Edgardo Malaver
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| Orfeo clamando por Eurídice
(sin fecha), obra del venezolano Pedro Centeno Vallenilla |
[La semana pasada nos detuvimos en el cuento de Bécquer
en que una muchacha de la Edad Media muere esperando que su amante, un noble
que la ha deshonrado antes de irse a la guerra, regrese para casarse con ella.
Para sorpresa de todos, la mano en que el joven le puso el anillo de matrimonio
se resiste a ser enterrado... hasta que él regresa y se casa con ella en el
cementerio. Ahora seguimos.]
William Faulkner escribió también sobre
la tenebrosa historia de Emily, cuyo marido murió en el lecho nupcial y ella prefirió
que todo el pueblo murmurara que al poco tiempo de casarse la había abandonado
a enterrarlo como indicaba la sensatez y pasó el resto de su vida durmiendo
cada noche al lado de su cadáver.
También en el siglo XX, como Faulkner,
Gabriel García Márquez, invirtiendo los términos del tópico, en su cuento “Muerte
constante más allá del amor”, reescribió aquel palpitante poema de Francisco de
Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”, en que el poeta le expresa a
su amada que al “cerrar la postrera sombra sus ojos”, su alma abandonará su
cuerpo, y él... “polvo será, mas polvo enamorado”. El personaje de Quevedo
sabe, porque ha vivido amando intensamente, que seguirá amando después de la
muerte. En el caso de García Márquez, la muerte del desahuciado protagonista sucede
poco tiempo después de conocer al “amor de su vida”, una muchacha, mucho más
joven que él. La muerte, sin embargo, no detiene el desarrollo del romance porque
su vida anterior estuvo siempre vacía de todo sentido, y la precipitación del
final no hace más que señalarnos que, aunque postrero, el amor terminó siendo el
centro de la vida del personaje, que, además, no dejó de ser amado por su joven
amante simplemente por haber muerto.
Y, con tanto tiempo como ha pasado, la más
impresionante de las historias de amor más allá de la muerte sigue siendo la narrada
por el antiguo mito de Orfeo y Eurídice, que se enamoran gracias a la música de
la lira de él y que son separados por la muerte al morder una serpiente un
talón de la joven ninfa. Orfeo entonces emprende el camino en busca de la
laguna Estigia y logra que Caronte lo transporte al reino oscuro de la muerte.
Y ahí suplica Orfeo, con su música, a Hades que le conceda a su amada esposa
volver a la luz de la vida, y Hades, conmovido, le autoriza a Eurídice a
volver, pero le pone a Orfeo una única condición: caminar de regreso al mundo
de los vivos sin volver la mirada para ver si su esposa viene detrás de él,
porque si lo hace la perderá para siempre. Cuando están ya muy cerca del final
del camino, el joven enamorado duda y, percatándose de que no ha oído ni un
ruido remoto de los pasos de su amada, piensa que todo puede haber sido un
sueño, que Hades puede haberlo engañado. De modo, que voltea para verla y lo
único que logra ver es la bocanada de humo en que se convierte ella... para siempre.
Y esto es suficiente para responder mi pregunta de si los tópicos literarios serían
griegos antes de ser latinos. ¿Cómo pude dudarlo?
En total, el elemento más sospechoso de
este fenómeno no es que sea un lugar común, porque, al fin y al cabo, un lugar
común expresa siempre una verdad. El rasgo que los ha hecho permanentes, más
que la repetición, es (o tiene que ser) el vínculo con la existencia humana.
Cualquiera diría que, habiendo existido desde la época antigua, se tendrían que
hacer gastado con los años, con la recurrencia, con la reescritura constante. Sin
embargo, los tópicos literarios hablan de los grandes temas que deleitan y
atormentan a los seres humanos: la vida, la muerte y el amor, razón por la cual
no hacen más que fortalecer nuestra firmeza en la idea y el sentimiento sobre el
mundo y sus cosas, sobre la vida y sus detalles.
emalaver@gmail.com
Año XII / N° CDXCVII / 27 de enero del 2025
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