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lunes, 17 de junio de 2024

Veintiuna casas [CDLXV]

Edgardo Malaver Lárez



¿Y si fueran todas hembras?




Decimos un perro y una casa. Si les sumamos veinte, serían veintiún perros, pero ¿por qué habría que decir veintiún casas? ¿Los sustantivos femeninos cambian a masculino cuando pasan de veinte? ¿Y vuelven a ser femeninos hasta que pasan de treinta? Se oye con frecuencia. Treinta y un carros y treinta y un flores; cuarenta y un días y cuarenta y un noches. ¿Y cuando pasan de cincuenta? ¿A qué se debe esto? Cualquiera entiende que nos invade la duda porque no se dice cincuenta y uno niños, así que debe no ser tampoco cincuenta y uno tazas, y en el momento de la verdad, la lengua, la de la boca, pone por sí sola el numero en masculino, la forma de la que se siente segura, y uno sigue hablando y no se percata. Muy bien, pero cuando pasa de cien, ¿cuál es el problema de volver al uno, o sea, decir ciento un dálmatas y ciento una pastoras alemanas? Muchas personas que comienzan a estudiar francés logran controlar con mucha facilidad el pronombre partitivo en y el de lugar y, que en español no existen, y muchos que estudian alemán muestran una destreza enorme con las declinaciones y las proposiciones subordinadas, pero en su propia lengua les cuesta Dios y su ayuda acordarse de la simplísima concordancia entre adjetivo y sustantivo, particularmente cuando este es femenino y el determinante numeral termina en uno. ¿Cómo hacen cuando pasan de doscientos, en que habría que poner ambos números en femenino? O sea, doscientas una horas. ¿Dirán trescientas un empleadas? Eso sí que parece bien difícil de articular: femenino-masculino-femenino. ¿Y si después hubiera que agregarle un adjetivo? ¿Lo pondrán masculino, para no perder el ritmo y la uniformidad? Tendría que ser neutro, ¿no?

Hay quienes se mortifican por este fenómeno. No ven posible que vaya a mejorar en el futuro. Ay, Pandora, cierra pronto tu caja.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXV / 17 de junio del 2024


lunes, 10 de junio de 2024

Una de gramática [CDLXIV]

Edgardo Malaver Lárez



¿Quién quiere darle palos a un caballito tan bonito
si en la fiesta están hablando de gramática?




No sé ya cuál de los niños que estaban en aquel cumpleaños me preguntó: “¿Por qué todos los estudiantes son iguales y los alumnos son niños y niñas?”. Pensé que se refería a la diferencia de edades, pero él observaba que la diferencia en el artículo puede dar, por un lado, los estudiantes y las estudiantes (todos iguales) y, por otro, los alumnos y las alumnas (cada sexo con su género). Y no sé quién apagó la música ni en qué momento se hizo silencio para escuchar otras “curiosidades”: “Miren, niños, también existen ‘nombres de cosas’ cuyo significado cambia si les cambiamos el artículo: la frente y el frente, el cólera y la cólera, el parte y la parte”. Y qué asombro cuando dije: “Y otros nombres en que pasa lo contrario: no cambian de significado: el sartén y la sartén, el mar y la mar, el terminal y la terminal”. Una madre llamó su enfant terrible, que estaba en primera fila delante de mí. “Además”, agregué finalmente, “están los nombres que cambian totalmente de masculino a femenino, como hembra y macho, caballo y yegua, sastre y costurera”. Entonces se levantó una niña pequeñita y declaró: “Entonces no hay nada mejor que ser estudiantes, porque somos todos iguales”.

Aplaudimos todos.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXIV / 10 de junio del 2024


lunes, 8 de junio de 2020

Los varoncitos de las enfermedades [CCCVI]

Edgardo Malaver



En el mundo de las curvinas tampoco es fácil
reconocer el femenino del masculino




         El 4 de mayo de este año, Luis Roberts publicó aquí un artículo titulado “La RAE y el coronavirus”, cuya conclusión era que, como el sustantivo covid hace referencia a una enfermedad, su género debía ser femenino. Comentaba además que existe un grupo de académicos que argumenta que debía ser masculino “por tratarse de ‘un sustantivo’”, con lo cual el autor no está de acuerdo; pero en realidad lo único que es masculino en toda la discusión es el virus mismo y no la enfermedad. De modo que, diga lo que diga la Academia, ahora deberíamos decir la covid y no el covid, como tanta gente dice. Tengo que respaldar a Roberts en su rechazo a esa postura sobre el masculino de la recién nacida palabra porque es ridícula, pero me cuesta mucho apoyar la del femenino.
         Aunque parezca que no, aunque últimamente parecen ser los científicos, no los académicos (los de las universidades, no los de la academia, aunque también ellos, a veces) ni los movimientos sociales ni los promotores de ideologías ni los políticos bien vestidos los que deciden cómo van a llamar los hablantes a las cosas. Bien que pueden, lo malo es que tampoco sugieren, sino que pretenden imponer, como si tuvieran derecho a ello… o como si fuera posible. Hay, sin embargo, miles de casos en que la ciencia, el arte, la religión, la política han creado una cosa nueva, un concepto nuevo y se esmeran en ponerle como nombre una palabra nueva y, ¡pun!, viene la gente y la llama de otra forma. Hace como un año, una cajera de banco me corrigió malencarada: “Señor, esto no se llama dinero, se llama efectivo”.
         No me imagino si en el pasado, remoto o reciente, habrá habido esta discusión sobre el genero de las enfermedades, pero, tal como nos diría, una vez más, el viejo Saussure, no hay manera de preverlo: en esto manda la arbitrariedad. Para ahorrar tiempo y espacio, les pregunto: ¿todas las enfermedades tienen nombres femeninos? Vamos a ver: alzheimer, bocio, botulismo, cáncer, carbunco, catarro, dengue, lupus, resfriado común, sarampión, tétano, tinitus, vértigo, vitíligo son varoncitos. Hasta el acné y el alcoholismo son considerados enfermedades y no tienen nombres de niña. Incluso asma, cólera, ébola y sida, que terminan con a y todo, son palabras masculinas.
         Yo creo, por si fuera poco, que covid, además de que está destinado a perder ese número tan extraño —¿quién ha visto enfermedad numérica?—, más posiblemente termine llamándose coronavirus que covid: es demasiado difícil pronunciar esa de al final.
         No sé para qué lo repito. Siempre les digo a los estudiantes: uno no va a la pescadería y cuando por fin logra captar la atención del vendedor le pide un minuto para llamar al director de la Academia y preguntarle cómo se llama el pescado que quiere comprar. Uno llama el pescado como lo llaman las señoras que están alrededor y que saben prepararlo. Y eso es lo que hace, hacemos, con todas las demás cosas... y así aprendemos si son niñas o varoncitos.

emalaver@gmail.com





Año VIII / N° CCCVI / 8 de junio del 2020

lunes, 16 de diciembre de 2019

Soldada [CCLXXXII]

Luis Roberts


Santa María, Isla de Sal, Cabo Verde [Foto: P. Hauser]



         Todas las armas para combatir la injusticia histórica de la discriminación y cosificación de la mujer, son válidas, legítimas y justificadas. Todas menos, entre otras, aplicar criterios de hoy a personajes del pasado, culpabilizar al hombre por el hecho de serlo, y, querer enmendar los yerros históricos cambiando la lengua y su gramática. La lengua cambia sola, la cambiamos, poco a poco y sin descanso, respetemos su tempo y sus reglas.
         Si hay algo ridículo y risible a veces, en este terreno, es el llamado lenguaje inclusivo, la duplicación, utilizado de manera oportunista por los políticos en general. Venezolanos y venezolanas, alcaldes y alcaldesas, diputados y diputadas, etc. Atenta al principio de la economía del lenguaje y entra dentro de lo risible que señalábamos antes.
         Hay que tener en cuenta que el masculino abarcador no es resultado de una sociedad patriarcal. El académico de la RAE Álex Grijelmo, en su libro recién publicado, Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus), dice:

En el indoeuropeo, que es la madre de la mayoría de las lenguas de nuestro entorno, había un género para señalar a las personas (lo animado) y otro para señalar lo inanimado. El primero servía para nombrar a personas de cualquier sexo. Pero hace miles de años nació el género femenino por la necesidad de nombrar a las mujeres ante el papel primordial que adquirieron en las familias. Se crean así los géneros y el que valía antes para todos se desdobló como masculino sin perder su función inclusiva original. El problema viene de la Grecia clásica, cuando se empezó a reflexionar sobre el lenguaje y se habló de género masculino, en vez de hablar de un género de lo animado. Si se hubiera hecho así, entenderíamos hoy por qué hay un género que sirve para todas las personas y uno para las mujeres.

         La palabra señora no existía en el castellano hasta bien entrada la Edad Media, existía señor, pero no señora. Hoy, y desde no hace mucho tiempo, ya no sólo nos es familiar, sino que lo hemos incorporado al lenguaje tanto culto como coloquial, la presidenta, la jueza, la ingeniera, la abogada; la policía ya nos crea cierta ambigüedad.
         Esto viene a cuento de que hace poco oí la palabra soldada aplicada a la mujer que forma parte del ejército en su grado más bajo. Ya tenemos digerido, más o menos, generala, coronela, capitana, pero va a costar algo más asumir lo de comandanta, tenienta, alfereza, caba, y lo de soldada va a ser mucho más duro, debido a sus distintas acepciones, no ya verbales, de soldar, sino sustantivas. Soldada es sueldo, salario o estipendio, así como el haber del soldado, la paga. Su origen está en el latín, solidus, que era la moneda de oro que acuñó el emperador Constantino, el sólido.
         En la antigua Roma, la paga del soldado consistía en saquitos de sal, de ahí la palabra salario. Hasta la conquista colonial de África en muchos países de ese continente el instrumento de pago también era la sal, único remedio para combatir la deshidratación en las tórridas sabanas.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXII / 16 de diciembre del 2019



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