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lunes, 6 de marzo de 2023

Pretérito y copretérito [CDXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente sobre el lago de Maracaibo. Foto: C. Hernández


 

 

         Tal como decía en la edición 98 de Ritos, titulada “Antepretérito, antepresente, antefuturo” (¡del 7 de marzo del 2016!), la diferenciación entre los tiempos pretérito (habitualmente llamado pasado) y el copretérito es bastante sencilla, sobre todo si recurrimos a Andrés Bello, que ha pensado su clasificación para “uso de los americanos”, es decir, para los que hablamos la lengua española en América. Me preguntan mucho los estudiantes por qué veo tanta diferencia, en lo que escriben, entre las formas pensé y pensaba, por ejemplo, y cómo pueden identificar rápidamente la diferencia. Me da gusto que me pregunten porque la sola pregunta es ya evidencia del aguijón que les ha clavado el estudio de la lengua, además de que, como descubren poco antes o poco después, es un asunto fascinante.

         Echémosle una mirada a esta lista de oraciones:

 

Yo caminé ayer con mi mamá

Yo caminaba ayer con mi mamá

 

Mis amigos me regalaron libros

Mis amigos me regalaban libros

 

Comieron sin recordar su hambre

Comían sin recordar su hambre

 

¿Te quedaste sola en tu casa?

¿Te quedabas sola en tu casa?

 

Regresamos temprano a Maracaibo

Regresábamos temprano a Maracaibo

 

         Está más bien claro que en la primera oración de cada par el hablante se refiere a una sola oportunidad en que se realizaron las acciones, ¿no es cierto?; señala un punto preciso en la llamada “línea del tiempo”.

         En el primer caso, por ejemplo, ¿verdad que uno piensa: “Sí, claro, esta persona caminó ayer con su mamá, no anteayer ni la semana pasada”? Sabemos que eso pasó en el pasado, no en el presente ni en el futuro, y que pasó una sola vez. Por esta razón esta forma del pretérito, para la Academia, se llama perfecta y, además, simple: porque ha concluido y no ocurre más. Para Andrés Bello, eso es simplemente pretérito, es decir, pasado.

         En la segunda oración de todos los grupos no sucede exactamente eso. Es parecido, pero no es igual. En la segunda oración, se sabe con certeza que el acto de caminar (y los otros ejemplos) ocurre en diversas oportunidades durante un período impreciso del pasado. No se puede (ni siquiera el que habla lo sabe... ¡ni los que caminaban!) determinar qué día ni a qué hora comenzaron con la costumbre de caminar juntos ni cuándo la abandonaron. Ni siquiera se sabe si la han detenido en el presente. En suma, se trata de un período, no de un momento, en el que sucedía repetidamente lo que dice la oración. Es pasado también, pero la repetición que está implícita lleva a Bello a llamar esta forma copretérito. Es como que dibujáramos una “línea del tiempo” y pusiéramos un punto en ella por cada caminata, una al lado de la otra. Por eso aparece el prefijo co- en copretérito.

         Como ejercicio para mis alumnos, los invito a examinar el resto de oraciones y tratar de ver si sucede también en ellas lo he dicho sobre el primer par.

 

Equivalencias entre Bello y la Academia (Fernández López, 2018)

 

         En la tabla de Justo Fernández López que les pongo aquí, aparecen las tres formas de llamar los tiempos verbales en español. Mi opinión es que no hay mejor conjunto que el ideado por Bello. Es la más sencilla y la más clara. Creo que las otras también ofrecen detalles que permiten comprender la naturaleza de los tiempos, pero no superan la de Bello. Su libro sobre el castellano de América es, además de supremamente informativo, muy claro, en contra de lo que su prestigio sugiere.

         Además de esto, uno siempre puede preguntarse (porque es cuestión de preguntarse): ¿cuándo hice tal o cual cosa?, ¿fue una sola vez o fueron muchas?, y, si fue más de una, ¿sigue repitiéndose o ya he dejado de hacerlo? Quizá las respuestas a estas preguntas y las lecturas que hagamos nos darán la ansiada claridad.

         En este instante me doy cuenta (presente, el momento en que lo digo) de que escribí aquel artículo (lo hice una vez y no lo he vuelto a escribir) el 7 de marzo del 2016. En aquellos días, siempre escribía (¿ven?, una época) los jueves, ahora lo hago los domingos.

         Muy bien... como he terminado mis respuestas a todos los que me han preguntado sobre este asunto, hasta luego.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXI / 6 de marzo del 2023




Otros artículos de Edgardo Malaver


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Una respuesta vieja: Andrés Bello [CLXXXII]

Edgardo Malaver



Ciento setenta años antes que Ritos, Andrés Bello ya había
clasificado los verbos “irregulares”



         Ya me había sucedido con Ángel Rosenblat: pensar que se me estaba ocurriendo una idea original y descubrir, apenas leer un poco sobre el asunto, que ya el maestro lo había dicho antes. Volvió a sucederme el 6 de noviembre, esta vez con Andrés Bello: apenas terminé de escribir mi esclarecido artículo de ese día sobre la conjugación de los verbos nevar y forzar, sólo después de terminar, me tropecé con el pedestal de Bello, y todavía me siento pequeñito.
         Dejé pasar los días para recuperarme, consciente de que esta iba a ser una segunda razón para escribir sobre él hoy, 29 de noviembre, fecha de su nacimiento.
         El capítulo XXIV de su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847), titulado “Verbos irregulares”, nos descubre, nada menos, las 13 clases de irregularidad que pueden presentar los verbos en español. Somerísimamente, se dividen así:
         La primera clase incluye todos los terminados en –acer, -ecer, -ocer, como nacer, florecer, conocer, respectivamente; pero también lucir, asir, caer, yacer. La segunda clase comprende aquellos que alteran la vocal acentuada de la raíz y la convierten en diptongo en la conjugación: acertar, adquirir, jugar, volar; y sigue una larguísima lista, que Bello explica pormenorizadamente. La tercera cambia la e de la última sílaba de la raíz a i, o la o a u: concebir (concibo), podrir (pudras). En la cuarta clase la anomalía es añadir una y a la raíz general, terminada en vocal: argüir (arguyo). La quinta es exclusiva, según Bello, para el verbo andar, mientras que la sexta lo es para oír. Pertenecen a la séptima clase todos los que terminan en -ducir (entre los cuales el autor destaca traducir), traer y sus compuestos. La octava incluye sólo salir y valer. La novena, bastante compleja, puede simplificarse groseramente así: el grupo de los que se conjugan como advertir y el formado por dormir y morir. La décima clase está formada por esos enrevesados verbos que tienen cuatro raíces posibles: caber, saber, hacer (y sus compuestos, como satisfacer) y poner. La undécima está formada por los verbos que tienen tres formas de base: querer y poder (con la peculiaridad adicional de que no se prestan para el imperativo). Los de la duodécima clase, tener y decir (y sus compuestos), tienen… ¡cinco raíces! La clase décimotercia —así dice Bello— está reservado para el verbo decir y todos los que se construyen a partir de él, que también pueden tener hasta cinco raíces.
         Bello aísla de éstos un grupo que llama “irregulares sueltos”, debido a su excesiva irregularidad y las dificultades que implica su clasificación. Incluye en él dar, estar, haber, ir, placer y ver. Sin embargo, no se detiene ahí. El siguiente capítulo se titula “De los verbos defectivos”, que forzosamente son irregulares. Y hasta el capítulo XXVIII sigue tratando la conjugación, su fascinante construcción y sus precisísimos significados.
         Cualquiera diría, entonces, que con esto es suficiente para desistir de estudiar español, aun siendo hablante nativo; cualquiera diría que jamás y nunca vamos a poder captar con conciencia todos los detalles que hace falta considerar para utilizar semejante complejidad; pero Bello nos reserva aún una joya más como conclusión de sus anotaciones sobre el asunto: “Yo dudo que alguna de las lenguas romances sea tan regular, por decirlo así, en las irregularidades de sus verbos, como la castellana”. Y agrega más tarde: “Y aun sucede en castellano que diferentes causas de anomalía concurren muchas veces en un mismo verbo”.
         Así como no se puede ahora salir a la calle sin persignarse, no debería uno atreverse a hablar de la lengua sin leer a Bello. ¡Ave, magister!

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXXXII / 29 de noviembre del 2017



Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 20 de noviembre de 2017

Estudiar, estudiando, estudiante [CLXXX]

Edgardo Malaver


Hace 60 años los estudiantes de la UCV se enfrentaron
a la policía de Pérez Jiménez



Que vivan los estudiantes,
jardín de nuestra alegría.

Violeta Parra


         Mañana es el Día del Estudiante en Venezuela. Como será el día en que más se repitan, en todo el año, las razones por las cuales se ha escogido el 21 de noviembre para celebrar a los jóvenes que dedican (o deberían dedicar) la mayor parte de su tiempo a entrenarse para ser más tarde los que, como dice Aquiles Nazoa, “van a coger por el mango la sartén”, al menos esta vez se me ocurre atraer la atención de los lectores de Ritos hacia la palabra estudiante y otras que comparten, o no comparten, rasgos con ella.
         Habría que comenzar diciendo que estudiante, aunque tenga apariencia y comportamiento de otros tipos de palabra, es el participio presente del verbo estudiar. ¿Participio presente? Sí. Siempre nos hablan del participio pasado, especialmente cuando aprendemos otro idioma, y nunca nos preguntamos si además de ese pasado hay uno que sea presente. Estudiar, naturalmente, tiene participio pasado y presente, que sería mejor llamar pasivo y activo. El pasivo, estudiado, toma parte en la formación de tiempos compuestos del verbo, como he estudiado tres lenguas y no sé cómo decir nada; el activo, mientras tanto, ha terminado adquiriendo conducta de adjetivo o de sustantivo. Uno puede decir, por ejemplo, el pobre animal estaba agonizante (adjetivo), y puede decir también el caminante (sustantivo) llegó sin problemas a la meta.
         Lo más sencillo que nos pueden mostrar, como “estrategia” para desenmascarar un participio activo, es que, cuando son sustantivos, son equivalentes a la fórmula “el que + vb. (pres.)”. Por ejemplo, el cantante es el que canta, el vigilante es el que vigila y, lógicamente, el estudiante es el que estudia. (Aquí casi no importan los otros verbos, ¿eh?, el que no estudia no es estudiante.)
         Uno aprende de niño esta especie de regla —gracias, maestra Josefina—, y sin darse cuenta se encuentra aplicándosela a todas las palabras que terminan así. Y por un rato, por unos días, la lengua se pliega y nos da ríos de participios activos en los que se cumple: caminante, inmigrante, tolerante, itinerante, pensante, amenazante, variante, delirante, vacilante, emocionante, celebrante; pero llega un momento en que comenzamos a tropezarnos con unos participios activos que son bien curiosos, casos que uno no piensa nunca como participios, pero lo son (y si estuviéramos conscientes de ello, quizá los utilizaríamos con más precisión): siguiente, obstante, bastante, teniente, corriente, recipiente, sextante, gigante, volante. Y luego también aparecen los casos en que quizá logremos identificar el verbo del cual proviene el participio pero no nos figuramos cómo éste llegó a significar lo que ahora significa: constante, insolente, tunante, indiferente, instante, caliente, consciente, eminente, docente, ingente.
         Todos estos fenómenos deben tener su explicación, pero son sobre todo los que parecen más extraños los que lo convierten a uno en estudiante: el que estudia, el que gusta de estudiar, el que aprovecha el estudio. De otra manera, quedaríamos como ese otro grupo de palabras que uno se imagina que simplemente tienen facha y no corazón de participio presente. ¿Qué significan, por ejemplo, diamante, elefante, nigromante? ¿El que diama, el que elefa, el que nigroma? ¿Y repente, elegante, galante, serpiente, accidente, clemente e incluso Vicente Dante?
         Yo, que en mi interior celebro el del Día del Estudiante como si tuviera 19 años, incluso desde aquella época apenas soy capaz de imaginar otra forma de disfrutar ese día que no sea observando, pensando, adivinando mi lengua y sus curvaturas, oliendo sus huellas en las palabras mías y en las ajenas, levantándole el maquillaje para oír la respiración de sus poros... que es mi manera de acariciarla y amarla.
         ¡Feliz día, muchachos!

emalaver@gmail.com





lunes, 6 de noviembre de 2017

Una pregunta vieja [CLXXVIII]

Edgardo Malaver



El Arco del Triunfo bajo la nieve (1940), 
fotografía de Robert Doisneau 


 
         Vamos a responder una vieja pregunta: ¿cómo se dice, profe: neva o nieva, forza o fuerza? No es difícil responder, en realidad, y en los más de los casos, ni siquiera hace mucha falta consultar diccionarios o libros de gramática. Quizá lo principal que habría que tener presente es que ambos verbos son irregulares. A los regulares no se les ocurre sembrar esas dudas en los hablantes.
         Cuando usted se encuentra con esta disyuntiva, no tiene más que pensar en otro verbo que sepa conjugar con certeza y cuya estructura vocálica —se me ocurre llamarla así— sea igual a la del verbo con el que tiene la duda. Por ejemplo, si usted no se decide acerca de si decir Me fuerzas a buscar otra opción o Me forzas a buscar otra opción, piense en el verbo soñar. Es la misma estructura vocálica, o-a, que en algunas formas se convierte en ue-a (o ue-o), y nadie duda de cómo se conjuga soñar: yo sueño, tú sueñas, él sueña, nosotros soñamos, ustedes sueñan, ellos sueñan. Así que, con confianza, diga Me fuerzas a buscar otra opción.
         En el caso de nevar, ¿deberíamos decir En París nieva cada cien años o En París neva cada cien años? Hay que pensar, como en el caso anterior, en un verbo similar que sepamos conjugar. Nevar tiene la misma estructura vocálica que regar, por ejemplo, es decir, e-a (que deriva en ie-a o ie-o), de modo que si decimos yo riego, tú riegas, él riega, nosotros regamos, ustedes riegan, ellos riegan, entonces habría que conjugar también así el verbo nevar. Habría que hacerlo si nevar fuera un verbo irregular corriente. Es defectivo y, por eso, no se conjuga más que en tercera persona del singular; es decir, habría que decir En París nieva cada cien años.
         Sí hay que tener el cuidado de no elegir un verbo regular como modelo. Podar y entrar, por ejemplo, no nos van a servir porque sus estructuras vocálicas no varían en la conjugación. La duda sencillamente no aparece. Tampoco funcionarán doblar, donar, dorar, dotar, orar, osar, robar, sobar, soplar, votar. En el otro grupo, no se adaptan a esta “regla” los verbos alegrar, besar, cesar, dejar, inventar, legar, mermar, quedar, velar, vetar.
         Si usted aún se siente inseguro, puede hacer este ejercicio: conjugue (y, mejor aún, construya oraciones, al menos, en tercera persona del singular con) los verbos acordar, colar, contar, esforzar, holgar, poblar, rodar, rogar, volar. Y, para que no vuelva a dudar, incluya entre ellos amolar. En el otro grupo, puede utilizar éstos: acertar, apretar, cegar, helar, mentar, segar, sembrar, sentar, tentar. Y, por si no le ha sonado curiosa su conjugación, inténtelo también con fregar.
         Por último, otro ejercicio muy útil —pero antes de hacerlo puede ser bueno recurrir al diccionario— es conjugar y emplear en oraciones el verbo amueblar... ¿o es amoblar?

emalaver@gmail.com




Año V / N° CLXXVIII / 6 de noviembre del 2017




Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 7 de marzo de 2016

Antepretérito, antepresente, antefuturo [XCVIII]

Edgardo Malaver



La imagen de Andrés Bello en el billete de 50 bolívares
fue sustituida por la de Simón Rodríguez en el siglo XXI


Profe, su trabajo no es complicarme la vida.
Una estudiante de Lengua Española I (2016) 

         A todo el mundo le confunden los tiempos verbales. Todos los usamos con bastante acierto, con mucha destreza, con más facilidad de lo que pareciera indicar la poca atención que les ponemos en la escuela, pero apenas llega un profesor y menciona un tiempo, a todos se nos borra todo lo que sabemos y lo que estamos por saber.
         ¿No deberían los gramáticos —me han preguntado cientos de personas dentro y fuera de la universidad— reunirse y ponerse de acuerdo para simplificar eso, para que la gente no se confunda tanto? Siempre me parece gracioso, en primer lugar porque simplificar el sistema verbal requeriría que la lengua se simplificara, lo cual requeriría que los mismos que preguntan hablaran de manera más simple; y en segundo lugar, porque eso ya existe y lo hemos tenido en casa toda la vida.
         El sistema de nomenclatura verbal ideado por Andrés Bello (1781-1865) tiene la inmejorable virtud de dar a cada tiempo un solo nombre, que se construye a partir de las solas nociones de pretérito, de presente y de futuro y su combinación únicamente con los prefijos ante-, co- y post-. No parece posible una mayor sencillez. Todo el sistema funciona basado en que las acciones suceden en un tiempo anterior, simultáneo o posterior al momento de la emisión del habla y en que el anterior y el posterior (el pretérito y el futuro) pueden ser, a su vez, anteriores, simultáneos o posteriores a otra acción. El nombre que aparece de esas combinaciones es tan significativo y a la vez tan fácil de interpretar, que por sí solo insinúa, o más bien sugiere, o más bien señala directamente en qué punto de la llamada “línea del tiempo” se ubica el tiempo verbal con respecto al presente del hablante y a otras acciones.
         En este instante, en presente, puedo decir: “Hoy escribo esta oración”. Puedo decir también: “Ayer en la mañana escribí una oración”. Pretérito. Y puedo decir: “Mañana en la tarde escribiré otra oración”. Futuro. Una vez establecidos estos puntos en la línea, puede hablarse también de tiempos anteriores al presente: “Hoy he escrito esta oración” (antepresente); al pretérito: “Ayer en la mañana, cuando hube escrito una oración...” (antepretérito), y al futuro: “Mañana en la tarde habré escrito otra oración” (antefuturo).
         Para decirlo en pocas palabras, antepresente significa lo que está justamente antes del presente, lo que ha ocurrido hace poco tiempo (lo más frecuente en España): “El viernes he conocido a tu hermano”. Pasa lo mismo con el antepretérito y el antefuturo, es cuestión de poner el verbo haber en pretérito y en futuro, respectivamente. También indica lo que ha sucedido antes al menos una vez pero puede volver a suceder en el presente o en el futuro, que es el uso más frecuente en Venezuela. Uno dice: “Esta semana he ido al Jardín Botánico tres veces” cuando aún no se ha acabado la semana, porque siempre es posible que vuelva a ir; pero se siente de todas maneras que esa repetición de acciones forma parte de un tiempo aún cercano, que no ha concluido.
         De modo que si a usted le resulta difícil, compleja, incomprensible la nomenclatura verbal de la Academia (que, además, fijó una en 1931 y otra en 1973): pretérito perfecto compuesto, potencial compuesto o perfecto, futuro perfecto, etc., quizá convenga echarle un vistazo a la clarísima clasificación de Bello, que, por si fuera poco, ha sido pensada para los hablantes de América.


emalaver@gmail.com


Año IV / N° XCVIII / 7 de marzo del 2016