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lunes, 26 de abril de 2021

La palabra más joven de la historia [CCCLIV]

Edgardo Malaver

  

 

Adán poniendo nombre a todas las criaturas en Adam und Eva
im Irdischen Garten (1829), de Johann Wenzel Peter

 

 

         En 1985, cuando murió Rock Hudson, los periódicos comenzaron a usar un término que, por fortuna, no tardaría en desaparecer: cáncer gay. Hubo gente que tardó en abandonar la idea de que el sida les daba únicamente a los homosexuales, y, quién sabe si por consecuencia del exceso de caroteno de muchos periódicos americanos (y del resto del mundo), un gran número de personas pensaron eso exclusivamente porque Hudson y otros que poco después murieron de aquella despiadada enfermedad habían sido homosexuales. Los periódicos terminaron entendiendo que personas que ni siquiera hubieran tenido relaciones sexuales en su vida podían contagiarse y dejaron de usar aquel horroroso término.
         ¡Pero...! Pero fuera por la crueldad de la enfermedad, que asusta hasta aquellos que estaban más lejos de ella, o por la crueldad del corazón humano, al que le cuesta Dios y su ayuda ablandarse, desembocamos en una palabra que proviene del nombre que le dieron los científicos a la enfermedad y no de las conductas y apetencias de los pacientes, pero que igualmente revelaba la repugnancia que se siente con respecto a todo aquello que está a su alrededor. La palabra que nació entonces fue sidoso.
         Le ponemos el sufijo -oso, que puede tener connotaciones muy positivas y bellas, también a ideas y sensaciones que nos repelen o que nos vulneran. Podemos decir, por ejemplo, cariñoso, ‘que da cariño’; bondadoso, ‘el que tiene bondad’; milagroso, ‘el que hace milagros’, pero también decimos asqueroso, ‘que da asco’; achacoso, ‘que sufre achaques’, y la popularísima y contundente malasangroso, ‘que tiene mala sangre, que no es buena persona’. Y existe una que es la mar de curiosa porque parece haber sido creada por la gente que se cree muy intelectual y culta para señalar y discriminar a la gente que se cree muy intelectual y culta: culturoso.
         En el mundo de las enfermedades, comatoso, tuberculoso, gotoso no exigen más explicación. Si alguien está comatoso, ya se sabe qué tiene, pero la palabrita, ella sola, no deja de hacer que uno sienta un cierto temblor de impudicia y contaminación, aunque el coma nada tenga que ver con microbios, bacterias ni virus (bueno, hasta donde llega mi ignorancia).
         Pues esas palabras, tan despectivas, que usamos para referirnos a quienes padecen algunas enfermedades son buenas y santas si las comparamos con una que no puede tener más de un año en el aire, como las benditas gotículas, y que yo acabo de oír apenas este fin de semana: covidoso. “Mientras no vayas a traer un novio covidoso a la casa...”, le dijo hace dos días una vecina a su hija adolescente que manifestaba su deseo de liberarse de la cuarentena.
         ¿Cómo podía esta enfermedad pasar por nosotros sin detenerse a repujar su huella en la lengua? Desde que Adán recibió la misión de nombrar todo lo que encontrara en el mundo, no se había visto ni oído una denominación tan acertada, a no ser, claro, porque es injusto con la víctima en lugar de ajusticiar al cruel victimario. Ni el sida, que parecía el monstruo más espeluznante al que nos habíamos enfrentado, había sido capaz de barrer con nosotros en tan breves períodos de tiempo. Y así también es impresionante cómo apenas en un parpadeo el término científico en inglés coronavirus disease llegó a derivar en covidoso en español. Ojalá que, del mismo modo, ya que todo en ella es velocidad, el año que viene podamos hablar de esta palabra en pasado y que el año siguiente haya caído en desuso.


19 de abril del 2021

emalaver@gmail.com

 

  

Año IX / N° CCCLIV / 26 de abril del 2021



viernes, 29 de enero de 2021

Las palabras del 2020 [CCCXLI]

Ariadna Voulgaris

 

 

Clayton Moore y Jay Silverheers como
el Llanero Solitario y Toro en 1956



         Me acabo de encontrar en la página de la Real Academia Española un artículo sobre “las palabras del año” 2020, escogidas por las academias nacionales. No tengo idea de cómo las habrán escogido, pero examinando la lista uno piensa que el año pasado no hablamos de nada que no fuera la crisis del coronavirus. Voy a comentar las primeras 10 de esas palabras:

 

asintomático

         Ya estaba en el diccionario de la Academia desde el 2001, pero estaba lo que se llama restringido al vocabulario que usan los médicos. Este año, su frecuencia en los labios de la gente se elevó tanto, que la Academia acaba de agregar en su entrada el uso como sustantivo. Es como un retoñito que le acaba de brotar a un árbol.

 

confinamiento

         Hizo su debut en el diccionario en 1843, y en el 2020 se dio el lujo de que la Academia le agregara una acepción: ‘aislamiento temporal impuesto a una población por razones de salud o de seguridad’. Es como un pajarito que está pensando en salir de su jaula.

 

contagio

         Contagio significa ‘contacto’. El diccionario de 1729 dice: “infección y corrupción del aire, enfermedad que se pega y comunica por el contacto”; pero miren esta belleza: “metaphoricamente el vicio ù daño que se participa por la comunicación”. ¿Y esta delicadeza que citan de Gabriel del Corral?: “esta misma noche saldré al campo para librar tu casa del contagio de mi desdicha”.

 

coronavirus

         Miren esta pequeña joyita que encontré: ¡virus significa ‘veneno’! La verdad es que a mí no me queda muy clara la explicación que da la Academia, pero sí sé ahora que la palabra latina corona se refiere a la aureola que rodea el sol. Y la corona esta que entra en la palabra coronavirus, como se ha dicho tanto en los últimos 12 meses, proviene del inglés crown, que popularizaron los científicos americanos en 1968. Oh, my God, menos mal que Astérix ya había derrotado a Coronavirus porque ¡qué ponzoña de palabra, Dios mío!

 

covid-19

         Ay, estoy cansada de esta “palabra”. Solo voy a decir dos cosas de ella: que apoyo la idea de Edgardo Malaver de que el femenino que le pone la Academia no es natural, y que al final la gente va a preferir coronavirus, que aun largo tiene menos sílabas. Ah, figura en el diccionario desde el año pasado.

 

cuarentena

Ya en Ritos hemos hablado de la cuarentena. Proviene de cuarenta, pero la tradición de que las cuarentenas duren cuarenta días feneció hace más de cuarenta años. Esta vez, un poco más en unos sitios, un poco más en otros, ha durado casi un año, y lo que se ve en el horizonte no es que nos vayan a devolver ese tiempo. Más bien vamos a quedar debiendo. El descubrimiento que hago con la definición que da la Academia es que el peine de 4.000 hilos de los telares se llama cuarentena también. Imagen terrible de todo lo que nos ha barrido este año. Esta palabra es como esas brasas que van muriendo y de repente sopla una brisita y vuelven a encenderse. Siempre vuelve a encenderse.

 

distanciamiento

         Lo que hasta ahora se ha llamado distanciamiento social, yo lo he llamado todo el tiempo “distanciamiento físico”. Nadie sabe los parientes y amigos que tiene hasta que se los encierran en una pandemia. Resulta que distanciamiento tiene esas dos formas: distancia entre los cuerpos y distancia entre los corazones, como en la canción aquella de Gualberto Ibarreto: “Aunque de tu pecho al mío no hay distancia, no hay distancia, yo solo tengo, amor mío, tu fragancia, tu fragancia, pues me han dicho que el distanciamiento anda de escopeta armao”. El distanciamiento, en sus dos formas, está impreso en el diccionario desde 1984.

 

incertidumbre

         Algunos en marzo del año pasado creíamos que más o menos en junio volveríamos todos a la escuela, a la oficina y al mercado. Oía a otros más osados hablar de octubre y noviembre y pensaba que sería demasiado para todos. Quién sabe si podremos volver a visitarnos este año algún día. La palabra certidumbre (y su negación, incertidumbre) pertenecen a un grupo de palabras que para mí suenan a antiguo y a sabio: muchedumbre, herrumbre, podredumbre, servidumbre, vislumbre, pesadumbre, mansedumbre, reciedumbre, techumbre. Encontré otras en Internet que acaban con -umbre, pero como no las conozco, no las copié. Es una mala costumbre.

 

mascarilla

         De pequeña, me preguntaba qué era una carilla y por qué algunos querían más. Ahora me encuentro todos los días todo tipo de chistes sobre la pobre palabra. Un humorista griego escribió hace poco: “El otro día llegué a casa con una mascarilla nueva, y mi madre ya iba a llamar a la policía”. Es otra de las palabras que la Academia ha modificado recientemente. Los académicos como que trabajan ahora más que los enfermeros.

 

pandemia

         Ya me estaba faltando a mí una palabrita griega en este revoltillo de latinismos. Pandemia significa ‘todo el pueblo’, ustedes sabían eso, pero les traigo la noticia de que ha existido desde que Afrodita fue Afrodita, aunque hace un año parecía un tecnicismo de médicos y microbiólogos. Anda por el mundo latiniparlante, según los académicos, desde 1557, pero en español la vimos aterrizar en el diccionario hace menos de 100 años. Esta debe ser la primera pandemia verdaderamente pandémica, es decir, que alcanza a “todo el mundo”. Por lo menos la palabra se está luciendo con todos sus atractivos y gracias entre tirios y troyanos, entre blancos e indios, entre moros y cristianos.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com


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Año VIII / N° CCCXLI / 28 de enero del 2021

jueves, 20 de agosto de 2020

Cóvid… con acento [CCCXII]

Edgardo Malaver

 

  

¿La acentúo, no la acentúo?

 

 

         Hemos ido pasando la pandemia de la enfermedad del coronavirus —para traducirla literalmente del inglés, el idioma en que le pusieron nombre—, hemos ido leyendo de todo sobre ella, hemos ido cambiando nuestros hábitos en casi todos los campos por causa suya, hemos ido renunciando hasta a pasear tomados de la mano por la playa, por un parque, por la calle en que vivimos, hasta hemos ido dando consejos y filípicas a nuestros vecinos, amigos y parientes que cumplen o no los “protocolos de seguridad sanitaria”, algunos hemos llegado al extremo de aprovechar la situación para escribir, y después de tanto esperar y tanto hacer, no hemos reparado en que escribimos mal el nombrecito de nuestros tormentos. No me refiero a su género gramatical, que otro no tiene y ya lo he tratado en otro rito. Me refiero a la ortografía de la dichosa palabra —dichosa porque pocas palabras han sido pronunciadas tantas veces por hora en una sola mitad de año en todos los países del mundo al mismo tiempo durante las 24 horas de cada día sin casi ningún cambio fonético, morfológico ni, desde luego, semántico, aunque seguramente sí pragmático, como esta, que pasará a la historia como la marca registrada del año 2020—. La forma en que escribimos la dichosa palabra en el mundo entero es, por lo visto, la misma. Sin embargo, en los lugares de habla española donde la pronunciamos como palabra grave —hasta ahora luce como lo más frecuente—, habría que escribirlo cóvid, porque las palabras graves, ¿para qué lo repito?, se acentúan cuando no terminan en ene ni en ese ni en vocal. Para que nadie me los objete, pongo ejemplos que terminan también con de: áspid, césped, récord. Si en algún lugar la pronuncian como palabra aguda, entonces no hay más camino que escribirla sin tilde, como unidad, comed, ardid, también para usar sólo ejemplos que terminen con la misma consonante. ¡Esto es todo, amigos!

 

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCCXII / 20 de agosto del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver

Qué arrecho

Animales y lengua humana

Los más pendejos

Tiros que salen por la culata

Ah, su madre

 

lunes, 8 de junio de 2020

Los varoncitos de las enfermedades [CCCVI]

Edgardo Malaver



En el mundo de las curvinas tampoco es fácil
reconocer el femenino del masculino




         El 4 de mayo de este año, Luis Roberts publicó aquí un artículo titulado “La RAE y el coronavirus”, cuya conclusión era que, como el sustantivo covid hace referencia a una enfermedad, su género debía ser femenino. Comentaba además que existe un grupo de académicos que argumenta que debía ser masculino “por tratarse de ‘un sustantivo’”, con lo cual el autor no está de acuerdo; pero en realidad lo único que es masculino en toda la discusión es el virus mismo y no la enfermedad. De modo que, diga lo que diga la Academia, ahora deberíamos decir la covid y no el covid, como tanta gente dice. Tengo que respaldar a Roberts en su rechazo a esa postura sobre el masculino de la recién nacida palabra porque es ridícula, pero me cuesta mucho apoyar la del femenino.
         Aunque parezca que no, aunque últimamente parecen ser los científicos, no los académicos (los de las universidades, no los de la academia, aunque también ellos, a veces) ni los movimientos sociales ni los promotores de ideologías ni los políticos bien vestidos los que deciden cómo van a llamar los hablantes a las cosas. Bien que pueden, lo malo es que tampoco sugieren, sino que pretenden imponer, como si tuvieran derecho a ello… o como si fuera posible. Hay, sin embargo, miles de casos en que la ciencia, el arte, la religión, la política han creado una cosa nueva, un concepto nuevo y se esmeran en ponerle como nombre una palabra nueva y, ¡pun!, viene la gente y la llama de otra forma. Hace como un año, una cajera de banco me corrigió malencarada: “Señor, esto no se llama dinero, se llama efectivo”.
         No me imagino si en el pasado, remoto o reciente, habrá habido esta discusión sobre el genero de las enfermedades, pero, tal como nos diría, una vez más, el viejo Saussure, no hay manera de preverlo: en esto manda la arbitrariedad. Para ahorrar tiempo y espacio, les pregunto: ¿todas las enfermedades tienen nombres femeninos? Vamos a ver: alzheimer, bocio, botulismo, cáncer, carbunco, catarro, dengue, lupus, resfriado común, sarampión, tétano, tinitus, vértigo, vitíligo son varoncitos. Hasta el acné y el alcoholismo son considerados enfermedades y no tienen nombres de niña. Incluso asma, cólera, ébola y sida, que terminan con a y todo, son palabras masculinas.
         Yo creo, por si fuera poco, que covid, además de que está destinado a perder ese número tan extraño —¿quién ha visto enfermedad numérica?—, más posiblemente termine llamándose coronavirus que covid: es demasiado difícil pronunciar esa de al final.
         No sé para qué lo repito. Siempre les digo a los estudiantes: uno no va a la pescadería y cuando por fin logra captar la atención del vendedor le pide un minuto para llamar al director de la Academia y preguntarle cómo se llama el pescado que quiere comprar. Uno llama el pescado como lo llaman las señoras que están alrededor y que saben prepararlo. Y eso es lo que hace, hacemos, con todas las demás cosas... y así aprendemos si son niñas o varoncitos.

emalaver@gmail.com





Año VIII / N° CCCVI / 8 de junio del 2020

miércoles, 6 de mayo de 2020

La RAE y el coronavirus [CCCII]

Luis Roberts



La Cúpula Genbaku (1915) de Hiroshima resistió
el bombardeo atómico de 1945



         Recuerdo que cuando la enfermedad terminal de Chávez, todos los taxistas, al menos los de Caracas, se convirtieron en expertos oncólogos, que, en cuanto abordabas el taxi, te ponían al día, te daban diagnóstico, origen, ubicación del psoas, etc. Hoy, por varias y lógicas razones, los taxistas han sido sustituidos por las redes sociales, esas corralas donde la gente se desgañita, se pavonea o se insulta, y en plena pandemia, sobre todo, opina. Hay miles de científicos especialistas, virólogos, epidemiólogos, etc., trabajando, tanteando, por ensayo y error, como se avanza en la ciencia, pero en las redes sociales, hay miles de “expertos”, “enteradillos”, que todos los días nos recomiendan la sangre de Cristo, el secador de pelo, la lejía con vainilla, o el whisky a todo dar. Las redes sociales del siglo XXI son como la energía nuclear del siglo XX: sirve para curar el cáncer o para destruir Hiroshima. Y, claro, en plena cuarentena, para matar el rato los tontos se dedican a decir las mismas tonterías que siempre han dicho los tontos, pero ahora con eco digital.
         Pues resulta que los dignos miembros numerarios de la Real Academia Española, por quienes por el hecho de serlo siento un profundo respeto, excepto por uno, que no lo merece, han decidido reunirse para, “con urgencia”, encontrar “una posible definición y sus consecuencias” del coronavirus, palabra que no aparece en el DRAE. Ya han tenido la primera reunión telemática y la segunda ya se habrá dado cuando se publiquen estas líneas. Con todos mis respetos, insisto, no creo que sea tan difícil definir un virus que tiene un círculo protector-agresor de proteínas en forma de corona, de ahí su nombre. Lo de las consecuencias, no creo que los doctos académicos estén en medida de definirlas sino muy someramente, pues ni siquiera los epidemiólogos las conocen aún en su totalidad. Tanta urgencia viene dada porque desde el inicio de la cuarentena ha habido 84 millones de consultas a la RAE de palabras que sí existen, como pandemia, cuarentena, confinar, resiliencia, epidemia, virus, triaje...
         Dicho esto, hay una segunda discusión entre los académicos, en la que, ahora sí, me atrevo a participar, y esta es sobre el género de ciertas palabras relacionadas con el virus. El idioma inglés no tiene este problema y lo sabemos los traductores que traducimos un relato de un asesino en serie, depredador sexual y ladrón, y a mitad del relato aparece un she, ella, y hay que cambiar todo pues se trata de una asesina, depredadora sexual y ladrona. El alemán se defiende con sus neutros, que hacen tan complicado que un alemán atine con el género cuando habla español, pero las lenguas romances tienen todas su género bien definido, donde el pronombre es obligatorio en francés y en español mucho menos, pues casi siempre la terminación define su género. Parece ser, por la información filtrada, que no hay discusión alguna sobre el hecho de que el virus, masculino, el SARS-COV 2 —el 1 ya fue descubierto en 2002— es un acrónimo de severe acute respiratory syndrome (coronavirus 2), o síndrome respiratorio agudo grave, producido por un conavirus, el segundo que se detecta. Virus y síndrome son ambos masculinos, por lo que en español el virus que nos flagela es el SARS-COV 2, si queremos respetar el acrónimo en inglés.
         La discusión viene por la COVID-19 —sí, la— porque este es un acrónimo del inglés CORONAVIRUS DISEASE (enfermedad) 2019. Es decir, el virus SARS-COV 2 produce una enfermedad que es la COVID-19. Pero hay un grupo de académicos que arguye que por tratarse de un “sustantivo” debe ser masculino. Lo lamento, pero no puedo estar más en desacuerdo, es un acrónimo de una enfermedad, como la malaria, la tosferina, la diabetes o la hepatitis. Si algunos acrónimos de enfermedades se han sustantivado en masculino, como el sida, es sencillamente porque cuando apareció no se sabía exactamente lo que era, era un síndrome, y ese masculino del síndrome prevaleció a la hora de sustantivarlo. Así, que, cuídense mucho, que nadie les contagie el virus, ni se lo contagien a nadie, y así se libren de la COVID-19.

luisroberts@gmail.com



Año VIII / N° CCCII / 4 de mayo del 2020





Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 20 de abril de 2020

El drama de un lector en tiempos del virus [CCXCIX]

 Luis Roberts




 
James Joyce a la vista de todos en una calle de Dublín.
Escultura de Marjorie Fitzgibbon (1990)





         Sólo raras y justificadas veces me ha gustado escribir sobre experiencias personales, pero en el momento que estamos viviendo todo es raro y todo, en este sentido, está justificado. Los que me quieren me animan desde hace años a escribir una novela con contenido autobiográfico o una autobiografía novelada, pero o por miedo, o por esperar a vivir más y así tener más que contar, no lo he hecho, pero me da la sensación de que después de esto, de esta guerra que estamos viviendo, ya todo será otra novela para mí y para todos, así que igual me animo, si sobrevivo. Este introito no es más que una justificación de lo que voy a contar.
         Cuando yo tenía 18 o 19 años, y ya desde los 14 era un ávido lector, me arriesgué a leer el Ulises de Joyce y, para mayor inri, en inglés. Mi nivel de inglés y mi edad no daban para Joyce, así que abandoné a las pocas páginas el proyecto. Conseguí una traducción argentina, pero tampoco mi nivel de argentino era suficiente para superar la barrera de Joyce y también tuve que abandonarlo. Años, pocos, más tarde, se publicó una traducción decente y por fin conseguí leer esa maravilla.
         Esta cuarentena, que a mí en la faceta del enclaustramiento no me afecta tanto, pues mi vida normal es muy parecida: con las salvedades de la ida a la universidad y a hacer compras de alimentos, la dedico a pensar, a escribir, a corregir y, sobre todo, a leer. Hay un libro que hace años que quiero leer por mi admiración a su autor, Richard Dawkins, The God Delusion, que en Amazon vale sólo 20 euros, pero pedir hoy algo de fuera es un verdadero espejismo, porque si no nos mata el covid, nos puede matar la falta de gasolina y por lo tanto el hambre o el aburrimiento. Así que busqué en Internet (a veces me funciona), encontré y descargué una traducción española. Son 330 páginas, de las que llevo leídas 120, así que sé de lo que hablo. Es la traducción más espantosa que me he encontrado en mi vida, bueno, de las más espantosas, y lo peor es que el “traductor ad honorem” es venezolano; me di cuenta ya en la segunda o tercera página, con traducciones de un Oh, yeah!, como Sí, Luis, o con lindezas como escoñetao, entre otras huellas digitales. No digo el nombre por si alguien lo conoce y le hace pasar vergüenza. El hecho es que por masoquismo o por apego a mi oficio de corrector, no he dejado el libro a pesar de que, a veces, paso más tiempo juzgando los horrores de traducción, sintácticos, ortográficos, de puntuación, etc. que oyendo lo que me dice Dawkins, lo que me obliga a releer varias veces.
         Paradójicamente, siento por este traductor una cierta admiración: un hombre que, obviamente, sin ser traductor, ha dedicado ¡vaya usted a saber cuántas horas de su vida! a traducir un libro para subirlo a Internet con el solo objetivo de hacer llegar el mensaje de Dawkins, el mayor representante actual del ateísmo científico, a todos aquellos a quienes les interesa pero que no pueden comprar el libro. Es como los fansubs, los que suben a Internet subtítulos de series y películas “gratis et amore”, sin ningún parámetro de calidad, por supuesto, algo que es un trabajo por el que se cobra y del que vivimos miles de traductores.
         Afortunadamente tengo muchos libros físicos y virtuales con los que llenar mis horas de cuarentena, pero este, el de Dawkins, a pesar de los pesares, lo terminaré. Sí, Luis Roberts.

luisroberts@gmail.com



20 de abril del 2020 / Año VIII / N° CCXCIX



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 30 de marzo de 2020

Los chinos y el virus chino [CCXCVII]

Edgardo Malaver
 
 
 
Los inventos chinos parecen los más sencillos...
y los más bellos
 
 
 
         Siempre compadezco a los muchachos que estudian bachillerato en China. Tienen que estudiar lo mismo que tenemos que estudiar los demás, pero con profesores que les exigen una disciplina mayor —es la reputación de los maestros de aquel lado del mundo— y, además, con clases de historia nacional que abarcan más de 5.000 años. En Venezuela, es poco lo que hay que estudiar antes de la llegada de Cristóbal Colón. Y de Colón en adelante, acabamos de pasar los 500 años, de los cuales los atractivos son los últimos 200. Pan comido para los chinos, cuya historia en realidad comienza mucho antes del nacimiento del Hombre de Pekín.
         Sin embargo, basta decir la palabra chino en cualquier otro lugar del mundo para que se abra en todas las imaginaciones un anchísimo abanico de connotaciones, cuando menos, burlonas, discriminatorias, peyorativas. ¿Qué han hecho los chinos para merecer semejante fama?
         Para merecerlo, en realidad no han hecho nada, pero como han hecho tantas cosas, cualquiera se “confunde”. Han estado presentes y activos en tantos campos que se les atribuye la invención de la tinta, del papel, de los espaguetis (¡gracias!), de la brújula, del sismógrafo, de la pólvor... ¡Ah!, tan bien que íbamos. Es entonces cuando nos vienen a la mente los errores y fechorías de la minoría china que, como en todas partes, siempre se va por el camino fácil.
         La lengua sola nos muestra la foto de lo que pueden haber hecho o dejado de hacer. La principal acepción despectiva se refiere a la lengua precisamente: hablar en chino significa hablar de modo incomprensible; un cuento chino, como dice el diccionario, es un embuste. En Cuba, chino aparece en expresiones que se refieren a cualquiera que se deja engañar con facilidad, que no entiende lo que dice o lo que está sucediendo, que preocupa u ofusca a otra persona, que complica mucho las situaciones o que tiene mala suerte; incluso es sinónimo de varicela. En Ecuador, chino es el habitante de los “barrios bajos”. En Venezuela, puede significar ‘desnudo’ y la naranja china es la mandarina (también en Puerto Rico). Una acepción de la que me entero hoy leyendo el diccionario es que en algunos países el barrio chino es aquel donde abunda la prostitución.
         Por otro lado, algunas acepciones parecen implicar inteligencia (aunque no en primer plano): las chinas se llama a ese “juego que consiste en tratar de adivinar el número total de monedas que esconden los jugadores en el puño”; cualidades curativas, como el caso de ciertas raíces; ingenio artesanal, como el colador en forma de embudo o la porcelana. Una labor muy compleja o que requiere mucha paciencia o es cosa de chinos. Nadie se acuerda de la pasmosa sencillez de los papagayos.
         Últimamente, acusan a los chinos de haber creado el coronavirus de moda; lo más sano que se oye es que todo lo hacen de mala calidad, pero cuando se les ocurre crear un virus que se toma apenas 14 días en matar a su huésped, ese invento sí les sale bueno y resistente. Y como en Wuhan ya no hay cuarentena, muchos están celosos. No puede usted creer —¿cómo es posible que haya que repetirlo?— que la expresión virus chino significa que los respetables hermanos chinos son culpables de la actual pandemia. Muchos, sobre todo en las redes sociales, no logran desprender las palabras de sus prejuicios en contra de sus semejantes. Alguna gente es más saussureana que otra.

emalaver@gmail.com
 
  
Año VIII / N° CCXCVII / 30 de marzo del 2020
 
  

lunes, 2 de marzo de 2020

Si el coronavirus llega a América Latina, corona [CCXCIII]

Sara Cecilia Pacheco


 
Este virus (se) coronó hace más de 200 años.
La coronación de Napoleón (1807), de Jacques-Louis David


         Se sabe que en América Latina no somos monarquistas, nada de coronas, lo nuestro son más las democracias demagógicas, las dictaduras. De hecho, creo que por esa razón, el virus más famoso de este verano sureño no nació aquí.
         Erróneamente llamamos coronavirus al virus que está a diario en las noticias a causa de su rápida manera de contagiarse. En realidad se trata de un tipo de coronavirus, el COVID-19, que causa problemas respiratorios y es altamente contagioso.
         Los coronavirus se llaman así por la forma de corona que tienen sus puntas, es decir, tienen unas especies de coronitas en las puntas. Estas le permiten adherirse mejor a la mucosa y llegar a los pulmones, donde se pueden replicar con éxito.
         En este lado del mundo, coronas son las cervezas o las ínfulas que alguien pueda tener: Cree que tiene corona. Como verbo, tiene mucha riqueza. Mientras que en Venezuela coronar es tener relaciones sexuales en la primera cita, en Colombia y Ecuador, coronar es llegar a tener relaciones sexuales, expresión que en Perú sería más bien campeonar. A pesar de esos matices, la acepción similar a estas que recoge el Diccionario de la Real Academia es “Dicho de una persona: Engañar a su pareja con otra persona”. Asociado a la carga semántica de sexualidad, se me ocurre que la reproducción sería coronar a lo grande.
         En América Latina, no se puede asegurar que los sistemas de salud pública estén preparados para controlar la mortalidad por virus ya conocidos. De modo que si el COVID-19 llega a nuestras tierras, ¡corona!, y corona a lo grande, que es al fin y al cabo el propósito de la vida de un virus.

sarace.pacheco@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIII / 2 de marzo del 2020