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miércoles, 24 de diciembre de 2025

El cumpleaños de todos los años [DXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 


 

El nacimiento de Jesús (1296), de Pietro Cavallini

 

 

         Ya llegó hace semanas la época del año en que comienzan los eruditos de Internet a pretender enseñarnos a los ignorantes —es más, a los crédulos— que Jesús, el protagonista de la Navidad nuestra de cada año, no nació en Navidad, es decir, que no nació el 25 de diciembre, como todos ingenuamente creemos o hemos dejado que nos engañen. Yo me fastidié de esos mensajes incluso antes de que apareciera Internet; pero este año algunos de estos sabelotodos hicieron una innovación bien original: este año la moda es afirmar con firmeza que, en realidad, a pesar de lo que nos han hecho creer por tantos siglos, Jesús sí nació el 25 de diciembre.

         Ariadna Voulgaris comentó este “fenómeno” en la edición de Navidad de hace cuatro años, titulada DECEMBRIS, y una de sus conclusiones es la misma a la que yo pretendo llegar hoy: que no importa. En teoría literaria —y los Evangelios son también textos literarios— se entiende que aquello que no es mencionado por el narrador sencillamente no existe; y, no sólo no existe, sino que tampoco vale la pena ponerse a analizarlo, porque al no estar presente no constituye símbolo ni imagen ni valor apreciable para nuestra interpretación del texto. Si Homero, por ejemplo, no nos dice que Odiseo es rubio, alto y musculoso, sino que es “rico en ardides”, debe ser que lo que interesa que el lector sepa y se imagine sobre el personaje es que es un hombre astuto, cosa que se ocupa de decir o dejar claro muchas veces en el texto. Si a usted le hace ilusión ponerles color a los cabellos de Odiseo o figurarse si tiene más estatura que usted o si la fuerza de sus brazos era de temer, seguramente encontrará en el texto suficientes datos para hacer un dibujo del personaje, pero igualmente lo que importa de veras para comprender su historia y lo que ella significa para los seres humanos será tener en mente que Odiseo era un hombre capaz de urdir estrategias, maquinaciones y componendas suficientes, por ejemplo, para ponerle fin a una guerra.

         Será bastante poco lo que logre con las elucubraciones sobre su color de pelo, su estatura o su fuerza física. Además, sin contar que sería una frivolidad, es más bien simple imaginárselo sin buscar mucho en el texto: era europeo, rey y soldado... pero no importa. Homero no se detuvo a darnos esos datos porque no son los relevantes. De igual forma, los narradores de los Evangelios no se detuvieron nunca a decirnos, ¡nada menos!, la fecha en que se iniciaba la biografía que nos ponían en las manos porque era ocioso hacerlo. Ni siquiera lo hizo el único evangelista que revela que antes de escribir dedicó un tiempo a investigar con cuidado la vida del protagonista de su relato.

         Otra buena razón para la ausencia de la fecha del nacimiento de Jesús en las primeras y principales fuentes sobre su existencia es el hecho de que en sus tiempos y en la cultura en que vivió no era costumbre celebrar el cumpleaños. Ni siquiera parece que hubiera sido importante anotar, recordar, tener presente la fecha en que se nacía. Ya he mencionado esto antes en Ritos, y lecturas más recientes me lo confirman, pero ahora sé que en realidad eran pocos y de clase alta los que celebraban el cumpleaños. Y Jesús, según su propio testimonio, “no tenía ni dónde reclinar la cabeza”.

         La costumbre de celebrar el cumpleaños era tan poco frecuente y tan elitesca que en toda la Biblia apenas aparecen dos: uno en el Antiguo y otro en el Nuevo Testamento. Y en ambos casos el personaje homenajeado ordena matar a alguien durante la fiesta, con lo cual tampoco le quedarían al pueblo judío ni a los primeros cristianos muchas ganas de adoptar semejante costumbre. El primer caso aparece en el Génesis, donde el faraón de Egipto al que servía el casto José, durante su cumpleaños, mandó colgar a su panadero. El segundo, contado por Marcos y por Mateo, es Herodes, que durante un banquete por su cumpleaños, víctima de los enredos de su mujer, ordenó decapitar a Juan el Bautista.

         Entonces, ¿necesitamos conocer la fecha en que nació Jesucristo? Para disfrutar, entender, analizar e interpretar el texto del Evangelio, y particularmente la celebración en que está involucrado hoy, esta noche, el mundo entero, no. Ni siquiera hace falta para detenerse a pensar si uno cree en Dios, si duda de su existencia, si confía en él o desconfía, si lo niega, si lo contradice. Lo importante es otra cosa. Si la talla de sandalia de Jesús fuera importante, lo sabríamos; si era zurdo, si tenía color favorito y cuál era, si tenía una cicatriz en un muslo, como Odiseo, san Mateo nos lo habría dicho y ese minúsculo detalle contaría para algo en la comprensión del mundo espiritual, que sí es algo de lo que Jesús no paraba de hablar.

         Total, que ahora están diciendo que Jesús sí nació el 25 de diciembre —falta la hora—, como hemos celebrado hasta este primer cuarto del vigésimo primer siglo, aun teniendo la certeza de que no sabíamos la fecha precisa. Y dicen incluso que en esa fecha lo celebraban en los primeros siglos del cristianismo. Pues muy bien, pero igualmente es lo de menos y da lo mismo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIV / 24 de diciembre del 2025

EDICIÓN DE NOCHEBUENA





Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 14 de octubre de 2024

¡Vade retro! [CDLXXXII]

Edgardo Malaver



Quo Vadis? (1913), de Enrico Guazzoni




Es muy posible que haya oído la expresión vade retro, y varias veces, antes de aquel domingo en que escuché por primera vez el episodio del Evangelio en que Jesús le espeta a Pedro: “Aléjate de mí, Satanás”. Sin embargo, en mi mente infantil, inocente aún de la omnipresente herencia del latín, había entendido que la frase era va de retro. La imaginé así también entonces. Y cada vez que la oía, me preguntaba qué tendrían que ver en tales contextos los carros que rodaban hacia atrás.

El sacerdote debe haber explicado en la homilía que, dada la importancia de la escena, aquella frase había sido conservada por la historia con el significado de “no importa cuán importante seas para mí, vete bien lejos porque entorpeces mi avance, me alejas de mi objetivo”, que era lo que, sin proponérselo, estaba haciendo Pedro cuando Jesús reveló que se acercaba el momento en que iba a terminar siendo ejecutado y él, Pedro, le aseguraba que jamás lo permitiría. No entendía aún —pero ya estaba mucho más cerca— por qué la frase estaba en latín, si el Evangelio fue escrito en griego. Lo entendí cuando la universidad me introdujo a san Jerónimo en esta historia, con su traducción de la Biblia y el hecho de que esta traducción fue la única que todo Occidente citó durante los siguientes mil años e incluso subsistió hasta el siglo XX —fue renovada apenas en el pontificado de Juan Pablo II.

Es curioso que haya cierta discrepancia entre la expresión que usa Jerónimo para traducir a los evangelistas Mateo y Marcos en sus casi idénticos textos. Al primero lo traduce como “Vade post me, Satana!” (¡Pasa detrás de mí, Satanás!). O sea, delante de mí eres un obstáculo. En el segundo caso pone “Vade retro me, Satana” (Aléjate de mí, Satanás). Retrocede, apártate de mí. En ambos casos es notoria la exigencia de un movimiento hacia atrás: hacia atrás de ti o hacia atrás de mí. Es decir, la discrepancia en realidad es mínima, digamos que sinonímica. Confiando en san Jerónimo traductor, habría que pensar que en el griego original sucede lo mismo... o algo similar.

La palabra retro, que en latín es un adverbio, ha dado lugar, en español y otras lenguas, a sustantivos y adjetivos que revelan fácilmente su significado: retroceso, retrovisor, retrospección, retroalimentación, retroactivo, retrospectivo, retrógrado, algunos de los cuales producen también verbos. También sucede que, como prefijo, puede significar ‘situado atrás’, no ya ‘que se mueve hacia atrás’, como en el adjetivo retroperitoneal.

Uno siempre se imagina que la frase ¡Vade retro, Satanás! era de las primeras que se le gritaba al demonio en los exorcismos. Pongo la oración en pretérito, no porque crea que ya no se practica este rito, sino más bien porque el ‘manual del exorcismo’ para “sacerdotes autorizados” publicado por la Asociación Internacional de Exorcismo en 1999 pone otra: “Recede ergo, Satan, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti” (Ahora vete, Satanás, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo). No que se aparte, que retroceda, que se ponga a un lado o detrás de quien lo increpa, sino que abandone a aquel a quien atormenta.

El pobre san Pedro, joven aún y ciego aún a los fines que perseguía su maestro, pretende alejarlo de la persecución, el dolor y la muerte que Jesús anuncia que le esperan al llegar a Jerusalén en los días siguientes. No imaginaba, él que tan oscilante fue al principio, que ya viejo, con otras palabras, salidas ahora de sus propios labios, habría de devolverse, caminar hacia atrás, para compartir con su maestro la dolorosa forma de morir que una vez había querido evitarle.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXII / 14 de octubre del 2024


lunes, 30 de septiembre de 2024

La madre de las literaturas [CDLXXX]

Edgardo Malaver

 

 

“Esos genios de la lámpara maravillosa...”.
Barbara Eden en 1966

 

 

 

         Uno tarda en darse cuenta, pero el mundo rebosa de evidencias de que la literatura nace de la traducción. No habrá sido siempre ni en todas las civilizaciones, pero donde una estirpe humana, en su desarrollo, en su expansión, ha tenido dificultades en el parto, siempre ha venido en su auxilio la traducción para traer al mundo un nuevo vástago que la haga grande y la eternice; pero a veces le ha tocado a la traducción sentir los dolores y parir la literatura y después velar el embellecimiento progresivo de la criatura poética que el pueblo venera y multiplica sin darse mucha cuenta de su valor.

         Miren cómo los romanos llegaron a Grecia —nada menos—, la vencieron, la dominaron, y Grecia, que era la que ya poseía una literatura madura y florecida, contagió la literatura al pueblo latino. Qué caso tan curioso de pueblo conquistador que adopta la cultura del pueblo conquistado en lugar de imponerle al otro sus dioses, su forma de alimentarse, sus letras. Los romanos se llevaron a la ciudad de Roma toda la poesía y todo el teatro de los griegos y se lo entregaron a los esclavos traductores y, en un primer tiempo, lo que hicieron fue leer traducciones y escribir imitando lo que habían escrito los griegos. Fue bastante rato después cuando los poetas latinos se emanciparon de los modelos de Homero y Aristófanes, y sólo así comenzaron a germinar los Virgilios y los Horacios.

         La pieza literaria árabe más conocidas de todas, Las mil y una noches, es también un parto de la traducción. Esta obra no nos llegó ya formada del Medio Oriente. Fueron los traductores europeos, especialmente los ingleses y franceses, los que la fueron moldeando, podando, ajustando a la moral y al carácter de su época, hasta fijarla en la forma que exhibe hoy y que nos habla, como debe una obra de arte de buena ley, del espíritu humano, de lo mejor y lo peor que habita en el hombre. Es decir, la fórmula mágica de Alí Babá, el arrojo de Simbad, la picardía de la propia Sherezade, al final, han llenado nuestras noches y han visto aparecer el sol en Occidente gracias al talento de mil y un traductores, esos genios de la lámpara maravillosa que son también como vivas imágenes del misterioso poder que contienen las palabras.

         La propia Biblia, el texto literario escrito en Oriente que por más que se le evada ha terminado permeando las fibras de todo lo que se ha escrito en Occidente durante los últimos dos mil años, es resultado de una traducción constante durante todo su lento itinerario de escritura. Mil años estuvo creciendo en ese útero nutricio que es la cultura hebrea, escribiéndose a sí misma en la pluma de autores que citaban a lejanos antepasados que habían escrito en otros idiomas, hasta llegar a la era cristiana, protagonizada por gentes que se comprendían aunque se hablaban en lenguas extranjeras. Y en el presente, ninguno de nosotros tiene en casa una Biblia que no sea una multitraducción literaria —¿o una traducción multiliteraria?— de todas sus narraciones y poemas a la lengua de cada quien.

         Y Don Quijote... Usted que ya tuvo, como diría Unamuno, la dicha de leer Don Quijote por primera vez, se habrá quedado con la boca abierta al oír al narrador, a pocos capítulos de principio, que aquel libro que tenía entre manos era, ni más ni menos, una traducción. Se habrá reído con las risas del muchacho que el narrador contrata para que traduzca la “verdadera historia del ingenioso hidalgo”, que con tanta inocencia se mete en cada pleito que existe, que se embarca en cada locura que se le atraviesa, que dice cada palabra sabia que se le adhiere a los labios. Y es la obra más grande que se haya escrito jamás y al mismo tiempo es una traducción, al menos dentro de la ficción, donde el protagonista diserta con tanto acierto sobre la traducción como actividad intelectual y como producto literario.

         El camino por el cual hemos llegado a la concepción de la cultura en todos los países discurre de vez en cuando por trechos y parajes circundados de traducción, cubiertos de poesía traída de otras tierras y enamorada de la lengua del nuevo lugar que habita, olorosos sus campos y ciudades del saber de otros pueblos, tapizados sus muros de palabras traducidas, que es casi lo mismo que decir, como Zorrilla, que “están respirando amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXX / 30 de septiembre del 2024

  

lunes, 12 de octubre de 2020

Una historia 72 veces metafórica [CCCXXII]

Ariadna Voulgaris




Miguel Ángel no es el único que representa el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal... ¡como un higo!





Trabajando en estas últimas semanas con Ritos de Ilación, en la cual escriben muchos traductores, me he enterado de la historia de una versión del Antiguo Testamento en griego que se llama Septuaginta; entiendo que es una referencia conocida en el mundo de la traducción, así que no voy a aburrir a los lectores explicándoles que septuaginta significa ‘siete veces diez’ ni que el rey egipcio Ptolomeo Filadelfo (308-246 antes de Cristo) pidió a Eleazar, sumo sacerdote de Jerusalén, que le enviara 72 sabios de todo Israel para que le tradujeran, porque le interesaba para que la Biblioteca de Alejandría se hiciera más universal, las escrituras que sus súbditos judíos leían en sus ritos, ni que unas semanas más tarde estos le presentaron 72 versiones prístinamente idénticas; tampoco les voy a decir, porque me imagino que lo estudian en primer semestre, que esa versión fue la almohada de san Jerónimo mientras traducía la Vulgata. No, no se lo voy a contar yo, investíguenlo.

He leído en estos días unas cuantas páginas sobre esta historia porque me atrapa lo fantástico que hay en ella; me doy cuenta de que más que una historia sobre la Biblia (y su traducción), es como un relato extraído de la propia Biblia; recuerda el paso del Mar Rojo, la noche de Daniel en la cueva de los leones o, para poner un ejemplo cercano a mi público, la destrucción de la Torre de Babel. Y después de reflexionar un poco, uno se acuerda también de la manzana que durmió a Blancanieves, la transformación de Pinocho en niño o, para seguir seduciendo a mis lectores, la fórmula de Alí Babá para abrir puertas, aunque fueran de piedra. Si todas estas historias son mágicas, maravillosas y asombrosas, la del origen de la primera versión griega del Antiguo Testamento es una de ellas.

Tiene que ser una metáfora. Estando relacionada con la Biblia, proviniendo de la antigüedad y de la poesía oral, habiendo nacido en medio de personajes sabios y espirituales, la historia de la Septuaginta tiene que ser un símbolo, una analogía, una parábola cuya moraleja tenemos que descifrar. Siendo así, fantaseo entonces con aplicar recursos de análisis literario a este episodio. Si alguien de la distinguida audiencia tiene el know-how...

Hoy en día no hay estudioso ni crítico de los textos bíblicos, ni siquiera el más creyente, que no tenga en cuenta el género literario del segmento que examina o que simplemente lee y disfruta; después de mucho tiempo, los especialistas han definido una larga lista de géneros que abundan en la Biblia: relato histórico, saga, mito, cuento, fábula, sermón, exhortación, confesión de fe, narración didáctica, parábola, sentencia (que puede ser profética, jurídica o sapiencial), refrán, discurso, oración, canto y muchos más. Durante siglos se cometió (y, testarudos como somos, seguimos cometiendo) el error de leer literalmente la Biblia, como creyendo que todo lo que en ella dice es indiscutible e inalterable verdad histórica, verificada e intocable; no ha sido nunca así, sino que cada época ha producido los textos bíblicos siguiendo los modelos que le han sido más propicios y los que mejor pudieran consumir los lectores.

¿Verdad que después de leer esto usted no va a seguir pensando que el hombre apareció en la tierra bajo la forma de Adán y Eva? Adán y Eva tienen que ser una metáfora de algo. El jardín, el árbol, la serpiente, la hoja de parra tienen que representar algo en nuestra vida espiritual (que es inmaterial y, por tanto, es más sencillo hablar de ella con imágenes que con términos concretos y científicos). Nuestro espíritu existe (es la viña del Señor de nuestra vida), Dios existe, el bien y el mal existen, aunque no sean tangibles, como no lo sería un árbol alrededor del cual, a semejanza de la pintura de Miguel Ángel, se enrolla la tentación; de alguna manera tenía que representarlo en la escritura (en la literatura) cada pueblo que en la antigüedad reflexionó sobre todo esto. Las comunidades antiguas no conocían (y no era posible que conocieran) el proceso de evolución de las especies, pero su inquieta vida espiritual sí les permitía concebir explicaciones sobre la vida corporal. En todas las culturas del mundo existen los relatos sobre su propio origen, que para ellas es el origen de todos los hombres. La comunidad que un día comenzó a narrar, colectivamente, las historias de Matusalén y de Jonás no venía de otro mundo. Y estas historias, puede ser que luego se les haya visto como verdad absoluta, pero en su nacimiento tienen que haber sido fruto de la imaginación de un espíritu colectivo, por cierto profundamente amante de lo humano.

El texto bíblico, además, como todo texto literario, tiene la virtud de hablarles a los seres humanos de todas las épocas utilizando recursos expresivos e incluso nombrando cosas que existían en la época en que fue escrito y que más tarde dejaron de existir. David, por ejemplo, siendo aún niño, mató al gigantesco Goliat asestándole una pedrada en la frente y por ese camino llegó a convertirse en rey de Israel; ya no existen, por lo menos en la política regular y “profesional” de la cultura occidental (para nombrar apenas uno de los campos de la actividad humana a los que se dedicó el personaje), semejante ritual para ingresar en la vida pública, pero ahí hay moralejas para los políticos contemporáneos. Además, ¿será razonable que un libro que pretende enseñar a los hombres a convivir encomie tanto una escena en que un niño mata a un hombre? ¿Cómo es que David es un héroe, un modelo, un ejemplo para nosotros, si su historia comienza con un homicidio? Y no es que se arrepintió y se le juzgó y fue castigado: el día en que se le antojó “poseer” a la mujer de Urías, movió las piezas para que este muriera, y se salió con la suya. David tiene que ser una imagen, una representación, una metáfora. Mímesis, diría Aristóteles.

No es extraño, por eso, que las historias que se narran alrededor de este texto literario tan antiguo sean o parezcan también literarias: fantásticas, mágicas, sobrenaturales, milagrosas, maravillosas... asombrosas. La leyenda de la Septuaginta, si no es la historia de un inmenso plagio colectivo, debería entenderse como un cuento de Borges, de Papini o de Wells, contado siempre a la ligera y con una inmerecida escasez de poesía. ¿Qué tal si la impresionante coincidencia de que 72 traductores que trabajan aislados unos de otros en el mismo original y que al cabo de 72 días presentan 72 traducciones que repiten, una tras otra, exactamente las mismas palabras, en el mismo orden y en el mismo número, no fuera más que eso, la hipérbole de las hipérboles, se me ocurre, acerca del acuerdo en que estaban todos en que aquel material contenía sin duda de ninguna naturaleza el pensamiento, el deseo y la manifestación de Dios y no de ningún otro espíritu? ¿O qué tal si pudiera representar el hecho (un hecho constatado para ellos) de que lo escrito en la única versión griega que estaban entregando era “una y la misma” que el original hebreo del que habían partido? No es razonable que Ptolomeo quisiera hacer constataciones teológicas (ni traductivas) sobre un dios de otro pueblo, él no era judío, no le hacían faltas esos despliegues experimentales; pero tratándose de un soberano de la antigüedad sí es lógico pensar que querría su traducción poco después de ordenarla. Y para ello ordenó traer a Egipto tantos traductores como fuera necesario para no hacerlo impacientarse; aquellos, por pertenecer a la misma religión, al mismo país, al mismo “pueblo elegido” de la misma deidad, tendrían que concordar en todos los detalles y, como es lógico y deseable, colaborar entre ellos. Así no sorprende que terminaran tan pronto lo que debía ser un trabajo dificilísimo de hacer. La Septuaginta debe haber sido un solo producto compuesto por muchos traductores (¿72?) que tenían visiones fabulosamente similares acerca de lo que decía el original.

La Biblia no es solamente el libro sagrado de los judíos y los cristianos; es también un hermoso texto de naturaleza literaria que habla, como los demás, de los temas que siempre han tocado al hombre por dentro y por fuera. Ha sobrevivido miles de años y ha sido origen y referencia de casi todo lo que se ha escrito y que haya merecido el nombre de literario durante los últimos 3.000 años en Occidente y en un pedazo significativo de Oriente. Ya no estamos en la época de creer que todo lo que está impreso sobre papel es la verdad verdadera, pero tampoco es cuestión de descreer todo lo que suena a literatura fantástica, sobre todo cuando es verdadera literatura. La historia de la Biblia es también historia de la literatura (esto es, historia del hombre) e historia de la traducción.

Deduzco que otra moraleja de la Septuaginta es que su historia no ha terminado. Ni el Antiguo Testamento ni miles de otros textos se han terminado de traducir, porque todavía hay lenguas a las que falta trasladar por primera vez tantas elaboraciones literarias que han fascinado a tanta gente en los cuatro cuartos del mundo y que han empujado a muchos a crear historias, fantásticas y misteriosas en miles de casos, desde que Dios puso las aguas por aquí y el terreno seco más allá, y separó la luz de la oscuridad y se sentó a contemplar lo que había hecho.


ariadnavoulgaris@gmail.com





Año VIII / N° CCCXXII / 12 de octubre del 2020




Otros artículos de Ariadna Voulgaris:

lunes, 31 de agosto de 2020

La manzana y la mujer [CCCXIV]

Luis Roberts

  

 

“La creación del hombre”, detalle de El jardín
de las delicias (1450), de Jerome Bosch
 
 



         He leído con delectación, como siempre, el último y divertido artículo de Ariadna Voulgaris, “La manzana de la discordia”. Como ando inmerso en lectura pandémica, ahora con el último de los libros del genio Yuval Harari, el artículo de Ariadna me impulsa a hacer ciertas reflexiones.

         En primer lugar, el rol de la pobre manzana que, para bien o para mal, aparece en todas las culturas antiguas. En este caso, como objeto de disputa de tres mujeres por su belleza, que pasaría a ser un símbolo de amor en la antigua Grecia. En el Renacimiento, la Iglesia Católica desaconsejó, o tachó de pecaminosa, a la pobre berenjena, al parecer por su forma, llamándola mela insana, o “manzana loca, o insana”, de donde viene su actual denominación italiana: melenzzana. También proscribió al pobre tomate por su color rojo, diabólico, y los marinos italianos se abastecían en el puerto de Tánger, al igual que los españoles, del tomate amarillo que llegaba de México, que llamaban pomma d’oro, o “manzana dorada”, de donde su actual nombre pomodoro; eso sin olvidar uno de los peores errores de traducción, uno más, de la Biblia, que nos persigue hasta hoy, el de la famosa manzana de Eva, pues en el original no se refiere a una manzana para nada.

         Pero volvamos al tema principal. Cuando el homo empieza a ser sapiens, en la revolución cognitiva, con el habla y la simbología como novedades, este se considera como formando parte del universo que le rodea: las plantas, las piedras, las aguas, los animales, etc., a quienes, por lo tanto, respeta como iguales, incluso en sus ritos de caza, pidiendo perdón al animal por matarlo, pues tenía que comer, como atestiguan variedad de pinturas del neolítico. Era una especie de “religión”, que aún perdura en algunas partes de África, y a la que se ha llamado “animismo”. Por los vientos que corren y el auge del ecologismo, como única manera de que el sapiens sobreviva, no sería extraño que este “animismo” se impusiera a las aburridas religiones monoteístas.

         Cuando el sapiens cazador-recolector desaparece con la revolución agrícola, hace 11.000 años, aparecen las religiones, todas politeístas, pues la simbología obliga a antropoformizar a los fenómenos naturales y a darles nombres, y todos, todas, absolutamente todas las deidades son femeninas, los primeros dioses fueron diosas, la agricultura crea la diosa tierra, la diosa madre. Maat en Egipto, Gaia o Gea en Grecia, Ishtar en Caldea, Babilonia, la Pachamama en los Andes y, sobre todo, Astarté, la Astoret de la Biblia. La sociedad es matriarcal, hasta que se descubre el papel del hombre en la procreación y empieza el dominio del hombre en la Tierra y en el Olimpo.

         Homero escribe la Ilíada, hacia el 800 antes de Cristo, cuando ya Zeus se había hecho el amo del Olimpo, y a las pobres diosas les habían dejado, las labores domésticas: “Tú ocúpate de la casa, de estar bella y de criar niños sanos”. El dios jefazo de los pueblos semíticos era ÉL, y en los textos más antiguos de la Biblia en hebreo se refieren a él como Elohim, en plural, los dioses. De ahí se deriva, Elah y Allah. Bien era verdad que el pueblo hebreo, nómada, peleón y fanático, según como le iba en las guerras o en las cosechas, se pasaba de Yaveh, o Adonai, a Baal, el becerro o toro, con una frecuencia pasmosa para la gran indignación y maldición de Yaveh y de sus cronistas bíblicos, a pesar de que ya tenían, desde el 1400 antes de Cristo, aproximadamente, el Deuteronomio, que decía que sólo adorasen a Adonai y se dejasen de monsergas, pero solo fue hasta el reinado de Josías, hacia el 622 antes de Cristo, que se impuso el monoteísmo como obligación sin marcha atrás y con ejemplares castigos divinos y humanos a quien lo incumpliese. Había nacido oficialmente el monoteísmo y con una carga machista absolutamente innegable, como destila toda la Torá, la Biblia, y que heredarían más tarde sus secuelas abrahamánícas: el cristianismo y el islam.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIV / 31 de agosto del 2020

 

lunes, 16 de marzo de 2020

Cuarentena [CCXCV]

Edgardo Malaver


 
Tapaboca de los médicos contra la peste
bubónica del siglo XIV


         En 1348, una epidemia y una cuarentena que abarcó toda Asia y Europa nos dejaron una obra que influyó tanto en la literatura posterior que autores como Cervantes, que nació 200 años más tarde, todavía seguían su modelo. Las cientos de historias que contaba el mar de gente que huía de Florencia desafiando cualquier prohibición debe haber dado a Giovanni Boccaccio la idea de escribir sobre siete mujeres y tres hombres que cuentan un cuento cada uno cada noche durante diez días. A aquella cuarentena tan lejana le debemos el Decamerón.
         Los rumores sobre la peste bubónica, o peste negra, llegaron a oídos europeos más o menos dos años antes. Los consejeros del papa Clemente VI calcularon que si la enfermedad llegaba a Europa habría unos 24 millones de víctimas. La peste se había iniciado en China, y entró a Italia a bordo de los barcos que atracaban en Venecia, donde las autoridades impusieron a la tripulación la obligación de permanecer en el puerto durante cuarenta días.
         ¿Por qué precisamente cuarenta? Pues parece que la razón fue la reputación de este número, su constante aparición en relatos de acontecimientos prodigiosos o sobrenaturales. Después de todo, más que un número, el 40 resuena como un símbolo.
         Antes de que Cristo pasara cuarenta días en el desierto como prólogo para su predicación, el pueblo judío había caminado durante cuarenta años también en el desierto. Y antes aún, Moisés había acampado cuarenta días en el Monte Sinaí para recibir, firmadas por Dios, las tablas de los 10 mandamientos. Y muchísimo antes que esto, en tiempos de Noé, cayeron sobre la tierra unas lluvias diluviales durante cuarenta días, que renovaron toda la fauna y la flora del planeta. Después de resucitar, Jesús esperó aún cuarenta días antes de ascender al cielo, y ahora los cristianos observan el tiempo de Cuaresma, que dura cuarenta días. En muchos lugares, las celebraciones de la Navidad terminan el 2 de febrero, día de la Candelaria, cuarenta días después del 24 de diciembre.
         Alí Babá también tuvo su encuentro cercano con el número 40 y no le fue mal. A Phileas Fogg debe haberle ido el doble de bien en su viaje alrededor del mundo. Y a Juan Luis Guerra, que se hizo famoso acompañado del número 4.40, todo el mundo lo quiere. Así que parece ser buen número.
         Etimológicamente, en realidad, la palabra cuarentena no esconde ningún misterio: proviene de cuarenta, que viene de quadraginta, equivalente a ese número en latín, sólo que se le define como el producto de la multiplicación de cuatro por diez, más que de cinco por ocho. El verdadero misterio, al menos en el siglo XIV, era el origen real de la enfermedad, porque la medicina estaba demasiado poco desarrollada para investigarlo. Lo que sí se sabe es que se le llamó bubónica debido a los bubones (inflamaciones supurantes de los ganglios) que brotaban en las ingles, axilas y cuello.
         Ahora, siete siglos más tarde, otra epidemia le está cantando las cuarenta a los seres humanos, ya no, se presume, por causa de las ratas sino de sus primos los murciélagos, pero igualmente dentro de la cuarentena, que ya no dura cuarenta días, unos optan por el rito de las cuarenta horas y otros por el libro de cuarenta hojas.
         Otro misterio es cómo finalmente retrocedió la peste, que se dio por desaparecida en 1361, después de acabar con la vida de 85 millones personas en Asia y Europa.

emalaver@gmail.com



Año VIII / Nº CCXCV / 16 de marzo del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 8 de mayo de 2017

Galimatías [CLI]

Andrea Villada


María Expropiación Petronila Lascuráin y Torquemada 
de Botija, alias Chimoltrufia, interpretada por Florinda Meza 

 

         Entonces, mientras leía un libro muy interesante sobre ciencia, aunque era un libro en realidad muy interesante pues pretende hablar de la historia de casi todo lo que existe en el mundo y fuera de él como el universo, el mar, el oxígeno, etcétera y demás cosas que no vienen al caso, aunque igual se los recomiendo ampliamente porque es sumamente inteligente y fácil de entender, aunque habla de cosas muy enredadas, lo cual es por lo que me encuentro aquí hablando sobre este asunto, vi una palabra muy extraña por larga y poco conocida, lo cual despertó mi más profunda curiosidad, esa que se despierta tan a menudo cuando nos gustan las palabras mucho pero que a veces no tenemos la oportunidad de saciar, sobre todo cuando trabaja y está ocupado, aunque con Internet ahora todo es posible, ¿no les parece?, ya no debe uno andar por ahí quedándose con curiosidades y que, por supuesto, me hizo preguntarme por qué si el libro habla de casi todo no hablaba también sobre el origen de esa palabra tan larga e interesante. Al parecer, es que no se entiende mucho de dónde salió la palabra esa, galimatías, por cierto, es decir, el origen es confuso, lo cual representa un verdadero galimatías en sí mismo entonces, ¿qué significa?
         Pues, la definición de la Real Academia Española y hasta la de Wikipedia se parecen mucho, pues concuerdan en que se trata de algo enredado, confuso, difícil de entender, un lío, un embrollo, un peo pues, para ser más exactos y adaptarnos más a nuestras propias expresiones coloquiales, que se da en los discursos o en la lengua escrita, (aunque, bueno, en el sentido metafórico de la palabra podemos encontrar muchos ejemplos de galimatías, solo falta ver cómo está nuestro adorado país y entonces me entenderán). Total que la cosa es tan confusa que no se entiende muy bien, si es que usted puede entenderme. Al parecer todo viene de algunos enredos bíblicos, lo cual no debería extrañarnos porque de por sí la Biblia ya es bastante complicada, es decir, por eso se habla de misterios y esas cosas, simplemente porque nuestra comprensión a veces no llega tan lejos, pero, al parecer, a alguien le pareció que había complicaciones en su escritura que merecían más la pena ocasionar una huella indeleble en nuestra lengua ya llenita de un montón de palabras que casi no usamos jamás como impío, que también se usa mucho en la Biblia, iniquidad, execrable, sempiterno, dadivoso, entre otras que casi siempre tienen que ver con cosas malas o buenas, entonces, cuando esta persona leyó las palabras de apertura del apóstol Mateo en su evangelio, que no son más que la explicación de la línea genealógica de Jesús, que quién era hijo de quién y de quién y de quién y así sucesivamente en lo que se va casi todo el primer capítulo del evangelio, entonces pensó que eso era muy enredado y le puso la palabra que nos trae hoy a rompernos la cabeza. Pero hay muchas teorías, algunas tienen que ver hasta con el gallo y un juicio y una bulla y algo así, total que el cuento es medio galimatioso (si es que se puede hacer un adjetivo con esta palabra lo que no se sabe muy bien porque ya no la usamos casi nunca, excepto algunos escritores como el de mi libro de ciencias) y total que nadie puede dar una respuesta certera al asunto del origen. Aunque, por respeto a nuestra academia, y como esta prefiere atribuirle el origen a un escritor bíblico, tal vez porque se trata de literatura seria o quién sabe por qué, el hecho es que yo creo que mejor nos quedamos con la primera versión y le echamos toda la culpa a Mateo y a su compleja explicación de cómo fue que Jesús vino de la línea genealógica de Abrahán, simplemente para no discutir mucho y poder llegar a un consenso que es así como se logran las cosas realmente.
         Bueno, explicado ya el asunto y esperando que me hayan entendido lo suficiente acerca del significado y el origen de esta palabrita que supuestamente está cayendo en desuso, y digo supuestamente porque entonces uno escucha a algunos presidentes y dice: “¡¿Qué c*#o está diciendo?!”, lo cual deja muy claro que la palabra está en desuso pero que realmente es algo que no se dice pero que sí que se hace porque casi todo el mundo lo hace, lo cual le da vigencia, pues, ustedes comprenderán. Como decía, pues eso, espero que hayan entendido porque, así como decía la famosa Chimoltrufia, “como digo una cosa digo otra, pues si es que es como todo, hay cosas que ni qué, ¿tengo o no tengo razón?”.

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Año V / N° CLI / 8 de mayo del 2017

lunes, 17 de abril de 2017

Y [CXLVIII]

Edgardo Malaver Lárez




Carátula de Jugando conmigo, de 1986



         ¿Qué hace que en los cuentos que uno cuenta cada día a familiares y amigos, aunque no sepamos conscientemente que lo estamos haciendo, se cosan tan bien unas partes con otras? Uno dice, por ejemplo: “Y entonces viene Romeo y se le declara a Julieta y Julieta se enamora de él y después él mata al primo de ella y tiene que huir y ella le pide un veneno al cura y el cura le da una pócima que la duerme y cuando él regresa la ve como muerta y... y... y...”. ¿Será suficiente una simple y para que, sin utilizar otro nexo, contemos una historia que quede bien armada en la mente del oyente? Los griegos conocían tan bien la respuesta, que le tenían un nombre a esta fantástica herramienta.
         El polisíndeton, como lo llamaron —porque a esta palabra, por encima, se le nota  que significa algo como ‘multitud de ataduras’— consiste en la utilización de conjunciones en puntos de la oración en que, en la lógica regular, no harían falta o sobrarían. Sin embargo, esta figura literaria cobra un sentido inmenso cuando deseamos conectar ideas, hechos, datos que sentimos que forman una sola unidad. El uso de la conjunción, aunque parezca a primera vista un error sintáctico, suma mucha fuerza a la expresión... y a sus partes. Don Quijote sintió, al crear el nombre de Dulcinea del Toboso, que aquel era un nombre “músico y peregrino y significativo”. Juan Ramón Jiménez dice en Jardines lejanos: “Hay un palacio y un río / y un lago y un puente viejo / y fuentes con musgo y hierba / alta y silencio... un silencio”.
         La Biblia, que comenzó a escribirse mucho antes del contacto de los hebreos con la civilización griega, de principio a fin está anegada de oraciones que se sostienen sobre el polisíndeton. En el primer capítulo del Génesis proliferan las oraciones que incluso comienzan con la conjunción y. Ya en el tercer versículo dice: “Y entonces dijo Dios: ‘Hágase la luz’. Y la luz se hizo”. Y el cuarto agrega: “Y vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas”. Y el quinto: “Y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas noche. El Apocalipsis, escrito unos mil años después, recurre a la misma estrategia para lograr una expresión contundente y atraer la atención del lector: en el quinto capítulo dice: “...y por medio de tu sangre, has rescatado para Dios a hombres de todas las familias y lenguas y pueblos y naciones”. Y más allá, en diferentes órdenes, lo pone seis veces más, uniéndolos siempre mediante una sencilla y.
         Hay quienes por esto lo llaman “y bíblico” —debería ser en femenino, ¿no?—. Puede entenderse que, siendo la fórmula narrativa más sencilla que pueda haber, apareciera de primera —y de última— en la literatura oral. Y así, todos los cuentos de hadas terminan diciendo: “Y fueron felices para siempre”. La canción popular también tiene su manantial de polisíndeton. Intento recordar alguna canción que lo ilustre y la única que se me ocurre es toda tristeza y oscuridad y desesperanza, como muchas de Yordano: “Y lloró y lloró y lloro, lloró, lloró”. Que sea apenas retórica.

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Año V / N° CXLVIII / 17 de abril del 2017

lunes, 23 de noviembre de 2015

Adivina, adivinador [LXXXIII]

Edgardo Malaver


         Quien ha leído Zárate (1882), la novela de Eduardo Blanco (1838-1912), sabe que poseer el supuesto don de la adivinación no lo salva a uno de nada. En el capítulo “Sibila y madre”, tercero de la segunda parte, el enigmático Oliveros, mediante un astuto ardid a la vez despiadado y teatral que despliega en medio del monte, acorrala a Tanacia, la adivina que lo ha acompañado en toda su carrera de fechorías, y la obliga a revelar que Cascabel, su hijo y uno de los espalderos de Oliveros, es un traidor y que debe pagar por ese crimen. Por más que intenta evitarlo, la bruja no tiene más escapatoria que “adivinar” lo que su amo ya sabe y todos sus conjuros terminan cayendo sobre Cascabel. O sea, no se cree Oliveros que Tanacia sea realmente adivina, sólo la utiliza: para mantener su autoridad sobre los demás delincuentes, recurre a los sortilegios de la madre para señalar al traidor, que no termina con vida la escena.
         En el Antiguo Testamento, los adivinos debían ser “muertos a pedradas” (Levítico 20, 2), pues violentaban la confianza total y desprendida que el pueblo judío debía sentir por Dios. El cristianismo heredó esta actitud y desde los tiempos de san Pablo se ha defendido de la práctica de la adivinación. Los griegos, al contrario, y luego los romanos, favorecían muchísimo la búsqueda de advertencias sobre lo que traería el futuro y de pistas sobre lo que habría que hacer para evitar... lo inevitable. Quien ha leído Edipo Rey, la tragedia de Sófocles (496-406 antes de Cristo), sabe lo que pasa cuando se obedece al pie de la letra el oráculo.
         Qué curioso, ¿no?, que el verbo que utilizamos para indicar, como diría el diccionario, que alguien es capaz de conocer lo que está aún por suceder, lo oculto, lo ignorado; acertar en la respuesta a lo desconocido por medio de conjeturas o por azar; e incluso vislumbrar lo que ha de venir o suceder, comparta raíz con otra palabra que se refiere a Dios, el omnisciente, el único que “sabe la hora” del fin de todo (Mateo 24, 36). ¿O quizá no es tan curioso?
         En español, adivino está compuesto por el prefijo a-, que sugiere aproximación, tendencia hacia algo; la raíz divin-, proveniente de divinus (adjetivo), que, en latín, equivalía a ‘todo lo relacionado con un dios’, y, naturalmente, la terminación de género y número. En Roma, la adivinación era una gracia que concedía alguno de los miles de dioses en que creían los romanos, por lo que quien la recibía era llamado también divinus (sustantivo), hombre que tenía algo de divino, adivino. Adivinar, entonces, es aproximarse a lo divino, tender a tener la condición de dios, por el mismo mecanismo morfológico por el que un ahijado de alguien se acerca a ser su hijo; atesorar es aproximase a tener un tesoro; afearse es ir volviéndose feo.
         Adivino que no muchos lectores encuentran muy aleccionadoras estas afirmaciones, pero me contento con aminorar con ellas mi propia sed de ideas. El conocimiento comienza siempre con una pregunta, una conjetura, una búsqueda, y ser capaz de llegar a la verdad exige un esfuerzo que nos adivina, que nos avecina con Dios... o con los dioses, si no cree usted en ellos. Adivinar, en el sentido moderno, no es tampoco tan pecaminoso. Quien ha leído La vuelta al mundo en ochenta días (1873), de Julio Verne (1828-1905), ya sabe que no se puede adivinar todo lo que uno desea, pero también que los cálculos más rigurosos pueden estar equivocados y, aun así, dar en el blanco, todo está en hacerlos pasar por la experiencia.


emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXXXIII / 23 de noviembre del 2015