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lunes, 27 de enero de 2025

Tópicos literarios: Amor post mortem (II) [CDXCVII]

Edgardo Malaver

 

 

Orfeo clamando por Eurídice (sin fecha), obra
del venezolano Pedro Centeno Vallenilla

 

 

[La semana pasada nos detuvimos en el cuento de Bécquer en que una muchacha de la Edad Media muere esperando que su amante, un noble que la ha deshonrado antes de irse a la guerra, regrese para casarse con ella. Para sorpresa de todos, la mano en que el joven le puso el anillo de matrimonio se resiste a ser enterrado... hasta que él regresa y se casa con ella en el cementerio. Ahora seguimos.]


         William Faulkner escribió también sobre la tenebrosa historia de Emily, cuyo marido murió en el lecho nupcial y ella prefirió que todo el pueblo murmurara que al poco tiempo de casarse la había abandonado a enterrarlo como indicaba la sensatez y pasó el resto de su vida durmiendo cada noche al lado de su cadáver.

         También en el siglo XX, como Faulkner, Gabriel García Márquez, invirtiendo los términos del tópico, en su cuento “Muerte constante más allá del amor”, reescribió aquel palpitante poema de Francisco de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”, en que el poeta le expresa a su amada que al “cerrar la postrera sombra sus ojos”, su alma abandonará su cuerpo, y él... “polvo será, mas polvo enamorado”. El personaje de Quevedo sabe, porque ha vivido amando intensamente, que seguirá amando después de la muerte. En el caso de García Márquez, la muerte del desahuciado protagonista sucede poco tiempo después de conocer al “amor de su vida”, una muchacha, mucho más joven que él. La muerte, sin embargo, no detiene el desarrollo del romance porque su vida anterior estuvo siempre vacía de todo sentido, y la precipitación del final no hace más que señalarnos que, aunque postrero, el amor terminó siendo el centro de la vida del personaje, que, además, no dejó de ser amado por su joven amante simplemente por haber muerto.

         Y, con tanto tiempo como ha pasado, la más impresionante de las historias de amor más allá de la muerte sigue siendo la narrada por el antiguo mito de Orfeo y Eurídice, que se enamoran gracias a la música de la lira de él y que son separados por la muerte al morder una serpiente un talón de la joven ninfa. Orfeo entonces emprende el camino en busca de la laguna Estigia y logra que Caronte lo transporte al reino oscuro de la muerte. Y ahí suplica Orfeo, con su música, a Hades que le conceda a su amada esposa volver a la luz de la vida, y Hades, conmovido, le autoriza a Eurídice a volver, pero le pone a Orfeo una única condición: caminar de regreso al mundo de los vivos sin volver la mirada para ver si su esposa viene detrás de él, porque si lo hace la perderá para siempre. Cuando están ya muy cerca del final del camino, el joven enamorado duda y, percatándose de que no ha oído ni un ruido remoto de los pasos de su amada, piensa que todo puede haber sido un sueño, que Hades puede haberlo engañado. De modo, que voltea para verla y lo único que logra ver es la bocanada de humo en que se convierte ella... para siempre. Y esto es suficiente para responder mi pregunta de si los tópicos literarios serían griegos antes de ser latinos. ¿Cómo pude dudarlo?

         En total, el elemento más sospechoso de este fenómeno no es que sea un lugar común, porque, al fin y al cabo, un lugar común expresa siempre una verdad. El rasgo que los ha hecho permanentes, más que la repetición, es (o tiene que ser) el vínculo con la existencia humana. Cualquiera diría que, habiendo existido desde la época antigua, se tendrían que hacer gastado con los años, con la recurrencia, con la reescritura constante. Sin embargo, los tópicos literarios hablan de los grandes temas que deleitan y atormentan a los seres humanos: la vida, la muerte y el amor, razón por la cual no hacen más que fortalecer nuestra firmeza en la idea y el sentimiento sobre el mundo y sus cosas, sobre la vida y sus detalles.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCVII / 27 de enero del 2025

 



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lunes, 20 de enero de 2025

Tópicos literarios: Amor post mortem (I) [CDXCVI]

Edgardo Malaver

 

 

 

Beatrice (1819), de Washington Allston

 


 

         No creo haber oído a nadie más que a los españoles utilizar esta palabra. O sí: a los médicos (incluyendo, naturalmente, a los médicos españoles). Ah, también a los lingüistas. Pero es quizá el uso que le dan los retóricos —¿estos pertenecen al grupo de los lingüistas?— el que puede hacerme detener cualquier cosa que esté haciendo para entretenerme con ella, como niño que por primera vez mira fuegos artificiales.

         Para ser más claro, sea adjetivo o sea sustantivo, signifique ‘trivial’ o ‘de uso externo’, ‘tema’ o ‘frase hecha, el uso que tengo entre ceja y ceja desde hace días es el que el diccionario define así: ‘lugar común que la retórica antigua convirtió en fórmulas o clichés fijos y admitidos en esquemas formales o conceptuales de que se sirvieron los escritores con frecuencia’. Dice “se sirvieron”, pero la verdad es que todavía se sirven. Como ya entraron los escritores en el baile, ya puedo decir que en este caso se llaman tópicos literarios.

         ¿Y qué tópico ha atraído más a los escritores que el del amor más allá de la muerte, o, para llamarlo por su nombre de pila, el que le dieron en Roma, amor post mortem? (Ahora que digo esto, se me ocurre que deben haber sido griegos antes que latinos: έρωτας μετά θάνατον [erotas metá thánaton], amor post mortem.) En el Renacimiento florecieron como un jardín cuidado con esmero, pero ya antes de esas fechas Dante Alighieri había dedicado “la mitad de su vida” a contarnos la historia en que él mismo, ajeno a toda duda, se encontró atravesando el mismísimo infierno en busca de su adorada, bella, ajena y difunta Beatriz. Y la busca después en el Purgatorio. Y la busca después en el Paraíso. Qué mísero homenaje le hago a tan amoroso recorrido.

         Todavía en la Edad Media, algún juglar castellano recompuso como romance alguna historia que contaba el pueblo español sobre un noble, el conde Olinos, enamorado de una princesa cuya madre ordena matarlo “porque para casar con ella le falta la sangre real”; enterrado uno a cuatro pasos del otro, renacen en forma de arbustos cuyas ramas se enredan y se abraza, y la reina ordena cortarlas. Y entonces se convierten en aves que vuelan juntas por el cielo. Y hay versiones del romance que continúan la historia diciendo que, perseguidas y muertas por orden de la reina, las dos amantes aves, se convierten en un arroyo que sana las penas de aquellos que nunca lograron consumar su amor.

         Fue este lugar común, esta “frase hecha”, esta metáfora, esta imagen poética, innegablemente poética, de la victoria del amor palpitante sobre el fin definitivo e irremediable la que conducía la mano de Edgar Allan Poe, en el siglo XIX cuando escribía, por ejemplo, cuentos como “Ligeia”. Poe estaba tan convencido del poder del amor para vencer a la muerte que sus personajes masculinos, si no estaban enamorado de una muchacha que estaba a punto de morir, no se sentían propiamente ellos, y podían vivir el resto de su vida en el “reino junto al mar” donde yace su joven enamorada; los femeninos, por otro lado, son capaces, como Ligeia, emprender el viaje de regreso a la vida para resucitar en el cuerpo recién fallecido de la segunda esposa de su apuesto galán.

         Romántico como Poe, también Gustavo Adolfo Bécquer escribió con ese mismo ímpetu “La promesa”, aquella historia medieval en que la protagonista confía en la palabra de matrimonio que le da su amante, un noble que se hace pasar por campesino y que se va a la guerra prometiéndole volver para “reparar” la “falta” que ha cometido presa de la pasión; la muchacha muere antes del regreso de él, e, inexplicablemente, desde que la entierran, la novia mantiene fuera de la tumba la mano en que el conde le ha puesto el anillo que simboliza su compromiso. Mientras tanto, en los campos de batalla, él sufre la persecución de una misteriosa mano que lo protege de todos los peligros. Al enterarse de que la joven ha muerto, vuelve, se casa con ella en el cementerio, y en ese momento, la mano entra finalmente en la tumba.


(Continuará la semana próxima.)


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCVI / 20 de enero del 2025





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lunes, 28 de febrero de 2022

Plumas de gallina en una plaza [CCCLXXX]

Edgardo Malaver Lárez

 


  

Marisela, obra de Douglas Castillo, mira
el cielo en Apure, Venezuela

 
 

 

         San Felipe Neri (1515-95), según cierta tradición oral, una vez escuchó la confesión de una mujer que se arrepentía de haber calumniado a una vecina. El santo vio en ella la pena del remordimiento y le explicó que, excepcionalmente, le iba a poner la penitencia antes de darle la absolución. Le pidió que fuera a su casa y eligiera la gallina más gorda que tuviera. Luego, la penitente tenía que buscar el centro justo de la Plaza de San Pedro y desplumar ahí la gallina. Sólo después podía volver al confesionario para recibir el perdón.

         La mujer fue a su casa y escogió la gallina, la llevó a la plaza y la desplumó y volvió al templo para contárselo al confesor. “Padre, deme la absolución porque he cumplido la penitencia”, debe haberle dicho, contenta de que hubiera sido tan sencillo. Pero el sacerdote, según la tradición, le contestó: “No, antes tienes que regresar a la plaza y recoger todas las plumas que le arrancaste a la gallina”.

         La lengua, como concluye Quevedo en uno de los tantos cuentos que se le atribuyen, es lo mejor que tiene el hombre, pero es también lo peor. Con la lengua hablamos de amor, con la lengua enseñamos cosas buenas a nuestros hijos, con la lengua bendecimos a Dios; pero también con la lengua nos insultamos unos a otros, con la lengua sembramos intriga entre los hermanos, con la lengua causamos dolor y vergüenza.

         Con una sola palabra puede uno salvar a una persona de la desesperanza y la soledad, pero también con una sola palabra puede hundirla y destruirla. Con una palabra cambió Santos Luzardo la visión que tenía Marisela de sí misma, que le permitió abandonar el estado de salvajismo en que la habían dejado sus padres para convertirse en una mujer bella y responsable de su propia vida. También con una sola palabra aquella ave infernal aplastó en el suelo, para siempre, al ya desconsolado protagonista del poema más célebre de Edgar Allan Poe.

         “Por toda palabra ociosa será juzgado el hombre”, les dijo Jesús a los fariseos. Y agregó que será por el uso de la palabra que se le perdonará o se le condenará. Años más tarde, un amigo suyo, Santiago, escribiría: “El que puede dominar su lengua será capaz de dominar todo su cuerpo”.

         Hablar, entonces, no es sencillo, no es cosa de juego. Hablar, en todos los contextos, es más bien arriesgado. No sabemos nunca qué camino van a tomar nuestras palabras ni qué semilla van a sembrar en los corazones donde caigan. No es sensato pensar que las palabras son apenas eso, palabras. No hay palabra que sea solamente una palabra. Las palabras pueden ser piedras que hacen heridas, murallas que no se pueden saltar, océanos que se pueden cruzar.

         Además, las palabras se las lleva el viento, como se llevó las plumas de la gallina de aquella calumniadora. Recurrimos a esta expresión para implicar que lo que se dice carece de firmeza y significado, pero resulta que ahí está justamente el peligro, porque el viento se devuelve, siempre se devuelve. Y la suave brisa que soplaba cuando dijimos una "simple" palabra puede regresar convertida en huracán. Y no se puede hacer nada para detener un huracán.

         En suma, hablamos más de lo que es sabio hablar, hablamos demasiado sin pesar las palabras que decimos, y lo menos que hay que hacer en la vida es usar la palabra con descuido. Decir es adquirir un compromiso, sea para bien o para mal. Decir nos ata a lo que hemos dicho, sea que hablemos para acariciar o para golpear. Por algo en algunos países les dicen a los arrestados, como en las películas: “Tiene derecho a permanecer callado. Todo lo que diga puede ser y será utilizado en su contra”. El silencio, por ende, también tiene su valor, y no se lo lleva el viento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXX / 28 de febrero del 2022

 

 


 

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