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lunes, 16 de septiembre de 2024

Palabras (I) [CDLXXVIII]

Luis Roberts

 

 

 

Un paramecio como este habita en el agua de lluvia que queda
frente a tu casa. Foto: Biología 3.0 (UNAM)

 

 

         El decano de la Facultad de Medicina de Valladolid, España, en su discurso de inauguración del curso, dirigiéndose a los alumnos, dijo, más o menos: “Siento dolor al decirles esto, pero no puedo engañarles: dentro de diez años les será muy difícil conseguir trabajo”. La IA de nuevo. Yo he tenido en este curso la tentación de decirles a mis alumnos más o menos lo mismo, pero solo lo he insinuado de manera sutil; no me daba el ánimo para más, además de que el plazo era más corto, casi inmediato.

         Yo mismo he sido víctima de la IA y de la indiferencia de todo el mundo hacia la calidad. La contrapartida es que queda tiempo libre para retomar con avidez la lectura: literatura, historia, filosofía, ciencia. Desde las relecturas de Kant y Goethe, hasta las novedades sobre si la conciencia es un fenómeno cuántico, si los neandertales enseñaron la pasión al homo sapiens, la historia general de Al Ándalus, o La actitud intencional, de Daniel C. Dennett, el filósofo más importante del momento, que polemiza con otros colegas sobre sus ideas acerca de la intencionalidad, la creencia y el deseo del humano comparados con la rana, que no los tiene. No es una broma: la bibliografía sobre la psicología de la rana es ingente. Pero traductor y corrector, al fin y al cabo, me dedico a subrayar y buscar en lo que leo palabras desconocidas o raras. Si quieren darle un susto a su abuela o a su anfitrión que les ha preparado una magnífica comida, díganles que sienten “eupepsia” y, alarmados, querrán llevarles a la clínica. Aclárenles, por favor, que eupepsia significa ‘buena digestión’.

         Mi favorita, hasta ahora, encontrada en Dennett, es paramecio. Al principio leí mal y vi “paranecio”, como “paragafo”, como “paramilitar”, pero no, es paramecio, que según la RAE es: ‘protozoo ciliado (pelúo) con forma de suela de zapato’. Descargué el ChatGPT gratuito y se me ocurrió hacerle una maldad, para ratificarme en que la IA no va tan adelantada como la gente cree. Le pregunté a cuáles políticos mundiales y españoles con determinadas características —no las señalaré pues son de mi apreciación subjetiva; aunque sí, es importante, señalé que debían ser huevones (“güebones”, en venezolano)— se les podría calificar ofensivamente de paramecios. Me dio una explicación larga y detallada y al final me dio los nombres: Donald Trump, Vladimir Putin y Alberto Núñez Feijóo.

         La respuesta es oral, pero con su copia escrita. Mi estupefacción fue tal que tardé minutos en reaccionar. Como lo descargué en mi celular, creo (a vueltas de nuevo con Dennett) que lo voy a utilizar como reto y para asombrarme y divertirme. Nos vemos luego.


luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXVIII / 16 de septiembre del 2024

 

lunes, 3 de abril de 2023

Ah, a ver... ha lugar [CDXV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Nadie objetó la decisión... ni el acusado. La muerte
de Sócrates (1787), de Jacques-Louis David

 

 

         Ustedes también tienen que haber visto esas películas en que hay un juicio en el cual el abogado de la defensa se levanta a cada rato para gritar: “¡Protesto, señoría!”. E inmediatamente aparece la imagen aburrida del juez que dice: “Ha lugar”. [Lo pronuncia como si fuera una sola y extraña palabra con acento en la última sílaba, pero al escribirlo, lo escribiría ha lugar, verbo más sustantivo.] También podía responder: “No ha lugar”, que podía ser más interesante y a veces más injusta, pero siempre gramaticalmente indescifrable para el que no sabe de qué le están hablando. Cuando era niño, no tenía dónde investigar de qué se trataba la dichosa expresión de estos abogados de ficción, y desde que lo averigüé, creo, no he vuelto a ver una de aquellas películas.

         El diccionario no da señales del origen, se limita a poner, algo elusivamente, el significado: ‘Se usa para desestimar o rechazar la solicitud a que se refiere una resolución’. El Diccionario panhispánico de español jurídico (¿ustedes sabían que existía?) hace lo mismo, pero con mayor claridad: ‘Las fórmulas ha lugar y no ha lugar se emplean sobre todo en la lengua jurídica para expresar, respectivamente, que se dan o que no se dan las condiciones para algo. Es más frecuente la forma negativa’. Y luego —que es lo verdaderamente esclarecedor—, concluye: “Se trata del presente de indicativo del giro haber lugar”, y admite la variación hay.

         Al fin y al cabo, es el mismo verbo: tener. “Su protesta tiene lugar”, podría responder el juez, “tiene cabida, hay espacio para ella”. Hay incluso quienes dirían que “hace lugar”, que “se abre lugar” en la argumentación, “permanece, la podemos adoptar”.

         Es, entonces, el verbo haber en el sentido de tener, tal como lo usan aún, a diferencia del español, que lo abandonó, el francés, el italiano y el portugués, incluso el inglés, que no viene del mismo vecindario de lenguas. Y con razón suena tan parecido al célebre “...no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo...”. Hubiera podido decir “...no hace mucho tiempo...”, ¿verdad?, o “...no tiene mucho tiempo...”.

         La verdad es que esta noción impone el sentido común en la situación del ejemplo y dondequiera que pueda uno usar esta fórmula jurídica tan útil. Cuando, antes, leía en el periódico, por ejemplo, que una moción había sido “declarada a lugar” o “con lugar” (mucho más lógica que la primera), entendía que había sido aceptada, pero sin duda me quedaba por dilucidar por qué camino se había llegado a semejante transformación sintáctica.

         Tampoco es aceptable, porque carece de sentido, decir, por ejemplo, “la decisión fue no ha lugar”. Lo razonable, según el diccionario, sería más bien “no ha lugar para [o a] la decisión”. Imagine usted que cambia ha por hay, y de repente se hace la luz.

         A ver... No ha tiempo —ni lugar— para más comentarios. Hemos de despedirnos. Ha años ya que había que hacer este... y, finalmente, se ha hecho. Ah, es que sólo se usa en singular.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXV / 3 de abril del 2023

 




lunes, 30 de septiembre de 2019

Paradójica e imposible naturaleza de la traducción [CCLXXVI]

Edgardo Malaver



Dedicado a todos los traductores e intérpretes del mundo, 
que celebran hoy su día. ¡Felicidades!



San Jerónimo y san Agustín (1580),
de Alonzo Sánchez Coello



         Llegados un año más al día de san Jerónimo, patrón de los traductores e intérpretes en el mundo entero, cada uno de nosotros sentirá el deseo de decir algo acerca de esta actividad que a algunos llena de gozo y a otros, de frustración. Este año, si me preguntan, yo voy a decir —o más bien voy a repetir, porque no puedo ser el primero que lo haya dicho— que la traducción, en su concepción y desde el instante en que se la emprende, es una perenne paradoja. Y si no es así, no es nada.
         ¿Por qué es la traducción una actividad paradójica? Imagine usted que se dedica a un oficio en que nadie debe percibir su presencia y que mientras menos se le perciba, mejor ha quedado su trabajo; pero al mismo tiempo, el hecho de que usted no sea perceptible es precisamente lo que lo hace más notorio. Así es la traducción: el ideal más elevado del traductor es que el lector de la traducción sienta que el texto que lee ha sido escrito originalmente en su propia lengua, pero el traductor que logra ese ideal atrae sobre sí todas las miradas. O sea, en la traducción la utopía de la invisibilidad sólo se alcanza mediante la omnipresencia. Parece un don que viene de lo alto.
         Por otro lado, en el terreno teórico, la traducción es percibida como imposible. Imposible, nada menos. ¿No es al menos curioso que, a pesar de que el mundo no pueda moverse sin ella, la traducción sea imposible? ¿Qué significa eso? Poetas, lingüistas y filósofos coinciden en que no es posible decir lo mismo en una lengua y en otra. No se utilizan las mismas palabras, y estas tienen en cada idioma un mundo aparte de ramificaciones semánticas y culturales que no tienen en otro; cada una de ellas tiene un sonido y una historia diferente en una lengua que en la lengua vecina; cada una de ellas adquiere valores diferentes al aparecer junto a otra, y en la traducción siempre van a ordenarse con otro criterio. La traducción es imposible.
         En la ciencia de las lenguas, la traducción sólo es posible si es posible romper la unidad indisoluble que existe entre el significado y el significante, y es justamente eso lo primero que hay que hacer para llevar un concepto, una idea, una simple afirmación, de un sistema de signos a otro. El traductor debe separar el núcleo de la información que percibe de la membrana que la cubre para poder acudir a la otra lengua en busca de una nueva vestimenta para esa información, y haciendo eso destruye aquello que es más importante conservar: la unidad del signo lingüístico, que es la que forma el mensaje. Si hay que armar un signo lingüístico nuevo en la otra lengua, ya no se está diciendo lo mismo y, por tanto, no ha cristalizado la traducción.
         Ortega y Gasset afirma con contundencia que la traducción es imposible porque el texto original es ya una traducción que hace el autor de su pensamiento a la escritura, que son por sí mismos dos sistemas totalmente diferentes. Más de 1.200 años antes, el poeta árabe Al-Yahiz, al concebir la poesía como un género reservado a su lengua, había aseverado: “La poesía no se puede traducir, ni es posible la traducción. Cuando se traduce, la forma poética se rompe, y el metro se elimina; su belleza desaparece y se pierde (...) la emoción”. Roman Jakobson lo acompaña en esta opinión.
         Siendo tan paradójico e imposible, no es extraño que, desde los tiempos de Cicerón nadie haya dado con una definición suficiente y satisfactoria de traducción. ¿Por qué es tan difícil? ¿Será por la naturaleza activamente cambiante e inconteniblemente libre de la lengua? Es indudable. Sin embargo, se hace todos los días. Entonces, si es imposible, será porque toda su naturaleza, todo su proceso y todos sus resultados están enraizados en un terreno que es tan informe y caprichoso como el pensamiento y las emociones del hombre: la lengua.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXVI / 30 de septiembre del 2019



lunes, 29 de octubre de 2018

Al alimón, al alimón, el puente se ha caído [CCXXXII]

Edgardo Malaver



Ilustración del dibujante Daniel Perea para un reportaje
de la revista
La Lidia, de 1886



         En medio del jardín de la escuela, jugando con otros niños, dominados como estamos por el ímpetu de gritar más alto, de correr más rápido, de jugar, jugar, jugar hasta que se extinga el mundo y todo lo que en él existe, no nos percatamos —ni pretendemos percatarnos, ni en ese momento ni nunca más—, de lo que dicen las canciones que cantamos y que cantamos siempre con la prisa de terminar de pronunciarlas antes que los demás, fantaseando con la dulce ilusión de que nos las sabemos mejor que todos nuestros amigos. A menos que seamos Funes el memorioso —o el propio Jorge Luis Borges— en aquella edad ideal, todo es imagen y sonido... aunque observar y escuchar no es precisamente lo principal.
         A esa edad, diría C.S. Lewis (el de Narnia, sí), nos pasa como a los falsos amantes de música: no nos interesa más que poder tararear la melodía, y como a los malos lectores de narrativa: no nos interesa más que la anécdota. En el preescolar —cuando yo era niño se llamaba, con una sonoridad mucho más alegre, kínder—, repetíamos, por ejemplo: “Alelimón, alelimón, el puente se ha caído...”. No sabíamos lo que decíamos y no lo sabemos ahora, pero está impreso en nuestra memoria más entrañable. Sólo al tropezar, en otro tipo de discurso, la locución al alimón, que es bastante formal, llega uno a comprender cómo estaba íntimamente conectado lo que hacíamos con lo que cantábamos al jugar.
         Todos los diccionarios que incluyen esta construcción dicen que equivale a ‘conjuntamente’, ‘en cooperación’, ‘uniendo fuerzas’. El de la Academia, que en el caso del juego infantil lo escribe como una sola palabra, alalimón (claro, es sustantivo), lo define, curiosamente en pasado, así:  “Juego de muchachos que, divididos en dos bandos y asidos de las manos los de cada uno, se colocaban frente a frente y avanzaban y retrocedían a la vez cantando alternadamente unos versos que empezaban con el estribillo Alalimón, alalimón”. Pues sí, eso es, aunque lo escriban con a y no con e, pero...
         ¿Y de dónde viene, entonces, al alimón? Es un lance taurino. Se hace ‘asiendo dos lidiadores un solo capote, cada uno por un extremo, para citar al toro y burlarlo, pasándole aquel por encima de la cabeza’. ¡Lo que hacen los niños que juegan alelimón! Pasar por debajo de algo. En el caso de los niños es un puente que al instante termina cayéndose. El “puente” que construyen los toreros para atraer al toro también se desvanece cuando él embiste. Y a inocencia del animal en la lidia se parece a la nuestra en el juego cuando cantamos sin reparar en el artilugio de nuestras propias palabras.
         El encanto más notable de la literatura oral es que hoy puede tener una forma y mañana ser otra cosa; aquí puede ser sangre y más allá, canción. Entre más formas y versiones nacen de ella, más rica es, y estando hecha de lengua humana, el cambio garantiza su permanencia. Las diferentes versiones de esta cancioncilla (y nuestro supuesto error en la pronunciación del primer verso) en España, en Cuba, en México, en Venezuela sólo indican que su belleza y su sentido entre más crecen más nos identifican,  dondequiera que la aprendamos... porque nadie acepta convertir lo que cantó, lo que aprendió, lo que vivió en el jardín de infancia en cáscaras de huevo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXXII / 29 de octubre del 2018


lunes, 3 de septiembre de 2018

Un cuento chino [CCXXIV]

Luis Roberts


 
“De lo que contesçió a un rey con los burladores
que fizieron el paño” es el
cuento chino de Juan
Manuel en
El conde Lucanor, del siglo XIV


         La expresión cuento chino la define la RAE como embuste, es decir, ‘mentira disfrazada con artificio’. Para unos, el origen de la expresión está en la reacción de los españoles a la traducción al castellano en 1503 de los viajes de Marco Polo, en el Libro de las maravillas, en el que se describían animales, costumbres e historias, cuentos, tan fantásticos que parecían inverosímiles, mentiras: “Eso es un cuento chino”.
         En América la expresión se generalizó en Cuba cuando España e Inglaterra acordaron en 1847 acabar con la trata de esclavos negros para las plantaciones de azúcar y los españoles empezaron a importar a Cuba trabajadores chinos con unos contratos leoninos escritos en español y con letra pequeña, que de hecho convertía a los ilusionados y hambreados chinos, los culíes, en “esclavos” de otro color, que llevó al suicidio a centenares de ellos. Esos contratos eran “un cuento chino”.
         Pero el cuento, la leyenda, la fábula, el mito, chino o no, existen desde que el hombre, perdón, el ser humano (por eso del lenguaje inclusivo) adquiere el lenguaje y se socializa.
         El estudio del cuento, tiene un hito fundamental, no sólo en el análisis del cuento, sino en la literatura en general, en la crítica literaria e, incluso, en la estilística; me refiero a la maravillosa Morfología del cuento de Vladimir Propp (disponible en línea), uno de los más importantes representantes del Círculo de Moscú, de los formalistas rusos de los años 20 del siglo pasado, tardíamente reconocido en Occidente gracias a su influencia en los estructuralistas Jakobson y Barthes. Propp estudia la morfología, la estructura, de los cuentos populares rusos y los clasifica como se puede hacer con la morfología del cualquier organismo. Siguiendo sus pasos, Bronislaw Malinowski va más allá y encuentra la relación entre las leyendas, los mitos y los cuentos, y hasta las religiones, por lo tanto, como lo es para Joan Prat i Carós, el tercer sentido de la voz “mito”, el hieroi logoi, o narraciones sagradas. Posteriormente aparece la obra fundamental de Bolte y Polivka donde se analizan los cuentos de los hermanos Grimm y la bibliografía, los cuentos que ellos conocían, desde Las mil y una noches hasta la recopilación de Afanassiev de más de seiscientos textos.
         Deformación profesional académica: colgar el marco teórico antes de añadir el cuadro. Y el cuadro es que todos los cuentos folklóricos rusos tienen la misma morfología, secuencia más o menos, que los de las demás culturas y que los temas de los cuentos, leyendas y mitos son universales, claro, con sus variaciones culturales, temporales, etc. Por ejemplo, el famoso cuento de Andersen “El traje nuevo del emperador”, o “El emperador desnudo”, que todos conocemos. Es un cuento que existe en la tradición turca, en la de Sri Lanka, en la india (La piel del elefante) y en la española (El conde Lucanor). Es, como todos los cuentos, una metáfora narrada en términos de lo maravilloso. El emperador, el líder, es un vanidoso al que lo que más le importa es el ropaje, las apariencias, la ideología, y unos sinvergüenzas estafadores, aduladores, ideólogos, le venden una supuesta tela para hacerle un traje que era invisible para los estúpidos e incapaces. Obviamente, ni el mismo emperador, el líder, ni ninguno de sus servidores, ministros, lacayos, chupamedias, cómplices, socios, se atreve a decirle que va desnudo, que no tiene nada, que es una nada absoluta, un desnudo total, intelectual y físico, y así le permiten pavonearse en aparatoso desfile, en transmisión televisiva, hasta que un niño inocente se atreve a exclamar: “¡Pero si va desnudo!”. Ese niño inocente, mutatis mutandi, en muchas culturas es una metáfora de un pueblo, un pueblo inocente, un pueblo ingenuo, un pueblo víctima, que de repente, en algunas situaciones puede también gritar: “¡Pero si va desnudo, nos está engañando, no tiene nada!”.
         Como se pueden imaginar he elegido este cuento absolutamente al azar para ilustrar la teoría de los formalistas rusos sobre los cuentos nuestros de cada día, sean chinos o no.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXXIV / 3 de septiembre del 2018



Otros artículos de Luis Roberts:
Reflexiones sobre la anomia
Predecir las palabras antes de escucharlas

lunes, 18 de septiembre de 2017

Chamo, ¡qué quilombo es el español! [CLXX]

Aurelena Ruiz


 
Carlos Gardel baila un tango con Mona Maris
en la película
Cuesta abajo (1934)


         Todo el mundo ya conoce la difícil situación que se vive en Venezuela y que ha obligado a cientos de familias a mirar hacia otras latitudes y, por supuesto, mi familia no fue la excepción. Hace un año tomé la difícil decisión de dejar mi trabajo, mi hogar y a mis seres queridos; pero decidir irse no es lo único difícil, elegir a dónde ir es también un proceso complejo. En mi caso hubo dos variantes que me llevaron a elegir mi destino final, Argentina. Lo primero fue la familia, estaba segura de que quería ir a un lugar donde tuviese familia o amigos porque no podría lidiar con tanta soledad. Por otro lado, el idioma era importante, porque a pesar de que también hablo inglés y alemán, no quería causarle un impacto mayor a mi hija de cinco años, así que un país hispanohablante era lo ideal, o al menos eso creía yo.
         Unos días antes de irnos empecé a explicarle a Arianna que iríamos a otro país y que allí algunas cosas se decían diferente. Le dije que, por ejemplo, al cambur lo llamaríamos banana y a la fresa, frutilla, también le mostré una foto de una chaqueta que le compró mi mamá y le dije que eso se llamaba campera. Por supuesto, también le dije que aquí la gente dice vos y que nunca, nunca, nunca, debía decir concha porque eso era una mala palabra.
         Después de un curso intensivo pensé que estábamos listas, porque además todo el mundo me decía: “Los niños se adaptan más rápido”, y era cierto, lo que no me imaginaba era el lío que eso iba a representar en mi cabeza.
         Desde el mismo día que llegamos empezó la confusión. Llegamos a finales del invierno en un día muy lluvioso, así que todos me decía insistentemente que Ari necesitaba un piloto. Yo pensé: ¿será como una especie de guía? Pero no, el piloto es simplemente un impermeable.
         Aquí es común desayunar facturas, que son una variedad de masas dulces que venden en todas las panaderías. Hasta ahí todo iba bien porque eso ya lo sabía y resulta fácil de diferenciar cuando alguien quiere una factura para comer o una factura fiscal; el verdadero problema es elegir, porque cada una tiene un nombre y yo todavía no me los sé. Sé que hay medialuna de manteca y de grasa, pero casi nunca recuerdo cuál es cuál. También hay cañoncitos, vigilantes, de membrillo, de batata, y unos tantos otros. Yo todavía digo: “Me da uno de ese, dos aquel y tres más de ese de allá”.
         Sin duda, el asunto de los alimentos es lo más difícil. La mantequilla de aquí es nuestra margarina, y la manteca es mantequilla. Las frutas y las verduras también me tienen la cabeza hecha un lío; más de una vez le he dicho a un verdulero: “Dame un kilo de pimentón y dos de parchita”, y el pobre señor se me queda mirando con cara rara y para no quedar mal me dice: “De eso no me queda”, a pesar de que lo estoy viendo. Ahí es cuando recuerdo que debo llamarlos morrón y maracuyá.
         El autobús aquí es colectivo; perfecto, eso lo sabía. Lo que no sabía es que en el lenguaje coloquial es bondi, cuando es el escolar, el de viajes largos es micro y los pequeños son combis. Además, un día se espichó un caucho y yo no tenía idea de a dónde debía ir aunque pasé por el frente de varias gomerías.
         Ser parte de una conversación con chicos (sí, ahora digo chicos y no muchachos ni chamos) es todo un reto, primero porque hablan a una velocidad y un ritmo imposible de seguir, pero además dicen cosas como: “Posta, el guacho prefirió a la cheta esa y yo tipo ¿me estás cargando?”. Se lo juro, es muy muy difícil.
         Por si todo esto fuera poco, también está el lunfardo, que es una manera muy particular de hablar entre los porteños y que tiene su origen en la jerga carcelera. Hace poco más de un siglo, los reclusos usaban esta manera de hablar para no ser entendidos por los policías y hoy en día es común muy entre los bonaerenses. Consiste en usar términos diferentes para referirse a algo, por ejemplo: guita para el dinero, fiaca para la flojera. Pero esto es muy fácil de descifrar así que se les ocurrió cambiar el orden de las sílabas de ciertas palabras, entonces si oyes: “A la jermu del hombre con tegobi la está matando el lorca porque se quitó el lompa”, es que te dijeron que a la mujer del hombre con bigote la está matando el calor porque se quitó el pantalón.
         En conclusión, al cabo de un año, Arianna habla con un cantadito que para mí es reargentino, pero que para los argentinos es otra cosa. Mientras, yo me concentro cada vez que voy al súper para decir correctamente lo que necesito y aunque la mayor parte del día hablo en inglés por mi trabajo, ya se puede notar cómo ahora llamo de vuelta a las personas, o les respondo con un no, por favor después de hacerles un favor, las cosas me parecen geniales y le recuerdo a Ari que tiene que arreglar su mochila por las noches.

10 de septiembre de 2017

aurelena.ruiz@gmail.com




Año V / N° CLXX / 18 de septiembre del 2017



Otros artículos de Aurelena Ruiz:

lunes, 31 de octubre de 2016

Mnemotecnia [CXXIX]

Edgardo Malaver



Guzmán (Carlos Mata) descubre el cuadro protagonista
de Desnudo con naranjas (1995), de Luis Alberto Lamata



         En el número 128, “Palabras forajidas”, terminamos diciendo que, según la profesora Liliane Machuca, de Lengua Española, la solución para las palabras forajidas era la mnemotecnia. Me propuse “adivinar” lo que pudieran ser las técnicas de la profesora para recordar algunas de esas palabras “delincuentes, que andan fuera de poblado, huyendo de la justicia”, y, en lugar de ello, apenas puedo ofrecerles algunas de las que yo he utilizado. Las expongo aquí sin promesa de éxito.
         La primera palabra forajida que mencionábamos la semana antepasada era escasez. ¿Cómo podemos recordar si la última sílaba se escribe con ese o con ce, con ce o con zeta, si lleva tilde o no? Es sencillísimo. Intente escribir escaso con ce, y verá cómo se convierte en escaco. No es con ce. Con respecto a la zeta, podemos pensar que pertenece al mismo grupo que vejez, solidez, madurez.
         Luego hablábamos de sobre todo y su compañero de fuga, sobretodo. Ni siquiera hace falta tener una mnemotecnia para esto, pero puede ser útil pensar que, en el primer caso, sobre equivale a por encima de, es decir, cuando decimos Me gustan las frutas, sobre todo las naranjas, estamos diciendo que las naranjas están de primeras, por encima de todas las demás, entre mis frutas favoritas. Recordando esto, queda claro cómo se escribe la otra, así que no escapará ninguna de las dos.
         En la trilogía formada por a sí mismo, así mismo y asimismo, conviene recordar que el pronombre personal de tercera persona singular vale lo mismo que él. En la oración Se miró a sí mismo en el espejo, el sujeto está frente a un espejo y es su propia imagen lo que mira, es decir, se mira a él mismo. Por otro lado, como así significa ‘de este modo’, entonces así mismo significa ‘de este mismo modo’. Al quedar aislado, asimismo es muy fácil de aprehender: es sinónimo de también. Es una trilogía ambigua, sí, porque casos abundan en que podrían funcionar las tres opciones, pero, como se sabe, el contexto es capaz de aclarar todos los misterios.
         Y llegamos al que parece ser el trío más divertido de los mencionados: ay, ahí y hay: interjección, adverbio y verbo, respectivamente. Y la mnemotecnia puede ser la más graciosa: “¡Ay, ahí hay!”. Sorpresa, en ese lugar tenemos algo.
         Respecto a basta y vasta, ¿le sirve relacionar el primero con bastante (es decir, ‘que basta’... y quizá sobre)? ¿Se ha dado cuenta de que tiene algo de abasto, de abastecimiento? Vista la diferencia desde adentro, el segundo tiene que ser con ve, con la que se escribe también devastación, por algo será.
         Sólo nos queda o sea. Todo lo que hay que decir en este caso se resume en que aquí el verbo sea está, aunque no lo notemos, en imperativo. O sea, el hablante que lo usa ordena que lo que acaba de decir sea comprendido como va a decir a continuación. (Esa, por cierto, quizá sea una buena razón para no repetir o sea cada tres palabras.)
         Sobre a su vez ya ha tratado en Ritos XXIV. El cuarteto de porque, porqué, por que y por qué ameritaría un artículo aparte, si es que puede encontrarse una forma que no sea la lógica de identificar cuándo usar cada uno. El cambio de veníamos por veníanos, que señalábamos como el más forajido de la lengua, será objeto de estudio más tarde.
         No estoy seguro de haber sido muy mnemotécnico. En todos los casos, la clave, más que mnemotécnica, debe ser de conciencia. Lo que debe uno hacer siempre es pensar, aplicar el conocimiento que ya posee para abrir caminos hacia el conocimiento nuevo. La profesora Luisa Teresa Arenas, de Lingüística, diría con toda contundencia que es un asunto de la imagen que tiene la palabra en nuestra mente. Ergo, en la próxima oportunidad que tengamos, hablaremos de ella.

emalaver@gmail.com



Año IV / N° CXXIX / 31 de octubre del 2016



lunes, 21 de julio de 2014

¿Todos los mitos son falsos, o eso es un falso mito? [XV]

Leonardo Laverde B.

 

 

 

—Los escritores son seres solitarios e introvertidos...

—Eso es un falso mito.

—¿Y eso no es una redundancia?

 

         Se suele decir que la expresión “falso mito” es incorrecta porque es redundante, pues se supone que los mitos son falsos por definición. Así, al emplear el adjetivo estaríamos repitiendo información innecesariamente.

         ¿Es siempre correcta esta apreciación? Según el DRAE, en su edición de 2001, la palabra mito tiene cuatro acepciones:

 

1. m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico.

2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana. El mito de don Juan.

3. m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria admiración y estima.

4. m. Persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene. Su fortuna económica es un mito.

 

         En las acepciones 1 y 2, la idea de falsedad, o, mejor dicho, de ficción, sí está implicada (para decirlo en términos lingüísticos, es uno de los semas que componen los sememas), pero no agota su significado. De hecho, observemos que en la acepción 1 no se emplea el adjetivo falsa, ni siquiera ficticia, sino maravillosa. Lo que se narra en un mito cosmogónico no ocurrió en realidad, pero eso no es relevante, pues el mito se sitúa “fuera del tiempo histórico”.

         En la acepción 3, la idea de falsedad no está presente en absoluto. Cuando alguien afirma que “Simón Díaz es un mito de la música venezolana”, no quiere decir que el entrañable Tío Simón no haya existido; por el contrario, resalta el lugar privilegiado que ocupa su música en la cultura venezolana.

         La acepción 4 es la única que tiene la idea de falsedad como componente principal. Y aun en este caso, mito no es sinónimo absoluto de mentira, pues implica un rasgo adicional: se trata de una creencia ampliamente aceptada.

         En el discurso, lo que determina la acepción o connotación que debe activarse en las palabras polisémicas es el contexto. Si oponemos la palabra mito a otra que incluya la idea de veracidad, el contraste hará que resalte su carácter ficticio (como en la frase “¿mito o realidad?”). Si un ateo afirma que “el Evangelio es un mito”, probablemente intenta descalificar el relato bíblico, pues existe la opinión generalizada de que dichos libros tienen una base real. En cambio, un antropólogo que dicta una conferencia sobre “el mito bíblico de la creación” propone cierto tipo de acercamiento neutro a dicha narración, no cuestionar su historicidad. Por último, un sintagma como “Di Stéfano, mito del fútbol mundial”, solo tiene connotaciones positivas (a menos que el hablante se proponga cuestionar la existencia o el talento de dicho jugador).

         Calificar al sustantivo mito con el adjetivo falso será redundante o no según la situación discursiva. Por ejemplo, si yo presento una narración original como un mito antiguo, o bien exagero las cualidades de algún personaje real, podré ser acusado de estar forjando un “mito falso” sin incurrir en redundancia. En cambio, si utilizo la palabra mito con el significado de “falsa creencia ampliamente difundida”, añadirle el adjetivo falso sí será redundante. ¿Es, pues, una incorrección?

         En español, no es inusual que los adjetivos explicativos (también llamados epítetos), sean redundantes y meramente enfáticos, sobre todo cuando se anteponen al sustantivo. El pleonasmo puede ser un vicio que atenta contra la economía del lenguaje, pero también, cuando se usa conscientemente, un recurso estilístico para añadir expresividad. ¿Cuántas veces no hemos oído hablar del “inmenso mar” y el “brillante sol”? Con todo, hay algunos pleonasmos, como el famoso “funcionario público”, en los que el argumento estilístico es difícil de sostener.

         A veces la redundancia puede ayudar a reducir el riesgo de ambigüedad. Por ejemplo, en el sintagma “falsos mitos de la literatura venezolana”, podríamos argumentar que el uso del adjetivo aclara que nos referimos a creencias falsas y no a grandes escritores. Sin embargo, también existe una solución menos conflictiva (“mitos sobre la literatura venezolana”) que nos evita el riesgo de parecer ignorantes.

         ¿Cuál es mi conclusión? No use la expresión “falsos mitos”. Evítese problemas. Sin embargo, si por desgracia se le escapa alguna vez, no se preocupe demasiado. Siempre puede exclamar, como el Chapulín Colorado: “¡Lo hice intencionalmente!”.

 

llaverde2@gmail.com

 

 

 

Año II / Nº XV / 21 de julio del 2014