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lunes, 22 de mayo de 2017

Colombia y Venezuela: falsos amigos [CLIII]

Laura Jaramillo


 
En italiano existe la palabra burro, que en español
equivale a
mantequilla


         Uy, hermano, no vaya a creer que aquí va a encontrar una barbaridad. No. Aunque sí hay que decir que en todo el globo terráqueo hay falsos amigos, no solo en Colombia y Venezuela. Pero en fin... Aquí usted lo que va a encontrar es un pequeño grupo de palabras que, quizás por el parecido morfológico y fonético, uno cree que significan un cosa pero al final son otra; los lingüistas decidieron llamar a esas palabras falsos amigos, solo por el hecho de que son traicioneros… o sea, los significados.
         El término es común en el área de la traducción. Por ejemplo, en italiano existe la palabra burro, que en español equivale a mantequilla. Pero resulta que en español también se da este fenómeno, si se puede llamar así, pues podemos encontrar variedad de significados para una sola palabra a lo largo y ancho de América (ah, sí, y de España también).
         Quizás lo que describo se pudiera considerar un caso de homografía, pero no, me gusta más la falsedad de las palabras cuando oigo una canción o cuando veo una novela de Colombia. Es que resulta que, a pesar de que tenemos tantas cosas en común, hay cosas también que nos diferencian. Qué aburrido sería que todos nos pareciéramos.
         Solo les voy a presentar un bocadito de las tantas que nos pueden jugar una mala broma. Esto es válido pa los colombianos también, porque ellos también tienen que saber que nosotros hablamos tan sabroso como ellos. Así, tenemos que:

Guayabo no es el despecho de nosotros, es un ratón, o sea, la resaca.
Parche no es un pedazo de tela, es una cita, una rumbita por ahí, una salidita, pues.
Patico no es el hijito de la pata, es un “elogio” a la mujer, pues es la combinación de pantera, tigre y cocodrilo.
Matoneo suena como a que matan mucho, pero no, es el chalequeo de nosotros.
Ahogao no es alguien que lamentablemente no sabía nadar, es nuestro sofrito.
Miscelánea es el nombre que le dan a esos lugares donde uno consigue desde un bombillo hasta una curita, una quincalla, pues.
Abanico no es el sofisticado instrumento que usa mi Cucha para los calorones de la edad; en la costa colombiana, el abanico es el ventilador. No se sorprenda cuando oiga: “Mijo, prenda el abanico, que hace calor”.
Arepera no es el lugar donde nosotros vamos a comer arepas; es el equivalente a cachapera.
Perico no es el que tristemente se me fue hace un mes, en Medellín es un café con leche. 

         Yo no diría falsos amigos, diría más bien amigos maravillosos, expresivos y sabrosos, tal cual como nosotros. Más que amigos, hermanos. ¡Eh, avemaría, hombre!

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIII / 22 de mayo del 2017

lunes, 28 de marzo de 2016

Colombianadas [CI]

Adrianka Arvelo


Una vez resuelto el dilema de si fue primero el huevo
o la gallina, falta saber qué fue primero: paisa o paisano



         “No puedes estar dando boleta con ese teléfono en la calle”. Eso fue lo que le dije a mi hermana esta mañana antes de salir de la casa. Resulta que uso con bastante frecuencia formas verbales, estructuras, frases y refranes procedentes de Colombia. Esto para mí no es ni nunca ha sido un problema, pero parece que a mis amigos les causa cierto “picor” oírme decir cosas como dar boleta, tenaz, parce y tantas más.
         “No soy buena para esto, pero tocó hacerlo” es otra de las frases que uso con regularidad aunque, en realidad, más que la frase, lo que uso es esa estructura; es decir, ese uso del verbo tocar que en el español de Venezuela implica la primera acepción que se da en el diccionario de la RAE: “Ejercitar el sentido del tacto”, pero que en el español de Colombia se utiliza en la lejana acepción número 22: “Ser de la obligación o cargo de alguien”.
         La verdad es que, también, al decir cualquiera de estas expresiones colombianas, estas “colombianadas”, la reacción de quienes me escuchan pareciera ser, en algunos casos, como burlista y hasta de desprecio. Por ejemplo: “Uuuuiissshhh, se le salió el colombiano, ¡vea!”. Acto seguido viene la risa. Es decir, pareciera haber un pleno conocimiento sobre la procedencia de estas expresiones que da pie a la burla y el torrente de ejemplos en forma de chiste sobre el lugar y su gentilicio. Habría que preguntarse también cuánto de lo que decimos es meramente venezolano (véase Ritos X, de Aurelena Ruiz) y hasta qué punto hemos puesto en nuestro contexto frases o estructuras que provienen de países vecinos.
         Podría pensar en la palabra paisa. En Colombia un paisa es una persona proveniente de la ciudad de Medellín, es decir, de Antioquia. En Venezuela, por su parte, existe, si se quiere, una variante de ésta y es paisano. Para nosotros, un paisano es alguien relativo a nosotros, de nuestro mismo lugar; dice la RAE: “Dicho de una persona: que es del mismo país, provincia o lugar que otra”. Qué fue primero entre paisano y paisa quizá sea como si fue primero el huevo o la gallina. Tal vez sea una exageración, pero es que debido o gracias a la cercanía actual entre estos países y, más aún, al hecho de haber sido en algún momento ¡hace menos de 200 años!una misma república, podría haber sucedido que para la época de la Gran Colombia se utilizaran ambas palabras, o quizá ninguna sino otra parecida y de la cual se derivaron éstas.
         Lo raro en todo esto es que a pesar del desagrado, el “picor” (insisto en esta imagen) o, incluso, la sorpresa por parte de quienes me escuchan decirlo, no hay desconocimiento en los oyentes y logran, ciertamente, entender lo que les estoy diciendo. No sé si sea exactamente porque dejan pasar por alto esa estructura o esa información, que es complementaria, y  entienden el mensaje o si, dada la influencia (por decir lo menos) de las telenovelas colombianas en Venezuela, ya ha calado en nuestro vocabulario un gran número de estructuras sintácticas, gramaticales y hasta fonéticas del vecino país.
         Venga a ver cómo me le explico... Vea, mijo, ¿esto sí tendrá que ver con una cuestión de etimología?, ¿con la historia de las naciones?, ¿o es que acá, simplemente, así como hemos adoptado personas de todas partes también aceptamos tan tenazmente las formas verbales que traen consigo? ¿Cierto que sí me entendieron todo lo que les dije? ¿Sí ve que no es tan difícil, ni tan ajeno, y pues mucho menos sorpresivo ese lenguaje colombiano al que (aunque no lo creamos, parce) ya estamos acostumbrados?
         Tal vez al alejarnos de la mera forma y quitarles el acento propio a estas oraciones seamos capaces de ver que se puede, sin mayor problema, entender todo lo que se nos dice, sin necesidad de poner una barrera imaginaria a cualquier venezolano que usa expresiones propias de Colombia o de cualquier otro país. Queda abierta, entonces, la posibilidad y ¿necesidad? de ponerse a escudriñar los orígenes de ciertas expresiones.


aarvelo22@gmail.com




Año IV / Nº CI / 28 de marzo del 2016

lunes, 26 de enero de 2015

Puchecas [XLI]

Laura Jaramillo




         Una tarde calurosa de abril, recibo la llamada de la vecina fufurufa, aquella de Barquisimeto, a quien de cariño le digo Fufu, preguntando a modo de recocha: “Buenas tardes, ¿Peluquería Puchecas Apretadas?”. Por supuesto que mi reacción fue una estruendosa carcajada.
         Pues bien, la Fufu y yo, como siempre nos la pasamos echando varilla, más bien recochando, desde esa hermosa tarde ‘abrilera’ vivimos haciendo chistes sobre las puchecas: que si puchecas caídas, puchecas asustadas, puchecas que dan vueltas, puchecas arriba, puchecas abajo, puchecas alegres, puchecas tristes, puchecas acaloradas, puchecas con frío y cualquier otra que se nos ocurra. Tanto la vecina como yo somos asiduas a la programación colombiana, así que compartimos el mismo código de comunicación.
         Como cosa rara, esos colombianos hacen uso espectacular de su lengua, y tienen esta palabra que para mí es magnífica, porque es un neologismo, es decir, que el DRAE aún no la registra, al igual que fufurufa y recocha, aunque estas dos últimas sí las registra el diccionario, pero son casos de neologismo semántico.
         Así como los colombianos, también me gusta inventar, y al igual que en el caso de fufurufa, les quiero indicar el significado de puchecas, a través del título de un libro ampliamente conocido, escrito por el colombiano Gustavo Bolívar: Sin puchecas no hay paraíso.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XLI / 26 de enero del 2015

lunes, 27 de octubre de 2014

El zoológico de la lengua [XXVIII]

Jaramillo Laura


         No es que ahora me metí a veterinaria. No. Resulta y acontece que un día enchinchorrá, me percaté de que tenemos una extraordinaria capacidad para emular ciertas características o actitudes de los animales, lo cual, no faltaba más, se refleja en nuestro hablar cotidiano.
         Muchas veces estamos hablando de alguien (chismeando, pues) y no encontramos esa palabra exacta que necesitamos para describirla (como el caso de vaina). Entonces, inmediatamente, en la mayoría de las veces, asociamos las características de un animal con ese alguien, es decir, metaforizamos el lenguaje.
         Por esta razón, a continuación les presento algunos animalillos que tienen actitudes semejantes a las humanas, o al revés:

Sapo: persona a la que le encanta croar (cantar) de más; contar los secretos de otras personas. Existe un libro que se titula El cartel de los sapos, escrito por un colombiano que estuvo asociado al narcotráfico de ese país.
Rata: persona maliciosa. También se le puede decir ratón, ratica o ratuno, todo depende de la intensidad de la malicia.
Conejo: puede significar dos cosas. Generalmente, hace referencia a una persona inocente, también se le puede decir blanca paloma, pero en los bajos fondos, se le dice conejo a la persona que compra o consume droga.
Cuaima piña: persona lista, ágil, peligrosa. Es un adjetivo común para describir a las mujeres. En Colombia, el equivalente es tatacoa, una serpiente del desierto que lleva el mismo nombre, la tatacoa. Hasta las telenovelas se les conoce como teleculebrones, por tener la capacidad de enrollar la historia.
Urraca: persona que habla hasta por los codos. Incluso, para ser más enfático en el adjetivo dirigido a la persona, es común usar el pleonasmo urraca parlanchina.
Cacatúa: persona que intenta como que esconder la pila de años que lleva encima, por medio de maquillajes recargados y ropaje extravagante.
(En estas dos últimas especies, estoy segura de que todos, al igual que yo, tienen una vecina híbrida, o sea, cacaturraca.)
Buitre: persona a la que le encanta regocijarse en las desgracias de otros (no en vano se habla de fondos buitres). También puede ser una persona capaz de aprovechar las oportunidades que se le presentan (como el antiguo manager de los Navegantes del Magallanes, Phil Regan, conocido como El Buitre).
Abeja: persona que está pilas, que sabe cómo actuar ante las dificultades. También persona que trabaja mucho.

         No solo asemejamos el modo de ser, sino también, el aspecto físico. ¿Cuántas veces no hemos visto un perro igualitico al dueño? Yo lo certifico.
         En fin, el zoológico de la lengua es tan extenso, al igual que nuestra creatividad, así que aprovechemos esta oportunidad para asemejar a las personas que conocemos, amigos, parejas, familiares, conocidos, etc., con cualquier animal, y enriquecer el maravilloso mundo del lenguaje metafórico.

laurajaramilloreal@yahoo.com





Año II / Nº XXVIII / 27 de octubre del 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocharecocherorecochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedorjodedorcitojodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014


lunes, 1 de septiembre de 2014

Fufurufa [XX]

Laura Jaramillo




         Me confieso amante del léxico popular, porque es un fiel reflejo de lo que pensamos, de lo que vivimos y de cómo vemos la vida. Lo coloquial es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’, como dijo alguna vez el periodista Jesús Cova cuando escribía en el diario Últimas Noticias, en la columna El Defensor del Lector, haciendo referencia al lenguaje bélico en el deporte.
         En el caso de los venezolanos y colombianos, existe una afinidad tan particular al momento de expresarnos que no es en vano cuando se dice que somos países hermanos. Afinidad que no veo con ningún otro país (perdonen si me equivoco). El léxico de ambos países es tan rico en ingenio, originalidad y expresividad, que es allí donde se conoce realmente la cultura del hablante.
         La característica más resaltante de ambos hermanos es la jocosidad del léxico. Ejemplo de ello es la palabra fufurufa. Cuando la escuché por primera vez, me sonó como a nombre de perro con full pedigrí. Luego, la volví a escuchar y pensé que era una forma diferente de llamar a la trufa, o, quizás, alguna fruta exótica de las tantas que existen en el hermoso caribe colombiano, porque fue de un colombiano que la escuché.
         Un buen día, o, mejor dicho, una buena noche, viendo un programa de humor colombiano (cultivo de la ingeniería léxica) llamado Sábados Felices, un comediante, representando al costeño, en su presentación explicó tan claro lo que significa popularmente fufurufa, que llegó a mí esa luz que te hace decir: “¡Aaahhh!”, y solo recuerdo que reí hasta más no poder. Ahora, como es mi costumbre, forma parte de mi léxico folclórico y costeño.
         Sin embargo, me llama la atención que mi vecina, muy barquisimetana ella, me dijo, muchísimo tiempo después de mi descubrimiento semántico, que en esa ciudad del estado Lara también es muy frecuente el uso de esta palabra y con el mismo significado. Curioso punto de encuentro semántico entre los hermanos países.
         Bueno, para resolverles la intriga, fufurufa, según el DRAE, es una persona “que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o [que] se cree mejor que los demás”, pero solo es de uso en El Salvador y en Honduras. Pero en Colombia y en Venezuela significa...
         No voy a poner la palabra, sólo haré una pequeña modificación al título de una famosa novela del gran escritor Gabriel García Márquez, pa que les caiga la locha y también puedan decir “¡Aaahhh...!”: Memorias de mis fufurufas tristes.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XX / 1° de septiembre del 2014