abra el diccionario con los ojos cerrados y señale, también con los ojos cerrados, una palabra en esa página.

         Ya verán que se aficionan y terminarán haciendo campeonatos en casa o en las reuniones de amigos. Hasta donde yo sé, sólo un Caracas-Magallanes tiene la fuerza suficiente para distraerlo a uno de este juego. Que lo disfruten.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLIII / 25 de marzo del 2024

 

 

 

 

 

 

lunes, 19 de febrero de 2024

Parangaricutirimícuaro [CDXLVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

En Michoacán, después de una lluvia de lava de nueve años

 

 

 

         No hay mucho que decir, aunque sea poco lo que se ha dicho ya. La palabra parangaricutirimícuaro es simplemente un trabalenguas. ¡O quién sabe! Cualquiera diría que no tiene mucho sentido (pero tiene tanto como uno quiera atribuirle) buscarle origen, significado y abolengo. Parece más bien ocioso, y, sin embargo, sí existe una historia y un fenómeno natural y cultural impresionante que ha acompañado, sin que lo sepamos, a esta singular palabra.

         De pequeños seguramente todos nos esforzamos por aprender a decir, a toda velocidad, el trabalenguas parangaricutirimícuaro porque eso indicaba nuestra habilidad con la lengua, aunque en aquellos tiempos la llamáramos, con toda simpleza, inteligencia. Yo, por lo menos, no tenía mucha, porque nunca se me ocurrió averiguar si la dichosa palabra era, por ejemplo, el nombre de una persona reconocida, de un lugar atractivo, de un animal mitológico, nada. Pero he aquí que existió en México, en el estado de Michoacán, un pueblo llamado San Juan Parangaricutiro. En realidad aún existe, pero lo único que podemos ver de él es una enorme extensión de lava ya sólida casi engullendo el campanario y parte de la fachada de la que en el pasado fue la iglesia dedicada al Señor de los Milagros.

         El 20 de febrero de 1943 —mañana serán 81 años—, cerca de San Juan Parangaricutiro, hizo erupción por primera vez el entonces recién nacido volcán Paricutín, que estuvo activo durante los siguientes nueve años y cuyo objetivo parece haber sido únicamente dejar bajo tierra los pueblos de San Juan y Paricutín, homónimo del volcán.



Antes de la lluvia de lava,
el mismo Michoacán

         Gracias a Dios, toda aquella población pudo abandonar los lugares afectados en 1944 y llegaron, a pie, a una antigua hacienda a poco más de 33 kilómetros del volcán. Ahí fundaron Nuevo San Juan Parangaricutiro, que fue reconocido como municipio en 1950, y hoy alberga a más de 21.000 habitantes. Cientos de turistas visitan ahora las ruinas del San Juan Parangaricutiro inicial para impresionarse en primera fila.

                  El nombre Parangaricutiro bien podría verse como un presagio. Proviene, según Antonio Peñafiel (1830-1922), que lo recoge en su obra Nomenclatura geográfica de México (1897), de las palabras tarascas parangari (‘lugar que arde en fuego’) y cutiri (‘pequeño’). Es decir, desde los tiempos de su fundación, en 1533, los indios tarascos adivinaron el destino del pueblo.

         Dado todo esto, nadie duda que el conocido trabalenguas proviene del nombre del pueblo mexicano que ardió en el fuego de la tierra hace ocho décadas. Varias fuentes que consulté afirman que la deformación se debe a la dificultad para pronunciar bien Parangaricutiro al primer intento, lo cual llevó a los mexicanos a agregarle sílabas para simular que trataban de decir un trabalenguas. El resultado es parangaricutirimícuaro, todo un desafío fonético de diez sílabas que es, por si fuera poco, esdrújulo. Más tarde, queriendo torcer más la lengua de niños y turistas, convirtieron el vocablo en verbo y la integraron a una archiconocida fórmula lúdica para dar lugar a esta joya:

 

El pueblo de Parangaricutirimícuaro

se quiere desparangaricutirimicuarizar,

y aquel desparangaricutirimicuarizador

que lo desparangaricutirimicuarizare

gran desparangaricutirimicuarizador será.

 


Comenzar de nuevo con el mismo nombre


         Si tuviéramos un gramo más de este conocimiento sobre cada expresión que decimos, sobre las metáforas que heredamos de nuestros abuelos, sobre tantos trabalenguas que de niños aprendemos, ¿a qué edad nos volveríamos sabios? Cuán breve se haría el camino a las palabras, cuánto nos conoceríamos a nosotros mismos. Y al mismo tiempo, cuánta más placentera sorpresa nos llevaríamos cada vez que conociéramos una nueva o, como hoy, le descubriéramos la parentela a una que creíamos muy conocida.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVIII / 19 de febrero del 2024

 

 

 

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