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lunes, 3 de noviembre de 2025

José Gregorio escritor (III) [DXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Américo Montero (sentado) interpreta a José Gregorio
Hernández en 1964. Lo rodean Mahuampi Acosta, Juan
Fránquiz y Alejandro Cortina. Foto: RCTV

 

 

 

         Entre los tres cuentos conocidos de José Gregorio Hernández (san José Gregorio Hernández, para más señas) quizá sea “Los maitines”, publicado por El Cojo Ilustrado en septiembre de 1912, el que en tiempos actuales pueda parecer más “misterioso”, más cinematográficamente “oscuro” e intrigante. Sin embargo, el texto es la descripción detallada de una madrugada de concentrada oración en el monasterio de la Cartuja, donde, como sabemos, el doctor Hernández pasó unos ocho meses entre 1908 y 1909. Con este dato en mente, es difícil no imaginarse al joven José Gregorio presenciando la escena de aquel grupo de monjes que antes del amanecer salen de sus celdas y desfilan en la oscuridad hacia el altar y hacia el coro y que oran en silencio por el bien del mundo entero, por “buenos y malos”, “para los que gozan y para los que sufren”.

         El cuento es quizá también el más poético de los tres. Anécdota casi no hay... la hay, pero no espere el lector encontrar un desarrollo narrativo que conduzca a un personaje de un estado inicial a otro más evolucionado. Es más bien una especie de fotografía de un instante en que un narrador señala algo que unos personajes hacen, aunque en cierto momento parezcan haberse quedado inmóviles. (Ah, una fotografía, ¿no es esta la metáfora que utiliza Julio Cortázar para definir el género cuento?)

         En el relato no parece pasar nada, los personajes en realidad casi no pasan por ninguna experiencia, pero ciertamente cumplen con una misión, la de orar por todos los demás seres humanos, mientras estos ni siquiera aparecen nunca en escena. A eso han decidido dedicar su vida. El mundo, mientras tanto, aparece al principio frío, oscuro, intimidante, a lo cual contribuye, por cierto, el repique da la campana del templo, que se expande por el solitario espacio físico, en el cual suspira algo de los escenarios becquerianos. Dice el narrador: “La densa noche cubre implacablemente el bosque de la negra caliginosa sombra; pero en aquella completa soledad la Cartuja recibe de lo alto una lluvia de serenidad y de paz”. Y para acompañar los escuetos tañidos, se suma la naturaleza: “Cabe el vecino riachuelo las ranas entonan el triste canto, su sola protesta contra aquella espesa medianoche sin luna”. Esta es la imagen con que el texto nos introduce en el mundo de los cartujanos.

         El final no es muy diferente. Dentro de la capilla, dice el narrador, “los libros corales proyectan sombras que semejan las ruinas de algún templo pagano y sobre las losas del pavimento aparecen como calaveras y osamentas, como las grandes tibias de esqueletos descomunales”. El final, además, no detiene las acciones, por más que estas sean escasas, lentas e introspectivas. Entonces, ¿qué ha cambiado? Que en el coro “el oficio divino se sigue desarrollando en toda su belleza”. Que la oración que se ha iniciado no se detiene. Que un día más (o una madrugada más) después del descanso, los personajes cumplieron su misión. Que la cotidianidad, la simple y sencilla cotidianidad en la que el hombre no puede evitar existir, se ha convertido para ellos en la labor más elevada a la que podrían haberse dedicado. Y el autor está indudablemente tan impresionado por el desarrollo de este fenómeno cotidiano que lo encuentra digno de ser contado.

         José Gregorio sin duda narra lo que lleva por dentro, que es tanto lo típico como lo indicado, lo que han hecho los poetas desde los tiempos de Ovidio y Homero y de los que existieron antes. Dice Jesús en el Evangelio que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Y esto es de lo que rebosa el corazón de nuestro autor, el científico venezolano que ha llegado más lejos en su carrera hacia el cielo. El hombre santo que ahora descubrimos que también tenía talento de escritor.

         La campana, que protagoniza el inicio del cuento, al final calla, pero los cantos y plegarias continúan. “La tierra y los demás astros”, dice el narrador, “continúan su incesante revolución en el espacio. Los hombres duermen o corren al placer por el ancho mundo. Las aves nocturnas ensayan su dulce canto”.

         Para resumir, “Los maitines” es un cuento en que pasan muy pocas cosas “llamativas” porque “objetivamente” trata de un rezo de maitines en un monasterio, pero “imaginativamente” parece una visión mística del narrador —y más que del narrador, del autor, que, como sabemos, está en una búsqueda honesta del infinito y de la gracia.

         En los tres cuentos que hemos comentado brilla ese elemento: la búsqueda espiritual, que se eleva en él por encima de las verdades demostrables. En los tres se asoma ese espíritu sereno que ha vivido intensamente su relación con el pueblo y con el conocimiento, con el arte y con la ciencia, pero por encima de la vida misma, quiere apretar el lazo que une su humanidad con el cielo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIII / 3 de noviembre del 2025

 

 

 

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lunes, 27 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (II) [DXXII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San José Gregorio Hernández
con una de sus hermanas,
presumiblemente en 1870

 

 

         La codificación literaria del sentir de José Gregorio Hernández no se detenía en lo artístico: también se sumergían en lo filosófico. De hecho, su libro más conocido se titula Elementos de filosofía (1912). En este texto habla, sí, de filosofía, pero también de ciencia, psicología, lógica, siempre siguiendo la estrella de la espiritualidad y la relación del hombre con Dios. Son en realidad los mismos fines que persigue con sus cuentos, aparecidos el mismo año.

         En el relato “En un vagón”, el protagonista, la voz que escuchamos contar, es un verdadero narrador testigo: entra en el tren, se sienta y apenas nos dice que le emocionaba viajar sin compañía, entran tres personas en su vagón. De ahí en adelante, nos lo imaginamos, cual público de un partido de tenis, moviendo la cabeza según hablara el muchacho que se le sentó al lado con un libro en la mano, su madre, que lo tenía al frente o su tío, que estaba frente al protagonista. Estos otros tres personajes adultos despliegan durante todo el cuento sus equilibrados y respetuosos argumentos para que el joven estudiante abandone la lectura de esos “autores tan raros” que lo alejan del catecismo. Y el muchacho, sin despegar los ojos del libro, responde quizá con menos energía, pero igualmente convencido de su empeño de aprender todo lo que los libros le permitan aprender.

         El protagonista-narrador siente que se inclina hacia los argumentos de los mayores, pero siente también curiosidad por el libro que lee el muchacho. En cierto momento logra leer un breve pero significativo fragmento: “El hombre naturalmente desea saber: la presencia de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula, y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse”.

         Llegados aquí, comprendemos que es esta la idea (casi diríamos la emoción) que ha empujado a José Gregorio a escribir este texto, a un mismo tiempo tan argumentativo y tan emotivo, tan científico y tan filosófico. Al autor le interesan ambas esferas, si es que de veras son dos: la verdad que nos ofrece la ciencia objetiva, que a sus ojos no es más ni menos que la manifestación tangible de la verdad que nos susurra el espíritu. Y si habla de filosofía, es igualmente la verdad lo que le interesa: la filosofía es para él el estudio racional de la naturaleza de Dios e, innegablemente, de la naturaleza del hombre.

         El joven lector siente una desaceleración del tren y se asoma por la ventana, notoriamente para detener la conversación. Dice: “Ya llegamos” y se aleja de los mayores buscando la salida del vagón. El tío consuela a su hermana explicándole que todos en la edad del muchacho pasamos por esa etapa en que nos separamos de la fe, pero, gracias a madres como ella, muchos volvemos “a la siembra primera”.

         José Gregorio Hernández sabe que la sabiduría se adquiere gracias al recorrido que hacemos hacia ella, que no es un camino de rosas casi nunca, pero lleva en sí ese germen de la luz que espera para brillar. Y nada como la familia para sembrar la sabiduría en el espíritu como quien planta flores en un jardín.

 

[En la próxima edición comentaremos el tercer cuento:

“Los maitines”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXII / 27 de octubre del 2025

  

 

 

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lunes, 20 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (I) [DXXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La multiplicación de los panes y peces
(1897), de Arturo Michelena

 

 

         Muchas veces pensé en las últimas dos décadas, o más, que nunca lo vería, es más, que nunca llegaría a suceder. Ha pasado más tiempo en otros casos, con más obstáculos, menos fe quizá —aunque parece que nunca menos esperanza—, tanta gente ha muerto sin ver cumplido tamaño anhelo, que alguna vez me dije: “Si va a suceder, será cuando mis nietos sean ya ancianos, quién sabe”. Pero el día finalmente llegó y fue ayer. Ayer, en la Plaza de San Pedro de Roma, el médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919) fue declarado santo de la Iglesia Católica.

         No es que los venezolanos hayan esperado hasta ayer para amar y respetar a este conciudadano hasta el extremo, pero ahora puede, con apego a las normas, tener la vida del doctor Hernández como ejemplo de conducta virtuosamente cristiana e incluso de heroísmo en la vivencia del amor a Dios y a los semejantes. Ahora está permitido hacer con él lo que desde hace siglos y siglos se hace con personajes que, en algunos casos, debido a la falta de información precisa y confiable, incluso se duda de que hayan existido: venerarlo en los templos católicos. Ya comenzarán a aparecer parroquias que lleven su nombre, quién sabe si esta misma semana.

         Lo que no se duda en absoluto —ni siquiera lo dudan los que no dan ni un centavo por los asuntos de la fe— es que José Gregorio Hernández haya sido una mente brillante y disciplinada, un científico respetadísimo en su época y un intelectual que no se dejaba engañar por los artificiales límites que el hombre moderno quiere ver entre las ciencias y las humanidades. Y su amor e interés por todo lo humano era de tal dimensión que, además de todo, también era escritor. Sí, escritor, como Gallegos.

         En el año 1912, José Gregorio —perdón, es que en Venezuela casi nadie lo llama de otra forma, ni siquiera en ambientes formales o académicos—llegó a publicar por lo menos tres cuentos en la prestigiosa revista cultural El Cojo Ilustrado, de Caracas: “Visión de arte”, “En un vagón” y “Los maitines”. De una vez les manifiesto que los tres exudan poesía, los tres se ciñen a la estructura esencial del cuento, los tres se adentran en el espíritu humano buscando diferentes rasgos y encontrando siempre al final... a sí mismo.

         El narrador de José Gregorio está, como él mismo, buscando a Dios, naturalmente. En “Visión de arte”, de los tres cuentos el primero en ser publicado, en junio de 1912, el protagonista (y narrador en primera persona) parece al principio estar escribiendo un libro. “Tomé la pluma”, dice al iniciar el relato, “y escribí con desencanto: ‘Capitulo segundo. El arte’”. A partir de esta imagen, el lector no acertaría a identificar en qué momento se funde la realidad del personaje con la ilusión de unas escenas que el narrador llama “fantásticas” y que inicialmente pueden traernos a la mente el comienzo  de “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Más adelante por las escenas majestuosas y gloriosas desfilan personajes que recitan la Ilíada en voz alta, inscripciones que podría haber escrito Virgilio, coros celestiales que parecen tomados del Apocalipsis, voces que le indican al personaje qué hacer a cada paso en una especie de región etérea y onírica.

         La “visión del arte” que presenta José Gregorio en este cuento no se limita a la elevación de la musa clásica de griegos y románticos, pues incluso hay una escena que parece típicamente caraqueña en que un “granuja” vocea números de billetes de lotería. No hace falta esforzarse para ver en este pasaje a Panchito Mandefuá y la humildad de su vida, recompensada con la cena celestial.

         No tarda en aparecer la imagen de Jesucristo en la escena de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús levanta los brazos al cielo en actitud de dar gracias al Padre, mientras en la mente del lector se dibuja el cuadro de Arturo Michelena que retrata aquel episodio. El protagonista es arrebatado a sitios para mostrarle todo el poder que posee como creador de belleza, y más tarde se le dice: “No tienes tiempo que perder”. Significativo, sin duda, pues se sabe que José Gregorio casi no descansaba de trabajar.

         Y justamente, en el terreno autobiográfico, es posible identificar en “Visión de arte” un rasgo que a primera vista puede ser juzgado de mínimo, pero el autor se encarga de mencionarlo al principio y al final de la narración, lo cual lo hace un tanto más claro que otros: la fragilidad de su salud. Al principio del cuento, cuando el personaje, ya tarde en la noche, se sienta a escribir, dice:

 

En medio de las tinieblas que cada vez más ofuscaban mi mente pude pensar que todo lo que me acontecía eran obras de mi imaginación cansada y estropeada por el trabajo de aquel día y por la enorme tensión eléctrica de la atmósfera.

 

¿La tensión eléctrica de la atmósfera? ¿Dónde querrá el autor que pensemos que está el personaje? Si volviéramos a esa línea sin haber terminado de leer el texto, podríamos pensar que es imposible imaginarlo, pero poco antes de terminar el narrador lo repite:

 

Tan luego pude coordinar mis ideas me puse a recordar lo que me había sucedido, pronto comprendí que era todo aquello una simple visión imaginaria producida por el cansancio y el estado atmosférico.

 

         El dato de las condiciones atmosféricas no es menor. José Gregorio ingresó en julio de 1908 en el monasterio de Cartuja de Farneta, Italia, donde permaneció nueve meses apenas, debido a que las condiciones climáticas de la región perjudicaban su salud, que nunca había sido vigorosa ni atlética. De modo que podríamos conjeturar que el episodio narrado en este cuento sea el recuerdo de una noche de meditación, de creación literaria o... de crisis de salud.

         El cuento, de forma metafórica, presenta a un José Gregorio Hernández que se siente artista e igualmente escucha la llamada de la fe, que parece desear que arte y fe converjan en una vida provechosa para él mismo y para los demás y, además, sea digna de los dones que ha recibido. Aunque el narrador termina describiendo todo aquello como una “simple visión imaginaria producida por el cansancio”, ni el texto ni la vida del autor se queda en el arrebato, sino que aterriza en la única realidad de que dispone: la vida asociada a un trabajo, a un camino, a un servicio que le permite realizar una obra y ofrecer sus frutos a todos.

 

[La semana que viene comentaremos el segundo cuento:

“En un vagón”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXI / 20 de octubre del 2025

 

lunes, 1 de abril de 2024

Gerbasi cuentista [CDLIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Vicente Gerbasi a los 10 años, en 1923
Foto: Fundación Gerbasi

 

 

         Ustedes no lo van a creer, pero acabo de descubrir que el poeta, el archiconocido poeta Vicente Gerbasi... ¡también escribió cuentos! Quizá mañana me entero de que el único que no lo sabía era yo, pero es que si me hubieran preguntado ayer, me habría puesto de rodillas para afirmar con toda convicción que no, que un poeta que escribe como Gerbasi, a quien parece que los ángeles le dictaran los poemas, no podía haber cometido el desliz de descender al tosco suelo de la narrativa. Habría apostado a Rosalinda a que no, era impensable para mí.

         Y he aquí que me habría equivocado. Preparándome para mi clase de Lengua Española II, que esta semana tenía que tratar de las vanguardias del siglo XX en Venezuela, me encuentro (¿cómo no la he encontrado en los cinco años anteriores?) la página de la Fundación Vicente Gerbasi, donde descendientes del poeta reúnen miles de textos, fotos, videos, avisos de eventos, etc. Y yo me quedo paralizado cuando mi vista cae en una pestaña que dice “Muestras de cuentos y artículos”. ¡¿Qué?! Artículos, indudablemente. Como todos los escritores del mundo, le atrae el periódico, y a los periódicos les gusta vestirse de literatura al menos una vez a la semana... pero ¡¿cuentos?! ¡¿Gerbasi?! ¿De cuándo acá, si Gerbasi es poeta, única y solamente poeta?

         Ilusionado con la posibilidad de leer algo nuevo, pero sobre todo curioso, de un autor harto conocido, hago clic. Y se abre una sección que quizá no está muy ordenada pero que incluye, ciertamente, al menos cuatro cuentos que me pongo a leer con emoción sin esperar ni un segundo más. Se titulan “Pluma” (¡que pone como inédito!), “Cometa” (al que apellidan de infantil), “Cuento sobre Reverón” (que quizá no sea un cuento pero lo parece) y el que juzgo el mejor y que está muy bien logrado: “Regreso a la aldea”, publicado en Papel Literario ¡en 1954! ¡Setenta años y no me habían avisado!

         “Pluma”, que es el apodo cariñoso del niño protagonista, aunque casi no participa en la acción, es un cuento de buena ley que tiene el adorno de ponernos, de una vez, del lado de los más débiles y, sobre todo, de aquellos que luchan para dejar de serlo. Como era de esperar en Gerbasi, que en poesía está rodeado de noche, de misterio ancestral, del enigma indescifrable de la vida, la historia de Pluma (o más bien la de sus padres) termina mal, pero el cuento se mantiene en pie porque no le concede ni un centímetro al sentimentalismo. Y ni siquiera se puede decir que termina sorpresivamente porque en el camino el narrador nos va dando datos sobre el final, aunque mientras leemos no captamos esas insinuaciones porque estamos ocupados... pues leyendo. A pocas frases para el final del cuento, sopla el viento de la tragedia, y el protagonista ve arder su mundo y, con él, sus esperanzas. Venía de la noche y hacia la noche iba.

         Por otro lado, el cuento “Cometa”, que comienza de manera encantadora porque habla de esa fascinación que hemos sentido todos por los papagayos, lamentablemente no está completo. El final llega de repente en un punto en que aún no se ha asomado el desenlace... ni siquiera casi el conflicto que los personajes tienen que resolver. Sin embargo, está clarísimo que esta falla no es atribuible a la impericia de Gerbasi, porque incluso en este caso truncado despliega mucha, sostenida siempre por la delicada expresión poética de todo aquello que mira y que desea señalarnos para que nosotros lo miremos. Mi hipótesis es que o los transcriptores no se han percatado de que se les escapó un pedazo del texto o que en la revista infantil impresa donde fue publicado el cuento por primera vez Páginas para Imaginar, de la Fundación del Niño, que presidía doña Alicia Pietri de Caldera— lo cortaron antes de que aparecieran escenas no apropiadas para niños de primaria. Tengo, entonces, la esperanza de encontrar pronto el texto entero, porque confío en que tendrá un conflicto y un desenlace dignos de semejante autor.

         El “Cuento sobre Reverón” parece más bien un artículo de los que publicaba Gervasi en El Nacional cada semana. Narra una visita que le hizo al pintor Armando Reverón, su amigo, en su casa en Macuto. Es una narración graciosa que hace un artista sobre otro, por el cual siente el sincero amor fraternal que todos sabemos que sentía Gerbasi por Reverón y viceversa. El autor no esconde, porque le parece un rasgo valioso de su arte, el desequilibrio psicológico que ya padecía el pintor en esa época (¡el mismo año en que iba a morir!). Para él es pura imaginación, e imaginación genial, de la más prístina, cómo se comporta su anfitrión, cómo lo recibe y cómo lo hace participar en la película que imaginariamente está filmando sobre sí mismo porque “en las que se han hecho no está él”. Parece que para él —y para sus lectores de aquella semana—, sin ese elemento, Reverón no es Reverón. ¿Y qué es más artístico en un artista que el ejercicio de la imaginación, en particular cuando hay que nadar en la adversa realidad?

         Ese quizá no sea de veras un cuento, pero “Regreso a la aldea”, que trata de un hombre que después de muchos años de vivir en la ciudad, regresa a su pueblo atravesando una selva de la que no parece encontrar la salida, es un cuento que está tan bien hecho que uno incluso llega a pensar, pasada la mitad del texto, que es algo aburrido. Pero no, era una perversa estrategia del narrador para engañarnos. En cierto punto me convencí de que aquello era un despliegue, bellísimo y delicioso, de las habilidades de Gerbasi como poeta. Las descripciones me dibujaban los objetos y los seres con precisión en la mente, y las sensaciones del protagonista eran visibles, palpables. Después de dos o tres páginas uno siente que lo único que sucede en el cuento es que el protagonista se ha perdido en el monte. Siempre está a punto de llegar a su aldea, pero el viaje sigue y sigue. Es él el único que no se da cuenta. Pero llega el momento en que se tropieza con otros dos personajes que dicen dos palabras que lo cambian todo. Uno se echa hacia atrás, brinca de la silla por causa de la sorpresa y se comienza a circular más rápido la sangre. Después de aquellas dos palabras no quiere uno despegar los ojos de la lectura porque ya nada tiene explicación y, sin embargo, todo está claro. Qué cuento de parecerse tanto a golpear la frente contra una pared que no hemos visto aparecer delante de nosotros.

         Y la poesía. La forma poética de narrar enamora al lector, por más que él trate de mantener en mente que está leyendo prosa. Desde el principio dice:

 

Un humo lento ascendía entre la húmeda maraña olorosa a madera podrida, y a yerbas machacadas y a vainilla, adquiriendo tonalidades azules en los reflejos de sol que se filtraban por los claros abiertos en la elevada ramazón.

Jinete de un caballo moro, bajo un amplio sombrero oscuro y una larga capa negra, Gonzalo Valbuena entró en la umbrosa resonancia vegetal.

 

Sin embargo, esta entonación mansa, esculpida en una melodía leve, se mantiene hasta la última palabra.

         El propio personaje habla como si estuviera escribiendo un poema: “Vio bajo los árboles inmensos [un árbol] más pequeño, todo cubierto de flores amarillas, y pensó: ‘Está bordado en la penumbra’”. Más adelante se encuentra ante unas aves y tiene este pensamiento: “Divisó un guacamayo rojo que en una rama seca se espulgaba el pecho, y dijo: ‘Un guacamayo rojo habita entre las hojas de la alucinación’”. Cabalgando y cabalgando, pasa por un lugar en que “sobre el agua enigmática del pozo caminaban algunas arañas rojas. [Gonzalo Valbuena piensa:] ‘Las estrellas de la noche, las estrellas del mar y las arañas rojas. He aquí un bello misterio’”.

         No sé si existirá, aunque en las listas de obras de Gerbasi no aparece, una obra individual que recoja sus textos narrativos, pero me he propuesto encontrarla. Y ahora guardo la esperanza de que haya más cuentos como “Pluma” y “Regreso a la aldea”, que son el perfecto equivalente narrativo de nuestro gigantesco poeta de Canoabo.

         Ahora, qué alegría, Vicente Gerbasi no es meramente, que ya era mucho, uno de los cuatro o cinco poetas más grandes de la historia de Venezuela, sino que también podemos considerarlo un narrador habilidoso y sensible, claro y humano. Un poeta cuya delicada expresión le hace tanto bien a la narración...

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLIV / 1° de abril del 2024

 

 

 

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lunes, 18 de marzo de 2024

Milpáginas [CDLII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Juan de Castellanos en Nueva Esparta, Venezuela

 

  

         Conseguí hace días un examen que había corregido hace meses sobre la diferenciación entre el cuento y la novela. Con más precisión, les pedía a los estudiantes que determinaran si un texto que les hice leer pertenecía a un género o al otro. Algunos encontraron argumentos más sólidos que otros, muchos revisaron con atención el material teórico que les ofrecí (y, para mi felicidad, encontraron otras fuentes), todos dieron con respuestas acertadas. Hubo uno, sin embargo, que se detuvo poco en el engañoso asunto de la extensión de los textos. Al tocar este punto, el estudiante lo cerró rapidísimo afirmando que el texto es un cuento porque las novelas suelen tener “hasta 300 páginas”. Con una ceja levantada, le escribo en el examen: “¿Y Don Quijote? ¿Y Guerra y paz? ¿Y Fortunata y Jacinta?”, limitándome, de pura memoria, a tres novelas que tienen fama de muy extensas. No tengo la aspiración de que el estudiante me conteste, pero sí de que le dé curiosidad resolver esa especie de confusión que tiene al respecto. Y de ahí en adelante, que la curiosidad haga con él lo que le dé la gana, como ha hecho conmigo. Y que haga más.

         Entonces, como quien no tiene nada más fructífero que hacer, me pongo a averiguar y calcular la longitud precisa de estas y otras obras. Mi edición del libro de Cervantes, contando 250 palabras por página, tiene 1.514 páginas; la del de Tolstói, 1.503, y la de Pérez Galdós, 1.584. Con estas tres obras solamente, ¡ya sumamos 1.150.248 palabras!

         Impresionado por esta cifra y presa aún de la curiosidad, me da por investigar cuál puede ser la novela más extensa de la que yo tenga noticia. No lo pensé, pero no era difícil de pensarlo: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, tiene el récord Guinness de la novela más larga de la historia. Es tan larga que en realidad son siete tomos, que Proust estuvo escribiendo desde 1908 hasta 1922. Ella sola supera a las tres mencionadas antes con sus... ¡1.267.069 palabras, equivalentes a 5.069 páginas!

         La montaña de datos que encuentro es inmensa, y me doy cuenta de que hay muy poco de literario en estos cálculos y comparaciones, pero la curiosidad no me abandona y, al fin y al cabo, este es el tipo de información que no hace daño conocer. Así que escojo apenas uno que otro dato. Isaac Asimov y J.K. Rowling, por ejemplo, con sus series de novelas más conocidas, Fundación y Harry Potter, respectivamente, corren bastante parejos hacia el borde del 1.200.000 palabras (o 4.700 páginas) cada uno. Mientras tanto, las Elegías de varones ilustres de Indias, de Juan de Castellanos, de 1589, el poema más extenso que se haya escrito en lengua española, con sus 113.609 versos y sus 795.263 palabras (me cuesta imaginar que un poema pueda ocupar... ¡3.182 páginas!) se disputa el puesto, nada menos, con la Biblia, que contiene, en las versiones más breves, casi 774.000 palabras —y en este caso lo intrigante es cómo puede tejerse en tan pocas páginas, menos de 3.100, la más rica proliferación de géneros literarios que se pueda atribuir a libro alguno.

         Por el otro extremo de la cuerda, que olvidé mencionar a mi alumno, también busqué alguna clasificación de las novelas más breves. En este caso me da gusto mencionar El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, que en español tiene 25.720 palabras, es decir, 103 páginas; La perla, de John Steinbeck, que, con 23.092 palabras, apenas alcanza las 93 páginas, y la joya de las novelas breves: La metamorfosis, de Franz Kafka, tan breve que no sobrepasa las 18.451 palabras ni las 73 páginas.

         En cualquier momento puede uno verse en involucrado en un el debate de si estas novelas no son más bien cuentos largos, y entonces —escuchen, mis estimados estudiantes— lo que hay que hacer es escoger otro criterio para hacer esa distinción.

         Dije ya que estos comentarios no son muy literarios, pero hay también un regocijo misterioso en las estadísticas. Es un placer vecino al de leer, es como saborear un postre sabiendo de qué está hecho. Y los libros se leen así, como quien se come un milhojas, o un milpáginas en este contexto, saboreando más sus áreas más dulces, masticando más las más crujientes, amasando con la lengua las más suaves, engullendo con más lentitud la amalgama de todo lo que nos da: sabor y experiencia, belleza y placer, inteligencia y sensibilidad.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLII / 18 de marzo del 2024