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lunes, 19 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (II) [DXIV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Los espaguetis pueden servirse con todas las letras del alfabeto

 

 

 

[Decía hace dos semanas en el párrafo donde interrumpí, que de repente en la vida de la e apareció la y como conjunción que une elementos en la oración, y desde entonces no la ha abandonado; pero la empecinada e no abandona su función de enlazadora, aunque ahora aparezca únicamente en casos como Pedro y María o uvas e higos. La escuela enseña que es para evitar la cacofónica, pero en nuestro corazón sabemos que las palabras de nuestros antepasados son más dulces.]

 

         También actúa nuestra redondita letra como intrépida guerrillera cuando advierte que se aproxima una palabra extranjera que comienza por ese, y aprovecha para sumarla a su causa. Viene el inglés a vendernos su stress, y la espabilada e española le pide descuento: “Te la compro, pero aquí vamos a pronunciar y a escribir estrés, última oferta”. Y ante esa determinación, ¿qué va a hacer el pobre marchante anglófono, agobiado además por el calor? Viene el francés con su snob, y la e le espeta: “Pas du tout, musiú: esnob o nada”. Y le avisa que después hablarán de esa be tan mal ubicada. Viene los amigos italianos con una comida irresistible, el spaghetti, y la e les responde: “Le pongo la salsa que ustedes digan, pero la escribo con la e que diga yo”.

         Esta actitud ya es una tradición en ella. Lo hizo antes en la época en que el latín andaba rozándose, frotándose, penetrándose con las lenguas que encontró en Hispania. La e impuso sus términos en la nueva apariencia de palabras como scala, spes, scribere, y nos heredó escalera, esperanza, escribir.

         La e, pues, tiene cubiertos todos los flancos. Está a babor y a estribor, en proa y en popa. Y no les puedo decir cómo se las apaña en el vastísimo terreno de la literatura, en el que no se sabe si queda algo por decir. Pero ella se las arregla, y aquí les voy a dejar un botoncito: el minicuento de terror que escribe el salvadoreño José María Márquez, “Ve que Belén teje”, ¡sirviéndose exclusivamente de la vocal e!:

 

Belén teje. Entrevé el tren que pretende repeler ese deber que le cede el descender de frente. El deber de Belén es ver envejecer ese pez rebelde de mes en mes, temer perderse del presente, perecer. El qué es pedestre. Beber es excelente. Él se mece en ese tren, es el referente de mente efervescente, demente. Belén se estremece. Teme que él desee, que él se exprese, que le pese. Que se envenene.

 

 (En realidad no sé si es de terror, pero me da miedo el final. Por lo menos de suspenso tiene que ser. ¿Eh...?)

         La letra e ha demostrado ser de las bravas. No se deja eludir, no se deja abolir. Es una artista del cambiar para sobrevivir y al mismo tiempo seguir siendo quien es. Eso es darse su puesto.

         Yo, mientras tanto, me he pasado del límite de palabras, incluso el doble del límite. Ya está amaneciendo. Creo que hoy deberíamos ir a mi amada Puerto Cabello.

 

Valencia, 2 de mayo del 2025

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIV / 19 de mayo del 2025

 

 

 

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lunes, 16 de enero de 2023

Qué fatalidad [CDVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

El profeta Jonás saliendo de la ballena (1600),
de Jan Brueghel el Joven

 

 

 

         Oigo en mi mente a mi madre diciendo: “¡Qué fatalidad!”, cada vez que se enteraba de algún hecho lamentable, vergonzoso e incluso ridículo. Y mil veces la he citado ahora que tengo edad para comprenderla. Sin embargo, la palabra fatal, el concepto de lo fatal, no fue creado para lamentar, para compadecerse ni para reírse de lo que pasa alrededor.

         El fatum, como lo llamaban los romanos —lo que los griegos llamaban heimarmene— se refería, por lo que leo, simplemente al destino, a lo que iba a pasar porque tenía que pasar, lo ineludible, el destino. Heimarmene, de hecho, significaba ‘lo que nos tocaba en suerte’. En ninguno de los dos casos era automática la interpretación mortífera que, de entrada, tiene la palabra en español y en la actualidad.

         ¿Qué nos hace pensar —o sentir— que lo fatal es intrínsecamente negativo, trágico, doloroso? Puede ser porque lo más fatal que existe, si es que existe, es la muerte, y la idea de la muerte es la más lejana a lo deseable que albergamos en nuestra mente. El fin, la ruptura que significa la muerte, es lo más funesto que podemos imaginar colectivamente. El fin, en general, el fin de cualquier cosa, especialmente si es algo que nos da placer, belleza o alegría, es fatal puesto que es inevitable que pase. Todas las cosas tienen fin.

         También hay que decir que fatum, del que deriva hado (que tampoco es esencialmente funesto, como demuestra la existencia de los adjetivos bienhadado, ‘afortunado’, y malhadado, ‘infeliz’) era en la antigüedad ‘lo dicho por un dios’. Los que han leído a Sófocles saben que lo que responde el oráculo a las consultas de los mortales se cumplirá, por más medidas que se tomen; no habrá argucia que pueda intentar el hombre para impedir que suceda. Y nadie lo sabe mejor que Layo, el padre del desgraciado Edipo... y el propio Edipo.

         En el cristianismo, gracias a Dios, no es así. El hombre puede torcer el rumbo de su “destino” al cambiar su conducta, para bien o para mal, pero no está acorralado por un dictamen inapelablemente desfavorable y... fatal. Pero la fatalidad se presenta en múltiples formas en la vida cotidiana y, me figuro yo, depende de las circunstancias y de la respuesta de cada quien. Usted comete un crimen, un día lo atraparán; usted come solamente comida rápida, un día se enfermará; usted engaña todo el tiempo a sus amigos, un día perderá su confianza.

         Cuando una persona, al llegar a casa después de un día complicado, exclama: “¡Hoy me fue fatal!”, no quiere decir que esa noche va a morir (ni, mucho menos, que ya murió a las 3:25 de la tarde), pero sí está creando una hipérbole en la que asocia las cosas que le han pasado con la temida idea de la muerte, de la muerte trágica, y, además, deja implícito que todo lo que le sucedió fue de veras, como la muerte, ineludible.

         Lo fatal, que, voy a repetir, puede parecernos lamentable, vergonzoso o ridículo, se ha inmiscuido en la lengua, como lo hace en la vida, para enseñarnos que todo tiene su principio y su fin. Lo que está fuera de eso, aun si se torna negativo o triste, tiene solución.

 

emalaver@gmail.com

 



Año X / N° CDVII / 16 de enero del 2023


lunes, 7 de septiembre de 2020

Idiocia e imbecilia [CCCXV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Charles Chaplin y Virginia Cherrill en
Luces de la ciudad (1931)

 

 

 

         A mí hubo un tiempo que me tenía deslumbrada este asunto cuando estudiaba Educación. Cuando descubrí la clasificación de los retrasos mentales, me quedé enganchada con dos palabras que aparecieron en el siglo XIX para designar a pacientes “anormales”, o con facultades disminuidas respecto a la mayoría “normal”. Las palabras eran idiocia e imbecilia.

         Es curioso que los propios psicólogos, al definir estos conceptos, recurren casi siempre la etimología (griega, latina o grecolatina); en el caso de idiocia, la raíz es idio-, que significa ‘lo propio’, ‘lo individual’. En griego, la palabra implica total ausencia de inteligencia y razón; pero el concepto abarca también la indiferencia social y política, el desinterés hacia la comunidad o la incapacidad de ejercer la ciudadanía. En la antigüedad, todo varón adulto griego libre tenía que tener participación pública, la cual presuponía domino sobre sí mismo, sobre su vida y sus propiedades, que incluían su mujer, sus hijos y sus esclavos; sin embargo, esta mujer, estos hijos y estos esclavos, al no ser ‘varones adultos libres’, al no tener control de sí mismos, eran una especie de discapacitados, se circunscribían a la esfera de otro ser y no podían ocuparse más que se sus propios asuntos, no tenían vida pública, eran idiotas.

         La palabra imbécil, por su lado, proviene de baculum, ‘bastón’ en latín; con la negación im-, indica en castellano ‘el que no lleva bastón’; la imagen que evoca es la de los ancianos que se ayudan de un bastón para caminar; son los más sabios de la comunidad, así que los ‘sin bastón’, los ignorantes, los inconscientes, los no aptos para la vida en sociedad son los imbéciles.

         Pero eso era en el siglo XIX; después las clasificaciones han sido menos amagas; para “objetivizar” el estudio de los retrasos mentales (término que solo indica velocidad de aprendizaje), muchas clasificaciones se han basado en la medición del cociente de inteligencia (y en este caso, inteligencia significa, en resumen, capacidad de resolver problemas). La primera de estas mediciones fue la ideada por los franceses Alfred Binet (1857-1911) y Theodore Simon (1873-1961), que ha tenido siempre la buena reputación de que sus autores pretendían aplicarla a los niños “anormales” (así decían) para prestarles ayuda; pero quizá fueron ellos los primeros que usaron los socorridos términos idiocia e imbecilia en psicología; otros, tergiversando su fin inicial, discriminaron, insultaron y maltrataron a los retrasados mentales. Hasta el presente se usan aquellos exámenes de Binet y Simon para rechazar candidatos en los empleos, en los ejércitos y hasta en las propias escuelas.

         Después se trató a los pacientes de retraso como mascotas: se les llamó, por ejemplo, custodiables, educacables y entrenables; y más tarde han venido nombres menos agresivos, pero la marginación y la estigmatización han persistido.

         Esos apelativos, muy científicos y todo, ahora nos suenan referidos a bestias salvajes o animales en general que pueden domesticarse; quien los usa se cree tan superior (y con el apoyo de la ciencia) que, además de llamar locos a sus semejantes, los ve como seres desprovistos de razón, ajenos a la humanidad. Toda una abyección, pero eso también somos los seres humanos... los psicológicamente normales, quiero decir.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXV / 7 de septiembre del 2020

 


lunes, 11 de mayo de 2020

El extraño caso de la ‘y’ que es más latina que griega [CCCIII]

Daniel Avilán



La colección de trajes de una conjunción




         Hace algún tiempo ya, escribí para Ritos de Ilación este breve artículo sobre el pronombre de lugar y en francés y la evidencia de su uso en los primeros pasos del castellano, así como su presencia morfosintáctica en el ADN de nuestra lengua. Si ya lo leyeron, probablemente se preguntarán, como muchos de mis alumnos y colegas lo hicieron: ¿Y qué tiene que ver la conjunción y con dicho pronombre? Mi respuesta es: nada.
         Verán, la y ([ye]) o “i griega” viene de la grafía del YPSILON, una letra griega cuya realización fonética corresponde con la i del latín (la i latina) y ha ido adaptándose, desgastándose y reformándose con la evolución del idioma. Es muy flexible y ha asumido formas, o como diríamos, actualizaciones, muy variables en lo fonético (hay versus haya) y en lo morfológico (me caigo versus me cayera). De todo esto debe haber explicaciones incontables en todas las disciplinas de la lingüística. Yo, en mi mente un poco naïve, pienso que, por ser una letra foránea en la niñez del castellano, como ocurrió con la j, la x o la z, fue una especie de comodín que estaba dispuesto a asumir riesgos de todo tipo que las inflexibles letras latinas no podían (hasta pronombre de lugar pudo haber sido en algún tiempo).
         La y se ha podido convertir en muchas cosas, pero, ojo, nunca en conjunción. De hecho, me acaba de decir Edgardo que grandes escritores y académicos de principio del siglo XX usaban aún la i como conjunción coordinadora. Más bien me parece que la conjunción de coordinación se transformó en la forma gráfica y y ya voy a explicar cómo y por qué.
         En latín (de donde el castellano saca la mayor carga genética) la conjunción de coordinación se escribe et y ésta ha pasado a la mayoría de las lenguas herederas como e, et, i, è, pero se siguió usando et en ámbitos jurídicos, administrativos y académicos por muchos siglos. Recuerdo que, para una investigación que tuve que hacer en la Academia de la Historia en Caracas, me topé con manuscritos viejísimos, unos más que otros, en los que figuraba, en perfecto castellano, la conjunción et, a veces en su forma ligada &. Ésta última se usa actualmente en muchos idiomas porque resulta más económico; en inglés, por ejemplo, es mucho más corta que la conjunción and. Pero en castellano la y es más fácil de escribir y, por lo tanto, más económica. Lo que me lleva a observar que, en la caligrafía, la escritura a mano, ese garabato que significa et fue cambiando convenientemente a una grafía más fluida, similar a la y.
         Yo me atrevo a concluir, y quedo abierto al debate, que la conjunción y es una deformación gráfica de &, que es a su vez la ligadura de et y que todo su recorrido se debe puramente a la necesidad de rapidez en la escritura a mano. Entonces, la conjunción y en castellano parece griega, pero es tan latina como la i.

daniel.avilan@gmail.com



Año VIII / N° CCCIII / 11 de mayo del 2020



Otros artículos de Daniel Avilán:

lunes, 3 de febrero de 2020

Paideia [CCLXXXIX]

Adiadna Voulgaris



Werner Jaeger, autor de Paideia, los ideales
de la cultura griega (lit.: M. Liebermann)



         Hablando de Andrés Bello en la edición del 13 de enero de este año, Edgardo Malaver, nuestro director, escribió que la educación era la que garantizaba el crecimiento honroso de los ciudadanos. Es verdad. Lo que me incita a escribir esta vez es que inmediatamente pone un paréntesis en que cambia el término por uno, según él, más preciso y dice paideia. También es cierto, pero no es todo.
         Para este momento, ya he comentado con Malaver lo que pensaba refutarle, y por lo que me ha dicho entiendo que tenemos la misma visión, así que ya no puedo pelear, pero de igual modo vale la pena decirlo.
         Digo que no es todo porque la palabra griega paideia no puede traducirse fácilmente a los demás idiomas. Sucede como con otras palabras que nadie logra traducir con precisión y entonces utilizamos la misma que en el idioma original. Por ejemplo, saudade, tsunami o scanner. La idea de paideia de los griegos antiguos no abarcaba únicamente la educación. Era todo lo que entrara e hiciera falta en la formación humana, intelectual, cívica, artística y espiritual del niño y también del hombre adulto.
         Ya lo dijo Werner Jaeger en su monumento de obra titulada justamente Paideia, los ideales de la cultura griega (1933):

Es imposible rehuir el empleo de expresiones modernas tales como civilización, cultura, tradición, literatura o educación. Pero ninguna de ellas coincide realmente con lo que los griegos entendían por paideia. Cada uno de estos términos se reduce a expresar un aspecto de aquel concepto general, y para abarcar el campo de conjunto del concepto griego sería necesario emplearlos todos a la vez.

         En el mundo griego antiguo, el ideal era que todo hombre bien educado (que no de otro modo era realmente digno del nombre de griego) tenía que ser capaz de todas las artes y las ciencias, de todos los oficios y todas las empresas: política, agricultura, aritmética, esgrima, comercio, filosofía, teatro, atletismo, gramática y poesía.
         En conclusión, considerando que Andrés Bello era propiamente, en términos de Platón, un espíritu de oro, un auténtico intelecto helénico, una paideia en sí mismo, es verdad que su obra tendría que influir en todos nosotros y en muchas generaciones futuras. De hecho, ha estado influyendo desde sus tempranos tiempos caraqueños.
         “Y en forma de paideia, de ‘cultura’”, dice Jaeger, “consideraron los griegos la totalidad de su obra creadora en relación con otros pueblos”. La medida más cierta de este hecho es que el Imperio Romano concibió su propia misión en función de la noción de cultura de los griegos. “Sin la idea griega de la cultura no hubiera existido la ‘Antigüedad’ como unidad histórica ni ‘el mundo de la cultura’ occidental”.
         Imagínense, sin paideia, no habría Torre Eiffel ni Canal de Panamá ni Independencia de Sudamérica. Sin paideia, nuestra mente colectiva transitaría aún la Edad de los Metales.

adiadnavoulgaris@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXIX / 3 de febrero del 2020




Otros artículos de Ariadna Voulgaris

lunes, 18 de diciembre de 2017

De ‘pseudo-’ y otros prefijos [CLXXXV]

Ariadna Voulgaris


 
Amélie (Audrey Tatou) intenta comprender
la fascinación de su padre por los gnomos



         En mi artículo del 5 de septiembre del 2016 (Ritos CXXII), me disculpaba con los lectores por escribir la palabra pseudónimo “a la antigua”; afirmaba que existía una razón para ello, pero nunca la revelé. Hoy les confieso que no deseaba hablar de los pseudónimos, sólo era la introducción a mi verdadera intervención, que trataba de esos prefijos griegos que más parecen errores de tipeo que pedacitos de palabras.
         Con lo difícil que resulta aprender a leer y escribir y además tiene uno que apechugar con estos bichitos raros que llevan letras entrometidas donde no es lógico que aparezcan. Pseudo- es uno de ellos. En griego, literalmente, significa ‘falso’. Muy bien, si tenemos pseudónimo, sabemos que ese nombre no es el verdadero; si tenemos pseudopolítico, pensamos en algunos enanos que se visten de gigantes para entrar en los palacios de gobierno. El problema es la ortografía (palabra griega también, pero harto más recatadita): esa pe que se atraviesa antes de comenzar la palabra. Pasa con el prefijo ‘psico-’, que uno sabe que se refiere a todo lo de la mente, pero ¡¿por qué trae esa molesta pe delante?!
         Y el 16 de octubre de este año, Luis Roberts escribió, en la sexta entrega de su “Viaje a la RAE” (Ritos CLXXIV), que algunas palabras, principalmente griegas, que el español ha conservado, que él llama “grupos consonánticos cultos, pero silenciosos”, han mantenido “grupos de consonantes [que] son impropios del español: ftalato, gnomo, ptialina, psicología, psoriasis, dismnesia, ctenóforo, tsunami”. El profesor Roberts no ha hecho más que ahorrarme trabajo. Los ejemplos son, como dicen los españoles, impagables. Apenas si se me ocurre agregar ctónico, que aprendí un semestre que cursé Literatura y Vida en la Escuela de Letras, y mnemotecnia, que se ha estudiado aquí en Ritos.
         La explicación no puede ser más sencilla: los pueblos y las culturas de las que provienen esas raíces y prefijos asignan importancia y significación a tales sonidos; en cada lengua las sílabas se dividen de formas diferentes; en la oscura noche del origen de esas palabras, que bien puede ser el origen de esas lenguas, existía para los hablantes una identidad total entre esos sonidos y la cosa mencionada. Que tales combinaciones de sonidos hayan cruzado las fronteras de aquellos pueblos es señal de éxito, y que otros grupos humanos hayan adoptado tales significantes es señal de fortaleza del signo.
         Por otro lado, los cambios en la ortografía son pasos en la evolución de las lenguas vidas, de modo que no hay duda de que un día nadie recordará esas consonantes impertinentes que hoy todavía se atraviesan en algunas de nuestras palabras cotidianas. No hay que sorprenderse, aunque no es para nada despreciable el esfuerzo por conservarlas como parte de una tradición que hemos iniciado nosotros mismos. Todo lo que aprendemos a decir de niños y lo que aprendemos después es resultado de esa dialéctica entre lo antiguo y lo nuevo. Más vale aceptarlo, porque lo que pasó no se puede cambiar, porque todo eso representa belleza y riqueza para la lengua, y porque la lengua es indetenible.

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año V / N° CLXXXV / 18 de diciembre del 2017



Otros artículos de Ariadna Voulgaris:

lunes, 8 de febrero de 2016

Dioses y mamarrachos [XCIV]

Edgardo Malaver


La asamblea de los dioses alrededor del trono 
de Zeus (1532), de Giulio Romano



         Hay muchas formas de vivir el Carnaval. La más sencilla puede ser mirar los toros desde la baranda. Usted se para en la acera frente a su casa y se llena los ojos de colores y movimiento. Otra es disfrazarse de algo y unirse a un desfile. Otra, más costosa, sería viajar a un país en que el Carnaval sea el centro de la vida de la gente y trabajar todo el año para ganar algún premio por su traje, su forma de bailar o el tamaño de su carroza.
         La mía es más bien aburrida. Abro el Sol de Margarita y me encuentro el título “Eligen a la soberana de los mamarrachos”. Es fácil imaginarse que éstos llevarán disfraces disparatados, extravagantes o incluso feos y mal hechos. ¿Cómo habrá llegado esta palabra al Carnaval? ¿O será naturalmente carnavalesca y luego saltó al habla coloquial? Pues resulta que sí. Un mamarracho es una persona cuyo comportamiento hace reír a los demás, y se comporta así intencionalmente. Según la Academia Española, un mamarracho es un bufón. La palabra proviene del árabe.
         Me tropiezo a dos parientes que se preparan para los desfiles del Carnaval, y me recuerdan la mojiganga que hace unos años se organizaba en Juan Griego. Qué palabra. ¿Mojiganga no era un bromear constante de los niños que los adultos consideraban fastidioso? Pues sí, pero en segunda acepción. El diccionario, en primera, dice: “Obra teatral muy breve, de carácter cómico, en la que participan figuras ridículas y extravagantes, y que antiguamente se representaban en los entreactos o al finalizar el tercer acto de las comedias”. La tercera acepción dice: “Fiesta popular en la que se utilizan disfraces estrafalarios, especialmente de diablos y animales”. Eso es un carnaval.
         Durante el Carnaval del Renacimiento, especialmente en las noches, como todo valía, los excesos de la carne no se limitaban a la ingesta, y por eso, según la tradición, debían usarse máscaras: pasados esos tres días, la vida seguía y no era cuestión de avergonzarse. La idea de aliarse para salir en comparsas (otra palabra bien particular) debe haber nacido de la necesidad de apoyarse entre parientes, entre amigos, entre colegas.
         Sin embargo, la que se lleva el premio a la palabra más enrevesada en el vocabulario del Carnaval es carnestolendas. Casi nadie la usa, pero todo el mundo la entiende cuando la oyen la televisión o la radio. Las fiestas carnestolendas son los tres días anteriores a la Cuaresma. Es un pluralia tantum que se forma a partir de caro, es decir, ‘carne’, y de tollendus, del verbo tollere, equivalente a ‘suprimir’. El Carnaval, en los primeros tiempos del cristianismo, tenía el fin de “eliminar toda la carne” existente en el entorno, y para ello se permitía el desenfreno alimenticio, pues el Miércoles de Ceniza debía comenzar el ayuno y la abstinencia que preparaba para la Semana Santa.
         Y esta práctica de concentrar en tres días del año el fandango y el bullicio, el exceso y la desinhibición, cubriéndose los rostros para desentenderse de las consecuencias, no podía carecer de un conductor. Y así, quién sabe si el pueblo, quién sabe si los poetas escogieron a un personaje mitológico de la Grecia antigua para que desempeñara esta función: Momo, el dios de la burla, de la ironía, de la crítica ridiculizante. Hijo de Nicte (la Noche) sin intervención masculina, Momo se ganó la enemistad de muchos de los dioses del Olimpo a causa de sus ingeniosas críticas y crueles burlas. Un día fue expulsado del panteón por esa razón y había estado desempleado desde entonces hasta que se le encargó ir al frente del jolgorio del Carnaval.
         No deja de ser una forma de vivir el Carnaval, aunque sea sólo como metáfora del imperio de la morisqueta.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº XCIV / 8 de febrero del 2016

lunes, 17 de agosto de 2015

Corte y cohorte [LXX]

Ariadna Voulgaris


         Varios de mis alumnos de la clase de Español II me envían un mensaje sobre una palabra que con el profesor de Español I no habían conocido: cohorte. Me preguntan si es un simple sinónimo de corte o si se trata de un error. Ya casi se han inclinado a pensar que es un error, guiados por lo que dice un malísimo diccionario de español que circula en el instituto y que, ergo, no vale la pena citar, cuando uno de ellos propone consultar a la profesora de habla nativa.
         Les respondo en primer lugar para estimularlos a persistir en la práctica de no quedarse con una sola respuesta. Les digo que mucha gente que acaba de conocer la palabra cohorte se confunde porque, aunque esta no es una palabra que usemos todos los días, se parece mucho a corte, y así cualquiera cae en la trampa de la duda —como seguramente caían en latín con cors y cohors—. Una vez definida la una, agrego, queda clara la otra, creo yo. Hay que comenzar por la conocida, la familiar, la cierta: corte. ¿Qué dice el diccionario? El de la Academia, por ejemplo, que está en la biblioteca y en Internet, tiene 15 acepciones. Quedémonos, para comenzar, con la que dice: “Acción y efecto de cortar”. Sencillo.
         Luego sigo con cohorte, que es la palabra nueva, la extraña, la dudosa. El diccionario, que en estos casos suele dar definiciones intrincadas o concretas, hoy se inclina hacia los sinónimos: “Conjunto, número, serie”. Nada impresionantemente claro, pero nos da una orientación, les concluyo a los chicos —casi todos varones... no sé por qué es importante ese detalle, pero siento que debo anotarlo aquí—. Una cohorte es un grupo de cosas, pero sobre todo de personas que hacen lo mismo en cierta actividad, o que se parecen por alguna razón. En el Imperio Romano —contaba mi guía de la Legión de María— una cohorte era una unidad de soldados organizados según un criterio dado, un grupo que trabajaba siguiendo una orden precisa, especial, no cotidiana. En la actualidad —y en las instituciones educativas sobre todo—, una cohorte es el grupo de nuevos estudiantes que ingresa a la institución en un nuevo año académico. Se llama así también al grupo que egresa, no porque sea el mismo, sino, simplemente, porque también es un grupo que tiene los mismos rasgos.
         Por tanto, las cohortes no tienen mucho que ver con los cortes, aunque sí con las cortes, que no las judiciales, sino las de los reyes —al final, tienen su origen en las mismas dos palabras latinas—. El semestre en la universidad se “corta” en períodos más breves, sobre todo para fines de evaluación; todo aquello que se prolonga se puede, al menos metafóricamente, cortar en pedazos más reducidos para captarlo mejor. Piensen, les digo además a los chicos del María Callas, en una longaniza (aprovecho para enseñarles nuestra palabra chorizo). Si el semestre fuera así de tangible, podría dividírsele con un cuchillo y al final cada fragmento sería llamado “corte”.
         El lunes siguiente, los encuentro a todos junto a la puerta del aula, fielmente a la hora de la clase. Dos o tres de ellos están aún muertos de sueño, la mayoría entusiasmados con una lengua del otro extremo de Europa que ahora comienza a sonreírles, pero casi todos —¡oh, qué novedad!— han comprado un nuevo diccionario.

ariadnavoulgaris@gmail.com

(Agradezco efusivamente al profesor Edgardo Malaver, de mi amada Universidad Central de Venezuela, por la orientación lingüística para dar una apropiada respuesta a mis alumnos griegos… Y lo delato, además, por no haber aceptado que lo pusiera aquí como coautor.)



Año III / Nº LXX / 17 de agosto del 2015

lunes, 27 de julio de 2015

El griego en función del castellano [LXVII]

Ariadna Voulgaris


         Mi padre es griego. O más precisamente lo era su padre. Yo aprendí muchas palabras griegas en las rodillas de mi abuelo, y luego estas palabras me han acompañado e iluminado cuando he estudiado matemática, historia, anatomía, etc. Y este etcétera incluye la lengua española. ¿Qué es lo que en español no proviene del griego, aunque sea después de ser decantado por el latín? Desafortunadamente, mi abuelo murió antes de que yo me hiciera totalmente consciente del tesoro que me estaba inyectando con las sonrisas y los juegos con que entretenía a la única nieta que logró conocer.
         Como mi familia, después de 55 años en Venezuela, ha tenido que volver a Grecia, yo me puse a buscar trabajo aquí con la desventaja de que ahora nuestra lengua materna es el español. Pero esa fue una desventaja hasta el día en que comencé a trabajar en un instituto de artes escénicas donde me han encargado dos cursos de español para jóvenes que tienen que estudiar al menos dos lenguas extranjeras para graduarse. Todo el material didáctico está seleccionado, profesores y alumnos tienen total acceso a él desde el principio y nadie duda que el método que hay que adoptar sea efectivo —ha sido aprobado siguiendo patrones de la Unión Europea—, pero la campana de la curiosidad ucevista no deja de repicar en mi cabeza. Tengo que formarme mi propia visión de lo que voy a hacer en el aula.
         En mi segundo día en el instituto pregunté por la biblioteca, que terminó llamándose, también, María Callas. Y ahí me esperaba un libro. Es un libro sencillísimo, de 93 páginas (de las cuales apenas 35 se pueden considerar parte de un método de enseñanza del griego) que casi ni menciona siquiera qué hacer con los textos, con los ejercicios, con los ejemplos. De los diez capítulos (diez lecciones) que lo forman, el primero trata del alfabeto y el resto de una lectura en la cual el autor simplemente indica que el estudiante debe encontrar las palabras de origen griego que hay en cada texto y buscar su significado, presumiblemente para conectarlo con el prefijo, la raíz o el sufijo de esas palabras.
         El libro es de 1971, lo cual lo condena al exilio de mi bibliografía regular, pero me ha permitido hacer algunas travesuras muy fructíferas. Cuando los muchachos, muy jóvenes todos, se dan cuenta de la inmensa ventaja que tienen al hablar griego como lengua materna, casi sin quererlo se apasionan por el español. El secreto de este autor es que los textos, auténticos y de diversos orígenes, rebosan de palabras de origen griego que además son de uso cotidiano en el griego actual. Son tan numerosas, que no puede uno contentarse con hacer un solo ejercicio, siempre desea hacer otro y otro. Al final, el estudiante se siente en casa intentando construir imágenes ajenas con reglas propias... o imágenes que son de todos con reglas que ya no sienten tan ajenas.
         No me figuro de ningún modo si eso pasa en otra combinación de idiomas, pero con mis muchachos griegos ha pasado y yo me siento feliz de que las lenguas extranjeras que hay entre ellos y yo terminen intercambiándose para ser propias de todos.
         Ah, el libro, del cual, según Google, sólo se conserva un ejemplar en la Biblioteca Central del Estado Trujillo, se titula El griego en función del castellano, y fue escrito por el sacerdote venezolano Manuel Montaner.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año III / Nº LXVII / 27 de julio del 2015