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lunes, 12 de enero de 2026

¿Qué quiere decir millonario?

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Eladio Lárez y Pelé. ¿Usted quiere ser rico...
 o sólo millonario?

 

 

         Por un millón de dolitas, ¿qué quiere decir millonario? Opción A: el que tiene un millón de cosas; opción B: el que sabe escribir la palabra millón; opción C: el que se ha ganado la lotería; opción D: el que va a Nueva York a lavar platos y dice aquí que allá era platero. A veces el popular programa de concursos ¿Quién quiere ser millonario?, que en Venezuela era conducido por Eladio Lárez, hacía estas mezclas desquiciadas de opciones, entre las cuales era difícil decidirse. A veces yo no sabía si reírme o molestarme.

         La velocidad a la que se deterioraba el bolívar —y quién sabe si hubo otras razones— causó que el programa perdiera sentido. Ya no se podía ser millonario al responder las... 20, 25, 30 preguntas, no sé cuántas eran. O faltaban o sobraban cifras en los montos que se ofrecían. No importa. Lo que importa es que no se podía ser millonario de esa manera, ni siquiera en agosto del 2000, cuando comenzó a transmitirse en Venezuela. Y no se podía porque ¿qué quiere decir millonario? ¿Por qué, a pesar de ser, en forma y en contenido, más impresionante que otras más sencillas, no es tan poderosa?

         Existe un criterio —habrá sido definido por científicos de la economía, presumo yo— para decidir si una persona es millonaria o no. No consiste, así sin más, en poseer mucho, mucho, mucho dinero. Y en el lenguaje figurado, quizá sea el popular Alí Primera el único que haya logrado crear una metáfora convincente, irónicamente, sobre la pobreza:

 

Niños color de mi tierra

con sus mismas cicatrices,

millonarios de lombrices.

Y por eso, qué tristeza

viven los niños

en las casas de cartón.

 

Parafraseando, pero con fidelidad, la definición dice así:

 

persona cuyo patrimonio neto (es decir, la diferencia entre sus activos y sus pasivos) es igual o superior a un millón de unidades monetarias (comúnmente dólares o euros), representado en dinero líquido y, también, en el monto total de sus bienes (propiedades, inversiones, etc.).

 

         Muchos de nosotros tenemos claro, antes de despejar la ecuación, que nuestro resultado quedará por debajo de cero. Y a muchos otros, las sumas y restas, las multiplicaciones y divisiones les dará más de un millón, pero como la unidad de medida no es el dólar ni el euro —podía ser también la libra esterlina—, sigue siendo uno de nosotros, los humildes.

         Quién sabe si quede otra opción que sumarse al deseo de otro cantante popular, Roberto Carlos, y reunir un millón de amigos, sin que se los debamos a nadie, sin que hayamos firmado hipoteca sobre ellos (que equivaldría como a venderlos, ¿verdad?), sin que se los dejemos en prenda a usurero alguno. Tres o cuatro amigos líquidos y sin gravamen, contantes y sonantes, limpios, recién salidos del cuño. Tres o cuatro, porque, como dice Rafael Tomás Caldera, “tiene más quien necesita menos”.

         Preguntémonos, en suma, si millonario, siendo un término, en apariencia, perteneciente a la ciencia económica, es o puede ser buen sinónimo, es decir, buen sustituto semántico de rico, por ejemplo, que es la palabra más sencilla con que podemos llamar la posesión de muchos bienes. Claro que sí, en el lenguaje cotidiano lo es, y el diccionario pone casi el mismo grupo de palabras como sinónimos del uno y del otro. Los sinónimos de millonario son multimillonario, rico, millonetis, adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, potentado, capitalista, amillonado, bacán. Los de rico son adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, millonario, capitalista, próspero, potentado, creso, platudo, fondeado, bacán, valioso. Pobre aparece como el único antónimo de los dos.

         Sin embargo, imagínese usted estos versos de Calderón de la Barca sustituyendo rico por millonario:

 

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza.

 

O el salmo en que David describe a Dios como “clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”; o aquel monólogo de Doña Beatriz de Silva en que Tirso canta:

 

¡Oh premio rico, que a perder provoca

el seso del dichoso que te alcanza!

Pues si enloquece una desconfianza,

también el gozo vuelve un alma loca.

 

Y, para que en serio nos preguntemos si es literal o metafórico, aquí tenemos a Agustina Andrade:

 

¡Si eso es triunfar, la gloria es el martirio,

la gloria es la embriaguez!

¡Vale más la sonrisa de mi madre

que el más rico laurel!

 

         ¿Que qué quiere decir millonario? Que tiene plata, pero que si es rico... Que tiene muchos bienes, muchos activos y pocos pasivos, muchas inversiones y pocas deudas, pero que si es rico, que yo no sé cómo es... Y como pobre parece más rico por sí solo, ser millonario debe significar otra cosa.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 12 de enero del 2026

 

 

 

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sábado, 31 de octubre de 2020

La TARDIS y la traductología: una mirada al futuro de la traducción [CCCXXVII]

Sérvulo Uzcátegui Gómez




Reloj Astronómico de la Alcaldía de Praga




En algún lugar de la inmensidad del cosmos, una formidable máquina viaja a través del espacio y el tiempo, llevando a su pasajero y navegante, un solitario señor del tiempo que se hace llamar el Doctor, a las más diversas aventuras, enfrentando amenazas, combatiendo monstruos y salvando al universo una y otra vez. Y esa máquina formidable está dotada, entre otros, de un artilugio a cuyo desarrollo contribuyeron traductores, intérpretes y especialistas de múltiples disciplinas. Y no, semejante máquina no es una idea nueva, sino que ya fue imaginada y concebida por diferentes guionistas de una serie de ciencia ficción de la British Broadcasting Corporation en 1963, más exactamente la ya longeva serie Doctor Who, que para mí es tan representativa de lo que es británico como Monty Python’s Flying Circus, Absolutely Fabulous o Wallace & Gromit.

Esa máquina extraordinaria es la TARDIS, nombre que proviene del acrónimo Time And Relative Dimensions In Space, con que la definió uno de sus protagonistas. No pretendo aburrir a quien lea estas líneas explicando la larga y (en opinión de algunos) tediosa historia del viajero del tiempo y el espacio que robó (o mejor dicho tomó prestada) una nave para huir de su planeta, y lleva ya más de cincuenta años visitando periódicamente el nuestro, y apareciendo en televisión, y más recientemente en Internet. La razón por la que traigo a colación esa singular nave es uno de las contraptions, o artilugios con que los timelords, o señores del tiempo de Gallifrey, el planeta natal del Doctor, la dotaron: un “circuito de campo telepático” que traduce prácticamente todo lenguaje del universo, excepto los muy antiguos, o el propio gallifreyano (y que hace que todas las civilizaciones y razas humanas y alienígenas que el Doctor y sus companions conocen en sus viajes hablen en un claro inglés británico).

Haciendo un poco a un lado la fantasía de una poderosa e inteligentísima civilización alienígena capaz de concebir y construir una máquina así, fantasía fruto de la creatividad y la imaginación de showrunners y libretistas al servicio de la BBC, hay que reflexionar un poco sobre el titánico trabajo que significa la realización de semejante dispositivo o máquina. La ciencia aplicada por los timelords requirió un trabajo de siglos para su desarrollo y apuntalamiento, y sus herramientas, que la civilización de Gallifrey posiblemente haya llamado de otra forma, existen en nuestro planeta Tierra apenas desde el siglo XX, y se reúnen bajo el concepto de la traductología; algo clave para comprender y definir los procesos de traducción e interpretación, y que en su crecimiento va abarcando cada vez más disciplinas con el paso del tiempo. Para que haya una traducción debe haber diccionarios, y esos diccionarios deben ser el resultado de un trabajo de décadas, cuando no de siglos; la recopilación de palabras, locuciones y dichos de todas las épocas, teniendo en consideración el hecho de que el vocabulario cambia constante y permanentemente... de modo que dicha máquina no sólo debe ser un compendio de diccionarios y libros de gramática, sino también tener el profundo entendimiento del contexto y el correcto uso en el momento justo, no sólo de la palabra escrita, sino también de la escuchada y la hablada, con fino tacto y de forma diplomática y creativa; algo de lo que las actuales aplicaciones de CAT (computer assisted translation) están todavía muy lejos (basta ver los resultados de las machine translations de páginas web y subtítulos de películas para hacerse una idea). Y es que todavía no tienen el discernimiento, el libre albedrío y el azar (esto último aún imposible de generar) necesarios para tomar las decisiones requeridas cuando se trata de elegir la palabra o frase correcta; hablo, en suma, de la inteligencia artificial, de la singularidad del surgimiento de la consciencia dentro de la misma, sirviéndose de miles de millones de líneas de código, recopiladas en bancos de datos y organizadas por algoritmos, y de alguna forma provista ya con ética, moral e incluso espiritualidad, demuestre la capacidad absoluta de ser traductor e intérprete, diplomático, juez justo, tutorial y a fin de cuentas constructor de puentes, primero entre los habitantes del planeta nativo, y luego entre las civilizaciones del sistema solar, hasta alcanzar los mundos habitados de la galaxia y, al final, del resto del universo. Tales atributos son los que posee la TARDIS, y hacen de ella poco menos que el traductor e intérprete perfecto, lo cual da profundidad y misterio a esa máquina, y explica en parte la fascinación que por más de cincuenta años ha ejercido esa historia de ciencia ficción británica.

Desde luego, estoy consciente de que mi tema se encuentra aún en un futuro muy, muy lejano, si no aparece, desde luego, algo (o alguien) que nos ayude, nos dé el empujoncito necesario para dar el salto evolutivo que necesitamos para llegar hasta allí, un poco antes que a través de la larga, trabajosa y dolorosa evolución humana. Mientras la raza humana llega a ese día (que no verán nuestros ojos), el trabajo de los traductores e intérpretes y el de todos quienes trabajan en las disciplinas relacionadas con la ciencia de la traducción, seguirá siendo invaluable e imprescindible; cada uno desde la diminuta esfera de su aporte individual, construye puentes, lleva al entendimiento y a la comprensión y es, en definitiva, el motor y el corazón del intercambio cultural. No habría cultura ni cosmopolitismo ni universalismo si no existieran las traducciones, y sin intérpretes no existiría la diplomacia.

Me gusta imaginar que, en este preciso instante, en algún lugar del mundo, los aportes de cada traductor e intérprete están siendo procesados y guardados en sendos bancos de datos en algo similar al Proyecto Gutenberg, donde tarde o temprano serán recombinados para convertirse en la base de una futura máquina, que cuando llegue el momento se volverá pensante y sintiente y asumirá el rol de un traductor e intérprete más o menos universal. Una máquina que ya es una posibilidad muy concreta para los whovians, o fans del Doctor Who, entre los que ya me cuento.


servuzcg@yahoo.es




Año VIII / N° CCCXXVII / 31 de octubre del 2020




 

lunes, 23 de septiembre de 2019

¿Qué hay de nuevo, viejo? [CCLXXV]

Edgardo Malaver


 
Peralta


         En el 2004, cuando entré a trabajar como traductor en El Universal —cuando aquello era aún El Universal—, volví a encontrarme con José Peralta, a quien ya había conocido en la Escuela de Idiomas Modernos, aunque no muy de cerca sobre todo porque en mis primeros tiempos el humor lingüístico y las referencias culturales que él hacía eran sencillamente inaccesibles para mí. José creyó que yo no sabía que él escribía poesía (o que al menos lo había intentado alguna vez), así que un día me lo confesó como quien revela, en un cuento de Edgar Allan Poe, que ha conocido a la mujer más sublime del mundo pero que, aun enamorada, ella debe irse a vivir en otro mundo. José pensaba que yo no percibía la felicidad que le producía que en el periódico le hubieran pedido traducir aquel fragmento de La isla del día de antes con el que lo encontré afanado mi primer día en la redacción. Pero yo me daba cuenta.
         Todos estos años he recordado e incluso comentado con mis alumnos aquella observación que me hizo una tarde, mirando el pedacito de la avenida Urdaneta que nos correspondía, sobre la frase más célebre de Bugs Bunny, “¿Qué hay de nuevo, viejo?”. Verdaderamente es esta una traducción ingeniosa. En inglés, me dijo, a la expresión “What’s up, doc?”, además de la entonación que le daba Bugs, intercalada entre mordisco y mordisco a la zanahoria, y la familiaridad (diríase el malandrismo suave) implícitas en el vocativo doc, no le veo precisamente señales de mucha creatividad; me hizo ver entonces la oposición (y la feliz coincidencia) entre la expresión ¿qué hay de nuevo?, buen equivalente de what’s up?, y el vocativo viejo, cuyo nivel de coloquialidad es semejante al de doc. Al final, ni viejo tiene nada que ver con la edad del interlocutor, ni doc, con su nivel académico; pero la sencilla acrobacia que había hecho el traductor en español superaba de modo palpable la habilidad creadora del autor.
         Una vez pisado el territorio de la traducción audiovisual, vino el comentario sobre el deseo, el proyecto, la ambición de emprender una investigación sobre la traducción de las series de televisión de los años 50 y 60: los nombres de los personajes, las frases fijas, los neologismos, los títulos de las series, los topónimos, etc. Yo apenas me atreví a aportar que cada uno de esos puntos por sí solo alcanzaba para un trabajo de grado.
         Después de aquel comentario de José, casi no puedo ver una serie de aquella época sin pensar que toda una generación de traductores audiovisuales, llamativamente creativa, construyó el paisaje lingüístico de la siguiente generación de espectadores en todo el mundo de habla española. Por ejemplo, compare usted el nombre Pedro Picapiedra, sagaz traducción de Fred Flintstone, con Twilight Sparkle, equivalente a... Twilight Sparkle. (La sola serie de Los Picapiedras es una manantial de adaptaciones de los nombres de todo, excepto quizá los de Pebbles y Bam Bam, curiosamente los más jóvenes). El zapatófono del Superagente 86, la Gatúbela de Batman, la Robotina de los Jetsons (ay, perdón, los Supersónicos), la Rana René de los Muppets, el Sargento Matute de Don Gato, Pierre Nodoyuna, la Tortuga D’Artagnan, el Profesor Locovich, Tiro Loco McGraw, Leoncio y Tristón, el Lagarto Juancho, etc. Todos ellos tienen otros nombres en su lengua original, que han sido modificados en español para “encajar” de la mejor manera posible en la cultura de llegada, aunque apenas sea en el nivel fonológico de la lengua. Dicho así, los traductores audiovisuales del pasado parecían servidores públicos, ¿verdad?
         Creo que he debido doblar a la izquierda en Albuquerque. José me hizo prometerle que no le iba a robar la idea de aquella investigación. Solo me atrevo a mencionarla ahora que no queda más remedio y porque es justo que se sepa que José Peralta, además de ser traductor, es decir, además de acariciar la lengua para darle su forma más prístina al comunicarse con los demás, vivió siempre encendiendo la llama de la reflexión. Ahora que, desde la semana pasada, ya no está entre nosotros, la memoria de su conversación serena será, al menos para quienes lo tratamos, un brillo que ennoblezca nuestra visión de la traducción como oficio y como actitud ante los hechos.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXV / 23 de septiembre del 2019




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domingo, 25 de febrero de 2018

Las extranjias [CXCV]

Edgardo Malaver Lárez



¡Estamos de cumpleaños! Ritos de Ilación llega hoy a su quinto aniversario. La alegría de la fecha es de todos los que palpitan cada semana con nuestro trabajo, que es más bien un placer: los que escriben, los que nos escriben, los que nos leen, los que nos difunden, los que nos comentan, los que nos corrigen, los que nos recuerdan, los que no nos olvidan, los que nos esperan... los que queremos tanto.


Julio Cortázar vivió la mitad de su vida
en las extranjias



         Otra vez el español de Colombia.  Esta misma semana estaba prendido el televisor en mi casa y pasaban un programa colombiano llamado “Tu voz estéreo”. Es una serie protagonizada por dos periodistas que tienen un programa de radio en el cual entrevistan a gente que viene a contar sus historias, que a veces llegan a convertirse en tramas que involucran a los entrevistadores; a veces también, son ellos, los entrevistadores, quienes terminan resolviendo los dramas familiares, las disputas entre amigos, los crímenes que la policía desdeña.
         Esta semana pasaron un capítulo en que una mujer de unos 50 años, aparentemente con pocos estudios, quizá procedente de un ambiente rural, contaba que su hija de 18 años, en un abrir y cerrar de ojos de ella, había desaparecido de su casa. Un vecino apareció de repente contando que la había visto de la mano con un muchacho en otro pueblo. La madre no quería creer aquella versión, porque sabía que su hija le habría contado primero a ella y, además, porque el único muchacho con quien la niña había salido alguna vez, era uno cuyos padres “se habían llevados para las extranjias”.
         “¡Las extranjias!”, exclamé yo, mudándome para más cerca del televisor, a pesar de las mil ocupaciones que tenía. “¡Qué palabra! Cuando yo era pequeño, necesitaba esa palabra. ¡De ahí tiene que venir los extranjeros!”. ¿No les parece, como dirían los franceses, la perla de las palabras?
         Naturalmente, cuando apareció la muchacha, que había sido secuestrada por el vecino —¡y yo lo adiviné, ¿eh?!—, corrí al diccionario. Lo primero que descubrí en la Academia es que lo registra como extranjía y lo segundo, que no la define, sino que remite a extrajería: ‘condición del que vive en un país extraño’; ‘sistema de normas que regulan la permanencia de los extranjeros en un país’, y ‘conjunto de los extranjeros’). Extranjias, en plural, sin tilde y como nombre de un lugar, no aparece. Aparece la expresión de extranjía, como locución adjetiva coloquial que significa ‘extranjero’, pero también ‘extraño’ e incluso ‘inesperado’.
         No me parece que haga falta mencionar los argumentos de los que creen que se escribe con ge, pero la existencia de esta discusión confirma el dato de que es una expresión coloquial. Ya antes ha publicado Ritos alguna reflexión acerca de la pluralización que hace el pueblo de los nombres de lugar, y esto también concuerda con la coloquialidad.
         Laura Jaramillo y Adrianka Arvelo tendrían que estar fascinadas con esta palabra, que bien puede resultar una señal de mi ignorancia. Ya veo a Luis Roberts escribiéndome mañana para informarme sobre su origen, uso y variantes desde que el mundo es mundo. Yo, mientras tanto, cual Cortázar del siglo XXI, me siento feliz descubriendo el mundo por primera vez después de viejo. Y pensando y pensando en esta nueva palabra vieja, siento que es una lástima que me incomode tanto viajar, porque, con semejante nombre, me encantaría ir a menudo a las extranjias.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CXCV / 25 de febrero del 2018




lunes, 8 de enero de 2018

El neoespañol en Venezuela [CLXXXVIII]

Luis Roberts


 
El Chunior, personificado por Emilio Lovera, antecedente
histórico del neoespañol en Venezuela


         Hace algunos años, el gran humorista Emilio Lovera creó un personaje en el desaparecido programa de la televisión Radio Rochela, en la desaparecida, por ahora, RCTV: el Chunior. Pues bien, el Chunior fue el antecesor histórico más cercano e identificable del neoespañol en Venezuela. Lo que entonces parecía solo una disparatada fantasía humorística es ya hoy una avasalladora realidad. Muchos de los ejemplos que aparecieron en mi anterior escrito sobre el neoespañol y que sacuden los cimientos de la lengua en España, les recordarán los disparates lingüísticos del Chunior, pero hoy nos vamos a fijar solamente en los verbos desaparecidos en Venezuela y sustituidos por otros del mismo campo semántico pero con significado distinto.
         Empezaremos con uno que también forma parte de las preocupaciones de ultramar, el verbo oír. Hoy ya nadie oye, todo el mundo escucha. Según el DRAE, oír es percibir con el oído los sonidos; es decir, la función que corresponde al sentido del oído. Escuchar es prestar atención a lo que se oye, también según el DRAE. Escuchar implica un acto de voluntad de oír, a diferencia de oír que es función natural del oído. “¿Me escuchas?” Sí, claro, te escucho con atención; si no, sería un maleducado, pero no te oigo porque la señal es mala. “Esta madrugada escuché tiros en mi calle.” Eres un masoquista, ponte a escuchar el Himno de la alegría, pero no un tiroteo. En todos los idiomas cercanos existe la diferencia: entendre y écouter, listen y hear, sentire y ascoltare, sentir y escoltar, hören y zuhören, ouvir y escutar, y todos siguen haciendo la diferencia, excepto el neoespañol.
         Otro verbo que ha corrido la misma suerte, este en Venezuela, es el “mirar”. Ya nadie mira, todo el mundo ve. Con este verbo cabe la misma explicación que con el anterior: uno es un acto voluntario de la vista, el mirar, y el otro, el ver, es la función del sentido de la vista. “¿Por qué me ves?” Porque no soy ciego. “¿Por qué me miras?”. Porque me gusta mirarte, porque me gustas. Y claro, a fuerza de ver por mirar se ha olvidado el significado de este verbo y ha sido sustituido por otro: visualizar, cuya primera acepción es la de visibilizar, es decir, “hacer visible artificialmente lo que no puede verse a simple vista, como con los rayos X los cuerpos ocultos, o con el microscopio los microbios. Las otras acepciones se alejan aún más de las de ver simplemente. “Le voy a visualizar la cartera por si lleva microbios sospechosos”.
         Otro verbo en trance de desaparecer: abrir. Ya nadie abre, todo el mundo apertura. La “apertura”, que es la acción de abrir, es un participio del verbo abrir, pero participo que el verbo aperturar, probablemente de origen bancario, además de feo, no está admitido, de momento. El otro día oí a mi odontólogo decirme: “Apertúrame bien la boca” (así con el reflexivo cariñoso), y me dieron ganas de “obturacionarle” la suya con el torno.
         Y para terminar, un ejemplo chirriante, de reciente aparición, pero que parece lamentablemente imparable, la sustitución del poner por el colocar. Acudamos de nuevo al DRAE, que nos dice que poner es “colocar en un sitio o lugar a alguien o algo”, y colocar es “poner alguien o algo en su debido lugar”. ¿Pero no es lo mismo? No. La diferencia está en el matiz “debido lugar” del colocar, es decir, colocar implica un orden, preestablecido o no, pero un orden. Hace unos meses vi, miré y fotografié un cartel en una clínica de Caracas que rezaba así: “Se colocan inyecciones en el piso de arriba”. Hace unos días, una alumna, conocedora de mi inquina “colocalista”, en una conversación sobre enfermería, precisamente, titubeó al darse cuenta de que iba a decir ”colocar inyecciones”, y optó por “administrar inyecciones”. Ojalá esto no trascienda. En cualquier caso lo que parece un disparate es la desaparición del “poner”, aparentemente sin razón alguna, aunque en parte la hay, como revelaré a continuación. Hace unos días, y explicando a una alumna el porqué de mi corrección de sus “colocaciones” en un ejercicio, me dijo: “En el colegio me dijeron que no dijera ‘yo pongo’, porque solamente ponen las gallinas y yo no soy una gallina”. Otra alumna que asistía a la conversación corroboró que a ella también le decían eso en el colegio. Misterio resuelto. Algunas maestras, probablemente las mismas que enseñan que las mayúsculas no llevan tilde, son unas de las principales responsables del neoespañol, al menos hasta que no se demuestre que las gallinas colocan huevos.

luisroberts@gmail.com



lunes, 14 de noviembre de 2016

¡Oh! ¿Qué será? [CXXXI]

Laura Jaramillo


“...con la seriedad de Juan Vicente Gómez...”.
Caricatura de Pedro León Zapata, 24 de julio del 2007



         Hago referencia al título de esa canción, pues he podido darme cuenta de que hay una necesidad de adaptar al español las palabras que vienen de otros idiomas, muy especialmente del inglés, particularidad lingüística que puede observarse en las series de televisión o en las películas, las cuales deben traducirse al español, bien sea por subtítulos o por doblaje.
         El mercado de este tipo de traducciones lo tiene México, al menos una gran parte, por lo que a ellos les debemos que muchas adaptaciones formen parte de nuestra habla, sin que por ello se incurra en error o se corra el riesgo de que nuestro interlocutor no nos entienda, pues ya son de uso común entre los hablantes.
         Ahora, ‘feisbuquiamos’ y ‘tuitiamos’, y nuestras fotos o comentarios publicados tienen cientos de ‘laikeadas’. Pero no solo eso, también tenemos que ‘textear’ o ‘mensajear’, ‘guasapear’ y ‘fotochopear’. En el caso del WhatsApp, terminamos diciendo ‘guasá’, porque a nosotros nos encanta aspirar los sonidos.
         En una película de acción, los policías o los malos de la película están ‘francotirando’. En el canal de ‘vídeos’, hacen un ‘rankeo’, o sea, un conteo de los más pedidos. Y los artistas se la pasan ‘instagramiando’.
         Hace algún tiempo, cuando se nombró tanto la Ley de Amnistía, hubo periodistas que con la seriedad de Juan Vicente Gómez decían sin inmutarse ‘amnistisiado’. La que se inmutaba era yo, que me daba vuelta la cabeza como gallina a medio matar.
         Sin ir muy lejos, ‘bachaqueo’, que denomina esa grotesca actividad comercial, es una palabra que proviene de Bachaquero, una población del estado Zulia. Además de ser una zona petrolífera, es un punto de partida para el contrabando de mercancía de aquí pa allá. Actualmente, se ha desvirtuado un poco su significado, pues no hacemos mercado, sino que vamos a ‘bachaquear’. O a lo mejor es una metáfora que proviene de esa hormiguita culona que se la pasa llevando pedacitos de hoja de un lado a otro. Ustedes dirán.
         Por cierto, los colombianos en este caso dicen que van a ‘mercar’, y, curiosamente, en el caso del Twitter, no dicen ‘tuit’, sino ‘trino’, lo que realmente hace el pajarito, y no silbar como dijeron por ahí hace algunos añitos.
         Por eso, a lo Willie Colón, me pregunto, ¡oh!, ¿qué será?, ¿qué será...? ¿Qué será lo que impulsa a los hablantes a crear giros terminológicos o a hacer adaptaciones al español? ¿Por qué no buscamos un equivalente? ¿Hasta qué punto es válido enriquecer la lengua de este modo? No sé, no sé y no sé. Al final del camino, quizás no sea tan malo, solo queremos expresarnos y hacernos entender, o sea, como el serrucho, pa allá y pa acá.

laurajaramilloreal@yahoo.com






Año IV / N° CXXXI / 14 de noviembre del 2016

lunes, 9 de noviembre de 2015

El genio de la lengua [LXXXI]

Azury Mendoza


         La risa casi sardónica de Shazzan, personaje de la serie animada homónima, resuena claramente en mi cabeza cada vez que me topo con ese concepto con el que se describe el talante particular de cada convención de lenguaje.
         Quizá la carcajada mordaz del genio animado no sea gratuita del todo, puesto que de acuerdo a los entendidos en la mitología semítica, los djinn /dʒɪn/ son portadores de un potente poder creador relacionado con el fuego y el humo, y también con la oscuridad, lo demoníaco.
         El genio de nuestro español venezolano no se parece al personaje de argollas en las puntiagudas orejas, corte krishna y barba a lo Nottingham, cadenas de oro, chalequillo sin botones, pantalones bombachos y zapatos puntiagudos: se viste a la última moda, tiene un talento especial para detectar chinazos[1] y armar chalequeos[2] perpetuos, no ‘pela’ una parrillita con cerveza (aunque no le hace remilgos al whisky, para revolverle el hielo con el índice), hace amigos con facilidad y abraza a todo el mundo.
         Tampoco ha podido resistirse a la tendencia perniciosa e innecesaria de amplificar conceptos, de confundir sexo con género y en un ánimo general de ‘congraciamiento’ con las minorías excluidas, complica todavía más los de por sí complicados textos científicos, legales u oficiales. Igualmente, se ‘empata’ en la onda de separar artículos de sus preposiciones naturales, bautiza hijos con nombres tipo Frankenstein, acorta palabras y se apropia de neologismos con un desparpajo que haría convulsionar a nuestro filólogo de cabecera, don Andrés Bello. Aquí algunas muestras:

  • “El decano de Medicina de la UCV le responde al minpopo de Educación”. Truncatura que resuelve muy bien el derrame de adjetivos y preposiciones del cargo que, de paso, se llevaría dos de las tres líneas del titular. Ah, sí, también recoge sin querer queriendo la verdadera naturaleza de muchos de nuestros MinPoP[ó]s.
  • “No es un pordiosero. Es un hombre en situación de calle”. Florida frase que fracasa en su propósito de embellecer la realidad de quien la padece.
  • “¡Yo soy el voceador oficial de esta parada!”. Creativa justificación para cobrar al chofer los gritos que anuncian la ruta de la camioneta a los pasajeros potenciales.
  • “Tengo un postgrado en Psicología Forense: hablo con los muertos”. Ingeniosa forma de decir que es espiritista.
  • “Efrofriendlyns Jhesvergreen Mc’Namara Guevara Marcano”. No es un trabalenguas, sino el nombre completo de una chica venezolana cuyo documento de identidad circula por la web.


         Ante tanta chispa creativa, un amigo oriundo de Trinidad y Tobago me preguntó en su muy candoroso y académico español: “¿Qué es de pinga?”. La respuesta que le di debió haberle sonado como un balido de Kaboobie[3] mientras, disimulada en las matas, podía verse la sombra de nuestro Shazzan venezolano, estremeciéndose calladita con su ¡jo, jo, jo, JO...!

azurybrian@gmail.com




Año III / Nº LXXXI / 9 de noviembre del 2015




[1] Chinazo. Voz venezolana usada cuando una persona dice algún comentario que lo expone a un doble sentido, por lo general, de contenido sexual.
[2] Chalequeo. Burla, chanza entre amigos.
[3] Kaboobie. Camello de Chuck y Nancy, personajes todos de la serie animada Shazzan.