Mostrando las entradas con la etiqueta Muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Muerte. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de octubre de 2018

No volveré a ser joven [CCXXIX]

Luis Roberts


Mientras todos se escondían de las balas, Adolfo Suárez
conserva su firmeza ante los golpistas españoles de 1981



         Mi madre, católica, en vez de colgar sobre mi cama de niño un crucifijo, como era habitual, colgó un cuadro que enmarcaba un pergamino con el poema de Rudyard Kipling “Serás un hombre, hijo mío”. Lo sabía de memoria, a fuerza de leerlo esperando que me apagasen la luz, pero el primer cuarteto se convirtió para siempre en mi leitmotiv, mi mantra, mi aliento, en los momentos más duros de mi juventud, y los hubo en cantidad:

Si puedes mantener intacta tu firmeza
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza...

       Y el último remate, el último cuarteto, el colofón:

...Y si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo,
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

       Hoy diríamos, la natural inclusión: “Serás una persona valiosa, hijo mío”. Nada de “hombre”, arrobas ni “X”.
       Mucho más adelante, descubrí y conocí a uno de los más grandes poetas de la generación del 50 en España: Jaime Gil de Biedma. Su retrato ya es surrealista, aunque él huyó del surrealismo en poesía: castellano reciclado en Cataluña, millonario y máximo ejecutivo de su empresa familiar, comunista y homosexual. Murió en 1990 de sida junto a su pareja y ambos fueron incinerados juntos. ¿De película? Sí, y hay una. Pero uno de sus poemas está esculpido en una pared de la entrada de la Facultad de Filosofía de Madrid. Se titula “Nunca volveré a ser joven” y lo escribió en 1968.

No volveré a ser joven
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
—como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
—envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

       No he olvidado a Kipling, pero, lógicamente, el paso del tiempo, ya mucho, me obliga a mirar en silencio a los ojos de Jaime Gil de Biedma y sonreírle.
       Por cierto, esto no es un onanismo estético, aunque también, es, o intenta ser, un mensaje a nuestros jóvenes, a los que sufren, a los que se desesperan por no ver futuro, a los que huyen espantados, a los que no pueden huir y se rinden, este es mi humilde consejo: no pierdas la perspectiva final de Gil de Biedma: “...envejecer, morir, es el único argumento de la obra”, pero hasta ese momento repite como un mantra el verso de Kipling: “Si puedes mantener intacta tu firmeza cuando todos vacilan a tu alrededor...”.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXXIX / 8 de octubre del 2018



Otros artículos de Luis Roberts:


lunes, 12 de marzo de 2018

Mil maneras de morir [CXCVIII]

Laura Jaramillo


Gasparín, el fantasma que sólo quería hacer amigos,
hacía pensar que estar muerto no debía ser tan malo



         La muerte está irremediablemente ligada a la vida. Ese hecho es innegable. No obstante, es difícil aceptar esa realidad tan dolorosa. Y por ser tan dolorosa, se buscan palabras que permitan atenuar el dolor.
         La palabra muerte es tan dura de pronunciar, que existen mil maneras de decir que alguien murió. De hecho, cuando el muerto es íntimo, se prefiere decir que falleció.
         Para aliviar el impacto de esa palabra, se recurre, por supuesto, a expresiones metafóricas; esas metáforas que son de la vida cotidiana y que permiten tomar el asunto quizás con un toque de humor, especialmente cuando el que se fue no era tan allegado. Aquí es donde entran las maravillas del ingenio del colectivo.
         Entonces, la persona no murió, sino que:

Cruzó el páramo.
Colgó los guantes o los guayos.
Le dieron matarile (esto es según cómo murió).
Le dieron paila (cortesía de mis eternos hermanos colombianos).
Estiró la pata.
Se petateó (México lindo y querido).
Se fue al cielo (si fue bueno).
Se lo llevó el patas (si fue malo).
Se lo llevó la pelona o la huesuda (a veces la pelona anda suelta).
Masticó chicle (esto siempre lo dice mi vecina, la cuchona).
Se esfumó.
Hizo como Gasparín.
Se borró del mapa.

         No es que con estas invenciones se nos va a ir el dolor, pero con el tiempo iremos aprendiendo a sobrellevar ese trámite y qué mejor manera de hacerlo que la nuestra, la venezolana, echando vaina.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VI / N° CXCVIII / 12 de marzo del 2018





Otros artículos de Laura Jaramillo: