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lunes, 19 de agosto de 2024

Una del alfabeto [CDLXXIV]

Edgardo Malaver Lárez



La flor de la zanahoria ya no estaría al final de la lista



La semana pasada me preguntaba mi hija pequeña para que servía la letra K. (Agrego de una vez, desordenadamente, porque se me puede olvidar más tarde, que discutimos durante varios minutos si el nombre de la letra debía escribirse con ce o con la propia ca, y terminamos riéndonos mucho por causa de esas letras cuyos nombres comienzan, o pueden comenzar, con otras letras... “Es que no tienen mucha autoestima”, nos dijimos.) Ya se habrán imaginado que le expliqué que, al igual que la doble ve, la ca se utiliza para escribir palabras de origen extranjero que aún no nos hemos decidido a escribir con nuestra ce. Y le mencioné el artículo de Ritos sobre Catar del 2 de enero del año pasado, que no era buen ejemplo porque no involucra la doble ve pero que nos llevó al uso de la cu, que el alfabeto de Andrés Bello se utilizaría para escribir toda la serie de las sílabas ca-, que-, qui-, co-, cu- y sus emparentamientos con otras consonantes y vocales. O sea, se escribiría Qaraqas, saqeo, qinto, banqo y qualqiera.

—¿Y cereza?

Cereza se escribiría seresa. Y circo sería sirqo.

—¿Y zanahoria?

Sanaoria.

—¡¿Y entonces qué se escribiría con ce?!

—Pues nada. Dejaría de existir... y de confundir.

—Ay, qué bueno sería.

—Ciertamente, sólo que luego no seríamos capaces de leer todo lo que se ha escrito en el pasado, o nos costaría muchísimo. Lo que se está escribiendo hoy mismo sería casi incomprensible dentro de muy poco tiempo. Para muchos significaría volver a aprender a leer y escribir. Y una cantidad inmensa de gente se negaría a hacerlo.

Y termina diciéndome pícaramente, en voz bajita, como protegiéndose la boca con una mano: “Sería como un lenguaje secreto”.

¿Se imaginan? Que el alfabeto volviera a ser un lenguaje secreto, aunque todos sepamos leer y escribir... Fascinante.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXIV / 19 de agosto del 2024


lunes, 6 de marzo de 2023

Pretérito y copretérito [CDXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente sobre el lago de Maracaibo. Foto: C. Hernández


 

 

         Tal como decía en la edición 98 de Ritos, titulada “Antepretérito, antepresente, antefuturo” (¡del 7 de marzo del 2016!), la diferenciación entre los tiempos pretérito (habitualmente llamado pasado) y el copretérito es bastante sencilla, sobre todo si recurrimos a Andrés Bello, que ha pensado su clasificación para “uso de los americanos”, es decir, para los que hablamos la lengua española en América. Me preguntan mucho los estudiantes por qué veo tanta diferencia, en lo que escriben, entre las formas pensé y pensaba, por ejemplo, y cómo pueden identificar rápidamente la diferencia. Me da gusto que me pregunten porque la sola pregunta es ya evidencia del aguijón que les ha clavado el estudio de la lengua, además de que, como descubren poco antes o poco después, es un asunto fascinante.

         Echémosle una mirada a esta lista de oraciones:

 

Yo caminé ayer con mi mamá

Yo caminaba ayer con mi mamá

 

Mis amigos me regalaron libros

Mis amigos me regalaban libros

 

Comieron sin recordar su hambre

Comían sin recordar su hambre

 

¿Te quedaste sola en tu casa?

¿Te quedabas sola en tu casa?

 

Regresamos temprano a Maracaibo

Regresábamos temprano a Maracaibo

 

         Está más bien claro que en la primera oración de cada par el hablante se refiere a una sola oportunidad en que se realizaron las acciones, ¿no es cierto?; señala un punto preciso en la llamada “línea del tiempo”.

         En el primer caso, por ejemplo, ¿verdad que uno piensa: “Sí, claro, esta persona caminó ayer con su mamá, no anteayer ni la semana pasada”? Sabemos que eso pasó en el pasado, no en el presente ni en el futuro, y que pasó una sola vez. Por esta razón esta forma del pretérito, para la Academia, se llama perfecta y, además, simple: porque ha concluido y no ocurre más. Para Andrés Bello, eso es simplemente pretérito, es decir, pasado.

         En la segunda oración de todos los grupos no sucede exactamente eso. Es parecido, pero no es igual. En la segunda oración, se sabe con certeza que el acto de caminar (y los otros ejemplos) ocurre en diversas oportunidades durante un período impreciso del pasado. No se puede (ni siquiera el que habla lo sabe... ¡ni los que caminaban!) determinar qué día ni a qué hora comenzaron con la costumbre de caminar juntos ni cuándo la abandonaron. Ni siquiera se sabe si la han detenido en el presente. En suma, se trata de un período, no de un momento, en el que sucedía repetidamente lo que dice la oración. Es pasado también, pero la repetición que está implícita lleva a Bello a llamar esta forma copretérito. Es como que dibujáramos una “línea del tiempo” y pusiéramos un punto en ella por cada caminata, una al lado de la otra. Por eso aparece el prefijo co- en copretérito.

         Como ejercicio para mis alumnos, los invito a examinar el resto de oraciones y tratar de ver si sucede también en ellas lo he dicho sobre el primer par.

 

Equivalencias entre Bello y la Academia (Fernández López, 2018)

 

         En la tabla de Justo Fernández López que les pongo aquí, aparecen las tres formas de llamar los tiempos verbales en español. Mi opinión es que no hay mejor conjunto que el ideado por Bello. Es la más sencilla y la más clara. Creo que las otras también ofrecen detalles que permiten comprender la naturaleza de los tiempos, pero no superan la de Bello. Su libro sobre el castellano de América es, además de supremamente informativo, muy claro, en contra de lo que su prestigio sugiere.

         Además de esto, uno siempre puede preguntarse (porque es cuestión de preguntarse): ¿cuándo hice tal o cual cosa?, ¿fue una sola vez o fueron muchas?, y, si fue más de una, ¿sigue repitiéndose o ya he dejado de hacerlo? Quizá las respuestas a estas preguntas y las lecturas que hagamos nos darán la ansiada claridad.

         En este instante me doy cuenta (presente, el momento en que lo digo) de que escribí aquel artículo (lo hice una vez y no lo he vuelto a escribir) el 7 de marzo del 2016. En aquellos días, siempre escribía (¿ven?, una época) los jueves, ahora lo hago los domingos.

         Muy bien... como he terminado mis respuestas a todos los que me han preguntado sobre este asunto, hasta luego.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXI / 6 de marzo del 2023




Otros artículos de Edgardo Malaver


viernes, 25 de diciembre de 2020

Nombre y apellido del Niño Jesús en castellano [CCCXXXVI]

 Edgardo Malaver



Buen Pastor, imagen del siglo III



Me imagino que no soy el único que se ha preguntado por qué el Niño Jesús, de adulto, recibe el nombre de Jesucristo. ¿Acaso es un resumen del nombre?, pregunté una Navidad en casa cuando era niño y nadie supo decirme. Ahora tengo edad de responder, más que de preguntar, y ya encontré la respuesta.

En castellano —uso castellano a propósito—, cuando las culturas occidentales no se habían zambullido de lleno en la fiebre de ponerse, de poner, de heredar y de perpetuar apellidos, los hombres simplemente tenían su nombre, y así nacían, crecían, se reproducían y, al final, morían. Es probable que cuando los pueblos comenzaron a crecer y hubo más de un Pedro, más de una María, comenzarían en algunos lugares a ponerse segundos nombres: Pedro José, María Antonia, César Augusto. Cuando ya la temperatura les llegó, digamos, a 38, fueron los oficios, los lugares de origen, los caracteres físicos, las reputaciones, las hazañas los que se ponían después del nombre de pila: Pedro el Herrero, María la de Navarra, José el Feo, Juan el Cortés.

Cuando se aproximaba la Edad Media, ya la fiebre era delirante, y los apellidos eran indicio de alcurnia, de posición social, de poder. Mucha gente del pueblo, que no se pertenecía a sí mismo, mucho menos iba a tener apellido (por más originales que sean y hayan sido las formas de llamarse de los más humildes). Cuando llegó la hora de escribir el Cantar del Mío Cid, ya existía, cuando menos, aquella práctica de apellidarse a partir del nombre del padre (lo que se llama patronímico, pater + nome: ‘nombre del padre’). Pedro tiene un hijo llamado Gonzalo y éste se apellida Pérez, que es el patronímico que corresponde a Pedro (por Pere, la forma medieval de este nombre); luego Gonzalo Pérez tiene un hijo, lo bautiza Ramiro y éste, de adulto, se hace llamar Ramiro González. Y sus hijos se llamarán Ramírez.

Don Rodrígo, el Cid Campeador, se apellidaba Díaz porque su padre se llamaba Diego, pero sus hijas, doña Elvira y doña Sol, se apellidaban Rodríguez, hijas de Rodrigo. En este punto, algunos se están preguntando, como hacía yo también, por qué a veces se llama a este personaje Ruy Díaz de Vivar. Andrés Bello lo explica en dos líneas:


Los nombres propios se apocopan antes del patronímico: Alvar Fáñez, Garci Ordóñez, Rodric Díaz, que después se dijo Rui Díaz, etc. (Bello, 1881, 312).


Y así, de paso, nos enteramos de que García era nombre (masculino) y no apellido en la Edad Media, pero cuando iba seguido por el patronímico, se convertía en Garci. Así aparecieron los apellidos Garcilaso, Garcidueñas, Garciálvarez. Por la combinación de dos nombres (como los casos descritos), un nombre y un apellido o dos apellidos, nacieron también Fuentidueño, Sanchiáñez, Ruipérez.

“Profe”, me van a decir mis alumnos, “¿y el Niño Jesús?, ¿cómo entra el Niño Jesús en este asunto?”. ¿No lo han visto? Jesús de Nazaret, también llamado ‘el Cristo’, aunque éste no sea un patronímico, en algún momento hace poco más de mil años, en el incipiente castellano de Castilla, llegó a ser llamado Jesu Christos, y de esto a Jesucristo, había tan sólo un paso. Jesús el Cristo es muy similar a Felipe el Hermoso, Pipino el Breve, Alfonso el Sabio, o cualquier otro personaje, célebre o no, que haya tenido un apodo, un apelativo, un epíteto.

El personaje que cumple años hoy tiene, según Fray Luis de León, “casi innumerables nombres”. De ellos el primero que aparece en el Antiguo Testamento es Pimpollo, y no es difícil imaginarse a la Virgen María, como cualquier otra madre, mirando a su hijo recién nacido como quien mira el pimpollo de una flor. Otros nombres de Jesús, dice Fray Luis, son


León y Cordero, y Puerta y Camino, y Pastor y Sacerdote, y Sacrificio y Esposo, y Vid y Pimpollo, y Rey de Dios y Cara Suya, y Piedra y Lucero, y Oriente y Padre, y Príncipe de Paz y Salud, y Vida y Verdad (De León, 2020, 28).


Los nombres tienen tanta influencia en nuestra vida, en nuestra constitución psíquica y emocional, que no es extraño que el Niño Jesús tenga tantos y tan poéticos, y que en algunos casos, hasta parezca que tiene también apellido.


emalaver@gmail.com




Bello, A. (1881). Obras completas. Volumen II: Poema del Cid. Santiago de Chile: Pedro G. Ramírez.

De León, F.L. (2020). De los nombres de Cristo. Madrid: Verbum.




Año VIII / N° CCCXXXVI / 25 de diciembre del 2020





lunes, 13 de enero de 2020

Un Bello colombiano (II) [CCLXXXVII]

Edgardo Malaver


 
Platón reunido con sus discípulos en la academia
(mosaico del siglo I)


[He aquí el segundo capítulo, para celebrar el Día del Maestro]
         ¡Los adversarios políticos! En la serie, de joven no tanto, pero de adulto, durante la guerra, en los debates parlamentarios, en las proclamas, Bolívar termina convenciendo a muchos que se le oponen por la fuerza de sus palabras, tanto como por la autoridad que detenta pero que, a fin de cuentas, está fundada en palabras. ¿Y quién ha desplegado mayor habilidad epistolar para reunir a su favor las circunstancias y los pareceres? El mérito de este triunfo, o de este método para llegar a él, es de Bello. También de Rodríguez.
         ¡Y las mujeres! La destreza de Bolívar con las mujeres no puede ser únicamente producto de su inspiración, de su belleza física, ¡de su dinero! Las cosas que parece que les decía tienen que haber sido fruto de sus lecturas literarias, de la reflexión sobre la naturaleza humana y, otra vez, sobre la fuerza de las palabras para mover las emociones a favor o en contra de una u otra razón. ¿Y quién inició a Bolívar en tales lecturas, en tales reflexiones, en tales prácticas? No puede haber sido Bello el único, pero sí tiene que haber sido el más poeta de sus maestros.
         Ustedes recuerdan, ¿verdad?, lo que hizo Albert Camus al oír la noticia de que se le había concedido el Premio Nóbel de Literatura en 1957. Le escribió una carta a su maestro de literatura de la escuela primaria y le atribuye a él todo lo que ha conseguido en ese camino iniciado con él. Bolívar le escribió esa carta a Rodríguez, pero sin duda también Bello la merecía. En la serie, Rodríguez vuelve a encontrar a Bolívar en París y ya no parece corregirlo ni darle más consejos. Bello, al contrario, nunca vuelve a verlo después de 1810, y no se despidieron en santa paz, porque Bello no aprobaba el proceder sinuoso de su pupilo. Sólo cuando este entra en cintura deja de ser un señorito malcriado y se convierte en un estadista, cosa que también era Bello.
         En el fondo de todo esto, entonces, está Bello. Y está Simón Rodríguez, y está el marqués de Ustáriz y el marqués del Toro, está incluso el tirano Bonaparte, pero Bello está en el origen, los demás vinieron después.
         El aniversario de Bello —y ahora el Día del Maestro— es importante por la misión de los maestros en el presente. ¿Es misión de un maestro enseñar a leer y a sumar a un niño? ¿Tiene un maestro que ocuparse de enseñar las capitales de los países y los números en inglés? Sí, pero ¿no es eso demasiado simple para un personaje tan importante en la formación de un niño? La misión tiene que ser superior a eso. Si no me propongo moldear un Simón Bolívar de cada niño, soy un triste maestro. [No vayan a creer los postmodernos sabelotodos que estoy diciendo que hay que educar líderes, porque no se trata y no se ha tratado nunca de eso... como no se trata tampoco del acento que le ponen a un personaje real en una película de época.]
         La polis ideal de Platón debía ser gobernada por “hombres de oro”, los espíritus más luminosos de la ciudad, pero la educación —la paideia, para decirlo con la palabra más precisa— tenía que velar por el crecimiento honroso de estos individuos, porque aun siendo de oro el espíritu puede desviarse en ausencia de educación. Y los efectos de la paideia sobre cada individuo incrementa exponencialmente los efectos sobre la sociedad. Con esa visión parece haber edificado Bello el monumento de su obra.
         Al final, ni la guerra, que es el hábitat de Bolívar, ni la universidad, que es el de Bello, pueden hacerse sin palabras y sin conocimientos. Al final, hayan sido de donde hayan sido nuestros maestros, hayan hablado con el acento que hayan hablado, lo que nos quedan son sus ideas, sus metáforas, sus palabras. Al final, es eso lo que podemos recuperar de su paso por la historia, que es nuestra propia historia: palabras, pero no son sólo palabras, porque ellas han tenido vida, y la vida está por encima de los hechos y de la historia.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXVII / 13 de enero del 2020




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lunes, 9 de diciembre de 2019

Un Bello colombiano (I) [CCLXXXI]

Edgardo Malaver



Cincuenta y cinco años después, Humboldt aún recordaba
a aquel muchacho enfermizo que vivía para estudiar




         Seguramente por influencia de mi madre, no pasa un 29 de noviembre sin que yo me acuerde de Andrés Bello. Recuerdo con claridad una escena de mi infancia en que, al llamarme ella para almorzar, le contesté que no podía porque estaba leyendo, y después de eso, muchas veces se comentó en la mesa que yo tenía la actitud de Andrés Bello, para quien, según ella, estudiar era más importante que alimentarse; pero no era verdad, porque a mí siempre me gustó mucho comer, aunque sabemos que don Andrés, de joven, sí era más bien frágil y enfermizo, es decir, que se tomaba a pecho que su mente necesitaba más alimento que su estómago.
         Suena a lugar común, y lo es, pero lo cierto es que, según Miguel Amunátegui, discípulo, amigo y biógrafo de Bello, hasta el barón Alejandro de Humboldt lo deja bastante claro cuando, en 1799, le aconseja a la familia del joven poeta moderar el fervor de su trabajo, si querían conservar su salud. Es presumible que Bello estuviera entre los caraqueños que quisieron acompañar al científico alemán a subir al Ávila el 2 de enero de 1800 y que luego se devolvieron a mitad de camino, cansados por una escalada que para él y para Bonpland había sido un simple calentamiento mañanero.
         El punto es, entonces, que el espíritu docente de mi madre me inscribió en la memoria recordar el nacimiento de Bello. Y este año la fecha casi me atrapa viendo la serie Bolívar de Netflix, en la que aparece un Bello bastante curioso para la imagen que tenemos de él, y no sólo en apariencia sino sobre todo en la lengua. Este Bello, interpretado por el actor Nicolás Prieto, es, en primer lugar, alto, musculoso, todo un galán contemporáneo de televisión, de pelo largo y con una barca de cinco días inconcebible para un maestro del siglo XIX; en segundo lugar, pero más impresionante, ¡este Bello habla en español de Colombia! No tenemos derecho a reprochar a los productores que no hayan buscado un actor que fuera tataranieto de Bello y que imitara el acento y las frases que éste usaba cuando era maestro de Simón Bolívar; eso es una necedad. (Me parece ya un logro que los actores que representan a Bolívar adulto, a su madre y a su hermana mayor hayan sido venezolanos y que la actriz de Manuelita Sáenz haya sido ecuatoriana. Lo demás es demasiado pedir.) A mí me llama la atención este Bello de habla colombiana porque, cultural e históricamente, es eso lo que más llama la atención en Andrés Bello: la lengua.
         El párvulo Bolívar, apenas 20 meses más joven que su maestro, era un muchacho presumido, impulsivo e incontrolable, como casi todo niño rico, huérfano y sin idea de lo que desea hacer en la vida. Bello, sin embargo, era un maestro equilibrado, tranquilo, sabio; un maestro —en la serie dicen profesor, que es un título que a Bello no le calza ni con escuadra, como no le calza a Simón Rodríguez— que en 1810 tiene mucho más clara que su predestinado discípulo la situación política europea, el tacto y la cautela que debe tener un diplomático y, por encima de eso, la importancia de la honestidad. Sin embargo, lo importante aquí son las cosas que dice el personaje.
         Cuando Bello le da clases a Bolívar, que lo hace en la academia militar (primera noticia para mí), lo convence de que un líder, un estratega, un hombre culto y de mundo no es nadie si no conoce su lengua y su literatura (y otras) como instrumento para lograr objetivos, para persuadir, para dirigir a su pueblo. Y el personaje Bolívar, capítulos más tarde, da múltiples demostraciones de haber aprendido bien la lección. Siempre que un grupo de soldados quiere, por ejemplo, desertar del ejército para huir del frío de los Andes, que, por orden del Libertador, están atravesando sin camisa y sin zapatos, aparece él, desgranando palabras e ideas como si fuera Demóstenes, Pericles, Cicerón. Y los soldados, el pueblo, hasta los adversarios dudosos siempre terminaban gritando: “¡Cuente con nosotros, general, cuente con nosotros!”. Eso fue obra de Bello.

Seguimos en el próximo capítulo.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXI / 9 de diciembre del 2019




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lunes, 12 de agosto de 2019

Una niña de nueve años [CCLXX]

Edgardo Malaver


Oliwia Dabrowska, la niña del abrigo rojo de La lista
de Schindler (1993), de Steven Spielberg



         Mi profesora de Castellano y Literatura de cuarto año de bachillerato se sabía de memoria todo el libro de texto —sí, el de Raúl Peña Hurtado y Luis Rafael Yépez—. Lo descubrí una mañana que llegué tarde a clase, como cada martes y cada jueves, y me senté al lado de Shiraz Dahouk, la única muchacha árabe que había en mi grupo, para que me indicara por dónde andaban; Shiraz me mostró la primera página del capítulo, y yo lo busqué en el índice; después ella levantó tres dedos y yo interpreté que estábamos leyendo el tercer párrafo. A mitad de párrafo, se me cayó la quijada en el libro al percatarme de que la pobre mujer, caminando por entre los pupitres, recitaba, palabra por palabra, lo que decía Menéndez Pidal sobre el Cantar de mío Cid.
         Una forma sin duda poco estimulante para que los jóvenes estudiantes se interesen en un texto importante pero cuyo primer acercamiento será siempre difícil por causa de la distancia en el tiempo, aunque en teoría la lengua sea la misma. Algunos episodios de la historia de Rodrigo, sin embargo, no se dejaron opacar por aquel lastimoso ejemplo. Uno de ellos es el de la “niña de nueve años” que le advierte al Cid que debe irse de Burgos porque su presencia pone en riesgo a los habitantes, que han sido amenazados por el rey de perder los ojos si lo ayudan. Mil veces ha venido a mi memoria aquella primera impresión que me causó el demoledor abandono que significaba para el Cid el hecho de que fuera apenas una niña indefensa la que se atreviera a hablarle, mientras los demás, aun considerándolo un buen hombre, se escondían.
         Andrés Bello, sin embargo, nos sorprende con la idea de que esta niña que le habla al Cid no es precisamente un niña, sino más bien una naña, es decir, una anciana. Y nos da una buena explicación:

En la edición de [Tomás Antonio] Sánchez se lee una niña de nuef años; pero el razonamiento que sigue se atribuye a una vieja en la Crónica [del famoso cavallero Cid Rui Díez Campeador], capítulo 91; lo cual es infinitamente mas natural i propio, no habiendo nada en él que no desdiga de una niña, a menos que se la supusiese sobrenaturalmente inspirada, circunstancia de que no hai el menor indicio en la narración. Atendiendo a que la Crónica va aquí paso a paso con el Poema, tengo por seguro que está viciado el texto del códice de Vivar, o de la edición de Madrid, i que debemos leer “una naña de sesenta años”. Naña significaba ‘mujer casada’, ‘matrona’ [Berceo, Duelo, copla 174; Alejandro, copla 1017]; i suponiendo que los números se hubiesen escrito a la romana, como a menudo se hacía, era un lijerísimo rasgo lo que diferenciaba a nueve de sesenta. Facilísimo era que la pluma májica de un copiante trasformase a la naña de LX años en una niña de IX.
El Diccionario de la Academia Española trae nana en lugar de naña; pero que en el siglo XIII se pronunciaba naña lo prueban irrefragablemente los pasajes citados de Berceo i del Alejandro, en que consuena con sana, extraña, compaña, montaña, faciaña (fazaña, hazaña).

         El cine y la literatura han querido imitar... o han imitado sin querer esta imagen de la niña que se levanta inerme ante un gigante como Ruy Díaz de Vivar: la Cosette de Víctor Hugo, la vendedora de los fósforos de Andersen, la niña vestida de rojo de Spielberg. Y resulta que, en rigor, de veras que tiene mucho más sentido que sea una anciana.
         Aun así, la obra pervive. La serena palpitación de aquella lengua castellana inicial y de aquella historia real contada en términos de ficción nos ha conducido a otros caminos, también luminosos —celebro aquí la novela Mío Cid Campeador (1928), del poeta Vicente Huidobro—. No importa, entonces, el desdén de algunos o el descuido de otros, la sombra del olvido no caerá sobre el Mío Cid porque, como literatura, nos cuenta lo que no vemos dentro de nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXX / 12 de agosto del 2019


martes, 16 de julio de 2019

¿Por qué Andrés Bello escribe tan mal? [CCLXVIII]

Edgardo Malaver


 
Rebelde portada de 1923 del autor
de
Platero y yo



...i los pensamientos se tiñen del color de los idiomas.

Bello


         El artículo de la semana pasada trataba de Rodrigo Díaz de Vivar (h. 1048-1099), el Cid Campeador, para homenajearlo porque se cumplían 920 años de su muerte, pero sobre todo para hablar del Cantar de mío Cid, la obra literaria que narra sus hazañas. Y como había descubierto que nuestro Andrés Bello estuvo investigando y escribiendo sobre el Cantar la mitad de su vida, me di el placer de leer y utilizar sus escritos para sustentar lo que deseaba decir. Bello, por cierto, hizo con la copia de Per Abat lo mismo que después haría Ramón Menéndez Pidal, pero nadie recuerda ni menciona el hermoso y agudísimo trabajo de Bello.
         La citas que utilicé provinieron de la edición de 1881 de las obras completas de Bello editadas por el Consejo de Instrucción Pública de Chile, de modo que el texto exhibía algunos de los rasgos más destacados de las ideas del autor acerca de cómo debía ser la ortografía de la lengua española. Tales rasgos hoy en día, en que muchas de las razonable propuestas de Bello se quedaron sin el apoyo que un día reunieron, lucen mucho como una trasgresión, cuando no una fuente de confusión: usa la i en lugar de la conjunción y, por ejemplo, y escribe general y energía con jota. ¿Por qué don Andrés escribía tan mal?, puede preguntarse cualquiera que no lo conozca.
         Pues resulta que estaba siendo equilibrado y ecuánime, porque en realidad Bello propuso en 1823 (la misma época en que comenzó a estudiar el Mío Cid) una reforma bastante sencilla pero también bastante audaz de la ortografía del castellano, que en algún momento llegó a tener algo de aceptación en Sudamérica, sobre todo en Chile. No sería justo decir que era original, puesto que en el siglo XV Antonio de Nebrija ya había formulado el corazón de la propuesta de Bello: “Tenemos de escrivir como pronunciamos, et pronunciar como escrivimos”, porque de otra manera, ¿para qué tenemos letras?
         Siguiendo esa lógica, Bello publicó, junto con el colombiano Juan García del Río, en su Biblioteca Americana de Londres un artículo titulado “Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América”, en el cual exponen que el castellano, que consta de sonidos elementales bien diferenciados, “es quizá el único idioma de Europa que no tiene más sonidos elementales que letras”. Además desestiman radicalmente la utilidad de dos de los tres criterios de la Real Academia para configurar la ortografía: el uso constante y la etimología. La pronunciación es para ellos el único criterio razonable para tal fin.
         En consecuencia, “sugieren” —es la palabra que usan— una reforma ortográfica de dos etapas que pretende conformar un alfabeto de 26 letras, variando también los nombres de casi todas: A (a), B (be), CH (che), D (de), E (e), F (fe), G (gue), I (i), J (je), L (le), LL (lle), M (me), N (ne), Ñ (ñe), O (o), P (pe), Q (que), R (ere), RR (re), S (se), T (te), U (u), V (ve), X (exe), Y (ye), Z (ze).
         Con esto no sólo queda explicada la curiosa utilización de la i y la jota en Bello sino también en autores contemporáneos y posteriores a él, como Simón Rodríguez, Fermín Toro y Domingo Faustino Sarmiento. En 1844 la reforma había sido acogida oficialmente por Chile, donde don Andrés era inmensamente respetado; luego lo hicieron otros países, incluyendo Venezuela, pero la iniciativa naufragó finalmente en 1944, cuando su gran promotor, Chile, la abandonó. Juan Ramón Jiménez, sin embargo, siguió utilizándola por convicción hasta el fin de sus días en 1958.
         La ortografía, que como dice Bello, no tiene por objeto “corregir la pronunciación común, sino representarla fielmente”, puede ser tan sencilla como lo sean los sonidos de la lengua. Y considerándola con criterios claros y coherentes, puede contener ideas y emociones, conocimiento e imaginación. El quid es, entonces, si las letras de veras pintan los sonidos de nuestras palabras, porque las palabras han de dibujar siempre nuestro paisaje interior.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXVIII / 16 de julio del 2019




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