Mostrando las entradas con la etiqueta El Cojo Ilustrado. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta El Cojo Ilustrado. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de noviembre de 2025

José Gregorio escritor (III) [DXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Américo Montero (sentado) interpreta a José Gregorio
Hernández en 1964. Lo rodean Mahuampi Acosta, Juan
Fránquiz y Alejandro Cortina. Foto: RCTV

 

 

 

         Entre los tres cuentos conocidos de José Gregorio Hernández (san José Gregorio Hernández, para más señas) quizá sea “Los maitines”, publicado por El Cojo Ilustrado en septiembre de 1912, el que en tiempos actuales pueda parecer más “misterioso”, más cinematográficamente “oscuro” e intrigante. Sin embargo, el texto es la descripción detallada de una madrugada de concentrada oración en el monasterio de la Cartuja, donde, como sabemos, el doctor Hernández pasó unos ocho meses entre 1908 y 1909. Con este dato en mente, es difícil no imaginarse al joven José Gregorio presenciando la escena de aquel grupo de monjes que antes del amanecer salen de sus celdas y desfilan en la oscuridad hacia el altar y hacia el coro y que oran en silencio por el bien del mundo entero, por “buenos y malos”, “para los que gozan y para los que sufren”.

         El cuento es quizá también el más poético de los tres. Anécdota casi no hay... la hay, pero no espere el lector encontrar un desarrollo narrativo que conduzca a un personaje de un estado inicial a otro más evolucionado. Es más bien una especie de fotografía de un instante en que un narrador señala algo que unos personajes hacen, aunque en cierto momento parezcan haberse quedado inmóviles. (Ah, una fotografía, ¿no es esta la metáfora que utiliza Julio Cortázar para definir el género cuento?)

         En el relato no parece pasar nada, los personajes en realidad casi no pasan por ninguna experiencia, pero ciertamente cumplen con una misión, la de orar por todos los demás seres humanos, mientras estos ni siquiera aparecen nunca en escena. A eso han decidido dedicar su vida. El mundo, mientras tanto, aparece al principio frío, oscuro, intimidante, a lo cual contribuye, por cierto, el repique da la campana del templo, que se expande por el solitario espacio físico, en el cual suspira algo de los escenarios becquerianos. Dice el narrador: “La densa noche cubre implacablemente el bosque de la negra caliginosa sombra; pero en aquella completa soledad la Cartuja recibe de lo alto una lluvia de serenidad y de paz”. Y para acompañar los escuetos tañidos, se suma la naturaleza: “Cabe el vecino riachuelo las ranas entonan el triste canto, su sola protesta contra aquella espesa medianoche sin luna”. Esta es la imagen con que el texto nos introduce en el mundo de los cartujanos.

         El final no es muy diferente. Dentro de la capilla, dice el narrador, “los libros corales proyectan sombras que semejan las ruinas de algún templo pagano y sobre las losas del pavimento aparecen como calaveras y osamentas, como las grandes tibias de esqueletos descomunales”. El final, además, no detiene las acciones, por más que estas sean escasas, lentas e introspectivas. Entonces, ¿qué ha cambiado? Que en el coro “el oficio divino se sigue desarrollando en toda su belleza”. Que la oración que se ha iniciado no se detiene. Que un día más (o una madrugada más) después del descanso, los personajes cumplieron su misión. Que la cotidianidad, la simple y sencilla cotidianidad en la que el hombre no puede evitar existir, se ha convertido para ellos en la labor más elevada a la que podrían haberse dedicado. Y el autor está indudablemente tan impresionado por el desarrollo de este fenómeno cotidiano que lo encuentra digno de ser contado.

         José Gregorio sin duda narra lo que lleva por dentro, que es tanto lo típico como lo indicado, lo que han hecho los poetas desde los tiempos de Ovidio y Homero y de los que existieron antes. Dice Jesús en el Evangelio que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Y esto es de lo que rebosa el corazón de nuestro autor, el científico venezolano que ha llegado más lejos en su carrera hacia el cielo. El hombre santo que ahora descubrimos que también tenía talento de escritor.

         La campana, que protagoniza el inicio del cuento, al final calla, pero los cantos y plegarias continúan. “La tierra y los demás astros”, dice el narrador, “continúan su incesante revolución en el espacio. Los hombres duermen o corren al placer por el ancho mundo. Las aves nocturnas ensayan su dulce canto”.

         Para resumir, “Los maitines” es un cuento en que pasan muy pocas cosas “llamativas” porque “objetivamente” trata de un rezo de maitines en un monasterio, pero “imaginativamente” parece una visión mística del narrador —y más que del narrador, del autor, que, como sabemos, está en una búsqueda honesta del infinito y de la gracia.

         En los tres cuentos que hemos comentado brilla ese elemento: la búsqueda espiritual, que se eleva en él por encima de las verdades demostrables. En los tres se asoma ese espíritu sereno que ha vivido intensamente su relación con el pueblo y con el conocimiento, con el arte y con la ciencia, pero por encima de la vida misma, quiere apretar el lazo que une su humanidad con el cielo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIII / 3 de noviembre del 2025

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Ponerse hojas alrededor

Traductores de lo intraducible

Cóvid… con acento

El traductor polémico

Histoire imprécise des belles infidèles


lunes, 27 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (II) [DXXII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San José Gregorio Hernández
con una de sus hermanas,
presumiblemente en 1870

 

 

         La codificación literaria del sentir de José Gregorio Hernández no se detenía en lo artístico: también se sumergían en lo filosófico. De hecho, su libro más conocido se titula Elementos de filosofía (1912). En este texto habla, sí, de filosofía, pero también de ciencia, psicología, lógica, siempre siguiendo la estrella de la espiritualidad y la relación del hombre con Dios. Son en realidad los mismos fines que persigue con sus cuentos, aparecidos el mismo año.

         En el relato “En un vagón”, el protagonista, la voz que escuchamos contar, es un verdadero narrador testigo: entra en el tren, se sienta y apenas nos dice que le emocionaba viajar sin compañía, entran tres personas en su vagón. De ahí en adelante, nos lo imaginamos, cual público de un partido de tenis, moviendo la cabeza según hablara el muchacho que se le sentó al lado con un libro en la mano, su madre, que lo tenía al frente o su tío, que estaba frente al protagonista. Estos otros tres personajes adultos despliegan durante todo el cuento sus equilibrados y respetuosos argumentos para que el joven estudiante abandone la lectura de esos “autores tan raros” que lo alejan del catecismo. Y el muchacho, sin despegar los ojos del libro, responde quizá con menos energía, pero igualmente convencido de su empeño de aprender todo lo que los libros le permitan aprender.

         El protagonista-narrador siente que se inclina hacia los argumentos de los mayores, pero siente también curiosidad por el libro que lee el muchacho. En cierto momento logra leer un breve pero significativo fragmento: “El hombre naturalmente desea saber: la presencia de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula, y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse”.

         Llegados aquí, comprendemos que es esta la idea (casi diríamos la emoción) que ha empujado a José Gregorio a escribir este texto, a un mismo tiempo tan argumentativo y tan emotivo, tan científico y tan filosófico. Al autor le interesan ambas esferas, si es que de veras son dos: la verdad que nos ofrece la ciencia objetiva, que a sus ojos no es más ni menos que la manifestación tangible de la verdad que nos susurra el espíritu. Y si habla de filosofía, es igualmente la verdad lo que le interesa: la filosofía es para él el estudio racional de la naturaleza de Dios e, innegablemente, de la naturaleza del hombre.

         El joven lector siente una desaceleración del tren y se asoma por la ventana, notoriamente para detener la conversación. Dice: “Ya llegamos” y se aleja de los mayores buscando la salida del vagón. El tío consuela a su hermana explicándole que todos en la edad del muchacho pasamos por esa etapa en que nos separamos de la fe, pero, gracias a madres como ella, muchos volvemos “a la siembra primera”.

         José Gregorio Hernández sabe que la sabiduría se adquiere gracias al recorrido que hacemos hacia ella, que no es un camino de rosas casi nunca, pero lleva en sí ese germen de la luz que espera para brillar. Y nada como la familia para sembrar la sabiduría en el espíritu como quien planta flores en un jardín.

 

[En la próxima edición comentaremos el tercer cuento:

“Los maitines”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXII / 27 de octubre del 2025

  

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Los chinos y el virus chino

La palabra cura no proviene del quechua

Los varoncitos de las enfermedades

Idioma inferior e idioma... inferior

La lengua es castigo del cuerpo

lunes, 20 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (I) [DXXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La multiplicación de los panes y peces
(1897), de Arturo Michelena

 

 

         Muchas veces pensé en las últimas dos décadas, o más, que nunca lo vería, es más, que nunca llegaría a suceder. Ha pasado más tiempo en otros casos, con más obstáculos, menos fe quizá —aunque parece que nunca menos esperanza—, tanta gente ha muerto sin ver cumplido tamaño anhelo, que alguna vez me dije: “Si va a suceder, será cuando mis nietos sean ya ancianos, quién sabe”. Pero el día finalmente llegó y fue ayer. Ayer, en la Plaza de San Pedro de Roma, el médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919) fue declarado santo de la Iglesia Católica.

         No es que los venezolanos hayan esperado hasta ayer para amar y respetar a este conciudadano hasta el extremo, pero ahora puede, con apego a las normas, tener la vida del doctor Hernández como ejemplo de conducta virtuosamente cristiana e incluso de heroísmo en la vivencia del amor a Dios y a los semejantes. Ahora está permitido hacer con él lo que desde hace siglos y siglos se hace con personajes que, en algunos casos, debido a la falta de información precisa y confiable, incluso se duda de que hayan existido: venerarlo en los templos católicos. Ya comenzarán a aparecer parroquias que lleven su nombre, quién sabe si esta misma semana.

         Lo que no se duda en absoluto —ni siquiera lo dudan los que no dan ni un centavo por los asuntos de la fe— es que José Gregorio Hernández haya sido una mente brillante y disciplinada, un científico respetadísimo en su época y un intelectual que no se dejaba engañar por los artificiales límites que el hombre moderno quiere ver entre las ciencias y las humanidades. Y su amor e interés por todo lo humano era de tal dimensión que, además de todo, también era escritor. Sí, escritor, como Gallegos.

         En el año 1912, José Gregorio —perdón, es que en Venezuela casi nadie lo llama de otra forma, ni siquiera en ambientes formales o académicos—llegó a publicar por lo menos tres cuentos en la prestigiosa revista cultural El Cojo Ilustrado, de Caracas: “Visión de arte”, “En un vagón” y “Los maitines”. De una vez les manifiesto que los tres exudan poesía, los tres se ciñen a la estructura esencial del cuento, los tres se adentran en el espíritu humano buscando diferentes rasgos y encontrando siempre al final... a sí mismo.

         El narrador de José Gregorio está, como él mismo, buscando a Dios, naturalmente. En “Visión de arte”, de los tres cuentos el primero en ser publicado, en junio de 1912, el protagonista (y narrador en primera persona) parece al principio estar escribiendo un libro. “Tomé la pluma”, dice al iniciar el relato, “y escribí con desencanto: ‘Capitulo segundo. El arte’”. A partir de esta imagen, el lector no acertaría a identificar en qué momento se funde la realidad del personaje con la ilusión de unas escenas que el narrador llama “fantásticas” y que inicialmente pueden traernos a la mente el comienzo  de “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Más adelante por las escenas majestuosas y gloriosas desfilan personajes que recitan la Ilíada en voz alta, inscripciones que podría haber escrito Virgilio, coros celestiales que parecen tomados del Apocalipsis, voces que le indican al personaje qué hacer a cada paso en una especie de región etérea y onírica.

         La “visión del arte” que presenta José Gregorio en este cuento no se limita a la elevación de la musa clásica de griegos y románticos, pues incluso hay una escena que parece típicamente caraqueña en que un “granuja” vocea números de billetes de lotería. No hace falta esforzarse para ver en este pasaje a Panchito Mandefuá y la humildad de su vida, recompensada con la cena celestial.

         No tarda en aparecer la imagen de Jesucristo en la escena de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús levanta los brazos al cielo en actitud de dar gracias al Padre, mientras en la mente del lector se dibuja el cuadro de Arturo Michelena que retrata aquel episodio. El protagonista es arrebatado a sitios para mostrarle todo el poder que posee como creador de belleza, y más tarde se le dice: “No tienes tiempo que perder”. Significativo, sin duda, pues se sabe que José Gregorio casi no descansaba de trabajar.

         Y justamente, en el terreno autobiográfico, es posible identificar en “Visión de arte” un rasgo que a primera vista puede ser juzgado de mínimo, pero el autor se encarga de mencionarlo al principio y al final de la narración, lo cual lo hace un tanto más claro que otros: la fragilidad de su salud. Al principio del cuento, cuando el personaje, ya tarde en la noche, se sienta a escribir, dice:

 

En medio de las tinieblas que cada vez más ofuscaban mi mente pude pensar que todo lo que me acontecía eran obras de mi imaginación cansada y estropeada por el trabajo de aquel día y por la enorme tensión eléctrica de la atmósfera.

 

¿La tensión eléctrica de la atmósfera? ¿Dónde querrá el autor que pensemos que está el personaje? Si volviéramos a esa línea sin haber terminado de leer el texto, podríamos pensar que es imposible imaginarlo, pero poco antes de terminar el narrador lo repite:

 

Tan luego pude coordinar mis ideas me puse a recordar lo que me había sucedido, pronto comprendí que era todo aquello una simple visión imaginaria producida por el cansancio y el estado atmosférico.

 

         El dato de las condiciones atmosféricas no es menor. José Gregorio ingresó en julio de 1908 en el monasterio de Cartuja de Farneta, Italia, donde permaneció nueve meses apenas, debido a que las condiciones climáticas de la región perjudicaban su salud, que nunca había sido vigorosa ni atlética. De modo que podríamos conjeturar que el episodio narrado en este cuento sea el recuerdo de una noche de meditación, de creación literaria o... de crisis de salud.

         El cuento, de forma metafórica, presenta a un José Gregorio Hernández que se siente artista e igualmente escucha la llamada de la fe, que parece desear que arte y fe converjan en una vida provechosa para él mismo y para los demás y, además, sea digna de los dones que ha recibido. Aunque el narrador termina describiendo todo aquello como una “simple visión imaginaria producida por el cansancio”, ni el texto ni la vida del autor se queda en el arrebato, sino que aterriza en la única realidad de que dispone: la vida asociada a un trabajo, a un camino, a un servicio que le permite realizar una obra y ofrecer sus frutos a todos.

 

[La semana que viene comentaremos el segundo cuento:

“En un vagón”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXI / 20 de octubre del 2025

 

martes, 15 de marzo de 2022

Quiero un libro de Magdalena Seijas [CCCLXXXII]

Edgardo Malaver

 

 

Barquisimeto, como lo conoció Magdalena Seijas.
Foto cortesía de Luis Alberto Perozo

 

 

 

         La semana pasada, cuando mi amigo Sérvulo Uzcátegui volvió a las páginas de Ritos de Ilación, como casi siempre, con reflexiones literarias, se me antojó que yo debía hacer lo mismo. Y para que hubiera alguna diferenciación entre nosotros, pensé que si él hablaba de autores hiperconocidos como Teresa de la Parra y Julio Garmendia, yo iba a escoger alguno de tantos cuyos nombres nadie recuerda. Y fue así como, escarbando entre mis anotaciones, volví a dar con una mujer del siglo XIX que, a pesar de los obstáculos, se las arregló para dejarnos silenciosas evidencias impresas de su existencia.

         La escritora Magdalena Seijas, según Rafael Ángel Rivas y Gladys García Riera, nació en Barquisimeto un día que no ha quedado anotado, tan poco se sabe de ella. En alguna época, sin embargo, una calle de la ciudad ha llevado su nombre. Si usted desea ir del Instituto Universitario Jesús Obrero al restaurant La Flaca Fast Food, que está tres largas cuadras más allá en la calle 54, puede caminar hacia el este por la carrera 22-A, que antes de llamarse así, se llamó Magdalena Seijas. También existe un auditorio Magdalena Seijas en el Instituto Pedagógico de Barquisimeto.

         Seijas escribió al menos cinco novelas, según el diccionario de Rivas y García Riera: Aves sin nido (1903), Amor y fe (1904), Raquel (1905), Un rayo de sol (1907) y Flor de martirio (1920). En 1919, un año antes de su muerte, publicó también una obra epistolar titulada Aventuras de dos muñecas, título que insinúa al mismo tiempo narración y poesía. Como ensayista, publicó en 1902 Responsabilidad de las madres.

         No parece haber —debo seguir investigando— libros de cuentos de la autora, pero Rafael Fernando Seijas (1845-1902) incluye un cuento suyo en el célebre Primer libro venezolano de ciencias y bellas artes, de 1895. El cuento, a la vez breve y contundente, se titula “Cosas del tiempo”, y su protagonista, Consuelo, que de principio a fin del relato está sentada frente al espejo, aparece como un retrato la mentalidad que la época imprimía en las jóvenes y que las hacía incluso verse a sí mismas como meras imágenes superficialmente bellas, pero totalmente inútiles para otros fines, ni siquiera para el crecimiento de su propio ser interior.

         Seijas narra serenamente, describiendo a su personaje solamente en aquellos detalles que conciernen a su belleza física y el esmero que constantemente pone en acentuarla y hacerla visible y, con el paso de los años, en mantenerla a flote cubriendo las fallas, hasta que sufre la cruel derrota del tiempo y la decadencia natural de los cuerpos. Consuelo descubre, después de una vida de mirarse al espejo y esperar que su belleza atrajera a alguien, que todo ha sido un engaño y que ha perdido el tiempo. No le queda nada más que llorar, y también con esa sensación del fracaso más nítido se queda el lector, que se pone de su lado, pero no puede hacer nada por las mujeres del pasado. A pesar de esto, el relato, como toda obra de arte concebida con el ser humano en el norte, nos trae al presente para revelarnos su poder persuasivo y su imponderable belleza.

         Conocía este texto desde hace unos meses, pero hace unas tres semanas me tropecé con una nota de El Cojo Ilustrado resucitado por Twitter, donde ponían un texto firmado por Magdalena Seijas y aparecido en la revista en 1896. El texto, brevísimo y exquisito, se titula “El ideal”, y cabría perfectamente en lo que hoy llamamos prosa poética. José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), que con justa razón goza ahora de la fama de cultivar como un dios esta forma de hacer poesía, tiene que haber bebido, a pesar de ser más joven, de la misma fuente que Magdalena Seijas. Donde Ramos Sucre dice, en “Preludio” (1925):

 

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor,

 

ya Seijas había dicho, en “El ideal” (1895):

 

Yo haré solitaria el viaje de la vida, pues sin ti todo me lastima, pero en las noches silenciosas, si oigo un arrullo que no es ni el gemir de la torcaz ni la queja del aura en la espesura, ¡creeré que es tu voz que remeda un nombre que no puedo descifrar!

 

Donde Ramos Sucre dice:

 

...de tal modo que este será el epitafio de nuestro idilio y nuestra existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita...,

 

Seijas ha dicho:

 

el hombre también perece cual la flor, y sólo quedan en el corazón huellas de recuerdos o sobre las tumbas epitafios que nadie lee...

 

         A estas alturas no puedo esconder que estoy sencillamente encantado con la desconocida Magdalena Seijas.

         Hace unas horas encontré una revista mexicana de 1902 en la que aparece una historia firmada por ella. Sé que es la misma de Barquisimeto porque comienza hablando del “caudaloso Santo Domingo”, que corre de Mérida a Barinas para unirse al río Apure. “La loca del cacaotal”, que tiene una prosa por momentos sencilla, por momentos profunda, pero siempre armoniosa, trata, como los otros dos cuentos, del amor, de la vida y de la vida ingrata de las mujeres en un mundo injusto. Zuna es una esclava de 19 años que ha decidido dejar de alimentarse para acabar con el sufrimiento de haber perdido a su hijo y de haber sido separada de su África natal, donde ostentaba el rango de princesa. Aunque su ama, Josefa, se empatiza con ella y le da comodidades para que recupere el deseo de vivir, Zuna enloquece y sólo llega a alcanzar la felicidad gracias a la muerte.

         A este ritmo, posiblemente para diciembre pueda armar un libro de cuentos dispersos de Magdalena Seijas. Necesito que pronto vuelvan a abrir las bibliotecas nacionales para ir a buscar las novelas. Si alguien del respetable público tiene noticias de alguno de los libros de esta joya larense y venezolana, qué bueno sería escucharlas. Quiero un libro de Magdalena Seijas.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXII / 14 de marzo del 2022

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver:

Plumas de gallina en la plaza

Ligeia, Annabel y otras mujeres de Poe

Traductores de lo intraducible

Tu misión, Jim, si decides aceptarla...

Ochocientas velitas