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domingo, 24 de diciembre de 2023

Ochocientas Nochebuenas [CDXXXIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Misterio, Sagrada Familia... Jesús, María y José, el trío sin el cual
no habría Navidad. Foto del autor

 

 

         Sin pretensiones de pasar a la historia por ello sino para poner en la imaginación de la gente la escena que protagonizaron Jesucristo y sus padres la noche de la primera Navidad, san Francisco de Asís, hace exactamente 800 Nochebuenas, creó y legó al cristianismo una tradición que ha perdurado hasta el día de hoy en el mundo entero. Y armó el pequeño “teatro” en una cueva de Greccio, Italia, con personajes vivos probablemente para que el movimiento y las palabras aumentaran la fe de los que presenciaran aquella mímesis del singular acontecimiento, a la vez místico e histórico.

         Aquella escena, descrita escuetamente, incluso con divergencia de detalles, por los evangelistas, recibe en la actualidad varios nombres: nacimiento, pesebre, belén, portal, misterio. En cualquier conversación cotidiana sobre la Navidad, estas palabras pueden parecer simples sinónimos, pero cada una de ellas tiene su significado y, además, incluye elementos diferentes.

         Nacimiento, el término más genérico, hace referencia casi en exclusiva a, digamos, pocas horas alrededor del parto de María. En la escena la vemos en actitud de adoración hacia su recién nacido hijo, igual que José. Apenas los acompañan la mula y el buey. Suele estar por encima de ellos el ángel que anuncia la noticia a los pastores y los invita a adorar a Jesús, y los propios pastores que se acercan junto con sus ovejas. A lo sumo, pero no siempre, aparecerán aquí los reyes magos con sus camellos.

         La música popular menciona mil veces a estos personajes que se congregan para doblar las rodillas ante Jesús. Incluso los animales están presentes para simbolizar la sumisión de la naturaleza ante el creador de todo. En Venezuela hemos disfrutado durante muchos años aquel villancico de Iván Pérez Rossi, “Corre, caballito”, cantado por Serenata Guayanesa, que dice:

 

San José y la Virgen, la mula y el buey

fueron los que vieron al Niño nacer.

 

Así de escueto es el nacimiento. Y los animales son infaltables, ausentes como el Niño de todo mal y todo desvío del corazón.

         Y Simón Díaz, en “El becerrito” (mejor conocida como “La vaca Mariposa”), incluso se vale de animales para que protagonicen la historia del nacimiento de Jesús:

 

La vaca Mariposa tuvo un terné,

un becerrito lindo como un bebé [...].

Y los pericos van y el gavilán también,

con frutas criollas hasta el caney.

 

Más adelante dice:

 

La sabana le ofrece reverdecer.

Los arroyitos todos le llevan flores por el amanecer

 

El nacimiento se centra en Jesús, que es adorado por sus propios padres y todas las criaturas que existen.

         Por otro lado, existe el término pesebre, que narra más episodios e incluye, por ende, más elementos. Comienza más o menos en el momento en que el ángel Gabriel anuncia a María que “ha alcanzado gracia ante Dios” y tendrá un hijo que engendrará en ella el Espíritu Santo. Sigue con la visita de María a su prima Isabel, también embarazada, el viaje desde Nazaret a Belén, la búsqueda de alojamiento, el propio nacimiento del Niño, y luego también la llegada de los sabios de Oriente, la huida a Egipto, poco más. El pesebre es, por tanto, más histórico-educativo, más narrativo y más místico que el contemplativo nacimiento. Me gusta pensar que es esta cadena de escenas la que san Francisco presentó ante el pueblo en Greccio.

         La palabra belén, como es sencillo pensar, es una metonimia del lugar donde ocurrieron los hechos. En la retórica clásica sería una sinécdoque. Se nombra el suceso por el nombre del lugar donde sucede. Jesús nació en Belén, entonces, llamemos belén a la escenificación de su nacimiento. Se circunscribe, ergo, a lo que sucedió una vez que la Virgen embarazada y José llegaron a la ciudad natal de él, y ha de extenderse sólo hasta el momento en que la familia sale huyendo hacia Egipto para salvar a Jesús de la sentencia de Herodes.

         En América, por lo que parece, se difundió la costumbre de instalar belenes en casa o en lugares públicos durante el reinado de Carlos III, que fue rey de España desde 1759 —pero que lo había sido de Nápoles y Sicilia antes, desde 1734— hasta su muerte en 1788.


Nacimiento con toques populares
e infantiles. Foto del autor


         El cuarto término es portal. Según mis observaciones, a no ser por las canciones de Navidad, no se usa en Venezuela (pero uno nunca sabe). ¿Se habrá comenzado a llamar portal a la escena del nacimiento a partir de la simplificación de la escena, es decir, una especie de silueta de una casa bajo cuyo techo aparecían siluetas de las figuras de la Virgen, de José y del pesebre donde dormía Jesús? También es muy simbólico que el Hijo de Dios hubiera nacido en la puerta de la calle de una casa ajena, en la entrada de una ciudad extranjera, en el portón de un establo. Como símbolo, el portal ha cumplido su misión de abrigar la llegada al mundo de un hombre que venía para ser puerta al cielo para los demás hombres.

         La literatura oral ha recogido ese sentido de una hermosa manera en el villancico anónimo “Alegría, alegría”:

 

Alegría, alegría, alegría,

Alegría, alegría y placer,

que esta noche nace el Niño

en el portal de Belén.

 

Oigamos también en este punto el conocido villancico aquel de Raphael: “El tamborilero”:

 

[...] Ha nacido en el portal de Belén

el Niño Dios

 

Yo quisiera poner a tus pies

algún presente que te agrade, Señor.

Mas tú ya sabes que soy pobre también

y no poseo más que un viejo tambor...

ro po pom pom, ro po pom pom...

En tu honor frente al portal tocaré

con mi tambor.

 

La imagen del portal siempre viene acompañada con la alegría y admiración de los más humildes, que caminan para saludar y ofrecer lo mejor que tienen al hijo de María, la virgen.

         Y este personaje, María, y su virginidad nos traen al último término: misterio, precisamente porque es un misterio, es decir, un hecho cuya razón de ser es incognoscible, que, siendo virgen, María sea madre. El misterio se circunscribe a la familia mínima: incluye solamente las figuras de Jesús bebé, a veces sin pesebre siquiera, María madre y José protector. Los protagonistas, los imprescindibles, los que forman la familia que hará de Jesús un hombre de fe en medio de su mundo y de su cultura. (Algunos artistas los han representado en una sola estatuilla, unidos en un abrazo.)

         Estoy segurísimo de que san Francisco no necesitó imágenes ni actores ni teatro para sostener su fe. Las palabras deben haber hecho la mayor parte del trabajo. El pueblo, sin embargo, siempre quiere imágenes, y posee una imaginación tan extensa que, a lo largo de estos ocho siglos, a ambos lados del Atlántico, y también más allá, dejando atrás Shanghái, ha mezclado los elementos del escenario que armó el Pobre de Asís aquella lejana noche del siglo XIII con otros momentos de la historia, ha añadido los que le han proporcionado los miles de contextos de cada lugar, e incluso ha creado nuevos nombres para todo aquel escenario. Sobre todo ha logrado con ello multiplicar su belleza y su rica y enriquecedora simbología.

         Total, que la Navidad también nos trae palabras. E imágenes que nos hablan. Y música que nos arrulla, como a Jesús. Ojalá que hoy nos traiga, además, armonía. Feliz Navidad.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIX / 24 de diciembre del 2023

EDICIÓN DE NOCHEBUENA

 



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martes, 4 de octubre de 2022

El octubre más breve de la historia [CCCXCV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

La ventaja de guardar papeles viejos. Calendario oficial
del año del Señor de 1582

 

 

 

A la memoria de mi amigo Gustavo Lanz

 

         Yo tenía en Margarita un amigo guayanés llamado Gustavo, que, excepto por su confianza extrema en la Virgen del Valle, no tenía casi nada de religioso. Cada 4 de octubre, sin embargo, manifestaba su felicidad por haber nacido el mismo día que san Francisco de Asís, “el santo de los animales”. Le encantaba ese título, porque, como san Francisco, Gustavo amaba a los animales. Cómo me hubiera gustado verlo asombrarse al leer que hubo un año en que la historia se abrevió precisamente... el 4 de octubre.

         Mucho después de la época en que vivió san Francisco, bastante después de terminada la Edad Media, llegó un día en que, después mucho cálculo, la humanidad se despidió de un mes tan normal como septiembre, y se introdujo, por primera vez, en un octubre que tendría apenas 21 días. ¡Veintiuno! En el año 1582, por bula del papa Gregorio XIII, para recuperar los 10 días que se habían ido quedando en el camino debido a los cálculos imprecisos que se habían hecho en Roma para instaurar el calendario juliano, a la medianoche del día de san Francisco de Asís, los calendarios debían saltar al día 15.

         En realidad no fue toda la humanidad: fueron solamente Italia, España, Portugal y Francia, los países que inmediatamente adoptaron el cambio, porque, después de todo, se trataba de un asunto que, como en la antigua Roma, atañía a la administración del Estado y luego, también, a la vida cotidiana.

         Como recordarán —porque aquí en Ritos de Ilación lo hemos dicho antes—, el calendario juliano, llamado así para honrar al gobernante romano que lo propuso, el célebre Julio César (100-44 antes de Cristo), entró en vigencia en el año 46 después de Cristo. Los matemáticos de César habían llegado a la conclusión de que el año duraba 365,25 días. ¿Veinticinco centésimas de día? Sí, seis horas, y pensaron que con agregar un día a febrero cada cuatro años sería suficiente para normalizarlo todo; pero resulta que ese cuarto de día no era exactamente de seis horas sino, como calcularon los matemáticos de Gregorio XIII, 11,25 minutos menos. Para el año 1582, cuando ya los españoles habían penetrado tanto en América como para fundar Buenos Aires dos veces, se habían acumulado 10 días de atraso.

         El error era conocido ya en el siglo IV, e incluso en el siglo XIII los expertos de Alfonso X el Sabio (1221-84) calcularon que hasta entonces el calendario juliano se desfasaba a un ritmo de 10 horas y 44 segundos cada año. Durante casi 1.540 años no pareció una diferencia demasiado significativa, hasta que en el calendario litúrgico, que era el importante para el mundo cristiano centrado en Europa, el error acumulado terminó alterando la fecha en que se celebraba la Pascua, que estaba fijado en el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. El papa entonces creó una comisión que debía hacer los cálculos para ajustar el calendario y, a partir de sus recomendaciones, emitió en febrero una bula que anunciaba el cambio para octubre de 1582.

         ¿Y qué pasó? Pues no pasó gran cosa, o pasaron cosas curiosas. Si las fiestas de cumpleaños hubieran sido tan populares como ahora (que no lo eran), los niños nacidos, por ejemplo, el 6 de octubre del año anterior, no habrían podido celebrar su primer cumpleaños sino en 1583. National Geographic cuenta que santa Teresa de Ávila (1515-82), que murió a las nueve de la noche del último día del calendario juliano, por causa de este cambio tuvo que “esperar” diez días para ser enterrada. Algunos países se resistieron tanto a adoptar el nuevo calendario que aún hoy, en la biografía de un escritor tan reciente como Fédor Dostoievski (1821-81) se tropieza uno con la nota en que se indican sus dos fechas de nacimiento y las dos de su muerte. Son 240 horas que sencillamente no existieron en nuestra historia.

         Cómo me hubiera gustado contarle esta historia a mi amigo Gustavo, que siempre me preguntaba si yo no tenía “entre mis curiosidades” algún dato suculento sobre el cual conversar o leer. Los ojos se le hubieran salido de las órbitas, incluso de las monturas de los lentes, cuando le dijera que con el calendario gregoriano la próxima vez que el actual e ínfimo desajuste exija un nuevo cambio de calendario será, según National Geographic, dentro de más de 3.000 años.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCV / 4 de octubre del 2022

 



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