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lunes, 19 de junio de 2023

Hurra por los traductores médicos [CDXXVI]

Edgardo Malaver

 

 

Pelvis de medio millón de años de edad,
hallada en Atapuerca, España

 

 

 

         Les dije un día con esta misma caligrafía que me llevaba mal con la traducción legal. La traducción médica es mucho menos lejana conmigo, y aun así no somos fanáticos el uno del otro. Sin embargo, a mitad de marzo de este año tuve la oportunidad de escuchar, de lejos, intermitentemente y sin intervenir, un taller del célebre Pablo Mugüerza sobre medicina para traductores, y, cuando habló de los intestinos, me asombré con algo que seguramente ya había sabido antes por diferentes caminos y situaciones de aprendizaje. El exhaustivo taller de Mugüerza —sobre el cual él no cesaba de advertir que representaba una ínfima porción de lo que se estudia en cualquier escuela de medicina... como es natural— describe el cuerpo humano y sus funciones sistema por sistema, órgano por órgano, hormona por hormona. Así que no importa si uno no estudia traducción ni medicina, el atractivo es lo que informa: el maravilloso funcionamiento de un engranaje exquisitamente singular.

         Lo que me sorprendió ese día fueron cuatro palabras que con toda certeza ya había oído mencionar en secundaria y probablemente hasta he traducido alguna vez: hilio, íleon, ilion e íleo. Como se trata de un ejemplo magnífico de cómo el traductor tiene que tener los ojos, los oídos, el conocimiento, la imaginación más abiertos que las órbitas de Alí Babá, les voy a poner aquí las definiciones (la primera es de la Academia Española y las demás, del propio Mugüerza):

 

hilio (en inglés, hilus o hilum): depresión en la superficie de un órgano, que señala el punto de entrada y salida de los vasos o de los conductos excretores;

íleon (ileum): tercera porción del intestino delgado, entre el yeyuno y el ciego.

ilion (ilium): hueso ancho que forma la parte superior de cada mitad de la pelvis.

íleo (ileus): obstrucción del intestino debida a su parálisis (íleo paralítico) o a su exceso de actividad (íleo espástico).

 

         Como la traducción no puede ser nunca —ni siquiera la científica, que quizá da menos espacio para las oscilaciones creativas, sinonímicas, polisémicas de los términos— una simple sustitución mecánica de un significante por su equivalente léxico en otra lengua, conviene poner atención, y mucha, a estas sutilezas. El nivel de atención que exige la traducción médica, al menos juzgando por este meticuloso ejemplo, llega a un nivel tan alto que involucra un tercer idioma que, para más inri, ya no habla nadie en el mundo como lengua materna. Así que quizá podamos encontrar de todo sobre ellos en el inmenso lago de Internet, pero no podemos llamar a un amigo médico extranjero para que nos diga si le “suena natural” a sus oídos nativos.

         Muchísimos de mis alumnos están pensando, al pasar por esta línea, en uno de mis refranes favoritos: “En traducción no hay enemigo pequeño”. Cualquiera diría que se trata de simples palabras, incluso breves, que no importa mucho cómo las escribamos porque el especialista sabrá adivinar de cuál se trata en realidad, y los ignorantes de todos modos no las van a entender. Pero desde que nuestro más remoto antepasado primate pronunció su primera palabra está claro que no existe palabra que sea una simple palabra.

         El traductor científico está, como pocos otros profesionales, acorralado entre numerosas salidas tupidas de espinas. Si traducimos para científicos y no somos capaces de atinar los términos con la precisión con que lo han hecho ellos, vamos a hacer el ridículo y, como consecuencia, además, nos van a borrar de la lista de traductores confiables. Si traducimos para pacientes, vamos a crear más confusión de la que en condiciones naturales hay y, de resultas, también, nos van a culpar de los hipotéticos errores del autor. Para traducir con precisión y correctamente, hace falta el tiempo que nunca hay, y si traducimos con ayuda electrónica, querrán pagarnos menos. Si traducimos bien, nadie se da cuenta, pero si traducimos mal, matamos al paciente.

         El traductor que no se prepara para estos espejismos y fantasmas o que piensa que siempre va a estar lejos de su alcance porque por más que camina nunca se los tropieza, se encuentra en la misma culposa situación del médico que recibe un paciente cuyo padecimiento no logra identificar. Si el paciente tiene gripe y el médico le diagnostica cáncer será tan grave y criminal como si tiene cáncer y él le receta un antigripal.

         Indudablemente, sí, en todas las disciplinas existen estos pasajes dificultosos, delicados, casi insondables del oficio que producen comentarios como este, y en todos habrá quienes les adviertan a los más jóvenes: “Tengan cuidado con esto”. En la traducción médica, sin embargo, estas advertencias normalmente concluyen en el argumento incontestable, inapelable, incuestionable, de que lo que está en riesgo al traducir por debajo del estándar de la excelencia es la vida humana. No llega uno a imaginarse la magnitud de esa responsabilidad.

         Dije en el primer párrafo que no era precisamente amigo de la traducción médica. He sido en extremo injusto con ella. Lo que pasa es que las palabas que me flotan en la mente me han engolosinado para que ponga atención a otras voces, que me atraigan otros colores y me cuelgue de otras imágenes; pero tendría que hablar de la traducción médica con más cariño: los primeros 500 bolívares que me gané como traductor, cuando aún era estudiante, provinieron de la traducción de un artículo sobre ginecología. Y cómo me contenta haber comenzado por ahí, porque nada hay mejor cuando uno comienza en un trabajo que tener al menos algo de certeza acerca de cómo tienen que llamarse las cosas. Ayuda bastante no tener que inventar lo que ya está inventado.

         Pues bien, en estos días, escuchando a Mugüerza explicar, con el afán de precisión del médico y el afán de precisión del traductor, la hermosa complejidad del organismo humano, he llegado a pensar: “Qué trabajo tan difícil tiene que ser traducir estas cosas. ¡Hurra por los traductores médicos!”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVI / 19 de junio del 2023

 




lunes, 7 de septiembre de 2020

Idiocia e imbecilia [CCCXV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Charles Chaplin y Virginia Cherrill en
Luces de la ciudad (1931)

 

 

 

         A mí hubo un tiempo que me tenía deslumbrada este asunto cuando estudiaba Educación. Cuando descubrí la clasificación de los retrasos mentales, me quedé enganchada con dos palabras que aparecieron en el siglo XIX para designar a pacientes “anormales”, o con facultades disminuidas respecto a la mayoría “normal”. Las palabras eran idiocia e imbecilia.

         Es curioso que los propios psicólogos, al definir estos conceptos, recurren casi siempre la etimología (griega, latina o grecolatina); en el caso de idiocia, la raíz es idio-, que significa ‘lo propio’, ‘lo individual’. En griego, la palabra implica total ausencia de inteligencia y razón; pero el concepto abarca también la indiferencia social y política, el desinterés hacia la comunidad o la incapacidad de ejercer la ciudadanía. En la antigüedad, todo varón adulto griego libre tenía que tener participación pública, la cual presuponía domino sobre sí mismo, sobre su vida y sus propiedades, que incluían su mujer, sus hijos y sus esclavos; sin embargo, esta mujer, estos hijos y estos esclavos, al no ser ‘varones adultos libres’, al no tener control de sí mismos, eran una especie de discapacitados, se circunscribían a la esfera de otro ser y no podían ocuparse más que se sus propios asuntos, no tenían vida pública, eran idiotas.

         La palabra imbécil, por su lado, proviene de baculum, ‘bastón’ en latín; con la negación im-, indica en castellano ‘el que no lleva bastón’; la imagen que evoca es la de los ancianos que se ayudan de un bastón para caminar; son los más sabios de la comunidad, así que los ‘sin bastón’, los ignorantes, los inconscientes, los no aptos para la vida en sociedad son los imbéciles.

         Pero eso era en el siglo XIX; después las clasificaciones han sido menos amagas; para “objetivizar” el estudio de los retrasos mentales (término que solo indica velocidad de aprendizaje), muchas clasificaciones se han basado en la medición del cociente de inteligencia (y en este caso, inteligencia significa, en resumen, capacidad de resolver problemas). La primera de estas mediciones fue la ideada por los franceses Alfred Binet (1857-1911) y Theodore Simon (1873-1961), que ha tenido siempre la buena reputación de que sus autores pretendían aplicarla a los niños “anormales” (así decían) para prestarles ayuda; pero quizá fueron ellos los primeros que usaron los socorridos términos idiocia e imbecilia en psicología; otros, tergiversando su fin inicial, discriminaron, insultaron y maltrataron a los retrasados mentales. Hasta el presente se usan aquellos exámenes de Binet y Simon para rechazar candidatos en los empleos, en los ejércitos y hasta en las propias escuelas.

         Después se trató a los pacientes de retraso como mascotas: se les llamó, por ejemplo, custodiables, educacables y entrenables; y más tarde han venido nombres menos agresivos, pero la marginación y la estigmatización han persistido.

         Esos apelativos, muy científicos y todo, ahora nos suenan referidos a bestias salvajes o animales en general que pueden domesticarse; quien los usa se cree tan superior (y con el apoyo de la ciencia) que, además de llamar locos a sus semejantes, los ve como seres desprovistos de razón, ajenos a la humanidad. Toda una abyección, pero eso también somos los seres humanos... los psicológicamente normales, quiero decir.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXV / 7 de septiembre del 2020