Mostrando las entradas con la etiqueta Edad Media. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Edad Media. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de marzo de 2020

Cuarentena [CCXCV]

Edgardo Malaver


 
Tapaboca de los médicos contra la peste
bubónica del siglo XIV


         En 1348, una epidemia y una cuarentena que abarcó toda Asia y Europa nos dejaron una obra que influyó tanto en la literatura posterior que autores como Cervantes, que nació 200 años más tarde, todavía seguían su modelo. Las cientos de historias que contaba el mar de gente que huía de Florencia desafiando cualquier prohibición debe haber dado a Giovanni Boccaccio la idea de escribir sobre siete mujeres y tres hombres que cuentan un cuento cada uno cada noche durante diez días. A aquella cuarentena tan lejana le debemos el Decamerón.
         Los rumores sobre la peste bubónica, o peste negra, llegaron a oídos europeos más o menos dos años antes. Los consejeros del papa Clemente VI calcularon que si la enfermedad llegaba a Europa habría unos 24 millones de víctimas. La peste se había iniciado en China, y entró a Italia a bordo de los barcos que atracaban en Venecia, donde las autoridades impusieron a la tripulación la obligación de permanecer en el puerto durante cuarenta días.
         ¿Por qué precisamente cuarenta? Pues parece que la razón fue la reputación de este número, su constante aparición en relatos de acontecimientos prodigiosos o sobrenaturales. Después de todo, más que un número, el 40 resuena como un símbolo.
         Antes de que Cristo pasara cuarenta días en el desierto como prólogo para su predicación, el pueblo judío había caminado durante cuarenta años también en el desierto. Y antes aún, Moisés había acampado cuarenta días en el Monte Sinaí para recibir, firmadas por Dios, las tablas de los 10 mandamientos. Y muchísimo antes que esto, en tiempos de Noé, cayeron sobre la tierra unas lluvias diluviales durante cuarenta días, que renovaron toda la fauna y la flora del planeta. Después de resucitar, Jesús esperó aún cuarenta días antes de ascender al cielo, y ahora los cristianos observan el tiempo de Cuaresma, que dura cuarenta días. En muchos lugares, las celebraciones de la Navidad terminan el 2 de febrero, día de la Candelaria, cuarenta días después del 24 de diciembre.
         Alí Babá también tuvo su encuentro cercano con el número 40 y no le fue mal. A Phileas Fogg debe haberle ido el doble de bien en su viaje alrededor del mundo. Y a Juan Luis Guerra, que se hizo famoso acompañado del número 4.40, todo el mundo lo quiere. Así que parece ser buen número.
         Etimológicamente, en realidad, la palabra cuarentena no esconde ningún misterio: proviene de cuarenta, que viene de quadraginta, equivalente a ese número en latín, sólo que se le define como el producto de la multiplicación de cuatro por diez, más que de cinco por ocho. El verdadero misterio, al menos en el siglo XIV, era el origen real de la enfermedad, porque la medicina estaba demasiado poco desarrollada para investigarlo. Lo que sí se sabe es que se le llamó bubónica debido a los bubones (inflamaciones supurantes de los ganglios) que brotaban en las ingles, axilas y cuello.
         Ahora, siete siglos más tarde, otra epidemia le está cantando las cuarenta a los seres humanos, ya no, se presume, por causa de las ratas sino de sus primos los murciélagos, pero igualmente dentro de la cuarentena, que ya no dura cuarenta días, unos optan por el rito de las cuarenta horas y otros por el libro de cuarenta hojas.
         Otro misterio es cómo finalmente retrocedió la peste, que se dio por desaparecida en 1361, después de acabar con la vida de 85 millones personas en Asia y Europa.

emalaver@gmail.com



Año VIII / Nº CCXCV / 16 de marzo del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 12 de agosto de 2019

Una niña de nueve años [CCLXX]

Edgardo Malaver


Oliwia Dabrowska, la niña del abrigo rojo de La lista
de Schindler (1993), de Steven Spielberg



         Mi profesora de Castellano y Literatura de cuarto año de bachillerato se sabía de memoria todo el libro de texto —sí, el de Raúl Peña Hurtado y Luis Rafael Yépez—. Lo descubrí una mañana que llegué tarde a clase, como cada martes y cada jueves, y me senté al lado de Shiraz Dahouk, la única muchacha árabe que había en mi grupo, para que me indicara por dónde andaban; Shiraz me mostró la primera página del capítulo, y yo lo busqué en el índice; después ella levantó tres dedos y yo interpreté que estábamos leyendo el tercer párrafo. A mitad de párrafo, se me cayó la quijada en el libro al percatarme de que la pobre mujer, caminando por entre los pupitres, recitaba, palabra por palabra, lo que decía Menéndez Pidal sobre el Cantar de mío Cid.
         Una forma sin duda poco estimulante para que los jóvenes estudiantes se interesen en un texto importante pero cuyo primer acercamiento será siempre difícil por causa de la distancia en el tiempo, aunque en teoría la lengua sea la misma. Algunos episodios de la historia de Rodrigo, sin embargo, no se dejaron opacar por aquel lastimoso ejemplo. Uno de ellos es el de la “niña de nueve años” que le advierte al Cid que debe irse de Burgos porque su presencia pone en riesgo a los habitantes, que han sido amenazados por el rey de perder los ojos si lo ayudan. Mil veces ha venido a mi memoria aquella primera impresión que me causó el demoledor abandono que significaba para el Cid el hecho de que fuera apenas una niña indefensa la que se atreviera a hablarle, mientras los demás, aun considerándolo un buen hombre, se escondían.
         Andrés Bello, sin embargo, nos sorprende con la idea de que esta niña que le habla al Cid no es precisamente un niña, sino más bien una naña, es decir, una anciana. Y nos da una buena explicación:

En la edición de [Tomás Antonio] Sánchez se lee una niña de nuef años; pero el razonamiento que sigue se atribuye a una vieja en la Crónica [del famoso cavallero Cid Rui Díez Campeador], capítulo 91; lo cual es infinitamente mas natural i propio, no habiendo nada en él que no desdiga de una niña, a menos que se la supusiese sobrenaturalmente inspirada, circunstancia de que no hai el menor indicio en la narración. Atendiendo a que la Crónica va aquí paso a paso con el Poema, tengo por seguro que está viciado el texto del códice de Vivar, o de la edición de Madrid, i que debemos leer “una naña de sesenta años”. Naña significaba ‘mujer casada’, ‘matrona’ [Berceo, Duelo, copla 174; Alejandro, copla 1017]; i suponiendo que los números se hubiesen escrito a la romana, como a menudo se hacía, era un lijerísimo rasgo lo que diferenciaba a nueve de sesenta. Facilísimo era que la pluma májica de un copiante trasformase a la naña de LX años en una niña de IX.
El Diccionario de la Academia Española trae nana en lugar de naña; pero que en el siglo XIII se pronunciaba naña lo prueban irrefragablemente los pasajes citados de Berceo i del Alejandro, en que consuena con sana, extraña, compaña, montaña, faciaña (fazaña, hazaña).

         El cine y la literatura han querido imitar... o han imitado sin querer esta imagen de la niña que se levanta inerme ante un gigante como Ruy Díaz de Vivar: la Cosette de Víctor Hugo, la vendedora de los fósforos de Andersen, la niña vestida de rojo de Spielberg. Y resulta que, en rigor, de veras que tiene mucho más sentido que sea una anciana.
         Aun así, la obra pervive. La serena palpitación de aquella lengua castellana inicial y de aquella historia real contada en términos de ficción nos ha conducido a otros caminos, también luminosos —celebro aquí la novela Mío Cid Campeador (1928), del poeta Vicente Huidobro—. No importa, entonces, el desdén de algunos o el descuido de otros, la sombra del olvido no caerá sobre el Mío Cid porque, como literatura, nos cuenta lo que no vemos dentro de nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXX / 12 de agosto del 2019


lunes, 27 de marzo de 2017

Titivillus [CXLV]

Luis Roberts


 
Virgen de la Misericordia con los Reyes Católicos
y su familia (1486), de Diego de la Cruz.
Arriba, a la derecha, Titivilus


  
         Les voy a contar una historia poco conocida en nuestro gremio, la historia de Titivillus. En la Edad Media, en Europa, había tres clases sociales: los nobles, protectores; los siervos, agricultores y artesanos, y el clero que rezaba.
         Estos últimos, además de sus rezos, también eran agricultores, artesanos y copistas de libros. A veces también traductores. Con la aparición de las ciudades no episcopales en el siglo XII, surge la figura del philosophus, lo que hoy llamaríamos “intelectual”, que generalmente también pertenecía al clero. Sólo una ínfima minoría de clérigos y nobles era alfabeta, la generalidad de la población era analfabeta. El libro era más bien un patrimonio, un enser valioso del palacio o del monasterio, cuyo destino era adornar más que ser leído. El propio Carlomagno, tan pío él, vendía sus libros para hacer caridades. Todavía hoy en día muchos nuevos ricos compran libros para rellenar sus bibliotecas, fijándose en el color de las tapas, lujo de la encuadernación, tamaño, etc. Pues algo así era entonces.
         La imprenta aún no se había inventado y los monjes copistas pasaban la mayor parte de su tiempo, entre rezo y rezo, en el scriptorium del monasterio o la abadía, trabajando afanosamente en malas condiciones, con calor y frío y a la luz de mortecinas velas, algo que tan bien conocen hoy en gran parte de Venezuela. Lo importante no era el contenido de los libros sino la forma, la belleza del trazo, la perfección de la copia, la exacta medida del blanco para que el miniaturista incrustase su ilustración. Lo importante del contenido del libro que se copiaba era que se trataba de libros religiosos, evangelios, antiguos testamentos, libros de horas, ensayos de santo Tomás, Alberto Magno, san Anselmo, etc., que por el hecho de laborar para difundir, muy poco, eso sí, la palabra de Dios, merecían la exención de días, semanas, o años de purgatorio para estos piadosos monjes escribas. Algo parecido a lo que hoy sería una acumulación de millas en una línea aérea. Pero tal vez porque rezaban incluso mientras escribían, cometían errores; errores ortográficos, disléxicos, palabras saltadas, lo que hoy llamaríamos errores de “tipeo” o de “atención desenfocada”. Esos errores eran considerados pecados y no sólo se perdían los años de purgatorio redimidos, sino que aumentaban espectacularmente los años de condena purgatoria haciendo que los pobres monjes se estremeciesen de espanto pensando en el negro porvenir que les esperaba en la eternidad de corto plazo.
         Ni Newton ni Murphy habían aparecido todavía, pero las manzanas ya se caían de los manzanos y siempre aparecía un corrector listillo que detectaba el error y anatemizaba al tembloroso curilla. Puestos a buscar una explicación a la causa de esos errores que los condenaban a purgatorios sine die, como algunos retornos modernos, no tardaron en encontrarla: sólo un demonio podía darse a la labor de hacer purgar sus errores a tan piadosos monjes. Dicho y hecho. Se inventaron un nuevo demonio y lo llamaron Titivillus. A partir de entonces lucharían para que Titivillus no les arrastrase al purgatorio y quién sabe si incluso al infierno.
         Apareció la imprenta y con ella los errores tipográficos que Titivillus seguía propiciando. El mundo se ha ido haciendo cada vez más descreído y ya sólo aparecen los demonios en las películas de terror, pero no cabe duda de que Titivillus sigue haciendo de las suyas, no ya entre copistas y tipógrafos, sino incluso entre escritores, correctores y traductores. Hace ya algunos años, quien tiene potestad e infalibilidad para el caso, anunció que el Purgatorio no existía, que era, eso también, una metáfora, como si el sufrimiento de un trocito de eternidad fuese una figura retórica, o una figura de estilo. Reconozco que mi alma descarriada conoció un gran alivio, pues ni ella ni el cuerpo que la contiene están para muchas purgas.
         Pobres monjes medievales, la de soponcios que se habrían ahorrado. Curiosamente, y de forma casi simultánea ¡ojo!, no insinúo que lo uno tenga relación con lo otro, ¡Dios me libre! el Word de Microsoft incorpora su corrector y años después el Todopoderoso Gates firma un acuerdo con la Real Academia Española para, entre otras cosas, supervisar ortográfica y sintácticamente el corrector que corresponde al español internacional. Piensen, pues, que Titivillus les va a seguir acechando, tentando y llevando al error y que si ya no tienen un purgatorio para expiar sus culpas, los correctores seguirán pasando por un purgatorio al corregir sus trabajos y que, no es una amenaza del más allá sino de aquí mismo, la furia de un corrector frustrado puede ser infinitamente más incontrolable que la de un dios tonante.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CXLV / 27 de marzo del 2017

lunes, 14 de marzo de 2016

Trivia [XCIX]

Edgardo Malaver


Ilustración de las siete artes liberales
de Herrad von
Landsberg (siglo XII)



         Lo más atractivo de los juegos de trivialidades eran las preguntas sobre ciencias. Era fascinante poder responder (e incluso no poder responder), por ejemplo: “¿Por qué los rayos X se llama rayos X?”; “¿Quién fue la primera persona ganó el Premio Nóbel en diferentes ciencias?”; “¿Quién inventó el cero?”. Y entre más humanista es uno, más se sorprenden los competidores, porque creen que a uno sólo le interesan la literatura, la historia, el cine y la música.
         Aunque lo sabio es que ciencias y humanidades convivan en paz y se enriquezcan las unas a las otras, los juegos de trivialidades parecen confundir la gimnasia con la magnesia. Afortunadamente, las confunden en el buen sentido, porque si todo lo que se pregunta en el juego es trivial, lo es en ambas orillas del río. Es decir, en ambos se detiene en lo que importa menos, en lo que impresiona a primera vista pero que en realidad no es ciencia ni es arte. Como dice el diccionario, son datos que “carecen de toda importancia y novedad”.
         El detalle, sin embargo, no hay que buscarlo en el juego sino en la Edad Media. En las universidades de entonces, las materias que estudiaban los que estudiaban se dividían en dos grupos: por un lado, las artes de la elocuencia y, por el otro, las artes matemáticas. El primer grupo, formado por la gramática, la dialéctica y la retórica, era llamado trivium (tres vías, tres senderos, tres calles), mientras que el segundo, compuesto por la aritmética, la música, la geometría y la astronomía, era llamado quadrivium (cuatro caminos, cuatro avenidas, cuatro sendas, cuatro rutas). Juntas, eran las artes liberales, es decir, de los hombres libres, porque se diferenciaban de los viles oficios de los esclavos. Queda claro que, con el paso del tiempo, el trivio se convirtió en las disciplinas humanísticas y el cuadrivio ahora abarca las científicas. Lo que nos falta comprender en el presente es que en la Edad Media la educación universitaria no se completaba mientras el estudiante no se zambullera en aquellas siete ramas del conocimiento.
         Lo triste es que en algún momento de la historia comenzó a pensarse que las disciplinas reunidas en el trivium eran superficiales y poco importantes con respecto a las otras y desde entonces las humanidades son menospreciadas, subestimadas e incluso ignoradas en la imaginación de la población en general. Lo trivial, inicialmente tan profundo y tan amplio, se asimiló a lo superfluo e insignificante. Y una señal clara de esto es que no existe un adjetivo proveniente de quadrivium que signifique nada como ‘cargado de mucha importancia y novedad’. Se sobreentiende que lo que tiene esos rasgos son las “ciencias serias”... que lo son, ciertamente, pero no más que las humanistas. Y como probablemente diría C.P. Snow si viviera aún, preferir uno de estos universos, sin mirar de reojo siquiera hacia el otro, es, meramente, ignorancia.
         Para decirlo en menos palabras, ¿qué tienen de trivial, en la actualidad, la historia, la lingüística, la antropología? ¿Son superficiales los estudios literarios, los filosóficos, los artísticos? Aceptar que lo son equivaldría a aceptar que el hombre es sólo carne y hueso, que no hay nada más que sangre y hormonas dentro de él.
         Por cierto, ¿qué filósofo ganó competencias de atletismo en las Olimpíadas?


emalaver@gmail.com




Año IV / XCIX / 14 de marzo del 2016