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lunes, 8 de julio de 2024

Cuando a Roma fueres... [CDLXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Escena de Sophia Loren en Roma, de 1964

 

 

         Cuando a Roma fueres, haz como vieres” (Quijote II, 54), decía el Caballero de la Triste Figura, imitando a mi abuela. Parece una recomendación más bien sabia, si pensamos que en tiempos antiguos en los actuales quizá sí— no había manera de saber nada de otro lugar que no fuera presentarse en ese lugar y vivir un tiempo en él. No digo que me sienta inclinado a adoptar formas de decir las cosas que he encontrado en Perú, pero sí me veo a veces asombrado, sorprendido, agradado por algunas de ellas.

         Algunas personas aquí responden las gracias diciendo, por ejemplo, “Qué ocurrencia”. Puede ser también: “¿Cómo se le ocurre?”. Me imaginaba al principio que eran personas mayores quienes dirían así (porque en Venezuela esas expresiones sonarían como típicas de los abuelos), pero ya hace tiempo que concluí que la edad no es el factor determinante. Una de las primeras personas a las que oí responder así fue la directora de la escuela en la que mi hija iba a estudiar primer grado. En aquel momento quedé totalmente confundido, pero de camino a casa pensé que quizá había querido decir: “Qué ocurrencia la de usted, agradecerme por tan poca cosa”. Me colgué de esa interpretación y me gustó la expresión como señal de humildad.

         Discursivamente, es más poético, no hay duda, que el simple de nada del español general, que de todas maneras es también bastante humilde. Cuando respondemos “De nada” o “Por nada” a las gracias que nos da alguien, le estamos diciendo: “Me estás agradeciendo por nada, no estoy haciendo nada en realidad”. Pero esta forma que usan los peruanos impresiona al mismo tiempo por su cortesía y una resonancia proveniente de la retórica de otros tiempos.

         Hace unos días un hombre bastante joven que me atendió en una tienda, en la que solamente había entrado para preguntar un precio, respondió mi “Muchas gracias” con un “Imagínese”. Fue como que me respondiera: “Imagínese las pequeñeces por las que usted da las gracias”. Ojalá que nadie me desmienta esta interpretación porque me gusta el sonido de estas palabras, que le inyectan placer a la situación.

         ¡Ah...! El placer. Un día, siendo yo aún un muchacho, oí a una persona muy elegante y educada responder las gracias con un “Fue un placer”, y desde entonces lo uso. Quizá voy a sonar pretencioso, pero me atrae también esta fórmula porque implica que soy yo quien tendría que agradecer porque en realidad soy yo quien sale ganando debido al gusto que me da hacer... lo que sea que usted me está agradeciendo.

         Qué de metáforas. Y qué de descubrimientos. No se puede uno parar a reflexionar sobre las expresiones más conocidas, cotidianas y recurrentes, porque se tropieza con secretos, misterios y recompensas. No creo que llegue al punto de adoptar todas estas fórmulas y metáforas, pero sí disfruto su poesía y su poder comunicativo. Y llegados a este punto, apenas me resta darles a ustedes las gracias por su lectura y su paciencia... Vamos a ver qué me responden.

 

 

 

Año XII / N° CDLXVIII / 8 de julio del 2024

 

lunes, 25 de junio de 2018

De la arrogancia a la cortesía [CCXIV]

Daniel Álvarez



“¿Hay algo más real que las palabras?”, 
se preguntaba Oscar Wilde


          Hoy en día, las personas conocen el precio de todo cuanto existe y los rodea, pero realmente saben el valor de nada. Con esto, quiero decir que hasta en el ámbito lexical se produce el mismo fenómeno: la gente desconoce el valor de las palabras.
         Por la única razón que, en efecto, incita a uno a hacer cualquier pregunta: simple curiosidad, me dispuse a estudiar el trasfondo de un verbo empleado, con gran frecuencia, en actos de justificación o arrepentimiento. Acogido por mi ignorancia, y, como dije, llamado por mi curiosidad, me preguntaba: ¿por qué al verbo disculpar se le añaden los pronombres reflexivos me y se, en ocasiones enclítico, y otras veces de forma independiente y antecediendo al verbo, cuando se trata de lamentarse o excusarse de una ofensa o falla cometida por uno mismo? Consideraba como todo un acto de pedantería el decir “me disculpo ante usted…”.
         Detallando este acto de habla minuciosamente y en un nivel primario, me hacía figurar una suerte de soberbia y vanidad, pues ¿quién es uno para atribuirse la potestad de perdonarse? Su estructura es básica, gira en torno al verbo disculpar, conjugado en primera persona, antecedido por un pronombre reflexivo, y precedido, generalmente, por una cláusula subordinada circunstancial causal, que justifica la razón de la contrición. Si vamos más allá de la gramática de la oración, y nos adentramos en un nivel más profundo, donde yace el sentido de la proposición, parece que el enunciado encerrara un significado fatuo y presuntuoso, pues, en sí, es el propio emisor (sujeto de la oración) quien se toma la inmodestia de perdonarse por una falta cometida por sí mismo, por un error perpetrado por su persona.
         ¿Cuántas veces ha de parecernos que, personajes del día a día pasan de ser individuos plenos de modestia y humildad a sonar soberbios y arrogantes? Es por ello que decidí iniciar este rito con aquella frase que señala que desconocemos el valor de las cosas, pues por valor me refiero, en este sentido, a significados y etimologías, y por cosas, a las palabras que componen la lengua; siendo la unión entre estos dos términos lo que añade sentido a los enunciados que emitimos. Así aclaro que el uso de estos sintagmas verbales no es tan arrogante como parece en primera instancia; al contrario, su sentido va más dirigido a aclarar que la falta cometida escapa de sus propósitos.
         ¿Pero qué significa disculpar? ¿De dónde proviene? Este verbo, perteneciente al primer grupo, procede del sustantivo femenino disculpa, palabra derivada de la unión entre el prefijo latino dis-, lo que significa ‘negación o contrariedad’, y del sustantivo culpa, el cual nos presenta un abanico de acepciones, de las cuales tomé las que se refieren a continuación: “f. imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta”; “f. psicol. acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” (Diccionario de la Lengua Española, 2017). Por lo que podemos resumir que disculpa significa no tener culpa o responsabilidad de algo. Yendo un poco más allá de su etimología, podemos concretar que dicho verbo representa la acción de justificar un hecho, ofreciendo pruebas, razones o argumentos que excluyen a un individuo de tener culpa o responsabilidad sobre ello. Dicho de otro modo, es la razón que se da para argumentar o excusar alguna falta en la que se ha caído. Por ende, el disculparse no es un acto de petulancia ni soberbia, sino un hecho de autojustificación. En otras palabras, es un modo de prevenir o remendar un error o fallo cometido por uno mismo, a través de razones que aclaran que lo sucedido o dicho fue sin culpa alguna, es decir, sin ninguna intención.
         Lo mismo ocurre, con los verbos excusarse, perdonarse, absolverse e indultarse, verbos que suenan un poco engreídos al añadirle las partículas me o se, las cuales precisarían que la acción del verbo es concebida por el propio sujeto.
         Este extraño y peculiar fenómeno no solo sucede en nuestra lengua castellana, sino en otras lenguas romances como el francés, por ejemplo. Je m’excuse es el arrogante equivalente a nuestro me disculpo. Algunos de los enunciados que aminorarían este parecer altivo en nuestro idioma pueden ser discúlpeme o ¿podría disculparme?
         En resolución, traigo a escena una cita del escritor irlandés Oscar Wilde, que nos viene a la perfección en esta ocasión, y nos sirve de cierre para este “descortés” episodio; dice así: “¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué claras, y vívidas, y crueles! Uno no puede escapar de ellas. Y sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen servir para dar una forma plástica a cosas sin forma, y tener música por sí mismas […]. ¡Simples palabras! ¿Hay algo más real que las palabras?” (El retrato de Dorian Gray, 1890, traducción propia). Dicho esto, no cabe duda de que la riqueza y el valor de las palabras establecen pronunciadas diferencias en el sentido de las proposiciones, de allí que suene vanidoso decir me disculpo, y cortés decir discúlpeme. ¿Y las diferencias entre disculparse y perdonarse? Este par lo dejaremos para otro rito.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXIV / 25 de junio del 2018




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