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martes, 23 de abril de 2024

La be, la casa de todos [CDLVII]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

Bet-lehem, Belén, ‘casa del pan’

 

 

         Esta semana no salí con mi sobrino, pero como me gustó la historia de la a que conté la semana pasada, quiero contar ahora la de la be. De todas maneras, como estoy hospedada en su casa, se me presentan a cada paso piezas de rompecabeza, legos, flautas, tambores, carritos, trompos, pinceles, lápices de colores, libros... y letras, letras, letras, muchas letras, de todos los colores, de todos los tamaños, de todos los modelos. O sea, el ambiente me está llevando también a hablar de las letras.

         La segunda letra del alfabeto, la be, es la décima entre las que se encuentran al principio de las palabras, con 3.833 registros en el diccionario, es decir, 4,35 por ciento. Ella se las arregla, a pesar de esto, para estar presente en todos los territorios, para invadir otras sílabas y posiciones en el interior de las palabras y algunas veces, valientemente, hasta repite y se hace predominante, como en absorber, barba, bomba, de estas palabras hay a borbotones.

         Aunque procede del signo que idearon una tarde de buena brisa los fenicios que se ocupaban de esas cosas, la be nuestra actual, es decir, la del alfabeto latino (castellano, o español, en nuestro caso), sobre todo en su forma mayúscula, poco tiene que ver con aquellos “dibujos” que hacía sobre sus tablillas los originales creadores del signo. Las letras actuales de alfabetos como el hebreo y árabe, que son más bien silabarios, se parecen bastante más.

         El dato más curioso que encontré mientras investigaba es que el vocablo fenicio bet, que designaba la casa, el refugio que habitaba un hombre con su familia, terminó siendo nombre de la segunda letra porque, en aquella cultura, una casa era la propiedad de mayor valor después de un buey, cuyo nombre era aleph, la palabra aleph, la letra alef, hoy a.

         En español, por lo menos, en el español que yo hablo, las palabras más bonitas comienzan con be. Con be comienza la palabra más tierna del español, que es bebé. Y si uno vive en una región calurosa, beber puede ser particularmente placentero. También están estas otras, con las que me gusta jugar, construir adivinanzas, escribir poemas:

 

·       bagatela, que parece salida de una canción que cantara un gondolero en Venecia;

·       bahía, que es como el sonido de una flauta en una playa tranquila y con mucha luz;

·       baladí, que suena a agua que corre entre los dedos con alegría... en esa í está la alegría;

·       beluga, que no solo tiene sonido marino sino también como palaciego, como mediterráneamente antiguo;

·       betumen, que suena a volumen, y suena a cardumen y suena a cacumen;

·       bermejo, que parece todo pero no un color, que parece ser un cangrejo, pero también un ovejo.

·       birlibirloque, tan larga esa palabra, tan bruja, tan trabalengua, ¿no les suena?;

·       bicicleta, ay, la bicicleta, que se parece a la libertad, qué bello es el mundo cuando uno va en bicicleta;

·       bikini, ¿a qué más puede sonar bikini que a playa, a atrevimiento juvenil, a andar desnuda por el mundo sin perder el pudor.

·       boína, que es una palabra que se pertenece a sí misma, que es relativa a su propia naturaleza;

·       boricua, tan musical que uno oye maracas o sonajas de niños  flautas que cantan;

·       bonito, que parece ser un bueno chiquito, un bueno más bueno pero con cariño, o más intenso que bueno.

·       bulevar, con su apariencia de verbo, con su caminar tan pausado... y su espíritu parisino;

·       buque, una palabra que tiene imagen de barco grande, de casa en medio del mar, de piso seguro y a flote;

·       burbuja, tan juguetona, al mismo tiempo ligera e impactante, aérea y cristalina, leve, efímera

 

         También me gustan balandra, bambú, bohemia, borceguí, bufanda. Y algunos de los nombres de personas, de lugares, etc. que siempre me resuenan en la mente sin atormentarme son Babel, Babilonia, Bagdad, Bárbara, Belén, Bernardo, Biblia, Bruno.

         La semana pasada dibujé un buey en mi agenda. Hoy tendría que dibujar una casa: una casa para la be, para albergar quizá a los bueyes de la letra a, las lenguas del pasado y las del presente, para los sonidos inocentes de la naturaleza y nuestras duras palabras cotidianas, una casa para todos.

 

Valencia, 12 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 



Año XII / N° CDLVII / 22 de abril del 2024

DÍA DEL LIBRO Y DEL IDIOMA

 

lunes, 17 de abril de 2023

Apellidos que se disfrazan de nombres [CDXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Isla griega de Gavdos, el punto más al sur de Europa

 

 

         Cuando estaba aún en primaria, ya me atormentaba que los niños escribieran sus nombres al revés, es decir, apellido-nombre. Más tarde observé que también muchos adultos lo hacían, y esto era mucho más difícil de comprender. Y aún no lo logro, porque resulta que esta práctica no es compatible con nosotros; es en el hemisferio oriental del mundo donde lo normal es que la gente exprese su identidad anteponiendo el apellido al nombre.

         Cualquiera que recuerde a Saddam Hussein (1937-2006) recordará también que en las noticias lo llamaban Saddam y no Hussein. A Mao Tse-Tung (1893-1976) (como se escribía en español cuando yo supe de su existencia) se le llama Mao en el mundo entero y a Mobutu Sese Seko (1930-97) nadie lo llama de otra forma que Mobutu. Y hay otros casos, miles, sólo que quería impresionarlos con estos tres [malos] ejemplos.

         Hay en Occidente, sí, en muchas áreas, personajes históricos que tienen apellido y, a pesar de eso, se les conoce mejor por su primer nombre. Uno muy prominente es Napoleón Bonaparte, cuyo apellido se utiliza con tan poca frecuencia —hay que ser un historiador hiperriguroso para hacerlo— que uno puede pensar que se llama simplemente Napoleón, como en la antigüedad. Otro caso, infinitamente más grato, es fray Luis de León, a quien nunca nadie ha llamado De León. A sor Juana suele llamársele por ese primer nombre, por el nombre sor Juana Inés o sor Juana Inés de la Cruz, su nombre religioso completo, pero nunca De la Cruz. Pasa exactamente lo mismo con Garcilaso de la Vega —con los dos, en realidad— y también con Lope de Vega, y en este caso, Lope, por el que se le menciona con más frecuencia, ¡es su segundo nombre! A Leonardo, sin embargo, puede llamársele por el nombre o por su apellido, si es que Da Vinci es su apellido. Y en el caso de Miguel Ángel, muy pocos recordarán en el momento más necesario cómo se apellidaba.

         Aunque no hace mucha falta repetirlo, en el mundo occidental, es decir, aquí, los hablantes decimos nuestros nombres en este orden: nombre-apellido. El nombre puede incluir una composición de dos o más y el apellido puede ser uno solo o dos, pero cuando son más de dos —que es un caso tan raro que ya no debe haber muchos ni en la nobleza, donde la haya—, igualmente se acomodan lo mejor que pueden en dos grupos: el paterno y el materno.

         Lo que no pasa en la cultura occidental (o es tan poco común que apenas sucede a uno le llama la atención) es que, como los tres personajes aquellos del segundo párrafo, uno diga su nombre al revés. Cuando se le pone el nombre de una persona a una calle, a una escuela, a un parque, no le ponen, por ejemplo, “Universidad Sáenz Manuela” ni “Calle Blanco Andrés Eloy” ni “Plaza Páez José Antonio”. Eso es impensable. En la portada de un libro no se pone nunca “Gallegos Rómulo”, y si lo pusieran, hay que dudar tanto de esa edición que sería mejor ni examinarla siquiera. Y sin duda, cuando usted está en una fiesta y le preguntan su nombre, no dice: “Rodríguez Juan. Mucho gusto”. Nunca.

         Sí hay, es cierto, contextos y situaciones en los que tiene sentido poner los nombres al revés: en la escuela, en instituciones del Estado y en poquísimos otros lugares. Se hace, esencialmente para organizar la información que se tiene sobre los individuos, por ejemplo, por medio de una lista. Sin embargo, es el que desea hacer la lista, el que tiene el deber de presentar la información ordenada y fácilmente inteligible, quien pone los nombres al revés (apellido-nombre), no las personas cuyos nombres están en la lista.

         Muchos estudiantes se quedan con la impresión, después de los años de primaria y secundaria, de que en situaciones formales, como en los exámenes, deben escribir su nombre comenzando por el apellido. Incomprensible. Pueden suceder desastres debido a esta actitud, que normalmente no ha sido objeto de reflexión. Pensando en mis propios alumnos, voy a poner un ejemplo extremo pero de ninguna manera imposible. Imagínense, chicos, que alguno de ustedes se acostumbra a poner su nombre al revés y firma de esta manera:

 

Cruz Alfonzo Clemente Román

Fermín Belisario Beltrán Lorenzo

Marta Elvira Reina Concepción

Socorro Magdalena Ventura Rosario

 

Todos estos nombres, los masculinos y los femeninos, son también apellidos. Es decir, si yo no sé que ustedes, en contra de lo regular en nuestra cultura, escriben sus nombres con los apellidos primero —¿por qué tendría que pensar eso si no estamos en Asia?—, voy a creer que se llaman Cruz, Fermín, Marta y Socorro, y que se apellidan Clemente, Beltrán, Reina y Ventura. Perfectamente posible. Culturalmente claro. Pero podría cualquiera de ustedes venir a señalarme que estoy confundiendo sus nombres con sus apellidos. Comprando refrescos en la playa, quizá no pasaría nada, pero ¿se imaginan el resultado de esta confusión si un cirujano tiene que extirparle un órgano a Marta y le traen a Reina al quirófano? ¿y la del profesor que les va a poner una mala nota, y la del juez que les va a leer un veredicto condenatorio?

         Miren ahora estos nombres:

 

Martín Gimeno Santiago

Sabina Gadea Francia

 

Si no estamos de acuerdo en que los nombres van primero y los apellidos después (que es incomprensible que no lo estemos) o si usted lo hace al revés sin saber o por alguna razón, ¿cómo decido yo si estas personas están usando un solo nombre y dos apellidos o dos nombres y un solo apellido? Y en cualquiera de los dos casos, ¿cuál es cuál? En realidad, no hay razón para que me haga esas preguntas, porque la cultura me indica que los nombres van primero y los apellidos después. Y, aunque parezca una tontería, si uno se acostumbra a hacerlo al revés, se está creando a sí mismo un problema que puede convertirse en grave y, quizá, no tener solución (después de que nos extirpan un riñón sano, un diente o un ojo, no hay vuelta atrás, por más que después el médico se entere de que nuestro nombre estaba al revés).

         La solución puede ser sencillísima: leer las normas de uso de la coma. Cuando es necesario invertir el orden nombre-apellido, hay que poner una coma entre uno y otro (tal como se hace, por lo demás, cuando se invierte, por ejemplo, el orden sujeto-predicado o se traslada alguna parte de la oración a un lugar que no le corresponde en el orden canónico). Otra solución (sobre todo en casos especialmente confusos como el de Martín Gimeno Santiago o Sabina Gadea Francia) puede ser la que han adoptado los franceses. Para que el nombre quede recalcitrantemente claro, incluso en casos muy claros, los franceses ponen casi siempre los apellidos en mayúsculas sostenidas.

         Entonces, muchachos, no se crean chinos, iraquíes o congoleses, que no lo son. En los países árabes, en los asiáticos, en muchos africanos y en los europeos del este, es normal y correcta la inversión del nombre, pero desde la isla de Gavdos, Grecia, hasta la de Diomedes Menor, Estados Unidos, y desde Puerto Williams, Chile, hasta Hammerfest, Noruega, no es así. No actúen sin saber lo que hacen. Investiguen las normas y adopten los recursos que ellas ofrecen para escribir con la mayor claridad. Y si se trata de sus propios nombres, que es como decir que se trata de ustedes mismos, y si puede tener consecuencias negativas escribirlo mal (sí, mal), es urgente aprender a escribirlo y escribirlo bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVII / 17 de abril del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 13 de febrero de 2023

Nombres prohibidos [CDVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El encuentro de David y Abigaíl (1630), de Peter Paul Rubens

 

 

         Yo trabajé en Margarita con una muchacha argentina que contó una vez que sus padres la habían querido llamar Samanta. Ambos habían soñado durante años con tener una niña y ponerle ese nombre, pero al llegar a la prefectura para inscribirla en el Registro Civil, los funcionarios les informaron que ese nombre estaba prohibido en Argentina. Los padres explicaron cuánto significaba aquel nombre para ellos, pero para simples escribientes, en la dictadura de los años 70, no era posible aceptarlo. Protestaron, y entonces les trajeron el libro donde estaban los nombres permitidos. Después de mucho discutir, argumentar y alterarse sin ningún resultado, ya furioso pero accediendo a los ruegos de su mujer para que no se metieran en un problema mayor, el padre cogió el dichoso libro decidido a poner a su hija el primer nombre que apareciera en él. Y fue así como aquella compañera terminó llamándose Abigaíl.

         En el año 2009, en Venezuela, a alguien con algo de poder se le ocurrió que habría que modificar la ley para impedir que los niños fueran llamados, por ejemplo, con nombres extranjeros, nombres de superhéroes del cine y la televisión, de dictadores o criminales, nombres que fueran combinaciones extravagantes o vulgares y todo nombre que pudiera considerarse ridículo o que, en el futuro, significara un atentado contra la dignidad o la estabilidad psicoemocional del niño. Algo bueno tuvo aquella propuesta: logró poner de acuerdo a los padres que ponen nombres extraños a sus hijos y a los que están en contra de esa práctica. Estábamos todos de acuerdo en que, aunque quizá muchos debían adquirir un poco más de conciencia sobre ello, los padres tenían que conservar la libertad de nombrar a sus hijos como ellos decidieran y no que el Estado se lo impusiera, por limitada y razonable que fuera la lista de los prohibidos.

         Además de ser una actitud arrogante, ¿con qué criterio uniforme y confiable puede nadie confeccionar una lista de nombres que sean “apropiados” para los ciudadanos? ¿Quién tiene tal nivel de equilibrio y tal combinación de conocimiento, flexibilidad y “buen gusto” para ser justo en semejante tema? El primer propósito que siempre se menciona es el del origen cultural del nombre. Sin embargo, ¿dónde existe un origen cultural tan claro y homogéneo que ofrezca opciones aceptables para todos en un asunto tan subjetivo?

         Ya todos hemos oído que el nombre de una persona puede traer consecuencias sobre su psicología. Y mil veces nos han dicho también que en las culturas más antiguas el nombre de cada quien insinuaba desde el principio el destino del recién nacido. En la Biblia, por ejemplo, Isaac proporcionó ‘alegría’ a sus padres, ancianos ya cuando lo engendraron; Moisés fue ‘sacado de las aguas’ y luego guio a su gente a través del mar; Jesús, que se salvó de la matanza de los inocentes, se convirtió en el ‘salvador’ de su pueblo. No es que en esta época sea nadie capaz de dibujarles el destino a los hijos de tal manera, pero sí es posible, al menos, no torcerles la vereda por la que les tocará caminar. De modo que conviene llevar nombres agradables, que no perturben, que no avergüencen, que no aplasten.

         Es un asunto de educación, me parece. Si usted tiene una poca de conocimiento del mundo que va más allá de la calle en que nació, creció y aprendió a conducir, es probable que, al menos por comparación, se le cuelgue la idea de que hay nombres comunes y nombres no comunes. El argumento de los nombradores extravagantes es que quieren que sus hijos tengan nombres que nadie más tenga. ¿Qué ganarán con eso? Ellos, una ilusión, quizá; los hijos, la frustración. Una vez instalado Internet en nuestra vida, todos los portadores de “nombres originales” han descubierto que en el vecindario vecino y tres países más allá y al otro lado del mar hay otros que se llaman igual.

         También es un asunto de cultura, ¿no? Uno tiene que tener un nombre que concuerde con la cultura en la que ha nacido. Hay que tomar en cuenta que ese nombre va a ir unido, en todos los documentos de su portador, durante toda la vida. Y más tarde también. Sin embargo, hay gente, en todas las culturas, que parece creer que los nombres que han heredado de miles de años de tradición (y casi todas las demás palabras que les da su lengua) son inferiores, y por tanto despreciables, si se les compara con los de otras culturas, entre más lejanas mejor. Estas combinaciones, cuando son simplemente nominales y no tienen la profundidad del enriquecimiento cultural, suelen guardar semejanza con los faunos y los centauros.

         Es cuestión de conciencia también, de quién es uno, que abarca lo que es y ha sido el pueblo donde uno ha nacido. Si descubriéramos que ningún otro pueblo tiene más dignidad que el nuestro, aunque fuera simplemente porque es el único que es nuestro, quizá así descubriríamos más de nosotros la belleza de los nombres que nos dejaron nuestros bisabuelos.

         A aquella Abigaíl la llamaron siempre Samanta en casa porque, gracias a Dios, algo que no pueden hacer las autoridades es suprimir la claridad de propósitos de aquellos que la poseen. Tampoco pueden borrarle a la gente la lengua que quiere hablar. Aquellos padres tuvieron que cambiar, en los documentos de su hija, la influencia anglófona por la judeo-cristiana, de tradición más prolongada e indudablemente más cercana a su historia. El origen de aquella prohibición en Argentina era de naturaleza ideológica: aspiraba a eliminar los nombres ingleses, es decir, procedentes de una cultura “imperialista”, pero quién sabe si Samanta habría sido bueno para la niña. Lo que sí es ridículo en este campo y en otros es pensar que vamos a poder cambiar la sonoridad de los nombres por decreto, que vamos a poder trazarles un camino a las palabras con una ley. Aunque estén prohibidos, la gente seguirá escogiendo para sus hijos nombres que se asemejen a los latidos con que los aman. Y que estén prohibidos no es un obstáculo lingüístico ni emocional, ni siquiera jurídico. Es simplemente un antojo ideológico de los gobernantes, que tarde o temprano la lengua viva que habla la gente vencerá.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVIII / 13 de febrero del 2023

 

lunes, 3 de enero de 2022

Cuarenta nombres propios [CCCLXXV]

Edgardo Malaver

 

 

Argelia Laya, política

 

 

 

         Miren estos nombres: Albania, Arabia, Argelia, Argentina, Armenia, Aruba, Australia, Austria, Bélgica, Bolivia, Colombia, Etiopía, Francia, Georgia, Grecia, Guadalupe, Holanda, Hungría, India, Irlanda, Italia, Jamaica, Jordania, Kenia, Liberia, Libia, Macedonia, Malvina, Mauritania, Montserrat, Namibia, Nigeria, Palestina, Samoa, Serbia, Somalia, Trinidad, Turquía, Uganda y hasta Venezuela. Cualquiera podría pensar que es una simple lista de nombres de países, y también lo es, pero lo que los asocia en este caso preciso es que, además, son nombres de mujer. No es una lista exhaustiva, está prejuiciada y carece de rigor, es decir, por ejemplo, mezcla nombres de mujer que son también nombres de países con nombres de países que son también nombres de mujer, pero nos da una señal de que no son pocos los nombres que sufren de ese trastorno de doble personalidad.

         Hay de todo. Y de todas partes. Los hay que pueden sonarnos poco probables, porque son poco comunes, como Uganda, Jamaica y hasta Venezuela, pero algunos otros, como Argelia, Bélgica y Francia, son bastante frecuentes. Entre los que parecen haber sido primero antropónimos femeninos antes de convertirse en topónimos están Guadalupe, Montserrat y Trinidad. Religiosos los tres y cristianos; marianos dos, teológico el otro; árabe, catalán y castellano, respectivamente. Incluso los hay triculturales, trinacionales y tricreyentes, como Palestina.


Bolivia Bocaranda, activista social


         Comencé a hacer esta lista pensando que predominarían los nombres de países europeos, pero resulta que son los africanos los más abundantes: 11, mientras que los europeos son 10. Pensé que los asiáticos serían más que los americanos, pero los americanos resultaron ser 10 y los asiáticos, seis. Y de Oceanía, como no incluí Nueva Zelanda, había apenas dos.

         Los hay de resonancia más poética y antigua, como Grecia, Mauritania y Turquía; los que tienen sabor a misterio, como India, Hungría y Macedonia, y aquellos a los que, de lejos, se les siente una temperatura cálida, como Arabia, Jordania y hasta Venezuela. Unos que no ubicamos en el mapa que guardamos en la mente (ni en el de papel), como Samoa; otros que sentimos como los vecinos bien vestidos, como Argentina, y aun otros que parecieran neologismos, como Liberia.


Grecia Colmenares, actriz


         Kenia, Etiopía y Somalia saben dulce en la lengua; Namibia está lleno de luz, y Colombia rebosa música y fiesta. Pero algo es bien seguro: uno no puede dejar de asociar un mundo entero, una larga historia, toda una cultura, conocida o desconocida, a una persona que lleva el nombre de un país. Multitud de imágenes y sonidos, ríos de significados, enjambres de color y canciones llegan a nuestra imaginación con cada uno de ellos.

         Mirando esta lista de 40, me fijo apenas en 13 nombres que creo haber oído o leído como nombres de mujer, quizá a seis o siete mujeres habré conocido en persona alguna vez con tan hermosos nombres. Lo que no dudo es que, si de veras, como se consideraba en la antigüedad, el nombre de una persona orienta su vida hacia ciertos destinos más que hacia otros, llamarse por el nombre de toda una nación tiene que ser un cielo abierto, una noche estrellada, una lluvia.

         También es hermoso que, hasta donde sé, pasa en todas las lenguas y en todos los países: en Rumania, en China... y hasta en Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXV / 3 de enero del 2022

 

 


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viernes, 25 de diciembre de 2020

Nombre y apellido del Niño Jesús en castellano [CCCXXXVI]

 Edgardo Malaver



Buen Pastor, imagen del siglo III



Me imagino que no soy el único que se ha preguntado por qué el Niño Jesús, de adulto, recibe el nombre de Jesucristo. ¿Acaso es un resumen del nombre?, pregunté una Navidad en casa cuando era niño y nadie supo decirme. Ahora tengo edad de responder, más que de preguntar, y ya encontré la respuesta.

En castellano —uso castellano a propósito—, cuando las culturas occidentales no se habían zambullido de lleno en la fiebre de ponerse, de poner, de heredar y de perpetuar apellidos, los hombres simplemente tenían su nombre, y así nacían, crecían, se reproducían y, al final, morían. Es probable que cuando los pueblos comenzaron a crecer y hubo más de un Pedro, más de una María, comenzarían en algunos lugares a ponerse segundos nombres: Pedro José, María Antonia, César Augusto. Cuando ya la temperatura les llegó, digamos, a 38, fueron los oficios, los lugares de origen, los caracteres físicos, las reputaciones, las hazañas los que se ponían después del nombre de pila: Pedro el Herrero, María la de Navarra, José el Feo, Juan el Cortés.

Cuando se aproximaba la Edad Media, ya la fiebre era delirante, y los apellidos eran indicio de alcurnia, de posición social, de poder. Mucha gente del pueblo, que no se pertenecía a sí mismo, mucho menos iba a tener apellido (por más originales que sean y hayan sido las formas de llamarse de los más humildes). Cuando llegó la hora de escribir el Cantar del Mío Cid, ya existía, cuando menos, aquella práctica de apellidarse a partir del nombre del padre (lo que se llama patronímico, pater + nome: ‘nombre del padre’). Pedro tiene un hijo llamado Gonzalo y éste se apellida Pérez, que es el patronímico que corresponde a Pedro (por Pere, la forma medieval de este nombre); luego Gonzalo Pérez tiene un hijo, lo bautiza Ramiro y éste, de adulto, se hace llamar Ramiro González. Y sus hijos se llamarán Ramírez.

Don Rodrígo, el Cid Campeador, se apellidaba Díaz porque su padre se llamaba Diego, pero sus hijas, doña Elvira y doña Sol, se apellidaban Rodríguez, hijas de Rodrigo. En este punto, algunos se están preguntando, como hacía yo también, por qué a veces se llama a este personaje Ruy Díaz de Vivar. Andrés Bello lo explica en dos líneas:


Los nombres propios se apocopan antes del patronímico: Alvar Fáñez, Garci Ordóñez, Rodric Díaz, que después se dijo Rui Díaz, etc. (Bello, 1881, 312).


Y así, de paso, nos enteramos de que García era nombre (masculino) y no apellido en la Edad Media, pero cuando iba seguido por el patronímico, se convertía en Garci. Así aparecieron los apellidos Garcilaso, Garcidueñas, Garciálvarez. Por la combinación de dos nombres (como los casos descritos), un nombre y un apellido o dos apellidos, nacieron también Fuentidueño, Sanchiáñez, Ruipérez.

“Profe”, me van a decir mis alumnos, “¿y el Niño Jesús?, ¿cómo entra el Niño Jesús en este asunto?”. ¿No lo han visto? Jesús de Nazaret, también llamado ‘el Cristo’, aunque éste no sea un patronímico, en algún momento hace poco más de mil años, en el incipiente castellano de Castilla, llegó a ser llamado Jesu Christos, y de esto a Jesucristo, había tan sólo un paso. Jesús el Cristo es muy similar a Felipe el Hermoso, Pipino el Breve, Alfonso el Sabio, o cualquier otro personaje, célebre o no, que haya tenido un apodo, un apelativo, un epíteto.

El personaje que cumple años hoy tiene, según Fray Luis de León, “casi innumerables nombres”. De ellos el primero que aparece en el Antiguo Testamento es Pimpollo, y no es difícil imaginarse a la Virgen María, como cualquier otra madre, mirando a su hijo recién nacido como quien mira el pimpollo de una flor. Otros nombres de Jesús, dice Fray Luis, son


León y Cordero, y Puerta y Camino, y Pastor y Sacerdote, y Sacrificio y Esposo, y Vid y Pimpollo, y Rey de Dios y Cara Suya, y Piedra y Lucero, y Oriente y Padre, y Príncipe de Paz y Salud, y Vida y Verdad (De León, 2020, 28).


Los nombres tienen tanta influencia en nuestra vida, en nuestra constitución psíquica y emocional, que no es extraño que el Niño Jesús tenga tantos y tan poéticos, y que en algunos casos, hasta parezca que tiene también apellido.


emalaver@gmail.com




Bello, A. (1881). Obras completas. Volumen II: Poema del Cid. Santiago de Chile: Pedro G. Ramírez.

De León, F.L. (2020). De los nombres de Cristo. Madrid: Verbum.




Año VIII / N° CCCXXXVI / 25 de diciembre del 2020