Mostrando las entradas con la etiqueta Semántica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Semántica. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de enero de 2026

¿Qué quiere decir millonario?

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Eladio Lárez y Pelé. ¿Usted quiere ser rico...
 o sólo millonario?

 

 

         Por un millón de dolitas, ¿qué quiere decir millonario? Opción A: el que tiene un millón de cosas; opción B: el que sabe escribir la palabra millón; opción C: el que se ha ganado la lotería; opción D: el que va a Nueva York a lavar platos y dice aquí que allá era platero. A veces el popular programa de concursos ¿Quién quiere ser millonario?, que en Venezuela era conducido por Eladio Lárez, hacía estas mezclas desquiciadas de opciones, entre las cuales era difícil decidirse. A veces yo no sabía si reírme o molestarme.

         La velocidad a la que se deterioraba el bolívar —y quién sabe si hubo otras razones— causó que el programa perdiera sentido. Ya no se podía ser millonario al responder las... 20, 25, 30 preguntas, no sé cuántas eran. O faltaban o sobraban cifras en los montos que se ofrecían. No importa. Lo que importa es que no se podía ser millonario de esa manera, ni siquiera en agosto del 2000, cuando comenzó a transmitirse en Venezuela. Y no se podía porque ¿qué quiere decir millonario? ¿Por qué, a pesar de ser, en forma y en contenido, más impresionante que otras más sencillas, no es tan poderosa?

         Existe un criterio —habrá sido definido por científicos de la economía, presumo yo— para decidir si una persona es millonaria o no. No consiste, así sin más, en poseer mucho, mucho, mucho dinero. Y en el lenguaje figurado, quizá sea el popular Alí Primera el único que haya logrado crear una metáfora convincente, irónicamente, sobre la pobreza:

 

Niños color de mi tierra

con sus mismas cicatrices,

millonarios de lombrices.

Y por eso, qué tristeza

viven los niños

en las casas de cartón.

 

Parafraseando, pero con fidelidad, la definición dice así:

 

persona cuyo patrimonio neto (es decir, la diferencia entre sus activos y sus pasivos) es igual o superior a un millón de unidades monetarias (comúnmente dólares o euros), representado en dinero líquido y, también, en el monto total de sus bienes (propiedades, inversiones, etc.).

 

         Muchos de nosotros tenemos claro, antes de despejar la ecuación, que nuestro resultado quedará por debajo de cero. Y a muchos otros, las sumas y restas, las multiplicaciones y divisiones les dará más de un millón, pero como la unidad de medida no es el dólar ni el euro —podía ser también la libra esterlina—, sigue siendo uno de nosotros, los humildes.

         Quién sabe si quede otra opción que sumarse al deseo de otro cantante popular, Roberto Carlos, y reunir un millón de amigos, sin que se los debamos a nadie, sin que hayamos firmado hipoteca sobre ellos (que equivaldría como a venderlos, ¿verdad?), sin que se los dejemos en prenda a usurero alguno. Tres o cuatro amigos líquidos y sin gravamen, contantes y sonantes, limpios, recién salidos del cuño. Tres o cuatro, porque, como dice Rafael Tomás Caldera, “tiene más quien necesita menos”.

         Preguntémonos, en suma, si millonario, siendo un término, en apariencia, perteneciente a la ciencia económica, es o puede ser buen sinónimo, es decir, buen sustituto semántico de rico, por ejemplo, que es la palabra más sencilla con que podemos llamar la posesión de muchos bienes. Claro que sí, en el lenguaje cotidiano lo es, y el diccionario pone casi el mismo grupo de palabras como sinónimos del uno y del otro. Los sinónimos de millonario son multimillonario, rico, millonetis, adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, potentado, capitalista, amillonado, bacán. Los de rico son adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, millonario, capitalista, próspero, potentado, creso, platudo, fondeado, bacán, valioso. Pobre aparece como el único antónimo de los dos.

         Sin embargo, imagínese usted estos versos de Calderón de la Barca sustituyendo rico por millonario:

 

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza.

 

O el salmo en que David describe a Dios como “clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”; o aquel monólogo de Doña Beatriz de Silva en que Tirso canta:

 

¡Oh premio rico, que a perder provoca

el seso del dichoso que te alcanza!

Pues si enloquece una desconfianza,

también el gozo vuelve un alma loca.

 

Y, para que en serio nos preguntemos si es literal o metafórico, aquí tenemos a Agustina Andrade:

 

¡Si eso es triunfar, la gloria es el martirio,

la gloria es la embriaguez!

¡Vale más la sonrisa de mi madre

que el más rico laurel!

 

         ¿Que qué quiere decir millonario? Que tiene plata, pero que si es rico... Que tiene muchos bienes, muchos activos y pocos pasivos, muchas inversiones y pocas deudas, pero que si es rico, que yo no sé cómo es... Y como pobre parece más rico por sí solo, ser millonario debe significar otra cosa.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 12 de enero del 2026

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Ligeia, Annabel y otras mujeres de Poe

Antiguo manuscrito revela origen extraterrestre de la palabra ‘arepa’

Simón Rodríguez, el traductor visible

¿Quién inventó el cuchillo?

Las siete palabras

 

lunes, 17 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (II) [D]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

—¿Será tierra firme, capitán?
—¡Es Margarita, gañán!

 

 

 

(Continuamos...)


         Lo que no han considerado ellos es que una cosa es la lógica, incluso la lógica lingüística, que pocas veces coincide con la lógica matemática, y otra cosa es el uso concreto que le da la gente, el pueblo, especialmente el pueblo más sencillo, el menos prejuiciado por la educación formal, a cada expresión, a cada palabra, a cada nombre que le llega a los oídos.

         Así que les grabo yo también un audio en que les digo que sí, que los dos tienen razón por razones diferentes; ella porque está usando el razonamiento con sabiduría y lo explica claramente y él porque comprende la realidad como es y también como “debería ser”. Mi respuesta dividió el asunto en la dicotomía saussureana de norma y uso. La norma (que proviene del uso) es una cosa y el uso que da la gente a las palabras es otra cosa. Una vez que la gente comienza a usar las palabras de una forma, ese uso desembocará un día en norma, pero la norma siempre puede violarse, desviarse, descomponerse para ajustarse a la necesidad que tengan los hablantes. Y luego volverá a convertirse en norma y después sigue siendo posible que se desvíe y se use de manera diferente, incluyendo la manera “correcta”.

         Después de grabarles el primer mensaje, me acordé de Cristóbal Colón, que, demente de mí, se me ocurre que debe haber sido quien utilizó el nombre Tierra Firme en la lengua española por este lado del mar. Sin duda sus marineros la usaban, y mucho porque hacía ya muchos días que deseaban llegar a tierra y a tierra firme, como dice mi bella prima política uruguaya, aunque fuera una isla de diez metros cuadrados, porque estos hombres tenían hambre, porque se sentían engañados por el Almirante o porque no comprendían lo que habían venido a hacer navegando hacia el oeste como si fueran locos. Pero sin duda, la expresión tierra firme se quedó en Margarita y supongo que en muchos otros lugares relacionados y enamorados del mar, porque pertenece a la jerga de los marineros, de los pescadores, de la gente que vive del mar y que la lleva todo el tiempo en la mente y además la ama, pero que de vez en cuando siente que necesita regresar a casa. Siempre es bueno llevar alimento a la familia, ir a las fiestas del santo patrono, engendrar un hijo... o varios... esas cosas.

         No es difícil, pues, darse cuenta de que, aunque la lógica, la razón limpia nos indica que tierra firme es todo aquel territorio seco que nos libre, como diría el conde Olinos, de las furias del mar, sucede en ese lugar fantástico que es Margarita que la gente de todos los niveles de educación y de todos los campos de actividad humana dicen tierra firme para referirse solamente al territorio venezolano que está más allá del mar, y que para algunos seguramente se refiere solamente a Puerto La Cruz, a Cumaná, a Cariaco, a Píritu, quizá incluso La Guaira. Puerto Cabello y Maracaibo es ya demasiado lejos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° D / 17 de febrero del 2025

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

Paisano

Otro verbo con otros sinónimos

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Paradójica e imposible naturaleza de la traducción

Pagano

 

lunes, 10 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (I) [CDXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Un carpintero de ribera siempre trabaja en tierra...
a veces en tierra firme

 

 

 

         Siempre aparece, con muy poco talento para el mimetismo dialectal, alguien que dice delante de mí (o dirigiéndose a mí), porque cree que los margariteños hablan así: “¿Cómo está ‘laisla’?”. Cuando me toca, respondo: “No, no, Margarita es el continente. La isla es Venezuela”. Una vez mi hija mayor me preguntó qué era entonces América, y yo le contesté que América era ya otro planeta.

         Ahora viene mi primo Moisés, que creció en Paraguachí y se casó con esta hermosa muchacha uruguaya, con quien es delicioso conversar porque llama las cosas por otros nombres, pero siempre termina uno sabiendo a qué se refiere, y cuando pregunta termina encontrando por sí sola de la respuesta... bueno, Moisés y ella hace como un mes me graban un audio en que me cuentan que tienen una contrariedad lingüística: ella tarda en captar cuando, hablando de Margarita, él menciona un lugar llamado Tierra Firme. En el audio me explica lo que yo sé: que los margariteños llaman así a todo lo que no es Margarita, es decir, Venezuela continental; y sí, eso significa también que las demás islas o son parte de Margarita o no son, a lo sumo son islitas que navegan realengas por el mar, pero no son tampoco, jamás, tierra firme).

         Entonces, el pobre Moisés, como preocupado, viene y me explica esto y me dice que su esposa no lo comprende porque, según ella, tierra firme es todo aquello que es tierra por oposición al mar, a un barco, a las olas. Si uno va en un bote y no encuentra la costa, puede llegar a desesperarse por encontrar tierra firme, y si lo que encuentra es una isla, eso es tierra firme, sin importar si es continental o no, porque no se mueve como el bote sobre el agua.

         Y entonces viene Moisés y me pregunta, admitiendo que en el fondo le parece que tiene bastante sentido lo que ella dice, qué pienso yo. ¡Yo...!, ¡que también hablo como él!, ¡que nací en Margarita como él!, ¡que crecí en Margarita como él!, ¡que fui a la escuela en Margarita como él!, ¡que soy descendiente del mismo carpintero de ribera que él!, ¡y que a los 18 años me inscribí en la Universidad Central como él! Es una especie de injusticia, una especie de ventajismo nuestro que le hacemos a la pobre chica uruguaya cuando la dejamos escoger como juez de la “diatriba” a otro margariteño que habla el mismo español que él. Pero claro que, estrictamente, ella tiene razón.


(La próxima semana les sigo contando.)


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCIX / 10 de febrero del 2025

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

Un ex nunca muere

En paz descanses, mío Cid Campeador

¿Por qué Andrés Bello escribe tan mal?

Una niña de nueve años

Dos verbos sinónimos


lunes, 12 de agosto de 2024

Una de semántica [CDLXXIII]

Edgardo Malaver Lárez



Raskolnikov y su casera... otra palabra que va y viene




         ¿Qué edad tenía usted cuando se dio cuenta de que alquilar y alquilar significan acciones diferentes e incluso contrarias? Sí, sí, alquilar y alquilar, es decir, ‘ceder temporalmente y bajo ciertas condiciones una propiedad a alguien a cambio de dinero’ y ‘usar esa propiedad por el pago de una cantidad de dinero cada cierto tiempo’. Yo te alquilo la casa y tú me alquilas la casa. El propietario y el inquilino ejercen acciones diferente, incluso contrarias, pero las dos se llaman por el mismo nombre. ¿Se habrá quedado así esta situación —cuando sea que haya aparecido, así, bajo la forma de coincidencia, que no de sinónimo— debido a que, cuando la dichosa palabra saltó del árabe al español, contenía, implicaba, dejaba claro que se trataba de un mismo acto, de un mismo monto de dinero, de una misma transacción? En latín, por el contrario, un contrato para tal intercambio se llamaba de locatio-conductio, que firmaban, correspondientemente, el locador y el locatario. ¿Demasiada diferencia? Quién sabe. Lo que sí coincidía era el nombre alquilé, es decir, la cantidad que tenía que cambiar de manos, que en ambos lados de la transacción se llamaba igual, aunque en este caso no se confundía ni se confunde nadie. El sistema árabe parece haber satisfecho más a los hablantes del romance castellano de aquel momento.

         Pasa lo mismo, ya usted sabe, con el sustantivo huésped, ‘el que se alberga, se hospeda, en un lugar’ y ‘el que lo recibe, lo hospeda’. Aunque no siempre hay transacción financiera en este caso, ¿será, como en el anterior, meramente cuestión de dinero?

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXIII / 12 de agosto del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

El verbo de la verdad

Los americanos son muy americanos

Vacancia en un dos por tres

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Al alimón, al alimón, el puente se ha caído

 

lunes, 10 de junio de 2024

Una de gramática [CDLXIV]

Edgardo Malaver Lárez



¿Quién quiere darle palos a un caballito tan bonito
si en la fiesta están hablando de gramática?




No sé ya cuál de los niños que estaban en aquel cumpleaños me preguntó: “¿Por qué todos los estudiantes son iguales y los alumnos son niños y niñas?”. Pensé que se refería a la diferencia de edades, pero él observaba que la diferencia en el artículo puede dar, por un lado, los estudiantes y las estudiantes (todos iguales) y, por otro, los alumnos y las alumnas (cada sexo con su género). Y no sé quién apagó la música ni en qué momento se hizo silencio para escuchar otras “curiosidades”: “Miren, niños, también existen ‘nombres de cosas’ cuyo significado cambia si les cambiamos el artículo: la frente y el frente, el cólera y la cólera, el parte y la parte”. Y qué asombro cuando dije: “Y otros nombres en que pasa lo contrario: no cambian de significado: el sartén y la sartén, el mar y la mar, el terminal y la terminal”. Una madre llamó su enfant terrible, que estaba en primera fila delante de mí. “Además”, agregué finalmente, “están los nombres que cambian totalmente de masculino a femenino, como hembra y macho, caballo y yegua, sastre y costurera”. Entonces se levantó una niña pequeñita y declaró: “Entonces no hay nada mejor que ser estudiantes, porque somos todos iguales”.

Aplaudimos todos.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXIV / 10 de junio del 2024


lunes, 29 de enero de 2024

El verbo mandar [CDXLV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¡Manden llamar a nuestro abogado! Los miserables
en el Teatro Teresa Carreño. Foto: V. Amaya

 

 

 

         Diariamente observo que usamos el verbo mandar para decir que hemos pedido u ordenado que se haga alguna cosa. Se rompe la suela de un zapato y un día que vamos al centro de la ciudad, aprovechamos para mandarlos a reparar. Necesitamos una docena de huevos para hacer una torta y los mandamos a comprar en el abasto. “Mandé a hacer una habitación junto a la cocina”, “Mi mamá mandó a llamar a su abogado”. Este uso del verbo tiene sentido, pero no es automáticamente lógico.

         Existe en todos estos ejemplos (y en nuestra mente) una confusión entre dos acepciones del verbo mandar (por lo menos entre dos): la de ‘ordenar’ y la ‘enviar’. Mandar equivale y es sinónimo de estos otros dos, pero las más veces resulta dificilísimo distinguir en la lengua hablada cuándo nos referimos a uno y cuándo al otro.

         Si reflexionamos sobre los ejemplos del primer párrafo, terminaremos dándonos cuenta de que el amigo cuyos zapatos se rompieron, una vez en el centro, dio la orden de que le repararan los zapatos: no envió a nadie a hacerlo, ¿verdad? En el caso de la torta que tenemos que hacer, sí enviamos a un niño a comprar los huevos, pero al final se trata de que le ordenamos que fuera al abasto a comprarlos. En el tercer ejemplo, sería extraño que, estando en nuestra casa, enviáramos a unos obreros a construir una habitación dentro de la casa. ¿Adónde los estaríamos enviando? Los mandamos, sí, pero en el sentido de que les ordenamos, les pedimos, les solicitamos hacer la habitación. Y el último caso es quizá el más difícil. La madre del hablante quiere reunirse con su abogado envía a alguien en busca del abogado. Pero fíjense en esta forma equivalente de decirlo: “Mandó llamar al abogado”. Le ordenó a alguien que lo llamara.

         ¿Dónde está el truco?, se preguntarán ustedes, ¿cómo reconocemos el mandar de ‘enviar’ del mandar de ‘ordenar’? La clave está en la preposición a. Había pasado silenciosa por todo este discurso, pero es la protagonista. Para usar el verbo mandar con seso en el sentido de ‘dar una orden’ tendríamos que eliminar la preposición, es decir, silenciarla más aun. Imaginemos que una madre le dice a un hijo: “Te mandé a barrer la casa hace una hora y no lo has hecho”. ¿Lo ha enviado a algún lugar o le ha dado una orden? Si es esto último, habría que decirle: “Te mandé barrer la casa...”. Existe una forma ya fosilizada en nuestra mente de hablantes para indicar que queremos que las autoridades se encarguen de alguien que, a nuestro juicio, ha cometido una falta: Lo voy a mandar a meter preso. ¿Qué sentido tiene esa a? De ninguna manera se está invitando a esa persona a hacer nada (ni siquiera, por cierto, se le está ordenando tampoco nada), sino que se va a pedir a las autoridades que lo arresten: “Voy a mandar meterlo [en la cárcel]”.

         Otro truco puede ser acudir a un galicismo sintáctico (al menos para acostumbrarse a distinguir): aproveche que va mañana al centro para hacer reparar los zapatos, haga construir una nueva habitación junto a la cocina, puede llamar a un nieto y hacerlo comprar huevos para una torta, o, en caso extremo, puede hacer llamar a su abogado para que, a su vez, sea él quien haga hacer presa a ese hijo a quien usted quería hacer barrer la casa.

         La próxima vez que vayan a misa, fíjense, en el momento de la consagración, cómo el sacerdote pide a Dios que convierta el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, “que nos mandó celebrar estos misterios”. Sin preposición. No tendría sentido cambiar mandó por invitó, pero lo tiene todo si lo sustituimos por ordenó, pidió, conminó.

         En conclusión, si se puede eliminar la preposición a y se puede sustituir el verbo mandar por otro, como ordenar, solicitar o pedir, entonces no se trata de enviar a nadie a hacer nada (porque con enviar sí necesitamos la preposición). O, para decirlo con más claridad, trate de sustituir mandar por ordenar (o un sinónimo de ordenar), y si funciona, la a desaparecerá naturalmente.

         A mí mi familia me mandó a Caracas a estudiar, pero fue porque yo quería hacerlo. Es decir, no fue una orden, pero casi todos los días, cuando hablaba con ella por teléfono, mi abuela me mandaba comer bien para que no me enfermara.

         Ojalá otro día me salga más clara la explicación.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLV / 29 de enero del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

La poda de los refranes

Mi primo es mi tío

We will come back

El nuevo plural

Los Juegos Olímpicos como pluralia tantum


lunes, 22 de enero de 2024

Yo, Alejandro y Ricky [CDXLIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¿Ahora qué quieres, mi amigo de España?

 

 

 

         Por algún desconocido camino llegó a mí hace unos días un video en el cual aparece la cantante italiana Laura Pausini acompañada, a su derecha, por el español Alejandro Sanz y, a su izquierda, por el puertorriqueño Ricky Martin. Pausini se dirige a un grupo de jóvenes artistas diciéndoles: “Queremos darles las gracias, yo, Alejandro y Ricky, por haber estado a nuestro lado y creer en nosotros desde el comienzo de la banda”. Se observa que en algún momento Sanz le hace señas tocándole en una rodilla a Pausini, como queriendo detenerla, mientras Martin sonríe, pero ella espera hasta terminar para preguntarle jocosamente a Sanz: “¿Ahora qué quieres?”. Y él le responde: “No, es que en español se dice: ‘Alejandro, Ricky y yo’”. Ella, asombradísima, exclama: “¡Pues, ¿entonces, todo lo que he grabado en Nueva York está mal?!”. El español le asegura: “Sí, todo está mal”. El otro incluso bromea: “No te preocupes, todo el mundo se dio cuenta y todos han hablado al respecto... pero è così”. El video termina cuando los tres vuelven a ponerse en posición para repetir la grabación.

         ¿Es incorrecto, indebido, reprochable decir, por ejemplo, “Yo, Alejandro y Ricky”? No, no lo es, solamente tenemos la visión de que lleva una pizca de descortesía. Nada más. No existe otra razón, otro factor, otro detalle por el cual no debamos nombrarnos nosotros mismos en una enumeración de personas entre las cuales está el que habla. Ni siquiera existe norma alguna en la gramática académica de la lengua española. El Diccionario panhispánico de dudas confirma que no existe “justificación lingüística para censurar su anteposición” [la del pronombre yo].

         Sí, en la lengua hablada es mejor, preferible, ideal, como se nos enseña no bien comenzamos a utilizar los pronombres personales, más o menos a los 15 meses de edad, dejar el yo para el final, pero es un asunto de mera cortesía para con los interlocutores. Y no es poca cosa la cortesía, claro que no, pero comenzar nombrándose a uno mismo (que no es, por cierto, infrecuente) no puede ser tomado por error gramatical, sintáctico ni semántico. Sería apenas en el terreno pragmático donde habría espacio para reflexionar un poco sobre esto, pero ni siquiera en ese terreno abundarían los argumentos para tomarlo como un ataque airado e impertinente contra el oyente, particularmente en la lengua hablada. Además, en la lengua, como en ninguna otra área de la vida, todo depende de la situación comunicativa, que es siempre un mundo aparte cada vez.

         La popular Laura Pausini, entonces, no estaba cometiendo ningún error. Y sus famosos amigos Alejandro Sanz y Ricky Martin, que hablan variantes del español de ambos lados del Atlántico, trataron el asunto con el debido respeto y, en apariencia, sabiendo que no se trataba de una falta abominable. Y eso es lo exquisito y lo bello del video: la forma elegante y graciosa en que resolvieron, ellos por un lado y ella por el otro, el supuesto error, la levísima falla, la entrecomillada descortesía del discurso. Lo resolvieron con elegancia y amistad, con dignidad y sonrisas. Al fin y al cabo, no es grave, ni siquiera llama muchísimo la atención, sólo... è così.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLIV / 22 de enero del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

¿Por qué Andrés Bello escribe tan mal?

¿Quién es la viudita, la hija del rey? (II)

Las matemáticas son una sola

Lecherías también es una sola

Estás pidiendo más que Carúpano