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lunes, 16 de diciembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (V): Presentación Campos [CDXCI]

Edgardo Malaver

 

 

 

“Y un oscuro soldado republicano [...] le atravesó el pecho
de un lanzazo”, dice Baralt. Muerte de Boves

 

 

         Yo leí Las lanzas coloradas (1931), de Arturo Úslar Pietri (1906-2001), cuando tenía 13 o 14 años. Y hasta hace un mes, lo que recordaba de ella era el calvicordio que tocaba una niña a quien no le interesaba nada en la vida y la escena final en que Presentación Campos, en su calabozo, se esfuerza por alcanzar la ventana altísima para ver, por fin alguna vez, a Simón Bolívar, que la algarabía del exterior indica que hace su entrada triunfal en el pueblo donde él, Presentación, ha sido capturado.

         Cuando, creyéndome discípulo de Freud, me propuse hablar de este personaje como la representación más literaria del admirador venezolano fascinado con la vida, obra y legado de Bolívar, que es como mi imaginación lo había conservado, Ariadna Voulgaris en algún momento me dijo: “Profe, usted como que no leyó la misma novela que yo”. Y tuve que comenzar a leer la novela otra vez. Después de unas 30 páginas tuve claro que Ariadna tenía razón, pero también descubrí que aún así podíamos ponerle su nombre a un síndrome literario venezolano.

         Si Presentación Campos es el “arquetipo” de algo en Venezuela, lo es del tipo corriente, tosco, sin ninguna preparación, egoísta, enormemente arrogante, con escasa sensibilidad, sin conocimiento de nada que no sea el pequeño mundo en el que ha nacido y crecido, donde vive y trabaja, donde va a pasar el resto de su vida y en el que un día, por mero azar, le ha sido dado un mísero gramo de poder. Ese día se desencadena en semejante sujeto una trasformación que lo lleva a convertirse en un déspota que no tiene compasión con nadie; todo gira alrededor de su poder, de incrementarlo y de hacer que los demás lo adulen y dependan de él, que no tomen ni una sola decisión sin que él lo sepa y lo apruebe. Se vuelve irreconocible para todos los que lo conocieron antes. El que antes ha sido su amigo, si no se le somete, es humillado y anulado por él; el que ha sido su pariente, puede obtener beneficios al principio, pero apenas comente un “error”, es eliminado; el que ha pertenecido al mismo grupo que él (en el trabajo, por ejemplo) se convierte en su esclavo, en su estropajo, incluso en su enemigo, es decir, debe ser destruido.

         En Las lanzas coloradas, Presentación Campos es un esclavo mulato que ha sido nombrado capataz de la hacienda El Altar y esto se le sube tanto a la cabeza que llega a sentirse superior a sus hermanos esclavos. Los trata peor que el amo y los menosprecia. El narrador, en las primeras páginas, comenta que al pasar por la casa de los amos, el personaje siente “como una fascinación” por la gente que en ella vivía. Su mente desea ser uno de ellos, el más importante de ellos.

         Más adelante dice:

 

Don Fernando, que era pusilánime, perezoso e irresoluto, y doña Inés, que vivía como en otro mundo. Los amos. (Él era Presentación Campos, y donde estaba no podía mandar nadie más). Don Fernando y doña Inés podían ser los dueños de la hacienda, pero quien mandaba era él. No sabía obedecer. Tenía carne de amo.

 

         Cuando comienza la Guerra de Independencia, y sobre todo cuando José Tomás Boves inicia su torbellino destructivo contra todo y contra todos, Presentación se une a la guerra, destroza la hacienda y dirige toda su lucha a convertirse en amo para saborear de la miel del poder absoluto. Aquella guerra, sin embargo, lo destruyó casi todo en Venezuela, y ciertamente destruyó también a Presentación Campos.

         De modo que observe usted bien, si tiene un amigo, un vecino, un pariente que da estas señales, puede ser que padezca el literario y venezolano síndrome de Presentación Campos. Y si es usted mismo quien lo tiene, acuérdese de cómo termina Presentación: solo, herido, derrotado, preso, sin fuerzas siquiera para elevarse a la altura necesaria y ver de lejos al verdadero héroe de su propia historia.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCI / 16 de diciembre del 2024

 

lunes, 9 de diciembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (IV): Juan Peña [CDXC]

Ariadna Voulgaris y Edgardo Malaver

 

 

Pedro Emilio Coll en 1898, año
en que publicó “El diente roto”

 

 

 

         Nunca un diente roto le ha traído tanta notoriedad al individuo que se lo examina con la punta de la lengua. Nunca nadie había llegado tan lejos con tan poco esfuerzo. Pedro Emilio Coll (1872-1947) publicó en 1898, en El Cojo Ilustrado, un cuento titulado “El diente roto”, que por sí solo bastó para quedar impreso en la memoria cultural venezolana.

         El cuento trata de un niño, Juan Peña, que inicialmente es muy rebelde pero que, un día, en una pelea callejera con otro niño, resulta con un diente roto, y a partir de entonces se convierte en un niño tranquilo que parece reflexionar todo el tiempo. En realidad lo que le pasa es que se escudriña el diente roto con la lengua, pero de esto nadie se percata. Preocupada, la madre de Juan llama al médico, que le diagnostica lo que llama “el mal de pensar”, una enfermedad muy extendida que solo ataca a los genios, dice, a los grandes filósofos, a la gente inmensamente inteligente. A partir de entonces, todos tienen a Juan como una persona admirable y, al llegar a la adultez, es elegido, sin que él participe conscientemente en ello, como ministro, magistrado, congresista e incluso presidente de la República. Todo sin haber producido nunca ni un solo pensamiento valioso, sólo acariciándose el diente roto con la lengua.

         El ensayista Domingo Miliani escribió un libro sobre Venezuela que tituló El mal de pensar, precisamente pensando en esta metáfora finisecular de Coll. La metáfora es bastante clara: en Venezuela no resulta difícil ascender social y políticamente. Apenas hace falta aparentar que uno está pensando mucho, dar la impresión de que a uno le preocupan los problemas colectivos, las desgracias del pueblo, la evolución de la historia del país. Entre menos pensamiento tenga un personaje público, sobre todo si desea llegar a un cargo importante, entre más escaso y liviano sea el contenido de esos pensamientos, más pronto llegará.

         No será Venezuela la única nación que sufre de este mal, pero tampoco es difícil constatar, con un rápido repaso de la historia, cuán numerosos han sido los dirigentes que calzan tan bien con la descripción de Juan Peña que más asemejan estatuas del personaje ficticio.

         Y pensándolo bien, también en otros niveles de la vida se presenta el fenómeno de que es precisamente el líder de un grupo cualquiera el que está menos preparado para ello. No tiene que ser un alcalde, un gobernador, un diputado, un director de hospital o de escuela, un comisario de policía. Puede ser simplemente el capataz de unos trabajadores, el padre de una familia, el guía de unos exploradores o unos turistas, el entrenador de unos deportistas, el jefe de una cocina, el que tiene menos ideas y las menos brillantes. Y estos personajes, naturalmente, o no se enteran nunca de que alguien más ha propuesto algo muy sabio que resolvería varios problemas de una vez o no soportan que lo haya hecho (por lo cual termina anulándolo con tal de seguir “en el poder”). Todas estas hipotéticas personas (aunque todos conocemos a las que viven en la realidad tangible) padecen “el mal de pensar” identificado por Coll en 1898, es decir, tienen el síndrome de Juan Peña. Y ojalá hubiera sido un signo o un síntoma definitorio del siglo XIX. Más bien parecía estar describiendo al siglo XX y al XXI.

         Hablando del cuento de Coll, Miliani reflexiona sobre este “síndrome” y concluye que en Venezuela, en vista de la escasez intelectual de los dirigentes, “la mueca es el mensaje”. O sea, estimados nuestros, no esperen mensaje, contenido, materia de fondo, pensamiento. Confórmense con el movimiento de manos, con el mohín de la cara, como la de quien se hurga un diente roto con la lengua.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXC / 9 de diciembre del 2024

 BICENTENARIO DE LA BATALLA DE AYACUCHO

lunes, 2 de diciembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (III): Luz Caraballo [CDLXXXIX]

Edgardo Malaver

 

 

 

Doris Wells representa a Luz Caraballo en 1975

 

 

         Y esta semana me tocó a mí la loca Luz Caraballo. Y a mí también, a menudo, me dan ganas de abrazar a esta mujer que lo perdió todo, que incluso se perdió a sí misma. En su extravío, se parece a todos nosotros, su caminar es el nuestro y la Venezuela que la agrede persigue es la misma... todavía.

         El tercer síndrome literario venezolano que hemos identificado está basado, como ya adivinaron, en el poema “Palabreo de la loca Luz Caraballo” (1936), de Andrés Eloy Blanco (1896-1955). El conocidísimo poema, entre descripciones del solitario ambiente andino, de la pobreza y del hambre, nos insinúa detalles de la historia de una mujer que lo ha perdido todo. La soledad y privación de la protagonista son producto de la pérdida y el dolor, del abandono de su marido y de la muerte de sus hijos. Luz Caraballo camina por las montañas buscándolos, confundiéndolos con sus ovejos, contando los luceros como si fueran niños.

         Muchos nos aprendimos este poema en la infancia por diferentes razones. Las mías, que ya he explicado en otros artículos, pueden resumirse diciendo que de pequeño me memorizaba los poemas para recitárselos a mi madre y que ella me abrazara.) De todas maneras, el ritmo regularísimo del texto, su rima más bien bailarina, el muy habilidoso desglosamiento del intertexto expreso al principio del texto —y no iba a hacerlo ahora, pero hay que mencionar, también, el contrapunto matemático que surca todo el poema entre el cinco y el diez, entre las manos y los pies, entre la memoria y la locura, entre las estrellas y las montañas—, todos estos elementos de fondo y de forma son inmensamente atractivos para mí. Y la historia del doloroso amor de Luz Caraballo. Me intrigaba, sin tener conciencia de ello, esa hermandad entre una historia tan triste y unas palabras tan melodiosas.

         Y ahora, después de tanto tiempo, germina en mi mente la idea de que Luz Caraballo y su soledad pueden representar a todos esos sujetos que han sufrido las pérdidas más ensordecedoras y crueles de la vida, una tras otra, sin piedad alguna de la vida ni las circunstancias, y, “sin calor de nadie y sin consuelo”, como diría Miguel Hernández, gente que se hallan acorralados en un mundo demasiado extenso, hostil a más no poder, despiadado y sin posibilidad de una remota vuelta atrás. Estas personas, cuyas mentes se dan por vencidas ante la masa incalculable del dolor, cuyas conciencias terminan explotando de tanta avalancha que los entierra en el fondo, cuyos corazones sucumben al abismo de tanto veneno que les inyecta la fatalidad... esas personas sufren lo que podríamos llamar el síndrome de Luz Caraballo.

         En los tiempos de la juventud de Andrés Eloy Blanco debe haber perdido el juicio muchísima gente que se veía encerrada en un país que sólo daba oportunidad a aquellos que bajaban la cabeza ante el gobierno autoritario de Juan Vicente Gómez. Miles de madres como Luz perdieron a sus hijos a manos de los torturadores de Gómez, miles vieron a sus maridos deteriorarse paulatinamente y morir por causa de los trabajos forzados, miles los despidieron en un puerto para no verlos nunca más. Muchísimas de ellas no volvieron a recibir ni una sola carta, como Luz Caraballo.

         El propio escritor y su familia, apenas comenzó el siglo XX, habían sido “encerrados” en la isla de Margarita por la oposición que el padre le hacía a la dictadura. Y de adulto, le tocó a él escribir cartas a su novia desde La Rotunda. Y más tarde, desde la Seguridad Nacional, a su esposa. Y más tarde, irse de Venezuela para no volver nunca más con vida.

         Usted que está leyendo esta historia, ¿recuerda algún lugar donde pueda haber aparecido alguna situación similar más recientemente? Hambre, represión, desamparo, indefensión, persecución, cárcel, exilio, ausencia, muerte. Qué difícil debe ser no volverse loco. Qué difícil debe ser no adquirir el síndrome de Luz Caraballo.

         En su severa soledad, a Luz Caraballo la hemos perdido como una llama que se apaga. En la bruma que ha invadido su mente, Luz Caraballo ya ni siquiera llora, apenas si recuerda... y cuenta, pero cuenta, de cinco en cinco, astros del cielo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXXIX / 2 de diciembre del 2024

 

lunes, 25 de noviembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (II): Panchito Mandefuá [CDLXXXVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Panchito Mandefuá y los que tienen su síndrome
están en toda Venezuela (Foto: BBC)



 

         Me toca Panchito Mandefuá. Qué alegría, y al mismo tiempo, qué ganas de abrazar a ese niño que nunca tuvo el cariño de sus padres, que eran “cualquiera con cualquiera”, como dice el autor. De todo lo que escribió José Rafael Pocaterra (1889-1955), tan sustancioso, el cuento protagonizado por este personaje, “De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús”, de 1922, acaso sea el más conocido, acaso el más duro, pero quizá también el más conmovedor.

         En una hipotética psicología venezolana, es decir, una ciencia de la mente que se dedicara en exclusiva a estudiar la psique y la conducta de los venezolanos (estudiada al estilo de Ritos de Ilación), este personaje literario podría dar nombre a un síndrome que, aunque muy frecuente en Venezuela, no falta en países vecinos y de ultramar. Sería, primero, el síndrome que afecta a los miles de niños que viven en la calle, cuyos padres han muerto o los han abandonado y nadie se ha ocupado de ellos, que han huido de sus hogares o que han logrado escapar de redes de explotación infantil; muchos de ellos, si no perecen en el intento, parecen desarrollar un sentido de la supervivencia que viene con una buena dosis de sentido del humor, alegría, solidaridad, unos ojos despiertos y una impresionante capacidad aritmética nacida al mismo tiempo de la nada y de la necesidad. Humor, alegría, solidaridad y aritmética para la supervivencia.

         No hablo de los que sucumben a los vicios, que en la época de Panchito no debía haber muchos. Panchito mismo, a pesar de su escasa edad, era ya fumador, pero tanto como —no más que— cualquier hombre adulto. Hablo de los que terminan creciendo para enderezar el camino o van aprendiendo a enderezarlo en lugar de torcerlo más que el árbol del refrán. Son como aquel Lázaro que nació en el río Tormes, hijo de padres tan desafortunados como él, que llevó más palos que una gata ladrona y que, a pesar de esto, terminó siendo un hombre de bien. A los Lazarillos del siglo XX Pocaterra los llamó Panchito Mandefuá. Sin embargo, a Panchito nadie lo engaña, nadie lo utiliza, a nadie le debe un centavo, nadie puede llamarse su amo. Su picardía es suficiente para mitigar su orfandad y su dolor.

         En otros lados, se llamaría Kimball O’Hara, el de Rudyard Kipling, que desde antes de encontrarse con el monje, su maestro espiritual, ya era libre en el mundo material. Ya era un hombre sin haber terminado la niñez. Lo único que tenía de su madre era la memoria de los golpes y de su padre, una carta y una foto, nada más. Lo que valía oro en él era su corazón... como el de Panchito.

         Y me viene a la mente que estos niños que más parecen semillas del cielo caídas en el huerto oscuro de un labrador maligno, que en Pocaterra pueden responder con bondad a la tragedia de sus congéneres, podrían ser, y de hecho son, metáforas de gente adulta que, aun llevando una vida tan dura como la de Panchito, son capaces de reponerse —o van aprendiendo en el camino—, y compartir las mínimas monedas que su buen trabajo les cuesta ganar, dejarse conquistar por la sensibilidad y la belleza, levantar sus fuerzas para defender la justicia, ennoblecer su espíritu con el arte y la amistad, convencerse de la dignidad del trabajo, sacrificar algo de su bienestar por los demás, brindarse al bien que pueden sembrar en el mundo. Y serían estos los “pacientes” del venezolano síndrome de Panchito Mandefuá.

         Son, como dije al principio, miles y más de miles. Son tan sutiles en su vida que terminan siendo descartados por sus propios atropelladores, testigos y autoridades apenas dejan de existir, pero, sin que nadie se percate, habiendo dejado huellas.

         Diría Machado:

 

Son buenas gentes que viven,

laboran, pasan y sueñan

y en un día como tantos,

descansan bajo la tierra.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXXVIII / 25 de noviembre del 2024

 

lunes, 18 de noviembre de 2024

Síndromes literarios venezolanos (I): Doña Bárbara [CDLXXXVII]

Edgardo Malaver


Marina Baura y Rafael Briceño personificaron
a doña Bárbara y a Lorenzo Barquero en 1974





Emocionados por haber completado los cuatro artículos anteriores, Ariadna Voulgaris y yo comenzamos a jugar a repetir la experiencia, pero buscando “síndromes literarios” en la literatura venezolana. No nos propusimos encontrar “síndromes” que afecten particularmente a los venezolanos, sino “añadir” a los existentes los que quizá pudiéramos deducir a partir de algunos textos conocidos de la literatura venezolana.
Animados, entonces, por esta lúdica osadía nos pusimos a echar un vistazo a un pequeño grupo de obras y autores muy destacados en busca de “síntomas” de trastornos que típicamente (o mayormente) afecten a los venezolanos o que nuestros autores pudieran haber identificado en los seres humanos en general. No hace falta decir que hicimos esta “tarea” casi sin ningún rigor pero sí dejándonos dirigir, de principio a fin, por el amor y admiración a nuestras obras más excepcionales.
El primero que se nos aclaró fue el síndrome de doña Bárbara, que definimos reflexionando un poco sobre la que tiene la reputación de ser la “novela nacional”. En Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos (1884-1969), la protagonista sufre en su primera juventud una agresión sexual que crea en ella un resentimiento incurable en contra de los varones y la lleva, más tarde, a vengarse de ellos de todas las maneras posibles. Comienza casándose con el hacendado Lorenzo Barquero, a quien destruye anímica y económicamente para quedarse con su hacienda. La Doña, con el tiempo, se reviste de un aura de mujer indestructible, poseedora de poderes sobrenaturales, señora de todo y de todos; sus sirvientes le temen porque se sabe que tiene a los espíritus de su lado y le obedecen; las autoridades, representadas por Ño Pernalete, el jefe civil, se pliegan a sus deseos y le consienten impunemente cualquier fechoría en contra de sus vecinos. Todo el llano tiene que llegar a pertenecerle, todas las voluntades tienen que sometérsele, todo lo que existe en el llano tiene que conducir a satisfacer su enfermiza sed de posesión.
Los sentimientos de doña Bárbara han sido anulados por ella misma para lograr sus objetivos. La evidencia más clara de este hecho es el abandono en que crece su única hija, Marisela, que vive en el monte, casi como un animal salvaje. Sin embargo, con la llegada de Santos Luzardo, a la vez protagonista y antagonista de la novela, que viene a imponer el derecho en el llano, comienza a tambalear la dureza emocional de la “Cacica”. Doña Bárbara es apodada “la devoradora de hombres”, pero no a causa de un insaciable apetito sexual, como podría pensarse en primer momento, sino porque era capaz de seducir a cualquier hombre, manipularlo a placer, inducirlo a servirle, incluso a delinquir por ella, y luego humillarlo, postrarlo a sus pies, destruirlo y desecharlo sin remordimiento alguno.
No es difícil observar la manifestación del síndrome de doña Bárbara en algunas personas. No parece ser exclusivo de mujeres ni de hombres, pero carecemos de datos estadísticos. Todo individuo que se crea altamente eficiente, productivo, organizado, infalible para identificar oportunidades de negocios o de beneficio personal, capaz de alcanzar lo que se propone a toda costa, enemigo que perder el tiempo en nimiedades, libre de sentimentalismos, más inclinado a sacrificar el amor por la familia que las metas corporativas, orgulloso de no tomar vacaciones durante años y años, pero que al mismo tiempo muestran sus más elevadas cualidades humanas tratando a sus empleados a gritos, humillando a sus familiares y amigos que le presentan obstáculos emocionales para su carrera, que crea con fe ciega en el poder del dinero, de las influencias y los manejos oscuros, todo aquel que da por sentada la obligación que tienen los representantes de la ley de acomodarse a sus necesidades y caprichos, sufre del síndrome de doña Bárbara. Es obvio que no tiene la libertad de vivir la vida sanamente y, a fin de cuentas, no posee nada.
Puede entenderse en los últimos capítulos de la obra que sólo el amor tiene la fortaleza suficiente para vencer este mal, sólo el amor tiene los anticuerpos necesarios para combatir el miedo, que es lo que al fin y al cabo siente Barbarita, miedo al dolor, miedo a la soledad, miedo a no ser nada, a ser menos que nada. Y por eso se convierte en doña Bárbara, y por eso llama a su hacienda El Miedo y con ese miedo atropella y domina a los demás, se lo contagia y se lo alimenta, y por ese miedo finalmente se deja tragar por el llano, derrotada por el amor.

emalaver@gmail.com


Año XII / N° CDLXXXVII / 18 de noviembre del 2024