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lunes, 24 de junio de 2024

Enshittification [CDLXVI]

Luis Roberts

 

 

 

Cartel en una panadería artesanal. Foto del autor

 

 

         Hace algunos años, un alumno me preguntó al final de la clase: “¿Cómo hacían ustedes los traductores antes de que existiera Internet?”. Yo le contesté: “¿Cuántos de ustedes saben dónde está la Biblioteca Nacional en Caracas?”. Sólo un par de alumnos de una muy concurrida clase levantó la mano. Proseguí: “Pues pasábamos horas ahí consultando, investigando”. Hoy “a golpe de un clic” tenemos la consulta resuelta. O eso parecía. Por eso siempre decía, y digo, a mis alumnos que para ser un buen traductor se necesitan tres condiciones principalmente: 1. conocer muy bien tu idioma; 2. usar la cabeza (si hay algo en ella utilizable al respecto), y 3. consultar con el amigo, “el pana” Google.

         Hoy el 92 por ciento del total de las consultas en la red se hacen por Google, que el 14 de mayo ha anunciado que incorpora la inteligencia artificial a su buscador. La IA está acabando con los traductores y con esta medida de Google va a dificultar bastante más la consulta. Google pretende “monetizar” las búsquedas, es decir, aumentar los beneficios para sus accionistas, por eso cuando haces una consulta cualquiera, con un poco de suerte tienes que esperar a la segunda página para que te indique algo parecido a lo que buscas, pues en la primera todo, o casi todo, es publicidad, con Amazon a la cabeza, eso sí, aunque busques “cómo es el impacto del cambio climático en la Antártida”, por ejemplo.

         Parece ser que hay un truco para evitarlo en las búsquedas tecnológicas y es añadir a la URL la línea de código “&udm=14”; y otro más, añadir “before 2023”. Suerte.

         Todos conocemos la maravillosa capacidad del idioma inglés para convertir en verbo cualquier sustantivo. Pues bien, para esta deriva de Internet el escritor y activista canadiense Cory Doctorow se inventó en 2022 el sustantivo enshittification, y su equivalente verbal, enshittify, de shit (mierda), que la American Dialect Society, que recoge el léxico usado en Estados Unidos desde 1889, eligió en 2023 como la palabra del año. Todavía no hay traducción al español, pero la duda está entre “enmierdamiento” o “mierdificación”.

         Hace unos días, ya con la bendita IA funcionando, se preguntó a Google “cuántas piedras debíamos comer al día”. La respuesta del buscador fue que “al menos una de tamaño pequeño para mejorar la salud digestiva y aportar minerales como el calcio y el magnesio”. La referencia académica de tamaño dislate era nada menos que un trabajo de un equipo de geólogos de la Universidad de Berkeley. La realidad era que la IA había copiado un artículo de The Onion, un periódico satírico muy popular en Estados Unidos, como nuestro Chigüire Bipolar.

         La publicidad “monetiza” rápidamente, pues vivimos lo que se está llamando “la cultura de la dopamina”: satisfacción instantánea, compulsión de rapidez adictiva, contestar ya, comprar ya, empatarse ya, información muy limitada, pero rápida, etc. Eso nos lleva al otro gran problema, el de las redes sociales, la otra cara, y esta aún más fea, de Internet, donde un limpiador de piscinas tiene 15 millones de seguidores en Tik-Tok, con más de 400 millones de likes (eso es lo que monetiza), o donde un loco de atar telegrammer, funda un partido llamado “Se acabó la fiesta”, para presentarse en España en las elecciones europeas y obtiene tres escaños gracias a los 800.000 votos de unos descerebrados cabezas rapadas, por fuera y por dentro. Pero lo de las redes sociales da para otro artículo, así que terminemos con Google y con una frase que no es mía, sino de César Astudillo: “Si es gratis, entonces el producto eres tú”.

 

 

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXVI / 24 de junio del 2024

DÍA DE LA BATALLA DE CARABOBO

  

lunes, 12 de septiembre de 2022

Annus mirabilis [CCCXCII]

Edgardo Malaver

 

 

El horror y la maravilla suelen vivir juntos.
La miseria (1886), de Cristóbal Rojas

 

 

 

         La muy contemporánea expresión annus horribilis —que apareció, a pesar de su apariencia de antigüedad romana, en 1891, pero la acaba de popularizar, en 1992, la recién fallecida Isabel II— tiene, como era de esperar, una contraparte positiva. Es agradable comprobar que esta, la positiva, es más antigua y que tuvo un origen literario.

         Aunque construida en latín, las dos expresiones nacieron en la lengua inglesa, y annus mirabilis, en un poema de John Dryden (1631-1700), poeta, dramaturgo y traductor. Dryden, que siendo aún joven se convirtió en el modelo de escritor del período de la Restauración, publicó en 1667 un poema que enriqueció su reputación hasta el punto de obtener un cargo en la corte real. El poema se titulaba justamente así: “Annus mirabilis”, que al español habría que traducir como ‘año milagroso’ o ‘de los milagros’, ‘año maravilloso’ o ‘de las maravillas’. Curiosamente el texto trataba acontecimientos terribles que habían sucedido en el año anterior: la Gran Peste y el Gran Incendio de Londres. El poeta incluso comenzó a escribir el poema en el campo, donde se había confinado para huir de la epidemia de peste bubónica. Varios autores reflexionan que quizá el “milagro”, la “maravilla” a los que Dryden se refiere sean el hecho de que muchos lograron salvarse de tantas tragedias.

         Sin embargo, hubo también sucesos favorables para Inglaterra en aquel momento, como la victoria militar británica en la Batalla de los Cuatro Días, en junio, y la del Día de Santiago, en julio. Otros autores mencionan que el Incendio de Londres, que dejó a 70.000 personas sin hogar, trajo una renovación de la ciudad, emprendida por el rey Carlos II (¡oh, sí, el Carlos anterior al que acaba de heredar el trono de Isabel!), y aquello había que celebrarlo. Otro que, gracias al confinamiento, tuvo tiempo de estudiar y reflexionar mucho fue Isaac Newton, quien durante aquel período desarrolló la teoría de la gravitación universal y otras cuantas.

         Más esotéricamente, muchos relacionaron el año 1666 con el número 666 del Apocalipsis o con la atractiva escritura de aquel número en caracteres romanos, MDCLXVI, en que se utilizan todas las cifras posibles y en orden descendente. Creyendo que estas coincidencias confirmaban ineludiblemente el fin del mundo, mucha gente dejó atrás vicios y conductas reprochables, lo cual, sin ser seguramente el propósito del poeta, puede decirse que cantaba como milagro.

         Después de aquella fecha, diversas otras han sido “bautizadas” como annus mirabilis. El año 1905 es uno de ellos, a partir del hecho de que el físico Albert Einstein publicó ese año una serie de artículos que terminaron generando una nueva visión de la ciencia en general.

         Y aun hoy en día sigue haciendo maravillas la herencia de Dryden. Quizá se sorprenderán de saber que el nombre Mirabel, que este año ha sido tan popular, proviene también de la palabra latina mirabilis. No es descabellado pensar que haya sido intencional que en la película Encanto, de Byron Howard y Jared Bush, la protagonista haya recibido ese nombre, precisamente, porque ella, que no tiene ningún poder mágico especial, es en quien reside la magia; es decir, Mirabel es, en esa historia, la magia misma, el milagro hecho niña.

         No es extraño que de forma a veces imperceptible el pasado de la lengua salte al presente o que el pasado de una de ellas termine salpicando al presente de las demás. Ni extraña tampoco que por momentos parezca que todas las piezas de una situación, de un momento, vuelvan a encajar unas con otras, como si estuviéramos repitiendo el mismo cuento, pero en otro orden. Y resulta que la lengua despliega todas esas historias delante de nosotros todo el tiempo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCII / 12 de septiembre del 2022




Otros artículos de Edgardo Malaver

sábado, 10 de septiembre de 2022

Annus horribilis [CCCXCI]

Edgardo Malaver

 

 

Isabel, sin apellido, en 1929, cuando
apenas era la primera nieta del rey

 

 

 

         Anteayer murió la reina Isabel II de Inglaterra. Cuántas veces he imaginado en los últimos años que el mundo tendría que paralizarse cuando esto sucediera. El mundo era otro cuando nació Isabel en 1926. Lo que es más, el propio Reino Unido era tan diferente que al nacer ella no tenía posibilidades de llegar a ser nunca la reina. Ni siquiera su padre parecía destinado reinar: los futuros hijos de su hermano mayor iban a estar por encima de él en la línea sucesoria cuando el rey, Jorge V, les heredara la corona. Y al final, la historia y sus caminos llenos de recodos se encargó de mantenerla a ella sentada en aquel trono durante inimaginables 70 años.

         En el año 1992 intentan la independencia antiguas colonias, principalmente Mauricio, que lo logra; se divorcian tres de sus cuatro hijos; la princesa Diana, su nuera, revela las infidelidades de su marido, el príncipe heredero, que poco después se confirman; se filtran a los medios de comunicación el contenido de varias conversaciones telefónicas íntimas de miembros de su familia, y en noviembre, como si fuera poco, hay un incendio en el castillo de Windsor. De modo que, en discurso, Isabel describe 1992 como un annus horribilis... el peor de sus cuarenta años como reina.

         En latín, la expresión annus horribilis significa, literalmente, ‘año terrible’. Cuando las cosas no nos han salido como las planeábamos y sobre todo si los eventos adversos han sido más numerosos que los favorables, al hacer un balance, podemos adoptar la fórmula latina o traducirla, como hace la Academia, como ‘año de gran infortunio’. La frase en la actualidad nos recuerda a Isabel II, pero en realidad fue acuñada en 1891, cuando un grupo anglicano se refirió así al año 1870 debido a la adopción, por parte del Concilio Vaticano I, del dogma de la infalibilidad del papa y otras decisiones de la Iglesia Católica. El hecho ciertamente fue triste porque trajo la consecuencia de que se formaron iglesias nuevas a partir de ese solo punto. Estos grupos, llamado “católicos viejos”, o “veterocatólicos”, aparecieron en muchos lugares del mundo, particularmente en Europa, y se reúnen en la llamada Unión de Utrecht. Sin embargo, uno de los que ha pervivido hasta hoy se llama Iglesia Antigua de Colombia.

         Después de 1891 la expresión había sido utilizada por muchos intelectuales, historiadores, políticos, poetas y periodistas, pero sólo alcanzó popularidad planetaria cuando, cien años después, Isabel II la hizo suya. No hay duda de que no se puede ser soberano, y el más longevo además, de un país tan influyente como el Reino Unido, cuya monarquía ya cuenta su historia en decenas de siglos, sin influir también en el habla, al menos, de sus propios ciudadanos.

         No soy yo el primero que menciona que la forma de hablar de Isabel era imitada por muchos británicos, que era el ideal de la clase alta y la media, que una inmensa cantidad de cursos de inglés ofrecen enseñar a “hablar como la reina”, y ese particular idiolecto de una sola persona que estuvo presente en la historia del mundo durante 70 años seguirá estándolo, en mayor o menor medida, en todos los que hoy hablan su lengua. Y, conscientes o inocentes de ello, los hablantes del inglés del futuro tendrán también una pequeña deuda lingüística con Isabel II, aquella diminuta princesa que, al cumplir 10 años de edad, no había dormido nunca en una cama bajo cuyos veinte colchones se escondiera un guisante.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCI / 10 de septiembre del 2022

 



Otros artículos de Edgardo Malaver


domingo, 31 de julio de 2022

Otherwise [CCCLXXXVI]

Edgardo Malaver

 

 

Feodor Chaliapin Jr. como Jorge de Burgos
en
El nombre de la rosa (1986)



 


         Acabo de hacer, esta mañana mismo, un descubrimiento que todavía no deja de asombrarme cada vez que me acuerdo mientras hago las cosas típicas del domingo. El entusiasmo que me crea este descubrimiento, sin embargo, no me lleva a pensar que haya sido yo el primero que se da cuenta de semejante hecho, y mucho menos que haya sido por mis propios medios, aunque ¿por qué otros medios podía ser? Lo que acabo de descubrir es que la palabra inglesa otherwise equivale en español, literalmente, a la expresión de otra guisa. Y la coincidencia no sólo es de sentido sino que también fonética e incluso etimológica. Lo único en que no coinciden es, aparentemente, en la frecuencia de uso.

         Una vez que uno conoce la palabra guisa en español, que no la enseñan en casa, y en la escuela, cuando la enseñan, es por accidente y se tardan, la expresión de otra guisa queda clara, si es que llega uno a oírla alguna vez. Y en inglés, por otro lado, es enormemente frecuente, pero a algunos extranjeros nos cuesta captar al primer intento el mecanismo por el cual llega a referirse, cuando actúa como adjetivo, a aquello que es diferente o inhabitual o, como adverbio, a lo que se hace o sucede de otra manera o de “la otra” manera, la contraria a la que estemos tratando. Y este último rasgo es el que salta a la vista cuando lo ponemos frente al espejo con la construcción española.

         Lo que hay que saber entonces es lo que significan los sustantivos wise y guisa, que a propósito he dejado hasta ahora. En sus mentes ustedes ya se respondieron que significan ‘modo’, ‘manera’, ¿no es cierto? El diccionario de la Academia agrega, en la primera acepción, ‘o semejanza de algo’. Pasa lo mismo en inglés. El Collins pone: ‘way, manner, fashion or respect’. Parece que se tradujeran uno a otro.

         Los oigo decir ahora: “Ay, pero eso está en desuso”. Sí, yo también me doy cuenta. Y los lexicógrafos. Los dos diccionarios los dicen, y quizá sea ahí donde está lo más sustancioso de este asunto: la Academia dice de guisa que en el pasado significaba ‘voluntad, gusto, antojo’ y, en tercera acepción, ‘clase o calidad’. Mientras tanto, el Collins marca el wise sustantivo (‘way of proceeding or considering’) como “archaic” y da ejemplos de construcciones, que yo sepa, muy poco frecuentes en la actualidad, como in any wise e in no wise. Corominas ubica la aparición de guisa en español en los años 1140 y Collins la de wise en inglés antes del 900.

         Sin embargo, esto de ninguna guisa es todo. Miremos hacia la lengua francesa y veremos que existe la palabra guise casi de la misma manera que en la española y digo casi únicamente porque en francés no está en desuso—. Tiene el mismísimo significado y se usa para expresar que uno va a hacer las cosas o a actuar de tal o cual manera: à ma guise, por ejemplo, habría sido la frase favorita de Frank Sinatra si hubiera crecido en Francia. Igualmente, anota el Larousse, puede emplearse para indicar un uso alternativo de cualquier cosa, como en la frase En guise de repas, on nous servit des sandwichs.

         En italiano, del que no diré casi nada para no pisar territorio mayormente desconocido —aún—, por lo que observo, pasa igual, y me llaman la atención dos detalles: que in guisa de (y sus variantes, que las tiene) es de uso más bien elevado y que también existe un otherwise italiano: in altra guisa. En portugués, territorio que he explorado mucho menos que el italiano, funciona de modo muy parecido al de los otros, y casi idéntico que en francés. (¡Ah! En francés puedo agregar que, aunque no existe el verbo guiser, sí existe déguiser, ‘disfrazarse’, o sea, vestirse en guisa diferente a la cotidiana.)

         Y más allá en el pasado, según los etimólogos que he podido consultar, particularmente Corominas, el origen de nuestra guisa hispana, ítala y lusa (la gala es guise) está, quién sabe cómo, en una antigua palabra germánica: wisa. El alemán de hoy en día tiene también su Weise, que, por lo que entiendo, equivale a manera, y además, existe, de guisa semejante a lo que hace el inglés, como sufijo para crear adverbios a partir de adjetivos: normalerweise, ‘normalmente’, o adjetivos a partir de sustantivos: kinderweise, ‘infantil’.

         Quién sabe cómo, quién sabe cuándo, quién sabe por cuál sinuoso camino, de labios de qué descalzo campesino, de qué violento soldado, de qué ilustrado poeta, vinieron desde mundos tan lejanos semejantes sonidos a los oídos de nuestros antepasados, que con tan perdurable anzuelo se colgaron de sus conciencias y con tan clara voz nos han alcanzado en el presente.

         Y detrás de todo esto, como el bibliotecario ciego de El nombre de la rosa, frotándose las manos de la imaginación al disfrutar de la telaraña verbal sobre la que nos ha hecho vivir y construir nuestro mundo durante tantos siglos, se nos revela el viejo latín, que no cesa de lanzar su polen a nuestro viento, que no cesa de esclarecernos, una vez y otra vez, generación tras generación, las formas visibles e invisibles que tiene la realidad.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXVI / 31 de julio del 2022

  

lunes, 1 de febrero de 2021

Qué performance [CCCXLII]

Edgardo Malaver

 

 

Este bombillo en la estación de bomberos de Livermore, Estados
Unidos, ha estado encendido desde 1901. Qué performance

 

 

 

         La película ¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura, basada en la obra de teatro homónima de José Sanchis Sinisterra, cuenta la historia de Carmela y Paulino, comediantes que entretienen a las tropas del bando republicano en la Guerra Civil Española que, por accidente, quedan atrapados en la zona franquista. Cuando vi ¡Ay, Carmela!, seguramente ese mismo año, además del placer de verla, no tuve ningún otro pensamiento… hasta que oí a uno de mis profesores decirle a otro: “Qué performance el de Carmen Maura”. Y desde entonces me atormenta esta palabra cada vez que debo expresar este significado con una palabra española.

         Estoy pensando que la dificultad de traducir esta palabra proviene de su polisemia en la lengua original, el inglés. Nada del otro mundo, porque todas las palabras son así, pero existen también palabras como ésta, que se empecinan en mimetizarse con otras de diversos campos. Performance, en su significado profundo en inglés, transmite la idea de una acción que se lleva a cabo hasta su último extremo, que queda perfectamente concluida cuando se le termina de hacer. No es para menos, si está compuesto por el prefijo latino per-, ‘alrededor’ (como en pervertir, ‘darle vuelta a algo o alguien’) y la medieval raíz francesa furnish, ‘proporcionar’, ‘completar’.

         Sabido esto, uno comprende que los hablantes del inglés tengan un performance tallado a la medida para cada disciplina de la actividad humana. En educación (y en muchas otras), el performance de un estudiante puede ser equivalente a rendimiento o desempeño o evolución. En una empresa, un empleado puede tener un buen o mal performance, así como pudiera tener una alta o baja eficiencia, cumplimiento, resultados. En economía, una inversión que muestra un buen performance es la que da buen rendimiento, rentabilidad e incluso comportamiento. El performance de los contratos es en realidad su ejecución o comportamiento, pero pueden también ser objeto de non-performance, que sería su incumplimiento. Un aparato, por otro lado, tiene un adecuado performance cuando su funcionamiento es bueno o da una adecuada prestación o tiene una larga vida útil.

         En otras actividades encontramos también la palabra performance en inglés, donde en español sería ejercicio, realización, potencia, eficiencia, intervención y unas cuantas opciones más. Entra aquí la frase favorita de lingüistas y traductores: “Depende del contexto”. A veces depende de otras cosas, como la presunción o la pereza del lingüista o del traductor, y quizá por esta razón florece performance y oscurecen las demás.

         Hay un campo en el que la palabra performance se ha instalado a sus anchas y es bien difícil perturbar su comodidad: las artes escénicas. Sin embargo, también en el teatro es posible hablar de performance por medio de otras palabras. Un performance es, según la Academia, una “actividad artística que tiene como principio básico la improvisación y el contacto directo con el espectador”. O sea, usted recita un monólogo en una plaza, baila una danza contemporánea una estación de metro, ofrece una función de mímica en un parque, y ese, como pieza individual, es un performance.

         En realidad, cualquier manifestación teatral y todo lo que involucra, el estilo, la fuerza del trabajo que hace el actor, su talento para poner en actos y palabras el texto, sus movimientos en la escena, la impresión que causa en el público, todo esto puede llamarse performance. Sin embargo, en español hay más de una palabra para decirlo: actuación, interpretación, función, presentación, representación, acto, exhibición, recital, personificación, e incluso espectáculo, simulación y número.

         Todo esto es lo que debieron hacer Carmela y sus compañeros, Paulino y Gustavete, para sobrevivir cuando se vieron obligados a actuar para entretener al enemigo. En la obra de Sanchis Sinisterra, la actriz hasta debe regresar de la muerte para reanimar a su antiguo amante, que ya no encuentra sentido a la vida, al teatro, a nada sin ella. Y la verdad es que, como decía aquel profesor, ¡qué performance!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXLII / 1° de febrero del 2021

 

martes, 19 de enero de 2021

Ligeia, Annabel y otras mujeres de Poe [CCCXL]

Edgardo Malaver



Estatua de Poe en la Universidad de Baltimore, obra de Moses Ezekiel, de 1916



 

No lo recordaba, pero resulta que dos años antes de ponerme a fisgar en la vida privada de Miguel de Cervantes para conocer su relación con las mujeres, ya había comenzado a hacerlo con otro escritor importante, esta vez de lengua inglesa. Lo descubrí en noviembre, cuando Gmail me avisó que mi buzón estaba a punto de derramarse porque borro muy pocos mensajes. Borrando y borrando, encontré uno que les escribí a las participantes del Taller Maelström de Narrativa y Poesía del 2012. Nada más leerlo pensé que había que publicarlo en Ritos, y me gustó la idea de celebrar con él el 212° aniversario del nacimiento del poeta, que es hoy. Os lo copio aquí:

 

He calumniado a Edgar Allan Poe. He examinado, de manera apresurada, sí, pero deteniéndome donde era necesario, la vida del escritor con las mujeres, y parece que estas no eran, como irresponsablemente dije hoy en el taller, una de las causas de su perdición. Poe sufría de depresión, alcoholismo, droga[dicción], ludopatía y otras adicciones y vicios (por algo es considerado el primero de los poetas malditos), pero no he encontrado señales de que fuera un depravado sexual, ni siquiera de que sintiera una pronunciada debilidad por los placeres de la carne, al menos los prohibidos y corruptos. [...]

La relación de Poe con las mujeres fue, sobre todo, literaria. El erotismo presente en sus obras, a pesar de calzar perfectamente en la época y los parámetros del romanticismo, no es escaso ni desproporcionado. El balance es tal que no parece ser un rasgo demasiado llamativo. Las mujeres de sus historias son incorpóreas, seres etéreos de belleza enigmática, casi siempre cerca de la muerte.

La relación con las mujeres de su vida personal fue siempre trágica. Su madre biológica murió cuando él tenía menos de tres años de edad. Su madre adoptiva, que lo amaba devota y sobreprotectoramente, murió también de tuberculosis siendo él [muy] joven. Poe se enamoró de Jane Stanford, madre de un compañero de estudios, que [murió] a los 31 años. Luego tuvo una relación con una mujer de su edad llamada Sarah Elmira Royster.

En 1831, Poe se va a vivir a casa de una hermana de su madrastra y ahí, después de unos años, encuentra su verdadero gran amor: Virginia, una de sus primas, con quien finalmente contrae matrimonio en mayo de 1836: ella tenía 13 años y él, 26. Para poder casarse falsificaron la fecha de nacimiento de la niña. En 1837 se va a vivir con ella a Nueva York, y en 1847, Virginia muere también de tuberculosis. Poe llega más tarde a casarse otra vez, con Sarah, pero poco después de esto, la crisis lo atrapa y muere víctima del alcohol en 1849.

Muchos piensan que Virginia es el modelo de Annabel Lee, la protagonista del poema homónimo que describe la desesperación del poeta por la muerte de la amada a causa de un “viento helado” en un “reino junto al mar”, que podría representar a Nueva York.

[......] También el cuento “Ligeia” ha sido relacionado con la muerte de la esposa de Poe, puesto que en esta historia el protagonista narra cómo su primera esposa resucita en el cuerpo de su segunda mujer cuando esta está a punto de morir.

En “Berenice”, el narrador, Egaeus, se prepara para casarse con su prima, que empieza a mostrar señales de una enfermedad desconocida, hasta que la única parte de su cuerpo que parece permanecer viva son sus bellos dientes, con los cuales Egaeus empieza a obsesionarse. Berenice muere finalmente y él profana su tumba para robar los dientes de su amada.

El afamado poema “El cuervo” cuenta una noche tenebrosa en que el poeta se enfrenta a un ave negra que le da certeza de que nunca más volverá a ver a la bella Leonor, que ha muerto poco antes. Este misterioso encuentro es la estocada final que sume al protagonista en la depresión para siempre.

Morella”, por su parte, cuenta una historia quizá poco relacionada con la vida real de Poe, puesto que parece que el poeta nunca tuvo hijos. En el cuento, el protagonista tiene una hija con su esposa [cuyo nombre da título a la historia], a quien no amaba realmente y que muere en el parto, y cuando bautizan a la niña, ésta, poseída por el espíritu de la madre, muere también. Al enterrarla en la misma tumba que a la madre, el protagonista descubre que los huesos de Morella no están en su tumba. [...]

 

La tumba sí fue como una mujer muy atractiva para Poe —suena como si lo dijera sin saber que toda su vida ocurrió durante el romanticismo—, pero parece que sólo le dedicó su último poema, el que describe su victoria sobre él. Una noche, enfermo, borracho, atormentado, solitario, pero con más poesía que sangre en las venas, Poe intentó besar a la muerte al salir del bar. La incorpórea figura lo dejó caer en una acera oscura de Baltimore y de aquella acera el poeta no se levantó... nunca más.


emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCCXXXVIII / 19 de enero del 2021



lunes, 20 de abril de 2020

El drama de un lector en tiempos del virus [CCXCIX]

 Luis Roberts




 
James Joyce a la vista de todos en una calle de Dublín.
Escultura de Marjorie Fitzgibbon (1990)





         Sólo raras y justificadas veces me ha gustado escribir sobre experiencias personales, pero en el momento que estamos viviendo todo es raro y todo, en este sentido, está justificado. Los que me quieren me animan desde hace años a escribir una novela con contenido autobiográfico o una autobiografía novelada, pero o por miedo, o por esperar a vivir más y así tener más que contar, no lo he hecho, pero me da la sensación de que después de esto, de esta guerra que estamos viviendo, ya todo será otra novela para mí y para todos, así que igual me animo, si sobrevivo. Este introito no es más que una justificación de lo que voy a contar.
         Cuando yo tenía 18 o 19 años, y ya desde los 14 era un ávido lector, me arriesgué a leer el Ulises de Joyce y, para mayor inri, en inglés. Mi nivel de inglés y mi edad no daban para Joyce, así que abandoné a las pocas páginas el proyecto. Conseguí una traducción argentina, pero tampoco mi nivel de argentino era suficiente para superar la barrera de Joyce y también tuve que abandonarlo. Años, pocos, más tarde, se publicó una traducción decente y por fin conseguí leer esa maravilla.
         Esta cuarentena, que a mí en la faceta del enclaustramiento no me afecta tanto, pues mi vida normal es muy parecida: con las salvedades de la ida a la universidad y a hacer compras de alimentos, la dedico a pensar, a escribir, a corregir y, sobre todo, a leer. Hay un libro que hace años que quiero leer por mi admiración a su autor, Richard Dawkins, The God Delusion, que en Amazon vale sólo 20 euros, pero pedir hoy algo de fuera es un verdadero espejismo, porque si no nos mata el covid, nos puede matar la falta de gasolina y por lo tanto el hambre o el aburrimiento. Así que busqué en Internet (a veces me funciona), encontré y descargué una traducción española. Son 330 páginas, de las que llevo leídas 120, así que sé de lo que hablo. Es la traducción más espantosa que me he encontrado en mi vida, bueno, de las más espantosas, y lo peor es que el “traductor ad honorem” es venezolano; me di cuenta ya en la segunda o tercera página, con traducciones de un Oh, yeah!, como Sí, Luis, o con lindezas como escoñetao, entre otras huellas digitales. No digo el nombre por si alguien lo conoce y le hace pasar vergüenza. El hecho es que por masoquismo o por apego a mi oficio de corrector, no he dejado el libro a pesar de que, a veces, paso más tiempo juzgando los horrores de traducción, sintácticos, ortográficos, de puntuación, etc. que oyendo lo que me dice Dawkins, lo que me obliga a releer varias veces.
         Paradójicamente, siento por este traductor una cierta admiración: un hombre que, obviamente, sin ser traductor, ha dedicado ¡vaya usted a saber cuántas horas de su vida! a traducir un libro para subirlo a Internet con el solo objetivo de hacer llegar el mensaje de Dawkins, el mayor representante actual del ateísmo científico, a todos aquellos a quienes les interesa pero que no pueden comprar el libro. Es como los fansubs, los que suben a Internet subtítulos de series y películas “gratis et amore”, sin ningún parámetro de calidad, por supuesto, algo que es un trabajo por el que se cobra y del que vivimos miles de traductores.
         Afortunadamente tengo muchos libros físicos y virtuales con los que llenar mis horas de cuarentena, pero este, el de Dawkins, a pesar de los pesares, lo terminaré. Sí, Luis Roberts.

luisroberts@gmail.com



20 de abril del 2020 / Año VIII / N° CCXCIX



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