Mostrando las entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2026

El terremoto cuatricentenario [DXLV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Aunque tomada casi 60 años antes, esta imagen
de
El Universal, podría confundirse con una
de hace menos de dos meses

 

 

         Todas las familias caraqueñas que conozco cuentan historias del terremoto de 1967 —incluso la mía, que no lo es—. Un amigo de la universidad me contó que sus padres se estaban dando su primer beso cuando los interrumpió el terremoto; no pudieron volver a besarse hasta que se lo indicó el sacerdote en la boda, casi dos años después. Una empleada de limpieza de una oficina donde yo trabajaba recordaba que el terremoto la había sorprendido en la ducha, y así salió hasta la sala de su casa; más tarde se vio en la calle envuelta apenas por el mantel de su mesa de comedor. Un hermano de mi abuela estaba viendo “El Dorado”, la película de John Wayne, en un cine de la avenida Urdaneta. “Yo era tan bajito”, narraba cada mes de julio, “que decidí esperar que salieran todos, no me fueran a aplastar en la carrera”.

         El detalle curioso de aquel 29 de julio—quizá frívolo, considerando que fue una tragedia— es que cuatro días antes se había celebrado el cuarto centenario de la fundación de Caracas, aunque los eventos conmemorativos no se detenían en esa fecha. La orgullosa Caracas estaba preparada para pasar de fiesta todo 1967. Y la naturaleza, otra vez, quiso darle una lección. El último sábado del mes terminó en catástrofe, y para muchos fue momento de comenzar todo otra vez.

         Esta semana, vamos a dar la palabra al periodista Guillermo José Schael (1919-89), en aquel momento reportero del diario El Universal, para que nos cuente lo que él mismo bautizó “el terremoto cuatricentenario”, y así tituló su obra. Leamos fragmentos de la introducción del libro, publicado en 1972 y subtitulado Lo que ocurrió la noche del 29 de octubre de 1967:

 

Las esferas del reloj de la Catedra se partieron a las 8 y 2 minutos de la noche del 29 de julio de 1967 —año cuatricentenario de la ciudad—. El movimiento sísmico, que duró 35 segundos, seguido de otro de menor duración e intensidad, fue el más violento ocurrido en Caracas después del terremoto de la madrugada del 29 de octubre de 1900. Acusó un saldo trágico de cerca de 400 víctimas y causó daños materiales de consideración. Por ser fin de semana, numerosos vecinos se hallaban aquella trágica noche en los cines, restaurantes o simplemente asistían a reuniones familiares. Otros habían viajado al vecino litoral donde el mismo sismo causó estragos por su mayor proximidad al epicentro localizado por el Observatorio Cagigal en el mar, a 12 kilómetros de la costa. Su director, el capitán Ramiro Pérez Luciani, y el jefe del Departamento de Sismología, Dr. Gunther Fiedler, revelaron aquella misma noche a los periodistas que la violencia de la onda había roto los flejes de sujeción de las agujas pendulares, dejando al sismógrafo sin registros.

La localización del epicentro fue confirmada al día siguiente cuando la Comandancia General de la Marina informó que uno de los submarinos de la Armada que navegaba en la latitud norte 10,39 y oeste 66,5 a la hora de producirse el suceso, observó un repentino descenso de la sonda a cien brazas. La opinión oficial fue la de que el terremoto tuvo lugar en el mismo foco que habría dado origen al desastroso ocurrido el 26 de marzo de 1812. Al responder las preguntas formuladas por los periodistas que cubríamos la información, el capitán Pérez Luciani reveló que el Observatorio había recibido cerca de dos mil llamadas desde el 1º de enero al 25 de julio casi todas procedentes de la zona este de la ciudad y de personas que dijeron haber sentido leves temblores. Dichos movimientos de escasa intensidad, aunque registrados en la cinta del sismógrafo, fueron imperceptibles en otras zonas de Caracas, excepto los del 17 y 21 de junio que alcanzaron una magnitud de 1 y ½ y 1 y ¼ de la escala de Richter. Originalmente el epicentro se atribuyó a la región de los Humocaros, en el estado Lara, pero estudios posteriores indicaron que esta localización no era correcta [...].

 

         Más adelante, después de algunas explicaciones científicas sobre los movimientos sísmicos, Schael explica que, según Fiedler, el de 1967 ha sido “de los más espantosos terremotos observados durante su historia [la de Caracas]”; además, estuvo “acompañado de un fuerte rugido que duró unos 42 segundos, murieron más de 300 personas entre Caracas y el Litoral guaireño bajo montones de escombros de edificios”.

 

Caracas tiene alrededor de 6.000 edificios con más de cuatro pisos y unos 1.000 que pasan de 10 pisos. De los edificios altos, 180 fueron deteriorados gravemente, incluyendo 40 con daños estructurales, no habitables. Además, un número considerable de casas de una o dos plantas resultaron muy dañadas en Caracas, Litoral, Los Teques, Carayaca, Guarenas, Guatire y alrededores.

Cuatro edificios en el este de Caracas (Los Palos Grandes y Altamira) cayeron por completo, dejando un montón de escombros de pocos metros de altura —San José y Neverí, de 10 pisos, y Palace Corvin y Mijagual, de 11 pisos—. Parcialmente, dice Fiedler, cayó la Mansión Charaima. [...]

 

         Según Schael, a muchos llamó la atención el hecho de que en la noche del terremoto nunca se interrumpió el servicio de energía eléctrica. La explicación en este caso fue ofrecida por el ingeniero Asdrúbal Fuenmayor, del Departamento de Carga de la empresa La Electricidad de Caracas: hubo tres razones: el diseño del sistema del servicio, los procedimientos aplicados y la inmediata reacción de los empleados que estaban a cargo. Los equipos que se utilizaban en aquella época, aunque pudieran quedar desactivados por un movimiento de tierra, podían ser “fácilmente reconectados mediante telemandos o control remoto instalados con sentido previsivo”.

         Dos cosas impresionan en el libro de Schael: que ofrece gran cantidad de fotos del acontecimiento y una rigurosa lista de los nombres y otros detalles de las víctimas.

         Casi al final de la obra, también, el autor pone una breve nota sobre una peculiar coincidencia:

 

[El doctor Fiedler] anotaba como circunstancia curiosa el hecho de que los grandes sismos que han afectado a la ciudad de Caracas se han producido generalmente después del 20 de cada mes y en luna menguante. Consultada la retrospectiva Centeno Grau, podemos citar, como ejemplo, el terremoto de Santa Úrsula, ocurrido el 21 de septiembre de 1766; el del Jueves Santo 26 de marzo de 1812, luego el del 29 de octubre de 1900, y finalmente este [...] del 29 de julio de 1967. Únicamente el terremoto de San Bernabé, que sorprendió a Caracas la mañana del 11 de junio de 1641, se presenta como una excepción. El último sismo registrado oficialmente en Caracas data del 24 de julio de 1972, día onomástico del Libertador, poco antes de las 7:00 a.m.

 

         Otra coincidencia notable parece ser la de ocurrir durante fiestas, sean patrias o religiosas, en las que los venezolanos acostumbran desinhibir su incansable espíritu parrandero y bullicioso.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLV / 17 de agosto del 2026

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Simón Rodríguez, el traductor visible

Una respuesta vieja: Andrés Bello

Simón Bolívar en la lengua hablada de Venezuela

Miriam, el idioma más bonito del mundo

Cuarentena

 

lunes, 5 de febrero de 2024

Perico de los Palotes existió y era mujer [CDXLVI]

Ariadna Voulgaris

 

 

Primera reportera de guerra que conoció España

 

 

 

         Yo, la primera vez que escuché este nombre, estudiaba sexto grado en Caracas. Mi amiga Alejandra, a quien ustedes conocen —y que es para mí lo que era Cristina de Iturbe para María Eugenia Alonso, pero a prueba de distancias— fue testigo de mi repugnancia inicial cuando el profesor de historia dijo, más o menos: “No es ningún Perico de los Palotes el que redactó el Acta de Independencia”. ¿Quién es ese tal Perico de los Palotes?, me estuve preguntando yo toda aquella mañana y toda la tarde. ¿Y qué tendrá que ver con el Acta de Independencia? Alejandra tenía a quién preguntarle en casa, porque sus padres eran venezolanos, pero yo no la tenía tan fácil. Gracias a Dios, la mañana siguiente, llegando al liceo, vi la luz bajando del autobús: la inigualable Georgina de Bello, la profesora de lengua y literatura.

         —Ciertamente no era cualquier escribiente novato de prefectura —me dijo cuando le conté.

         —¿Entonces quién era?

         —Pues Juan Germán Roscio, mi niña, ¿no lo dijo el profesor?

         —¡No, profe! ¿Quién era el señor Perico?

         La pobre mujer, una semana después, todavía se estaba riendo. Pero esa misma mañana logró explicarme que uno decía así para referirse a una persona indeterminada, a cualquier personaje sin importancia. O puede ser una persona muy popular, incluso apreciada por muchos, pero que normalmente no tiene un alto nivel educativo ni es una referencia concreta en ningún oficio, en ningún grupo. Un ignorante, para decirlo más respetuosamente.

         Más grande, supe que el célebre etimólogo Sebastián de Covarrubias (1539-1613) lo caracteriza como “un bobo que tañía un tambor con dos palotes”. Otros autores dicen que en tiempos idos y lejanos también se llamaba así al demonio. Además, nuestro personaje ha penetrado hasta el teatro y el cine: en el mismo siglo XVII, se publicó en Madrid una comedia Perico el de los Palotes, y en 1984, el mexicano Víctor Manuel Castro dirigió en el cine otra comedia con ese título.

         Ahora, después de tanto tiempo, me entero de que, además de esto, Perico de los Palotes fue uno de los seudónimos que utilizó la escritora, periodista, docente y traductora española Carmen de Burgos. Del tiro, llamé a Alejandra para actualizarla: “¡Perico de los Palotes es mujer!”.

         Carmen de Burgos fue la mayor de los diez hijos de un matrimonio burgués de Almería, donde nació el 10 de diciembre de 1867. Su padre, que era diplomático, la casó a los 16 años con el periodista e impresor Arturo Álvarez Bustos (1857-1906), con quien ella nunca se sintió feliz, ni siquiera acompañada, pero quien la introdujo en el mundo del periodismo. Tras perder a tres de sus cuatro hijos y soportar constantes atropellos, Carmen abandonó a Arturo y se fue a Guadalajara con María (1898-1939), su hija sobreviviente, donde trabajó como profesora. Después, en Madrid, trabajó en varios diarios y se decidió a escribir columnas sobre los casi inexistentes y muy maltratados derechos de la mujer, el voto femenino, el matrimonio forzado, el divorcio, la educación de las niñas, los niños trabajadores y en prisión.

         No fue fácil al principio, porque los editores pretendían que escribiera sobre recetas de cocinas y consejos de belleza para las damas jóvenes; ella, sin embargo, se las arregló para lanzar dardos sobre las reivindicaciones de la mujer en todo lo que publicaba. Logró así hacer reflexionar a muchos y reunió el apoyo de intelectuales varones muy influyentes, como Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja y Miguel de Unamuno.

         En 1909, el diario El Heraldo le da la oportunidad de convertirse en la primera reportera de guerra, al menos en España, al enviarla a Melilla a cubrir el enfrentamiento armado entre las tropas españolas en aquella ciudad y las del Rif, al norte de Marruecos. Y de esta experiencia también se valió Carmen de Burgos para hacer literatura: en 1920 reunió todas las crónicas que había escrito durante la guerra y los sumó con sus artículos antibelicista y publicó el libro En la guerra, que desagradó a muchos radicales en España.

         Para esa época ya había conocido a un jovencísimo Ramón Gómez de la Serna, con quien, a la vuelta de ella de África, inició una relación sentimental. Veinte años más tarde, Gómez de la Serna y María, la hija de Carmen, que trabajaban juntos en el teatro, se hacen amantes y la escritora se hunde en la tristeza.

         Nunca como en aquel diciembre siniestro se sintió tan insignificante, quizá más que al llegar a Madrid, cuando los editores la obligaban a usar seudónimos para publicar sus notas y artículos. El primero de ellos, Colombine, que usó en el Diario Universal, expresaba ya la humilde condición de una mujer que no significaba nada en el mundo intelectual, dominado por los hombres. Pero luego se hizo llamar también Perico de los Palotes, cuya sonoridad menos elegante y más arrabalera la hacía incluso más desconocida y la ubicaba más lejos del centro de su escena natural. Este seudónimo era también, a pesar de todo, una protesta contra la injusticia.

         Y finalmente llegó la Segunda República, en 1931. Carmen la defiende, trabaja por ella, escribe a su favor, ofrece conferencias. El nuevo sistema de gobierno parece abierto a tantas peticiones que ha hecho durante tanto tiempo; pero una tarde de octubre de 1932, durante un discurso, un dolor en el pecho interrumpe su discurso. Era la muerte.

         ¿Por qué no es más conocida la obra de esta mujer que no era ningún Perico de los Palotes, como dijo mi profesor aquel día? Sencillamente su obra fue silenciada, negada, escondida a partir de la llegada de Francisco Franco al poder. Era demasiado clara y demasiado firme para dársela impresa en papel a la generación siguiente. Sus ideas eran una amenaza para la España que deseaba la dictadura. Ha tenido que llegar, recientemente, el sesquicentenario de su nacimiento para que se reunieran sus libros y se volvieran a publicar, para que su pensamiento sobre temas aún no resueltos por la humanidad volviera a resonar en el mundo y se comenzara a estudiarlo. Quiera Dios que esta vez sí haya oídos atentos al tambor de sus palabras.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVI / 5 de febrero del 2024

  

 

 

Otros artículos de Ariadna Voulgaris

Este mayo de oro

¿Cuándo se va a armar aquí la de San Quintín?

De pseudo- y otros prefijos

De pseudónimos

Corte y cohorte

 

 

lunes, 17 de febrero de 2020

Las 101 cagadas del español [CCXCI]

Luis Roberts


 
No es un eufemismo: es Barack (foto: AP)



         Quienes me conocen saben que no soy ni amigo ni usuario de las redes sociales, sólo Twitter para informarme y con reservas. Pero me acaba de llegar la noticia comentada de un libro que apareció en 2014 en Espasa, Las 101 cagadas del español, debido a un equipo de periodistas dirigido por María Irazusta y cuyo origen es un hilo que se abrió en Facebook bajo el titulo Reaprender el español. En él se recogen los errores (por no repetir el sustantivo del título) que se vienen cometiendo usualmente en nuestro bello idioma, algunos de los cuales ya cometieron Cervantes, Lope y hasta Delibes y Umbral.
         Sus capítulos tienen títulos tan sugestivos como “Femeninos travestidos”, “Anglicismos a full”, “No te comas la coma” o “La Pacheca por el corral y la Bernarda por...”; sólo ya el título del primer capítulo nos anuncia lo que viene después: “Sin eufemismos: Obama es negro”. En este se lee:

Nuestro lenguaje es un reflejo de la sociedad. Y nos estamos volviendo, con perdón, un poquito tontos. A la gente no se la despide, se la ‘desvincula’. No hay pobres, solo ‘desfavorecidos’. Y claro, no hay negros, solo personas ‘de color’. ¿De qué color? Llegamos al ridículo.

         Que se tomen un poco a guasa la caterva de desmanes en castellano no es óbice para que la RAE haya sido la Biblia que seguir para el rigor de estas lecciones. Aunque también carraspeen ante algunas decisiones de los académicos:

¿Cómo no pueden reconocer el superlativo negrísimo y admitir almóndiga o madalena? Voy a decir una cosa un poco irreverente, sobre la tilde del solo: Yo hago el amor los fines de semana solo [risas]. ¿A que puede significar dos cosas?

         Por cierto que esta almóndiga aceptada por la RAE —¿por qué no aceptar también la mal usada cocreta?— es una de las varias metátesis (cambiar de lugar un sonido dentro de una palabra) como murciégalo (malhechor causante del terrible “corovanirus”), asín o vagamundo, que junto al consejo —¡ojo!, sólo aconseja o recomienda, no obliga— de eliminar la tilde del sólo, no sólo me hace carraspear sino rechazar, respetuosamente, algunas decisiones de la RAE.
         Ya el genial Gabriel García Márquez pidió en un polémico artículo —yo diría que no fue sino una pirueta surrealista de su genio— suprimir la tildes del castellano. Como dice al respecto Ángel Lucas Sucasas: “¿A que no es lo mismo presidió que presidio?”. Aunque para algunos la diferencia puede ser sólo de esperar un poco. Lo que no sé, porque aún no he leído el libro, es si entre los 101 deslices, o des-heces, incluyen los pleonasmos, o redundancias, que tantos usan normalmente, como lleno completo, desenlace final, obsequio gratuito, hace tiempo atrás, sorpresa inesperada, adelantar un anticipo y tantas otras.
         Quien esté libre de haberlas dicho o escrito alguna vez, que tire la primera... lo que sea, pero yo no lo haré. Lo que sí haré en cualquier caso, para ilustrarme y divertirme, es precipitarme a leer el libro.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCXCI / 17 de febrero del 2020



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 7 de agosto de 2017

Reporteros [CLXIV]

Luis Roberts


Los Tontons Macoutes, los paramilitares de los Duvalier, 
aterrorizaron Haití a partir de 1958



         Hace unos días un amigo tuiteó, o retuiteó, no recuerdo, un tuit a la vez divertido y revelador, que decía: “Twitter es un sitio donde alguien dice que es un asesino ‘multiple’ e inmediatamente alguien le contesta que múltiple lleva tilde”. Con esta introducción quiero decir que las líneas que siguen no son una frivolización académica del sangriento y doloroso parto histórico que vive Venezuela, nada más lejos de mi intención, la de alguien que vive con tembloroso temor, pero con emocionada esperanza, el brusco golpe de timón que un pueblo está dando a la Historia. Pero trabajador de la lengua al fin, y enamorado de su herramienta, no puedo por menos que aprovechar para, con una sonrisa, hacer ciertas observaciones, utilizando estos hechos más como excusa que otra cosa.
         Como tantos otros, supongo, sigo la situación de la calle a través de Internet con la información que los medios alternativos nos ofrecen. Jóvenes y valientes reporteros y reporteras, jugándose hasta la vida en muchos casos, entre gases, tiros, carreras, etc., nos informan puntualmente de las tropelías y saña de unos personajes a los que no les falta más que la cruz gamada en su uniforme para encontrar un símil histórico de un ejército de ocupación y unos “tontons macoutes” que no necesitan mayor identificación. Supongo también que estos reporteros son comunicadores sociales, o están en vías de serlo, y aquí entro en materia, por lo que es más preocupante, si cabe, el estado del uso del idioma en nuestro país, como ya denunció hace años el maestro Rafael Cadenas.
         Para mi entender existen al menos tres factores concomitantes que nos permitan poder entender las causas de este pobre estado: la falta de maestros acuciosos que corrijan los errores desde la primera enseñanza y las aberraciones de los idiolectos populares, la falta de lectura que enriquezca el léxico, y un prurito propio de las clases menos favorecidas, social o culturalmente, de intentar elevar el registro por la falta de confianza en sus propios recursos.
         Aquí aprovecho para recordar a mi admirada amiga, la profesora Yajaira Arcas, y su explicación del paso del pelo al cabello en los barrios populares. Tal vez habría que añadir un cuarto factor, a caballo entre el primero, los maestros, y el tercero, el registro, y son los cuentos de camino, esos que siguen afirmando que las mayúsculas no llevan tilde o que el quisiese es de un registro inferior al quisiera. Vemos con asombro, y no sólo en este colectivo, pues políticos y profesionales varios no se libran de este estigma, la desaparición de verbos como mirar (¿por qué me ves?; porque no soy ciego), oír (puse el despertador a las 3 para escuchar unos tiros con gran deleite) poner (¿cuándo empezarán las gallinas a colocar huevos?), abrir (apertura la boca que no te escucho); sustantivos como pelo (¿cuándo iremos a la “cabellería”?), todo es un evento, ya no hay actos, hechos, accidentes, elecciones, todo son eventos, las famosas palabras muletas, el daño irreparable que el complejo de inferioridad ante el inglés, el papanatismo, nos está produciendo, no sólo a nivel léxico, sino sintáctico, con un uso no idiomático, por ejemplo, de la voz pasiva: “...unos guardias fueron quemados...”.
         Y volviendo a nuestros reporteros, y pasando de las muletas a las muletillas, produce una mezcla de hastío y risa la repetición como un mantra de “lo que es” o “lo que sería”: “lo que es la calle tal...”, “lo que sería la manifestación de hoy...”; el “a nivel”: “estamos a nivel de la calle tal...”; el “como tal”: “los resultados de la represión como tal...”.
         Y como colofón y para terminar, pues este es el objetivo de este escrito, transcribo algunas, unas pocas, de las expresiones que tengo apuntadas para ilustrar este mensaje, o reflexión con más sencillez: “Hicieron barricadas con troncos de árboles y otros utensilios”; “nos activaron bombas...”; “le propinó una herida...”; “la resistencia y los funcionarios enfrentan sus diferencias...”; “realizaron palabras...”; “nos detonaron perdigones...”; “realizaron detonaciones...”; “accionaron con sus armas...”; “algunas personas se realizan fotografías” (oído justo mientras escribo); “están aperturando un canal...”; “pueden colocar detenidos en cualquier momento”, y así hasta el aburrimiento. ¿Qué les parecería a estos jóvenes reporteros si alguien, yo por ejemplo, dijera: “nos lanzaron bombas”, “nos están disparando perdigones”, “le produjo una herida”, “dijeron palabras”, “resistencia y policías se enfrentan”, “dispararon”, “se hacen fotos”, etc.
         Muchachos, seguiremos oyendo sus crónicas con el corazón en un puño, pero parafraseando a un santo que no viene a cuento, podremos decir: “¡Oh, Dios, qué buenos reporteros si tuviesen un mejor lenguaje!”.

luisroberts@gmail.com





Año V / N° CLXIV / 7 de agosto del 2017


Otros artículos de Luis Roberts:
Titivillus [CXLV], 27 mar. 2017
Hablemos como el pueblo [CL], 1° may. 2017