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lunes, 19 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (II) [DXIV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Los espaguetis pueden servirse con todas las letras del alfabeto

 

 

 

[Decía hace dos semanas en el párrafo donde interrumpí, que de repente en la vida de la e apareció la y como conjunción que une elementos en la oración, y desde entonces no la ha abandonado; pero la empecinada e no abandona su función de enlazadora, aunque ahora aparezca únicamente en casos como Pedro y María o uvas e higos. La escuela enseña que es para evitar la cacofónica, pero en nuestro corazón sabemos que las palabras de nuestros antepasados son más dulces.]

 

         También actúa nuestra redondita letra como intrépida guerrillera cuando advierte que se aproxima una palabra extranjera que comienza por ese, y aprovecha para sumarla a su causa. Viene el inglés a vendernos su stress, y la espabilada e española le pide descuento: “Te la compro, pero aquí vamos a pronunciar y a escribir estrés, última oferta”. Y ante esa determinación, ¿qué va a hacer el pobre marchante anglófono, agobiado además por el calor? Viene el francés con su snob, y la e le espeta: “Pas du tout, musiú: esnob o nada”. Y le avisa que después hablarán de esa be tan mal ubicada. Viene los amigos italianos con una comida irresistible, el spaghetti, y la e les responde: “Le pongo la salsa que ustedes digan, pero la escribo con la e que diga yo”.

         Esta actitud ya es una tradición en ella. Lo hizo antes en la época en que el latín andaba rozándose, frotándose, penetrándose con las lenguas que encontró en Hispania. La e impuso sus términos en la nueva apariencia de palabras como scala, spes, scribere, y nos heredó escalera, esperanza, escribir.

         La e, pues, tiene cubiertos todos los flancos. Está a babor y a estribor, en proa y en popa. Y no les puedo decir cómo se las apaña en el vastísimo terreno de la literatura, en el que no se sabe si queda algo por decir. Pero ella se las arregla, y aquí les voy a dejar un botoncito: el minicuento de terror que escribe el salvadoreño José María Márquez, “Ve que Belén teje”, ¡sirviéndose exclusivamente de la vocal e!:

 

Belén teje. Entrevé el tren que pretende repeler ese deber que le cede el descender de frente. El deber de Belén es ver envejecer ese pez rebelde de mes en mes, temer perderse del presente, perecer. El qué es pedestre. Beber es excelente. Él se mece en ese tren, es el referente de mente efervescente, demente. Belén se estremece. Teme que él desee, que él se exprese, que le pese. Que se envenene.

 

 (En realidad no sé si es de terror, pero me da miedo el final. Por lo menos de suspenso tiene que ser. ¿Eh...?)

         La letra e ha demostrado ser de las bravas. No se deja eludir, no se deja abolir. Es una artista del cambiar para sobrevivir y al mismo tiempo seguir siendo quien es. Eso es darse su puesto.

         Yo, mientras tanto, me he pasado del límite de palabras, incluso el doble del límite. Ya está amaneciendo. Creo que hoy deberíamos ir a mi amada Puerto Cabello.

 

Valencia, 2 de mayo del 2025

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIV / 19 de mayo del 2025

 

 

 

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lunes, 12 de mayo de 2025

El padre Roberto [DXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Padre Roberto, no se pierda el pollo a la chiclayana

 

 

         El padre Roberto, como lo llamaba mucha gente que se lo tropezaba en la calle antes y después de que el papa Francisco lo nombrara obispo de Chiclayo, Perú, donde ha desarrollado la mayor parte de su actividad sacerdotal, ahora es el sucesor del recién fallecido pontífice argentino, el jefe máximo de la Iglesia Católica. El padre Roberto, cuyo nombre de pila es Robert Francis Prevost, nacido en 1955, se convirtió la semana pasada en el segundo obispo de Roma nacido América y el primero nacido en Estados Unidos, país mayormente protestante.

         También es digno de mención que el nuevo papa, que ha elegido como nombre León XIV, habla español como si hubiera ido a preescolar en una escuela de América Latina, o como si su madre hubiera sido española —que de hecho era nieta de españoles y se apellidaba Martínez—; pero lo que me ha despertado el deseo de escribir sobre él esta semana no son estos curiosos hechos sino el cariño con que la gente sencilla de Chiclayo se refiere a él al llamarlo “el padre Roberto”. Y más que el cariño, es en realidad una pregunta que me he hecho siempre: ¿por qué llamamos padres a los sacerdotes?

         De pequeño, cuando aprendí que por encima de nuestro padre humano está Dios Padre todopoderoso y que era un error llamar así a cualquier otro ser humano, comenzó a parecerme intrigante que les diéramos ese nombre precisamente a quienes nos enseñaban que no debíamos hacerlo. También observaba que los sacerdotes, para serlo, renunciaban a formar familia: no tenían hijos. ¿Por qué entonces insistían todos en seguirlos llamando padres?, ¿y por qué los propios sacerdotes incluso firmaban anteponiéndose ese “título”? Y ha tenido que llegar este americano a la Santa Sede para que yo me ponga a investigar. La respuesta, sin embargo, estuvo a punto de alcanzarme hace menos de dos meses, cuando escribía el artículo del 17 de marzo, donde hablaba de padrastros, madrastras y otros astros de la familia.

         Resulta que la respuesta está en el latín, en el uso que hacían los hablantes del latín de Roma de la palabra pater, que es padre para nosotros ahora, pero para ellos era más que eso. Los romanos, además, no concebían la idea de un solo dios que atendiera todos los asuntos que los mortales pudieran llevar a su consideración. Los romanos tenían un dios para cada cosa, a veces mínimas e insignificantes, hasta eran capaces de inventar un dios para cualquier cosa en la que una persona particular pudiera tener una emergencia. Además, no se sentían hijos de ninguno de esos dioses, como lo sentían los judíos y, después, los cristianos. De modo que hay aquí, de entrada, un asunto conceptual, además de lingüístico, que ya era suficiente.

         En latín el sustantivo pater equivalía a “padre” en el sentido de ‘varón que engendra a un hijo’, pero también existía el pater familias, que muchísimas veces ni siquiera tenía nada que ver con ningún nexo de sangre. El pater familias (que no equivale exactamente a lo que hoy traduciríamos literalmente como padre de familia) era, sí, el padre de la familia, el jefe de la casa, la cabeza de todo el grupo de personas que vivía en su hogar. Y ahí está el meollo del asunto: en el grupo. Ese grupo podía incluir, en primer lugar, a la mujer y a los hijos, que eran hijos de él, legítimos y bastardos anteriores y posteriores, que no siempre eran hijos de ella, pero podía incluir a los hijos de ella tenidos en un matrimonio anterior, es decir, hijastros; podía incluir a los padres y madres viudos del pater familias y de su esposa, incluyendo a otros descendientes de estos; sobrinos, sobrinos nietos, nietos, nietastros, nueras, yernos, hermanos, medios hermanos, hermanastros, tíos, tíos políticos, tiastros, ahijados (protegidos de otras familias), hijos adoptivos, y más allá, casi siempre, a los sirvientes, a los hijos, hijastros e hijos adoptivos de los sirvientes, que podían ser libres o esclavos, e incluso en algunos casos, parientes lejanos de provincias lejanas ¡y hasta vecinos venidos a menos, con hijos, mujeres, parientes y demás!

         Puede parecer que exagero un poco (o más bien tratando de abarcar todas las posibilidades, que no se cumplían todo el tiempo en todas las familias), pero lo cierto es que el pater familias era en su casa más que el fundador de la familia, el responsable ante la ley, el proveedor del sustento, como en cualquier otra cultura, sino que era una autoridad en todos los campos, una persona respetada y hasta venerada, una referencia social y moral, origen de linaje y garantía de honorabilidad. El pater familias se ocupaba, personalmente o por medio de encargados, de todos los asuntos de la vida de su grupo familiar. También tenía funciones de administrador, juez, sacerdote; su poder era absoluto. Por supuesto, había familias más grandes que otras, con mayor o menor tradición, más o menos adineradas, con mejor o peor prestigio, y patres familias que se ocupaban más que otros de tales asuntos, pero la concepción de la familia pertenecía a la cultura, nadie la eludía ni podía eludirla, y el imperio la llevaban a dondequiera que iba a conquistar nuevos territorios.

         Cuando el cristianismo llegó a Roma, y después, cuando Roma se convirtió al cristianismo, la persona que dirigía un grupo de conversos, cierto número de creyentes, una grey, una parroquia, se convertía en algo más que el predicador que les había traído la fe, se convertía en una especie de protector, un pastor que los atendía, y no sólo en la esfera religiosa, y eso era exactamente lo que hacía un pater familias. Naturalmente, la gente comenzó a llamar así a ese apóstol, a ese misionero, a ese evangelizador que ahora los amparaba. Y llegó el momento en que se les llamó simplemente “padre”, aunque ninguno fuera hijo suyo de verdad.

         Cuando apareció la lengua española —perdonen que suene como si hubiera sido un evento preciso de un día, mes y año marcado en el calendario—, no debe haber nacido en la mente de nadie el pensamiento de que, ahora que hablaban castellano, la coincidencia podría crear confusión. Tampoco lo habían pensado en latín, en realidad. Así que la primera vez que yo hice esas reflexiones, que fue en el siglo XX, lo que quedaba era pensar en la polisemia de la palabra y que el contexto siempre ayuda a adivinar.

         Revelado el misterio, comprendido el origen de esta incógnita, despejada la duda, me animo a desearle al padre Roberto que la luz esté con él y que pase a la historia como un líder justo, como un pastor sabio, como un ejemplo cristiano.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIII / 12 de mayo del 2025


 



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lunes, 5 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (I) [DXII]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

Momento en que Giuseppe Farina se convierte en el primer
campeón de la historia de la Fórmula 1 (1950)

 

 

         En primer lugar, debo disculparme con el público de Ritos de Ilación. Hace un año cometí la descortesía de abandonar una tarea a más de cuatro quintos de terminarla y, aunque he vuelto a aparecer por aquí, no he dado explicaciones. Quizá nadie se acuerde, pero en mis vacaciones del 2024 comencé a ofrecer una serie de artículos sobre el alfabeto español mientras viajaba por Venezuela, y en el momento en que repentina y anticipadamente tuve que volver al trabajo, se me acabó el combustible. Me quedé en la de.

         Estaba a punto de coger camino de Mérida a Chiguará cuando tuve que devolverme. Este año, después de tres días en Caracas, estoy otra vez en Valencia, con la familia de mi amiga Alejandra. Su hijo ya lee bien, incluso en lugar de pedirme anoche que le leyera un cuento, me pidió que lo escuchara leérmelo: “El soldadito de plomo”, su “historia de amor favorita de todos los tiempos”, dice.

         Entonces, sigue la e. Aunque en nuestro recuento es la sexta, la Academia la pone en el quinto puesto. Con ella comienzan 7.174 palabras (8,15 por ciento de las reunidas en la más reciente edición del diccionario). Pero, en conjunto, 11,75 por ciento de las palabras de la lengua española tienen al menos una e en alguna de sus sílabas.

         En la noche misteriosa del tiempo, esta letra puede haberse originado en cierto signo de los jeroglíficos egipcios que se parecía, más que a una letra, a un muchacho levantando los brazos como si brincara de alegría. Y alegría era lo que significaba ese signo para egipcios y hebreos, al menos al principio, es lo más probable. Ya faltando mil años para el nacimiento de Cristo, parecía más bien una bandera de las que les anuncian a los pilotos de Fórmula 1 el final de las carreras, pero no con cuadritos sino con rayas horizontales, inclinadas hacia abajo y a la izquierda. Los griegos la voltearon a la derecha, la llamaron épsilon, y ¿los romanos qué hicieron? Se la copi... ¡perdón!, la adoptaron, y así llegaron a la E mayúscula que uno reconoce hoy en día. No les menciono la Edad Media ni la Revolución Francesa porque ya ustedes saben que sin la e no habría habido Europa.

         Si pensamos que los egipcios comenzaron a hacer trazos inteligibles sobre la piedra hace más de 5.400 años, nos podemos imaginar la de historias que puede contarnos la e... ¡Y la de fans! La e, que hasta la mitad del siglo XIII era la única conjunción copulativa que conocían los hablantes del castellano —no se había destetado del todo de la conjunción et del latín—, recibió por esa época una visita helénica que, para el siglo XVII terminó quedándose en territorio hispánico: la y; y la gente, que no tenemos vida suficiente para saltar de una moda a la siguiente moda, ahora preferimos decir Pedro y María antes que Pedro e María, tan bonito que suena —los que estudiáis italiano me entendéis—. Pero un momento, la e tendrá otras debilidades, pero miedosa no es, de modo que no se le escapa ocasión de meterse entre dos palabras donde se pueda encontrar con su pariente latina: la i; y así, gracias a nuestras madres que nos corrigen, preferimos decir más bien soñar e imaginar, e incluso uvas e higos. Nos dicen en la escuela que es porque la repetición del sonido /i/ sería cacofónica —que es cierto—, pero sabemos en nuestro interior que es porque el sabor de las palabras de nuestros antepasados es más dulce.


(Volvemos la semana que viene con la segunda parte.)

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXII / 5 de mayo del 2025

 

 

 

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domingo, 20 de abril de 2025

Noli me tangere [DIX]

Edgardo Malaver


Noli me tangere (1442), de Fra Angelico



Si nos tomáramos los Evangelios como textos meramente literarios, que también lo son, bien podríamos interpretar las escenas de la última semana de la vida terrenal de Jesús como metáfora de los vaivenes que sufrimos todos los seres humanos a lo largo de la existencia. Esa semana comienza con la entrada triunfal del protagonista en la capital de su reino natal, la ciudad santa de su cultura. Lo reciben con tanta alegría que todos cortan palmas para saludarlo como sus antepasados saludaban a un legendario rey del que, según el narrador de la historia, desciende este nuevo líder. La alegría de verlo al fin, los rumores fabulosos que desde hace meses llegan a la ciudad y las expectativas de que este hombre se convierta en un libertador que traiga la paz y el bienestar al pueblo no le permite a la multitud percibir que viene montado en lomo de asno, no trae ni una sortija en los dedos, su traje es el mismo que el de ellos y en su séquito no hay soldados y nobles, sino parias y excluidos que ha ido reuniendo por el camino. Salta de boca en boca el deseo de coronarlo para que de una vez expulse al ejército enemigo, pero él ni por asomo tiene esas ínfulas.
Una semana más tarde, ese mismo pueblo y sus autoridades, las locales y las invasoras, le han tendido emboscadas, le han puesto precio a su cabeza, sus amigos lo han abandonado, uno de ellos lo ha vendido, lo han atrapado como a un ladrón, le han hecho un juicio sumario y amañado, lo han condenado a muerte, le han hecho cargar una cruz hasta el sitio donde lo colgarían en ella y le han hecho derramar sangre hasta que muere, desnudo y a la vista de todos. Lo entierran, ponen guardias en su tumba y desatan una persecución contra los pocos seguidores que le quedan.
En otras palabras, todos hemos tenido nuestros domingos de ramos y, tiempo después, nuestros viernes santos. Muchos que nos ponían en un pedestal han pedido después que nos crucifiquen. Todos hemos sido un falso mesías para alguien, a tal punto que sólo nuestra madre y dos o tres amigos más se atreven a visitar nuestra tumba.
La esperanza —y la meta— sería llegar también a vivir nuestro propio domingo de resurrección, ese momento en que la suma y resta de pecados y virtudes, de debilidades y hazañas nos deje en el lado luminoso de la vida, renacer después de tanta tormenta hecho ahora de una naturaleza que no sea de este mundo, superar en la tierra la naturaleza humana para ascender a un estado superior.
“Noli me tangere”, le dice Jesús a María Magdalena, acaso su discípula más fiel, que al verlo resucitado corre, llena de alegría humana, a abrazarlo. “No me toques”, que ya no soy lo que crees ver en mí. El cincel del dolor, la cruz de la soledad, el silencio oscuro de la muerte me han esculpido de nuevo. Como no soy únicamente carne y huesos, nervios y humores, ahora soy un mejor yo.
Pocas páginas más adelante, esta historia nos aclara que, misteriosamente, de nuevo se puede tocar al protagonista, que incluso invita a uno de sus amigos a meter el dedo en sus heridas, que aún están abiertas en su cuerpo. Es indudable que en estas escenas posteriores a la resurrección hay más y más significados que podríamos desentrañar literariamente; sin embargo, me temo que haría falta una lupa mucho más clara que la mía, porque el personaje del que hablamos es un verdadero misterio. Y quizá sea más misterio que personaje.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DIX / 20 de abril del 2025
EDICIÓN DE PASCUA DE RESURRECCIÓN



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lunes, 14 de abril de 2025

Un soponcio de Semana Santa [DVIII]

Ariadna Voulgaris



Un actor personifica al padre José Cortés de Madariaga
en Caracas, en el 2012



Casi me dio un patatús cuando lo supe. Casi me desmayo, por poco no sufro un vahído. Un síncope, pues.
Es que acabo de enterarme de que la palabra soponcio pertenece a ese gordo saco de palabras que nos han ido cayéndonos encima desde que existe la Semana Santa, es decir, la Semana Mayor, que en la antigüedad más antigua se llamaba también Gran Semana.
El soponcio más propio de la Semana Santa que yo conozco es el que tiene que haberle dado a Vicente Emparan el 19 de abril de 1810, que era Jueves Santo, día de la Última Cena. El señor Emparan, pobre, iba apuradito para la Catedral de Caracas, cuidadoso de no llegar tarde a la misa, cuando se le atraviesa el guapo de Francisco Salias, hermano de otro Vicente, el músico, y lo ataja a cuatro pasos de entrar en el templo. Quién sabe si al dar el español un paso dentro de la iglesia hubiera podido Salias formar el zaperoco que formó.
Bueno, en honor a la purísima verdad, a Emparan no debe haberle dado un soponcio por eso. Lo que sí debe haberle dado es por lo menos un sudor frío en la espalda al ver que el jefe de la guardia que lo custodiaba les ordenaba a los soldados que bajaran las armas que, lógica y militarmente, apuntaron sobre Salias y sus mantuanos compañeros. En ese momento sí debe haber sentido, como Jesucristo si no hubiera sabido de antemano lo que iba a pasar, que, enviado al despacho del procurador romano, perdía toda esperanza de salir airoso de aquel trance, que era más bien un aprieto, una dificultad, un brete.
Pues fíjense ustedes, aquella escena evangélica es el antepasado más remoto de la palabra soponcio. Siglos después, cuando comenzaron a proliferar las desviaciones de la fe y la Iglesia se reunió en Nicea para poner en papel el resumen más claro posible de los elementos que diferenciaba la verdadera fe cristiana de aquellas otras, erradas, los encargados del resumen, es decir, los autores del Credo, dividieron el texto en tres partes, como Dios manda: los rasgos del Padre, los del Hijo y los del Espíritu Santo. Y al describir al Hijo, dijeron que se trataba de aquel que había padecido sub Pontio Pilato, que ya saben ustedes que se pronunciaba como se pronuncia ahora en español. De modo que en la época en que no se rezaba sino en latín, cada vez que alguien cambiaba de una mala situación a una peor —como cuando un juez envía a un reo a otro juez que es capaz de considerarlo inocente y aun así azotarlo y, lavándose las manos, entregarlo a otros jueces que esperan la mínima oportunidad para crucificarlo—, la gente cogió la maña de repetir aquel verso de la oración que dice sub Pontio, “su Poncio”, “so Poncio”, soponcio. Es que en Semana Santa, con la calor que hace, a cualquiera le da un síncope. Un telele, un jamacuco. Un desmayo, pues.
El segundo soponcio de Vicente Emparan —¿qué duda puede caber?— tiene que habérselo causado descubrir, después de preguntarle al pueblo de Caracas si querían que él siguiera siendo representante del rey, que detrás de él había estado todo el tiempo el padre Madariaga. Uno puede conjeturar que, intentando zafarse de los niños ricos que lo habían acorralado en el Cabildo, pensó en aquel plebiscito instantáneo y, molesto con la gente que no lo apoyaba, habrá pensado que, informando a España, lo repondrían en el cargo. Pero al tropezarse, no con cualquier curita, ¡con José Cortés de Madariaga!, lo habrá adivinado todo: “La cosa está clara”, se habrá dicho, “este le hizo la seña negativa a la gente”. Y del soponcio, salió de la escena y nunca más volvió a aparecer en ningún otro episodio de la historia de Venezuela.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año XIII / N° DVIII / 14 de abril del 2025
EDICIÓN DE DOMINGO DE RAMOS



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lunes, 7 de abril de 2025

Tópicos literarios: Carpe diem [DVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El alma de la rosa (1908),
de John William Waterhouse

 

 

         Para mí existe desde que vi la película La sociedad de los poetas muertos (1989), protagonizada por Robin Williams (1951-2014). En esta historia, John Keating, el personaje principal, es el profesor de literatura de una escuela de niños ricos, que, deseando animar a sus alumnos a aprovechar el tiempo, les recita un poema que atribuye, al menos implícitamente, al gran poeta estadounidense Walt Whitman (1819-92)*. “Carpe diem”, les dice, “aprovechen el día”.

         Gracias a Dios, el tópico literario, el tema recurrente del disfrute del tiempo del que disponemos, en vista de la brevedad de la vida, no es obra de Tom Schulman (1950), guionista de La sociedad de los poetas muertos, y tampoco fue creado por Whitman (aunque hubiera podido). Fue, una vez más, fruto de la poesía de Horacio (65-8 antes de Cristo). En este caso aparece por primera vez en la undécima de sus Odas (obra del año 13 antes de Cristo, aunque el poema preciso puede ser anterior), que va dirigida a una joven llamada Leucónoe y le da la recomendación de despreocuparse del futuro y “cosechar” el presente.

         ¿Cosechar el presente? Sí, carpe diem se traduce literalmente así. El infinitivo es carpere, que también puede traducirse como coger, recoger, arrancar, y todas estas equivalencias caben en el campo semántico de la siembra y la agricultura. La fórmula de Horacio, por tanto, podría trasladarse también como “cultiva el día”, dedícate a él, trabaja en él, abónalo, riégalo, cuídalo, de modo que en la tarde, al final del día, la siega te dé buenos frutos. Dice el poeta:

 

No te afanes por saber, Leucónoe, que es nefasto,

lo que a ti ni a mí han destinado los dioses;

no te fíes de los inciertos presagios babilonios.

¡Vale más sufrir con entereza lo que suceda!

Sea que te otorgue Júpiter numerosos inviernos

o que apenas el actual, ni uno más, te conceda,

azotando furioso contra las rocas las olas tirrenas,

tú sé prudente, disfruta la roja dulzura del vino

y limita tus esperanzas a los más breves espacios.

Envidioso huye el tiempo mientras hablamos,

así que aprovecha el día y no te ilusione el mañana.

 

         El poema (que en latín tiene apenas ocho versos) no sólo sugiere imágenes campestres (agreguemos aquí la del vino), sino que también menciona tiempos invernales y sensaciones marinas. Es decir, se inclina a tomar su sabiduría de la naturaleza, en la cual todo es siempre presente, pues el pasado existe en ella únicamente porque se renueva una y otra vez.

         El texto de Horacio puede relacionarse de igual forma con la sabiduría popular —que existe en todos los idiomas, pero en español la conocemos de primera mano—. Uno se acuerda de “A quien madruga Dios lo ayuda”, de “Más vale pájaro en mano que cien volando” y de este que acabo de aprender hoy: “Hermano, bebe, que la vida es breve”.

         La imagen, el tema, el consejo poético de aprovechar el momento, no dejar escurrir tan pronto el breve tiempo que dura la vida, adopta en poetas posteriores la forma de rosas que “si vio nacer una la aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya mustia”. En este texto, titulado “De rosis nascentibus”, también de fecha incierta, escrito por Décimo Magno Ausonio (310-395), el poeta anima a la doncella a quien se dirige a aprovechar los años juveniles, que se agota particularmente rápido. Le dice con claridad:

 

[...] recoge, niña, las rosas,

mientras está fresca la flor

y fresca tu juventud,

pero no olvides que así

discurre también tu vida [...].

 

         [Sin darnos cuenta hemos entrado en otro tópico literario, el de Collige, virgo, rosas (corta, doncella, las rosas), que es a la juventud y la belleza física lo que el Carpe diem a la duración de la vida.]

         Siglos más tarde, Garcilaso de la Vega (¿1496?-1536) escribe, como continuando el poema de Ausonio:

 

[...] coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre [...]

 

         Y más recientemente, el salvadoreño-guatemalteco José Batres Montúfar (1809-44), haciendo su aporte a la tradición de reescritura de aquella pieza inolvidable de Horacio, tradujo la oda XI con estas palabras:

 

A Leucónoe

 

No te afanes, Leucónoe, por saber

el final que los dioses hayan puesto

a tu cara existencia y a la mía,

inútil es saberlo.

 

Ni consultes tampoco babilonios

astrológicos números inciertos,

¡Cuánto es mejor sufrir lo que viniere

con ánimo resuelto!

 

Ya Júpiter propicio nos conceda

el gozar dilatados los inviernos,

o el presente, por último, y no otro

permita que pasemos.

 

El cual, ahora mismo, embravecido,

a los peñascos cóncavos opuestos

azota con furor y debilita

las aguas de Tyrreno.

 

Cuerdamente dispón, y ve colando

los generosos vinos más añejos,

y reduce tus largas esperanzas

a solo este momento.

 

Mientras hablando estamos envidiosa

huye la edad, corre veloz el tiempo:

coge, pues, este día, y aprovéchalo,

sin creer el venidero.

 

         En realidad, dada la precedencia de Horacio, muchos —Góngora, fray Luis, Lope, sor Juana, Bello— después de él han vuelto a escribir su oda, su Carpe diem, cada quien con sus rasgos particulares, cada quien con la distancia o cercanía que la poesía le ha concedido, pero siempre preñados del sentido de la imagen a la que cantan. Al final, ha de ser, dado que se cumple en la poesía y en la traducción, la suma de los elementos que en el tiempo va ganando el motivo lo que nos diga, nos describa, nos revele, redonda y completa, la verdad poética.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DVII / 7 de abril del 2025

 

 

 

 

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