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lunes, 28 de octubre de 2024

Cada quien con su síndrome (II) [CDLXXXIV]

Edgardo Malaver



Otelo y Desdémona, demasiado tarde ya
para descubrir la verdad




[Sigamos la lectura de la semana pasada con el síndrome
de Otelo. Les hago silencio.]

Por otro lado, gracias a William Shakespeare (1564-1616), es fácil comprender la naturaleza de un síndrome que lleva el nombre de uno de sus personajes más destacados: Otelo, que presta oídos a las perversas palabras de su envidioso consejero, Yago, quien constantemente le siembra sospechas sobre la infidelidad de Desdémona, mujer de Otelo. Estas personas normalmente atormentan a sus parejas imponiéndoles límites para impedir el contacto con personas del otro sexo y exigiéndoles conductas “honradas” que mantengan en reposo sus celos, reproches injustificados y sed de venganza. El síndrome de Otelo casi siempre conduce a la violencia y, en ocasiones, también, como en la tragedia de Shakespeare, al homicidio.
En el mundo del arte, igualmente existe un síndrome muy peculiar cuyo nombre no proviene de una obra ni de un personaje sino del nombre de un autor: el síndrome de Stendhal (1783-1842), que es un trastorno psicosomático que se manifiesta en aumento del ritmo cardíaco, temblores, mareos, confusión mental e incluso desmayos en presencia de ambientes, obras de arte y objetos extremadamente bellos o estéticamente dignos de admiración. El escritor francés experimentó estas sensaciones en un viaje a Florencia y fue quizá el primero que las describió en sus obras. El síndrome se presenta normalmente en artistas y personas muy sensibles. Es presumible que existiera antes de Stendhal, pero fue él quien puso de moda al menos el término en el siglo XIX.
Y, francesa también, como Stendhal, es Madame Bovary, personaje de la novela homónima de Gustave Flaubert (1821-80). En este caso, la protagonista vive crónicamente insatisfecha por causa del aburrimiento que le causa su vida matrimonial en un ambiente rural. Las personas (no exclusivamente mujeres) que padecen este estado se crean expectativas románticas y, en general, emocionales desproporcionadas con respecto a su realidad social, económica y psicológica. Semejante actitud les acarrea enormes problemas que no dejan escapar a la familia y a los amigos. Tales fantasías y deseos, tales sueños de sentirse libres de ataduras, les producen una constante insatisfacción que puede ser insoportable y conducir, muchas veces, a la decepción y la depresión.
Estos y muchos otros “síndromes” —que no me he ocupado aquí de usar el término en su estricto sentido científico— pueden observarse, deducirse, estudiarse a partir de las montañas de los libros que leemos. El ser humano que se toma a pecho su humanidad desea sacudirse esa perversa idea de que es aburrido, de que es complicado, de que es pretencioso andar con un libro entre manos, y sale a la calle llevando ya en la mente alguna idea de los rostros de la locura que va a encontrar aun en su propia calle; y también regresa a casa dispuesto a clasificar las imágenes humanas que ha recolectado
En suma, uno anda por ahí sin saber los complejos que tiene. Pero la literatura es tan buena y está inmiscuida de tal manera en nuestra vida que no hace más que lanzarnos esas insinuaciones, esas advertencias, esos avisos de amor que, de escucharlos, nos ahorrarían bastantes tropiezos. Y aquí sé que suena a que lo que leemos nos puede llegar a “proteger” de gente “peligrosa”. Sí, así es, también, pero esto va mucho más allá —o más acá, según se vea.
He dicho antes que todo libro es un espejo. Y dije antes aquí que lo que me impresiona más profundamente es que siempre es posible encontrar todos esos personajes, todos esos rasgos humanos, incluso todas esas condiciones psicológicas en lo que leemos en los libros, pero en realidad lo más impresionante, lo más aterrador es que al encontrarlos a ellos nos estamos encontrando a nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXXXIV / 28 de octubre del 2024


lunes, 3 de junio de 2024

Algún grave mal se oculta en Dinamarca [CDLXIII]

Edgardo Malaver Lárez



Glen Close como Gertrudis en Hamlet (1990), de Franco Zeffirelli



La sorpresa fue grande. Hace siete días, buscando una foto para ilustrar el artículo de la semana pasada, e intentando ser riguroso y no confiar más de la cuenta en mi memoria, abrí la versión digital de Hamlet que tengo en la computadora para copiar con precisión la celebérrima frase “Algo podrido hay en Dinamarca”. Después de varios minutos, no lograba encontrarla, ni siquiera limitando la búsqueda a la sola palabra podrido. Decidí buscarla en inglés en Google y la encontré de inmediato. Con ella me llegaron fotos de Lawrence Olivier, Mel Gibson, Richard Burton. Me decidí por Burton, pero ahora el problema no era la foto, sino el hecho de que mi archivo de Hamlet parecía estar incompleto. Entonces busqué la frase en español en Internet y otra vez apareció a la primera. Con los textos de los otros personajes del diálogo, volví al archivo en español, y... ¡pun...! Hamlet va siguiendo al fantasma de su padre y sus amigos Marcelo y Horacio van siguiéndolo a él, y en algún momento, para convencer a Horacio de continuar para saber qué busca el protagonista, Marcelo le dice: ¡“Algún grave mal se oculta en el reino de Dinamarca”! Pensé inmediatamente, invadido por el asombro: “Pero... hasta en las comiquitas aparece a cada rato la famosa cita”. Y busco el nombre del traductor y la fecha de traducción, y llego a la conclusión de que es probablemente a los traductores audiovisuales a quienes les debemos la popularidad de esta breve y densa muestra de la genialidad de Shakespeare. Resulta que fue el también agudísimo Leandro Fernández de Moratín, en 1798, quien por alguna razón traduce la contundencia de “Something is rotten in the state of Denmark” por la simpleza de “Algún grave mal se oculta en Dinamarca”. Por fortuna, parece que ha sido el único.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXIII / 3 de junio del 2024


martes, 16 de marzo de 2021

MARTIVS [CCCXLVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

15 de marzo del 44 antes de Cristo. La morte di Cesare (1805),
de Vincenzo Camuccini

 

 

         El acto tercero de Julio César, de William Shakespeare, comienza en el momento en que César, como tropezando con Escurpina, el arúspice que al principio de la obra le ha advertido que debe cuidarse de los idus de marzo, le dice: “Ya llegaron los idus de marzo y aún vivo”. Lo dice como ufanándose de haber escapado de la muerte, a pesar del augurio del adivino y de los presagios que él mismo y su mujer, Calpurnia, han tenido durante el sueño en la noche anterior. “Sí, César, ya llegaron, pero no han terminado”, le responde el adivino. El resultado de la escena es que un grupo grande de senadores hacen cola para apuñalar al dictador y al final, cuando el moribundo creía que iba a caer en brazos de un amigo, Bruto, este le hunde la última daga.

         El presagio que Julio César no supo interpretar —Plutarco llega a decir que se rio— cristalizó, sin embargo, en el primero de los días que durante el año los romanos consideraban de buenos augurios: el 15 de marzo, de mayo, de julio y de octubre (en el resto de los meses era el día 13). Como marzo era el primer mes del año, el 15 normalmente coincidía con el inicio de la primera luna llena.

         Al mismo tiempo, dado que los romanos no eran capaces de vivir sin estar inmersos en un conflicto armado (aunque fueran apenas enterrando cuchillos en la panza de algún gobernante), el primero del año tenía que ser el mes dedicado al dios de la guerra: Marte, o MARS, en latín. Tan influyente era Marte en Roma que su nombre todavía hoy sirve para hablar de aquello que tiene que ver con la lucha, la pelea, la confrontación, como en el nombre de las artes marciales. Era también el dios de la fuerza, de la violencia, de la pasión (sobre todo de la sexual y desenfrenada), de la sangre (y según algunos autores, del derramamiento de sangre), de la valentía y hasta de la virilidad.

         Ah, y miren qué coherente este rasgo: era esposo de Belona (la diosa guerrera, la beligerante) y amante de Venus; con esta última tuvo dos hijos, llamados Fuga y Temor. Los hijos de la guerra y el amor son la huida y el miedo, ¿cómo iba a ser de otra forma?

         El dios Marte no ha dado nombre solamente al tercer mes del año, también al tercer día de la semana y, ya que la Tierra se le adelantó en la repartición de órbitas, al cuarto planeta del sistema solar.

         En aquel marzo trágico comenzó una larga guerra que dio nacimiento al Imperio Romano. En marzo del año pasado comenzó también nuestra pelea contra la peste, que quiera Dios (ahora el de la mayúscula) que pronto termine yéndose al inframundo, como decían antes en Grecia.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLVIII / 15 de marzo del 2021

 





Otros artículos de Ariadna Voulgaris:

FEBRVAS

IANVS

Gaznápiro y cabeza e ñame

Tonto y atónico

Idiocia e imbecilia


lunes, 25 de abril de 2016

Un inca y una caraqueña [CV]

Edgardo Malaver Lárez


La actriz Maribel Alarcón personifica a Isabel Chimpu Ocllo en La princesa inca,
de Lola Artancho (Foto: J. Soriano)



         Los que hemos estado trabajando durante este mes de abril para sumarnos honrosamente al Día Mundial del Libro y del Idioma quizá estemos siendo injustos con el Inca Garcilaso de la Vega y con otros escritores, aun autores importantes para nosotros mismos. Dedicar el día de hoy, 23, a Miguel de Cervantes y a William Shakespeare, que murieron en esta fecha pero en 1616, puede ser un homenaje justo —puede serlo y ciertamente lo es— para dos personalidades literarias de las cuales puede afirmarse sin temor a exagerar que quizá no tengan nunca comparación en sus lenguas ni en las otras. Sin embargo, a poco de ponerse uno a examinar quién más ha estado relacionado con esta efemérides, descubre nombres que nos sorprenden y nos emocionan.
         En primer lugar, la propia Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que en 1995 escogió el 23 de abril para conmemorar la muerte del Manco de Lepanto y del Bardo de Stratford, no ignora nunca al Inca. Es el único americano del grupo y es el que nosotros no nombramos.
         El Inca Garcilaso nació en 1539, también en abril, ocho años antes que Cervantes y 25 antes que Shakespeare, de la unión de un conquistador español y una princesa inca, Sebastián de la Vega e Isabel Chimpu Ocllo. Recibió, a pesar de ser hijo ilegítimo, una educación de primera junto a los hijos bastardos de Francisco Pizarro (1478-1541), de quien era cercano colaborador De la Vega padre. En 1560, llegó a España y se hizo militar, pero su condición de mestizo representó siempre un obstáculo. Luego respiró la atmósfera humanística europea y terminó traduciendo del italiano la obra Diálogos de amor, de León Hebreo (1464-1523). Como historiador, escribió dos obras importantes: Historia de la Florida y jornada que a ella hizo el gobernador Hernando de Soto, publicada en Portugal en 1605, y Comentarios reales, cuya primera parte apareció también en Portugal en 1609 y la segunda un año después de su muerte. Ambas combinan historia y autobiografía, datos reales y defensa de su linaje incaico, geografía y literatura.
         Un punto harto atractivo de su obra es su visión de las lenguas habladas en ambos imperios. Dice, por ejemplo, en los Comentarios —o al menos comenta que así lo hace el Padre Blas Valera (1545-97)— que siendo la lengua castellana tan compleja, sería más inteligente que los españoles aprendieran la indígena en lugar de obligar a los indios a aprender el castellano. “Y, por el contrario”, agrega, no sin su pizca de ironía, “si los españoles, que son de ingenio muy agudo y muy sabios en ciencia, no pueden, como ellos dicen, aprender la lengua general del Cuzco, ¿cómo se podrá hacer que los indios, no cultivados ni enseñados en letra, aprendan la lengua castellana?”.
         Sin embargo, hay que añadirlo también, revela que los antiguos reyes incas hacían algo muy parecido: una vez conquistado un territorio, mandaban a sus nuevos vasallos aprender la lengua del emperador y enseñársela a sus hijos, lo cual aseguraba la paz. No cabe duda de que no ha sido la española la única lengua que ha acompañado al imperio dondequiera que se ha implantado.
         Garcilaso el Inca, entonces, murió, como Cervantes y Shakespeare, el 23 de abril; pero hay, además de los tres, autores que, por el mismo golpe de dados de la historia, tienen esta fecha en su biografía y tendríamos que homenajearlos también —leer sus obras, aprender de sus aciertos y errores, rezar por ellos—. Habría que acordarse, por ejemplo, del británico William Wordsworth, que vino al mundo en 1850, del francés George Steiner, que lo hizo en 1929, y, aunque nos sorprenda tenerla tan cerca y no percatarnos, de una mujer que murió en 1936 pero que desde entonces vive y vivirá siempre en ese latido inquieto que es la literatura venezolana: Teresa de la Parra.

emalaver@gmail.com





Año IV / Nº CV / 25 de abril del 2016

lunes, 27 de abril de 2015

Buscando como palito e romero [LIV]



         Hace unos días estaba sentada traduciendo en la tranquilidad de mi rincón y sin nadie que me perturbara porque todos se habían ido, lo que me permitió sumergirme en mis pensamientos. De pronto, abruptamente, la voz escandalosa de alguien rompió con mi concentración y mi amada tranquilidad. Esta persona, un personaje muy peculiar que se caracteriza por decir siempre lo primero que se le ocurra sin pensarlo demasiado y de manera atropellada, de pronto apareció hablando por teléfono y le decía a su interlocutor: “¿Dónde andas, chamo? Te están buscando más que a pajarito de romero”. Inmediatamente solté la carcajada. Me resultó tan graciosa la expresión que se acababa de inventar que no terminé de escuchar qué era lo que había pasado con la persona del otro lado del teléfono.
         Recuerdo que mientras me reía, decía: “Este Fulano, ¿cómo no va a saber que la expresión es te andan buscando como palito e romero? Todo el mundo sabe que... que...”. Entonces, ocurrió lo inevitable, lo que le ocurriría a cualquier amante de las lenguas: me dio mucha curiosidad saber de dónde venía esa expresión y empecé a buscar.
         Lo primero que hice fue investigar sobre el romero y me enteré de que esta planta viene de Europa, de la zona mediterránea, es una planta que puede alcanzar los dos metros y su flor es de un color azulado.
         Resulta que esta planta, en aceite, infusión o pomada, la usan para muchísimas cosas; tiene propiedades antibacterianas, antivirales y antiinflamatorias. Algunos aseguran que es buena para la diabetes, reumatismos y úlceras; y otros, más supersticiosos, usan el romero como purificador contra las malas energías, para espantar las pesadillas si lo colocan debajo de la almohada y potenciador del amor y el deseo sexual, entre muchos otros beneficios.
         Después de mucho indagar sobre los poderes de esta mágica planta encontré que se recomienda para pacientes con Alzheimer, pues resulta muy buena para la memoria; esta característica me llamó mucho la atención, no solo por haber tenido un familiar con esta enfermedad, sino también por la relación que esto pudiera tener con la expresión.
         En este punto de mi investigación ya tenía varios datos que podrían ser útiles:

1.    El romero es una planta con muchas bondades
2.    La planta es de origen europeo y es difícil de hallar en Latinoamérica
3.    Los venezolanos, o los latinos en general, creemos ciegamente en cualquier té, mejunje o mata que nos recomienden

         Con estos tres elementos parecería bastante lógico pensar que la expresión alude a lo difícil que es encontrar la milagrosa planta por estos lares; pero, aunque es una hipótesis bastante sólida, no es la única opción.
         Resulta que Rangel (2009) asegura que hay un cuento de camino que habla de un tal Arturo Romero que vivía en algún pueblito de los Andes; al parecer, este señor era muy flaco y por eso le decían “Palito” y un día en un bar se peleó con un gringo que pisoteaba la bandera de Venezuela y lo mató. Después de eso el señor se fue del lugar y se escondió muy bien para que la policía no lo encontrara y, así, nace la segunda hipótesis del origen de la expresión, que sugiere que esta viene de un apellido y no de la planta.
         Pero seguí buscando un poquito más y me enteré de que en Ecuador existe una expresión que reza: “Buscar algo con palito de romero” e inmediatamente la relacioné con esa cualidad que tiene el romero de ayudar a la memoria. Isan (2013) explica que el aceite de romero aumenta la memoria entre un 60 y un 75 por ciento, lo cual sustenta con algunos estudios hechos en el Reino Unido y lo que dice Shakespeare en alguno de sus escritos.
         Entonces, es posible que años atrás las personas usaran la esencia o el incienso de romero para “recordar” dónde habían puesto eso que buscaban, lo que pudo haber dado origen a la expresión ecuatoriana y esta, a su vez, haber migrado de “con palito de romero” a “como palito e romero” que usamos en Venezuela, que es la tercera hipótesis del origen de la expresión.
         Hasta el momento no he podido comprobar cuál de estas tres teorías es la correcta o si quizás se debe a una cuarta, pero confieso que todo esto me ha parecido interesantísimo y aunque quizás alguno de los lectores se sientan decepcionados porque no resolví el enigma, esto es más bien una invitación para que con palito de romero en mano continúen conmigo buscando el origen verdadero de dicha expresión.

“There’s rosemary, that’s for remembrance; pray you, love, remember; and there is pansies, that’s for thoughts...”.

William Shakespeare


Referencias
Isan, A. (2013). “El olor a romero aumenta la memoria hasta un 75%”. Ecología verde. [Disponible en http://www.ecologiaverde.com/el-olor-a-romero-aumenta-la-memoria-hasta-un-75/]
Rangel, R. (2009). [Comentario]. En Pabellón con Baranda. “Buscar ‘con palito e’ romero’”. [Disponible en http://pabellonconbaranda.blogspot.com/2007/04/buscar-como-palito-eromero.html]

Caracas, 2 de abril de 2015

aurelena.ruiz@gmail.com



Año III / Nº LIV / 27 de abril del 2015