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lunes, 19 de enero de 2026

Chacachacare y Chacachacare

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Concepción Mariño, la terrateniente
margariteña en Trinidad que albergó
a los rebeldes en 1812

 

 

         Originalmente comencé a escribir este artículo sin darme cuenta en Guasap hace seis días. El martes de la semana pasada, el 13 de enero, mencioné la Expedición de Chacachacare, de 1813, en una conversación por Guasap con mis primos de Margarita, porque ese día se cumplían 213 años de aquel acontecimiento de la historia de la Guerra de Independencia de Venezuela. Dije además que era en realidad el mismo hecho que la Toma de Güiria, que siempre se cita como si fuera otro casualmente sucedido el mismo día. No, nadie me preguntó cómo se explicaba esto, pero, como soy impertinente y lo quería contar, me fui a verificar la fecha y los nombres de los protagonistas. De repente, cuando ya estaba a medio segundo de volver a la conversación, veo el nombre de Trinidad y Tobago. ¡¿Trinidad?!, me dije, ¿qué tiene que ver Trinidad?

         Todo. Desde pequeño he sabido de la existencia de Chacachacare, que es un pueblo, con su respectiva playa, de la isla de Margarita, muy cerca de la Península de Macanao. Y siempre me sentía feliz de saber que en un lugar tan pequeñito de mi islita pequeñita había pasado algo tan importante como la firma del Acta de Chacachacare. Sin embargo, siempre me preguntaba también por qué, aunque es muy cerca, aquellos 113 expedicionarios, dirigidos por Santiago Mariño, Manuel Piar y José Francisco Bermúdez, se habría puesto un objetivo tan lejano como Güiria. Es decir, partiendo de Chacachacare, que está al sur de Margarita, tendrían que navegar hacia el este, llegar primero a la punta de la Península de Paria, doblar a la derecha en la Boca del Dragón, dejar atrás Macuro, y después otra vez a la derecha para adentrarse en el Golfo de Paria; navegando otra vez hacia el oeste por la costa sur, llegarían a Güiria para arrebatársela a los españoles. Mariño y sus hombres lograron este objetivo en muy pocas horas, pero yo me preguntaba por qué no habrían pensado en objetivos más cercanos como Cariaco, Río Caribe o Chacopata. No es que fuera lejos, pero en un barco de comienzos del siglo XIX tiene que haber sido más bien complicado, ¿no? Es más, ¿por qué no liberar Punta de Piedras, Pampatar o Porlamar, en la costa sur de la propia Margarita?

         Pues resulta que el Chacachacare donde se firmó el acta y de donde zarpó la expedición es —¡siéntense!— una isla, ahora desierta, que pertenecía y pertenece aún... ¡a Trinidad y Tobago! Es más bien un islote que está muy cerca del extremo oriental de Paria. Al principio del siglo XIX estaba habitada y había ahí un leprosario. Pero también estaba una hacienda propiedad de Concepción Mariño, hermana de Santiago. Cuando Monteverde logró acorralar a Miranda en julio de 1812, el héroe margariteño se refugió en la hacienda de su hermana, y desde ahí preparó con Piar y Bermúdez el plan para la invasión, que fue tan exitosa que pronto recuperaron la ciudad y la provincia de Cumaná, la ciudad y la provincia de Barcelona y después la isla y la provincia de Margarita. Bolívar, entusiasmado por esta incursión, emprendió su regreso desde Colombia y llegó triunfante a Caracas. [Qué barbaridad, todo un año de guerra en 148 palabras.]

         Este descubrimiento me trae a la memoria aquella película de Hitchcock —me suena que era El hombre que sabía demasiado— en la cual el personaje de James Stewart, que investiga un crimen, sigue una pista hasta un lugar llamado Ambrose Chapel, que él interpreta como el nombre de una iglesia, y resulta ser el nombre de una persona. En mi caso, la clave del misterio estaba en la insospechada existencia de un lugar en un país que se llamaba igual a otro que estaba en otro país... ¡y a escasos kilómetros uno de otro! De un Chacachacare a otro no hay más de 250 kilómetros, y entre el extremo oriental de Paria y la isla trinito-tobaguense de Chacachacare, apenas 11.

         En la conversación del martes en Guasap, todos admitimos que no sabíamos de la existencia de la Chacachacare de Trinidad. “¡¿Se imaginan aquella confusión?!”, dijo uno de ellos. “Si la hazaña iba a depender de nosotros, qué desastre. Viene mi general Mariño y nos manda un guasap: ‘Miren, muchachos, que me puse de acuerdo con Piar y Bermúdez pa ir mañana a tomar Güiria. Nos vemos en Chacachacare tempranito’. Yo, escondido en Irapa, hubiera dicho dentro de mí: ‘Visquendervallemiarma, ahora hay que ir pa Margarita, tan cerca que estoy yo aquí de Güiria. ¡El Mariño este inventa unas vainas...!’”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIII / 19 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 17 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (II) [D]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

—¿Será tierra firme, capitán?
—¡Es Margarita, gañán!

 

 

 

(Continuamos...)


         Lo que no han considerado ellos es que una cosa es la lógica, incluso la lógica lingüística, que pocas veces coincide con la lógica matemática, y otra cosa es el uso concreto que le da la gente, el pueblo, especialmente el pueblo más sencillo, el menos prejuiciado por la educación formal, a cada expresión, a cada palabra, a cada nombre que le llega a los oídos.

         Así que les grabo yo también un audio en que les digo que sí, que los dos tienen razón por razones diferentes; ella porque está usando el razonamiento con sabiduría y lo explica claramente y él porque comprende la realidad como es y también como “debería ser”. Mi respuesta dividió el asunto en la dicotomía saussureana de norma y uso. La norma (que proviene del uso) es una cosa y el uso que da la gente a las palabras es otra cosa. Una vez que la gente comienza a usar las palabras de una forma, ese uso desembocará un día en norma, pero la norma siempre puede violarse, desviarse, descomponerse para ajustarse a la necesidad que tengan los hablantes. Y luego volverá a convertirse en norma y después sigue siendo posible que se desvíe y se use de manera diferente, incluyendo la manera “correcta”.

         Después de grabarles el primer mensaje, me acordé de Cristóbal Colón, que, demente de mí, se me ocurre que debe haber sido quien utilizó el nombre Tierra Firme en la lengua española por este lado del mar. Sin duda sus marineros la usaban, y mucho porque hacía ya muchos días que deseaban llegar a tierra y a tierra firme, como dice mi bella prima política uruguaya, aunque fuera una isla de diez metros cuadrados, porque estos hombres tenían hambre, porque se sentían engañados por el Almirante o porque no comprendían lo que habían venido a hacer navegando hacia el oeste como si fueran locos. Pero sin duda, la expresión tierra firme se quedó en Margarita y supongo que en muchos otros lugares relacionados y enamorados del mar, porque pertenece a la jerga de los marineros, de los pescadores, de la gente que vive del mar y que la lleva todo el tiempo en la mente y además la ama, pero que de vez en cuando siente que necesita regresar a casa. Siempre es bueno llevar alimento a la familia, ir a las fiestas del santo patrono, engendrar un hijo... o varios... esas cosas.

         No es difícil, pues, darse cuenta de que, aunque la lógica, la razón limpia nos indica que tierra firme es todo aquel territorio seco que nos libre, como diría el conde Olinos, de las furias del mar, sucede en ese lugar fantástico que es Margarita que la gente de todos los niveles de educación y de todos los campos de actividad humana dicen tierra firme para referirse solamente al territorio venezolano que está más allá del mar, y que para algunos seguramente se refiere solamente a Puerto La Cruz, a Cumaná, a Cariaco, a Píritu, quizá incluso La Guaira. Puerto Cabello y Maracaibo es ya demasiado lejos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° D / 17 de febrero del 2025

 



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lunes, 10 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (I) [CDXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Un carpintero de ribera siempre trabaja en tierra...
a veces en tierra firme

 

 

 

         Siempre aparece, con muy poco talento para el mimetismo dialectal, alguien que dice delante de mí (o dirigiéndose a mí), porque cree que los margariteños hablan así: “¿Cómo está ‘laisla’?”. Cuando me toca, respondo: “No, no, Margarita es el continente. La isla es Venezuela”. Una vez mi hija mayor me preguntó qué era entonces América, y yo le contesté que América era ya otro planeta.

         Ahora viene mi primo Moisés, que creció en Paraguachí y se casó con esta hermosa muchacha uruguaya, con quien es delicioso conversar porque llama las cosas por otros nombres, pero siempre termina uno sabiendo a qué se refiere, y cuando pregunta termina encontrando por sí sola de la respuesta... bueno, Moisés y ella hace como un mes me graban un audio en que me cuentan que tienen una contrariedad lingüística: ella tarda en captar cuando, hablando de Margarita, él menciona un lugar llamado Tierra Firme. En el audio me explica lo que yo sé: que los margariteños llaman así a todo lo que no es Margarita, es decir, Venezuela continental; y sí, eso significa también que las demás islas o son parte de Margarita o no son, a lo sumo son islitas que navegan realengas por el mar, pero no son tampoco, jamás, tierra firme).

         Entonces, el pobre Moisés, como preocupado, viene y me explica esto y me dice que su esposa no lo comprende porque, según ella, tierra firme es todo aquello que es tierra por oposición al mar, a un barco, a las olas. Si uno va en un bote y no encuentra la costa, puede llegar a desesperarse por encontrar tierra firme, y si lo que encuentra es una isla, eso es tierra firme, sin importar si es continental o no, porque no se mueve como el bote sobre el agua.

         Y entonces viene Moisés y me pregunta, admitiendo que en el fondo le parece que tiene bastante sentido lo que ella dice, qué pienso yo. ¡Yo...!, ¡que también hablo como él!, ¡que nací en Margarita como él!, ¡que crecí en Margarita como él!, ¡que fui a la escuela en Margarita como él!, ¡que soy descendiente del mismo carpintero de ribera que él!, ¡y que a los 18 años me inscribí en la Universidad Central como él! Es una especie de injusticia, una especie de ventajismo nuestro que le hacemos a la pobre chica uruguaya cuando la dejamos escoger como juez de la “diatriba” a otro margariteño que habla el mismo español que él. Pero claro que, estrictamente, ella tiene razón.


(La próxima semana les sigo contando.)


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCIX / 10 de febrero del 2025

 



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jueves, 8 de septiembre de 2022

Prez y gloria [CCCXC]

Edgardo Malaver 

 

 

¿Quién es?, se preguntaban. La Virgen del Valle en la Batalla
de Matasiete (1959), de Juan Antonio Rodríguez

 

 

         Día de la Virgen María. Hoy los católicos del mundo celebran el nacimiento de la madre de Jesucristo. En Margarita, la Virgen del Valle, a cuya mirada materna los margariteños durante todo el año exponen todas sus cosas y todas sus actividades, acapara todos los honores, todas las alabanzas, todas las oraciones. La celebración de la Natividad de la Virgen se celebra en el Hemisferio Oriental desde el siglo VI, mientras que en el Occidental se inició unos 200 años más tarde; cantidad de libros que, como diría san Juan en su Evangelio, “no cabrían en el mundo” se han escrito acerca de esta mujer y, como si fuera poco, también sobre todas las particulares historias que se han tejido a su alrededor dondequiera que alguien ama a su hijo, dondequiera que ella ha aparecido por sí misma, dondequiera que un cristiano confía en su nombre. Se han escrito miles de libros, pero hoy a mí me suena en la mente la letra del Himno de la Virgen del Valle.

         Lo que desde hace tiempo me ha atraído del himno, escrito por José Sixto Cedeño para la coronación de la Virgen del Valle en 1911, es, sobre todo, el nivel lexical del texto. No sé si hace falta hablar de un texto únicamente para explicar el significado de las palabras que lo compone, porque eso es algo que los niños de segundo grado podemos hacer sin dificultad teniendo a mano un diccionario común y corriente, pero este texto es que es lexicalmente muy peculiar. Aquí está el himno:

 

                      Coro

Prez y gloria a la Virgen sagrada,

que del valle do reina el dolor

a la excelsa y divina morada

surgió en alas de célico amor.

 

                          I

De terrible martirios emblema,

circundada de célica luz,

en su áurea y hermosa diadema

brilla enhiesta y serena la cruz.

La ama el nauta que el mar atraviesa

y el labriego en su pobre heredad,

los que luchan con brava entereza,

los que sufren con blanda humildad.

 

                         II

El fulgor de su lumbre destella

a través de las nubes y el viento.

Ora véspero o alba es la estrella

más radiante del vasto elemento.

Es del huérfano triste, clemencia;

del dolor del proscrito, templanza;

es del niño, la blanca inocencia;

del anciano, la dulce esperanza.

 

                         III

Y del ser infeliz del precito

extrañado de humano consuelo,

es el faro inocente y bendito

que lo enrumba camino del cielo.

Caridad es tu nombre más bello,

fe circunda tu trono de luz,

la esperanza te da en un destello

el amor divinal de Jesús.

 

         En el propio coro, la primerísima palabra ya le exige a uno acudir al diccionario. Prez, que yo siempre había pensado que era sinónimo de plegaria, hoy descubro que significa ‘honor, estima o consideración que se adquiere o gana con una acción gloriosa’. La palabra, de origen occitano, no tiene más que dos acepciones en desuso, así de extraña es en español: la primera es ‘opinión de la gente sobre alguien’ y la segunda es igual pero expresamente ‘buena’. Sin embargo, debería ser fácilmente reconocible para nosotros porque al occitano llegó por el latín: pretium, es decir, ‘recompensa’. No deberíamos tener dificultad en ver aquí el origen de una palabra cotidiana y archiconocida: precio.

         También está la palabra célico en el cuarto verso, que se repite en el segundo verso de la primera estrofa. Dice el diccionario que es un adjetivo de uso poético que puede significar ‘relativo al cielo’ (la verdad es que tan distante no está de lo conocido, es igual que celeste). Y por este camino celestial, llega a significar también ‘perfecto’ y, aunque parezca muy mundano, ‘delicioso’. En esta estrofa hay varias palabras que pueden llamar la atención, pero, después de todo, no son tan poco conocidas (diadema, áurea y enhiesta, por ejemplo). La que destaca en realidad es nauta, que no es nada frecuente como sustantivo: ‘persona cuya profesión o afición se ejerce en el mar o está relacionada con la Marina’. No es el sufijo -nauta, pero sí está en el mismo campo semántico.

         En la segunda estrofa, destaca por sobre todo lo demás el sustantivo véspero. Cualquiera cree que no lo conoce, pero después de investigar un instante, nos damos cuenta de que sí. Proviene de vesper, que era, en latín, el nombre del ‘planeta Venus como lucero de la tarde’. ¡Claro! Con razón todo aquello que sucede en la tarde puede uno llamarlo “vespertino”. En segunda acepción, significa ‘anochecer’, ‘tiempo en el cual anochece’.

         Por último, en la tercera estrofa encontramos la palabra precito, que parece un error ortográfico, pero está en el diccionario con el significado de ‘condenado a las penas del infierno, réprobo’. Etimológicamente (o más bien morfológicamente), se descompone en pre- y -cito, que da la apariencia de indicar algo como “citar lo anterior”. Pues resulta que el diccionario lo “traduce” como ‘lo sabido de antemano’. Calza, ¿verdad?

         Sintácticamente también es atractivo este texto, porque no bien comienza el coro aparece el adverbio relativo do, también en desuso, en el verso que del valle do reina el dolor. Sólo se utiliza en poesía y equivale a donde. Sucede algo parecido con el verso Ora véspero o alba es la estrella (tercero de la segunda estrofa). Ora es la aféresis de ahora, equivalente a o, que habría que interpretar como conjunción distributiva y en este verso debería repetirse inmediatamente antes del segundo término que “distribuye”: alba. O sea, debería decir Ora véspero, ora alba... Entiéndase, por tanto, “sea en la tarde, sea en la mañana, es la estrella...”.

         El alto nivel del vocabulario, es decir, el contenido lexical, y la complejidad sintáctica del himno, junto con el hipérbaton omnipresente, la ordenadísima rima, las licencias poéticas, dan una sensación de solemnidad casi gregoriana, medieval, que se confirma cuando oímos la música, abiertamente académica, que acompaña al poema. Y sin embargo, al mismo tiempo, como acabamos de ver, el canto tiene también una sencillez que está a la vista y que, sin estudiar aún su contenido semántico, juega a favor de su belleza y comprensión. Por ende...

         Gloria y prez a la poesía de este himno, surgida como María “en alas de célico amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXC / 8 de septiembre del 2022

 

lunes, 8 de febrero de 2016

Dioses y mamarrachos [XCIV]

Edgardo Malaver


La asamblea de los dioses alrededor del trono 
de Zeus (1532), de Giulio Romano



         Hay muchas formas de vivir el Carnaval. La más sencilla puede ser mirar los toros desde la baranda. Usted se para en la acera frente a su casa y se llena los ojos de colores y movimiento. Otra es disfrazarse de algo y unirse a un desfile. Otra, más costosa, sería viajar a un país en que el Carnaval sea el centro de la vida de la gente y trabajar todo el año para ganar algún premio por su traje, su forma de bailar o el tamaño de su carroza.
         La mía es más bien aburrida. Abro el Sol de Margarita y me encuentro el título “Eligen a la soberana de los mamarrachos”. Es fácil imaginarse que éstos llevarán disfraces disparatados, extravagantes o incluso feos y mal hechos. ¿Cómo habrá llegado esta palabra al Carnaval? ¿O será naturalmente carnavalesca y luego saltó al habla coloquial? Pues resulta que sí. Un mamarracho es una persona cuyo comportamiento hace reír a los demás, y se comporta así intencionalmente. Según la Academia Española, un mamarracho es un bufón. La palabra proviene del árabe.
         Me tropiezo a dos parientes que se preparan para los desfiles del Carnaval, y me recuerdan la mojiganga que hace unos años se organizaba en Juan Griego. Qué palabra. ¿Mojiganga no era un bromear constante de los niños que los adultos consideraban fastidioso? Pues sí, pero en segunda acepción. El diccionario, en primera, dice: “Obra teatral muy breve, de carácter cómico, en la que participan figuras ridículas y extravagantes, y que antiguamente se representaban en los entreactos o al finalizar el tercer acto de las comedias”. La tercera acepción dice: “Fiesta popular en la que se utilizan disfraces estrafalarios, especialmente de diablos y animales”. Eso es un carnaval.
         Durante el Carnaval del Renacimiento, especialmente en las noches, como todo valía, los excesos de la carne no se limitaban a la ingesta, y por eso, según la tradición, debían usarse máscaras: pasados esos tres días, la vida seguía y no era cuestión de avergonzarse. La idea de aliarse para salir en comparsas (otra palabra bien particular) debe haber nacido de la necesidad de apoyarse entre parientes, entre amigos, entre colegas.
         Sin embargo, la que se lleva el premio a la palabra más enrevesada en el vocabulario del Carnaval es carnestolendas. Casi nadie la usa, pero todo el mundo la entiende cuando la oyen la televisión o la radio. Las fiestas carnestolendas son los tres días anteriores a la Cuaresma. Es un pluralia tantum que se forma a partir de caro, es decir, ‘carne’, y de tollendus, del verbo tollere, equivalente a ‘suprimir’. El Carnaval, en los primeros tiempos del cristianismo, tenía el fin de “eliminar toda la carne” existente en el entorno, y para ello se permitía el desenfreno alimenticio, pues el Miércoles de Ceniza debía comenzar el ayuno y la abstinencia que preparaba para la Semana Santa.
         Y esta práctica de concentrar en tres días del año el fandango y el bullicio, el exceso y la desinhibición, cubriéndose los rostros para desentenderse de las consecuencias, no podía carecer de un conductor. Y así, quién sabe si el pueblo, quién sabe si los poetas escogieron a un personaje mitológico de la Grecia antigua para que desempeñara esta función: Momo, el dios de la burla, de la ironía, de la crítica ridiculizante. Hijo de Nicte (la Noche) sin intervención masculina, Momo se ganó la enemistad de muchos de los dioses del Olimpo a causa de sus ingeniosas críticas y crueles burlas. Un día fue expulsado del panteón por esa razón y había estado desempleado desde entonces hasta que se le encargó ir al frente del jolgorio del Carnaval.
         No deja de ser una forma de vivir el Carnaval, aunque sea sólo como metáfora del imperio de la morisqueta.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº XCIV / 8 de febrero del 2016

lunes, 13 de julio de 2015

¿Y esta no era muda? [LXV]

Edgardo Malaver


            La primera vez fue en el banco. Cada quince días, al salir de la escuela, antes de irnos a casa, mi madre tenía que cambiar su cheque, y yo iba con ella. Me gustaba el lugar porque era el único que conocía donde había aire acondicionado. Aquella tarde en que vi la primera, sin embargo, no me interesó en nada el frío, al descubrir desde la otra acera que pretendía recibirme el misterio. Era un letrero de cuatro letras blancas sobre fondo verde en la puerta de vidrio del banco, y yo las leí detallada y meticulosamente. Le pregunté a mi madre qué significaba y ella me la tradujo a la lengua hablada. Después de eso, en el banco, en la escuela, en la casa, en la iglesia, en el mercado, ¡en los libros!, miles y miles de veces me encontré otras muchas palabras como aquélla, que se escriben con hache y todo el mundo las pronuncia con jota. Más tarde, cuando empecé a aprender inglés en bachillerato y me di cuenta de que en esa lengua casi todas las palabras que en la escritura comienzan con hache se pronuncian como si en realidad comenzaran con jota, pensé que aquella era una manía que se nos había pegado de los gringos.
            Cualquiera creería que son tres o cuatro y que apenas las usan los andaluces (o más bien los gitanos), y ciertamente de ahí toma Federico García Lorca aquel título, oloroso a pueblo, de Poema del cante jondo (1931). Sin embargo, aunque la letra de “Burundanga” diga: “Bernabé le pegó a Muchilanga, / le dio burundanga, le hincha los pies”, la recordada Celia Cruz pronunciaba ese verbo con jota, y, de hecho, pronunciarlo con hache causaría un problema en la métrica del verso.
            En Margarita —donde probablemente se encuentre el acento más cercano al de Andalucía que haya en Venezuela—, los habitantes de Los Hatos, antiguo nombre de Altagracia, son llamados jateros; las tejedoras de hamacas las hacen desplazando un jusillo, o husillo (hermoso diminutivo de huso) entre los hilos tensados verticalmente en el telar, y si uno come mango, lo que le queda entre los dientes no serán jamás hilachas, sino jilachas. Al pan que no se come en tres días le cae mojo, no moho. Antiguamente, cuando se cocinaba con leña, ésta se traía del monte en un pequeño jaz, nunca en un haz. Mucha gente vivía en casas de bajareque, los viejos recordaban largas retajilas de cuentos de sus abuelos y nunca quedaban jartos de comer pitajayas.
            En otros lugares (y no sólo de Venezuela), la acción de balancear algo, como si meciéramos una hamaca, pero especialmente si se hace con cierta violencia, se llama jamaquear, en lugar de hamaquear. Hay zonas en las que las frutas maduras ya están “hechas”, es decir, comestibles, pero en otras, están jechas. Los que estén ajitos, no ahítos, como dice el diccionario, pueden llegar a jipear, que no hipear. En Barlovento existe una canción en honor a san Juan Bautista que dice: “Juan Apolinar, de Pozo Hondo, / se lava la cara pero es muy jediondo”. Y aunque originalmente era un insulto de los amos contra los esclavos, una persona de piel negra puede llamar a otra mujina (o, más extendido, mojina), que era como llamaban aquellos, blancos y negros, a las bestias de carga.
            A ambos lados del océano se come un pescado largo y delgado que casi tiene más huesos que carne, y a ambos lados hay quienes lo llaman tahalí (Cervantes, por ejemplo) y quienes pronuncian tajalí, como los pescadores de Puerto La Cruz, de Naiguatá y de Adícora. A ambos lados del océano la gente bebe y se ajuma; en San Juan de Puerto Rico y en La Victoria, Venezuela, pueden incluso jenderse de la risa.
            ¿Entonces?, ¿la hache no era muda? Para serlo, habla demasiado. Y los gringos tendrán muchas culpas, pero esta no la tienen. Si de ahora en adelante le vuelven a decir que la hache tiene ese impedimento audio-fonético, primero póngalo en duda y luego, recordando estos 22 ejemplos, procure que no se le reviente la jiel.

emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXV / 13 de julio del 2015