Mostrando las entradas con la etiqueta Real Academia Española. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Real Academia Española. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de febrero de 2024

Palabras del uno al mil cien [CDXLVII]

 Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Los números, al final, también son palabras

 

 

         No existe forma de eludir este dilema. Apenas comienza uno a ganar confianza en la escritura, se da en la frente con la dura piedra de cómo escribir las cantidades de cualquier cosa: ¿en números o en letras? Y por fortuna, es un asunto sencillo, porque existen otros que ni Aristóteles que “resucitara sólo para ello”.

         En realidad, no debería ser tan difícil resolverlo. Lo difícil es poner de acuerdo a la multitud de gente que ha propuesto soluciones y a los que adoptan esta y aquella. ¿Y lo peor de todo? Que muchas de estas soluciones son buenas.

         Primero hay que considerar que, en cuanto a su escritura, al menos los números enteros pueden ser divididos en dos grandes grupos: los que pueden escribirse como una sola palabra y los que tienen que ser escritos en varias. Comenzando por el principio, del 1 al 30 todos se expresan mediante una sola palabra: del uno al treinta. En este caso me gusta la “norma” de la Academia que recomienda escribirlos así: toda cantidad que se pueda expresar con una sola palabra, que se escriba con una sola palabra; lo que no, en números. Lo que no me gusta es que en los ambientes científicos es mejor violar esa norma —habrán observado las dóciles comillas que le puse a la palabra norma— en nombre de la precisión matemática. No me gusta a mí, pero es innegable que tiene sentido.

         Después del 30, comienza la alternancia. Inmediatamente viene el treinta y uno, y sigue así hasta que tropezamos con el cuarenta. Y se repite el ciclo con cada decena hasta el 100. Tiempo atrás era regla escribir treintiuno, cuarenticinco, sesentinueve, etc., con lo cual los primeros 100 números de cuantos existen formaban un solo grupo; del 101 en adelante, hasta el 1.100, se escribían en dos palabras (ciento veintiuno, novecientos cincuentiséis, mil setentidós). Más allá, se iba incrementando, lentísima y alternativamente, la cantidad de palabras necesarias, era después de esto que comenzaban las comprensibles complicaciones. En el presente comienzan antes.

         También me gusta la “norma” más habitual en el mundo del periodismo, que dice que del 1 al 10 se escriban las cantidades en palabras y de ahí en adelante en números. El problema, otra vez, es que no nos ponemos de acuerdo, sobre todo porque todos tenemos razón y los demás no han estudiado suficiente.

         En el mundo de la redacción jurídica, judicial e incluso policial existe la manía de usar los números y “aclararlos” entre paréntesis: “El inquilino pagará 550 (quinientos cincuenta) bolívares cada mes...” (a veces también lo veo al revés), como si fuera posible leer 550 de alguna otra manera que ‘quinientos cincuenta’. Tengo un primo que estudió derecho que dice que esto “se hace por el temor de que nos hagan la trampa que estamos tratando de hacer nosotros”. Verdaderamente, otro mundo.

         Otra manía, mucho más llamativa, porque es padecida por el mundo en que uno supone que las cosas están más claras con respecto a la lengua, es la de cambiar (o prestarse para cambiar) el signo que hemos utilizado en español desde hace siglos para separar las unidades, decenas y centenas de las unidades, decenas y centenas de mil (y más allá). Siempre hemos utilizado el punto para ese fin... y la coma para los decimales. La razón que pone la Academia para poner el mundo al revés parece infantil (o peor, adolescente): que en el mundo entero la mayoría lo hace así. Tanto escándalo que hicimos cuando los fabricantes de computadoras quisieron eliminar la eñe de los teclados, ¿y ahora vamos a cambiar la coma por el punto y el punto por la coma como si fuéramos ovejitas a las que les da lo mismo el perro que les ladre?

         En suma, aunque parece menos sencillo ahora que hace unos 80 años clasificar los números para decidir si se escriben con una, dos, tres o más palabras, sigue siendo razonablemente sencillo saberlo tomando en cuenta que hay un orden que es también bastante razonable. Y ese orden tiene la ventaja de coincidir con la forma lexical de las palabras que nombran el número. Números y palabras existen para aclararnos el mundo: lo que no debería pasar es que nos perdamos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVII / 12 de febrero del 2024

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Números impresionantes (II)

Números impresionantes (I)

Los plurales de los plurales

E pur si muove

Úes e íes

 

miércoles, 6 de mayo de 2020

La RAE y el coronavirus [CCCII]

Luis Roberts



La Cúpula Genbaku (1915) de Hiroshima resistió
el bombardeo atómico de 1945



         Recuerdo que cuando la enfermedad terminal de Chávez, todos los taxistas, al menos los de Caracas, se convirtieron en expertos oncólogos, que, en cuanto abordabas el taxi, te ponían al día, te daban diagnóstico, origen, ubicación del psoas, etc. Hoy, por varias y lógicas razones, los taxistas han sido sustituidos por las redes sociales, esas corralas donde la gente se desgañita, se pavonea o se insulta, y en plena pandemia, sobre todo, opina. Hay miles de científicos especialistas, virólogos, epidemiólogos, etc., trabajando, tanteando, por ensayo y error, como se avanza en la ciencia, pero en las redes sociales, hay miles de “expertos”, “enteradillos”, que todos los días nos recomiendan la sangre de Cristo, el secador de pelo, la lejía con vainilla, o el whisky a todo dar. Las redes sociales del siglo XXI son como la energía nuclear del siglo XX: sirve para curar el cáncer o para destruir Hiroshima. Y, claro, en plena cuarentena, para matar el rato los tontos se dedican a decir las mismas tonterías que siempre han dicho los tontos, pero ahora con eco digital.
         Pues resulta que los dignos miembros numerarios de la Real Academia Española, por quienes por el hecho de serlo siento un profundo respeto, excepto por uno, que no lo merece, han decidido reunirse para, “con urgencia”, encontrar “una posible definición y sus consecuencias” del coronavirus, palabra que no aparece en el DRAE. Ya han tenido la primera reunión telemática y la segunda ya se habrá dado cuando se publiquen estas líneas. Con todos mis respetos, insisto, no creo que sea tan difícil definir un virus que tiene un círculo protector-agresor de proteínas en forma de corona, de ahí su nombre. Lo de las consecuencias, no creo que los doctos académicos estén en medida de definirlas sino muy someramente, pues ni siquiera los epidemiólogos las conocen aún en su totalidad. Tanta urgencia viene dada porque desde el inicio de la cuarentena ha habido 84 millones de consultas a la RAE de palabras que sí existen, como pandemia, cuarentena, confinar, resiliencia, epidemia, virus, triaje...
         Dicho esto, hay una segunda discusión entre los académicos, en la que, ahora sí, me atrevo a participar, y esta es sobre el género de ciertas palabras relacionadas con el virus. El idioma inglés no tiene este problema y lo sabemos los traductores que traducimos un relato de un asesino en serie, depredador sexual y ladrón, y a mitad del relato aparece un she, ella, y hay que cambiar todo pues se trata de una asesina, depredadora sexual y ladrona. El alemán se defiende con sus neutros, que hacen tan complicado que un alemán atine con el género cuando habla español, pero las lenguas romances tienen todas su género bien definido, donde el pronombre es obligatorio en francés y en español mucho menos, pues casi siempre la terminación define su género. Parece ser, por la información filtrada, que no hay discusión alguna sobre el hecho de que el virus, masculino, el SARS-COV 2 —el 1 ya fue descubierto en 2002— es un acrónimo de severe acute respiratory syndrome (coronavirus 2), o síndrome respiratorio agudo grave, producido por un conavirus, el segundo que se detecta. Virus y síndrome son ambos masculinos, por lo que en español el virus que nos flagela es el SARS-COV 2, si queremos respetar el acrónimo en inglés.
         La discusión viene por la COVID-19 —sí, la— porque este es un acrónimo del inglés CORONAVIRUS DISEASE (enfermedad) 2019. Es decir, el virus SARS-COV 2 produce una enfermedad que es la COVID-19. Pero hay un grupo de académicos que arguye que por tratarse de un “sustantivo” debe ser masculino. Lo lamento, pero no puedo estar más en desacuerdo, es un acrónimo de una enfermedad, como la malaria, la tosferina, la diabetes o la hepatitis. Si algunos acrónimos de enfermedades se han sustantivado en masculino, como el sida, es sencillamente porque cuando apareció no se sabía exactamente lo que era, era un síndrome, y ese masculino del síndrome prevaleció a la hora de sustantivarlo. Así, que, cuídense mucho, que nadie les contagie el virus, ni se lo contagien a nadie, y así se libren de la COVID-19.

luisroberts@gmail.com



Año VIII / N° CCCII / 4 de mayo del 2020





Otros artículos de Luis Roberts:

jueves, 23 de abril de 2020

La eterna riña de dos hermanas siamesas [CCC]

Ninson Mora



¡FELIZ DÍA DEL IDIOMA!

 
Batalla Naval del Lago de Maracaibo (1823)



         Por un lado, la lengua, que refleja y defiende con profundo rigor las convenciones sociolingüísticas: todo aquello que ayuda a evitar el surgimiento de una cataclísmica Torre de Babel dentro de un mismo sistema de comunicación. Suele ser más cerrada y estricta, sobre todo en lo relativo a los preceptos gramaticales, pero (aunque muchas veces reacia) no cohíbe ni mucho menos prohíbe la evolución léxica, siempre y cuando esta responda a una necesidad sociolingüística real.
         Por el otro, el habla, que aunque en términos generales suele seguir a su hermana más tradicional y comedida, tiende a ser rebelde, se inclina más hacia lo informal, hacia lo sabroso de la expresión natural, pero lamentablemente también suele emplearse como excusa superficial para justificar invenciones léxicas que más que evolución (proceso al que suelen atribuírsele) parecen reflejar indolencia, descuido o incompetencia del individuo o grupo de individuos que las proponen, conduciendo ineludiblemente al empobrecimiento del medio de expresión.
         Por lo general, cuando levantamos la ceja al leer un texto, solemos evocar con marcada suspicacia y poco cariño y respeto a dos consagrados villanos de las producciones lingüísticas: el descuidado, flojo o incompetente traductor que escribe pero no traduce y la conveniente y discrecionalmente desacertada Real Academia Española.
         Palabras como compleción (hasta hace poco, la única entrada del DRAE para denotar la acción y el efecto de completar), cumplimentar e incluso compartición están registradas y debidamente expuestas en el “Libro Gordo de Petete” panhispánico, pero en realidad parecen ser muy pocos los hablantes (si es que los hay) que emplean naturalmente la palabra compleción para referirse al proceso o al efecto de completar y, en su lugar, prefieren el uso de completación, lo que por simple lógica evolutiva condujo a la reciente inclusión de este lema en el odiado pero siempre consultado diccionario de la lengua española. Siempre sentí que compleción lamentablemente había nacido con algún defecto congénito, algo pareciera faltar en esa inflexión tratándose de un término que aparentemente proviene del verbo completar. Completación, por su parte, pareciera gozar de mayor integridad morfológica y etimológica, aunque muchos sigan sintiendo que su salud fonética dista mucho de lo agradable y más aún de lo perfecto. Otro vocablo relacionado es completitud: lo defiende la lengua, lo detesta el habla. Por lo general, recurrimos a fórmulas o voces “salvadoras” como lo completo de o integridad para evitar ese completitud que nos convertiría en los hazmerreír o en los “malhablados” del grupo.
         En el caso de cumplimentar, aunque su primera acepción en el DRAE nos dice que tiene que ver con ‘hacer un cumplido’ (o algo por el estilo), suele figurar en los diccionarios bilingües como una opción para fill in, pero en realidad creo que nunca me atrevería a usar este verbo para denotar algún cumplido y muchísimo menos para dar la idea de llenar o rellenar (un formulario, por ejemplo).
         Por otra parte, compartición comparte con completación su salud lingüística, pero lamentablemente también parece producir la misma aversión fonética, lo que causa la impresión de que su uso habitual y masivo está proscrito entre los hispanohablantes. En general, desconozco la causa, porque si de la fonética dependiera, no se utilizaría tanto en Maracaibo la expresión vergación (que más bien funciona como una interjección para denotar gran asombro, sorpresa o indignación) y, sin embargo, es una palabra de uso muy común en esta ciudad del extremo occidental venezolano. El hecho es que muchos prefieren incluso usar compartir (la nominalización del infinitivo) antes que aceptar la justa pero “indigna” validez de compartición. “Este viernes tendremos un compartir en la empresa” (¡Vergación!).
         Es tan avasallante e implacable el escrutinio al que es sometida la RAE a diario por sus desaciertos, o supuestos desaciertos, que me atrevería a basar en ello la explicación para que hayan incluido recientemente en su diccionario general el adefesio lingüístico accesar, triste invención del campo de la informática (sí, muy probablemente con la decisiva ayuda del traductor descuidado, flojo e incompetente) que prefirió crear un monstruo antes que reconocer que ya existía y existe en la lengua española un verbo que puede denotar perfectamente la acción de ‘obtener acceso a’, aunque su primera acepción haya sido tradicionalmente la de ‘consentir en lo que alguien solicita o quiere’, que es el verbo acceder. “Pudo accesar el sitio web luego de varios intentos”, “Pudo acceder al sitio web luego de varios intentos”. ¿Cuál de esas dos expresiones infringe de manera subyacente la norma de la economía del lenguaje? Afortunadamente, el Diccionario Panhispánico de Dudas, de la misma RAE, sigue proscribiendo enfáticamente el uso, según ellos, del americanismo, accesar.
         Propuestas como millardo o implementar, con los infaltables pros y contras lingüísticos y extralingüísticos, parecieran responder decentemente a la tan aludida economía del lenguaje al permitir expresar con una sola palabra conceptos que (a diferencia del idioma inglés, por ejemplo) solían requerir el uso de frases nominales o verbales para su comunicación efectiva. Ahora bien, en casos como accesar y voces similares como aperturar (ámbito financiero), significancia (ámbito estadístico) y app (ámbito informático-publicitario), pareciera que la genuina necesidad lingüística inexplicablemente pierde terreno ante la indolencia del hablante y la terrible indiferencia indiscriminada del autor, el especialista o el traductor que tratan de solventar sus dificultades de expresión o comunicación con semejantes invenciones que lejos de contribuir al enriquecimiento del léxico español, parecieran empujarlo irremediablemente hacia el enorme y aterrador agujero negro de los sinsentidos.
         Otro ejemplo que ilustra claramente el constante “tira y encoge” entre la lengua y el habla, y que aprovecho para traer a colación en esta oportunidad debido a su ya frecuente y masivo uso impulsado por la ingente expansión de los servicios de mensajería instantánea y las redes sociales, es el término emocicono, perfecta contracción española de las voces emoción e icono, y las pobres traducciones emoticón o emoticono, siendo sorprendentemente este último el único de los tres vocablos que registra el DRAE hasta la fecha, con la definición de ‘representación de una expresión facial que se utiliza en mensajes electrónicos para aludir al estado de ánimo del remitente’. Aparentemente, la lengua tendría sobrados argumentos para declarar que emocicono goza de plena salud lingüística, pero caprichosamente el habla parece haber desahuciado este término en favor de sus poco evolutivas y muy revolucionarias alternativas, algo que podemos comprobar fácilmente al “googlear” (¡y vaya que es traviesa el habla!) estas tres voces.
         Ahora que lo pienso mejor, el habla podría defender a aquella tarada o perversa persona del registro civil que dio al niño el nombre oficial de “Ro-ro-roberto” en lugar de Roberto, que era como quería llamarlo originalmente su padre tartamudo (a quién la lengua literalmente le jugó una mala pasada, ¡y más aún al niño!).

eventum2006@gmail.com



23 de abril del 2020 / Año VIII / N° CCC




Otros artículos de Ninson Mora:

lunes, 17 de febrero de 2020

Las 101 cagadas del español [CCXCI]

Luis Roberts


 
No es un eufemismo: es Barack (foto: AP)



         Quienes me conocen saben que no soy ni amigo ni usuario de las redes sociales, sólo Twitter para informarme y con reservas. Pero me acaba de llegar la noticia comentada de un libro que apareció en 2014 en Espasa, Las 101 cagadas del español, debido a un equipo de periodistas dirigido por María Irazusta y cuyo origen es un hilo que se abrió en Facebook bajo el titulo Reaprender el español. En él se recogen los errores (por no repetir el sustantivo del título) que se vienen cometiendo usualmente en nuestro bello idioma, algunos de los cuales ya cometieron Cervantes, Lope y hasta Delibes y Umbral.
         Sus capítulos tienen títulos tan sugestivos como “Femeninos travestidos”, “Anglicismos a full”, “No te comas la coma” o “La Pacheca por el corral y la Bernarda por...”; sólo ya el título del primer capítulo nos anuncia lo que viene después: “Sin eufemismos: Obama es negro”. En este se lee:

Nuestro lenguaje es un reflejo de la sociedad. Y nos estamos volviendo, con perdón, un poquito tontos. A la gente no se la despide, se la ‘desvincula’. No hay pobres, solo ‘desfavorecidos’. Y claro, no hay negros, solo personas ‘de color’. ¿De qué color? Llegamos al ridículo.

         Que se tomen un poco a guasa la caterva de desmanes en castellano no es óbice para que la RAE haya sido la Biblia que seguir para el rigor de estas lecciones. Aunque también carraspeen ante algunas decisiones de los académicos:

¿Cómo no pueden reconocer el superlativo negrísimo y admitir almóndiga o madalena? Voy a decir una cosa un poco irreverente, sobre la tilde del solo: Yo hago el amor los fines de semana solo [risas]. ¿A que puede significar dos cosas?

         Por cierto que esta almóndiga aceptada por la RAE —¿por qué no aceptar también la mal usada cocreta?— es una de las varias metátesis (cambiar de lugar un sonido dentro de una palabra) como murciégalo (malhechor causante del terrible “corovanirus”), asín o vagamundo, que junto al consejo —¡ojo!, sólo aconseja o recomienda, no obliga— de eliminar la tilde del sólo, no sólo me hace carraspear sino rechazar, respetuosamente, algunas decisiones de la RAE.
         Ya el genial Gabriel García Márquez pidió en un polémico artículo —yo diría que no fue sino una pirueta surrealista de su genio— suprimir la tildes del castellano. Como dice al respecto Ángel Lucas Sucasas: “¿A que no es lo mismo presidió que presidio?”. Aunque para algunos la diferencia puede ser sólo de esperar un poco. Lo que no sé, porque aún no he leído el libro, es si entre los 101 deslices, o des-heces, incluyen los pleonasmos, o redundancias, que tantos usan normalmente, como lleno completo, desenlace final, obsequio gratuito, hace tiempo atrás, sorpresa inesperada, adelantar un anticipo y tantas otras.
         Quien esté libre de haberlas dicho o escrito alguna vez, que tire la primera... lo que sea, pero yo no lo haré. Lo que sí haré en cualquier caso, para ilustrarme y divertirme, es precipitarme a leer el libro.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCXCI / 17 de febrero del 2020



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 23 de octubre de 2017

Viaje a la RAE (VII) [CLXXV]

Luis Roberts



Sir Francis Drake (1543-96) logró patente de corso
con sus múltiples servicios a la corona inglesa



         El que es un vicio muy propio de nuevos ricos lexicales o de los otros, o que pretenden aparentar que lo son, es el sesquipedalismo, que consiste en usar vocablos muy largos (archisílabos) y hablan de la necesariedad, la voluntariedad, la temática, en vez de la necesidad, la voluntad y el tema, y ya en el colmo del rebuscamiento, de las precipitaciones en forma de lluvia, en vez de la lluvia.
         Y seguimos a vueltas con el verbo preveer, que no existe, es prever y por lo tanto no se conjuga preveyó, preveyera, ni preveyendo, sino como ver: previó, previera y previendo.
         Muchas veces nos cuesta decidirnos entre dos alternativas, pero, ya sea con personas o cosas, cuando se contrastan dos opciones, la preferida va sin preposición y la que se desestima va con ella: «El pueblo prefiere Messi a Ronaldo». O, como alternativas: «Prefiere a Messi antes que a Ronaldo»; o «Prefiere a Messi y no a Ronaldo».
         La Academia ha aceptado la palabra amigovio (creada a partir de amigo y novio), especificando que es coloquial y se usa en Argentina, México, Paraguay y Uruguay. Sin embargo, no ha aceptado todavía la equivalente, y masivamente usada en España, follamigo, ni la ACD (amigo con derechos), tal vez por cursi, lo que es de agradecer.
         El novio, como cualquiera, puede ser popular y carismático, que frecuentemente se confunden y no son lo mismo. Se puede ser carismático y no popular, popular y no carismático, las dos cosas o ninguna de ellas.
         Un neologismo gracioso de la era de la informática es cibercondria, la enfermedad de los hipocondríacos que pasan su vida investigando en Internet sus supuestas enfermedades.
         Y ya que hemos vuelto a Internet, con contenidos cada vez más botín de los piratas informáticos, recordemos que pirata y corsario no es lo mismo y no depende de la actividad que realizan sino para quién la realizan. Pirata es ‘la persona que se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar’. El corsario, aunque practicaba la misma actividad, lo hacía protegido por una patente de corso (de ahí su nombre), una licencia concedida por determinado gobierno para saquear embarcaciones que se consideraban enemigas. Seguro que hoy conocemos piratas que saquean en Internet y corsarios que saquean el erario.
         Honorífico significa ‘que da honor’. Por tanto, distíngase de honorario, ‘que tiene los honores pero no la propiedad de una dignidad o empleo’. Claro que no hay corsarios honoríficos, ni honorarios.
         Y para quedarnos en el mismo campo político-semántico, señalemos que no es lo mismo subvención y subsidio, aunque muchas veces se utilicen como sinónimos. Aunque en ambos casos se trata de una ayuda económica, la subvención contribuye a costear los gastos de algo (una obra, un proyecto) y el subsidio trata de satisfacer  de forma extraordinaria una necesidad en un momento determinado (subsidio familiar, de desempleo).
         Vamos llegando al final del viaje y es posible que alguien me tilde o me tache de algo, pero sepan que tildar o tachar de algo es atribuir una cualidad o característica negativa, nunca positiva, es decir, no me pueden tachar de inteligente, ni tildar de ocurrente.
         Y para terminar, tres neologismos sorprendentes. Sexomnia —y no sexomnio (del inglés sex, ‘sexo’, y el latín somnum ‘sueño’)— hace referencia  al trastorno del sueño que consiste en tener actividad sexual mientras se está dormido. Este trastorno también es conocido como sonambulismo sexual y no hay que confundirlo con la somnofilia que es una parafilia. «Clictivismo»: el clictivismo es un nuevo tipo de activismo, o una fase de este, que tiene como herramienta principal la acumulación de apoyos mediante clics en páginas web y redes sociales. Es un tipo de ciberactivismo. Y por último, de la anorexia, el tristemente conocido trastorno de la alimentación, han surgido muchas variantes como la ortorexia, ‘obsesión por controlar la calidad de los alimentos que se consumen’ (sí, en otras latitudes eso es posible); vigorexia, ‘obsesión de conseguir un cuerpo musculoso’; tanorexia, adicción al bronceado; ebriorexia, ‘rechazo a la alimentación para compensar las calorías que aporta el alcohol’ (borracho no come dulce, en versión local); o megarexia, ‘trastorno de las personas obesas que no se ven como tales y no se alimentan adecuadamente’.
         Y punto final, no punto y final. Hemos llegado al final del viaje y colorín colorado, este cuente se ha acabado.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXXV / 23 de octubre del 2017

  

Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 16 de octubre de 2017

Viaje a la RAE (VI) [CLXXIV]

Luis Roberts


Rafael Sanzio se aseguró de incluir a Pitágoras, filósofo
y matemático, en
La escuela de Atenas (1511)



         Ausentarse de un sitio no es estar ausente. Ausentarse es largarse, irse; estar ausente —si no es estar pensando en otra cosa, no estar— es no acudir, no ir, no presentarse.
         Con ya alguna experiencia en los caminos lingüísticos, he huido, con el mismo afán que muchos colegas, erróneamente, huyen del mundo de los números, de los escollos de la ortotipografía y los símbolos. Pero no me queda más remedio que enfrentarme a uno, el lemnisco, que en este caminar puede producir más molestias, valga el chascarrillo, que el propio menisco. El lemnisco, este símbolo: ÷, nos puede traer más dolores de cabeza de lo que creemos, pues en España y los países mediterráneos es el significado de una progresión aritmética. En los países anglosajones se ha adoptado para indicar la división y en el norte de Europa, Alemania y países escandinavos y nórdicos, significa resta. ¡Ojo!, no debe confundirse con la lemniscata, que es una figura geométrica, ∞, también usada en aritmética. En inglés se llama obelus, aunque en español el óbelo es otro signo, al que actualmente se le asocia la forma de cruz: †. Ahora entenderán, tras este galimatías, por qué en mi caminar procuro eludir estos escollos.
         Y les dejo un momento para ir al bufé a comer, antes de ir al bufete de mi abogado, y es que los abogados no se comen, aunque algunos se lo merecerían, por eso no hay que confundir esos términos.
         No hay nada más cansino que leer u oír repetitivamente el verbo de dicción dijo o ha dicho, como si no existieran otros verbos de dicción que pueden sustituir a decir, como indicar, señalar, afirmar, manifestar o declarar. En ocasiones se emplean de forma inadecuada otros verbos de dicción, cuyo significado no puede compararse a decir, ya que denotan un comportamiento determinado del hablante y su uso sólo es apropiado cuando la persona se ha comportado así. Por ejemplo: recalcar, subrayar, enfatizar (todos con énfasis); asegurar, aseverar (con convicción); comentar, precisar, puntualizar (aclarando o completando); admitir o reconocer (adhesión).
         ¿Cuántas veces no hemos esgrimido excusas y pretextos en nuestra vida? Pero sepamos que no es lo mismo, pues un pretexto es una excusa falsa, ‘un motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo o para excusarse de no haberlo ejecutado’. Una excusa puede ser falsa o verdadera, ‘puede ser, o no, la justificación real de la disculpa’. Todos los pretextos son excusas, pero no todas las excusas son pretextos, y la expresión falso pretexto es una redundancia.
         Los grupos consonánticos cultos pero silenciosos, los de algunos términos propios de disciplinas técnicas que conservan grupos de consonantes aunque son impropios del español: ftalato, gnomo, ptialina, psicología, psoriasis, dismnesia, ctenóforo, tsunami. La Academia recomienda mantener ps en psiquiatra y en parapsicológo, pero admite la simplificación; sin embargo, prefiere la simplificación del prefijo pseudo- (seudociencia)
         Me había propuesto no volver a tropezar con la ortotipografía, y menos con la tipografía, pero hay algo que me parece interesante en una época en la que ya casi todos usamos el teclado de la computadora para escribir hasta las cartas de amor, y que sólo algunos escritores negacionistas de alguna faceta del progreso, como Julián Marías, siguen usando la estilográfica. «Dime qué tipo de fuente usas y te diré quién eres». Claro, la elección de la fuente depende de muchos factores: estéticos, necesidades del lector, los medios técnicos (tipo de papel y sistema de impresión), o el contenido (abundancia de siglas, uso de versalitas...) Incluso hay una familia, la Times, pues es la que usa el diario The Times, para la prensa escrita. Una clasificación básica y esquemática es la siguiente: la letra de texto como esta, la Times New Roman, se considera adecuada para la lectura continuada, mientras la letra decorativa o de fantasía, como esta, la Comic Sans, suele tener una función expresiva y sirve para crear contraste. Está la letra con remates, de nuevo la Times, que tienen pequeños adornos en los extremos de algunos trazos, mientras que la letra sin remates o a palo seco, o sans serif, carece de esos adornos, como esta Microsoft sans serif. También tenemos la letra monoespaciada, que es la que tiene todas las letras del mismo ancho desde la i hasta la M, como esta, la Courier, utilizada por ello en los subtítulos. Y por último, la letra caligráfica, que imita la manuscrita, como la Mistral.
         Se dice que las letras con remates son más adecuadas para la lectura en papel y las letras sin remates para la lectura en pantalla, pero los estudios de legibilidad no son concluyentes. A cada quien su estilo y a cada edición el suyo.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXXIV / 16 de octubre del 2017



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 9 de octubre de 2017

Viaje a la RAE (V) [CLXXIII]

Luis Roberts


El actor Jack Lord representó al detective Steve McGarrett
durante 12 años como protagonista de la serie
Hawaii 5-0


         Vamos a empezar con un decálogo, este sí, de 10 bulos lingüísticos.

1)   Las mayúsculas no se acentúan
Nunca existió esta regla, el problema es que en las imprentas antiguas, hasta el siglo XVIII, las tildes no cabían en las cajas de las mayúsculas.

2)   Las palabras que no están en el Diccionario no existen o no pueden emplearse
La respuesta es un rotundo sí. Ningún diccionario tiene todas las palabras. Desafortunadamente no está en el Diccionario y no es incorrecta.

3)   Las redundancias son siempre incorrectas
En la comunicación cotidiana no sólo no son incorrectas sino que son necesarias, para enfatizar, ironizar, exagerar, etc.

4)   El sufijo -nte no tiene femenino
Bulo que corre por Internet. Presidenta, infanta, regenta, sirvienta, tenienta.

5)   La RAE acepta algunas formas como almóndiga
Que esté tampoco quiere decir que sea correcta, ni válida ni adecuada; almóndiga en el Diccionario viene como «utilizada como vulgar».

6)   La expresión «un vaso de agua» es incorrecta
O de leche o de vino. Tan correcta como «un plato de sopa».

7)   La expresión «manda huevos» es incorrecta
Y que lo adecuado es «manda uebos», que deriva del latín opus, que significa ‘por necesidad’, pues no, esto es un arcaísmo que ya no se usa. Los diccionarios de Seco y de Andrés y Ramos ya la recogen con el sentido que todos sabemos.

8)   Dos preposiciones no pueden ir unidas
Pues no. Las expresiones como ir a por agua, el aforo es de entre... o los deberes del hombre para con..., no tienen nada de incorrecto.

9)   La hache es una letra muda
Maticemos. Se conserva la aspiración de la hache como rasgo dialectal en muchas partes de España y América y en algunos extranjerismos como hámster, hachís, Hawái, Hegel...

10)         El gerundio es peligroso
El gerundio no es per se un tiempo difícil ni incorrecto, pero sí hay que prestar atención a los gerundios de posterioridad: «Estudió en Caracas, yendo después a Buenos Aires», es una frase, desafortunadamente muy real, pero inadecuada, pues la acción que expresa el gerundio es posterior a la que expresa el verbo principal y sin conexión directa.

         Ya en el Diccionario de 1992, la Academia reconocía la reducción del grupo consonántico bs al más sencillo s. Así tenemos oscuro, sustracción, sustituir, sustancia, sustrato y suscribir; sin embargo, las que empiezan por abs- o por obs- no pertenecen a esta familia, como abscisa, abstener, abstraer, obstáculo, obstinar y el socorrido obsceno.
         Hasta el 2014 el Diccionario incluía algunas palabras con la marca de regionalismo, o propias de algunas zonas de América, así como los anglicismos, galicismos, etc., pero ya se incluyen también los españolismos, o palabras usadas sólo en la península, como cubata, papeo, currelar, despelote y calvorota.
         Y llegado a este punto álgido, que sólo desde su incorporación en el Diccionario de 1984 se aceptó su sentido figurado: fig. Dícese del momento o período crítico o culminante de algunos procesos orgánicos, físicos, políticos, sociales, etc. Y en este sentido figurado se venía usando aproximadamente desde mediados del siglo anterior (en el CORDE de 1860), pues hasta entonces era pura y simplemente: Que hiela ║Glacial ║ Septentrional (1853). Hoy es la tercera acepción: Med. Acompañado de frío glacial. Fiebre álgida.
         Y ahora algo que sorprenderá a más de uno en nuestra alma mater. Pues sí, en femenino, sin tilde y en cursiva. La alma mater, no el alma mater.

luisroberts@gmail.com

Continuamos la semana próxima



Año V / N° CLXXIII / 9 de octubre del 2017



Otros artículos de  Luis Roberts: