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lunes, 28 de abril de 2025

Tópicos literarios: Homo viator [DXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Luisa del Valle Silva (1896-1962)

 

 

         “Caminante, no hay camino”, dice Antonio Machado, y cualquiera diría que deja al caminante en el aire, en mitad del mundo sin tener hacia dónde dirigir sus pasos; pero el poema sigue y nos abre las puertas con lo que podría ser un aprendizaje del poeta de Sevilla: “se hace camino al andar”. El hombre, el caminante, es puesto en la vida para descubrir que la vida ofrece tantas formas posibles de vivirla que, por sí sola, no señala camino alguno, sino que cada quien escoge el suyo, cada quien forja el suyo, cada quien se vuelve el suyo.

         La conclusión más natural es que la vida es un camino, un viaje, un constante movimiento hacia algo más, ojalá mejor. Y, ergo, el hombre es un viajero y no deja de viajar, de moverse, de buscar mientras vive. Esta idea es la que durante siglos hemos conocido como el tópico literario del Homo viator, el hombre que viaja.

         El hombre se va moviendo en el tiempo, en el espacio, en su interior, hacia el más allá, hacia lo desconocido... desconocido pero inevitable... inevitable pero más grande. Esa idea del hombre que no hace otra cosa que caminar, que transitar de un estado a otro, que sea exterior o interiormente trasiega y se traslada, que se mueve por el mundo y también por las sendas del corazón y del espíritu, que busca el camino para llegar más alto, para llegar donde parece imposible llegar, al cielo... eso llamaban los romanos Homo viator, el hombre como viajero, la vida del hombre como un eterno viaje que lo hace sabio y que también consume sus fuerzas.

         Luisa del Valle Silva lo ve claro —a su manera, e “intenta” aclarárnoslo— en su poema “Tres caminos”:

 

Son tres caminos paralelos

que están tendidos frente a mí,

por donde a trechos va mi alma

haciendo el viaje del vivir.

 

         Y a continuación nos describe cada uno de ellos:

 

Es uno llano, claro, fácil,

sin un temblor de brusquedad,

como una cinta, a flor de tierra

tiende su plácida igualdad.

 

Ciertamente, en este viaje, que no derrocha creatividad ni osadía, deben aparecer pocas dificultades; de hecho hasta suena a que no hay más que mirar un poco a otros... y caminar:

 

Es el camino abierto, donde

mi vida se deja llevar

pisando sobre las trilladas

huellas que dejan los demás.

 

Sin embargo, no es muy inspirador. Silva siente que es un “camino sin abrojos... pero sin flores”.         Y así, siente un “soplo de rebeldía” que es como “un beso de huracán”.

         El segundo camino es bien oscuro y doloroso. Dice:

 

El otro es hondo, subterráneo,

cerrado en tétrico negror,

por donde va mi vida en horas

estranguladas de emoción.

 

Lo compara a un via crucis y a su correspondiente Calle de la Amargura, en que el alma lucha con las sombras y lanza contra muros de piedra “golpes de interrogación”. Todo sueño es aquí un “diamante de dolor”.

         Y desemboca en el tercer camino:

 

Alto, muy lejos de la tierra,

mi otro camino va a extender

su claridad [...]

y en un minuto de infinito

vive el mañana y el ayer.

 

La poeta se mueve, viaja, hacia afuera, hacia adentro, hacia lo profundo, hacia el infinito. Y evidentemente no acepta ni adopta la primera opción: la pasiva. Busca en mundo tangible, busca en el mundo etéreo. Sueña con alcanzar ese “minuto de infinito” que crece, nada menos, en el ser. Camina y hace camino, su camino, al andar.

         Sea cual sea el camino, la vida es un viaje para quien se la toma en serio. El camino del que habla Machado no es sólo el camino que va de su casa a la casa de un amigo suyo: es también el camino del descubrimiento; el camino del que habla Silva no es un camino sencillo; el viaje del que habla el tópico, que se replica en cada época y puede manifestarse de formas muy similares o muy disímiles en cada autor, es un viaje en busca de la verdad poética de la vida. E incluso se puede entrever que la vida, entre viaje, sueño, tiempo, poesía, estuviera buscándonos también a nosotros.

         Por algo dice el siempre luminoso García Lorca:

 

El sueño va sobre el tiempo

flotando como un velero.

[...]

El tiempo va sobre el sueño

hundido hasta los cabellos.

[...]

Sobre la misma columna,

abrazados sueño y tiempo,

cruza el gemido del niño,

la lengua rota del viejo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXI / 28 de abril del 2025

 



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lunes, 7 de abril de 2025

Tópicos literarios: Carpe diem [DVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El alma de la rosa (1908),
de John William Waterhouse

 

 

         Para mí existe desde que vi la película La sociedad de los poetas muertos (1989), protagonizada por Robin Williams (1951-2014). En esta historia, John Keating, el personaje principal, es el profesor de literatura de una escuela de niños ricos, que, deseando animar a sus alumnos a aprovechar el tiempo, les recita un poema que atribuye, al menos implícitamente, al gran poeta estadounidense Walt Whitman (1819-92)*. “Carpe diem”, les dice, “aprovechen el día”.

         Gracias a Dios, el tópico literario, el tema recurrente del disfrute del tiempo del que disponemos, en vista de la brevedad de la vida, no es obra de Tom Schulman (1950), guionista de La sociedad de los poetas muertos, y tampoco fue creado por Whitman (aunque hubiera podido). Fue, una vez más, fruto de la poesía de Horacio (65-8 antes de Cristo). En este caso aparece por primera vez en la undécima de sus Odas (obra del año 13 antes de Cristo, aunque el poema preciso puede ser anterior), que va dirigida a una joven llamada Leucónoe y le da la recomendación de despreocuparse del futuro y “cosechar” el presente.

         ¿Cosechar el presente? Sí, carpe diem se traduce literalmente así. El infinitivo es carpere, que también puede traducirse como coger, recoger, arrancar, y todas estas equivalencias caben en el campo semántico de la siembra y la agricultura. La fórmula de Horacio, por tanto, podría trasladarse también como “cultiva el día”, dedícate a él, trabaja en él, abónalo, riégalo, cuídalo, de modo que en la tarde, al final del día, la siega te dé buenos frutos. Dice el poeta:

 

No te afanes por saber, Leucónoe, que es nefasto,

lo que a ti ni a mí han destinado los dioses;

no te fíes de los inciertos presagios babilonios.

¡Vale más sufrir con entereza lo que suceda!

Sea que te otorgue Júpiter numerosos inviernos

o que apenas el actual, ni uno más, te conceda,

azotando furioso contra las rocas las olas tirrenas,

tú sé prudente, disfruta la roja dulzura del vino

y limita tus esperanzas a los más breves espacios.

Envidioso huye el tiempo mientras hablamos,

así que aprovecha el día y no te ilusione el mañana.

 

         El poema (que en latín tiene apenas ocho versos) no sólo sugiere imágenes campestres (agreguemos aquí la del vino), sino que también menciona tiempos invernales y sensaciones marinas. Es decir, se inclina a tomar su sabiduría de la naturaleza, en la cual todo es siempre presente, pues el pasado existe en ella únicamente porque se renueva una y otra vez.

         El texto de Horacio puede relacionarse de igual forma con la sabiduría popular —que existe en todos los idiomas, pero en español la conocemos de primera mano—. Uno se acuerda de “A quien madruga Dios lo ayuda”, de “Más vale pájaro en mano que cien volando” y de este que acabo de aprender hoy: “Hermano, bebe, que la vida es breve”.

         La imagen, el tema, el consejo poético de aprovechar el momento, no dejar escurrir tan pronto el breve tiempo que dura la vida, adopta en poetas posteriores la forma de rosas que “si vio nacer una la aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya mustia”. En este texto, titulado “De rosis nascentibus”, también de fecha incierta, escrito por Décimo Magno Ausonio (310-395), el poeta anima a la doncella a quien se dirige a aprovechar los años juveniles, que se agota particularmente rápido. Le dice con claridad:

 

[...] recoge, niña, las rosas,

mientras está fresca la flor

y fresca tu juventud,

pero no olvides que así

discurre también tu vida [...].

 

         [Sin darnos cuenta hemos entrado en otro tópico literario, el de Collige, virgo, rosas (corta, doncella, las rosas), que es a la juventud y la belleza física lo que el Carpe diem a la duración de la vida.]

         Siglos más tarde, Garcilaso de la Vega (¿1496?-1536) escribe, como continuando el poema de Ausonio:

 

[...] coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre [...]

 

         Y más recientemente, el salvadoreño-guatemalteco José Batres Montúfar (1809-44), haciendo su aporte a la tradición de reescritura de aquella pieza inolvidable de Horacio, tradujo la oda XI con estas palabras:

 

A Leucónoe

 

No te afanes, Leucónoe, por saber

el final que los dioses hayan puesto

a tu cara existencia y a la mía,

inútil es saberlo.

 

Ni consultes tampoco babilonios

astrológicos números inciertos,

¡Cuánto es mejor sufrir lo que viniere

con ánimo resuelto!

 

Ya Júpiter propicio nos conceda

el gozar dilatados los inviernos,

o el presente, por último, y no otro

permita que pasemos.

 

El cual, ahora mismo, embravecido,

a los peñascos cóncavos opuestos

azota con furor y debilita

las aguas de Tyrreno.

 

Cuerdamente dispón, y ve colando

los generosos vinos más añejos,

y reduce tus largas esperanzas

a solo este momento.

 

Mientras hablando estamos envidiosa

huye la edad, corre veloz el tiempo:

coge, pues, este día, y aprovéchalo,

sin creer el venidero.

 

         En realidad, dada la precedencia de Horacio, muchos —Góngora, fray Luis, Lope, sor Juana, Bello— después de él han vuelto a escribir su oda, su Carpe diem, cada quien con sus rasgos particulares, cada quien con la distancia o cercanía que la poesía le ha concedido, pero siempre preñados del sentido de la imagen a la que cantan. Al final, ha de ser, dado que se cumple en la poesía y en la traducción, la suma de los elementos que en el tiempo va ganando el motivo lo que nos diga, nos describa, nos revele, redonda y completa, la verdad poética.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DVII / 7 de abril del 2025

 

 

 

 

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lunes, 31 de marzo de 2025

Tópicos literarios: Beatus ille (II) [DVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Amenodoro Urdaneta, autor de uno
de nuestros
Beatus ille

 

 

 

         En la literatura española, aun antes que fray Luis de León, Íñigo López de Mendoza y de la Vega, es decir, el Marqués de Santillana (1398-1458), se había puesto a soñar también con el campo y sus virtudes en su Comedieta de Ponza (1443). Después de la Batalla Naval de Ponza, Santillana escribió un largo poema narrativo en el cual, aparte de describir el enfrentamiento bélico, les canta al amor y —adivinen— a la vida rural y reposada. Dice el Marqués:

 

¡Benditos aquellos que con el azada

sustentan su vida e viven contentos,

e, de cuando en cuando conocen morada

e sufren pascientes las lluvias e vientos!

Ca estos non temen los sus movimientos,

nin saben las cosas del tiempo pasado,

nin de las presentes se facen cuidado,

nin las venideras do han nascimientos.

 

         Una vez más está claro que el que huye de la complicada vida urbana no rehúye del trabajo, ni siquiera de los fenómenos naturales que a veces pueden considerarse violentos, como “lluvias e vientos”; su vida es tan despreocupada que no sabe del presente, pasado ni futuro, y, sin embargo, el poeta lo llama bendito.

         El inolvidable Lope de Vega (1562-1635) también escribió —¿cómo podría ser que no?— sobre este motivo tan atractivo. En su comedia El villano en su rincón (1617), canta —literalmente unos músicos cantan—:

 

¡Cuán bienaventurado

aquel puede llamarse justamente,

sin tener cuidado

de la malicia y lengua de la gente,

a la virtud contraria

la suya pasa en vida solitaria!

 

Caliéntase el enero

alrededor de sus hijuelos todos,

a un roble ardiendo entero,

y allí contando diversos modos

de la extranjera guerra,

duerme seguro y goza de su tierra.

 

         Además, don Luis de Góngora (1561-1627) se da el lujo de menospreciar el mundo de la política mediante una letrilla en que da la impresión de conocer ya la vida sencilla y sin los afanes de los que buscan poder o al menos su protección. Dice, siendo muy joven aún, en “Ándeme yo caliente” (1581):

 

Traten otros del gobierno

del mundo y sus monarquías

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno;

y las mañanas de invierno

naranjada y agua ardiente,

y ríase la gente.

 

Como en dorada vajilla

el Príncipe mil cuidados,

como píldoras dorados;

que yo en mi pobre mesilla

quiero más que una morcilla

que en el asador reviente,

y ríase la gente.

 

         Y como el motivo del Beatus ille no se circunscribe a la literatura española, llegamos así al poeta venezolano Amenodoro Urdaneta (1829-1905), hijo del célebre general Rafael Urdaneta. Urdaneta hijo escribió sobre diversos temas y llegó a ser miembro de la Real Academia Española. Su educación fue exquisita y el reconocimiento que recibió en vida estuvo a la altura de sus merecimientos. Y aun así se encuentra uno con textos como “El campo”, un largo poema en el cual se presenta la vida urbana y sobrecargada de oficios y mortificaciones en oposición a la vida dulce y campesina que no prodiga más que belleza y los placeres sanos de la vida. Leamos un fragmento:

 

¿Dónde la nitidez y la frescura

del trémulo rocío?

¿Dónde el murmurio y las inciertas ondas

del arroyo fugaz o el sesgo río?

¿Dónde la suave esencia de las flores

y el querellante, imperceptible ruido

del céfiro en los árboles dormido (...)?

Ya en el blando oleaje

de las doradas mieses; ya en el viento;

ya en el flotante, viajador celaje;

ya en el vaivén de la arboleda umbría

o en la plácida calma

de la callada noche...

Desdichados

los que no conocéis la paz del alma.

Ella en el campo habita

y al dulce ardor de una conciencia pura;

no en locos devaneos

de los fingidos pechos cortesanos,

do en sus voraces llamas precipita

el engaño, los goces y deseos;

donde miente la voz de la esperanza,

todo en su balanza

lo fijan insensibles las pasiones,

que nacen de los humanos corazones

náufragos infelices en el hondo

abismo de su furia incontrastable.

 

         Urdaneta no ve más que amorosas bendiciones en la naturaleza que el hombre se ha empeñado en apartar de sí y aplastar no solo bajo el concreto sino, más importante, bajo la bota de su indiferencia e insensibilidad... incluso bajo el culto a sus artes.

         Como si fueran san Francisco de Asís, que ve a sus hermanos en el sol, en las plantas, en los pequeños animales del campo, e incluso en la muerte, que renueva la vida que nace del suelo, estos autores sueñan con una vida sin complejidades, una vida sin las angustias y traiciones que han florecido en la civilización a lo largo del tiempo. Con razón no deja de existir en la poesía este tópico que en la antigüedad otros deben haber captado con tanta claridad como Horacio pero fue su atinada expresión la que consiguió clavarse en los pechos de todas las épocas con su añoranza de la felicidad. Dichoso aquel que, atento al menos poéticamente a su propia vida, tiene la valentía de volver a la tierra sin temer el día en que, libre de toda usura, descanse en ella.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DVI / 31 de marzo del 2025

 




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