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lunes, 2 de marzo de 2015

Divagando sobre semántica [XLVI]

Laura Jaramillo



...era un muerto sin cabeza,
sin pantalón ni camisa,
con las manos en los bolsillos
y una macabra sonrisa...

El espanto, Carota Ñema y Tajá


            Recuerdo que durante un taller sobre morfosintaxis un estudiante preguntó, con un toque de malicia indígena, si la oración Se vende esta casa era correcta y la profe dijo que sí, era correcta. A lo que el estudiante inmediatamente refutó: “Pero la casa no se vende sola”, y como mi profe era muy perspicaz (como todo profesor de lingüística) le respondió: “Ay, no, ya le metiste semántica a la cosa”.
            Esta pequeña anécdota rondó en mi cabeza por un tiempo, pues me preguntaba cómo era posible que una rama tan importante de la lingüística pudiera ser un problema en lugar de una solución. Sin embargo, la idea la dejé pasar y la creía olvidada, hasta que por estos días de ocio, escuchando radio, sonó una canción que se llama El espanto, del grupo larense Carota Ñema y Tajá. Al momento no me percaté del detalle, como me gustó la rítmica, la estuve tarareando por largo rato, hasta que de pronto me cayó la locha. Al darme cuenta, me dio mucha risa y, extrañamente y gracias a mi memoria a largo plazo, recordé aquella sentencia realizada por la profe.
            Si vemos bien, la estructura oracional está perfecta, cada palabra en su santo lugar, o sea, una morfosintaxis genial. Pero cuando le metemos la semántica a la cosa (como dice la profe), resulta que no es un estribillo tan perfecto, porque si el muerto no tenía cabeza ni pantalón, ¿como por dónde tenía la sonrisa y en qué bolsillo tenía las manos metidas? Hasta los pelos paraos tenía el pobre espanto, y se asegura fehacientemente que lo vieron.
            Desde entonces, ahora le meto semántica a todo (quizás siempre lo hice), es como el proceso de la computadora cuando estamos guardando documentos en una carpeta, mis análisis parecen esas hojas que pasan de una carpeta a otra, desglosando los significados.
            Mi mamá me pregunta que cuál es la diferencia entre escuchar y oír, y le respondo que ninguna, y se lo confirmo con un diccionario de sinónimos, el cual me remite de una palabra a la otra, y viceversa, pero que si le metemos semántica hay diferencia, casi abismal. Creo que no le quedaron ganas de preguntarme más nada al respecto.
            No dudo, ahora, que la profe tuviera la razón, creo que su comentario fue por dos cositas. Primero, que la clase era de morfosintaxis, y la pregunta como que no cabía ahí, aunque es muy difícil que en las clases sobre la lengua (¿o lenguaje?) no se le venga a uno una montaña de dudas y dificultades. Segundo, creo que, algunas veces, descubrir los porqués no es tan necesario, no hace falta meterle tanto coco a las cosas. Bueno es culantro pero no tanto.
            Veamos la semántica como una compañera que nos ayuda a no tomar la lengua tan literal; la canción tiene frases parecidas, pero la entendemos y allí está el punto, entender (¿o comprender?), además de ser una hermosa representación de nuestra idiosincrasia.
            Hay otra señora por ahí muy amiga de la semántica y que también causa sensaciones, la pragmática, pero de ella podemos hablar en otra divagación.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año III / Nº XLVI / 2 de marzo del 2015



Otros artículos de Laura Jaramillo

lunes, 2 de febrero de 2015

¿Español o castellano? [XLII]

Luisa Teresa Arenas Salas

            ¿Será esta “la pregunta de las 64.000 lochas”, tal como leímos en el primer rito de este año escrito apasionadamente por el padre de los ritos, Edgardo Malaver? Realmente, no. Esta no es una pregunta “muy difícil de responder”, ni su respuesta es “imposible o casi imposible adivinar”. ‘Español o castellano’ es una polémica muy antigua, que llega hasta nuestros días.
            ¿Has sido tú en algún momento protagonista de esta polémica? ¿Cuál de los dos términos empleas? ¿Qué razones has utilizado para justificar ese uso?
            En principio podemos decir que los términos español y castellano se consideran sinónimos para referirnos al nombre de nuestra lengua. Pero es interesante conocer un poco de historia para dilucidar la controversia.
            A finales del siglo XV, el enlace de los Reyes Católicos produce la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, quienes convierten a España en una gran potencia, hecho que, como corolario, conduce a la unidad lingüística española. “El castellano, que comienza a llamarse español, se propagó entonces por Flandes, Italia y Francia, sus gentes aprendían el español con agrado y tenían a gala saber hablar castellano” (Gutiérrez y otros, 2007: 24). Ya en el siglo XVI se consolida la unificación literaria y adquiere plena justificación el uso del nombre de lengua española. Se originó el sentimiento colectivo que llevó a ver en el romance castellano una significación más amplia que sobrepasaba lo regional, y un contenido histórico cultural más rico que el estrictamente castellano (2007: 25).
            Enrique Obediente Sosa (1997: 408), con base en esos criterios históricos, afirma:

el término castellano hace referencia a la región de origen, a Castilla; español, por su parte (en boga desde el Renacimiento, es decir, desde la época del despertar de las nacionalidades), hace referencia a la nación, a algo histórico-cultural de significación suprarregional.

            Pero aun así, la polémica se mantiene vigente no solo en España, sino también en Venezuela sustentada en que la constitución de ambos países consagra el término castellano para denominar su lengua oficial, la cual coexiste con las otras lenguas acuñadas como oficiales a nivel regional. Para cotejar esta afirmación puedes revisar el artículo 3 de la Constitución española y el 9 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela del año 1999. Esta disposición constitucional ha llevado a estudiosos de la lengua a argumentar la validez de los dos vocablos basados en la sinonimia existente entre ellos. No obstante, en la actualidad se prefiere el nombre español, porque tiene un carácter más internacional.
            Por ello, yo acepto con normalidad que se diga castellano al mencionar nuestra lengua, de acuerdo con la Constitución; sin embargo, prefiero hablar de español, como dice el académico Luis Barrera Linares: “por ser este el nombre más universal de nuestra lengua” (2013: 46). Y, para ser más específica, utilizo “español de Venezuela”. Dejo aquí en el espíritu de los lectores una nueva inquietud, quizás materia para otro rito de ilación, que bien podría satisfacer, por ejemplo, la gran defensora de esta denominación, la lingüista venezolana Minelia de Ledezma.

Bibliografía
Barrera Linares, Luis (2013). La duda melódica. Crónicas malhumoradas. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua.
Gutiérrez, María Luz y otros (2007). Introducción a la lengua española. Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.
Obediente Sosa, Enrique (1997). Biografía de una lengua. Nacimiento, desarrollo y expansión del español. Mérida: Universidad de los Andes.

ue_eim_ucv@yahoo.com / ue.eim.ucv@gmail.com




Año II / Nº XLII / 2 de febrero del 2015

lunes, 5 de enero de 2015

La pregunta de las 64.000 lochas [XXXVIII]

Edgardo Malaver Lárez


            Ya va quedando poca gente que recuerde lo que era una locha, que las haya usado para comprar o que las haya recibido de una tía generosa, de un padrino soltero o de una abuela que nos hubiera enviado a hacer un mandado. Para los niños de mi infancia era como una bendición recibir en esas circunstancias la peculiar moneda: cantidad insignificante para el que la daba, inmensamente valiosa para el que la recibía. Con una locha, estando en primer grado, por ejemplo, merendaba uno como un príncipe en el recreo y regresaba a casa sin depender de los adultos, lo cual era mejor que ser uno de ellos.
            Una locha era la octava parte, es decir, 125 milésimas, de un bolívar. Yo, con dos lochas, o sea, con medio real, era rico. Y rico precisamente se hacía también el que lograba responder todas las preguntas que se le hacían en un programa de televisión que comenzó a emitirse en Venezuela al final de los años 50, Monte sus cauchos Good Year, puesto que la última de ellas era lo que el presentador, Néstor Luis Negrón, llamaba “la pregunta de las 64.000 lochas”. Sesenta y cuatro mil lochas son 8.000 bolívares, que en este momento quizá no alcancen para comprar, por ejemplo, muchos pares de pantalones (a lo sumo dos, regateando bastante), pero en la década de los 50, esa cantidad habría sido suficiente para comprar, al menos, una casa de tres habitaciones. Desde entonces, la expresión ha designado, aunque los venezolanos han olvidado su origen, las preguntas de importancia capital o aquellas que son muy difíciles de responder o cuya respuesta es imposible o casi imposible adivinar.
            El programa, que se mantuvo 12 años en las pantallas de Radio Caracas Televisión, era presentado por Negrón junto con la elegantísima Cecilia Martínez, la primera locutora de la televisión venezolana —que en noviembre del año pasado alcanzó la edad de 101 años—.
            La expresión del profesor Negrón provenía de programas de concurso del mismo estilo que antes que el suyo había habido en la radio de Estados Unidos, el primero de los cuales se titulaba Take It or Leave It (Tómelo o déjelo), transmitido desde 1940. En 1950, se convirtió en The $64,000 Question (La pregunta de los 64.000 dólares) y en 1955 saltó a la televisión. Se hicieron tan populares el programa y el tipo de programa, que fue imitado en muchos lugares: en el Reino Unido (The 64,000 [Sixpence] Question), en Australia (Coles £3,000 Question), en México (El Gran Premio de los 64.000). Y en Venezuela.
            Hay otras expresiones venezolanas que incluyen la palabra locha. Cuando un producto es muy barato o cuando es posible encontrarlo en cualquier parte, decimos que lo venden “a tres por locha”. Cuando intentamos entender alguna situación compleja y finalmente lo logramos, decimos: “Me cayó la locha”. En la lucha por la locha es equivalente a estar trabajando duro para ganar el diario sustento. En esta Navidad, que en rigor termina mañana, ha vuelto oírse aquella gaita que dice: “¿Qué haré yo cuando no tenga / en el bolsillo tres lochas / para comprarte una brocha / y pintura pa la bemba?”.
            Cuando yo era niño, mi hermano, queriendo que su padrino le diera dinero, le decía al tropezárselo en cualquier lugar: “Padrino, la bendilocha”, y éste, queriendo evadirlo, le respondía: “Dios me lo bendilimpie, hijo”.


emalaver@gmail.com




Año II / Nº XXXVIII / 5 de enero del 2015

lunes, 1 de septiembre de 2014

Fufurufa [XX]

Laura Jaramillo




         Me confieso amante del léxico popular, porque es un fiel reflejo de lo que pensamos, de lo que vivimos y de cómo vemos la vida. Lo coloquial es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’, como dijo alguna vez el periodista Jesús Cova cuando escribía en el diario Últimas Noticias, en la columna El Defensor del Lector, haciendo referencia al lenguaje bélico en el deporte.
         En el caso de los venezolanos y colombianos, existe una afinidad tan particular al momento de expresarnos que no es en vano cuando se dice que somos países hermanos. Afinidad que no veo con ningún otro país (perdonen si me equivoco). El léxico de ambos países es tan rico en ingenio, originalidad y expresividad, que es allí donde se conoce realmente la cultura del hablante.
         La característica más resaltante de ambos hermanos es la jocosidad del léxico. Ejemplo de ello es la palabra fufurufa. Cuando la escuché por primera vez, me sonó como a nombre de perro con full pedigrí. Luego, la volví a escuchar y pensé que era una forma diferente de llamar a la trufa, o, quizás, alguna fruta exótica de las tantas que existen en el hermoso caribe colombiano, porque fue de un colombiano que la escuché.
         Un buen día, o, mejor dicho, una buena noche, viendo un programa de humor colombiano (cultivo de la ingeniería léxica) llamado Sábados Felices, un comediante, representando al costeño, en su presentación explicó tan claro lo que significa popularmente fufurufa, que llegó a mí esa luz que te hace decir: “¡Aaahhh!”, y solo recuerdo que reí hasta más no poder. Ahora, como es mi costumbre, forma parte de mi léxico folclórico y costeño.
         Sin embargo, me llama la atención que mi vecina, muy barquisimetana ella, me dijo, muchísimo tiempo después de mi descubrimiento semántico, que en esa ciudad del estado Lara también es muy frecuente el uso de esta palabra y con el mismo significado. Curioso punto de encuentro semántico entre los hermanos países.
         Bueno, para resolverles la intriga, fufurufa, según el DRAE, es una persona “que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o [que] se cree mejor que los demás”, pero solo es de uso en El Salvador y en Honduras. Pero en Colombia y en Venezuela significa...
         No voy a poner la palabra, sólo haré una pequeña modificación al título de una famosa novela del gran escritor Gabriel García Márquez, pa que les caiga la locha y también puedan decir “¡Aaahhh...!”: Memorias de mis fufurufas tristes.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XX / 1° de septiembre del 2014