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miércoles, 28 de diciembre de 2022

Antiguo manuscrito revela origen extraterrestre de la palabra ‘arepa’ [CDIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Locos y locainas de La Vela de Coro, Falcón
Foto: El Carabobeño


 

 

         Tarde o temprano tenía que suceder, tarde o temprano íbamos a encontrar la prueba irrefragable de que la arepa no es venezolana ni colombiana, sino que la trajeron los extraterrestres. Los diarios El Cucuteño, de Colombia, y La Señal de San Antonio, de Venezuela, acaban de publicar simultáneamente, en su edición de ayer, 27 de diciembre, un informe sobre los hallazgos de los investigadores de la Universidad de Londres y la Sociedad Nacional de Arqueología de Estados Unidos en la biblioteca de la antiquísima Misión de los Franciscanos en Santa Clara de la Piedra, que permite llegar a tal conclusión.

         El informe, firmado por los dos responsables de la investigación, Peter O’Connor y Martha C. Lee, comienza afirmando que han reunido información suficiente que podría poner fin a la disputa entre los venezolanos y colombianos acerca de diversos elementos culturales de gran interés en la historia de ambas naciones; sin embargo, la pieza fundamental de los hallazgos es, sin duda alguna, una carta encontrada la semana pasada en la sección de libros raros, dirigida por el abad de la congregación, fray Emiliano González de Zárate, al papa Julio II entre los años 1510 y 1514.

         Según O’Connor y Lee, en la carta fray Emiliano informa al papa que ha llegado al convencimiento de que los indígenas del lugar habían recibido la visita de seres extraterrestres (“res alieni”, “viris ex aliis planetis”) entrenamiento especializado para el cultivo de diversas especies vegetales, además de lo que hoy llamaríamos la “receta” de diversas comidas que se preparan aún en la región. Uno de ellos, expresa el informe, “sería el alimento básico de Colombia y Venezuela, que los ‘viris ex aliis planetis’ llamaban por el nombre de ‘arepe’ o ‘arepa’”. También dan indicaciones precisas de cómo hacer el fuego y la superficie en que debe cocerse la arepa.

         “Infortunadamente, falta al menos una página del valioso documento, que calculamos que originalmente tenía seis o siete”, dicen O’Connor y Lee. “La página faltante, junto con el resto del original, que no está en buenas condiciones, debe estar en la Biblioteca Vaticana, dado que iba dirigida al papa”.

         Con estos hallazgos, opinaron otros expertos consultados por El Cucuteño, quedaría pulverizadas las hipótesis lingüísticas según las cuales el vocablo arepa provendría del idioma hablado por los cumanagotos a la llegada de Cristóbal Colón. Lo que es más, por datos que asoman los arqueólogos británicos y americanos sobre la fecha de la visita de los seres alienígenas y los otros lugares del mundo donde habían aterrizado, puede llegarse a pensar ahora en la posibilidad de que hasta los bisabuelos de Jesucristo hayan comido arepas en la Palestina prerromana.

         Ni en Venezuela ni en Colombia se habían hecho investigaciones de esta naturaleza en la misión de Santa Clara de la Piedra, cuyas ruinas subsisten sobre la margen izquierda del río Táchira. La “vetusta construcción, que data del año 1500”, según el informe, fue abandonada antes del comienzo del siglo XVII (como había deducido un trabajo anterior de O’Connor), y lo único que permanece, casi intacto, es el sótano de la biblioteca, donde apareció el manuscrito.

         Al final de la nota, ambos periódicos indican a sus lectores que si habían leído hasta ese punto, entonces merecían saber que todo el texto ha sido escrito como una broma del Día de los Inocentes.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDIII / 28 de diciembre del 2022

 

 

 

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lunes, 12 de mayo de 2014

Tu misión, Jim, si decides aceptarla... [VII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 


         Sabemos que durante la Conquista y la Colonia muchas ciudades de América —en México, por ejemplo— nacieron alrededor de las misiones fundadas por los evangelizadores que tenían el objetivo de convertir a los indígenas al cristianismo. Muchas de esas misiones fueron destruidas a partir del siglo XVII, otras subsistieron y terminaron mimetizadas dentro del mar de la ciudad que crecía y crecía, y —en Venezuela, por ejemplo— han dejado rastros que emocionan a los enamorados de la historia: no es infrecuente tropezarse en algún pueblo pequeño con una cruz más o menos grande en medio de una calle, de una pequeña plaza o incluso en algún jardín, con una fecha que delata su origen a la vez civilizador y espiritual.
         Desde abril del 2003, existen en Venezuela misiones diferentes a aquellas que pretendían extender la fe cristiana en el Nuevo Mundo. La primera de las “misiones” ideadas por el gobierno, que honrosamente llevaba como apellido el apodo que utilizaba don Simón Rodríguez, se proponía, al menos idealmente, eliminar de Venezuela el analfabetismo. Después de ésta, con la consecuente sensación de que el gobierno estaba trabajando en diversidad de campos en que se necesitaba la acción de un equipo responsable, pensó también en la Misión Sucre, la Misión Ribas, la Misión Guaicaipuro, y más tarde Misión Árbol, Misión Identidad, Misión Ciencia. Proliferaron tanto —son al menos 33—, que pareciera haber una, o más de una, por cada tipo de problema que hay en Venezuela. Algunas tienen nombres un tanto exagerados y rimbombantes que parecieran querer abarcar todo el país con el solo nombre, como la Misión A Toda Vida Venezuela, la Misión Niños y Niñas del Barrio o la Gran Misión Vivienda Venezuela. Es tanto lo que el gobierno ha hecho girar su trabajo alrededor de las “misiones”, que hasta los humoristas comenzaron en algún momento a tener las suyas: la de Emilio Lovera es un programa llamado Misión Emilio que se transmite por Televén.
         La construcción de estos nombres probablemente haya sido inspirada por el título de la archiconocida serie de televisión Mission: Impossible, que transmitió originalmente CBS entre 1966 y 1973. El canal grabó una nueva versión de la serie entre 1988 y 1990, antes de que Tom Cruise aterrizara en la tradición de las misiones en 1996. Cada capítulo comenzaba con el mensaje de un agente del gobierno americano que le explicaba al protagonista, Jim Phelps, mediante un mensaje grabado —que se destruiría cinco segundos después de ser escuchado—, un delicadísimo problema diplomático que, con frecuencia, hacía peligrar la estabilidad de un gobierno, la vida de un líder internacional, la paz del mundo. El mensaje invariablemente decía: “Tu misión, Jim, si decides aceptarla...”.
         Lo interesante del título Misión: imposible son los dos puntos, de los que casi nadie se percata. Puesto en evidencia por este signo, el sentido del título es que al equipo dirigido por Phelps se le encargan misiones que no puede cumplir nadie, dada la peligrosidad del enemigo o las ínfimas posibilidades de éxito. La palabra imposible no es, pues, adjetivo del sustantivo misión. Las dos palabras son sustantivos. Es decir, a Phelps se le está diciendo en realidad: “Tu misión, Jim, si decides aceptarla, es lograr un imposible”. La misión es... lo imposible. Misión: imposible.
         La palabra misión, entonces, tiene en Venezuela una acepción nueva, que quizá un día se sume a las 10 que da el diccionario, puesto que ya no parece que su uso vaya a ser pasajero. Tampoco parece ser pasajera la práctica de ponerle nombre a algo tan imbautizable como una misión de cualquier naturaleza, de ignorar las señales que nos da la lengua, que son gratuitas, y, ergo, de actuar antes de reflexionar. Nuestra misión, ya que hemos decidido aceptarla, tendría que ser lograr el “imposible” de ver, en medio de tanta dificultad, hasta el último detalle.

emalaver@gmail.com




Año II / Nº VII / 12 de mayo del 2014